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2018/03/23

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | DE UN LIBERTINO QUE ESTUVO EN LA INOPIA

De un libertino que estuvo en la inopia.
La novela romántica de Vicente Molina Foix tiene mucho de narración generacional, de novela de formación, y no menos de libro de memorias. Esta es la intrahistoria de un grupo de jóvenes que en los últimos años de la década de los sesenta aspiraban a convertirse en escritores.
Fernando Valls | InfoLibre, 2018-03-23
https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/libertino-estuvo-inopia_1_1156578.html 

Este libro se nos presenta ya desde el subtítulo como una novela ‘romántica’, pero tiene mucho de narración generacional, de novela de formación, y no menos de libro de memorias, pues aunque alguno de sus episodios esté fabulado, me temo que no pocos lectores la recibirán –sobre todo- como la rememoración de un tiempo pasado. No en vano, buena parte de su atractivo estriba en la presencia, en el protagonismo compartido, de los hermanos Moix (Ana María y el entonces llamado Ramón, luego Terenci), Pedro Gimferrer (pronto Pere), Leopoldo María Panero, Guillermo Carnero y el autor. Todos ellos escritores, y algunos también críticos literarios y cinematográficos, o ensayistas, que han ocupado un papel preponderante en las letras españolas, y catalanas, de las cinco últimas décadas, aunque quizá solo Gimferrer, Carnero y Molina Foix hayan acabado haciendo la obra que de ellos se esperaba. En el caso de Terenci Moix, junto a obras notables (‘El día que va morir Marylin’, 1969; o ‘El peso de la paja’, 1990), nos ha dejado otros libros demasiado torrenciales y complacientes. Si Terenci se fijó en Marylin, su hermana cuenta en sus cartas a Vicente que anda escribiendo una novela titulada ‘Monty no ha muerto’ (p. 344), por Montgomery Clift, nunca publicada que yo sepa.

En el título aparece ya definido el protagonista como un ‘joven sin alma’, en el sentido de alguien que no sabe amar, o como le espeta Ramón: “no tienes corazón, solo curiosidad, y eso no basta” (p. 209). Mientras que en el subtítulo se apunta el género, aunque sea de manera equívoca, porque qué quiere decir aquí ‘romántica’. El caso es que con menos subterfugios de los habituales, el autor se desdobla a su vez en dos personajes: aquel llamado Vicente y el innominado narrador que es durante el presente narrativo, convertido en uno más de los miembros del grupo que protagoniza la narración, un procedimiento útil para intentar objetivarse, distanciarse. Así, todos ellos están vistos en un momento concreto de sus vidas, mientras que tanto el jovencísimo Vicente como el narrador aparecen retratados por el Molina Foix que hoy recuerda, fabula y firma el libro.

Si bien el conjunto aparece dividido en dos partes muy desproporcionadas, pues se componen de 314 y 46 páginas respectivamente, también podríamos parcelarlo en tres épocas, correspondientes –en esencia— a las vivencias del protagonista en Alicante, Madrid y Barcelona. A su vez, esa extensa parte inicial se subdivide en 55 capítulos titulados, excepto los seis primeros que aparecen sin nominar. Y, sin embargo, la fecha clave de toda esta experiencia vital es julio de 1965 (véase, el poema de Gimferrer, “Julio de 1965”) cuando Vicente llega a Barcelona y se encuentra con el resto de los componentes del llamado aquí Grupo de los Seis, unos jóvenes insatisfechos y heterodoxos en su conducta, inquietudes y saberes. Ese año se nos relata centrándose, de manera tan precisa como puntillosa, en dos trimestres y tres meses sueltos, dedicándoles un capítulo independiente a cada uno de ellos (I, 23, 29, 30, 35 y 40), como puede observarse en el índice. Pero, además, el lector aprecia un evidente contraste entre la vida en esas tres ciudades, que tienen que ver con distintas fases de su maduración personal, resaltando sobre todo, respecto a las anteriores, las experiencias que vive en Barcelona. Ana María, por su parte, establece la siguiente comparación entre Madrid (“dicen que tiene siempre una sonrisa profidén”) y Barcelona (“tan seductora, tan bien vestida, a veces saca los dientes y muerde”) (p. 352). Pero, además, aunque la historia privada se centre en unos cinco años, hasta 1969, en el conjunto no se pierde de vista nunca el fondo político de aquella última década del franquismo. Así, por ejemplo, se alude a la manifestación en Madrid, de febrero de 1965, o al encierro en la Facultad, disuelto por los grises a caballo.

La narración empieza siguiendo la cronología vital del protagonista y valiéndose a veces de antiguas fotos, contando los años de Alicante, los ritos familiares y los escolares, las primeras experiencias sexuales, la fascinación por las hermanas Valdés... Pero también rememora los tres veranos decisivos que Vicente pasó en París, entre 1962 y 1964, en los que un chico devoto, incluso lleva cilicio, se convierte en cinéfilo. Hay, sin embargo, dos personajes que destacan en esta etapa: el desterrado doctor Ribas Soberano que salvó a su madre de la muerte; y Camilo José Cela, ante quien su padre lo llevó, en la Alicante en 1962, a que le firmara unos libros. Luego, Vicente lo siguió por la ciudad, asistió a una conferencia e incluso mantuvo dos conversaciones con el escritor. La conferencia de Cela quizá podría desempeñar aquí una función semejante a la que dicta Ortega y Gasset en ‘Tiempo de silencio’. Molina Foix se refiere también en estas páginas a sus padres y a su hermano Juan Antonio, un reconocido experto en cine y literatura fantástica, pero nunca a su hermana mayor, a quien –tras la publicación de la novela- le ha dedicado un sincero y emotivo artículo en forma de carta (“A la hermana perdida”, ‘El País’ Semanal, 3/XII/2017), que bien podría haber formado parte de esta narración, como un capítulo más.

A Madrid, donde ya vive su hermano, llega en 1964 para estudiar Derecho, aunque se muestre mucho más interesado por el cine, por la relación que entabla con los afrancesados de la revista ‘Film Ideal’ (Félix Martialay, Marcelo Arroita-Jáuregui, Juan Cobos, Miguel Sáenz, José Luis Guarner...), y por las actividades de la oposición clandestina, llegando a formar parte de la célula de Atocha del PCE, convertido en Cesáreo. Se trata, por tanto, de un tiempo dedicado a la conspiración y al aprendizaje, a compaginar el conocimiento del surrealismo con el del socialismo, en el que además comienza a ser consciente de su homosexualidad. Y cuando ‘Film Ideal’ se derechizó, Vicente Molina se integra en la redacción de la revista ‘Nuestro cine’, fundada en 1961 y vinculada a la izquierda, junto a Augusto M. Torres y Miguel Marías. Pero para entonces estábamos en el curso 66-67, época en que se cumplían sus amores con la pintora Mari Luz D., casada con un escritor de cuentos del realismo social.

Sus estancias esporádicas en Barcelona, donde se presenta con 18 años, tendrán una gran trascendencia en su vida, por las relaciones que entable con otros jóvenes de su cuerda, hasta acabar abandonando la inopia para en adelante comportarse como un libertino, tal y como el mismo autor ha descrito su transformación. Así, nos cuenta sus amores con el siempre absorbente y melodramático Ramón, quien ya tiene 23 años. Una versión distinta de estos hechos puede leerse en el tercer tomo de sus memorias, ‘Extraño en el paraíso’ (1998), según ha recordado Mainer en una reseña modélica. El caso es que Ramón acabó rompiendo con él por telégrafo, lo que hoy suena antediluviano. A la vez, Gimferrer y Carnero se quedan prendados de Ana María, el primero a su manera, tal y como confiesa: “yo me he enamorado de Ana María aunque en forma un tanto peculiar; ni la quiero ni la deseo; la ‘necesito’ intelectualmente” (p. 204). Ella, por su parte, los quería como amigos, pero los rechazaba en calidad de novios (p. 230). Y, al respecto, no podemos pasar por alto la confesión del joven y siempre atrabiliario Panero: “La sexualidad la veo en sí misma repugnante. Y si pudiera me libraría de ella con mucho gusto” (p. 249).

Además, la llegada a la Universidad supone el descubrimiento del amor, la iniciación sexual, homosexual, y el conocimiento del magisterio cultural, pero también la aspiración de convertirse en buen discípulo de aquellos que saben más que él, pues Molina Foix se presenta como “un provinciano palurdo entre sabios morbosos” (p. 308). Siendo importante la visión del grupo, la amistad que entablan, la rivalidad, los celos que padecen y cierta pedantería, habría que destacar sobre todo las cartas que Ana María, la musa del grupo, le dirige a Vicente, sus intereses e inquietudes, sus visitas al psiquiatra, su fascinación, y más, por Esther Tusquets, para referirse también a “esa porquería infecta que son los sentimientos” (p. 347).

Aunque la historia acabe en 1969, cuando todos los miembros del grupo, menos él, han publicado ya algún libro o están emparejados (Gimferrer con una chica muy guapa —afirma el narrador, con quien quisieron formar un trío, aunque solo a efectos románticos— que se hacía llamar Doctora Mabuse y se las daba de fría y calculadora, pp. 284-290), es difícil sustraerse a lo que será el futuro de cada uno de ellos. Así, en 1970, Molina Foix publicó su primer libro en la todavía Seix Barral de Carlos Barral, una novela titulada ‘Museo provincial de los horrores’, y junto a sus amigos –con la excepción de Terenci, entonces escritor solo en catalán- aparece incluido en la antología de José María Castellet, ‘Nueve novísimos poetas españoles’, formando todos ellos, además de Félix de Azúa (¿por qué no aparece en esta novela, por dónde andaba entonces?), lo que el antólogo llamó la ‘coqueluche’, a quienes Ana María define como “aquellos muchachos ebrios de cine, poesía, verano y juventud” (p. 357).

Hoy, sin embargo, la percepción de estos autores me parece que ha cambiado y es probable que a más de uno le cueste entender la fascinación que sintieron tanto por Ana María como por Leopoldo; frente al atractivo mayor de Terenci para los que hayan tenido la fortuna de tratarlo, mucho más ingenioso y desmesurado, por su simpatía personal y por ser un gran contador de historias. Por otra parte, me temo que Ana María pecaba de optimista cuando en una de sus cartas afirma: “empezamos una generación (...), será la más grande de esa historia-miseria que nos ha precedido”. Pues tanto la anterior, la llamada del ‘mediosiglo’ (Sánchez Ferlosio, Valente, Claudio Rodríguez, Gil de Biedma, Ana María Matute, Caballero Bonald, Carmen Martín Gaite, Juan Marsé...), quienes sí pusieron en práctica diversas estrategias para alcanzar un cierto poder, como alguno de sus coetáneos, o la posterior generación han dado semejantes o mejores frutos que ellos: Miguel Espinosa, Francisco Umbral, Javier Marías, Luis Mateo Díez, José María Merino, Rafael Chirbes, Cristina Fernández Cubas...

Junto con ‘El abrecartas’ (2006) y ‘El invitado amargo’ (2014), escrita con Luis Cremades, esta obra compone una trilogía que el autor ha tachado de novelas ‘documentales’. Lo que se narra, en suma, como apenas nunca se había hecho, y eso es lo que convierte a este libro en atractivo y singular, es la intrahistoria de un grupo de jóvenes que en los últimos años de la década de los sesenta aspiraban a convertirse en escritores, la amistad que surgió entre ellos, los amores y deseos más o menos satisfechos, las relaciones homosexuales, los celos (¿de ahí lo de ‘novela romántica’, concepto que Ana María utiliza en su última carta, p. 361?), y, cómo no, un cierto histrionismo, mucha pedantería y cierta tendencia al lenguaje ampuloso.

Así, lo que empezó siendo un relato personal, familiar, acaba convirtiéndose en una historia coral de amistad, en Madrid de forma más tímida, y de manera absoluta en Barcelona. No falta ni la autocrítica, ni tampoco humor. Respecto a este último, véase la disputa entre Ramón y Leopoldo (p. 242), la distinción del primero entre lo narrativo, que él cultiva, y el despectivo ‘versiprosa’ de los demás (p. 244); y lo que le espeta a su hermana (p. 246). O todo lo relativo a esa especie de combate por ver quién lleva el abrigo más extravagante, sean los de Vicente, el de Carnaby Street o el negro de conejo (pp. 230 y 324), o incluso el largo tabardo ribeteado de piel de leopardo, sintética, de Panero (pp. 223, 254 y 255).

El gusto por el apodo, como en la novela del XIX, en nuestro Galdós, por ejemplo, recorre todo el libro. Así, Cela llama al joven Vicente “cara de plato”, mientras que sus amigos lo tratan de “cara de pan”, “cara de Luna” (p. 350) o “lo Vicentet” (pp. 151, 307). Gimferrer es, para el narrador, El Crítico 1° o El Poeta Fundador; Ramón Moix es El Crítico 2° o El Novelista Sensacional; Ana María, muy aficionada a motejar a los demás (p. 360) es la Poeta de Prosa delicada, a quien también llaman el Animal, y ella misma se define como “la desdichada de los Cortos Cabellos” (p. 356); Carnero aparece como El Poeta de Gran Estatura y foulard; mientras que a Molina Foix lo conocen como ‘Le petit martien’.

Se trata, en suma, de una narración inteligente, desmitificadora, a menudo irónica y a ratos divertida, un libro imprescindible para entender, en las postrimerías del franquismo, cómo eran algunos jóvenes que aspiraban a convertirse en grandes escritores.

P.S. 1. La publicación del libro ha generado un hecho más que curioso, y es que uno de sus protagonistas, Guillermo Carnero, lo ha reseñado en la revista ‘Mercurio’ (núm. 195, noviembre del 2017).

P.S. 2. Creo que se han colado dos errores que, de ser ciertos, podrían corregirse en una próxima edición: en 1966, Juan Luis Panero no había publicado todavía ‘A través del tiempo’, su primer libro, que data de 1968 (p. 226). Y el Premio Gabriel Miró no es de novela, sino de cuento (p. 258).

Fernando Valls
es crítico literario y profesor de Literatura.

2018/01/31

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | ESCUELA DE BARCELONA: RETRATO DEL ARTISTA CACHORRO

Escuela de Barcelona: Retrato del artista cachorro.
Ricardo Dudda | Letras Libres, 2018-01-31

https://letraslibres.com/revista/escuela-de-barcelona-retrato-del-artista-cachorro/ 

Molina Foix, Vicente (2017). El joven sin alma. Novela romántica. Barcelona: Anagrama.

En su poema “Julio de 1965”, incluido en ‘Arde el mar’, ganador del Premio Nacional de Poesía en 1966, Pere Gimferrer (Barcelona, 1945) escribe con entusiasmo: “Estáis aquí. Vivimos. [...] Luz y tiempo inventando/ en el aire mi sitio./ Aquí tú. El sol crepita./ ¿Empieza el tiempo? Existo. [...] ¿Por qué yo? Me deslumbran/ focos, música, un circo./ Seré. Resida en mí/ la verdad de lo vivido.” Y termina: “Si vivo aún, ¿por qué/ nada al cuerpo retiene? Qué verdad./ Subo, subo. Aire: me perteneces.”

En ‘El joven sin alma’, Vicente Molina Foix recibe de Gimferrer este poema adjunto en una carta-baúl, como llamaba el grupo de amigos de la novela las cartas que se enviaban y que incluían recortes de prensa, relatos, poemas, reseñas e incluso deberes. En ella, Gimferrer le dice a Molina Foix: “Estoy eufórico como nunca en mi vida, emprendedor, optimista, generoso, inspirado. Os lo debo a vosotros. A los tres por igual.” Esos tres son Vicente, Ramón (Terenci) Moix y su hermana Ana María. A la pandilla se unirían posteriormente Leopoldo María Panero y Guillermo Carnero. Forman un grupo de intelectuales precoces y melancólicos, sentimentales y ligeramente apolíticos, afrancesados y cinéfilos, que sacudieron la poesía y la literatura de los años sesenta y setenta. En la mítica antología de 1970 ‘Nueve novísimos poetas españoles’, Josep Maria Castellet los incluye a todos ellos, junto a Félix de Azúa, en el grupo de los jóvenes, influidos por la contracultura. Pronto se convirtieron en la élite cultural del país.

‘El joven sin alma’ es el retrato, en formato de novela “documental”, como llama Molina Foix a sus novelas “reales”, de este grupo. Es una autobiografía sentimental fetichista, que busca más la relevancia emocional que el rigor histórico. Está construida a partir de cartas, fragmentos de obras y referencias artísticas: se mencionan cineastas, muchos cineastas, como Losey, Antonioni, Kurosawa, Godard, Visconti, y autores como Duras, Eliot, Pavese, James, Shakespeare, los clásicos griegos…

El cine es la mayor obsesión de los protagonistas, salvo quizá para Ana María Moix, y es lo que les acaba uniendo. El joven Molina Foix leía de adolescente la revista cahierista ‘Film Ideal’, que le traía su hermano de Madrid a Alicante, y antes de comenzar la carrera en la Complutense envía artículos que le publican. Tras unos coqueteos con el marxismo, inevitables en la intelectualidad universitaria antifranquista, y tras descubrir que lo suyo no es la militancia política, acaba formando parte del grupo de “marcianos” y “disidentes” de la ortodoxia marxista en la crítica cinematográfica. Este grupo informal combina una vocación vanguardista con una concepción que defiende en cierto modo el arte por el arte (un poco siguiendo la idea de Oscar Wilde, a quien admiraban, de que el arte no sirve para nada, o al menos nada práctico). En este grupo están sus dos críticos favoritos de la revista: los barceloneses Pere Gimferrer y Terenci Moix, todavía Ramón.

En el verano de 1965, Vicente visita Barcelona y comienza una relación amorosa con Terenci Moix, cinco años mayor y mucho más entregado a la relación que él. Las cartas de Moix que reproduce Molina Foix son obsesivas, resentidas, llenas de pasión y una ira de la que luego se arrepiente; las respuestas del autor y protagonista son frías y distantes. Moix lo medio perdona diciendo que es aún demasiado joven y todavía no sabe gestionar sus emociones. Pero el reproche le lleva a una reflexión sobre su capacidad de amar: piensa que quizá no tiene alma. Molina Foix va creciendo como crítico, viaja al festival de Venecia y comienza a escribir lo que serían sus poemas y novelas: parece que le importa más su carrera que su romance, algo que su pareja no le sabe perdonar.

‘El joven sin alma’ es una novela sobre la juventud, pero comienza con la infancia proustiana del autor. Admito mi impaciencia por llegar a la parte de la universidad, pero su infancia y sus inicios como escritor (conoce a Cela de adolescente en la presentación de uno de sus libros en Alicante, y fantasea con cenar con él en un hotel de lujo y luego darle clases de baile), su descubrimiento discreto de la homosexualidad, sus viajes precoces a París con un cilicio para no sucumbir a las tentaciones libertinas de los franceses (‘spoiler’: sucumbe con ‘Vivir su vida’ y se convierte en un gran fan de Godard) son fascinantes. Pero no lo son tanto como el romance con Terenci o la relación delirante con Leopoldo María Panero. Y quizá no hay nada más fascinante en esta obra que su capítulo final, compuesto exclusivamente de cartas de Ana María Moix al autor. En ellas describe sus depresiones, sus miedos pero también su pasión por la cultura y el arte, su alegría por la amistad, el aprecio sincero hacia Molina Foix, a quien presiona para que lea y escriba y no se desanime. La obra termina con ella, y hay uno de los fragmentos que define el ‘rise and fall’ de estos novísimos: “Llevará razón, una vez más, Gil de Biedma cuando dice en ‘Infame turba’ que el sentimiento de grupo es cosa juvenil, y es entonces cuando se vive la literatura en pandilla. Después el sentimiento desaparece, y solo queda recelo o una amistad que se irá haciendo difusa.”

El tono de la novela es crepuscular, melancólico. El grupo no dura toda la vida. Molina Foix se pasea por trasteros, revisa cajas y baúles y carpetas para hacer la crónica. Es una obra endogámica, porque narra solo lo que ocurre dentro del grupo, y por eso termina a principios de los setenta, cuando cada uno toma su camino. Pero es también una especie de tratado en defensa de la alta cultura (a veces recuerda a las obras de Semprún, repletas de referencias y donde un poema de Verlaine o Rimbaud sirve como hilo conductor; ambos autores comparten la misma vocación de estilista y narran un Madrid similar), y en cierto modo puede funcionar como una guía para el futuro novelista o poeta, para alcanzar “el estado ideal del joven artista”.

2017/10/09

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | VICENTE MOLINA FOIX: "SOLO AMÉ UNA VEZ"

Vicente Molina Foix: “Solo amé una vez”.
En 'El joven sin alma', el escritor ajusta cuentas con su juventud. Desdoblándose para convertirse en personaje, recrea su relación con Terenci Moix y las alegrías y tristezas de los 'Nueve novísimos'.
Juan Cruz | El País, 2017-10-09
https://elpais.com/cultura/2017/10/09/babelia/1507538057_694863.html 

No hay trampas en este libro, aunque haya ficción. 'El joven sin alma' (Anagrama) es la historia personal de Vicente Molina Foix. En primera persona, aunque empiece (y acabe) siendo él dos Vicente, afrontados por un espejo inquietante. Los nombres propios (Pedro, Guillermo, Ramón, Ana, Leopoldo) son los nombres que tuvieron entonces, en los años 60 del siglo XX, algunos de los escritores más notorios de la generación del autor que es, él lo dice, “el joven sin alma”. Él tuvo amores con Ramón, que pasó luego a la historia como Terenci Moix. El resto (Pere Gimferrer, Guillermo Carnero, el citado Terenci, Ana María Moix, Leopoldo María Panero) son los amigos de Vicente. Es una historia, tantas veces triste, de amores y de amistad y de cine y de alegría de un grupo que, en parte, consagró Josep Maria Castellet en ‘Nueve novísimos’.

Pregunta. Eran la ‘coqueluche’.

Respuesta. Así lo bautizó Castellet, sí. En el libro se habla de este grupo, del personaje llamado Vicente cuando los encuentra. Es una novela muy de formación porque es la historia de cómo se forma una conciencia: un grupo de personas en el tiempo de un cambio no sólo político, aunque haya política, sino sobre todo moral y personal, de un cambio de vida.

P. Existe un juego literario, el de los dos Vicentes. ¿Quién es Vicente Molina-Foix de los dos?
R. No es un ‘alter ego’, ni un super­ego ni un ego. Hay un narrador que es Vicente, el protagonista del libro y también vividor de lo que se cuenta, un verificador. Lo dice al principio: “Yo no me voy a llamar de ninguna manera”. Y nunca se dice quién es, aunque se sabe que es él mismo. Me gustó hacer este juego, y tiene esta finalidad: que el Vicente con nombre y apellido quiere ser personaje en este libro, no quiere ser autor. Soy autor y personaje.

P. ¿Cuál de los dos vive ahora con usted?
R. Yo sigo siendo el primero, el que tiene la memoria interior de todo aquello, el que retrata todas las cosas; igual que sucede en ‘El abrecartas’, aunque yo no lo sabía, ahí no soy yo, soy el que escribe las cartas de todos los personajes. En este caso yo he vivido muchas de las cosas, desde mi encuentro con Cela en mi adolescencia al conocimiento de unas hermanas bellísimas y a mi descubrimiento de un grupo de personas que me cambió la vida cuando entré en contacto con ellas en Film Ideal. Esa es la persona que soy. Pero como el libro no es una memoria ni una autobiografía, sino una novela, una novela romántica, he tenido una enorme libertad.

P. “Sin alma”. El apellido del título es muy terminante. ¿Es así como se ve?
R. Me veo sin alma en el sentido amoroso de la palabra, en el sentimental, porque la novela tiene una parte sentimental muy importante. No me veo como una persona desalmada. El “sin alma” es, además, una manera de hablar de los personajes; disfruté mucho siendo personaje, tratándome de personaje. De todos los personajes de este grupo de seis, Vicente es el que menos ama, el que no sabe amar, el que ama el cine, la amistad, sus vivencias, su ideología, sus abrigos, pero no se entrega amorosamente en una novela en la que todos los demás, excelentes escritores en la realidad conocida, saben amar y de alguna forma viven pendientes del amor. Únicamente en ese sentido se dice “sin alma”.

P. ¿Usted era así?
R. Sí. Yo solamente he amado, lo que se dice amar, una vez en mi vida. Las otras veces no es que hiciera cabronadas, al menos no intencionadamente. No. Yo no sabía amar, o quizá no me interesaba tanto amar durante un periodo. Ese es el joven sin alma. Luego el personaje cambia, claro, en todo caso esa es también otra de las maneras por las que yo los veo unidos; se cuenta en ‘El invitado amargo’ (que con ‘El abrecartas’ constituye una especie de trilogía): ahí sí hay amor.

P. Hay muchas referencias a la carencia de alma. Como si fuera una autocrítica.
R. Sí, es una autocrítica. El libro tiene autocrítica en la parte que corresponde. Ahí es muy importante que un Vicente le diga al otro que no mienta. Se habla de un tiempo en que el joven no traiciona, sino que no sabe llegar. No es la historia de una traición ni de una maldad premeditada. Mis amigos estaban suicidándose continuamente por amor… Los demás tomaban cosas y amenazaban con irse de este mundo. Y mi carácter siempre fue un poco más frío, más prudente.

P. ¿Y no hay ego? Escribe usted: “1969. Y todos habían publicado menos yo”.

R. Es una declaración muy verdadera. Ahí me reivindico como un alumno, he sido siempre muy buen alumno. Ahora que ya tengo una edad muy provecta hago una especie de mirada sobre la vida y me doy cuenta de que para mí el elemento creativo, en mi carácter y en mi obra, ha sido el aprendizaje de gente que he tenido la suerte de tener como maestros, algunos mayores, pero algunos de mi edad. Pedro, Ramón, Ana, Leopoldo, Guillermo fueron maestros coetáneos… Luego los he tenido de todas las edades. Y eso de no haber publicado como ellos no eran celos, quizá si lo hubieran sido me hubiera apartado de ellos: la mía era una voluntad de impregnación.

P. Ramón le dice: “Presumido indeciso”. Ana María le espeta: “Vicente, eres un triste, no morirás joven, lo cual no significa que serás un triste para siempre”. Ahí se quiebra el ego...

R. No, el libro no es egocéntrico. Es lo que más he trabajado, no sólo contar la trayectoria de Vicente, sino la vida de este con otras personas. Pedro va a presentar el libro en Barcelona: creo que es la primera vez que un personaje de ficción presenta un libro. Él dice que se ha reconocido cuando habla, aunque no del todo. Es muy importante en el libro Guillermo Carnero, que aún no lo ha leído. Otros por desgracia han muerto. Y para mí era fundamental crear compactadamente esta aventura que nos junta entre 1964 y 1969, el periodo que en realidad cubre el libro con mayor extensión. Y las voces están escritas por mí o, en el caso de algunas de las cartas, reescritas por mí, para darles la verdad que yo mismo me doy a mí mismo. Para darles una densidad que no traicionara su verdad.

P. ¿Y es un libro triste?
R. Es un libro lleno de humor. El arma de construcción masiva de mis libros y de mi vida es el humor; me considero un humorista, si no fuera tan tímido querría dedicarme a ser humorista en la tele. Pero al mismo tiempo hay una tristeza que es consustancial a mi carácter, una especie de pesimismo o melancolía contra la que yo mismo lucho con el humor. No lo quita pero lo palia un poco y lo hace más llevadero.

P. Con todos esos personajes tuvo mucha relación. Con Ramón (Terenci) hay una ruptura dramática. ¿Volvió la amistad o aquella se rompió?
R. Volvió la amistad. Con Ramón tardó tiempo pero volvió; con Pedro y el personaje llamado doctora Mabuse, se produjo el corte que se cuenta. Volvió con Guillermo Carnero, con el que no hubo ningún incidente, simplemente nos separamos por la vida. Y con la persona con la que más crisis hubo fue con quien probablemente fue mi mejor amigo de todos ellos, Leopoldo María. Con Leopoldo viví durante un periodo corto una relación de una intensidad amistosa enorme. Me deslumbró mucho Ramón, me intrigó mucho Ana María, también Pedro con su cultura y su manera de ser. Pero el Leopoldo que yo reflejo en el libro fue verdaderamente la persona más refulgente de aquel periodo. Me deslumbró, pero luego se apagó el fuego.

P. ¿El libro le ha servido para recuperar el alma?
R. Sí, yo creo que me he planteado muchas dudas sobre mí mismo; también coincide que el libro está escrito a una edad en la que uno tiene que hacer balances de todo tipo. Creo que si al lector de este libro, el que no haya leído nada mío antes, le interesara y le intrigara, podría volverse a ‘El invitado amargo’, porque ahí se da respuesta a esa pregunta; aquella sí que fue una relación en la que el autor se implicó y luchó mucho. No llegó a suicidarse porque yo no soy del género suicida, y eso es una especie de predisposición, pero tuve un gran sufrimiento.

P. Es la vez que usted amó.
R. Sí, esa es la vez que amé, exacto.

2015/11/11

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | JAIME GIL DE BIEDMA, UN CATALÁN DE CASTILLA

Jaime Gil de Biedma, un catalán de Castilla.
Aparecen los diarios completos de uno de los autores fundamentales de la Generación del 50, plagados de sexo -y pederastia-, inteligencia y poesía; un documento que ya es historia de nuestra literatura.
Alberto Olmos | El Confidencial, 2015-11-11
https://blogs.elconfidencial.com/cultura/mala-fama/2015-11-11/gil-de-biedma-homosexualidad-pederastia-diarios_1091079/ 

Mientras un Salomón de ciento y pico votos anda partiendo ahora de verdad un niño por el medio, la lectura de los 'Diarios' de Jaime Gil de Biedma nos traslada a aquellos tiempos en los que un catalán amaba Castilla y se conjuraba junto a madrileños y andaluces contra la dictadura del general Franco. Nadie tan catalán como Jaime Gil de Biedma y nada tan castellano como el pueblo de Nava de la Asunción, en la provincia de Segovia.

Este pueblo, que yo he visitado muchas veces, pues a él se llega casi por orden alfabético desde el mío, Fuentepelayo, dejando atrás Navalmanzano y Navas de Oro, era el pueblo de origen de los Gil de Biedma, lugar de veraneo de la familia, elegido a la postre por Jaime para retiros y convalecencias. Allí está enterrado el poeta y, si preguntan en un bar, aún encontrarán gente que les hable mal de él. Todo un éxito.

El escándalo, básicamente sexual, comía de la mano de Jaime Gil de Biedma, que lo propició por las calles y sótanos de Barcelona, en tabucos miserables en Manila, en su aparatosa residencia segoviana y, sobre todo, en su literatura. Hay páginas de sus diarios que ponen los pelos de punta.

Los rincones oscuros
Dice Michel Houellebecq que toda homosexualidad es pederastia, afirmación que, como casi todo en Houellebecq, contiene una verdad imprecisa. Ya mi lectura inaugural de 'Retrato del artista en 1956', primera parte de estos 'Diarios', que hice hace casi dos décadas, pendía en mi memoria por sus ganchos más mugrientos y abominables. Nadie puede olvidar esos pasajes del 'Retrato' donde Jaime Gil de Biedma acude a un prostíbulo en Manila, “de niños y niñas”, y acaba en la cama con un muchacho de “unos doce o trece años”. Pere Gimferrer y Andrés Trapiello se cruzaron la cara a artículos hace unos años al compás de estas miserias. Escribió Trapiello: “Lo único que tiene que aclararnos ahora Gimferrer, a quien siempre veremos del lado de los poderosos, es si le parece bien que se prostituya a los niños solo porque son de Filipinas, o bien porque quien lo hace es nada menos que de Barcelona.”

Los aficionados a la diarística emparentarán enseguida ese gusto por los chicos de Gil de Biedma, y su consiguiente relato en páginas privadas, con relatos similares que figuran en el conocido 'Diario' de André Gide, autor de cabecera de nuestro poeta. ¿Qué hacer con esas páginas, con esa delincuencia? ¿Callarla, evitarla, enterrarla? Entre el apetito de castración de quienes sacarían a un autor de los libros de texto por haber mantenido relaciones sexuales con menores, y la connivencia amical de otros que se limitan a hacer la vista gorda, solo queda apelar a la literatura como juez imparcial de una obra concreta. Esto es: ¿hay verdad y belleza y testimonio en ese libro?

Si esto es así, y en Gil de Biedma lo es de forma apabullante, ese autor y su obra deben preservarse. La literatura no la hacen las buenas personas, la hacen las personas que no niegan su propio mal, que dejan registros lúcidos y descarnados de sus rincones oscuros, que son siempre y a la larga los rincones oscuros del género humano.

Esta segunda lectura del 'Retrato', superado el escollo del señorito que abusa de menores, arroja un saldo muy elevado de inteligencia y buena prosa, de delicadas apreciaciones sobre la vida y el tiempo, de humor y de compromiso político.

Después de 120 páginas donde Jaime Gil de Biedma consigna la orgía perpetua (mayormente con adultos) de su estancia en Manila, lugar al que viajó como empleado de la Compañía de Tabacos de Filipinas, de la que su padre era director, el autor nos planta su Informe sobre la Administración General en Filipinas, motivo de su estancia en el archipiélago. En ese informe, divertidísimo por cuanto el lector lleva varias horas viendo al trabajador de la Compañía haciendo de todo menos trabajar, se aprecia la preocupación de Jaime Gil de Biedma por la brecha salarial entre empleados y jefes, a los que además afea “lo prolongado de sus vacaciones”.

Cierra el 'Retrato' su retiro en Nava de la Asunción, otras 120 páginas que destacan por sobre todas las de estos 'Diarios', pues, enfermo de tuberculosis (y cuánto bien ha hecho la tuberculosis a la literatura), Gil de Biedma mima la expresión, trabaja sobre la nada de su reposo, y logra páginas espléndidas.

Diarios secretos
Estos 'Diarios 1956-1985' se completan con los inéditos 'Diario de moralidades', 'Diario de 1978' y 'Diario de 1985', textos secretos que Gil de Biedma dejó al cuidado de su agente, Carmen Barcells, y que solo ahora ven la luz. Son bastante planos.

El primero, el de 'Moralidades', no es apenas otra cosa que el registro de los poemas que va escribiendo para ese libro suyo, y solo llamará la atención de los 104 (yo incluido) españoles a los que les puede interesar que los inolvidables versos “Tardan las cartas y son poco/ para decir lo que uno quiere” fueran en principio “Tardan las cartas y son pobres/ para decir lo que uno quiere”. El mismo autor afirma que le cuesta “conservar mi prurito de diarista”, y que lo que está escribiendo es “somero y esquemático”.

En el 'Diario de 1978' afirma: “La verdad es que he dejado casi de ser escritor”.

Y el de 1985 lo motiva el sarcoma de Kaposi y el posterior viacrucis del autor, enfermo de sida. Son páginas clínicas, mortuorias, languidecientes. Recuerdan un poco a las páginas finales del diario de César González-Ruano, escritas también en el hospital.

Diríamos que el autor se agarra al mundo por los renglones que va escribiendo, pues para un escritor incombustible, la literatura solo puede terminar un poquito antes que la vida.

2014/09/09

DOCUMENTACIÓN | POLÍTICA | UPyD DEFIENDE EL RESPETO A LAS PERSONAS HOMOSEXUALES Y SUS DERECHOS, INCLUIDO EL MATRIMONIO Y LA ADOPCIÓN

¿Defiende usted el respeto a las personas de la comunidad gay (homosexual) y el derecho al matrimonio del mismo colectivo?
Carlos Martínez Gorriarán · UPyD | Osoigo.com, 2014-09-09

https://www.osoigo.com/es/carlos-martinez-gorriaran-defiende-usted-el-respeto-a-las-personas-de-la-comunidad-gay-homosexual-y-el-derecho-al-matrimonio-del-mismo-colectivo.html 

Sí, apoyo la igualdad de trato en todos los sentidos a personas homosexuales, incluyendo el matrimonio a todos los efectos, y la adopción de niños por parejas gays, es decir, sin discriminación por la orientación sexual (o sea, en condiciones idénticas a las exigidas a las parejas heterosexuales adoptantes y siempre pensando, en ambos casos, en el interés del niño). La Ley del matrimonio homosexual está muy bien como está.

Sobre apoyar campañas para el respeto social, UPyD apoya todas las que se proponen y nos parecen bien orientadas, desde la fiesta del Orgullo Gay a campañas contra el acoso en la escuela a adolescentes homosexuales. También hemos propuesto y defendido en el Congreso y en las demás instituciones donde estamos esta clase de medidas de concienciación, nos parecen muy importantes. Y hemos llevado al Congreso y al Parlamento Europeo que se exija a los países donde hay políticas homófobas oficiales, como Rusia, el fin de tales políticas para establecer acuerdos de cualquier tipo con la Unión Europea.

Nos parece que son políticas elementales de mejora de la democracia, porque es evidente que la naturaleza y orientación sexual de las personas no puede justificar de ningún modo la discriminación más mínima a sus derechos civiles y políticos. Al revés, es vital explicar, sobre todo en la escuela, que la homosexualidad o la bisexualidad no solo son algo natural que debe aceptarse con la misma naturalidad que la heterosexualidad (al fin y al cabo, lo específico de la sexualidad humana es que hace 100.000 años que se separó de la mera reproducción para atender otras necesidades psicológicas y sociales), sino que el hacerlo enriquece extraordinariamente a la persona y a la sociedad que lo hace, pues potencia las imprescindibles virtudes cívicas de la tolerancia, la comprensión de la diversidad, y la apertura al otro y a otros mundos, mundos que podemos compartir o no pero sí ver con simpatía y comprensión. Por no olvidar que apoyar a las personas discriminadas y perseguidas por ser como son, o por vivir libremente sin hacer daño a nadie, es deber moral de toda persona libre.

Es decir, no solo hay que "aceptar" la homosexualidad sino que, digamos -este es mi punto de vista-, hay que alegrarse de que exista, porque eso amplía la diversidad y pluralidad de la naturaleza humana y, por tanto, nos hace más humanos libres y menos "animales programados". Debemos cultivar la amistad y el trabajo con personas homosexuales (y viceversa), exactamente igual que con heterosexuales (y viceversa). Como decía Bakunin, con quien no suelo coincidir mucho, "la libertad del otro amplía la mía hasta el infinito". De manera que cuanta más libertad sexual responsable consigamos en la sociedad y en cada cual, como libertad de cualquier otra clase, más libres seremos todos, e incluso más felices. Como decía Spinoza, la felicidad propia y ajena nos hace mejores personas, no peores. Creo que este es el modo de enfocar la cuestión desde una ética de la libertad, que es la que me interesa.

Además, en España hemos conseguido una revolución de las costumbres con escasos precedentes, si los hay, en lo que se refiere a asunción de la libertad sexual. Cuando yo era un niño, hace más de 40 años en la España del último franquismo, "maricón" era todavía un insulto grave, un estigma infamante de un vicio depravado o, en el mejor de los casos, una enfermedad mental (incluso servía para la exención de la mili). Comenzaba a haber activistas de los derechos homosexuales, pero eran una minoría poco reconocida. Incluso la izquierda radical rechazaba la homosexualidad como una tara vergonzosa: el poeta Pere Gimferrer fue rechazado por el PCE por homosexual [parece que se trata de un error, ¿podría querer referirse a Jaime Gil de Biedma?], y cuando visité Cuba en 1978 me explicaron que el castrismo no perseguía a los gays, "sólo" les encarcelaba si "pervertían a los jóvenes" o tenían SIDA...

Sin embargo, y a pesar de la tradición anterior, en pocos años -es un fenómeno que reclama un estudio de cómo pasó- España pasó de ser una sociedad homófoba a tolerante, y pronto solidaria y predispuesta a instituir la igualdad y erradicar la discriminación legal de la homosexualidad. Según las estadísticas, hoy somos el país menos homófobo de Europa y uno de los menos del mundo. No importa tanto hasta qué punto la gente sea sincera en esas encuestas o "políticamente correcta": es una gran cosa que la homofobia "no se lleve" fuera de reductos ultras y fundamentalistas. Un gran progreso democrático (¡ojalá fuera igual con la corrupción!). En definitiva: la homosexualidad es tan propia de la naturaleza humana como la heterosexualidad, así que atacarla por lo que es, es atacar a la humanidad. Así lo veo yo.

Mi partido, UPyD, ya nació en esa España contraria a la homofobia, y se nota mucho en la gran proporción de gays afiliados activos que tenemos a todos los niveles; muchos son también activistas gays, como es natural. Eso ha conducido a que UPyD ni siquiera haya tenido que discutir si tener un "programa gay": la igualdad la vivimos naturalmente, y los numerosos gays upeyderos ni son un loby interno, ni una cuota para quedar bien con la "progresía", sino una parte natural e imprescindible de nuestro partido, como todo el mundo. Creo que es algo a reseñar porque es un adelanto de lo que pasará en el futuro en todas partes, si la democracia resiste los ataques cada vez mayores que recibe desde el fundamentalismo, el populismo y la corrupción.

2002/03/15

DOCUMENTACIÓN | TESTIMONIOS | LA EDICIÓN ESPAÑOLA PREMIA 'EL CIELO RASO', DE ÁLVARO POMBO

Los editores españoles premian ‘El cielo raso’, de Álvaro Pombo.
Emma Rodriguez | El Mundo, 2002-03-15

https://www.elmundo.es/elmundolibro/2002/03/15/anticuario/1016139802.html 

Sorpresa es la palabra que mejor define el fallo de la primera edición del Premio de Novela José Manuel Lara, un galardón destinado a valorar la mejor obra en castellano de 2001 a juicio de los editores españoles. Todo apuntaba a que Javier Cercas, autor revelación con su novela "Soldados de Salamina" iba a ser el vencedor, pero al final, contra todo pronóstico, el jurado optó por una apuesta segura, Álvaro Pombo con ”El cielo raso” .

Pombo, un autor ya consolidado, con una larga trayectoria a sus espaldas avalada por premios como el de la Crítica y el Nacional de Narrativa con títulos como “El metro de platino iridiado” y “Donde las mujeres”, pudo con Cercas, un escritor prometedor cuya novela, “Soldados de Salamina” se ha convertido, sin duda alguna, en el fenómeno literario del año, con cerca de 200.000 ejemplares vendidos y el apoyo de críticos y escritores (estos últimos premiaron al autor hace poco con el Salambó, otro galardón recién nacido).

Cambio de rumbo
Quizás en el ánimo de los editores pesó el hecho de que la novela de Cercas ya estaba lo suficientemente difundida o que, ante lo previsible, mejor cambiar el rumbo. Pero la ruleta no se paró en "Lo real", de Belén Gopegui, una obra que ha sido alabada insistentemente por su originalidad, ni en "Romanticismo", de Manuel Longares, una sorprendente historia de la burguesía madrileña con la que el autor se ha ganado del todo el respeto de la crítica.

Tampoco benefició esta vez a Eduardo Mendoza, entre los finalistas con "La aventura del tocador de señoras". La fortuna, en forma de talón con 150.000 euros (25 millones de pesetas), para que Anagrama promueva la distribución del libro, llamó a la puerta de Álvaro Pombo.

El autor se mostraba «ilusionado», «porque aunque no es mi primer premio, éste tiene el añadido de que lo conceden los editores», señaló a este periódico.

En “El cielo raso” (Anagrama) Pombo incide en sus temas habituales, desde la recreación de la infancia como fuente de todo lo que uno es, hasta la inutilidad vital y la lucha por imponerse al fracaso, pero, en esta ocasión el autor sale de los interiores de otras de sus obras y hace volar a El Salvador a uno de sus protagonistas.

Por esa ventana abierta penetran muchas preocupaciones de actualidad en lo que, según el propio autor, es «un claro intento de reflexionar sobre cómo debe ser entendida la homosexualidad hoy» y sobre «cómo el cristianismo debe volver a encontrar su lugar en la vida de las personas».

Solidaridad
«La Iglesia debe dejar de ser institución y ponerse en contacto con la realidad», señalaba ayer el escritor, incidiendo en el protagonismo que cobra en “El cielo raso” la teología de la liberación, la toma de contacto de su personaje con los jesuitas de El Salvador, «todo un ejemplo de solidaridad, una demostración de que el cristianismo debe y tiene que estar del lado de los marginados, de los pobres, de las víctimas».

Pombo reconoce también que esta novela es la que más elementos autobiográficos contiene. «Aquí hablo de los homosexuales y lo hago desde mi propia experiencia, con la intención de sacar a la homosexualidad de su gueto, de ofrecer una imagen abierta de la misma como una forma más de comunicación amorosa».

Los editores que han conformado el jurado han sido: Jorge Herralde (Anagrama); Joaquim Palau (Destino); Luis Suñén (Espasa); José Huerta (Lengua de Trapo); Claudio López Lamadrid (Mondadori); Carlos Pujol (Planeta); Ana María Moix (Plaza & Janés); Manuel Borrás (Pre-Textos); Pere Gimferrer (Seix Barral); Andrés Ibáñez (Siruela) y Beatriz de Moura (Tusquets).

2000/06/21

DOCUMENTACIÓN | TESTIMONIOS | JAIME GIL DE BIEDMA, HOMOPOETA, HOMOSENTIMENTAL

Homopoeta, homosentimental.
Pau Vidal | El País, 2000-06-21

https://elpais.com/diario/2000/06/22/catalunya/961636074_850215.html 

La sombra del poeta fue más alargada que nunca en la jornada de clausura del II Encuentro sobre Poesía Jaime Gil de Biedma. 10 años después, que han organizado conjuntamente las fundaciones Duques de Soria y Mies van der Rohe, con dirección de Pere Gimferrer. Alargada porque la jornada estaba dedicada a "las últimas generaciones", las más distantes de él cronológicamente hablando y que por tanto le conocieron más en obra que en persona. Pero también porque, gracias a Terenci Moix y Àlex Susanna, la figura ya mítica del autor de 'Moralidades' superó los vapores etílicos en que le había sumido la sesión anterior para erigirse en caballero cosmopolita y enorme conversador. "Cuando le conocí ya era un icono cultural de mi generación", arrancó el escritor Terenci Moix, el más veterano de la mesa. "Era un personaje que deslumbraba y, en mi caso, mucho más por su condución de homosexual. La mejor lección que aprendí de él fue la de detectar la mediocridad a través de un uso inteligente de la ironía". Moix, que definió a Jaime (todos los ponentes que le trataron en vida le llaman por el nombre) como un hombre "elegantísimo con apariencia de frívolo y sofisticado pero muy muy cosmopolita", destacó que su obra es ante todo "homosexual y sentimental".

Algo más allá fue la adjetivación del poeta Àlex Susanna, quien reconoció que el primer contacto con el homenajeado le dejó mudo: "¿Así que tú eres el poeta baudeleriano que escribe en catalán?", le espetó Gil de Biedma cuando les presentaron en la Sala Bocaccio. Pero a partir de ahí nació una amistad de seis años de charlas ("la conversación más intensa, fecunda y rica que he tenido en mi vida", en palabras del poeta) basada en una gran afinidad de gustos. Susanna, pues, la definió como una relación "homopoética". "Por el placer que nos daba escuchar poemas juntos; homosentimental, pues él mismo me escribió que se sentía como mi hermano mayor", explicó. Antes que ellos, los poetas Felipe Benítez Reyes y Luis García Montero habían debatido sobre la controvertida etiqueta de "poesía de la experiencia" que la crítica suele aplicar a la obra de Gil de Biedma, cuestión que el profesor Pere Rovira zanjó con habilidad: "En su caso sería mejor olvidarnos de la poesía de la experiencia y hablar de la experiencia de la poesía, porque pocos la vivieron con tanto dolor e intensidad como él".

Completaron la sesión otros dos escritores que por su juventud ("imperativo cronológico" lo denominó Juan Manuel de Prada) no llegaron a tratarle. El granadino Justo Navarro destacó "lo sagrado personal" en la obra del poeta, es decir, "el pase del tiempo sobre él, que eran sus dos únicos temas"; mientras que el zamorano De Prada puso de relieve sus sufrimientos por contraponer su temperamento analítico a la efusividad que requiere la creación. "Tenía una intuición originaria de la que sólo están tocados los grandes", concluyó.

1998/06/18

DOCUMENTACIÓN | TESTIMONIOS | PERE GIMFERRER: HOMOFOBIA

Homofobia.
Pere Gimferrer | El País, 1998-06-18

https://elpais.com/diario/1998/06/19/opinion/898207210_850215.html 

Toda colectividad históricamente marginada o en algún sentido perseguida en España (los homosexuales, los judíos, los protestantes, los musulmanes, los catalanes, por ejemplo) tiende a reaccionar con alarma ante cualquier dato relacionable con su problemática. Pero nadie parece saber o tener en cuenta que Camilo José Cela, en su libro ‘Reloj de arena, reloj de sol, reloj de sangre’, publicado en Barcelona en 1989, describe en primera persona del plural, y no para condenarla, la sodomización activa, por parte de un grupo de amigos, de un adolescente indio. No estimo ésta la forma de escribir de un homófobo. E, inversamente, nadie parece advertir la homofobia de Andrés Trapiello al señalar con el dedo a Jaime Gil de Biedma por su ocasional trato carnal con un chico de 13 años en Manila y encontrar, en cambio, naturalísimo el continuado trato carnal de Antonio Machado con una Leonor que acababa de cumplir 15 años; eso sí que es homofobia, esa diferencia de pesos y medidas según el sexo. Y homofobia es, por lo demás, la de Antonio Machado al escribir: «La pederastia -actividad erótica desviada y superflua- es la compañera inseparable de la gimnástica».

1992/03/06

DOCUMENTACIÓN | TESTIMONIOS | TERENCI MOIX: MI NÉSTOR ALMENDROS

Mi Néstor Almendros.
Terenci Moix | El País, 1992-03-06

https://elpais.com/diario/1992/03/07/opinion/699922807_850215.html 

Hace pocos días lo sabíamos contadísimas personas: Néstor Almendros estaba agonizando en Nueva York. Corre la indiscreción igual que la calumnia: como un ‘venticello’; así, pues, conviene ignorarla, máxime cuando puede tener el trasfondo de una enfermedad que se presta a la malignidad de los puritanos y al escándalo de los desaprensivos.

Era inevitable que la noticia me llegase por voces dignas de crédito: las de Miriam Gómez y Guillermo Cabrera Infante, hermanos de Néstor, más que amigos. Nuestra conversación fue dramática. Empezamos a saber demasiado de muertes injustas, y la de hoy nos sacudía hasta aturdirnos. Me lo decía Guillermo: "Esta muerte se está llevando a los mejores". Curiosamente, había escrito yo algo parecido en la revista ‘Tiempo’. Suele ocurrir que los mejores también son los irreemplazables. Néstor Almendros pertenecía a esa raza. Con él desaparece alguien que ha influido positivamente en muchas personas. Las referencias a mi propia experiencia son aquí inevitables. Hace exactamente 30 años, Néstor Almendros entró en mi vida, y a partir de entonces estuvo siempre presente en mi carrera. Es muy probable que nadie haya ejercido sobre mí una influencia tan decisiva en un momento tan determinante. Tenía yo 20 años. Una ilusión tan fugaz como cualquier otra, si bien se mira.

Tengo en las manos el original del libro de memorias ‘El peso de la paja’, que Néstor leyó en plena redacción. En los márgenes aparecen sus comentarios sobre geografías, películas, sucesos parecidos en dos tiempos muy distintos: su infancia y la mía, dentro y al margen del Ensanche, respectivamente. Están ahí esas acotaciones que la muerte convierte en reliquia inapreciable. ¡Ojalá no lo fueran! Significaría que Néstor estaría dispuesto a criticar mis próximas cuartillas. Siempre lo había hecho, y no sólo desde mi primer libro: ya desde mis primeros artículos, tan lejanos. Empezó dándome consejos sobre cine, donde su sabiduría era inmensa. No tardó en pasar a la literatura. Su opinión literaria era clarividente, finísima, exenta de dogmatismo. Fue el primero que me habló de cierta novela de un joven argentino empleado en unas líneas aéreas. El joven se llamaba Manuel Puig; la novela era ‘La traición de Rita Hayworth’. Algunos integrantes del mundillo cultural –‘of all things!’- se han atribuido después este descubrimiento. Es mentira de ‘marketing’. Nadie jugó con tanto ahínco la carta de Puig como Néstor y Juan Goytisolo, cada uno desde sus dominios. Patrocinó también Néstor carreras cinematográficas, itinerarios críticos, vocaciones eclécticas. No descartaré su afición a convertirse en confidente sentimental. Demostraba un humor capaz de desdramatizarlo todo con un comentario ligero, generalmente de origen ‘camp’. De cómo tal personaje de Joan Crawford reaccionaría ante un extravío del corazón; de cómo habría solucionado tal ruptura una vieja, olvidada diva del cine italiano. Estoy hablando de un tiempo en que nuestra ortodoxia ceñía su repertorio de referencias a los férreos dogmatismos de ensayistas como Guido Aristarco o George Sadoul, a quienes Néstor solía tratar de ‘beatos’. Su desprecio por el cine pedante -lo ‘arty’- nunca le impidió realizar profundos acercamientos a los grandes autores. Precisamente el verano pasado compré en uno de los innumerables quioscos de Atenas una revista ‘yanqui’ que publicaba su artículo sobre Eisenstein, escrito con un rigor ejemplar y, como siempre, con una amplísima libertad de criterio. Paradójicamente, un cineasta tan mimado por la crítica internacional sentía un sorprendente impudor cuando veía publicado alguno de sus textos. Precisaba urgentemente una opinión, buscaba el elogio del lector con mayor ahínco que el Oscar de Hollywood. Y me está contando Gimferrer con cuánta increíble tenacidad enviaba, en plena agonía, las coiones de su último libro.

Tengo aquí fotos que Néstor me había hecho a lo largo de los años, en muchas ocasiones y en lugares distintos, pero muy especialmente las de una época tan lejana como 1965. Se trata de un grupo familiar en una casa donde ya no vivo, con unos padres que ya no tengo, y amigos que, por suerte, conservo: Pere Gimferrer, siempre fiel a Néstor; mi hermana Ana María Moix, y Vicente Molina Foix, a la sazón efebo. Todos eramos principiantes, con actividades que todavía oscilaban entre el cine y la literatura, a excepción de José Luis Guarner, otro de los fieles. La comunicación con Néstor fue instantánea; su entrega, absoluta; la nuestra, incondicional. Con los años, los antiguos amigos de Barcelona nos acostumbramos a sus dos visitas anuales, considerándolas una gran fiesta del afecto. Siempre se colaba algún aprendiz de erudito que esperaría alguna sesuda disertación sobre el cine japonés, a ser posible sin subtítulos. El pedantuelo quedaba literalmente petrificado cuando Néstor pedía ver ‘La verbena de La Paloma’, en cualquiera de sus versiones.

En aquel 1965 llevaba yo tres años siguiéndole por estos mundos. Detestaría incurrir en el autobombo si digo que fui el primer barcelonés a quien conoció recién salido de Cuba. Sólo así se explica que llegase a mostrarme impúdicamente las partes más humanas de su personalidad, en una situación desesperada. Estaba inaugurando un doble exilio: el primero, allá en los años cuarenta, llevó a su familia a la isla, huyendo de la gran noche del franquismo; el segundo, en 1962, le devolvía a la ciudad natal huyendo de la represión en Cuba (evidentemente, yo no creía entonces que represión y castrismo pudiesen ir juntos). El encuentro tuvo lugar en el estudio del fotógrafo cubano Germán Puig, otro de los grandes amigos de juventud. Néstor acababa de bajar del barco, en estado desastroso: sólo le habían permitido sacar su cámara y un par de mudas. No exagero: Germán tuvo que comprarle urgentemente un jersey en unos grandes almacenes.

Aquella noche le llevé a una fiesta singular, a la que también asistía Jaime Gil de Biedma, para quien Néstor tenía algunas cartas de presentación. Seamos sinceros: Jaime trató al ‘gusano’ con extrema dureza. Años después, en su jardín del Ampurdán, me contaba que siempre se arrepintió de aquella reacción, pero Néstor nunca pudo olvidarla. Acaso porque era el mismo trato que recibió de cuantos intelectuales izquierdistas intentó frecuentar en Barcelona. No se ha contado suficientemente que si no se quedó entonces fue debido al desprecio de la progresía local. No digo que no fuese lógico: en aquella época todos nos sentíamos capitanes. Pero también es curioso destacar que algunos se han vuelto hoy anticomunistas furibundos.

Después de aquel ‘party’ tan agresivo, Néstor Almendros lloró mucho, y lloró por partida doble. Eran las fiestas de la Merced, y la ciudad mostrábase particularmente engañosa: un encanto de ciudad, parecía. Caminamos durante horas por todos los rincones que servían a Néstor para recobrar su imagen de adolescente, a través de las pequeñas cosas, los cines conocidos, los antiguos programas dobles. Al dolor de dos exilios se añadía la tragedia de un pasado imposible de recobrar.

Fascinado por el personaje, seducido por su aureola romántica, y adivinando en su desarraigo el mío propio en un futuro, le seguí hasta París. Entre los intelectuales y profesionales ‘highbrow’ de aquella ciudad también estaba de moda ‘la revolución cubana’, de manera que los desprecios fueron los mismos que en Barcelona, hasta que llegó Jeanine Rouch, y muy especialmente Juan Goytisolo, para quien Néstor siempre tuvo palabras de reconocimiento. Pasar de la pobreza absoluta, de ser tratado constantemente de ‘gusano’, hasta afirmar su talento en obras de Rohmer, Rouch o Truffaut, implica un itinerario que pertenece a la historia del gran cine europeo. Pero sigue importando a mi homenaje todo cuanto Néstor aportó a mi propia historia, más pequeña.

Cientos de confidencias escapan ahora a borbotones, y una vez más Néstor Almendros dirige el baile. Lo que aprendimos de él en aquella época tenía un valor incalculable. Una simple postal, enviada desde cualquier rincón del mundo, contenía un mensaje que servía a mis intereses culturales. Era la búsqueda constante, potenciada por alguien que podía acercarme al mismo tiempo a Balzac y a Robbe Grillet, a Dziga Vertov y a Minnelli, a la luz de Vermeer y a las pinturas pop de Liechenstein y Warhol. Era como una cámara que arrancase a la realidad sus secretos más preciosos para restituírnosla, convenientemente enriquecida.

Pere Gimferrer siempre dijo que Néstor era entrañable. Es rigurosamente cierto. Tenía algo del experimentador constante mezclado con la inefable ternura de una ‘tieta’ barcelonesa. No le hubiera disgustado esta comparación. Él mismo se las hacía de parecido signo, como aquel día en que, teniendo al islam literalmente metido en la alcoba, introdujo a Israel en la habitación vecina. Solía decir, con su delicioso humor, que se encontraba igual que Claudette Colbert: "Entre dos banderas".

Nunca me cansaré de agradecer a Néstor Almendros que llegase a mi juventud para dominar mi primer aprendizaje. Me enseñó a leer la gran literatura y a ver el cine -tanto el grande como el ínfimo- con mirada distinta. A pocos como a él podría yo aplicar aquel fragmento sublime de la ‘Commedia’, en que Dante expresa su reconocimiento a Virgilio: "Tu se’ lo mio maestro e ‘l mio autore...". Es uno de mis fragmentos preferidos, pero acaso resulte improcedente hablar de alguien tan moderno desde la compleja geometría de un infierno medieval. Es una pena que no exista ya aquella productora del leoncito, la que presumía de tener más estrellas que el propio cielo. Éste y no otro habría sido el lugar adecuado para una presunta eternidad de Néstor, discutiendo con Paul Hesse o Clarence Sinclair Bull sobre el ángulo más fotogénico de la reverenciada Marlene. Polémica a que no habría lugar si Néstor se hubiese decidido a hacer su autorretrato. Todos sus ángulos fueron irreprochables.

MIKEL/A, AQUÍ ESTAMOS Y NO NOS OCULTAMOS

Mikel/a enseña cacho en la 2ª Gayakanpada de EHGAM, 27-29 agosto 1993, Muxika // STARS COFLHEE es un trabajo realizado por Julen Zabala Alon...