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2020/11/08

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | HERVÉ GUIBERT, LA TIERRA SALVAJE DEL HOGAR

Hervé Guibert, la tierra salvaje del hogar.
Con el autor francés, fallecido de sida en 1991, la autoficción de las últimas décadas nace, se reproduce, se desmorona y finalmente se disuelve. En ‘Mis padres’ escribe sobre sus orígenes familiares.
Jesús Ferrero | El País, 2020-11-08
https://elpais.com/babelia/2020-11-08/herve-guibert-la-tierra-salvaje-del-hogar.html 

Guibert, Hervé (2020). Mis padres. Madrid: Cabaret Voltaire.

En la adolescencia se enamora de Terence Stamp, el ángel desestabilizador de ‘Teorema’ de Pasolini. “Me pierden los asesinos”, confiesa. Sufrió tanto la violencia de sus padres como su amor, y prometió arrancarles los cabellos cuando estuviesen muertos. Una noche se masturba furtivamente mientras escucha a su madre, que le habla desde el camarote adjunto al suyo del barco del padre. Otra noche, presidida por la fiebre y la locura, le suplica un beso en la boca a su progenitora, que huye aterrorizada. Él la sigue entre las sombras. No vuelve en sí hasta que no se mira al espejo y redescubre su propia imagen. La secuencia condensa en sí misma toda la historia de Edipo y el psicoanálisis. Sus relaciones con su madre estremecen a veces, pero es más interesante el vínculo con el padre, con el que mantiene, sobre todo en la infancia, una relación que sin ser sexual es muy táctil y muy carnal, además de sorprendente. Cada cultura establece una gramática familiar diferente, y los padres franceses tienden a ser relativamente distantes, por eso sorprende.

‘Mis padres’, el libro que estamos comentando, parece una exploración de lo que ya dijo Adam Phillips en su momento, que la familia es el laboratorio en el que los niños experimentan los límites de su sexualidad y la de sus padres. Como ya dijera la novelista china Chen Ran, “el hogar es una tierra salvaje”. En ese sentido, nos hallaríamos ante una familia bastante canónica, lo digo para no equivocar al lector, pues solo quiero indicar que nos encontramos ante un texto honesto y audaz, en las antípodas de todos los que dibujan una imagen condescendiente y mistificada del laberinto familiar. Las fuentes narrativas de ‘Mis padres’ han de buscarse en ‘I remember’ de Joe Brainard, quizá por primera vez, pues es sabido que ‘I remember’ es el libro que más ha repercutido en la narrativa contemporánea vinculada al recuerdo. Guibert encadena recuerdos, sin atender demasiado a la linealidad, si bien deteniéndose más en ellos que Brainard.

‘Mis padres’ conforma un díptico fundamental con ‘El hombre que no me salvó la vida’. En el primero habla de su amor con T. (Thierry Jouno) y en el segundo de sus relaciones con Michel Foucault. Es común que muchos libros, incluso cuando son buenos, dejen un trazo más bien frágil en la memoria con el paso del tiempo, no me ocurre eso con ‘El amigo que no me salvó la vida’. Tengo la impresión de recordarlo bien, porque es una obra desnuda y definitiva sobre una doble agonía: la del autor y la de Foucault, que fue su amante y en muchos aspectos también su maestro. En algún momento la narración adquiere un aire bárbaro y despiadado, cuando refiere peligrosos escarceos sexuales, en plena enfermedad y en plena crisis existencial. Pero lo que más conmueve y a la vez hace pensar, es la dignidad ante la muerte que mostró Foucault, cuando ya supo que estaba sentenciado y lo ingresaron en el hospital de la Pitié-Salpêtrière, tan mentado en la ‘Historia de la locura’, por haber sido antes un manicomio. Ahí el escéptico Foucault vio la extraña geometría del destino, según dijo a sus allegados. Una geometría que se teje y se desteje en las profundidades del subconsciente más que en la zona esclarecida de la conciencia.

La escritura de Guibert es minimalista y aspira a la limpieza formal, huyendo del barroquismo tanto en los conceptos como en la estructura (de hecho ‘Mis padres’ ni siquiera tiene estructura), y procura no caer en la tentación sentimental. Como le ocurrió a Levé, su obra se diversificó desde sus comienzos, y supo desplegar con bastante solvencia su talento en la novela, los guiones de cine, la fotografía y las adaptaciones teatrales, si bien lo más valioso de su quehacer es su narrativa, anclada en su propia existencia y estrechamente vinculada a su noche personal. Fue generoso hasta la extenuación, e intentó narrar su propia agonía en directo, desde la escritura y el vídeo, sin sucumbir al narcisismo extremo, como creyeron sus enemigos. Guibert quería desenmascarar el sida y disipar las sombras que lo rodeaban, y para eso necesitó mucho valor y mucha voluntad. Dicho de otra manera: deseaba hacer una autopsia física y psicológica de la enfermedad tal como va modificando el cuerpo y oscureciendo la mente. Toda una experiencia límite, tanto desde el punto de vista literario como vivencial.

Poco antes de morir, salió en el programa televisivo ‘Apostrophes’ para hablar de ‘El hombre que no me salvó la vida’. Guibert parece una sombra de sí mismo, y ni siquiera es capaz de sonreír, pero explica bien su huía del sida, de su mismo concepto, hasta que tuvo que enfrentarse crudamente a la verdad, y entonces ya no dudó. El resultado fue un libro sobrio y despellejado sobre el crepúsculo prematuro de la vida y sobre lo mal que el Estado suele gestionar las crisis sanitarias.

Puede decirse que con Hervé Guibert la llamada autoficción francesa de las últimas décadas nace, se desarrolla, se desmorona y se disuelve finalmente en la muerte. Desde que él falleció, tras ingerir un veneno que tardó en hacerle efecto, llevamos demasiado tiempo descendiendo a los infiernos del yo, pero pocos con el rigor, el tesón y la belleza que Guibert supo desplegar. Hay algo extremadamente delicado en su ejercicio de la verdad.

2020/09/11

DOCUMENTACIÓN | TESTIMONIOS | SUSAN SONTAG COMO METÁFORA

Susan Sontag como metáfora.
La biografía de Benjamin Moser busca detrás del mito para dibujar a una escritora escindida: "Es como si ningún espejo al que me asomara me devolviese la imagen de mi propio cuerpo". El volumen, de más de 800 páginas, es fruto de siete años de trabajo con un completo acceso a los archivos familiares y 600 entrevistas a amigos y colegas.
Clara Morales | InfoLibre, 2020-09-11
https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/susan-sontag-metafora_1_1187410.html

Susan Sontag (1933-2004) necesitaba ayuda. Así se lo hizo saber al poderoso agente literario Andrew Wylie cuando se conocieron: "Tienes que ayudarme a dejar de ser Susan Sontag". Las obligaciones de su existencia como figura pública, como intelectual de renombre, la alejaban del trabajo. Quería, por ejemplo, escribir una novela. "Pero me lo impide esto de 'Susan Sontag".

Esta conversación concilia quizás el núcleo de 'Sontag. Vida y obra' (Anagrama), la biografía de más de 800 páginas para la que Benjamin Moser ha trabajado durante siete años, buceado en los archivos familiares y realizado 600 entrevistas. No es, desde luego, el primer libro sobre la vida íntima de la pensadora que se publica —ahí están, por ejemplo, sus diarios, de los que este volumen se nutre sustancialmente—, pero sí la primera biografía sobre ella merecedora de tal nombre. Y Moser conoce desde el principio el desafío: desentrañar el carácter de "la última gran estrella literaria de Estados Unidos", de una escritora que existe como "mito", explica, disociada para el público tanto de su obra como de su experiencia vital.

Moser (biógrafo también de Clarice Lispector) señala la ironía de que una mujer preocupada por la naturaleza de la imagen y por las limitaciones del arte y de su interpretación, en suma, por las tormentosas relaciones en torno a la representación, haya acabado convirtiéndose en una especie de icono que ‘significa’ sin que nadie sepa bien qué. Empezando por su apariencia física y su principal signo de identidad, esa melena azabache atravesada por una veta blanca que parece haber nacido de su sien como un efecto del mero acto de pensar. La minuciosidad de Moser —en ocasiones algo cargante— le lleva a hablar con el artífice del ‘look’, el peluquero Paul Brown. El tratamiento para el cáncer de mama que le habían diagnosticado a los 42 años no le había hecho perder el cabello, pero lo había encanecido por completo. En una visita a su madre a Hawái, aún convaleciente, esta le insistió para que se lo tiñera. Y Brown lo hizo, a excepción de ese famoso mechón. Un mechón que casi medio siglo más tarde sigue considerándose sinónimo de cierta intelectualidad de izquierdas.

La biografía dibuja el retrato de una niña precoz que aprendió a leer a los 3 años y a escribir a los 6, que terminó el instituto a los 15, que se casó a los 17 con uno de sus profesores de la Universidad de Chicago, que a los 26 estaba divorciada y tenía un hijo y que, tras estudiar en Oxford y en la Sorbona se ganó el respeto intelectual que tan escasamente se reparte con la publicación de su primera colección de ensayos, ‘Contra la interpretación’ (1966). Dentro de las convenciones del género, Moser incide en múltiples ocasiones a lo largo de todo el libro en los efectos que tuvieron en su vida por una parte la muerte de su padre cuando ella tenía 5 años, y por otro la adicción al alcohol de su madre. Pero ‘Sontag. Vida y obra’ lidia con un misterio que no se resuelve solo con los datos biográficos comunes: las numerosas contradicciones de Sontag, aquejada siempre de una especie de existencia escindida.

"Es como si ningún espejo al que me asomara me devolviese la imagen de mi propio cuerpo", escribió en 1957. Esta idea, la separación entre cuerpo y mente, la imposibilidad de reconciliar la experiencia sensorial y la reflexión intelectual, la perseguiría a lo largo de su vida. Y la escritora, a juzgar por sus diarios y por los testimonios de quienes la conocieron, poseía una lucidez sobre sí misma que rayaba en la crueldad: cuando un amigo le señala en su juventud que en ella "mente y cuerpo parecen no estar conectados", ella le espeta un "¡A mí me lo vas a contar!". Su percepción de sí misma alterna entre sentirse "desvalida" o "una impostora" y percibirse como "arrogante", con un "desdén intelectual hacia los demás". Devota creyente de la transformación personal, no tuvo miedo a cambiar de creencias o a refutar sus propias tesis, pero, para el observador externo, esa fluidez puede verse también como una tendencia a la contradicción y una falta de integridad.

Quienes la conocieron como adolescente o ya en la veintena la describen como una mujer tremendamente insegura, muy lejos de la imagen de fortaleza inquebrantable que más tarde ofrecería. Y, aunque desde su divorcio insistió en la necesidad de mantener una independencia emocional absoluta, también se mostraba aterrorizada ante la soledad: en una ocasión, le dijo a un amigo que prefería vivir con cualquier persona elegida al azar en un restaurante chino que vivir sola. Sus conocidos, incluso los más amorosos, hablan de ella como una persona "dura", impositiva, pronta a repartir consejos y muy poco dispuesta a aceptarlos. Moser no lima las asperezas de un personaje que parece aquí más carismático que amable, y desde luego no se muestra hechizado por él. Algo que, en principio, puede ser un atributo positivo en un biógrafo, pero que le afeaba en una reseña la escritora Vivian Gornick: "Tiene que existir una fuerte, vibrante e incluso poderosa corriente de simpatía entre el escritor y el sujeto —por más indeseable que el sujeto sea— para poder escribir una notable biografía. Y me temo que ‘Sontag’ no lo es".

Una de las escisiones internas de la escritora que interesan más a Benjamin Moser es la que atañe a su orientación sexual. El libro narra cómo Sontag explora su deseo por las mujeres cuando se muda a San Francisco a finales de los cuarenta, donde escribiría en su diario un emocionante: "vuelvo a nacer en la época referida en este cuaderno". Su estancia en Berkeley se convierte en una especie de campamento de la homosexualidad, interesándose por la cultura LGTB, por la jerga y los hábitos del colectivo, y le otorga una liberación interna obvia: "Ahora sé la verdad, sé lo bueno y legítimo que es amar". Pero, pese a definirse como lesbiana en esos años, Moser cuenta cómo más tarde, convencida —como lo estuvo hasta su muerte— de la capacidad de transformación personal, se propuso evolucionar —en sus palabras— hacia la bisexualidad, forzándose a tener relaciones sexuales con hombres.

Décadas más tarde, en 1989, después de haber vivido numerosos romances con mujeres, su asistente Karla Eoff le preguntó por la naturaleza de su relación con la fotógrafa Annie Leibovitz, con la que llevaba meses saliendo. Ella insistió en que no eran más que amigas. Karla se sorprendió y le confió que había daba por sentado que era lesbiana. Sontag respondió: "No me gusta esa etiqueta. También he estado con hombres". A principios de los noventa, entró en crisis cuando la periodista Zoë Heller hizo mención en una entrevista a su relación con Leibovitz, conocida en los círculos artísticos de la ciudad. Tras la publicación, su hijo, David Rieff, pidió una cita a la reportera y, de manera un tanto confusa, sin llegar a expresar claramente qué era lo que había molestado a su madre, le confesó: "La has hecho llorar". "Pese a haber tenido algún que otro amante masculino", escribe Moser, "el deseo erótico de Sontag se centraba de forma casi exclusiva en las mujeres, y la frustración que la acompañó durante toda su vida por su incapacidad para evadirse mentalmente de esa realidad indeseada desembocó en una incapacidad para sincerarse al respecto".

Esto no basta, por sí mismo, para lograr entender la distancia entre Sontag y sí misma, a veces buscada y a veces sufrida. Pero el ejemplo de ‘El sida y sus metáforas’, tal y como lo recoge Moser, resulta especialmente significativo. El volumen, publicado en 1989 [1988] como un diálogo con ‘La enfermedad y sus metáforas’ (1978), explora las imágenes creadas en torno a los enfermos (la culpa, el castigo...), y denuncia que estas no son inocuas, que tienen efectos materiales en el objeto al que se refieren. Sontag hablaba de los estigmas asociados a la homosexualidad sin identificarse como homosexual —para muchos, ‘ocultándolo’— y alejándose también de las numerosísimas muertes que la enfermedad había dejado a su alrededor, entre personas muy cercanas —en su diario, recoge una larga lista de conocidos y buenos amigos fallecidos por sida—. La denuncia de los efectos nocivos que tiene la "trampa metafórica" en los cuerpos no se asocia aquí tampoco a unos cuerpos concretos. Para Moser, el libro "sin pretenderlo, ejemplifica precisamente aquello que pretende denunciar. Sus páginas revelan lo deprisa que la metáfora puede degenerar en confusión, abstracción, mentira". El colectivo LGTB no entendía por qué una mujer como ella, con su visibilidad y su poder, elegía ocultarse. Algo similar le reprocharon las feministas, que la consideraban distante con la causa.

"Como todas las metáforas", escribe Moser, "también esta era imperfecta. Muchos de los que se toparon con la mujer de carne y hueso se sintieron defraudados al descubrir una realidad que no estaba a la altura del mito glorioso". Quizás ella misma se sintiera decepcionada. "La única clase de escritor que podría llegar a ser es el que se expone a sí mismo", escribía en 1959. "Escribir es desgastarse, apostar contra uno mismo". Pero ¿qué es ‘uno mismo’? ¿Qué es ser uno mismo cuando se es "Susan Sontag"? ¿Y de qué manera podría exponerse alguien que quiere dejar de ser el mito que ella misma se ha esforzado en construir? En sus últimos meses de vida, arrebatada por el cáncer que la persiguió durante décadas, osciló continuamente entre la voluntad de rendirse y la insistencia a los médicos en que siguieran intentando salvarla. Escribe Moser: "Ante un mundo escindido, ofreció un yo escindido".

LECTURAS
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David Rieff: "Susan Sontag no aceptó su muerte y por eso no pude decirle adiós".
El País, 2008-12-14

https://elpais.com/diario/2008/12/14/eps/1229239613_850215.html
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El país de los enfermos.
Belén Altuna | El País, 2011-02-23

https://elpais.com/diario/2011/02/23/paisvasco/1298493617_850215.html
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Susan Sontag y La enfermedad y sus metáforas.
Jordi Martí Font | Catalunya Press, 2020-04-16

https://www.catalunyapress.es/texto-diario/mostrar/1931974/susan-sontag-enfermedad-metaforas
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El profundo y desesperado deseo de Susan Sontag de perdurar.

Una selección de textos de la ensayista estadounidense acaba de llegar a las librerías. El encargado de elegir cada texto ha sido su único hijo, David Rieff, que desde el prólogo cuenta que su madre quería ser recordada a través de su obra.
David Rieff | El País, 2022-03-17
https://elpais.com/ideas/2022-03-17/el-profundo-y-desesperado-deseo-de-susan-sontag-por-perdurar.html
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Y TAMBIÉN...
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El sida y sus metáforas
Ricard Ruiz | El Periódico, 2002-11-29 | Reproducido por : gTt-VIH, 2003-04-20

http://gtt-vih.org/actualizate/lo_mas_positivo/LMP_25_sida_sus_metaforas
 
[...] Sin embargo, en 1988, siete años después de que se diagnosticaran en California los primeros casos de SIDA, la intelectual neoyorquina Susan Sontag trató de repetir con el VIH el ejercicio ensayístico con el que había triunfado diez años antes –'La enfermedad y sus metáforas, un análisis del cáncer y otros males físicos en la historia del pensamiento'– y se encontró con que apenas existía literatura no científica sobre la infección. Pionero en su lectura ideológica del virus, 'El sida y sus metáforas' (Taurus, 1996) se centró entonces en la concepción apocalíptica de la nueva epidemia, desenmascarando su utilización política contra las desviaciones, su mezcla de terminología bélica y fantasía tecnológica, y el abuso de la simbología religiosa más reaccionaria –en términos de ‘plaga bíblica’ y ‘castigo divino’– ante los presuntos desórdenes morales de la promiscuidad, la droga o la homosexualidad. [...] 

2019/07/06

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | CHRISTINE GUIBERT: "ERA TERRIBLE VER A FOUCAULT MORIR DE SIDA TENIENDO LA PREMONICIÓN DE QUE ÉL MISMO IBA A TERMINAR ASÍ"

Hablamos con Christine Guibert, viuda del escritor Hervé Guibert: "Era terrible ver a Foucault morir de sida teniendo la premonición de que él mismo iba a terminar así".
La Fundación Loewe dedica una exposición fotográfica al artista Hervé Guibert.
Ianko López | Vanity Fair, 2019-07-06
https://www.revistavanityfair.es/cultura/articulos/herve-guibert-christine-exposicion-fundacion-loewe/39198 

“La distancia es una de las formas más bellas de respeto”, dijo el escritor, fotógrafo y cineasta francés Hervé Guibert (1955-1991). Él fue en todas sus facetas creativas un hombre pudoroso, que rechazaba el tremendismo y la cursilería aunque tratara los temas más duros: la traición de los amigos, la enfermedad, la muerte de sus allegados y la inminencia de la suya. La exposición que estos días dedica a sus fotos la Fundación Loewe en la tienda que la marca tiene en la Gran Vía madrileña ofrece una buena selección de estas imágenes en blanco y negro, cargadas de una de emoción seca.

De una asombrosa precocidad –publicó su primer libro a los 22 años, y antes de los 30 tenía otra media docena en el mercado, era el crítico de fotografía más influyente de Francia y había obtenido un premio César por el guión de la película “El hombre herido” de Patrice Chéreau-, Guibert vivió con intensidad en lo laboral y lo sentimental, marcado por la convicción de que moriría muy joven. No se equivocó en su predicción, ya que falleció con apenas 36 años, durante el periodo más violento de la crisis del sida. Duele pensar en lo que habría podido ser de él si no hubiera conocido un final tan abrupto, como en realidad le ocurrió a toda una generación diezmada por la enfermedad. Su viuda, Christine Guibert, ofrece una pista. “Él habría querido ser un gran director de cine”, nos ha revelado en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Allí Christine ha participado junto a Agathe Guillard (galerista de Hervé Guibert desde los años 80) y el DJ Kiddy Smile en una conversación organizada por la Fundación Loewe. Minutos antes, se ha sentado con ‘Vanity Fair’ para hablar de su relación con quien fue su amigo y marido, pero también amante del padre de sus hijos.

Viendo la exposición uno se da cuenta de su enorme talento. Las fotos son excelentes, lo que sorprende en alguien básicamente autodidacta y que, al menos en España, era más conocido como escritor que como fotógrafo.
Bueno, en Francia era también conocido como fotógrafo. Agathe lleva exponiendo sus fotos desde 1980. Aunque sobre todo era conocido como crítico de fotografía, y a mucha gente no le gustaba que hiciera fotos y crítica al mismo tiempo. Cuando dejó de escribir las críticas le resultó más fácil ser reconocido como fotógrafo. Pero sí, era autodidacta. No hay escuela para eso, como tampoco la hay para ser escritor, en realidad.

Durante unos quince años, Hervé Guibert y usted mantuvieron una especie de trío con Thierry Jouno, el padre de sus dos hijos, que después también fallecería de sida. Me pregunto cómo fue esa convivencia, que corresponde a un modelo que hoy no choca tanto pero que entonces como mínimo no tenía tanta visibilidad.

En realidad no vivíamos juntos. Yo vivía con Thierry y Hervé vivía en su casa, así que no había una convivencia de los tres. Compartíamos vacaciones, eso sí. Y luego Thierry se iba de vacaciones con Hervé por otro lado. Pero nunca tuvimos la sensación de tener dificultades para vivir así, porque era algo natural. Tampoco había ninguna intención de reivindicar nada, simplemente éramos libres.

Y en un momento dado, cuando él estaba enfermo, Guibert y usted decidieron casarse.
Cuando me casé con Hervé no se lo dije a nadie. Tampoco lo hizo Hervé, excepto en su libro de 1991 (“El protocolo compasivo”). Era algo que solo nosotros sabíamos.

Entiendo que la finalidad de ese matrimonio era que su herencia pudiera transmitirse a usted y a sus hijos con Jouno, pero en este libro él dice que se trataba un matrimonio por amor.

Sí, porque el hecho de querer casarse conmigo era para darnos todo lo que pudiera darnos, y así protegernos. Es decir, que nos amaba. Ese es el amor en el más amplio sentido que puede haber.

Y como viuda usted conserva el apellido de él, cuando supongo que podía haber mantenido el de soltera. No sé si es justamente con el fin de conservar su memoria.
Hasta su muerte conservé mi propio nombre. En mi carnet de identidad yo no llevaba el nombre de Guibert, y eso empezó a generar problemas en los bancos, en fin, en muchas cosas, así que cambié los papeles para llevar también su apellido. Pero fue raro perder el mío, aunque fuera por motivos administrativos.

En aquel momento no existía el matrimonio igualitario. ¿Cree que de haber tenido esa opción las cosas habrían sucedido de otra manera?
No podemos decirlo, porque esas son suposiciones que no tiene sentido hacer. “Y si”... “Y si”... Las cosas fueron así, y es así como se hicieron.

En su libro ‘La imagen fantasma’, Guibert escribía que su deseo de fotografiar estaba siempre cerca de la muerte. La muerte está muy presente en sus imágenes. Aunque no siempre sea de forma directa, es algo que puede percibirse.
Bueno, no en todas las imágenes. Y muchas veces en sus fotos, como por ejemplo en las que hizo de sus tías abuelas, lo que hay es una intención de guardar la memoria de esas personas. La fotografía capta algo que existe y que después ya deja de existir, pero que de alguna manera existirá siempre gracias a esa foto.

De nuevo está la muerte. Aunque se trate de una lucha contra ella, que es algo que de alguna manera está en toda fotografía.
Así es. Y es verdad que la muerte era importante para él, como fotógrafo y también como escritor. Ya su primer libro se llamaba “La Mort propagande” (1977). Él estaba fascinado por la muerte, por la enfermedad. Y tenía una premonición sobre su propia muerte, que pensaba que le llegaría siendo joven.

No solo él. He leído que también todos los que estaban a su alrededor compartían esa premonición.
Así es. Hervé también hacía bromas con eso, porque estaba siempre al borde del suicidio. Así que al pasar por una determinada calle le divertía decir cosas como “aquí Hervé Guibert sufrió mucho, aquí se quitó la vida a la edad de tal y tal...”. Así que bromeaba sobre la posibilidad del suicidio, sí. Y por esa premonición de que su vida sería corta también tenía tanta necesidad de hacer cosas... Crear una obra. Por eso trabajó mucho.

¿Y no existe un cierto grado de autodesprecio en ese fatalismo, en ese convencimiento de que la muerte le llegará a uno siendo joven, como si la mereciera?
En el fondo lo que había en él era una gran desesperación, una gran melancolía. Tenía un gran sufrimiento vital, mucho más que nosotros, por ejemplo. Pero también vivió momentos de gran alegría y felicidad.

¿Usted cree que él se quería?
Sí y no. Las dos cosas. Eso sí, estaba muy seguro de su talento. Estaba convencido de que era un gran escritor, aunque dudara de sí mismo en muchas cosas. Por ejemplo, no pensaba que fuera guapo. No entendía cómo alguien podía enamorarse de él.

En todo caso, algo muy característico de él es su rechazo del sentimentalismo, que está presente sobre todo en sus libros. Esto es algo que choca bastante con lo que está en boga hoy en día.
Puede ser. ¿Pero qué quiere decir?

Tengo la impresión de que ahora todo está envuelto en una especie de capa de sentimentalismo, de emoción fácil y primaria. Ya sea un libro, una comedia de televisión o una campaña política, todo incurre en ese registro sentimental que se acerca a la cursilería. El estilo de Guibert, incluso cuando habla del plano emocional, es muy seco, casi clínico.
Sin piedad, sí. Él era duro, y al mismo tiempo extremadamente tierno y generoso. Pero sabía no ir a lo fácil. Pues a usted le digo: detestamos esta época. Nosotros no estábamos para nada en ese registro. Además esta es una época de corrección política, y no era ese su caso para nada. Para empezar era muy duro con sus padres. Y cuando eres duro con tus padres, el resto va de sí.

No solo con ellos. Pienso en el caso de la actriz Isabelle Adjani, que era su amiga, y la trata en términos muy severos en el libro ‘Al amigo que no me salvó la vida’ por el modo en que se comportó con él (Adjani le iba a protagonizar una película que Guibert había escrito para ella, pero después fue dándole largas comprometiendo la capacidad financiera del escritor hasta que sin previo aviso abandonó el proyecto para irse a vivir a Estados Unidos con Warren Beatty, relación que además le había ocultado). De ahí se deduce cierta intención de canalizar su rencor a través de la escritura.
Isabelle Adjani le hizo algo que a él le costó digerir, es verdad. Pero no fue él quien se comportó con dureza, fue ella. Luego sí, pudo ser duro con algunas personas si esas personas hicieron cosas inelegantes o poco apropiadas. También es verdad que en sus libros contó cosas que pudieron molestar a algunos. Porque su prioridad era su obra, eso seguro. Y si esa obra molestaba a alguien, no era su problema.

En el mismo libro está también el caso de otro amigo, el filósofo Michel Foucault, una especie de figura paterna para Guibert. De él cuenta cómo murió de sida, y lo hace de una forma tan fría como conmovedora, porque lo que hace es claramente una prefiguración de su propia muerte.
Exactamente, es así. Es que es como hemos dicho, Hervé escribía sin piedad, pero sin piedad también consigo mismo. ¿Por qué se permitió contar la muerte de Foucault cuando él podía considerarlo como una traición? Porque efectivamente con ella estaba contando su propia muerte. Para él era terrible ver a Foucault morir de sida teniendo la premonición de que él mismo iba a terminar así.

Ese libro explica de manera muy precisa una etapa aterradora, cuando la gente empezaba a caer como moscas a causa del sida pero se hablaba poco de ello públicamente, y además no había mucha información y la que había era contradictoria. En ese sentido puede leerse casi como un libro de terror.
Y además de todo la enfermedad se vivía como algo escandaloso. Con Hervé empezó, al menos en Francia, un periodo en el que al fin se hablaba públicamente de ella. Quizá en los Estados Unidos empezó a hacerse un poco antes, pero por ejemplo Freddie Mercury esperó al último momento para pronunciarse. Hervé lo anunció un año antes de morir, y eso es lo que poco a poco hizo entender a la gente lo que pasaba. Porque sí, se veía a la gente caer, no se hablaba mucho de ello, y ese periodo duró bastante tiempo.

En esa misma línea esta su película ‘La pudeur ou l’impudeur’, un filme donde cuenta las etapas finales de su enfermedad, que resulta muy poético pero también incómodo por su crudeza. ¿Cómo se vivió la realización de esa película en su entorno?

Para empezar todo sucedió en un tiempo muy breve, porque (la productora) Pascale Breugneot, que era amiga nuestra, le propuso hacerlo en el último minuto, cuando estaba ya muy enfermo. Y él aceptó porque su sueño era hacer una película. El rodaje fue muy fluido, muy ligero, él sabía muy bien lo que hacía. La parte más difícil fue el montaje, donde estaba muy débil y telefoneaba mucho a la montadora (Maureen Mazurek), porque no podía ver la mesa de montaje. Tuvo una estupenda conexión con esa mujer, que hizo un trabajo admirable. Es magnífica esa película, ¿no le parece?

La exposición de la Fundación Loewe se ha montado en la tienda de la marca en la Gran Vía. Así que uno puede comprarse un bolso Amazona en el piso de arriba e inmediatamente después bajar a ver las fotografías de Guibert, que son de una gran intensidad emocional y tratan temas muy complejos. Es una decisión desde luego muy valiente por parte de la marca, pero también puede resultar chocante.

Bueno, Hervé tampoco era ningún gamberro que digamos, él era un hombre muy elegante. Aunque en lugar de decir Comme des Garçons (la marca japonesa fundada por la diseñadora de moda Rei Kawakubo, traducible como “como chicos”) dijera “Comme des cochons” (“Como cerdos”). Cuando ganó un poco de dinero se compró cosas elegantes, y también obras de arte. Y que haya una exposición allí no me choca, permite que todo el mundo que entre en la tienda la vea. No va a hacerse en un hospital, o en un cementerio (ríe).

No muy lejos de Loewe, en el Museo Reina Sofía, está a exposición de David Wojnarowicz, que es magnífica, pero que a su paso por Nueva York fue también acusada de hacer de la crisis del sida un asunto del pasado, cuando por desgracia sigue existiendo.

Eso es cierto. Aunque hay que admitir una cosa, y es que, si bien el sida existe hoy, mata mucho menos. Y eso hace que nos olvidemos, porque desgraciadamente la naturaleza humana es así. Ocurre como con la sífilis, que sigue existiendo. Yo todavía estoy sometida a seguimiento médico, y el médico que lo hace me cuenta que los jóvenes ya no toman precauciones porque siguen la profilaxis de preexposición tomando una pastilla. Y luego, como soy militante de este asunto, le digo lo siguiente: si hicieran el test a todo el mundo para ver si son o no seropositivos y a quienes sí lo sean los pusieran en tratamiento, se acabaría el sida. Porque ya no contaminamos si estamos tratados. No hay ningún riesgo para quienes se acuestan con nosotros. Así que, si se quisiera, se acabaría con el sida. Aunque costaría muy caro.

2017/11/16

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | "LA FAMA LES LLEGÓ A LAS GRECAS SIENDO UNAS CRÍAS; LAS USARON Y YA"

“La fama les llegó a Las Grecas siendo unas crías; las usaron y ya”
Saray Muñoz, cantaora del Ballet Nacional, rememora la figura de su madre, mitad del dúo gitano que revolucionó el rock español. Tina será homenajeada el jueves en Madrid.
Elsa Fernández-Santos | El País, 2017-11-16
https://elpais.com/cultura/2017/11/14/actualidad/1510676149_979504.html 

Pocas historias hay en la música española comparables al culebrón de las hermanas gitanas Carmela y Tina Muñoz Barrull, Las Grecas. El brutal impactó que en 1973 causó la canción 'Te estoy amando locamente' —se vendió medio millón de copias, influyó en el legendario ‘Entre dos aguas’, de Paco de Lucía, y dejó boquiabierto al mismísimo Camarón— llega a nuestros días: el tema se sigue bailando y coreando con furia en fiestas y karaokes. Con sus arreglos eléctricos, sus dos voces al unísono y sus peculiares meneos, Las Grecas transgredieron con sus modos y expresiones gitanas. Cuarenta años después, su modernidad se resiste a envejecer.

En 1995, Tina fallecía a los 38 años. Su hija mayor, Saray Muñoz, tenía entonces 19 y este jueves, después de toda una vida intentando digerir el desastre, encabezará en un concierto celebrado en la sala Shoko de Madrid (calle Toledo, 86, a las 21.00) el primer homenaje dedicado a su madre. Cantaora del Ballet Nacional de España desde 2012, Saray (‘Mi niña Saray’, le escribió en una canción su madre) estará acompañada por músicos y bailaores como Jorge Pardo, Farruquito, Rafa6el Amargo, Azúcar Moreno o Mayte Maya. “Las Grecas fueron un vendaval”, dice. “Se vestían como les daba la gana y escribían sus locuras. La fama les llegó siendo unas crías. Las usaron y ya”.

Criada por su abuela Felicitas, una vendedora ambulante “con las uñas muy largas y siempre supermaquillada", Saray creció con la ausencia de su madre. “Yo nací en pleno ‘boom’ de ‘Te estoy amando locamente’ y ella estaba poco en casa. Las dos sentíamos una necesidad mutua que duró toda su vida. Luego se puso enferma y, no sé si con acierto o no, intentaron protegerme. Durante unos años dejé de verla. Hasta la recta final, en la que tuve la suerte de poder acompañarla. Estuve sola con ella porque mi abuela le había cogido miedo, y aunque fue muy duro me alegraré siempre de haber recuperado el contacto”.

Tina Muñoz falleció en un centro de acogida de Aranjuez, después de vivir todo tipo de episodios lamentables derivados de la esquizofrenia paranoide que padecía. “Sobre mi madre se han contado muchas mentiras. Es verdad que la enfermedad la volvía agresiva. Pero se ha hablado demasiado de drogas y alcohol cuando la realidad es que murió de sida. El sida es un tabú en el mundo gitano y por eso no se dice, pero yo no quiero que las mentiras se tapen con más mentiras”.

Saray recuerda que su madre era tan moderna y rebelde —“y eso siendo gitana era muy fuerte”— que las relaciones con los hombres nunca fueron sencillas. “Con mi padre no tuve contacto, era un maltratador. Su historia fue corta y horrible. Sé quién es pero no he querido tratarlo. Entre gitanos cuando pasa algo así las familias no vuelven a mezclarse. Y lo suyo fue brutal. A los 30 años lo conocí, me dio mucho asco. El mejor compañero de mi madre fue un iraní, el padre de su tercera hija, Begoña. Un hombre muy bueno, que la mimaba y cuidaba mucho. Pero ella ya estaba muy mal y acabaron dando en adopción a Begoña. Solo yo y mi hermana Tamara permanecimos juntas. Las pequeñas, gemelas, las dieron también en adopción. Nunca las llegué a conocer”.

De la panadería al escenario
Mientras acaba el espectáculo 'Sorolla', en el Teatro Real, y ensaya ‘Electra’, en La Zarzuela, Saray explica que al principio rechazó la música por instinto. “Yo trabajaba feliz en una panadería de Torrejón hasta que mi tía me llamó para acompañarla en sus giras para revivir Las Grecas. Acepté. La primera vez que me subí a un escenario solo recuerdo una cosa: no me dio ningún corte. Pero aquello no fue una buena idea, y yo lo pasé muy mal, solo abría más la herida que tenía dentro. Y mi tía no me ayudaba. Era incapaz de abrazarme y consolarme. Ganaba 130.000 pesetas por cada concierto, era mucho dinero, pero pagaba un precio mayor. Cuando lo dejé empecé a cantar en un tablao. Solo ganaba 5.000, pero era feliz. Necesitaba estar lejos de Las Grecas. Seguí cantando hasta que entré por concurso en el Ballet Nacional, era mi sueño. Hasta hace poco, era incapaz de decir que Tina era mi madre”.

En estos días, además de organizar el concierto-homenaje, Saray ha visto vídeos de YouTube que hasta ahora le resultaban insoportables. En uno de ellos, de 1984, José María Íñigo entrevista a su madre. Le pregunta por unas fotografías en las que ella sale malviviendo en la calle. La cantante se remanga y con orgullo le responde que ella es una ‘hippie’, que pide dinero y va descalza por la calle porque le encanta. “Busqué una vida diferente para mí. Pero de pordiosera nada, es bonito dormir en la calle”. Saray sonríe: “¡Esa es mi madre!”.

2016/02/17

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | DE LAS LISTAS DE ÉXITOS A LAS PÁGINAS DE SUCESOS: LA MALDICIÓN DE LAS GRECAS

De las listas de éxitos a las páginas de sucesos: la maldición de Las Grecas.
Inventaron el ‘gipsy rock’, hicieron que sus detractores se rindieran a su talento y acabaron con todas las barreras que se encontraron hasta que se toparon con una infranqueable: ellas mismas.
Valeria Vegas | Vanity Fair, 2016-02-17
https://www.revistavanityfair.es/sociedad/celebrities/articulos/las-grecas-tina-carmela-listas-de-exitos-paginas-de-sucesos/21885 

Las Grecas lo tuvieron todo. Precursoras de la fusión del flamenco rock, saborearon disfrutaron de un éxito que tan rápido como vino se fue. Con un reciente recopilatorio en el mercado, sus canciones perduran en la memoria de todos los españoles, así como el trágico final que la vida les deparó. Hoy la malograda Tina habría cumplido años, quizás acarreando en una bolsa de plástico todas sus pertenencias.

Cenicientas, pero sin tinte
Carmen y Edelina Muñoz, dos hermanas de etnia gitana y provenientes de una estirpe en la que el cante flamenco venía de lejos, pasarían a ser conocidas en la industria musical como Las Grecas. Apodadas familiarmente como Tina y Carmela, y siendo todavía unas adolescentes, no podían imaginar que sus voces desgarradas iban a lograr un éxito sin precedentes en una década que parecía nutrirse de canciones internacionales.

Antes de lograr marcarse tal mérito, Carmela tuvo que recorrer varios tablaos con intención de ver cumplido su deseo de actuar. Pese a que reconocían su talento, siempre recibía un no por respuesta. El motivo de tal constante negativa era su pelo teñido de rubio: los empresarios consideraban que no iba a encajar en la mentalidad de los turistas que acudían a ver unos espectáculos con una idea determinada y muy castiza. La cantante resolvió el problema volviendo a su melena castaña y presentándose a una prueba junto a su hermana Tina. El cantaor Manolo Caracol, compañero de Lola Flores en los inicios de ésta, no dudo en ficharlas. Corría el años 1973 y se avecinaba un fenómeno de los que dejarían huella.

Te estoy amando locamente
Mientras actuaban en Caripén, tablao propiedad de Lola Flores, fueron descubiertas por un productor que supo ver inmediatamente el potencial de las hermanas Muñoz. Su moderna y original forma de interpretar no iba a dejar indiferente a nadie. ‘Te estoy amando locamente’ fue su carta de presentación, y logró conquistar a crítica y público. Sus voces iban acompañadas de un redoble de batería y una guitarra distorsionada, que junto a su singular pronunciación hacían de tal canción algo absolutamente innovador. Había nacido el ‘gipsy rock'.

Las cifras de ventas de su primer disco incrementaban semana tras semana, permaneciendo inamovibles durante más de un mes en un primer puesto que parecía estar hecho para ellas. Aún así las alegrías también escondían amarguras que no confesarían hasta tiempos después. La autoría de esas primeras canciones les pertenecía, aunque en su grabación hubiesen sido ligeramente modificadas, y tuvieron que asumir con resignación que sólo constase el nombre del músico Felipe Campuzano, artífice de sus peculiares arreglos. Teniendo en cuenta que ambas eran menores de edad y apenas contaban con el graduado escolar, los temas legales eran todo un desconocimiento en el que fácilmente podían ser engañadas. Pero el dinero les llegaba en abundancia y eso paliaba cualquier injusticia.

El flamenco se viste con pantalón de campana
Apariciones constantes en televisión, giras interminables, ventas masivas y galas que se caracterizaban por su elevado caché. No es de extrañar que la prensa se volcase con ambas, queriendo retratar su vida cotidiana. Fue así como el público descubrió que Tina estaba casada por el rito gitano desde los dieciséis años, y que pronto nacería su primera hija. La artista debía cumplir con sus compromisos profesionales a la vez que intentaba compaginarlo con su labor de esposa, tarea difícil que acabaría afectando a su matrimonio. Su amargura sentimental era el contrapunto a las joyas, abrigos de pieles y propiedades que estaba logrando, junto a unos ingresos que jamás antes había imaginado.

Como buenas estrellas Las Grecas viajaban en Cadillac y veraneaban en chalets. Incluso sus padres disfrutaban de servicio doméstico y podían permitirse ciertos lujos que distaban mucho de su anterior modo de vida en el humilde barrio madrileño de San Blas. Sus logros materiales venían de éxitos como ‘Anabalina’ o ‘Soy la que sufre por tu amor’, que junto a singulares versiones de ‘Achilupú’ o ‘Dame veneno’, seguían caracterizándose por sus aires psicodélicos y una instrumentalización propia de los mejores grupos del rock progresivo. Habían instaurado el auténtico mestizaje y ellas se alzaban como reinas de la fusión, que además lucían pantalones de campana para contrastar con sus voces aflamencadas.

Un suicidio, un desnudo y un mánager traidor
En 1977 grababan el que sería su cuarto y último disco. Aunque las ventas habían descendido, ahora tomaban las riendas de su vida y aparecían en portada teñidas de rubio, tal y como no fueron admitidas en sus inicios. Pero pronto el destino les jugaría una mala pasada. Tras abandonar a su mánager, del que habían sido víctimas de estafa, se vieron perdidas en una industria que no sabían controlar. Se tomaron un descanso que pese a la intención de ser breve acabo convirtiéndose en eterno. Un año más tarde las galas disminuían y lo compensaban con apariciones en la prensa rosa, para que su popularidad no se viese afectada.

A mediados de 1978 salta la noticia de un intento de suicidio por parte de Carmela, con ingestión de barbitúricos para poner fin a un mal de amores y una crisis económica que se avecinaba paulatinamente. Corrían aires nuevos y la cantante decidió sumarse al carro del destape posando en Interviú. Un desnudo integral que sorprendió por su condición de gitana, y que escondía un intento de prolongar la fama y el dinero, por lo que de nuevo volvería a aparecer en alguna revista de corte erótico.

Comenzaban la siguiente década anunciando su retorno, a través de un reportaje junto a sus hijos, que ya sumaban cinco, y luciendo sus últimas pertenencias. Ambas habían intentado forjarse una carrera en solitario que no llegó a despegar, por lo que recordaron aquello de que la unión hacia la fuerza. Pero el destino no quería darles una segunda oportunidad y el mal que parecía acechar a Carmela, comenzó a cebarse sobre Tina.

“Cogí el cuchillo inconscientemente y no quería pincharla”
Como si no hubiese freno y marcha atrás, se vieron envueltas en el desahucio de sus viviendas, unas casas prefabricadas que ocupaban ilegalmente y que habían sido creadas por el Ministerio para ser habilitadas por otras familias que jamás lo hicieron. Dejaron entonces una grotesca imagen para el recuerdo: la de ellas manifestándose contra su propio desahucio sujetando unas pancartas mientras a su vez vestían sendos abrigos de pieles. Es entonces cuando Carmela ya advierte que su hermana Tina, tres años menor que ella, sufre fuertes crisis nerviosas que sobrelleva a base de sedantes.

Pasados los tiempos de gloria se vieron abocadas a las páginas de sucesos cuando hacia finales de 1983 Tina asestó un par de puñaladas sobre el hombro de su hermana Carmela. Los hechos no fueron esclarecidos, ambas vivían bajo el mismo techo y la agresora aseguró que no sabía lo que hacía. Tina ingresaba en la cárcel de Yeserías, destino erróneo para alguien que sufría esquizofrenia y que pronto sería trasladada a un hospital psiquiátrico. De éste último no tardaría en escaparse, dando así titulares constantes a la prensa del momento.

Meses después encontraron a Tina mendigando por las calles. Pasadas las fiestas navideñas, la inventora del ‘gipsy rock’ regresa al hogar familiar a punto de dar a luz. Un embarazo fruto de su relación con un iraquí con el que se había casado poco antes por el rito musulmán, y que ahora no quería hacerse responsable de su paternidad. El presentador José María Íñigo la invita a su programa “Estudio Abierto” para relatar su drama y su repentina desaparición. Durante la entrevista Tina se negó a aceptar su angustiosa situación, alegando que simplemente le gustaba ser hippy. No tardaría en volver a ser internada a la fuerza, mientras alguna revista plasmaba el momento en que la retenían y era ingresada en la ambulancia. Su historial clínico presentaba alucinaciones auditivas, personalidad paranoica y alteración de la memoria, todo ello incrementado también por su toxicomanía.

Las calles por infierno
En la segunda mitad de los ochenta Carmela se asentó en México, con intención de comenzar una nueva vida y llevarse consigo a su desdichada hermana. Antes de su partida volvió a posar desnuda para el semanario Interviú, aprovechando con resignación el tirón de su nombre. Mientras tanto Tina vivía en un devenir de entradas y salidas en sanatorios varios, de los que escapaba continuamente. Ellas, que habían grabado en Londres y tenían la admiración de rockeros y puristas del flamenco, se veían perdidas en una vorágine que tan sólo diez años atrás jamás habrían imaginado. De tenerlo todo a quedarse sin nada. De una abundante cuenta bancaria, a pedir limosna.

En 1988 la prensa del corazón vuelve a localizar a Tina, que muestra un deterioro irreparable y posa junto a una muñeca a la que trata como si fuese su hija. Sus verdaderas cinco hijas se encontraban entre casas de familiares y hospicios. Las tristes imágenes venían acompañadas del ruego de Tina a ser rescatada por su hermana, con intención de curarse. Un año más tarde sorprendió a todos al subir espontáneamente al escenario durante un concierto de Camarón de la Isla, admirador confeso de ambas artistas, que le cedió un sitio para arrancarse a bailar en ese pequeño momento de lucidez. Su arte se veía eclipsado por su desgracia. En una estampa callejera que ya resultaba habitual declaró que dormía en coches abandonados y que sólo llorarían por ella cuando muriese de frío. Al enterarse, Carmela regresa de México para intentar en vano poner solución a un problema que se les iba de las manos.

Tras vagabundear por las calles de Madrid e incluso ser entrevistada en las escaleras del metro por una reportera del programa que entonces tenía María Teresa Campos, su madre logró que un juez le dé la incapacidad y así volvió a ser internada en un sanatorio mental de Aranjuez, donde fallecería en 1995 con tan sólo treinta siete años. [...]

La historia de Tina es el claro ejemplo de las malas jugadas que otorga el destino. De la estigmatización y la escasez de recursos a la hora de afrontar una enfermedad que por aquel entonces resultaba desconocida. Hoy en día Carmela aparece esporádicamente en televisión honrando la memoria de su hermana, consciente de que marcaron un hito en la historia de la música española.

1990/03/06

DOCUMENTACIÓN | TESTIMONIOS | NUEVA POLÉMICA EN FRANCIA SOBRE LOS LÍMITES ÉTICOS DE LA LITERATURA

Nueva polémica en Francia sobre los límites éticos de la literatura.
Javier Valenzuela | El País, 1990-03-06

https://elpais.com/diario/1990/03/07/cultura/636764403_850215.html 

La crítica francesa no ha ahorrado epítetos: el relato de las prácticas homosexuales y de la enfermedad, agonía y muerte por SIDA del pensador Michel Foucault, recién publicado en Gallimard por el que fuera su amigo íntimo, Hervé Guibert, es "insoportable", "glacial" y "cruel". Nadie pone en duda la veracidad de una historia que todos sospechaban o sabían. Lo que vuelve a discutirse es la oportunidad ética de desvelar con todo lujo de detalles la intimidad de un contemporáneo que mientras vivió hizo todo lo posible por protegerla de la curiosidad pública.

Guibert tiene ahora 35 años, está también enfermo de SIDA y ha dado a su biografía de los últimos tiempos de Foucault la forma de una novela. En ‘A l'ami qui ne m'a pas sauvé la vie’ (‘Al amigo que no me salvó la vida’), Foucault es Muzil, y el autor ha añadido una ‘ele’ a su apellido para llamarse Guilbert. Pero Guibert no se defiende de las acusaciones con la afirmación de que su libro es una obra de ficción. Su texto, confirma, es la descripción clínica de la agonía de Foucault, "una comunicación en el sentido científico del término".

En 1981 Guibert se enteró de la aparición en EE UU de una misteriosa enfermedad de transmisión sanguínea e informó de la amenaza a su amigo Foucault. El autor de la ‘Arqueología del saber’ y de la ‘Historia de la locura’ se tronchó de risa: "¿Un cáncer que afecta sólo a los homosexuales? No. Es demasiado hermoso para ser verdad". En aquel momento, Foucault estaba ya afectado por el mal sin saberlo.

Foucault, cuenta Guibert, continuó llevando su vida de siempre. De día leía, escribía, daba clases y cultivaba su cuerpo con la halterofilia. De noche, vestido con una cazadora de cuero negro con remaches metálicos, iba a ligar a un bar del distrito 12. Foucault adoraba las orgías violentas y tenía en un armario de su apartamento un saco lleno de látigos, capuchas, correas y esposas. En San Francisco, donde iba anualmente, frecuentaba las saunas de homosexuales.

Alcanzado por el SIDA
Llegó el día en que Foucault comprendió que había sido alcanzado por la enfermedad. El relato de Guibert, indiscreto hasta aquí, se convierte en terrible al describir las punciones efectuadas al filósofo en la columna vertebral, su aislamiento de apestado en el hospital de la Salpetriere, sus dolorosas crisis de tos. Foucault murió el 25 de junio de 1984, sin que su fallecimiento fuera asociado oficialmente al SIDA.

Entrevistado por ‘L'Evénement du Jeudi’, Guibert se ha defendido con el argumento de que la creación no soporta ningún tabú y goza de todos los privilegios éticos y estéticos. Al comentar el libro en el citado semanario francés, Jérome Garcin se ha preguntado, en cambio, si puede seguir sosteniéndose la tesis de que la literatura tiene todos los derechos, y ha recordado la polémica despertada por la ‘Ceremonia del adiós’, el libro en que Simone de Beauvoir describió los síntomas de la decadencia senil de Sartre.

MIKEL/A, AQUÍ ESTAMOS Y NO NOS OCULTAMOS

Mikel/a enseña cacho en la 2ª Gayakanpada de EHGAM, 27-29 agosto 1993, Muxika // STARS COFLHEE es un trabajo realizado por Julen Zabala Alon...