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2018/03/23

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | DE UN LIBERTINO QUE ESTUVO EN LA INOPIA

De un libertino que estuvo en la inopia.
La novela romántica de Vicente Molina Foix tiene mucho de narración generacional, de novela de formación, y no menos de libro de memorias. Esta es la intrahistoria de un grupo de jóvenes que en los últimos años de la década de los sesenta aspiraban a convertirse en escritores.
Fernando Valls | InfoLibre, 2018-03-23
https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/libertino-estuvo-inopia_1_1156578.html 

Este libro se nos presenta ya desde el subtítulo como una novela ‘romántica’, pero tiene mucho de narración generacional, de novela de formación, y no menos de libro de memorias, pues aunque alguno de sus episodios esté fabulado, me temo que no pocos lectores la recibirán –sobre todo- como la rememoración de un tiempo pasado. No en vano, buena parte de su atractivo estriba en la presencia, en el protagonismo compartido, de los hermanos Moix (Ana María y el entonces llamado Ramón, luego Terenci), Pedro Gimferrer (pronto Pere), Leopoldo María Panero, Guillermo Carnero y el autor. Todos ellos escritores, y algunos también críticos literarios y cinematográficos, o ensayistas, que han ocupado un papel preponderante en las letras españolas, y catalanas, de las cinco últimas décadas, aunque quizá solo Gimferrer, Carnero y Molina Foix hayan acabado haciendo la obra que de ellos se esperaba. En el caso de Terenci Moix, junto a obras notables (‘El día que va morir Marylin’, 1969; o ‘El peso de la paja’, 1990), nos ha dejado otros libros demasiado torrenciales y complacientes. Si Terenci se fijó en Marylin, su hermana cuenta en sus cartas a Vicente que anda escribiendo una novela titulada ‘Monty no ha muerto’ (p. 344), por Montgomery Clift, nunca publicada que yo sepa.

En el título aparece ya definido el protagonista como un ‘joven sin alma’, en el sentido de alguien que no sabe amar, o como le espeta Ramón: “no tienes corazón, solo curiosidad, y eso no basta” (p. 209). Mientras que en el subtítulo se apunta el género, aunque sea de manera equívoca, porque qué quiere decir aquí ‘romántica’. El caso es que con menos subterfugios de los habituales, el autor se desdobla a su vez en dos personajes: aquel llamado Vicente y el innominado narrador que es durante el presente narrativo, convertido en uno más de los miembros del grupo que protagoniza la narración, un procedimiento útil para intentar objetivarse, distanciarse. Así, todos ellos están vistos en un momento concreto de sus vidas, mientras que tanto el jovencísimo Vicente como el narrador aparecen retratados por el Molina Foix que hoy recuerda, fabula y firma el libro.

Si bien el conjunto aparece dividido en dos partes muy desproporcionadas, pues se componen de 314 y 46 páginas respectivamente, también podríamos parcelarlo en tres épocas, correspondientes –en esencia— a las vivencias del protagonista en Alicante, Madrid y Barcelona. A su vez, esa extensa parte inicial se subdivide en 55 capítulos titulados, excepto los seis primeros que aparecen sin nominar. Y, sin embargo, la fecha clave de toda esta experiencia vital es julio de 1965 (véase, el poema de Gimferrer, “Julio de 1965”) cuando Vicente llega a Barcelona y se encuentra con el resto de los componentes del llamado aquí Grupo de los Seis, unos jóvenes insatisfechos y heterodoxos en su conducta, inquietudes y saberes. Ese año se nos relata centrándose, de manera tan precisa como puntillosa, en dos trimestres y tres meses sueltos, dedicándoles un capítulo independiente a cada uno de ellos (I, 23, 29, 30, 35 y 40), como puede observarse en el índice. Pero, además, el lector aprecia un evidente contraste entre la vida en esas tres ciudades, que tienen que ver con distintas fases de su maduración personal, resaltando sobre todo, respecto a las anteriores, las experiencias que vive en Barcelona. Ana María, por su parte, establece la siguiente comparación entre Madrid (“dicen que tiene siempre una sonrisa profidén”) y Barcelona (“tan seductora, tan bien vestida, a veces saca los dientes y muerde”) (p. 352). Pero, además, aunque la historia privada se centre en unos cinco años, hasta 1969, en el conjunto no se pierde de vista nunca el fondo político de aquella última década del franquismo. Así, por ejemplo, se alude a la manifestación en Madrid, de febrero de 1965, o al encierro en la Facultad, disuelto por los grises a caballo.

La narración empieza siguiendo la cronología vital del protagonista y valiéndose a veces de antiguas fotos, contando los años de Alicante, los ritos familiares y los escolares, las primeras experiencias sexuales, la fascinación por las hermanas Valdés... Pero también rememora los tres veranos decisivos que Vicente pasó en París, entre 1962 y 1964, en los que un chico devoto, incluso lleva cilicio, se convierte en cinéfilo. Hay, sin embargo, dos personajes que destacan en esta etapa: el desterrado doctor Ribas Soberano que salvó a su madre de la muerte; y Camilo José Cela, ante quien su padre lo llevó, en la Alicante en 1962, a que le firmara unos libros. Luego, Vicente lo siguió por la ciudad, asistió a una conferencia e incluso mantuvo dos conversaciones con el escritor. La conferencia de Cela quizá podría desempeñar aquí una función semejante a la que dicta Ortega y Gasset en ‘Tiempo de silencio’. Molina Foix se refiere también en estas páginas a sus padres y a su hermano Juan Antonio, un reconocido experto en cine y literatura fantástica, pero nunca a su hermana mayor, a quien –tras la publicación de la novela- le ha dedicado un sincero y emotivo artículo en forma de carta (“A la hermana perdida”, ‘El País’ Semanal, 3/XII/2017), que bien podría haber formado parte de esta narración, como un capítulo más.

A Madrid, donde ya vive su hermano, llega en 1964 para estudiar Derecho, aunque se muestre mucho más interesado por el cine, por la relación que entabla con los afrancesados de la revista ‘Film Ideal’ (Félix Martialay, Marcelo Arroita-Jáuregui, Juan Cobos, Miguel Sáenz, José Luis Guarner...), y por las actividades de la oposición clandestina, llegando a formar parte de la célula de Atocha del PCE, convertido en Cesáreo. Se trata, por tanto, de un tiempo dedicado a la conspiración y al aprendizaje, a compaginar el conocimiento del surrealismo con el del socialismo, en el que además comienza a ser consciente de su homosexualidad. Y cuando ‘Film Ideal’ se derechizó, Vicente Molina se integra en la redacción de la revista ‘Nuestro cine’, fundada en 1961 y vinculada a la izquierda, junto a Augusto M. Torres y Miguel Marías. Pero para entonces estábamos en el curso 66-67, época en que se cumplían sus amores con la pintora Mari Luz D., casada con un escritor de cuentos del realismo social.

Sus estancias esporádicas en Barcelona, donde se presenta con 18 años, tendrán una gran trascendencia en su vida, por las relaciones que entable con otros jóvenes de su cuerda, hasta acabar abandonando la inopia para en adelante comportarse como un libertino, tal y como el mismo autor ha descrito su transformación. Así, nos cuenta sus amores con el siempre absorbente y melodramático Ramón, quien ya tiene 23 años. Una versión distinta de estos hechos puede leerse en el tercer tomo de sus memorias, ‘Extraño en el paraíso’ (1998), según ha recordado Mainer en una reseña modélica. El caso es que Ramón acabó rompiendo con él por telégrafo, lo que hoy suena antediluviano. A la vez, Gimferrer y Carnero se quedan prendados de Ana María, el primero a su manera, tal y como confiesa: “yo me he enamorado de Ana María aunque en forma un tanto peculiar; ni la quiero ni la deseo; la ‘necesito’ intelectualmente” (p. 204). Ella, por su parte, los quería como amigos, pero los rechazaba en calidad de novios (p. 230). Y, al respecto, no podemos pasar por alto la confesión del joven y siempre atrabiliario Panero: “La sexualidad la veo en sí misma repugnante. Y si pudiera me libraría de ella con mucho gusto” (p. 249).

Además, la llegada a la Universidad supone el descubrimiento del amor, la iniciación sexual, homosexual, y el conocimiento del magisterio cultural, pero también la aspiración de convertirse en buen discípulo de aquellos que saben más que él, pues Molina Foix se presenta como “un provinciano palurdo entre sabios morbosos” (p. 308). Siendo importante la visión del grupo, la amistad que entablan, la rivalidad, los celos que padecen y cierta pedantería, habría que destacar sobre todo las cartas que Ana María, la musa del grupo, le dirige a Vicente, sus intereses e inquietudes, sus visitas al psiquiatra, su fascinación, y más, por Esther Tusquets, para referirse también a “esa porquería infecta que son los sentimientos” (p. 347).

Aunque la historia acabe en 1969, cuando todos los miembros del grupo, menos él, han publicado ya algún libro o están emparejados (Gimferrer con una chica muy guapa —afirma el narrador, con quien quisieron formar un trío, aunque solo a efectos románticos— que se hacía llamar Doctora Mabuse y se las daba de fría y calculadora, pp. 284-290), es difícil sustraerse a lo que será el futuro de cada uno de ellos. Así, en 1970, Molina Foix publicó su primer libro en la todavía Seix Barral de Carlos Barral, una novela titulada ‘Museo provincial de los horrores’, y junto a sus amigos –con la excepción de Terenci, entonces escritor solo en catalán- aparece incluido en la antología de José María Castellet, ‘Nueve novísimos poetas españoles’, formando todos ellos, además de Félix de Azúa (¿por qué no aparece en esta novela, por dónde andaba entonces?), lo que el antólogo llamó la ‘coqueluche’, a quienes Ana María define como “aquellos muchachos ebrios de cine, poesía, verano y juventud” (p. 357).

Hoy, sin embargo, la percepción de estos autores me parece que ha cambiado y es probable que a más de uno le cueste entender la fascinación que sintieron tanto por Ana María como por Leopoldo; frente al atractivo mayor de Terenci para los que hayan tenido la fortuna de tratarlo, mucho más ingenioso y desmesurado, por su simpatía personal y por ser un gran contador de historias. Por otra parte, me temo que Ana María pecaba de optimista cuando en una de sus cartas afirma: “empezamos una generación (...), será la más grande de esa historia-miseria que nos ha precedido”. Pues tanto la anterior, la llamada del ‘mediosiglo’ (Sánchez Ferlosio, Valente, Claudio Rodríguez, Gil de Biedma, Ana María Matute, Caballero Bonald, Carmen Martín Gaite, Juan Marsé...), quienes sí pusieron en práctica diversas estrategias para alcanzar un cierto poder, como alguno de sus coetáneos, o la posterior generación han dado semejantes o mejores frutos que ellos: Miguel Espinosa, Francisco Umbral, Javier Marías, Luis Mateo Díez, José María Merino, Rafael Chirbes, Cristina Fernández Cubas...

Junto con ‘El abrecartas’ (2006) y ‘El invitado amargo’ (2014), escrita con Luis Cremades, esta obra compone una trilogía que el autor ha tachado de novelas ‘documentales’. Lo que se narra, en suma, como apenas nunca se había hecho, y eso es lo que convierte a este libro en atractivo y singular, es la intrahistoria de un grupo de jóvenes que en los últimos años de la década de los sesenta aspiraban a convertirse en escritores, la amistad que surgió entre ellos, los amores y deseos más o menos satisfechos, las relaciones homosexuales, los celos (¿de ahí lo de ‘novela romántica’, concepto que Ana María utiliza en su última carta, p. 361?), y, cómo no, un cierto histrionismo, mucha pedantería y cierta tendencia al lenguaje ampuloso.

Así, lo que empezó siendo un relato personal, familiar, acaba convirtiéndose en una historia coral de amistad, en Madrid de forma más tímida, y de manera absoluta en Barcelona. No falta ni la autocrítica, ni tampoco humor. Respecto a este último, véase la disputa entre Ramón y Leopoldo (p. 242), la distinción del primero entre lo narrativo, que él cultiva, y el despectivo ‘versiprosa’ de los demás (p. 244); y lo que le espeta a su hermana (p. 246). O todo lo relativo a esa especie de combate por ver quién lleva el abrigo más extravagante, sean los de Vicente, el de Carnaby Street o el negro de conejo (pp. 230 y 324), o incluso el largo tabardo ribeteado de piel de leopardo, sintética, de Panero (pp. 223, 254 y 255).

El gusto por el apodo, como en la novela del XIX, en nuestro Galdós, por ejemplo, recorre todo el libro. Así, Cela llama al joven Vicente “cara de plato”, mientras que sus amigos lo tratan de “cara de pan”, “cara de Luna” (p. 350) o “lo Vicentet” (pp. 151, 307). Gimferrer es, para el narrador, El Crítico 1° o El Poeta Fundador; Ramón Moix es El Crítico 2° o El Novelista Sensacional; Ana María, muy aficionada a motejar a los demás (p. 360) es la Poeta de Prosa delicada, a quien también llaman el Animal, y ella misma se define como “la desdichada de los Cortos Cabellos” (p. 356); Carnero aparece como El Poeta de Gran Estatura y foulard; mientras que a Molina Foix lo conocen como ‘Le petit martien’.

Se trata, en suma, de una narración inteligente, desmitificadora, a menudo irónica y a ratos divertida, un libro imprescindible para entender, en las postrimerías del franquismo, cómo eran algunos jóvenes que aspiraban a convertirse en grandes escritores.

P.S. 1. La publicación del libro ha generado un hecho más que curioso, y es que uno de sus protagonistas, Guillermo Carnero, lo ha reseñado en la revista ‘Mercurio’ (núm. 195, noviembre del 2017).

P.S. 2. Creo que se han colado dos errores que, de ser ciertos, podrían corregirse en una próxima edición: en 1966, Juan Luis Panero no había publicado todavía ‘A través del tiempo’, su primer libro, que data de 1968 (p. 226). Y el Premio Gabriel Miró no es de novela, sino de cuento (p. 258).

Fernando Valls
es crítico literario y profesor de Literatura.

2018/01/31

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | ESCUELA DE BARCELONA: RETRATO DEL ARTISTA CACHORRO

Escuela de Barcelona: Retrato del artista cachorro.
Ricardo Dudda | Letras Libres, 2018-01-31

https://letraslibres.com/revista/escuela-de-barcelona-retrato-del-artista-cachorro/ 

Molina Foix, Vicente (2017). El joven sin alma. Novela romántica. Barcelona: Anagrama.

En su poema “Julio de 1965”, incluido en ‘Arde el mar’, ganador del Premio Nacional de Poesía en 1966, Pere Gimferrer (Barcelona, 1945) escribe con entusiasmo: “Estáis aquí. Vivimos. [...] Luz y tiempo inventando/ en el aire mi sitio./ Aquí tú. El sol crepita./ ¿Empieza el tiempo? Existo. [...] ¿Por qué yo? Me deslumbran/ focos, música, un circo./ Seré. Resida en mí/ la verdad de lo vivido.” Y termina: “Si vivo aún, ¿por qué/ nada al cuerpo retiene? Qué verdad./ Subo, subo. Aire: me perteneces.”

En ‘El joven sin alma’, Vicente Molina Foix recibe de Gimferrer este poema adjunto en una carta-baúl, como llamaba el grupo de amigos de la novela las cartas que se enviaban y que incluían recortes de prensa, relatos, poemas, reseñas e incluso deberes. En ella, Gimferrer le dice a Molina Foix: “Estoy eufórico como nunca en mi vida, emprendedor, optimista, generoso, inspirado. Os lo debo a vosotros. A los tres por igual.” Esos tres son Vicente, Ramón (Terenci) Moix y su hermana Ana María. A la pandilla se unirían posteriormente Leopoldo María Panero y Guillermo Carnero. Forman un grupo de intelectuales precoces y melancólicos, sentimentales y ligeramente apolíticos, afrancesados y cinéfilos, que sacudieron la poesía y la literatura de los años sesenta y setenta. En la mítica antología de 1970 ‘Nueve novísimos poetas españoles’, Josep Maria Castellet los incluye a todos ellos, junto a Félix de Azúa, en el grupo de los jóvenes, influidos por la contracultura. Pronto se convirtieron en la élite cultural del país.

‘El joven sin alma’ es el retrato, en formato de novela “documental”, como llama Molina Foix a sus novelas “reales”, de este grupo. Es una autobiografía sentimental fetichista, que busca más la relevancia emocional que el rigor histórico. Está construida a partir de cartas, fragmentos de obras y referencias artísticas: se mencionan cineastas, muchos cineastas, como Losey, Antonioni, Kurosawa, Godard, Visconti, y autores como Duras, Eliot, Pavese, James, Shakespeare, los clásicos griegos…

El cine es la mayor obsesión de los protagonistas, salvo quizá para Ana María Moix, y es lo que les acaba uniendo. El joven Molina Foix leía de adolescente la revista cahierista ‘Film Ideal’, que le traía su hermano de Madrid a Alicante, y antes de comenzar la carrera en la Complutense envía artículos que le publican. Tras unos coqueteos con el marxismo, inevitables en la intelectualidad universitaria antifranquista, y tras descubrir que lo suyo no es la militancia política, acaba formando parte del grupo de “marcianos” y “disidentes” de la ortodoxia marxista en la crítica cinematográfica. Este grupo informal combina una vocación vanguardista con una concepción que defiende en cierto modo el arte por el arte (un poco siguiendo la idea de Oscar Wilde, a quien admiraban, de que el arte no sirve para nada, o al menos nada práctico). En este grupo están sus dos críticos favoritos de la revista: los barceloneses Pere Gimferrer y Terenci Moix, todavía Ramón.

En el verano de 1965, Vicente visita Barcelona y comienza una relación amorosa con Terenci Moix, cinco años mayor y mucho más entregado a la relación que él. Las cartas de Moix que reproduce Molina Foix son obsesivas, resentidas, llenas de pasión y una ira de la que luego se arrepiente; las respuestas del autor y protagonista son frías y distantes. Moix lo medio perdona diciendo que es aún demasiado joven y todavía no sabe gestionar sus emociones. Pero el reproche le lleva a una reflexión sobre su capacidad de amar: piensa que quizá no tiene alma. Molina Foix va creciendo como crítico, viaja al festival de Venecia y comienza a escribir lo que serían sus poemas y novelas: parece que le importa más su carrera que su romance, algo que su pareja no le sabe perdonar.

‘El joven sin alma’ es una novela sobre la juventud, pero comienza con la infancia proustiana del autor. Admito mi impaciencia por llegar a la parte de la universidad, pero su infancia y sus inicios como escritor (conoce a Cela de adolescente en la presentación de uno de sus libros en Alicante, y fantasea con cenar con él en un hotel de lujo y luego darle clases de baile), su descubrimiento discreto de la homosexualidad, sus viajes precoces a París con un cilicio para no sucumbir a las tentaciones libertinas de los franceses (‘spoiler’: sucumbe con ‘Vivir su vida’ y se convierte en un gran fan de Godard) son fascinantes. Pero no lo son tanto como el romance con Terenci o la relación delirante con Leopoldo María Panero. Y quizá no hay nada más fascinante en esta obra que su capítulo final, compuesto exclusivamente de cartas de Ana María Moix al autor. En ellas describe sus depresiones, sus miedos pero también su pasión por la cultura y el arte, su alegría por la amistad, el aprecio sincero hacia Molina Foix, a quien presiona para que lea y escriba y no se desanime. La obra termina con ella, y hay uno de los fragmentos que define el ‘rise and fall’ de estos novísimos: “Llevará razón, una vez más, Gil de Biedma cuando dice en ‘Infame turba’ que el sentimiento de grupo es cosa juvenil, y es entonces cuando se vive la literatura en pandilla. Después el sentimiento desaparece, y solo queda recelo o una amistad que se irá haciendo difusa.”

El tono de la novela es crepuscular, melancólico. El grupo no dura toda la vida. Molina Foix se pasea por trasteros, revisa cajas y baúles y carpetas para hacer la crónica. Es una obra endogámica, porque narra solo lo que ocurre dentro del grupo, y por eso termina a principios de los setenta, cuando cada uno toma su camino. Pero es también una especie de tratado en defensa de la alta cultura (a veces recuerda a las obras de Semprún, repletas de referencias y donde un poema de Verlaine o Rimbaud sirve como hilo conductor; ambos autores comparten la misma vocación de estilista y narran un Madrid similar), y en cierto modo puede funcionar como una guía para el futuro novelista o poeta, para alcanzar “el estado ideal del joven artista”.

2017/10/09

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | VICENTE MOLINA FOIX: "SOLO AMÉ UNA VEZ"

Vicente Molina Foix: “Solo amé una vez”.
En 'El joven sin alma', el escritor ajusta cuentas con su juventud. Desdoblándose para convertirse en personaje, recrea su relación con Terenci Moix y las alegrías y tristezas de los 'Nueve novísimos'.
Juan Cruz | El País, 2017-10-09
https://elpais.com/cultura/2017/10/09/babelia/1507538057_694863.html 

No hay trampas en este libro, aunque haya ficción. 'El joven sin alma' (Anagrama) es la historia personal de Vicente Molina Foix. En primera persona, aunque empiece (y acabe) siendo él dos Vicente, afrontados por un espejo inquietante. Los nombres propios (Pedro, Guillermo, Ramón, Ana, Leopoldo) son los nombres que tuvieron entonces, en los años 60 del siglo XX, algunos de los escritores más notorios de la generación del autor que es, él lo dice, “el joven sin alma”. Él tuvo amores con Ramón, que pasó luego a la historia como Terenci Moix. El resto (Pere Gimferrer, Guillermo Carnero, el citado Terenci, Ana María Moix, Leopoldo María Panero) son los amigos de Vicente. Es una historia, tantas veces triste, de amores y de amistad y de cine y de alegría de un grupo que, en parte, consagró Josep Maria Castellet en ‘Nueve novísimos’.

Pregunta. Eran la ‘coqueluche’.

Respuesta. Así lo bautizó Castellet, sí. En el libro se habla de este grupo, del personaje llamado Vicente cuando los encuentra. Es una novela muy de formación porque es la historia de cómo se forma una conciencia: un grupo de personas en el tiempo de un cambio no sólo político, aunque haya política, sino sobre todo moral y personal, de un cambio de vida.

P. Existe un juego literario, el de los dos Vicentes. ¿Quién es Vicente Molina-Foix de los dos?
R. No es un ‘alter ego’, ni un super­ego ni un ego. Hay un narrador que es Vicente, el protagonista del libro y también vividor de lo que se cuenta, un verificador. Lo dice al principio: “Yo no me voy a llamar de ninguna manera”. Y nunca se dice quién es, aunque se sabe que es él mismo. Me gustó hacer este juego, y tiene esta finalidad: que el Vicente con nombre y apellido quiere ser personaje en este libro, no quiere ser autor. Soy autor y personaje.

P. ¿Cuál de los dos vive ahora con usted?
R. Yo sigo siendo el primero, el que tiene la memoria interior de todo aquello, el que retrata todas las cosas; igual que sucede en ‘El abrecartas’, aunque yo no lo sabía, ahí no soy yo, soy el que escribe las cartas de todos los personajes. En este caso yo he vivido muchas de las cosas, desde mi encuentro con Cela en mi adolescencia al conocimiento de unas hermanas bellísimas y a mi descubrimiento de un grupo de personas que me cambió la vida cuando entré en contacto con ellas en Film Ideal. Esa es la persona que soy. Pero como el libro no es una memoria ni una autobiografía, sino una novela, una novela romántica, he tenido una enorme libertad.

P. “Sin alma”. El apellido del título es muy terminante. ¿Es así como se ve?
R. Me veo sin alma en el sentido amoroso de la palabra, en el sentimental, porque la novela tiene una parte sentimental muy importante. No me veo como una persona desalmada. El “sin alma” es, además, una manera de hablar de los personajes; disfruté mucho siendo personaje, tratándome de personaje. De todos los personajes de este grupo de seis, Vicente es el que menos ama, el que no sabe amar, el que ama el cine, la amistad, sus vivencias, su ideología, sus abrigos, pero no se entrega amorosamente en una novela en la que todos los demás, excelentes escritores en la realidad conocida, saben amar y de alguna forma viven pendientes del amor. Únicamente en ese sentido se dice “sin alma”.

P. ¿Usted era así?
R. Sí. Yo solamente he amado, lo que se dice amar, una vez en mi vida. Las otras veces no es que hiciera cabronadas, al menos no intencionadamente. No. Yo no sabía amar, o quizá no me interesaba tanto amar durante un periodo. Ese es el joven sin alma. Luego el personaje cambia, claro, en todo caso esa es también otra de las maneras por las que yo los veo unidos; se cuenta en ‘El invitado amargo’ (que con ‘El abrecartas’ constituye una especie de trilogía): ahí sí hay amor.

P. Hay muchas referencias a la carencia de alma. Como si fuera una autocrítica.
R. Sí, es una autocrítica. El libro tiene autocrítica en la parte que corresponde. Ahí es muy importante que un Vicente le diga al otro que no mienta. Se habla de un tiempo en que el joven no traiciona, sino que no sabe llegar. No es la historia de una traición ni de una maldad premeditada. Mis amigos estaban suicidándose continuamente por amor… Los demás tomaban cosas y amenazaban con irse de este mundo. Y mi carácter siempre fue un poco más frío, más prudente.

P. ¿Y no hay ego? Escribe usted: “1969. Y todos habían publicado menos yo”.

R. Es una declaración muy verdadera. Ahí me reivindico como un alumno, he sido siempre muy buen alumno. Ahora que ya tengo una edad muy provecta hago una especie de mirada sobre la vida y me doy cuenta de que para mí el elemento creativo, en mi carácter y en mi obra, ha sido el aprendizaje de gente que he tenido la suerte de tener como maestros, algunos mayores, pero algunos de mi edad. Pedro, Ramón, Ana, Leopoldo, Guillermo fueron maestros coetáneos… Luego los he tenido de todas las edades. Y eso de no haber publicado como ellos no eran celos, quizá si lo hubieran sido me hubiera apartado de ellos: la mía era una voluntad de impregnación.

P. Ramón le dice: “Presumido indeciso”. Ana María le espeta: “Vicente, eres un triste, no morirás joven, lo cual no significa que serás un triste para siempre”. Ahí se quiebra el ego...

R. No, el libro no es egocéntrico. Es lo que más he trabajado, no sólo contar la trayectoria de Vicente, sino la vida de este con otras personas. Pedro va a presentar el libro en Barcelona: creo que es la primera vez que un personaje de ficción presenta un libro. Él dice que se ha reconocido cuando habla, aunque no del todo. Es muy importante en el libro Guillermo Carnero, que aún no lo ha leído. Otros por desgracia han muerto. Y para mí era fundamental crear compactadamente esta aventura que nos junta entre 1964 y 1969, el periodo que en realidad cubre el libro con mayor extensión. Y las voces están escritas por mí o, en el caso de algunas de las cartas, reescritas por mí, para darles la verdad que yo mismo me doy a mí mismo. Para darles una densidad que no traicionara su verdad.

P. ¿Y es un libro triste?
R. Es un libro lleno de humor. El arma de construcción masiva de mis libros y de mi vida es el humor; me considero un humorista, si no fuera tan tímido querría dedicarme a ser humorista en la tele. Pero al mismo tiempo hay una tristeza que es consustancial a mi carácter, una especie de pesimismo o melancolía contra la que yo mismo lucho con el humor. No lo quita pero lo palia un poco y lo hace más llevadero.

P. Con todos esos personajes tuvo mucha relación. Con Ramón (Terenci) hay una ruptura dramática. ¿Volvió la amistad o aquella se rompió?
R. Volvió la amistad. Con Ramón tardó tiempo pero volvió; con Pedro y el personaje llamado doctora Mabuse, se produjo el corte que se cuenta. Volvió con Guillermo Carnero, con el que no hubo ningún incidente, simplemente nos separamos por la vida. Y con la persona con la que más crisis hubo fue con quien probablemente fue mi mejor amigo de todos ellos, Leopoldo María. Con Leopoldo viví durante un periodo corto una relación de una intensidad amistosa enorme. Me deslumbró mucho Ramón, me intrigó mucho Ana María, también Pedro con su cultura y su manera de ser. Pero el Leopoldo que yo reflejo en el libro fue verdaderamente la persona más refulgente de aquel periodo. Me deslumbró, pero luego se apagó el fuego.

P. ¿El libro le ha servido para recuperar el alma?
R. Sí, yo creo que me he planteado muchas dudas sobre mí mismo; también coincide que el libro está escrito a una edad en la que uno tiene que hacer balances de todo tipo. Creo que si al lector de este libro, el que no haya leído nada mío antes, le interesara y le intrigara, podría volverse a ‘El invitado amargo’, porque ahí se da respuesta a esa pregunta; aquella sí que fue una relación en la que el autor se implicó y luchó mucho. No llegó a suicidarse porque yo no soy del género suicida, y eso es una especie de predisposición, pero tuve un gran sufrimiento.

P. Es la vez que usted amó.
R. Sí, esa es la vez que amé, exacto.

2016/05/23

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | IAN GIBSON: CIEN AÑOS DE CELA

Cien años de Cela.
Cuando se cumple un siglo de su nacimiento, el interés por las obras del escritor gallego es mínimo.
Ian Gibson · Escritor | El Periódico, 2016-05-23
https://www.elperiodico.com/es/opinion/20160523/cien-anos-de-cela-5152503 

Su lema fue 'Quien resiste gana'. Su empeño máximo, conseguir el Nobel. Lo esencial era triunfar. Ser el número uno. Con una voluntad de hierro, una autoconfianza a prueba de bala («la timidez se ata»), una capacidad de trabajo envidiable y unas aptitudes literarias innegables, nunca descansaría hasta lograr, en 1989, su ansiada meta. Unos años después, al enterarse los suecos de que la relación del galardonado con el franquismo no había sido tan inmaculada como ellos creían -y que incluía el ofrecimiento, en 1938, de denunciar a «rojos» de su conocimiento-, se produjo un revuelo en Estocolmo, tan eficazmente cortejado a lo largo de los años. Pero era demasiado tarde: una vez concedido el palmarés no había la menor posibilidad, naturalmente, de retirarlo.

Cuando en junio de 1998 se iniciaron los múltiples actos del centenario del nacimiento de Federico García Lorca, Camilo José Cela hizo unas declaraciones al respecto que fueron reídas por algunos y lamentadas, cuando no despreciadas, por muchísimos más. Lo que dijo, ante el micrófono de un periodista, fue: «Ojalá dentro de cien años los homenajes a Lorca sean más sólidos, menos anecdóticos y sin el apoyo de los colectivos gais. No estoy a favor ni en contra de los homosexuales, simplemente me limito a no tomar por el culo». ¿Se había expresado realmente así? Al día siguiente se ratificó: «No hay duda de que lo dije».

La reacción de los colectivos aludidos no se dejó esperar. Tampoco la de algunas personalidades políticas de izquierdas. A Joaquín Almunia el comentario tan chulesco le había producido «asco» y «profunda repugnancia». Matilde Fernández, exministra de Asuntos Sociales, le rogó que «antes de criticar a los homosexuales se lea la Constitución Española». La indignación más elocuente, empero, fue la de Terenci Moix. Cela, «académico, Nobel y marqués», había logrado desacreditar de un solo golpe sus tres títulos. A Moix no le había sorprendido para nada, por otro lado, el exabrupto del autor, experto, como tantos compatriotas suyos, en el soez manejo del término 'maricón'. Dicha utilización, escribió en un artículo titulado 'El Nobel en la letrina', autorizaba «a comprender por dónde van los tiros. Se parecen mucho a los que acabaron con la vida de Federico García Lorca».

¿Y qué dijo al respecto el Partido Popular, entonces el de los amores del escritor? Don Camilo, según Beatriz Rodríguez-Salmones, portavoz de Cultura del PP en el Congreso, tenía «una manera de hablar que todos conocemos. Son sus opiniones y no tengo nada que decir». No cabía mayor abyección.

En los últimos años de su vida los ataques dirigidos por Cela hacia la nueva promoción de escritores españoles, no dispuestos a amilanarse ante sus modales belicosos, fueron en aumento. Como acaba de apuntar Elvira Lindo, sus palmeros «le jaleaban los insultos que profería contra Julio Llamazares, Javier Marías o Muñoz Molina, por poner los tres ejemplos más conocidos, a los que despreciaba por escrito o a los que, maniobrando, trataba de borrar del mapa». Llamazares lo ha recordado hace poco con la magnanimidad y el buen humor que le caracterizan.

Un ser intolerable
Cela nació el 11 de mayo de 1916, con lo cual deberíamos estar viendo ya, en todo el país, proyectos de actos y homenajes conmemorando, en su centenario, la vida y obra del autor. No hay visos ni indicación de que esté siendo así, sin embargo, pese a los esfuerzos de su desfallecida fundación y no sé si de la Real Academia Española, dirigida por un celiano «incondicional», Darío Villanueva. ¿Va saliendo un chorro de libros nuevos sobre el Nobel para festejar la efeméride? Mis amigos libreros me aseguran que no y que el interés por sus obras es mínimo, con la excepción de 'La familia de Pascual Duarte' y 'La colmena'. Camilo Cela Conde, eso sí, acaba de sacar una edición revisada y ampliada de 'Cela, mi padre', editado por vez primera en 1989 y ahora titulado 'Cela, piel adentro'. No pudo ser fácil tener tal progenitor, y al hijo le honra su intento por defender, hasta donde quepa, a un ser a menudo intolerable.

Y máxima ironía: el 2016 es también el 80 aniversario del asesinato del 'maricón' granadino, a estas alturas el poeta español más famoso y admirado de todos los tiempos y cuya irradiación mundial no deja de crecer mes tras mes, año tras año, sin la necesidad de apelar al apoyo de los gais y otros descarriados insultados por el de Iria Flavia.

Menos mal que podemos tener la confianza de que Cela está con Dios. Así nos lo aseguró su vecino de entonces, Federico Trillo. A quien, por cierto, me imagino en estos momentos, allá en la embajada española de Londres, preparando las maletas para volver dentro de poco a casa. 
 

Y TAMBIÉN...
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Veinte años después de su muerte, Cela yace aún en el purgatorio literario.

La vigencia del escritor, reeditado ahora en varias colecciones, viene lastrada por el personaje histriónico, machista y desagradable en que se convirtió en los últimos años, y que continúa como el mayor enemigo de su obra.
Antonio Jiménez Barca | El País, 2022-10-23
https://elpais.com/cultura/2022-10-23/veinte-anos-despues-de-su-muerte-cela-yace-aun-en-el-purgatorio-literario.html

2016/04/06

DOCUMENTACIÓN | OFENSIVAS | LOLA LEONARDO: CON H DE URINARIO

Con H de urinario.
Lola Leonardo · Mis tripas, corazón | El Norte de Castilla, 2016-04-06

https://blogs.elnortedecastilla.es/lolaleonardo/2016/04/06/con-h-de-urinario/ 

Ya hace casi dos décadas un académico, además de Nobel y marqués, consiguió “desacreditar de un solo golpe sus tres títulos y, al mismo tiempo, el concepto de hombre de cultura”. Así hablaba Terenci Moix de Camilo José Cela en su artículo ‘El Nobel, en la letrina’ tras los ataques del gallego a los homosexuales, a los que reiteradamente llamaba “maricones”.

Después de leer las opiniones que vierte en una entrevista al académico de la RAE Félix de Azúa sobre Ada Colau, la alcaldesa de Barcelona, de quien dice que “debería estar vendiendo en un puesto de pescado”, podemos titular de la siguiente forma: ‘El de la H, en el urinario’ [Félix de Azúa es elegido para ocupar la silla H de la RAE el 18 de junio de 2015]. Basándose en sus declaraciones algunos podrían deducir que la Academia vende besugos.

Tras meterse con la edil y con los tenderos, se despachó a sus anchas con millones de votantes sobre los que cree que van (vamos) “borrachos” a las urnas. Y me da por pensar que en la Academia venden merluzas.

Tuvo tiempo también en la entrevista para arremeter contra los dirigentes del partido morado: “Lo que ha salido de la facultad de Política de la Complutense es lo más ignorante del país”. Atiza así a todo el alumnado y, por supuesto, al profesorado. Podríamos suponer que la Academia vende salmonetes de fango.

Ante este panorama, cualquiera que desconozca la función de la Academia podría deducir que es un puesto de pescado del maravilloso Mercado de la Boquería, o mismamente del Campillo, y cuyos artículos más demandados son las múltiples formas de peces que es capaz de adoptar el nuevo académico con solo abrir la boca.

Pero la RAE es otra cosa y bien haría en deshacerse del género en mal estado.

Tiene Azúa un poema titulado ‘El hombre hace por parecerse al hombre’ y algunos de sus versos son: “... Mira a su alrededor y gime y se golpea la boca con los pies (esto lo podría haber escenificado el escritor durante su entrevista) pero el hada (y no fue la Colau sin h) le dice: Tú, miserable, que has visto perecer tu contorno... (etcétera, ya que no puedo seguir por razones de higiene mental). Y mira por dónde que el título se va transformando a mi antojo hasta ser ‘El hombre hace por parecerse al marrajo’.

Volviendo al añorado Terenci, en un sano ejercicio de decencia decidió tirar los libros del marqués de Iria Flavia y sustituirlos por los de Pier Paolo Pasolini.

El detective Pepe Carvalho de madrugada, tras la cena, quemaba libros porque consideraba que la cultura le había separado de la vida, algo así como ‘la cultura me persigue pero yo corro más rápido’, o mejor: con académicos como éstos ¿quién quiere enemigos?

Como hicieron el gran Terenci con los libros del censor y el personaje de Vázquez Montalbán con los mismos y el resto, voy a proceder a quemar las obras de Azúa que tenga por casa. Puf, no he encontrado ninguna suya; creí que estaban en la A, al lado de Australopithecus.

Un poco de silencio, señor Azúa, para que todo esto sea silencio.

2003/04/06

DOCUMENTACIÓN | TESTIMONIOS | LAS DOS VIUDAS DEL FARAÓN TERENCI

Las dos viudas del faraón Terenci.
En una vida repleta de amores con hombres, resulta paradójico que Terenci Moix agotara su última etapa entre dos mujeres. Inés, su guardiana, y su hermana Ana María Moix. El novelista catalán ha muerto sin dejar testamento. La escritora Cristina Peri Rossi, amiga de la familia, cuenta cómo son ellas.
Cristina Peri Rossi | Crónica, El Mundo, 2003-04-06
https://www.elmundo.es/cronica/2003/390/1049639033.html 

El 3 de abril de 2003, día de las exequias fúnebres del enfant terrible, del Rimbaud de la literatura castellana y catalana, Terenci Moix, un hermoso anuncio con su fotografía, publicado en las páginas de El Mundo decía: «Siempre estaré a tu lado»; firmaba: Tu Seshat invicta. Los lectores atentos podrían recordar que su último libro, 'El arpista ciego', que en marzo había recibido el premio de la Fundación José Manuel Lara a la mejor novela, estaba dedicado a «Inés González, Seshat invicta». La clave se había revelado: detrás de este gran hombre, había una mujer, por lo menos. No era la primera vez que la nombraba; aparecía también en la lista de agradecimientos de sus memorias, 'El peso de la paja', junto a Ana María Moix y a Pere Gimferrer. Pero le había hecho otra dedicatoria célebre, la de 'La Venus Bonaparte', de l994: «A Inés González, la guardiana de las cosas más bellas de mi vida, este libro que le pertenece por entero».

Desde entonces, muchos amigos y conocidos del escritor, como Manolo Vázquez Montalbán, la han llamado «la guardiana». Le pertenecía porque esa novela histórica fue fruto de una investigación detallista y minuciosa que realizaron conjuntamente, revisando archivos, leyendo decenas de libros, recorriendo librerías de viejo. «Hasta conseguimos un catecismo que había pertenecido a Napoleón», recuerda Inés.

No hay ni una gota de vanidad en ese plural, sino la admiración y la devoción que sintió por él, desde que lo conoció, en Madrid, cuando Terenci Moix realizaba para TVE el programa cinematográfico 'Más estrellas que en el cielo', en l989. Por el plató desfilaron algunos de los grandes mitos (Kirk Douglas, Lauren Bacall) y duró 19 semanas; Terenci era el director y guionista, desarrollaba una actividad febril, porque, además, escribía una crónica en el diario ABC: ‘Mis inmortales del cine’.

Detallista, exigente, ansioso, necesitaba una ayudante y secretaria, y TVE le hizo el mejor regalo de su vida, según las palabras del autor: le adjudicó a Inés González, una jovencita de 20 años, nacida en Madrid, que había hecho Relaciones Públicas y que se sintió deslumbrada, fascinada por la personalidad del escritor y por el programa (entonces, Terenci Moix se había separado del actor catalán Enric Majó, el gran amor de su vida. La separación fue muy dolorosa y sufrió una fuerte depresión de la cual la ansiedad y la euforia parecían ser los síntomas maníacos. Enric lo visitó días antes de morir y lo acompañó con muchísimo cariño).

Terenci Moix no ha dejado testamento, por lo cual sus herederos son los legales. Sus archivos, su valiosa cinemateca, su numerosa correspondencia, sus manuscritos, su gran biblioteca y todas sus colecciones forman un material muy importante para conocer su vida y su obra. Inés González y Ana María Moix están dispuestas a colaborar conjuntamente para abrir una fundación donde se pueda estudiar toda esta documentación. La sede estará en Barcelona y la vestal o guardiana será Seshat invicta.

Sólo los varones heterosexuales creen que a los homosexuales no les gustan las mujeres; las mujeres, y ellos, saben que no es así. En algunos casos, los varones homosexuales han tenido intensas relaciones afectivas con mujeres, con independencia o no de mantener relaciones sexuales con ellas. Es el caso de Terenci, de nuestro entrañable Terenci del Nilo, autor de las memorias más introspectivas y psicológicamente sutiles de la literatura en castellano.

Todos los merecidos y emocionados homenajes que ha recibido al morir demasiado joven (Terenci siempre fue demasiado joven para todo, salvo para escribir: para emigrar a Roma y a Londres, para el sexo, para morir) hay que hacerlos extensivos a dos mujeres que lo cuidaron con amor, cariño, ternura, que lo mimaron, que cumplieron todos sus deseos -a veces de niño mimado y caprichoso-: su hermana, la escritora Ana María Moix y su secretaria, asistente, dama de compañía, enfermera, discípula y admiradora Inés González.

A Terenci le atraían las mujeres fuertes e inteligentes, como su madre, a quien había admirado especialmente porque en una época oscura, provinciana y represora como la posguerra, había osado tener un amante. Es posible que todas las que admiró fueran un reflejo especular e idealizado de su madre; lo cierto es que despertaba en las mujeres un sentimiento maternal, protector, que disfrutaba con ello, porque era una especie de salvoconducto para los aspectos más infantiles de su carácter: el despotismo, los caprichos, la autocomplacencia y el narcisismo.

A pesar de la juventud de Inés, Terenci reconoció en ella la fortaleza, la capacidad de entrega y de protección de las vestales y de las madres coraje. A partir de esta primera colaboración, Inés se convirtió en imprescindible y fueron inseparables: cuando el escritor terminó su trabajo en Madrid y volvió a Barcelona, le pidió que lo acompañara. La joven madrileña del barrio La Paz (nacida el 20 de abril: Aries con ascendente Leo, reconoce, con cierto orgullo: un carácter firme, invulnerable. Sin embargo, completamente sensible a las demandas, a las exigencias a veces desbordantes de Terenci) vivía con sus padres.

Cuenta que su madre se opuso, en principio, a que siguiera al escritor a Barcelona, pero el flechazo se había producido y era imparable. Dejó la televisión para contraer este «perfecto matrimonio blanco», como ambos llamaban a su estrecha relación de colaboración, apoyo y compañerismo. Porque para estar al lado de Terenci había que compartir todos sus mitos, sus entusiasmos y proyectos.

Inés fue su discípula, algo que considera un privilegio: se matriculó en Historia Antigua en la Universidad de Barcelona, obtuvo excelentes calificaciones y Terenci estaba orgulloso, porque él no había estudiado académicamente. Era mucho más que una secretaria, aunque conservaba cierta independencia territorial: el escritor alquilaba dos pisos en la calle Muntaner (uno, entero, estaba dedicado a su cinemateca, compuesta por más de 3.000 películas, a sus libros, sus discos y sus vastos archivos) y ella, por las noches, regresaba al suyo, tres calles más allá.

Inseparables
Terenci fue un gran noctámbulo: amaba la noche. Era entonces cuando prefería escribir mientras fumaba ansiosamente, le gustaba volver a ver sus viejas películas, reunirse con sus amigos o pintar. Inseparables (título de un apasionante film de David Cronemberg), en una entrevista el escritor había dicho: «Sólo podría amar a alguien igual a mí mismo», ingenua confesión de narcisismo, pero lo cierto es que consiguió transferirle sus gustos y sus pasiones.

Sin embargo, Inés conservó siempre su propia personalidad; para sorpresa de Terenci le gustan los deportes, y solía enfundarse un chándal y hacer footing, acompañada, a veces, por Ymelda Navajo, durante el tiempo en que la directora de Planeta vivió en Barcelona. También le gusta nadar, y ganó un trofeo, del cual se siente orgullosa, en la tradicional competencia del Puerto, en Navidad.

La otra mujer sin la cual no podía vivir era su hermana, la escritora y editora Ana María Moix. Nacida unos años después, en l947, fue una poeta y narradora precoz, mimada por la ‘gauche divine’. Íntima amiga de Carlos Barral, de Jaime Gil de Biedma, de José María Castellet, compartió sus noches de vino y rosas, su amores, su Cadaqués o su Calafell. Demasiados ‘gin’ y demasiados ‘dry martinis’ para alguien tan joven y tan sensible, pero fue una época inolvidable. Yo la conocí en l973 y desde entonces somos grandes amigas; generosa, tierna y dotada de un humor corrosivo supo elegir la vida al alcohol, el compañerismo a las pasiones desbordadas de la juventud. Terenci sentía admiración y respeto por su hermana, más lírica, y en noches intensas le leyó siempre los largos capítulos de sus novelas todavía inéditas; decía que era ella quien le ponía las comas, y tratándose de un escritor meticuloso y a veces inseguro, las comas tenían mucha importancia.

Ana María lo cuidó siempre, estuvo a su lado y en los últimos años compartió con Inés González las vicisitudes de la enfermedad. Toda su ternura se ha volcado en los homenajes que le ha rendido en estos días, donde no faltó un detalle conmovedor: haber colocado en la solapa de Terenci la escarapela del club de admiradores de Sal Mineo, que el escritor había comprado a través de una subasta en Internet.

Son dos escritores completamente diferentes. Ella fue incluida en la famosa antología de Castellet 'Nueve novísimos poetas españoles', junto al amigo común, Pere Gimferrer, pero en esa antología no estaba Terenci. Recientemente, Ana María ha publicado una crónica sobre el periodo más particular de la cultura catalana de los últimos 50 años: '24 horas con la gauche divine'.

A pesar de las grandes diferencias de la literatura de ambos, hay algo que los une: las formas del neorromanticismo -el gusto por el fetichismo, los iconos y el cine- y la capacidad de renovación, de transgresión. Quizás compartieron lo más profundo: el amor por las mujeres de carácter fuerte, las clásicas malas de las películas (las actrices favoritas de Terenci fueron Bette Davis y Joan Crawford).

En este gineceo no puede faltar la gran amistad y colaboración que lo unió a la actriz Nuria Espert. Hace pocos meses, cuando ya estaba muy enfermo y apenas podía caminar, presentó en Barcelona la biografía de la actriz: 'De aire y fuego'. Como siempre, estuvo alegre, mordaz, brillante y sarcástico. Fumaba y simulaba estar sano: detestaba parecer enfermo, el narcisismo se lo impedía. Ambos colaboraron mucho y bien (en 'Yerma', dirigida por Víctor García, por ejemplo, versión muy polémica). Conmovida, Nuria Espert me confesó que había perdido a su mejor amigo y recitó, en el homenaje de despedida, el poema de Kavafis 'Itaca'.

Terenci solía decir que las mujeres lo amaban más que los hombres, aunque él los prefería, y es cierto que fue consentido, mimado y querido por muchas mujeres, pero también es verdad que las trataba con gran admiración. Silvia Querini, directora actual de la editorial Lumen, me contó que el mayor y más hermoso ramo de flores lo recibió de Terenci: 50 rosas, disculpándose por haber entregado tardíamente un prólogo. Y las mujeres lo quisieron como a un Peter Pan seductor, incorregible y lleno de encanto (el segundo volumen de sus memorias se titula, precisamente, 'El beso de Peter Pan'). Un fragmento de ese musical cerró los actos de despedida. Frente a su casa de la calle Muntaner, los vecinos colgaron una pancarta que decía: «Gracias, Terenci».

Cristina Peri Rossi
presenta el próximo jueves «Cuando fumar era un placer», editado por Lumen.

2000/06/21

DOCUMENTACIÓN | TESTIMONIOS | JAIME GIL DE BIEDMA, HOMOPOETA, HOMOSENTIMENTAL

Homopoeta, homosentimental.
Pau Vidal | El País, 2000-06-21

https://elpais.com/diario/2000/06/22/catalunya/961636074_850215.html 

La sombra del poeta fue más alargada que nunca en la jornada de clausura del II Encuentro sobre Poesía Jaime Gil de Biedma. 10 años después, que han organizado conjuntamente las fundaciones Duques de Soria y Mies van der Rohe, con dirección de Pere Gimferrer. Alargada porque la jornada estaba dedicada a "las últimas generaciones", las más distantes de él cronológicamente hablando y que por tanto le conocieron más en obra que en persona. Pero también porque, gracias a Terenci Moix y Àlex Susanna, la figura ya mítica del autor de 'Moralidades' superó los vapores etílicos en que le había sumido la sesión anterior para erigirse en caballero cosmopolita y enorme conversador. "Cuando le conocí ya era un icono cultural de mi generación", arrancó el escritor Terenci Moix, el más veterano de la mesa. "Era un personaje que deslumbraba y, en mi caso, mucho más por su condución de homosexual. La mejor lección que aprendí de él fue la de detectar la mediocridad a través de un uso inteligente de la ironía". Moix, que definió a Jaime (todos los ponentes que le trataron en vida le llaman por el nombre) como un hombre "elegantísimo con apariencia de frívolo y sofisticado pero muy muy cosmopolita", destacó que su obra es ante todo "homosexual y sentimental".

Algo más allá fue la adjetivación del poeta Àlex Susanna, quien reconoció que el primer contacto con el homenajeado le dejó mudo: "¿Así que tú eres el poeta baudeleriano que escribe en catalán?", le espetó Gil de Biedma cuando les presentaron en la Sala Bocaccio. Pero a partir de ahí nació una amistad de seis años de charlas ("la conversación más intensa, fecunda y rica que he tenido en mi vida", en palabras del poeta) basada en una gran afinidad de gustos. Susanna, pues, la definió como una relación "homopoética". "Por el placer que nos daba escuchar poemas juntos; homosentimental, pues él mismo me escribió que se sentía como mi hermano mayor", explicó. Antes que ellos, los poetas Felipe Benítez Reyes y Luis García Montero habían debatido sobre la controvertida etiqueta de "poesía de la experiencia" que la crítica suele aplicar a la obra de Gil de Biedma, cuestión que el profesor Pere Rovira zanjó con habilidad: "En su caso sería mejor olvidarnos de la poesía de la experiencia y hablar de la experiencia de la poesía, porque pocos la vivieron con tanto dolor e intensidad como él".

Completaron la sesión otros dos escritores que por su juventud ("imperativo cronológico" lo denominó Juan Manuel de Prada) no llegaron a tratarle. El granadino Justo Navarro destacó "lo sagrado personal" en la obra del poeta, es decir, "el pase del tiempo sobre él, que eran sus dos únicos temas"; mientras que el zamorano De Prada puso de relieve sus sufrimientos por contraponer su temperamento analítico a la efusividad que requiere la creación. "Tenía una intuición originaria de la que sólo están tocados los grandes", concluyó.

1998/06/15

DOCUMENTACIÓN | HOMOFOBIA | EL NOBEL, EN LA LETRINA

El Nobel, en la letrina.
El autor critica las recientes declaraciones del premio Nobel de Literatura Camilo José Cela sobre los homenajes a Federico García Lorca y el apoyo de los homosexuales.
Terenci Moix | El País, 1998-06-15
https://elpais.com/diario/1998/06/15/cultura/897861607_850215.html 

Don Camilo, académico, Nobel y marqués, ha conseguido desacreditar de un solo golpe sus tres títulos y al mismo tiempo el concepto de «hombre de cultura» tal como nos habíamos acostumbrado a entenderlo en una sociedad democrática. No ha tenido, sin embargo, la virtud de sorprenderme: su reiterada utilización de la palabra «maricón» cada vez que se ha referido a algo remotamente parecido a la homosexualidad -o lo que sus luces le permiten entender como tal- autoriza a comprender por dónde van los tiros. Se parecen mucho a los que acabaron con la vida de Federico García Lorca. A estas alturas, o si lo preferís bajuras, el Cela escritor que cautivó nuestra adolescencia se ha convertido en un figurón que repugna a nuestra madurez, ora con estentóreos desplantes que son obras maestras de grosería y vulgaridad, ora con desfasadas pompas de aristócrata parvenu que entran simplemente en el terreno de la ridiculez.

A mis 14 años intenté aprender en la obra de Cela cómo debía escribir. En mi cincuentena aprendo cómo no debo comportarme.
Y aprendo, sobre todo, a elegir con extrema prudencia en su «riquísimo» acervo lingüístico; acervo que, por cierto, se ha convertido en el único soporte de una obra hueca, repetitiva e innecesaria, bagatelas, saldos de diccionario y santoral.

Que ésta sea la elección del otrora interesante escritor es algo que concierne sólo a él y, en todo caso, a su economía. Otra cosa es cuando su lenguaje se convierte en vulgar transmisor de mensajes que desafían las más elementales reglas de la convivencia, por no hablar del buen gusto y la urbanidad. Cuando declaraba ante una perpleja congregación de periodistas que el Premio Cervantes «está lleno de mierda», hacía algo más que ofender a una serie de escritores que, como mínimo, le igualan en importancia y a veces la superan: estaba preparando el camino para hacernos saber, algún día, que «nunca le han dado por el culo».

Ignoro a quién puede interesar el culo de este anciano, pero sí conviene destacar la utilización de un lenguaje que ya no usan siquiera los cabos chusqueros. Es, como mucho, el lenguaje que escupía aquel abominable monstruo televisivo que se llamó La Veneno. Pero también es, tristemente, un lenguaje que revive el añejo espíritu de ‘Raza’, ‘A mí la Legión’ y títulos parecidos. Es así como, en 1998, don Camilo se convierte en una réplica de los inefables machos Cifesa de 1942, inspirados en aquellos oficiales nazis que sabían cómo tratar a los gays de la época en campos de exterminio perfectamente acondicionados.

Y volvemos, con esto, a Federico. Dejando aparte el despropósito que supone ignorar a estas alturas los aspectos homosexuales de su obra, los exabruptos contra la participación de los colectivos gays en el centenario representan un grave atentado contra las libertades constitucionales, marginando a un colectivo, cualquiera que sea, de una manifestación pública. Otra cosa son los gustos personales de don Camilo. Es probable que hubiese preferido ver la memoria de Federico honrada por los miembros de la Hermandad de la Sidra, la Cofradía del Chorizo, la Sociedad de Amantes de la Mojama y otros representantes de la cultura que ha venido patrocinando en los últimos tiempos; y que son, seguramente, los que adornarán su sepelio, cumpliendo la expresa recomendación de que no haya ni un solo gay. Lo triste es que, de seguir así las cosas, no habrá ni lectores.

Pese a todo, seguimos interesados en un hecho fundamental: ‘¡A don Camilo nunca le han dado por el culo!’ Es una excelente noticia que confirma el buen gusto de los gays españoles, incluidos los más gerontófilos. Ignoro cuál será el aspecto de esa parte de la anatomía del marqués-académico, pero no debe de ser muy apetecible a juzgar por el resto. Podemos hablar con conocimiento de causa, pues, al serle concedido el Nobel, el señor Cela se nos mostró en una revista poniéndose los pantalones y exhibiendo partes del cuerpo que un caballero jamás debería mostrar.

Dejando aparte la horterez y el mal gusto de semejante opción, era evidente que su ano puede descansar tranquilo. Y, por supuesto, libre, desocupado. ¿Lo estuvo siempre? Cierto que escapó a esa agresión que todo macho de ley debe temer como a la peste, pero parece ser que don Camilo le dio cierta utilidad en el pasado. Es leyenda y es de fama que una de las gracias preferidas del Nobel consistía en tragarse líquido por el recto y expelerlo después. No sé qué diría un buen psiquiatra de semejante pasatiempo, pero ahí quedó, para el anecdotario de las Españas. Se comentó, creo recordar, en una entrevista que Mercedes Milá hizo a Cela en la televisión. Ella se ofreció a sacarle una palangana con vistas a una demostración pública. Desgraciadamente para los récords de ‘kistch’ universal, don Camilo no tenía sed ese día.
 
Quede impoluta la reputación de Siete Machos, figura que, por cierto, popularizó Cantinflas; preocupa más la ignorancia de un académico en materias sexuales. Su alusión a los gays como simples tomantes es digna de un vulgar coñón de pueblo, macho de boina, por así decirlo. Debe saber don Camilo que, desde los prósperos tiempos de Sodoma y Gomorra, han existido millones de gays que jamás han «tomado», antes bien han adoptado una actitud activa que acaso les iguale en potencia al Siete Machos, si éste es el problema.

Utilizando siempre el lenguaje y la conceptualidad celiana, recordaremos las potentes maniobras del superdotado Jeff Stryker, una de cuyas producciones videográficas me permito ofrecer al Nobel para su información en sucesivas declaraciones sobre el dar y el tomar.

Reafirmada la reputación de don Camilo, regresamos al meollo del asunto, que tiene ¡cómo no! una base ideológica. Nadie ignora que el Nobel fue antes censor. Creo que corrían los tiempos más negros de la Dictadura. Años después, nos contó que, si bien censuró, fue censurado a su vez. Debe de ser justicia poética. O concede la razón a un agradable ‘western’ de los años cincuenta: «Los lobos acaban devorándose entre ellos» (‘Lanza rota’, de la Fox).

La censura, que muchos escritores sufrimos con tanta o mayor intensidad que el señor Cela, es una forma de dar por el culo bastante más abominable que la que pueda practicar cualquier homosexual en los sagrados derechos de su privacidad. Me estoy moviendo en la metáfora más gratuita, por supuesto, pero éste y no otro parece ser el estilo de Cela, además de los sabios decires del refranero. No es, sin embargo, su dueño exclusivo, y así los demás podemos recordar que el que censura una vez censura ciento, que el hábito acaba haciendo al monje y que, en última instancia, es preferible tomar en democracia que dar desde el fascismo.

Claro que no todo el mundo parece alinearse en la misma trinchera. Una dama del PP ha declarado con extrema suavidad: «Cela tiene una forma de decir que todos conocemos. Son sus opiniones y nada tengo que decir». Pues malo, bonita, malo. Entre esas opiniones se encuentran algunas muy ofensivas para la mujer. «¿No son las mujeres feministas?», declaró el Nobel, «pues yo soy machista». Si yo fuese usted, señora, empezaría a alarmarme. Aparte de ridiculizar de manera muy barata las encomiables luchas de la mujer moderna, esa forma de decir de Cela amenaza con volverse contra las socias de su digno partido. Igual les recuerda que su sitio está en la cocina, y no en la política. Y es que cuando el Siete Machos entra en acción, las mujeres y los gays -y los negros, los judíos, los magrebíes, etcétera- deben buscar refugio en el mismo combate.

Pero nos estamos poniendo trascendentes y el señor Cela no lo merece. Yo me he limitado a retirar sus libros de mi biblioteca y a sustituirlos por los de Pier Paolo Pasolini. Cierto que era un homosexual declarado, pero en su actitud cívica, en sus responsabilidades ante la historia, en su entrega a la humanidad, demostró tener un par de cojones. Es de desear que el señor Cela sepa demostrar los mismos cuando despierte de su famosa «siesta de orinal». Siesta muy larga, por cierto. Acaso no para un marqués, quizás no para un Nobel, ni siquiera para un académico, pero sí para un ciudadano del hermoso descubrimiento que hemos dado en llamar Democracia.

1998/06/10

EPÍLOGO 1 | 1998 | EL CULO DE CAMILO JOSÉ CELA

Camilo José Cela arremetió el 10 de Junio de 1998, en términos sarcásticos, contra la presencia de colectivos homosexuales en los actos conmemorativos del centenario de Federico García Lorca. El escritor gallego afirmó que si alguien le homenajea a él en el futuro no le gustaría contar con el apoyo de gays, aunque precisó que no está «ni a favor ni en contra» de sus reivindicaciones. «Me limito a no tomar por el culo», apostilló. Añadió que preferiría una conmemoración «más sólida, mucho menos anecdótica y sin apoyo de los colectivos gays». «Y que no me fusilen, claro», agregó, «una de mis aspiraciones es morir de viejo y no asesinado como el pobre Federico».

Groseras, reaccionarias, desafortunadas, absurdas, impropias, repugnantes, gratuitas, intolerantes, asquerosas y fuera de lugar. Así se respondió desde diferentes sectores sociales a estas declaraciones homófobas.

Por ejemplo, la periodista Maruja Torres declaró: «Es mucho más digno tomar por el culo que lamerle el culo al poder, como Cela ha hecho tantas veces».

Y en un artículo Terenci Moix decía: “Era evidente que su ano puede descansar tranquilo. Y, por supuesto, libre, desocupado. ¿Lo estuvo siempre? Cierto que escapó a esa agresión que todo macho de ley debe temer como a la peste, pero parece ser que don Camilo le dio cierta utilidad en el pasado. Es leyenda y es de fama que una de las gracias preferidas del Nobel consistía en tragarse líquido por el recto y expelerlo después. No sé qué diría un buen psiquiatra de semejante pasatiempo.”

[Añadir testimonio personal, como indica Terenci Moix, a aquella época en la que intentar aprender en la obra de Cela cómo debía escribir e información sobre la expo “Las 100 caras de la homofobia/lesbofobia/transfobia y el culo de Cela”. Mucha documentación posterior: revisar. También enlazar con el EPÍLOGO 2, dedicado a Gloria Fuertes, a quien dicen que admiraba.]

DOCUMENTACIÓN
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La vida, obra y sexualidad de Lorca, en Canal Sur.
Juan María Rodríguez | El País, 1998-05-25

https://elpais.com/diario/1998/05/26/radiotv/896133604_850215.html
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Cela critica la presencia de "gay" en los homenajes a Lorca.
Xosé Hermida | El País, 1998-06-10

https://elpais.com/diario/1998/06/11/cultura/897516001_850215.html
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Las declaraciones homófobas de Cela sobre García Lorca provocan una ola de críticas.
Elsa Fernández-Santos | El País, 1998-06-11

https://elpais.com/diario/1998/06/12/cultura/897602404_850215.html
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El Nobel, en la letrina.

El autor critica las recientes declaraciones del premio Nobel de Literatura Camilo José Cela sobre los homenajes a Federico García Lorca y el apoyo de los homosexuales.
Terenci Moix | El País, 1998-06-15
https://elpais.com/diario/1998/06/15/cultura/897861607_850215.html
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San Sebastián abre el primer registro contra la homofobia.
EP | El País [ed. País Vasco], 1998-06-23

[Recogido por EHGAM-DOK]
http://ehgamdok.blogspot.com/1998/06/berria-borroka-el-ayuntamiento-de-san.html
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"Gays" y lesbianas acusan a Cela de homófobo ante la Academia Sueca.
Agencias | El País, 1998-07-24

https://elpais.com/diario/1998/07/25/cultura/901317607_850215.html
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MEMORIA

Con H de urinario.
Lola Leonardo · Mis tripas, corazón | El Norte de Castilla, 2016-04-06

https://blogs.elnortedecastilla.es/lolaleonardo/2016/04/06/con-h-de-urinario/ 
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Cela, homosexismo, García Lorca.
Pío Moa, 2017-04-25

https://www.piomoa.es/?p=5533
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Ocurrió hace 19 años. Cuando el Ayuntamiento de Málaga vetó a Cela por sus declaraciones contra los homosexuales.
El pleno de la corporación, cuya alcaldesa era Celia Villalobos, acordó no invitar al escritor a actos culturales o protocolarios por unas polémicas declaraciones que hizo.
José Manuel Alday | Diario Sur, 2017-07-02
https://www.diariosur.es/malaga-capital/veto-ayuntamiento-malaga-20170630113004-nt.html

1992/03/06

DOCUMENTACIÓN | TESTIMONIOS | TERENCI MOIX: MI NÉSTOR ALMENDROS

Mi Néstor Almendros.
Terenci Moix | El País, 1992-03-06

https://elpais.com/diario/1992/03/07/opinion/699922807_850215.html 

Hace pocos días lo sabíamos contadísimas personas: Néstor Almendros estaba agonizando en Nueva York. Corre la indiscreción igual que la calumnia: como un ‘venticello’; así, pues, conviene ignorarla, máxime cuando puede tener el trasfondo de una enfermedad que se presta a la malignidad de los puritanos y al escándalo de los desaprensivos.

Era inevitable que la noticia me llegase por voces dignas de crédito: las de Miriam Gómez y Guillermo Cabrera Infante, hermanos de Néstor, más que amigos. Nuestra conversación fue dramática. Empezamos a saber demasiado de muertes injustas, y la de hoy nos sacudía hasta aturdirnos. Me lo decía Guillermo: "Esta muerte se está llevando a los mejores". Curiosamente, había escrito yo algo parecido en la revista ‘Tiempo’. Suele ocurrir que los mejores también son los irreemplazables. Néstor Almendros pertenecía a esa raza. Con él desaparece alguien que ha influido positivamente en muchas personas. Las referencias a mi propia experiencia son aquí inevitables. Hace exactamente 30 años, Néstor Almendros entró en mi vida, y a partir de entonces estuvo siempre presente en mi carrera. Es muy probable que nadie haya ejercido sobre mí una influencia tan decisiva en un momento tan determinante. Tenía yo 20 años. Una ilusión tan fugaz como cualquier otra, si bien se mira.

Tengo en las manos el original del libro de memorias ‘El peso de la paja’, que Néstor leyó en plena redacción. En los márgenes aparecen sus comentarios sobre geografías, películas, sucesos parecidos en dos tiempos muy distintos: su infancia y la mía, dentro y al margen del Ensanche, respectivamente. Están ahí esas acotaciones que la muerte convierte en reliquia inapreciable. ¡Ojalá no lo fueran! Significaría que Néstor estaría dispuesto a criticar mis próximas cuartillas. Siempre lo había hecho, y no sólo desde mi primer libro: ya desde mis primeros artículos, tan lejanos. Empezó dándome consejos sobre cine, donde su sabiduría era inmensa. No tardó en pasar a la literatura. Su opinión literaria era clarividente, finísima, exenta de dogmatismo. Fue el primero que me habló de cierta novela de un joven argentino empleado en unas líneas aéreas. El joven se llamaba Manuel Puig; la novela era ‘La traición de Rita Hayworth’. Algunos integrantes del mundillo cultural –‘of all things!’- se han atribuido después este descubrimiento. Es mentira de ‘marketing’. Nadie jugó con tanto ahínco la carta de Puig como Néstor y Juan Goytisolo, cada uno desde sus dominios. Patrocinó también Néstor carreras cinematográficas, itinerarios críticos, vocaciones eclécticas. No descartaré su afición a convertirse en confidente sentimental. Demostraba un humor capaz de desdramatizarlo todo con un comentario ligero, generalmente de origen ‘camp’. De cómo tal personaje de Joan Crawford reaccionaría ante un extravío del corazón; de cómo habría solucionado tal ruptura una vieja, olvidada diva del cine italiano. Estoy hablando de un tiempo en que nuestra ortodoxia ceñía su repertorio de referencias a los férreos dogmatismos de ensayistas como Guido Aristarco o George Sadoul, a quienes Néstor solía tratar de ‘beatos’. Su desprecio por el cine pedante -lo ‘arty’- nunca le impidió realizar profundos acercamientos a los grandes autores. Precisamente el verano pasado compré en uno de los innumerables quioscos de Atenas una revista ‘yanqui’ que publicaba su artículo sobre Eisenstein, escrito con un rigor ejemplar y, como siempre, con una amplísima libertad de criterio. Paradójicamente, un cineasta tan mimado por la crítica internacional sentía un sorprendente impudor cuando veía publicado alguno de sus textos. Precisaba urgentemente una opinión, buscaba el elogio del lector con mayor ahínco que el Oscar de Hollywood. Y me está contando Gimferrer con cuánta increíble tenacidad enviaba, en plena agonía, las coiones de su último libro.

Tengo aquí fotos que Néstor me había hecho a lo largo de los años, en muchas ocasiones y en lugares distintos, pero muy especialmente las de una época tan lejana como 1965. Se trata de un grupo familiar en una casa donde ya no vivo, con unos padres que ya no tengo, y amigos que, por suerte, conservo: Pere Gimferrer, siempre fiel a Néstor; mi hermana Ana María Moix, y Vicente Molina Foix, a la sazón efebo. Todos eramos principiantes, con actividades que todavía oscilaban entre el cine y la literatura, a excepción de José Luis Guarner, otro de los fieles. La comunicación con Néstor fue instantánea; su entrega, absoluta; la nuestra, incondicional. Con los años, los antiguos amigos de Barcelona nos acostumbramos a sus dos visitas anuales, considerándolas una gran fiesta del afecto. Siempre se colaba algún aprendiz de erudito que esperaría alguna sesuda disertación sobre el cine japonés, a ser posible sin subtítulos. El pedantuelo quedaba literalmente petrificado cuando Néstor pedía ver ‘La verbena de La Paloma’, en cualquiera de sus versiones.

En aquel 1965 llevaba yo tres años siguiéndole por estos mundos. Detestaría incurrir en el autobombo si digo que fui el primer barcelonés a quien conoció recién salido de Cuba. Sólo así se explica que llegase a mostrarme impúdicamente las partes más humanas de su personalidad, en una situación desesperada. Estaba inaugurando un doble exilio: el primero, allá en los años cuarenta, llevó a su familia a la isla, huyendo de la gran noche del franquismo; el segundo, en 1962, le devolvía a la ciudad natal huyendo de la represión en Cuba (evidentemente, yo no creía entonces que represión y castrismo pudiesen ir juntos). El encuentro tuvo lugar en el estudio del fotógrafo cubano Germán Puig, otro de los grandes amigos de juventud. Néstor acababa de bajar del barco, en estado desastroso: sólo le habían permitido sacar su cámara y un par de mudas. No exagero: Germán tuvo que comprarle urgentemente un jersey en unos grandes almacenes.

Aquella noche le llevé a una fiesta singular, a la que también asistía Jaime Gil de Biedma, para quien Néstor tenía algunas cartas de presentación. Seamos sinceros: Jaime trató al ‘gusano’ con extrema dureza. Años después, en su jardín del Ampurdán, me contaba que siempre se arrepintió de aquella reacción, pero Néstor nunca pudo olvidarla. Acaso porque era el mismo trato que recibió de cuantos intelectuales izquierdistas intentó frecuentar en Barcelona. No se ha contado suficientemente que si no se quedó entonces fue debido al desprecio de la progresía local. No digo que no fuese lógico: en aquella época todos nos sentíamos capitanes. Pero también es curioso destacar que algunos se han vuelto hoy anticomunistas furibundos.

Después de aquel ‘party’ tan agresivo, Néstor Almendros lloró mucho, y lloró por partida doble. Eran las fiestas de la Merced, y la ciudad mostrábase particularmente engañosa: un encanto de ciudad, parecía. Caminamos durante horas por todos los rincones que servían a Néstor para recobrar su imagen de adolescente, a través de las pequeñas cosas, los cines conocidos, los antiguos programas dobles. Al dolor de dos exilios se añadía la tragedia de un pasado imposible de recobrar.

Fascinado por el personaje, seducido por su aureola romántica, y adivinando en su desarraigo el mío propio en un futuro, le seguí hasta París. Entre los intelectuales y profesionales ‘highbrow’ de aquella ciudad también estaba de moda ‘la revolución cubana’, de manera que los desprecios fueron los mismos que en Barcelona, hasta que llegó Jeanine Rouch, y muy especialmente Juan Goytisolo, para quien Néstor siempre tuvo palabras de reconocimiento. Pasar de la pobreza absoluta, de ser tratado constantemente de ‘gusano’, hasta afirmar su talento en obras de Rohmer, Rouch o Truffaut, implica un itinerario que pertenece a la historia del gran cine europeo. Pero sigue importando a mi homenaje todo cuanto Néstor aportó a mi propia historia, más pequeña.

Cientos de confidencias escapan ahora a borbotones, y una vez más Néstor Almendros dirige el baile. Lo que aprendimos de él en aquella época tenía un valor incalculable. Una simple postal, enviada desde cualquier rincón del mundo, contenía un mensaje que servía a mis intereses culturales. Era la búsqueda constante, potenciada por alguien que podía acercarme al mismo tiempo a Balzac y a Robbe Grillet, a Dziga Vertov y a Minnelli, a la luz de Vermeer y a las pinturas pop de Liechenstein y Warhol. Era como una cámara que arrancase a la realidad sus secretos más preciosos para restituírnosla, convenientemente enriquecida.

Pere Gimferrer siempre dijo que Néstor era entrañable. Es rigurosamente cierto. Tenía algo del experimentador constante mezclado con la inefable ternura de una ‘tieta’ barcelonesa. No le hubiera disgustado esta comparación. Él mismo se las hacía de parecido signo, como aquel día en que, teniendo al islam literalmente metido en la alcoba, introdujo a Israel en la habitación vecina. Solía decir, con su delicioso humor, que se encontraba igual que Claudette Colbert: "Entre dos banderas".

Nunca me cansaré de agradecer a Néstor Almendros que llegase a mi juventud para dominar mi primer aprendizaje. Me enseñó a leer la gran literatura y a ver el cine -tanto el grande como el ínfimo- con mirada distinta. A pocos como a él podría yo aplicar aquel fragmento sublime de la ‘Commedia’, en que Dante expresa su reconocimiento a Virgilio: "Tu se’ lo mio maestro e ‘l mio autore...". Es uno de mis fragmentos preferidos, pero acaso resulte improcedente hablar de alguien tan moderno desde la compleja geometría de un infierno medieval. Es una pena que no exista ya aquella productora del leoncito, la que presumía de tener más estrellas que el propio cielo. Éste y no otro habría sido el lugar adecuado para una presunta eternidad de Néstor, discutiendo con Paul Hesse o Clarence Sinclair Bull sobre el ángulo más fotogénico de la reverenciada Marlene. Polémica a que no habría lugar si Néstor se hubiese decidido a hacer su autorretrato. Todos sus ángulos fueron irreprochables.

MIKEL/A, AQUÍ ESTAMOS Y NO NOS OCULTAMOS

Mikel/a enseña cacho en la 2ª Gayakanpada de EHGAM, 27-29 agosto 1993, Muxika // STARS COFLHEE es un trabajo realizado por Julen Zabala Alon...