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2020/09/11

DOCUMENTACIÓN | TESTIMONIOS | SUSAN SONTAG COMO METÁFORA

Susan Sontag como metáfora.
La biografía de Benjamin Moser busca detrás del mito para dibujar a una escritora escindida: "Es como si ningún espejo al que me asomara me devolviese la imagen de mi propio cuerpo". El volumen, de más de 800 páginas, es fruto de siete años de trabajo con un completo acceso a los archivos familiares y 600 entrevistas a amigos y colegas.
Clara Morales | InfoLibre, 2020-09-11
https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/susan-sontag-metafora_1_1187410.html

Susan Sontag (1933-2004) necesitaba ayuda. Así se lo hizo saber al poderoso agente literario Andrew Wylie cuando se conocieron: "Tienes que ayudarme a dejar de ser Susan Sontag". Las obligaciones de su existencia como figura pública, como intelectual de renombre, la alejaban del trabajo. Quería, por ejemplo, escribir una novela. "Pero me lo impide esto de 'Susan Sontag".

Esta conversación concilia quizás el núcleo de 'Sontag. Vida y obra' (Anagrama), la biografía de más de 800 páginas para la que Benjamin Moser ha trabajado durante siete años, buceado en los archivos familiares y realizado 600 entrevistas. No es, desde luego, el primer libro sobre la vida íntima de la pensadora que se publica —ahí están, por ejemplo, sus diarios, de los que este volumen se nutre sustancialmente—, pero sí la primera biografía sobre ella merecedora de tal nombre. Y Moser conoce desde el principio el desafío: desentrañar el carácter de "la última gran estrella literaria de Estados Unidos", de una escritora que existe como "mito", explica, disociada para el público tanto de su obra como de su experiencia vital.

Moser (biógrafo también de Clarice Lispector) señala la ironía de que una mujer preocupada por la naturaleza de la imagen y por las limitaciones del arte y de su interpretación, en suma, por las tormentosas relaciones en torno a la representación, haya acabado convirtiéndose en una especie de icono que ‘significa’ sin que nadie sepa bien qué. Empezando por su apariencia física y su principal signo de identidad, esa melena azabache atravesada por una veta blanca que parece haber nacido de su sien como un efecto del mero acto de pensar. La minuciosidad de Moser —en ocasiones algo cargante— le lleva a hablar con el artífice del ‘look’, el peluquero Paul Brown. El tratamiento para el cáncer de mama que le habían diagnosticado a los 42 años no le había hecho perder el cabello, pero lo había encanecido por completo. En una visita a su madre a Hawái, aún convaleciente, esta le insistió para que se lo tiñera. Y Brown lo hizo, a excepción de ese famoso mechón. Un mechón que casi medio siglo más tarde sigue considerándose sinónimo de cierta intelectualidad de izquierdas.

La biografía dibuja el retrato de una niña precoz que aprendió a leer a los 3 años y a escribir a los 6, que terminó el instituto a los 15, que se casó a los 17 con uno de sus profesores de la Universidad de Chicago, que a los 26 estaba divorciada y tenía un hijo y que, tras estudiar en Oxford y en la Sorbona se ganó el respeto intelectual que tan escasamente se reparte con la publicación de su primera colección de ensayos, ‘Contra la interpretación’ (1966). Dentro de las convenciones del género, Moser incide en múltiples ocasiones a lo largo de todo el libro en los efectos que tuvieron en su vida por una parte la muerte de su padre cuando ella tenía 5 años, y por otro la adicción al alcohol de su madre. Pero ‘Sontag. Vida y obra’ lidia con un misterio que no se resuelve solo con los datos biográficos comunes: las numerosas contradicciones de Sontag, aquejada siempre de una especie de existencia escindida.

"Es como si ningún espejo al que me asomara me devolviese la imagen de mi propio cuerpo", escribió en 1957. Esta idea, la separación entre cuerpo y mente, la imposibilidad de reconciliar la experiencia sensorial y la reflexión intelectual, la perseguiría a lo largo de su vida. Y la escritora, a juzgar por sus diarios y por los testimonios de quienes la conocieron, poseía una lucidez sobre sí misma que rayaba en la crueldad: cuando un amigo le señala en su juventud que en ella "mente y cuerpo parecen no estar conectados", ella le espeta un "¡A mí me lo vas a contar!". Su percepción de sí misma alterna entre sentirse "desvalida" o "una impostora" y percibirse como "arrogante", con un "desdén intelectual hacia los demás". Devota creyente de la transformación personal, no tuvo miedo a cambiar de creencias o a refutar sus propias tesis, pero, para el observador externo, esa fluidez puede verse también como una tendencia a la contradicción y una falta de integridad.

Quienes la conocieron como adolescente o ya en la veintena la describen como una mujer tremendamente insegura, muy lejos de la imagen de fortaleza inquebrantable que más tarde ofrecería. Y, aunque desde su divorcio insistió en la necesidad de mantener una independencia emocional absoluta, también se mostraba aterrorizada ante la soledad: en una ocasión, le dijo a un amigo que prefería vivir con cualquier persona elegida al azar en un restaurante chino que vivir sola. Sus conocidos, incluso los más amorosos, hablan de ella como una persona "dura", impositiva, pronta a repartir consejos y muy poco dispuesta a aceptarlos. Moser no lima las asperezas de un personaje que parece aquí más carismático que amable, y desde luego no se muestra hechizado por él. Algo que, en principio, puede ser un atributo positivo en un biógrafo, pero que le afeaba en una reseña la escritora Vivian Gornick: "Tiene que existir una fuerte, vibrante e incluso poderosa corriente de simpatía entre el escritor y el sujeto —por más indeseable que el sujeto sea— para poder escribir una notable biografía. Y me temo que ‘Sontag’ no lo es".

Una de las escisiones internas de la escritora que interesan más a Benjamin Moser es la que atañe a su orientación sexual. El libro narra cómo Sontag explora su deseo por las mujeres cuando se muda a San Francisco a finales de los cuarenta, donde escribiría en su diario un emocionante: "vuelvo a nacer en la época referida en este cuaderno". Su estancia en Berkeley se convierte en una especie de campamento de la homosexualidad, interesándose por la cultura LGTB, por la jerga y los hábitos del colectivo, y le otorga una liberación interna obvia: "Ahora sé la verdad, sé lo bueno y legítimo que es amar". Pero, pese a definirse como lesbiana en esos años, Moser cuenta cómo más tarde, convencida —como lo estuvo hasta su muerte— de la capacidad de transformación personal, se propuso evolucionar —en sus palabras— hacia la bisexualidad, forzándose a tener relaciones sexuales con hombres.

Décadas más tarde, en 1989, después de haber vivido numerosos romances con mujeres, su asistente Karla Eoff le preguntó por la naturaleza de su relación con la fotógrafa Annie Leibovitz, con la que llevaba meses saliendo. Ella insistió en que no eran más que amigas. Karla se sorprendió y le confió que había daba por sentado que era lesbiana. Sontag respondió: "No me gusta esa etiqueta. También he estado con hombres". A principios de los noventa, entró en crisis cuando la periodista Zoë Heller hizo mención en una entrevista a su relación con Leibovitz, conocida en los círculos artísticos de la ciudad. Tras la publicación, su hijo, David Rieff, pidió una cita a la reportera y, de manera un tanto confusa, sin llegar a expresar claramente qué era lo que había molestado a su madre, le confesó: "La has hecho llorar". "Pese a haber tenido algún que otro amante masculino", escribe Moser, "el deseo erótico de Sontag se centraba de forma casi exclusiva en las mujeres, y la frustración que la acompañó durante toda su vida por su incapacidad para evadirse mentalmente de esa realidad indeseada desembocó en una incapacidad para sincerarse al respecto".

Esto no basta, por sí mismo, para lograr entender la distancia entre Sontag y sí misma, a veces buscada y a veces sufrida. Pero el ejemplo de ‘El sida y sus metáforas’, tal y como lo recoge Moser, resulta especialmente significativo. El volumen, publicado en 1989 [1988] como un diálogo con ‘La enfermedad y sus metáforas’ (1978), explora las imágenes creadas en torno a los enfermos (la culpa, el castigo...), y denuncia que estas no son inocuas, que tienen efectos materiales en el objeto al que se refieren. Sontag hablaba de los estigmas asociados a la homosexualidad sin identificarse como homosexual —para muchos, ‘ocultándolo’— y alejándose también de las numerosísimas muertes que la enfermedad había dejado a su alrededor, entre personas muy cercanas —en su diario, recoge una larga lista de conocidos y buenos amigos fallecidos por sida—. La denuncia de los efectos nocivos que tiene la "trampa metafórica" en los cuerpos no se asocia aquí tampoco a unos cuerpos concretos. Para Moser, el libro "sin pretenderlo, ejemplifica precisamente aquello que pretende denunciar. Sus páginas revelan lo deprisa que la metáfora puede degenerar en confusión, abstracción, mentira". El colectivo LGTB no entendía por qué una mujer como ella, con su visibilidad y su poder, elegía ocultarse. Algo similar le reprocharon las feministas, que la consideraban distante con la causa.

"Como todas las metáforas", escribe Moser, "también esta era imperfecta. Muchos de los que se toparon con la mujer de carne y hueso se sintieron defraudados al descubrir una realidad que no estaba a la altura del mito glorioso". Quizás ella misma se sintiera decepcionada. "La única clase de escritor que podría llegar a ser es el que se expone a sí mismo", escribía en 1959. "Escribir es desgastarse, apostar contra uno mismo". Pero ¿qué es ‘uno mismo’? ¿Qué es ser uno mismo cuando se es "Susan Sontag"? ¿Y de qué manera podría exponerse alguien que quiere dejar de ser el mito que ella misma se ha esforzado en construir? En sus últimos meses de vida, arrebatada por el cáncer que la persiguió durante décadas, osciló continuamente entre la voluntad de rendirse y la insistencia a los médicos en que siguieran intentando salvarla. Escribe Moser: "Ante un mundo escindido, ofreció un yo escindido".

LECTURAS
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David Rieff: "Susan Sontag no aceptó su muerte y por eso no pude decirle adiós".
El País, 2008-12-14

https://elpais.com/diario/2008/12/14/eps/1229239613_850215.html
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El país de los enfermos.
Belén Altuna | El País, 2011-02-23

https://elpais.com/diario/2011/02/23/paisvasco/1298493617_850215.html
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Susan Sontag y La enfermedad y sus metáforas.
Jordi Martí Font | Catalunya Press, 2020-04-16

https://www.catalunyapress.es/texto-diario/mostrar/1931974/susan-sontag-enfermedad-metaforas
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El profundo y desesperado deseo de Susan Sontag de perdurar.

Una selección de textos de la ensayista estadounidense acaba de llegar a las librerías. El encargado de elegir cada texto ha sido su único hijo, David Rieff, que desde el prólogo cuenta que su madre quería ser recordada a través de su obra.
David Rieff | El País, 2022-03-17
https://elpais.com/ideas/2022-03-17/el-profundo-y-desesperado-deseo-de-susan-sontag-por-perdurar.html
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Y TAMBIÉN...
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El sida y sus metáforas
Ricard Ruiz | El Periódico, 2002-11-29 | Reproducido por : gTt-VIH, 2003-04-20

http://gtt-vih.org/actualizate/lo_mas_positivo/LMP_25_sida_sus_metaforas
 
[...] Sin embargo, en 1988, siete años después de que se diagnosticaran en California los primeros casos de SIDA, la intelectual neoyorquina Susan Sontag trató de repetir con el VIH el ejercicio ensayístico con el que había triunfado diez años antes –'La enfermedad y sus metáforas, un análisis del cáncer y otros males físicos en la historia del pensamiento'– y se encontró con que apenas existía literatura no científica sobre la infección. Pionero en su lectura ideológica del virus, 'El sida y sus metáforas' (Taurus, 1996) se centró entonces en la concepción apocalíptica de la nueva epidemia, desenmascarando su utilización política contra las desviaciones, su mezcla de terminología bélica y fantasía tecnológica, y el abuso de la simbología religiosa más reaccionaria –en términos de ‘plaga bíblica’ y ‘castigo divino’– ante los presuntos desórdenes morales de la promiscuidad, la droga o la homosexualidad. [...] 

2017/01/26

DOCUMENTACIÓN | TESTIMONIOS | PETER HUJAR, LA HERIDA TRANQUILA

La herida tranquila.
Las fotografías de Peter Hujar devuelven la vida en Barcelona a los protagonistas del 'underground' neoyorquino.
Ángela Molina | El País, 2017-01-26
https://elpais.com/cultura/2017/01/25/babelia/1485371399_274603.html

La Fundación Maphre ofrece una exposición de Peter Hujar (1934-1987), autor más conocido por sus relaciones con otros artistas y escritores que como fotógrafo por derecho propio, aun cuando el oficio fue para él más que una obsesión: una forma de mirar el mundo. Concienzudo y enamorado de lo específico, jamás idealizó un tema. Le interesaba la belleza, pero no la ideal, sino la que era fruto de un acuerdo entre lo que encontraba en las calles, en el campo y en las relaciones con sus amigos y amantes, y aquello que deseaba. Deseo e impulso daban como resultado la imagen de una sola pierna desnuda, el mármol hecho carne en un cuerpo contorsionado, las efigies gemelas de dos vacas, un rascacielos, una casucha derrumbada.

Joel Smith, comisario de la retrospectiva y director del departamento de Fotografía de la Morgan and Library & Museum de Nueva York, institución que presta los fondos, apunta que Hujar solía alimentar el misterio sobre su pasado. “Ocultaba su infancia mediante el silencio y la distracción. Según una versión que él mismo utilizaba, era hijo de una corista de Hollywood. Si le presionaban, llegaba a admitir que era de Nueva Jersey y que se crió en una granja con sus abuelos, inmigrantes polacos”. Su padre, panadero y quizás contrabandista, le abandonó antes de nacer. Su madre era camarera y vivía -y bebía- con un corredor de apuestas. Era larguirucho y tenía un humor cambiante. Su madre lo veía como un ser “horrible”, el perfecto modelo que hubiera atraído el objetivo de Diane Arbus. Un día, borracha, le tiró una botella de alcohol a la cabeza. Tras el incidente, el joven Peter se marchó de casa. Deseaba afirmar el sentimiento de su propia individualidad y descubrió que sólo la fotografía le podía conceder ese aura.

A los dieciséis años se matriculó en la High School of Art & Design y consiguió una codiciada plaza en las clases magistrales de Richard Avedon. Empezó a frecuentar los ambientes alternativos y trash del East Village y muy pronto formó una nueva familia con sus amigos: William S. Borroughs, Andy Warhol, Fran Lebowitz, Robert Wilson, Vince Aletti, Paul Thek, David Wojnarowicz o Nan Goldin. Todos formaban parte de la arqueología social del Manhattan de los setenta y más inequívocamente de los años del SIDA. Hujar vivía una vida precaria que iba salvando con pequeños trabajos en revistas de moda y publicidad. Detestaba la economía moral del mundo artístico neoyorquino y se quejaba de no tener más reconocimiento que Robert Mapplethorpe, de quien envidiaba su “notoriedad inmerecida”.

Nunca fue un hábil retratista ni buscó un estilo propio. Prefería la tradición: retrataba a sus amantes como lo hubiera hecho Julia Margaret Cameron y escrutaba a los marineros de la calle Christopher como si fuera el geógrafo John Thomson. Sus modelos naturales italianos parecían haberse detenido momentáneamente para posar frente al ojo de August Sander; y en sus autorretratos, buscaba el espejo de Richard Avedon (le gustaba dejar a la vista los bordes negros para demostrar que él mismo había impreso el negativo). Miraba Nueva York como William Klein; y sus educados retratos de travestidos y gemelos tenían el sesgo de Diane Arbus.

La fotografía de Hujar es una herida tranquila, delicada, sin sangre, que se ahonda en la interpretación de una existencia corrompida por ‘las metáforas de la enfermedad’ y contra lo que no pudo hacer nada su amiga, la ensayista y escritora Susan Sontag. En las salas de la Casa Garriga Nogués, decenas de imágenes en blanco y negro aparecen agrupadas por constelaciones, conversan unas con otras eludiendo los géneros (animal, retrato, pose de moda, ruina, paisaje) como su autor las habría mostrado. Son un tributo a una mirada desconcertada que siempre buscó la levedad.

DOCUMENTACiÓN | TESTIMONIOS | PETER HUJAR, LA CÁMARA Y LA INTIMIDAD

Peter Hujar, la cámara y la intimidad.
Hoyesarte, 2017-01-26

http://www.hoyesarte.com/evento/2017/01/peter-hujar-la-camara-y-la-intimidad/

La Sala Garriga i Nogués de Fundación MAPFRE en Barcelona acoge 'A la velocidad de la vida', una exposición del fotógrafo estadounidense Peter Hujar (Nueva Jersey, Trenton, 1934 - Nueva York, 1987) que reúne 160 obras que van desde 1950 hasta su fallecimiento. Sus retratos ejercieron una influencia clave y transformadora en la fotografía de la segunda mitad del siglo XX. La muestra se organiza, según las preferencias del artista, en yuxtaposiciones enérgicas, sorprendentes y a veces desconcertantes.

Su trayectoria, que estuvo marcada por su evolución personal más que por éxitos palpables, se desarrolló durante las décadas de los años 1950, 1960 y 1970, coincidiendo con un Nueva York que era escenario de los primeros movimientos de liberación homosexual y de los estragos causados por el sida en la década de 1980.

La utilización del blanco y negro, junto con un estilo definido por la sencillez, hace que sus fotografías resulten profundamente evocadoras y conmovedoras. A través de su cámara, Hujar profundiza en el que es su principal interés: generar una atmósfera de intimidad que le permita establecer una relación directa con el retratado y adentrarse en su verdadera naturaleza.

En el primer tramo de la exposición se encuentran las fotografías que realizó entre 1950 y 1960. Hujar aspiraba a ser fotógrafo de moda como sus ídolos, Lisettet Model, Irving Penn y Richard Avedon, de quien recibió clases magistrales.

Sontag y Warhol
Entre los años 1958 y 1963 vivió principalmente en Italia y tras estudiar un año de cinematografía en Roma regresó a Nueva York. De esta época destacan las fotografías sobre las catacumbas de Palermo.

Una vez establecido en la Gran Manzana se movió en el círculo de la escritora Susan Sontag, a la que retrató en 1975, y la Factoría de Andy Warhol, y durante cuatro años se dedicó a ser fotógrafo de moda. Publicó sus fotografías en ‘Harper’s Bazaar’ y ‘GQ’ antes de llegar a la conclusión de que el ajetreo del trabajo en las revistas no era lo suyo.

La segunda parte de la exposición muestra sus obras más tardías, fotografías que van desde 1970 hasta su muerte. En 1973, Hujar dejó sus aspiraciones profesionales para centrarse en lo que verdaderamente le motivaba. Fotografió, siempre en blanco y negro, el ambiente bohemio y radical del ‘downtown’ neoyorquino de estos años, donde los protagonistas son escritores, cineastas, actores y las subculturas.

Destacan los retratos que hizo a su amigo el actor ‘drag’ Ethyl Eichelberger y las que realizó en las zonas más deprimidas de los alrededores de la ciudad. Aquí fotografió las ruinas industriales y los muelles abandonados del Hudson en la parte baja de Manhattan.

Peter Hujar murió en 1987, 11 meses después de ser diagnosticado de sida.
 
Y TAMBIÉN...
La herida tranquila.

Las fotografías de Peter Hujar devuelven la vida en Barcelona a los protagonistas del 'underground' neoyorquino.
Ángela Molina | El País, 2017-01-26
http://cultura.elpais.com/cultura/2017/01/25/babelia/1485371399_274603.html

1989/03/10

DOCUMENTACIÓN | TESTIMONIOS | EL FOTÓGRAFO ROBERT MAPPLETHORPE MUERE EN BOSTON, VÍCTIMA DEL SIDA, A LOS 42 AÑOS

El fotógrafo Robert Mapplethorpe muere en Boston, victima del SIDA, a los 42 años.
Fue en su campo el artista de mayor impacto en las dos últimas décadas.
Fernando Huici | El País, 1989-03-10
https://elpais.com/diario/1989/03/11/cultura/605574003_850215.html 

El fotógrafo norteamericano Robert Mapplethorpe murió ayer, a los 42 años, víctima del SIDA en un hospital de Boston (EE UU). Mapplethorpe, famoso en todo el mundo por sus retratos y desnudos, alcanzó la celebridad en la pasada década con sus fotos de la cantante de rock Patti Smith, para la que realizó la portada de su álbum Horses. Hace cinco año, la galería Fernando Vijande de Madrid expuso una muestra de su obra, que fue siempre crónica de su vida diaria, en la que pudieron contemplarse sus retratos de lord Snowdon, Williams Burroghs y de la atleta Lisa Lyon. Su muerte supone la pérdida de una mirada elegante y peligrosa.

Tenía 42 años y era probablemente el fotógrafo de mayor impacto surgido en el panorama internacional de las dos últimas décadas. A lo largo del pasado verano, el museo Whitney de Nueva York -la ciudad en la que había nacido y en la que había desarrollado gran parte de su producción fotográfica- venía a reconocer el alcance e influencia de Robert Mapplethorpe con la celebración de una extensa retrospectiva de su obra.

Mapplethorpe se formó artísticamente en el Pratt Institute neoyorquino, y de hecho su labor no se centrará en el medio fotográfico hasta la segunda mitad de los setenta. En la etapa anterior, sus primeras producciones se mueven en un ámbito más fronterizo, en el que el uso de la fotografía como soporte básico de la imagen se inserta -junto con el ‘collage’, la manipulación del color, la idea de secuencia y la alteración de formatos y enmarcados-, dentro de una actitud marcada por herencias de corte pop y conceptual.

El lado salvaje

Desde esos primeros trabajos, se advierte la presencia de dos rasgos que han definido tanto el desarrollo ulterior del trabajo de Mapplethorpe como el tono de su leyenda. Uno es, por supuesto, el carácter extremadamente explícito de sus referencias sexuales, de esa poética ‘del lado salvaje’, poblada de alusiones a la homosexualidad y a la parafernalia sadomasoquista, que entre el morbo y el escándalo, crearía la resonancia más superficial en torno a su figura.

El segundo rasgo apunta hacia la compleja y sofisticada trama formal, impregnada de perspectivas que apuntan hacia otras esferas del arte, del pasado o de la vanguardia, y en la que radica la fascinación más sutil de la obra de Mapplethorpe, su magistral sentido de la composición, de la luz, las gradaciones y las texturas.

De la conjunción de ambos -la suntuosa y elaborada rasgos trama del lenguaje y esa exaltada exploración del deseo, aún en sus recovecos más duros-, surge, lejos de las complicidades mecánicas o de las reacciones mojigatas, la dimensión íntima, desgarrada y sutil, de los cantos luminosos de: este gran poeta del cuerpo. Sus desnudos masculinos, que se cuentan entre los más deslumbrantes de toda la historia del género, sus formas florales, cuyas armonías curvas forman otra metáfora del deseo, o su galería de retratos, con la que abre una incisiva lectura panorámica acerca de sus contemporáneos, han cimentado la fama, hoy ya imperecedera, del arte de Robert Mapplethorpe.

Sobre ese tejido, se despertó precozmente el reconocimiento de su obra, tanto en los Estados Unidos como internacionalmente. En 1977, Mapplethorpe fue seleccionado para la VI Documenta, de Kassel, certamen al que volvería, ya en pleno éxito, en 1982. Desde entonces, su obra ha estado presente en las galerías y museos más prestigiosos delpanorama mundial. El ICA y la National Portrait Gallery de Londres, el centro Pompidou de París y el Stedelijk de Amsterdam presentaron, durante los años ochenta, muestras personales del fotógrafo neoyorquino. En Madrid, en 1984, pudimos ver también una espléndida antológica parcial de su obra, presentada por la galería Fernando Vijande.

Televisión Española emitió también en 1987, en el programa ‘La estación de Perpignan’, un amplio reportaje en varios capítulos y una entrevista de Paloma Chamorro con el fotógrafo.

El núcleo fundamental de la obra fotográfica de Mapplethorpe se ha centrado, en todas sus series, en el trabajo en blanco y negro, medio en el que obtenía gamas de tonos extremadamente delicados. En principio, el empleo del color se había planteado únicamente en las etapas iniciales de su trayectoria, aunque en los últimos dos años volvió a interesarse por él.

Anversoy reverso del deseo.
Fernando Huici | El País, 1989-03-10

https://elpais.com/diario/1989/03/11/cultura/605574001_850215.html

‘Alguna gente’, libro de retratos de Robert Mapplethorpe, se abre y se cierra con sendos autorretratos, al tiempo gemelos y contrarios, del fotógrafo de Nueva York. Frontalidad absoluta, el encuadre y la actitud son prácticamente idénticos, y sin embargo, nos muestran dos Mapplethorpes opuestos, anverso y reverso de esa moneda que es el libro en el que se encierran sus miradas sobre otras gentes.

Más allá de la anécdota sobre la bipolaridad sexual de esos autorretratos, en la imagen viril y en la travestida, la doble imagen de Mapplethorpe es como una declaración acerca de su poética, hecha de facetas que son formas especulares de una misma identidad.

Sobre esa tensión armónica de opuestos aparentes se construye todo el universo fotográfico de su autor.

Rostros célebres y otros que alcanzan su aura mítica en la belleza de estos retratos, penes descomunales cuya supuesta carga de obscenidad se disuelve en una pura fascinación escultórica y flores que adquieren una ambigua e inquietante sensualidad casi antropomórfica.

La vertiente más perversa, en apariencia, de algunos de los temas de Mapplethorpe se impregna, a su vez, de esa inversión de polos. Los desnudos masculinos, los cantos fálicos, las escenas sexuales, son en su obra algo bien distinto a la dimensión de escándalo que suelen generar.

En la mirada que los fija sobre el papel confluían en uno mismo los dos rostros de los autorretratos de su autor, reconociendo como uno solo el objetivo de aquella avidez que, para Susan Sontag, documentan las fotos de Mapplethorpe: el deseo del deseo y el deseo de la belleza, perseguidos sin máscara, hasta el final, como una misma cosa.
La escritora norteamericana Susan Sontag ha dedicado una buena parte de su obra ensayística al análisis y la reflexión sobre la fotografía. Así tituló su más conocido trabajo, ‘Sobre la fotografía’, y además de ello escribió numerosas críticas y algunas presentaciones a libros de fotógrafos. En 1985 lo hizo con el libro de Mapplethorpe ‘Alguna gente’ (‘Certain people’), en el que se incluyen una serie de retratos. Una de esas personas era la propia Sontag y otro de ellos era Robert Mapplethorpe. "Ser fotografiada por Mapplethorpe es diferente a ser fotografiada por ninguna otra persona", escribió Susan Sontag.

"No busca el momento decisivo. Sus fotograrías no quieren ser reveladoras. No plantea una relación depredadora con sus sujetos. No es un ‘voyeur’. No trata de captar a nadie desprevenido. Las leyes del juego, tal como lo propone Mapplethorpe, son que el sujeto debe cooperar", dice Susan Sontag.

"Mapplethorpe lo quiere fotografiar todo; esto es, todo lo que pueda posar. Por más amplio que sea su tema, él no podría convertirse en un corresponsal de guerra o fotografiar accidentes en la calle. Lo que él busca, es lo que puede llamarse Forma, es la propiedad, la esencia o el ser de algo. No la verdad sobre algo, sino su versión más poderosa".

"Una vez le pregunté a Mapplethorpe lo que hace consigo mismo cuando posa frente a la cámara, y me respondió que trata de encontrar aquella parte de sí mismo que más confianza le inspira". Un gesto que perdura.

Y TAMBIÉN…
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Un museo de Washington suspende una exposición de fotografías de Robert Mapplethorpe.

La Corcoran Gallery reconoce haber sufrido presiones políticas para no inaugurar la muestra.
Albert Montagut | El País, 1989-06-16
https://elpais.com/diario/1989/06/17/cultura/614037607_850215.html
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Demandada una galería de Cincinnati que mostró obras de Mapplethorpe.
Agencias | El País, 1990-06-21

https://elpais.com/diario/1990/06/22/cultura/646005615_850215.html
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Procesado el galerista que expuso fotografías de Mapplethorpe
Albert Montagut | El País, 1990-09-07

https://elpais.com/diario/1990/09/08/cultura/652744808_850215.html

MIKEL/A, AQUÍ ESTAMOS Y NO NOS OCULTAMOS

Mikel/a enseña cacho en la 2ª Gayakanpada de EHGAM, 27-29 agosto 1993, Muxika // STARS COFLHEE es un trabajo realizado por Julen Zabala Alon...