Mostrando entradas con la etiqueta Carlos Morla Lynch. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Carlos Morla Lynch. Mostrar todas las entradas

2019/06/29

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | 'EPENTISMO': ASÍ ERA LA 'MASONERÍA GAY' DEL 27

"Epentismo": Así era la «masonería gay» del 27.
Los poetas homosexuales de la época, forzados a esconder su tendencia sexual, crearon códigos de reconocimiento entre ellos, de los que, el más llamativo, fue la invención de Lorca de una palabra que les sirviera, en tono jocoso, para definir su mutuo entendimiento.
Gonzalo Núñez | La Razón, 2019-06-29
https://www.larazon.es/cultura/epentismo-asi-era-la-masoneria-gay-del-27-HA23984113/ 

Si colocáramos en fila todas las palabras y expresiones que, a lo largo de la historia, han servido de eufemismo a la condición de homosexual, habría suficientes letras como para recubrir no una, sino dos, tres o cuatro plazas de Chueca. Nada como «el amor que no osa decir su nombre» (Oscar Wilde) se ha expresado con más cantidad de silencios, sobreentendidos, medias palabras o nombres encubridores, caretas y máscaras de una orientación reprimida. Muchos han sido los idiomas y las contraseñas de la homosexualidad a lo largo de la historia, el idiolecto de los «entendidos», fuese éste un lenguaje gestual, social (ropa, hábitos compartidos, etcétera) o realmente fonético. En el Londres de los 50 y 60, por ejemplo, el Polari (contaminado del italiano y las lenguas romances) se convirtió en el «slang» de los maricas de la la metrópoli británica. Y en Estados Unidos, el enorme éxito de «El mago de Oz» llevó a los gays a usar la expresión «amigos de Dorothy» («Friend of Dorothy», abreviado como FOD) para vincularse y reconocerse en medio de un entorno hostil.

Intelectuales y torerillos
Y así llegamos al «epentismo», que sería la palabra clave, el «amigo de Dorothy» de la intelectualidad homosexual española de los años 30: la contraseña con la que se engarzaban y se parodiaban Federico García Lorca y el círculo de invertidos, muchos de ellos grandes poetas, que pululaban por el Madrid a caballo entre la dictadura de Primo de Rivera y la II República. Lo primero que habría que decir es que el «epentismo» no es un fenómeno extendido. Es más bien la broma interna de una serie de creadores que, como era habitual en la época, escondían de puertas afuera su orientación sexual. Pero estos «epentes» no eran moco de pavo: Lorca, Vicente Aleixandre, Luis Cernuda, Carlos Morla Lynch, Eduardo Blanco Amor, una galaxia a la que se sumaban como satélites aquella cofradía de amigos homosexuales de distinta extracción (a veces hasta buscavidas o torerillos) que tenían algo en común: el pecado nefando.

A Luis Antonio de Villena, fue un ya anciano Vicente Alexandre quien le puso en antecedentes de aquel término: «''Epentismo'' y ''epente'' eran (según todos, pero yo lo supe primero por Aleixandre) términos inventados por Federico para aludir a la homosexualidad o a los homosexuales en contextos donde la palabra –en los años 30 y aún con la libertad de la República– eran indecibles. Por ejemplo, todos sabían (en intimidad) que el gran erudito José María de Cossío era homosexual, pero eso era secreto y nadie lo hablaba. Así, en una comida Federico le decía a Vicente: ''He oído que Cossío es un gran estudioso del epentismo. ¿Tú lo sabías?''. Y Aleixandre contestaba: ''Sí, lo sabía. Sé que lo ha estudiado mucho. Es un ''epente'' muy notable''».

El origen: «intercalar»
Buena parte de lo que narra Ian Gibson en «Lorca y el mundo gay» le viene de sus conversaciones con Luis Antonio de Villena, que trató a Aleixandre y Blanco Amor ya en los años 70 y quienes le confiaron mucho de sus vidas privadas. Pero el biógrafo del poeta granadino añade datos jugosos, como la raíz etimológica y la metáfora que dio pie a la palabra: según el británico viene del griego «epéntesis», o sea, «intercalar», y añade Gibson que se trata de una «figura de dicción, según la Real Academia de la Lengua, que consiste en añadir algún sonido dentro de un vocablo, como ''coránica'' por ''crónica''». El hecho de consistir en una intercalación ya da idea de por dónde iban los tiros de la palabra «epente». Según Saiz de la Calzada –añade siempre Gibson–, se referiría también con el término «a los que crean, pero no procrean».

«¡Somos la gran masonería epéntica!», solía decir Lorca con humor. Las cartas entre todos ellos ofrecen ejemplos del uso jocoso de esta palabra. Letras de Lorca a Aleixandre, a Blanco Amor... Y, desde luego, a Rafael Sánchez Nadal, gran íntimo amigo del poeta. «El epentismo granadino es ya epidemia. ¡Qué barbaridad!», le escribe a este último en una misiva en 1934.

Y es que, más allá de los, digamos, socios preferentes, en el círculo del «epentismo» se movían, como es natural, los amantes pasajeros de estos artistas. Algunos incluso rebotaron de unos a otros. Ese fue por ejemplo el caso de Serafín Fernández Ferro, un gallego de familia de anarquistas y formación autodidacta que se ganaba la vida a los 17 años en Madrid ejerciendo todo tipo de profesiones, incluida la de chapero. Fue en el café El Universal, en 1931, cuando conoció a los «epentistas». Según el relato de los orígenes de esa relación, parece ser que el gallego se acercó a Lorca y Rafael Martínez Nadal, y les pidió un pepito de ternera porque llevaba días sin comer. Se supone que se insinuó al poeta andaluz, pero éste rechazó la oferta, aunque otras fuentes indican que pudo tener un «affaire» con él más tarde. Lo que está claro es que Lorca le procuró contactos para trabajar y le consiguió un amante fiel: Luis Cernuda. Morla Lynch descirbe a Serafín Fernández como un bello muchacho de cara «chispeante, simpática y agraciada. Pequeño de estatura, pero proporcionado, de cabellera ondulada y de tez ligeramente broncínea, tiene esa expresión, entre risueña y dolorida, propia de los adolescentes que acaban de atravesar por una infancia triste», según dejó escrito el músico y diplomático, de orígenes acomodados, pero que se sentía cómodo con las clases más populares.

El dinero de Cernuda
Cernuda lo adoptó y financió, y Serafín se dejó querer, tanto que Aleixandre, otro de los «epentes» a quien Lorca recomendó el chaval y que presenció la toxicidad de la relación, llegó a calificarlo de «un chulito de barrio que le hizo sufrir mucho, pues el pobre Luis se enamoró perdidamente y el tal Serafín le hacía poco caso, salvo para pedirle dinero». Sin embargo, este «chulito de barrio», según su descripción, tocó en el poeta sevillano las cuerdas precisas para extraer de él un poemario que se encuentra entre lo más alto de nuestra lírica, «Donde habite el olvido». Blanco Amor también lo tuvo bajo su tutela, y se supone que tuvieron una relación, pero sus recuerdos de Serafín no eran halagüeños y se desconoce si dejó algún fruto literario. El joven gallego acabaría inmerso en el mundo del teatro y, al haber compartido ambiente con los escritores, probó suerte en la poesía. En 1939 tuvo un pequeño papel en «L’espoir-Sierra de Teruel», de Malraux, y luego se le pierde la pista en México.

La guerra disgregó aquella «masonería gay» que refulgió en los años 30. El triste destino de Lorca ya se sabe que hay que buscarlo bajo tierra, quizá cerca de Víznar, donde fue asesinado, mientras Blanco Amor se exilió a Argentina hasta 1965. Cernuda acabó sus días en México presa de otro amor totalizante por un fornido culturista que le inspiró la maravillosa «Palabras para un cuerpo», a Ernesto Guerra de la Cal, otro «epente», la guerra le pilló en Nueva York y en aquellos lares se quedó. Por último, a Aleixandre le tocó en suerte el exilio interior y custodiar la memoria de aquella cofradía de talentosos homosexuales que nunca pudieron decir demasiado alto el tipo de amor que cultivaban.

Morla Lynch, el diplomático y los «garzones»
Por los salones de su distinguida casa del barrio de Salamanca, con vistas al Retiro, pasó lo más granado de la intelectualidad y la literatura española de la Edad de Plata. Carlos Morla Lynch, fue embajador de Chile en España entre 1928 y 1939. Nacido en París en 1888 era conservador, cercano a los falangistas y hasta admirador de Hitler en los años 30, pero todo ello no obstaculizó su admiración y amistad con los «epentistas» y, especialmente, con Lorca, ese granadino que describe como «guasón, bromista, chacotero, disipador de nubarrones», según sus palabras. Llegó a Madrid en 1928 por primera vez y regresó en 1930 tras residir en varios países. Hombre de mundo y elegante, sintió siempre, sin embargo, una querencia hacia las clases bajas y cultivó amores con todo tipo de jóvenes de humilde extracción. Como escribe Andrés Trapiello esa «afición a los guapos garzones le franqueó las puertas del muy clandestino club del que eran socios Lorca, Cernuda y otros artistas del 27».

«El Público», para buenos entendedores
Francisco Umbral veía a Lorca «el cantor de las tres grandes razas postergadas de nuestra civilización: los gitanos, los negros y los homosexuales». Pero, respecto a esta última, ni Lorca hizo gala de esta condición, por no ser aceptada en la época, ni sus obras se pueden leer directamente desde su homosexualidad. Aunque en todo su trabajo hay trazas de ello y de sus amores (como en «Los sonetos del amor oscuro», escritos bajo la influencia de Rafael Rodríguez Rapún), fue con la obra de teatro «El público» donde más cerca estuvo el escritor de mostrar su condición sexual. Eso sí, lo hizo a través de una dramaturgia rupturista, nada clásica, mostrando tanto como escondiendo. Sin embargo, Lorca llegó a proyectar un drama, éste sí realista, tradicional, sobre el asunto de la homosexualidad. Se iba a llamar «La bola negra» y en él quedaría claro el tema. Pero nunca llegó a escribirse.

2018/08/24

DOCUMENTACIÓN | TESTIMONIOS | RAFAEL RODRÍGUEZ RAPÚN, EL GRAN AMOR DE GARCÍA LORCA, MURIÓ EN SANTANDER EN 1937

Rafael Rodríguez Rapún, el gran amor de García Lorca, murió en Santander en 1937.
‘Las tres erres’, como acostumbraba a decir Federico al referirse a quien durante algún tiempo había actuado en calidad de secretario particular en el grupo teatral ‘La Barraca’, falleció en el Hospital de sangre nº 4, de Santander, el 18 de agosto de 1937, ocho días antes de caer la ciudad en manos de las tropas franquistas.
José Ramón Saiz Viadero | El Diario Cantabria, 2018-08-24
https://eldiariocantabria.publico.es/articulo/memoria/rafael-rodriguez-rapun-gran-amor-garcia-lorca-murio-santander-1937/20180824201016049560.html

Rafael Rodríguez Rapún (Madrid, 1912-Santander, 1937), el gran amor de Federico García Lorca, falleció en el hospital de sangre nº 4, de Santander, el 18 de agosto de 1937, ocho días antes de caer la ciudad en manos de las tropas franquistas. Hacía dos meses que había cumplido veinticinco años.

Conocíamos este hecho por haber sido incluido en el libro de recuerdos de Luis Sáenz de la Calzada sobre ‘La Barraca’, pero recientemente se ha corroborado y ampliado la información gracias a la publicación de las últimas investigaciones efectuadas por un estudioso de la vida y la obra de Federico García Lorca: el escritor irlandés nacionalizado español Ian Gibson.

Después de morir Lorca –a los pocos días de que también fuera asesinado su amigo Constantino Ruiz Carnero (1887-1936), director del periódico republicano ‘El Ideal de Granada’—, Rafael Rodríguez Rapún (‘las tres erres’, como acostumbraba a decir Federico al referirse a quien durante algún tiempo había actuado en calidad de secretario particular en el grupo teatral La Barraca), tomó la decisión de alistarse en el Ejército republicano. Esta versión, más o menos parecida, la escuchó también Cipriano Rivas Cherif (1891-1967) al salir de prisión en El Dueso, pero nunca supo si era verdad o leyenda.

La escritora María Teresa León (1903-1988), esposa de Rafael Alberti, conocía bien a Rapún y estaba al tanto de la relación que existía entre él y Lorca. Cuando en octubre de 1936 se publicó en los periódicos de Madrid la respuesta del coronel González Espinosa al telegrama de H. G. Wells, quedando confirmado con toda certeza que el poeta había sido asesinado en Granada, María Teresa fue a ver a Rapún. "Nadie como este muchacho silencioso debió sufrir por aquella muerte –escribe en sus memorias—. Terminadas las noches, los días, las horas. Mejor morirse. Y Rapún se marchó a morir al frente del Norte. Estoy segura de que después de disparar su fusil rabiosamente se dejó matar. Fue su manera de recuperar a Federico", dejará escrito en sus memorias.

Después de hacer un curso de artillería –nada menos que en Lorca (Murcia)- Rapún consiguió la graduación de teniente, y en el verano de 1937 se encontraba destinado al frente de una batería no lejos de Reinosa, en la localidad cercana de Matamorosa. Uno de los hombres a sus órdenes lo ha recordado como persona seria, cultivada y que hablaba poco. Eran los días de la ofensiva franquista contra Santander, y la lucha era intensa en toda la zona. La mañana del 10 de agosto la batería entró en acción contra la aviación rebelde y, alrededor del mediodía, ante un fuerte avance del enemigo, Rapún se adelantó con dos soldados para ocupar una nueva posición. Se apostaron en las afueras de Bárcena de Pie de Concha, donde un ataque aéreo inesperado los sorprendió. A diferencia de sus compañeros, Rapún no se echó al suelo, permaneciendo sentado en un parapeto. Una bomba explotó cerca y fue mortalmente herido.

“El certificado de defunción de Rafael Rodríguez Rapún precisa que éste murió el 18 de agosto de 1937 en el hospital militar de Santander, a consecuencia de las heridas de metralla recibidas en la espalda y en la región lumbar. Lorca había sido asesinado exactamente el mismo día hacía un año. Nadie en el hospital sabía la edad, lugar de nacimiento o los nombres de los padres del teniente de artillería fallecido. No hay testimonio alguno acerca de sus últimas horas, de sus últimas palabras. Fue enterrado en el cementerio de Ciriego, en una de las muchas tumbas que se iban abriendo paso loma abajo hacia el mar Cantábrico”.

Diez años más tarde, el 8 de septiembre de 1947 sus restos fueron trasladados por solicitud de su padre, Lucio Rodríguez, y en la actualidad se encuentran en las Urnas Centro 3 norte nº 214, del mismo cementerio.

Una idea nos ronda insistentemente: si Lorca hubiera podido cumplir la promesa hecha en el verano de 1934 en su visita el estudio santanderino del pintor Antonio Quirós de regresar a la ciudad para recoger el cuadro que con que éste quería obsequiarle, su destino quizás hubiera tomado un rumbo bien diferente. Pero en el mes de julio de 1936 negras premoniciones se cernieron sobre un temeroso poeta que prefirió refugiarse en el seno familiar de su Granada, en vez de dirigirse hacia el Norte. El desarrollo de los hechos es bien conocido: en Granada cayó en manos de sus verdugos pronto sublevados, mientras que en Santander hubiera permanecido durante algo más de un año bajo el paraguas protector del Frente Popular. Quizás, también, la decisión desesperada de Rapún no hubiera estado sujeta a la fatalidad de los acontecimientos vividos. En ambos casos, todo ello sometido al quizás de un guerra cruenta y sujeta a un trágico desenlace para las personas de su mentalidad.

"Buen futbolista y socialista apasionado"
Rafael Rodríguez Rapún se incorporó a ‘La Barraca’ en los primeros meses de 1933, cuando el grupo ensayaba la obra ‘Fuenteovejuna’, sustituyendo a Miguel González Quijano en el puesto de secretario del grupo que éste dejaba vacante.

Así le describe Gibson: "Es de constitución atlética, buen futbolista y socialista apasionado. Hace unos meses que se ha incorporado a La Barraca, y es ya su secretario, cargo que desempeña con tanta eficacia y con contabilidad tan transparente que todos lo respetan”. El diplomático chileno Carlos Morla Lynch (1888-1969), que asiste a la función, ha conocido a Rodríguez Rapún hace un mes con motivo del estreno de Don Perlimplín, de Lorca, interpretado por el santanderino Santiago Ontañón (1903-1989), encontrándolo "simpático, de fisonomía franca, insolente y gentil a un tiempo, y lleno de personalidad", impresión que ahora se confirma.

Luis Sáenz de la Calzada (1912-1994), uno de los componentes de La Barraca, nos ha dejado una descripción más completa del aspecto de Rapún: “Cabeza más bien grande, braquicéfala, cabello ensortijado, frente no muy amplia surcada por una profunda arruga transversal; nariz correcta emergiendo casi de la frente, lo que le daba, en cierta medida, perfil de estatua griega; boca generosa de blanquísimos dientes con mordida ligeramente cruzada; ello hacía que, al reírse, alzara una comisura mientras descendía la otra. Barbilla enérgica, cuerpo fuerte con músculos descansados, poco hechos al deporte; me parece que no sabía nadar; solía ir vestido de oscuro, color que hacía más luminosa su sonrisa. Pisar seguro y andar decidido”.

Gibson, recogiendo declaraciones del director escénico Modesto Higueras (1910-1985), afirma que Rapún no era homosexual pero que acabó sucumbiendo a la magia de Lorca y ya no hubo vuelta atrás: "A Rafael le gustaban las mujeres más que chuparse los dedos, pero estaba cogido en esa red, no cogido, inmerso en Federico. Lo mismo que yo estaba inmerso en Federico, sin llegar a eso, él estaba inconscientemente en este asunto. Después se quería escapar pero no podía... Fue tremendo", dice Higueras, ayudante que fue de Federico en ‘La Barraca’.

En 1933 ‘La Barraca’ actúa en Cantabria. No es la primera vez que acude a la provincia de Santander, puesto que ya en el verano de 1932, al regreso de su gira norteña por Galicia y Asturias, por recomendación de Carlos Morla sus componentes estuvieron en Santillana del Mar a finales de la primera decena de setiembre, y ante el mal tiempo reinante se contentaron con visitar la romántica villa, penetrando en las cuevas de Altamira, cuyas pinturas asombraron a Lorca, para después asistir a la lectura de una obra de Federico en la tranquilidad del hotel Pereda, "donde en la noche junto a la chimenea nos leyó Federico "Así que pasen cinco años", obra que nos causó impacto y asombro", recordará una de las más activas componentes del grupo: la actriz Mari Carmen García Lasgoity. Los santanderinos, conocedores de la gira, tenían todavía esperanzas de poder asistir a una de las representaciones, pero no hubo ocasión para ello.

En el verano de 1933, Carlos Morla Lynch, asiduo veraneante de la localidad trasmerana de Somo en una casita situada cerca de la bahía, espera que el conjunto universitario visite el pueblo y que Federico cumpla su promesa hecha en Madrid de montar una representación para sus rústicos habitantes. Con Morla y su mujer Bebe se encuentra otro matrimonio, compuesto por los escritores franceses Marcelle Auclair –que después será biógrafa de Federico— y Jean Prevost, y entre las visitas que reciben está la del historiador Américo Castro, uno de los profesores de la Universidad Internacional de La Magdalena.

Una tarde de agosto desembarcan de una de las lanchas que unen al pueblito con Santander tres muchachos, uno de los cuales es Rafael Rodríguez Rapún: "Los cuatro visten el mono azul que constituye el uniforme del teatro ambulante de Federico". Otro es Luis Sáenz de la Calzada. Ese día Federico no acude a la visita, pero sí lo hace posteriormente vistiendo también el mono azul, en esta ocasión acompañándole el guitarrista Regino Sainz de la Maza (1896-1981), yerno ya de la escritora Concha Espina, con la cual ha coincidido en una noche neoyorkina de 1929. La vuelta a Santander la hacen con el poeta Gerardo Diego (1896-1987), profesor en los cursos de la Universidad Internacional de La Magdalena y que ha caído por el lugar inopinadamente. Calzada, Ugarte, Federico y Rapún fueron a la casa de Gerardo Diego, donde éste tocó el piano para sus visitantes y después lo hizo el propio Federico.

Según Gibson, habría una visita más en compañía de Rafael, porque dice que Lorca va con Rapún a Somo y a Tudanca para saludar a José María de Cossío, donde nombraron a éste "barraquito de honor" entregándole una certificación firmada por todos los componentes; después ‘La Barraca’ cumplirá su gira apalabrada con las representaciones en Santander, sin poder hacer la prometida en Somo, para desencanto de Carlos Morla: debido a un accidente automovilístico, el grupo se ha visto obligado a reducir sus actuaciones en la capital montañesa de cuatro a tres, puesto que en el puerto asturiano de Pajares se fundieron las cuatro bielas del automóvil y perdieron tres días en la espera de la reparación.

En el verano de 1934 Santander recibe nuevamente la visita de ‘La Barraca’, que llega a finales de la primera quincena de agosto. Federico se hospeda esta vez en el Hotel Real, coincidiendo con el ex-ministro Fernando de los Ríos, profesor en esta ocasión en los cursos de la Universidad que tanto contribuyó a crear y por lo cual le había sido otorgado el título de "hijo adoptivo de Santander". El día 13, primero de las representaciones, les llega la noticia de que Ignacio Sánchez Mejías ha muerto en Madrid a consecuencia de una cogida en la plaza de toros de Talavera de la Reina. Dos días más tarde, tenía lugar la representación de ‘El burlador de Sevilla’, en cuyo reparto artístico el joven Rapún –que se ha librado del servicio militar— tiene el papel del pescador Coridón. Carlos Morla también asiste a la representación y dejará escrito en su diario:

"Es tan bonito todo, tan sugestivo, tan lleno de encanto propio; y es tan cautivador el ambiente. Los muchachos con su mono azul -entre los cuales se mueve más que ninguno Rafael Rodríguez Rapún- corrigen los desperfectos: acomodan el escenario, disponen la colocación adecuada de las luces, dirigen el desarrollo del espectáculo, a la vista del público, como en los teatros japoneses. Impresión de algo único, maravillosamente logrado dentro de la espontaneidad de una cosa improvisada" .

El día 18 dan su última representación en Santander, y salen para la localidad de Ampuero, donde por sugerencia de Alfredo Matilla actúan el día 21 en la plaza de la Constitución representando los entremeses cervantinos ‘La cueva de Salamanca’, ‘Los dos habladores’ y ‘El retablo de las maravillas’. Federico se retrata con un grupo de ampuerenses en una comida celebrada en el Café La Juventud, entre los cuales se encontraba el abogado Alfredo Matilla, veraneante en la villa del Asón y principal promotor de esta visita. Después pasan por Limpias y suben el puerto hasta llegar a Medina de Pomar y Villarcayo, itinerario inverso al que unos años antes hiciera Alberti.

Ya habían comenzado a ser bien palpables las dificultades económicas de ‘La Barraca’, puesto que el Gobierno, ahora de Centro-Derecha, no hace efectivos sus compromisos, quizás en un intento de impedir que continuaran su labor los animosos estudiantes. Rapún, consciente de la dificultad en que se encuentran, escribe en el ‘Anuario’ de 1935 sobre las posibilidades existentes. De todas formas, en una tumultuosa junta de la Unión Federal de Estudiantes Hispanos (UFEH) celebrada a finales de 1935, Rapún, que en este año ya había actuado en calidad de secretario personal de Lorca, decide dejar su puesto vacante: desde las fechas posteriores a la fracasada Revolución de Octubre de 1934, algunos componentes de ‘La Barraca’ se habían cuestionado si era adecuado seguir con las representaciones cuando "en España hay tantas viudas".

“El gran amor de Lorca murió en Santander”, ahora revisado, se publicó por primera vez en Crónica de Cantabria, Santander, 12-18 de febrero de 2000, p. 30.

2008/05/04

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | PASOS DE BAILE

Pasos de baile.
Andrés Trapiello | El País, 2008-05-04

https://elpais.com/diario/2008/04/05/babelia/1207351030_850215.html 

Acaba de publicarse completo un libro excepcional; y aparece, también del mismo autor, continuación de aquél, otro aún más extraordinario y apasionante, enteramente inédito. Los dos son libros extensos, lo cual les beneficia. El primero se publicó expurgado por primera vez en 1958 con el título de ‘En España con Federico García Lorca’; el segundo lleva el de ‘Madrid sufre (Diarios de guerra en el Madrid republicano)’. Recoge aquél su relación con mucha gente, pero sobre todo con el poeta García Lorca, del que el autor llegó a ser amigo íntimo. En cuanto a ‘Madrid sufre’, avancemos que se trata, en mi modesta opinión, de uno de los libros más subyugantes referidos a la Guerra Civil española y, desde luego, un documento único que habrá de convertirse a partir de ahora en imprescindible para conocer la vida, las intrigas, calamidades y miserias políticas, militares y diplomáticas de la guerra en Madrid. Ambos libros tienen la forma de un diario, pero no es en absoluto exagerado asegurar que se leen, sobre todo el segundo, como la mejor novela que se haya uno tropezado de ese momento y de esta ciudad. Estos dos libros, el ya publicado y el inédito, los escribió el chileno Carlos Morla Lynch.

Morla, músico de vocación, había nacido en París en 1885 y era diplomático de carrera. Cuando en 1928 le llegó la orden de trasladarse desde la embajada de París como consejero a la de Madrid, tenía cuarenta y tres años y atravesaba por un momento especialmente dramático: después de haber perdido una hija hacía nueve años en condiciones dramáticas, perdía otra no menos dramáticamente. Será difícil saber si fue la muerte de esas hijas la que rompió su matrimonio con ‘Bebé’ Vicuña o si, por el contrario, ese quebranto venía de atrás. En todo caso, Morla y Bebé nunca volvieron a compartir dormitorio aunque jamás dejaron de vivir bien avenidos bajo el mismo techo. Cabe sospechar también que en el distanciamiento de la pareja influyera el entusiasmo manifiesto que despertaba en Morla la camaradería viril con cuantos jóvenes limpiabotas, ‘barmans’ y maletillas salían a su encuentro por la Plaza Mayor y la Puerta del Sol y, sin duda, su repertoriado visiteo a tascas, bares y coctelerías. En cualquier caso, la afición a los guapos garzones le franqueó las puertas del muy clandestino club del que eran socios Lorca, Cernuda y otros artistas del 27.

Morla era consciente de que su carrera diplomática le había puesto al lado de gentes singulares y en ambientes interesantes, exclusivos, pintorescos. Supo también que tenía un puesto de privilegio: en realidad, la diplomacia, en tiempos de paz, suele acabar en cotilleo de altura, con sus claves, sus mensajes cifrados y sus cortesanas comedias de juguete, discretas o sobreactuadas. Lo que Morla no podía sospechar es que en su vida se iba a cruzar la España de la República y de la guerra, la gran tragedia.

En París, ciudad por antonomasia de los minués, Morla y Bebé habían tenido ya durante ocho años uno de esos refinados salones tan corrientes allí. Adoraban esa ciudad. Fueron amigos de Cocteau, de Milhaud y de otros componentes del Grupo de los Seis, participaban en la vida artística, asistían a los estrenos de Falla, de Stravinski, de los ballets rusos, iban a los ‘vernissages’ de Picasso y de Foujita, y su traslado les disgustó profundamente. Sin embargo, la llegada al poblachón manchego cambió sus vidas. Al poco tiempo de estar aquí cayó en manos de Morla un ejemplar del ‘Romancero gitano’, y fascinado por esa poesía le entraron unos vehementes deseos, irrefrenables, de conocer a Lorca. Morla era impulsivo. Era también sentimental, extrovertido y frívolo, sensible y culto, alguien a quien no le avergonzaba llorar en público o hacerse perdonar con unas flores, con unos chocolates o unos cigarrillos. Desde el primer momento Lorca y él congeniaron. Tanto, que Lorca les dedicaría a los Morla algunos de sus poemas y, poco después, ‘Poeta en Nueva York’. No sabemos exactamente la razón por la que hombres tan disparejos intimaron hasta ese punto. ¿El amor a los bellos, como Sócrates? Puede ser. El diario de Morla no lo aclara, porque no es un diario íntimo. No habla nunca de su intimidad más que dando rodeos. Pasean Lorca y él un día por los jardines de la Magdalena, en Santander, y Morla escribe: "Confidencias. Qué a gusto me siento con él, unidos ambos en 'la verdad' del paisaje (...), confiándonos 'la verdad' de lo que sentimos, 'la verdad' de lo que pensamos...". Pero lo cierto es que de esa "verdad" no cuenta nada. Nos ha dejado constancia, desde luego, de la admiración absoluta, a veces un tanto ingenua, que siente por alguien a quien considera un genio, tan seductor como insondable. Y Lorca, ¿qué vio en Morla? Un hombre bueno y discreto con las "verdades" y alguien que ponía a su disposición un salón donde poder brillar: "Federico", nos dirá Morla, "es en general ‘actor’ y raras veces ‘público’". En muy poco tiempo, y animado por Lorca, el salón de los Morla y sus "tés intelectuales" se hacen célebres. Por ellos, y por sus diarios, desfilan Salinas, Guillén, Alberti, Neruda, Azaña, D'Ors, María de Maeztu, Fernando de los Ríos, Victoria Ocampo, Ortega, Huidobro, Neruda, Martínez Nadal, Gabriela Mistral, Rubinstein, Cernuda, Montes, Mourlane y cien más... Y aunque los diplomáticos tengan un poco alma de entomólogos y acaben clavando a "sus" celebridades en su carnet de baile como si fueran exóticas mariposas, Morla se esfuerza por descubrir en cada uno de esos amigos, conocidos o saludados su "verdad", lanzándose al ruedo ibérico, tan noble como esperpéntico. Y si Lorca y sus amigos van a su casa un día sí y otro también, ellos, en justa correspondencia, le circularán por camerinos, zambras y burladeros y, en algunos casos, alcobas, como Cernuda, quien le hará celestino de unos celos rabiosos. La vida social ha sido siempre, como se sabe, una simbiosis sofisticada: ‘do ut des’. Y Morla cumple: "El mundo está bien hecho", podemos pensar leyendo ese primer diario suyo de un ambiente como el lorquista, con frecuencia un poco pitirifláutico y pueril. Si por fuera la República se deshace en desórdenes, asesinatos y luchas políticas, en casa de los Morla las guitarras suenan a violines y hasta los intelectuales, mundanos, bohemios y de izquierda, aman el esmoquin y la etiqueta. Es divertido asistir hoy a la vida jaranera de personajes que se han hecho tan célebres, y oír a Lorca declararse "del partido de los pobres" mientras flirtea cada noche con la misma encopetada y reaccionaria aristocracia que combatiría con saña dos o tres años después todo lo que él había representado.

Pasados los años, Morla publicó ‘En España con Federico García Lorca’, que sorteó la censura franquista sin problemas, quizá porque lo presentaba despojado de algunos fragmentos ahora restituidos (aunque, incomprensiblemente, no todos). De ‘Madrid sufre’, su continuación, se han suprimido también por desgracia otros pasajes, no sabemos cuáles, ni las razones, pero incluso esto no nos impide afirmar que, tal como se nos da a conocer ahora este diario, jamás habría podido publicarse entonces. Lo habrían impedido en primer lugar muchos de los influyentes personajes que salen en él, y desde luego el Régimen no lo habría tolerado. Claro que de haber triunfado el Frente Popular, tampoco.

De pocos libros se podrá decir que sea como éste un espejo paseado a lo largo del camino. Una revolución es siempre un gran argumento, y Morla lo repetirá a menudo: no acaba de creerse que todo esté sucediendo "para" él, para que él lo cuente. Creeríamos incluso que lo vive desde fuera: "El ambiente es el de la revolución rusa cuando se refleja en el cine", observará como un futurista. Es además un privilegiado, a salvo de unos y de otros y con plena libertad de movimiento. Mientras los demás luchan por conservar sus vidas, atacando o defendiendo, Morla entra, sale, mira, habla, parlamenta, y lo anota todo en un cuaderno que guarda bajo llave: de caer en manos indiscretas le pondría en el mayor aprieto con todo el mundo, con sus colegas diplomáticos en primer lugar, y desde luego con "los blancos" y con "los rojos".

Al estallar la guerra las embajadas de Madrid empiezan a recibir a gentes que, copadas en la ciudad, tratan de ponerse a salvo. La de Chile, la principal en esa labor, llega a acoger a dos mil asilados de los ocho mil quinientos repartidos entre las treinta legaciones restantes, una avalancha humana despavorida por los "paseos" y las cárceles. Imaginemos sólo aspectos prácticos: víveres, higiene, convivencia en aquel pandemonio... Después de la corte y sus fastos, la checa y sus miserias. La desdicha, lo decía Tolstói, es, literariamente hablando, mucho más fotogénica que la felicidad. El parecido con la novela de Foxá, sin embargo, no va más allá de ese título, superándola en mucho. Para empezar, Morla es un liberal de izquierdas, alguien que aspira a la neutralidad y a la ecuanimidad. Su profesión de diplomático es intentar ser ambas cosas; su finura moral le ayuda a ser compasivo y su decencia a ponerse siempre del lado del más débil.

Entró entonces su vida en una vorágine, como la de todas las personas de aquel drama. Pronto el viejo palacio de la calle del Prado donde se encontraba la embajada se angostó lo indecible. El propio Morla llega a asilar en su domicilio a cincuenta y tres personas. Cada uno de estos seres arrastra una tragedia de dimensiones homéricas, y todos sienten la necesidad de contarla. Hay entre ellos, naturalmente, aristócratas de tronío (alguno de los retratos que hace Morla, el de la duquesa de Peñaranda, por ejemplo, gitana y sinvergüenza, son magistrales), generales conocidos, políticos, prófugos, mujeres, ancianos, jóvenes, curas, monjas y escritores como Ros, Alfaro o un Sánchez Mazas tremulento a quien el miedo no impidió, en todo caso, escribir en la embajada su mejor novela, ‘Rosa Krüger’... Morla escucha, anota y sobre todo trabaja de forma incansable, 16 horas diarias, para salvar esas vidas, sorteando balas y delaciones. La versallesca misión del diplomático se declara ahora, no obstante, muy seria y crucial. No toma en consideración las ideas de aquellos que le piden socorro, contrarias casi siempre a las suyas. Desprecia incluso sus comportamientos mezquinos y egoístas, al comprobar su ingratitud o su doblez. Todo lo que sucede, además, sucede al mismo tiempo: los crímenes, los combates en el frente de la ciudad sitiada, las iniquidades, el miedo, la alegría y la esperanza en la victoria, la exaltación, la cobardía, las intrigas diplomáticas, los espías... Por otro lado, y en medio del paroxismo, los asilados acaban viviendo en sus tediosos y aterrados encierros un simulacro de normalidad, con su bacará y sus bailes, las fugas y la angustia... Diríamos que con ese argumento el diario se va escribiendo solo, como una prodigiosa y envolvente sinfonía. Ni siquiera necesita ser especialmente brillante ni tener un gran estilo.

Consciente de la magnitud de la epopeya, Morla trata de buscar un justo medio, no siempre fácil. Ante unos cadáveres vistos en la calle dirá, asombrándose de sí mismo: "Más atroz pensado que visto. Uno se acostumbra a todo". Pero no, tampoco Morla se acostumbró a todo, porque cada día le trae sorpresas colosales, políticas, diplomáticas, bélicas, personales incluso (por entonces conoció a Ojazos, otro de sus compañeros de errabundaje por el tipismo madrileño). A lo largo de setecientas páginas, que no se pueden dejar de leer, nos desmenuzará tan pintorescas como significativas y valiosas informaciones que no aparecen en ninguna parte. No, desde luego en los libros de historia (ni en el básico ‘Asilos y canjes durante la Guerra Civil’, de Javier Rubio, ni el bilioso, valioso e inaceptable ‘Diplomático en el Madrid rojo’, de Schlayer, ni en los ‘Informes diplomáticos’ del propio Morla ni en el tremebundo ‘Checas de Madrid’ de Borrás, ni mucho menos en las tediosas memorias del efímero embajador de Chile, un sujeto infatuado que huyó de la embajada a los ocho meses dejándole a Morla al frente y a quien Franco premió su servilismo con una calle) ni en las novelas de otros literatos (no desde luego en el almibarado ‘Meses de esperanza y lentejas’, de Samuel Ros, ni en la sesgada de Fernández Flórez, ‘Una isla en el Mar Rojo’). La melodía principal de esta danza de la muerte escrita por Morla no puede ser otra que la vida de los asilados, las gestiones diplomáticas y el miedo en todo momento a ser asaltados por cenetistas de ‘Castilla Libre’ o agentes del temible SIM o forajidos incontrolados. ¿Y el bajo continuo? Sus borneos en un Madrid hambriento y masacrado por la aviación fascista tanto como por los "paseos", las sediciones y el terror; los teatros, cines y corridas de toros que ni la guerra ha interrumpido; sus parrafadas con chicos guapos y desconocidos tropezados en las tabernas; las visitas a Pastora Imperio; los refugios, los espías, las chinches; otra vez el hambre ("desde que hay revolución y que se come poco, advierto que la gente está más gorda"); las zancadillas de los colegas; sus despachos con Álvarez del Vayo, Miaja o Besteiro (de quien Morla se mostrará entusiasta partidario hasta el final); la preocupación acuciante para buscar víveres tanto como, a veces, algunos precarios festines; la visión fugaz de un Neruda, cónsul de Chile, que sale huyendo de Madrid, muerto de miedo, o la visita a unos Alberti a quienes busca en su casa de Velázquez 57 para ofrecerles asilo en marzo de 1939 ("¡qué van a querer que termine la guerra! Alberti vive ahora en una casa preciosa, moderna, elegante, con una terraza magnífica (...) Hay quienes no tenían nada, y ahora tienen casas, coches, medios. Con la victoria de Franco lo pierden todo"). Sin duda no le perdonaba que hubiera escrito hacía poco "un verso asqueroso refiriéndose al enemigo. Dice así: ‘hijos de hombre con hombre’"... Y, pese a todo, quiere ampararlos...

La victoria de Franco vació la embajada de Chile de unos asilados... para llenarla de otros. Pudo Morla entonces acoger o preparar la acogida de diecisiete republicanos (algunos, como Miguel Hernández, rechazaron el asilo). La historia se repetía, al revés. Contradanza. Rigodón. La embajada los defendió de la ferocidad falangista, durante año y medio, como había defendido a los falangistas de los frentepopulistas. ¿Qué consiguió con ello Morla? Desde luego no una calle...

Sumados los dos libros nos dan más de mil quinientas páginas y once años, acaso los más traumáticos en la vida española desde la expulsión de los moriscos. El propio Morla, que ha sobrellevado esa epopeya con Bebé (personaje tan fundamental en esta segunda parte como insignificante fue en la primera), no acaba de creerse que todo "eso" les haya sucedido a ellos, y que hayan sobrevivido. "Ya lo creo que se podría escribir un libro único", suspirará. Probablemente no sabía que ya lo estaba escribiendo él, un libro al que será difícil que supere ni el sesudo cronicón histórico ni la a menudo alocada novelería. Con una realidad como la que Morla ha rescatado de "los hunos y los hotros", probablemente saldría sobrando cualquier otra novela, porque la suya ha sido escrita ya... y sin un átomo de ficción.

Carlos Morla Lynch. ‘En España con Federico García Lorca (Páginas de un diario íntimo, 1928-1936)’. Prólogo de Sergio Macías Brevis. Renacimiento. Sevilla, 2008. 650 páginas. 33 euros. ‘Madrid sufre (Diarios de guerra en el Madrid republicano)’. Renacimiento. Sevilla, 2008. 840 páginas. 35 euros. Se publicará en mayo.

MIKEL/A, AQUÍ ESTAMOS Y NO NOS OCULTAMOS

Mikel/a enseña cacho en la 2ª Gayakanpada de EHGAM, 27-29 agosto 1993, Muxika // STARS COFLHEE es un trabajo realizado por Julen Zabala Alon...