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2020/05/08

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | FERNANDO G. DELGADO: EL VALIENTE GRADOLÍ

El valiente Gradolí.
Fernando G. Delgado · Escritor y periodista | Levante, 2020-05-08

https://www.levante-emv.com/opinion/2020/05/08/valiente-gradoli-11487191.html 

En mis años jóvenes de los últimos tiempos del franquismo el recinto del Oliver madrileño era no sólo un espacio de tentaciones eróticas, sino también de emociones literarias que lo mismo se entendían con el teatro que con la poesía. Carlos Bousoño, además de buen maestro de las letras, condescendía mucho con los juegos de la vida. Era asturiano, pero no le faltaban valencianos por medio. Compartía lo mismo la vida homosexual que la heterosexual, pero así como a los gais les reía las gracias a los machotes se las admitía igual. Que Francisco Brines fuera para él un homosexual naranjero en toda regla le permitía divertirse con su propia causa homosexual en quien fue siempre para él un hermano de fundamento. Pero lo mismo se asociaba a Vicente Puchol como un machote valenciano que trabajaba la novela, mientras se empeñaba en el trabajo del Derecho y la afición a la notaría, que constituían una pareja de machotes en busca de hembras. Los machotes, como los valencianos Guillermo Carnero y Jaime Siles, pasaron siempre por el Oliver madrileño, con astucia y gracia, sin confesar al amigo Aleixandre jamás ningún atisbo de mariconería. A lo mejor Vicente Molina Foix desde su alicantinismo compartió mientras quiso el piropeo gay y le narró a Aleixandre no sólo el jugueteo homosexual sino incluso que algún otro valenciano como el poeta Vicente Gallego escapara de aquel ruedo literario.

Lo cierto es que siempre vimos por allí a un poeta como Alfonso López Gradolí, al que los otros valencianos no creo que dejaran de ver como poeta descarnado e intenso, sino más bien entregado a la actuación poética. Y es posible que como suele ocurrir de poetas a poetas, un Gradolí gustara más que otro. Pero no creo yo que el Gradolí moderno y desvivido de un libro tal como 'Quizá Brigitte Bardot venga a tomar una copa esta noche', de 1977, y publicado en Barcelona, no constituya una obra de enorme valor, no ya en la poesía valenciana de este tiempo, sino de la poesía española.

Quizá me haya equivocado yo al repasar la obra diversa de Gradolí, por diversa, pero la repasé ayer con la emoción y la intensidad que sus versos me han entregado. Me libro así de que se tratara de un poeta capaz de darte vida en una noche y quitártela en otra entre risitas. Tal vez quizá porque manejara los días y las noches a sus maneras. O porque las maneras de Gradolí no fuera lo que se dicen verdaderas maneras. En todo caso, los poemas no siempre tienen sexos.

2018/03/23

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | DE UN LIBERTINO QUE ESTUVO EN LA INOPIA

De un libertino que estuvo en la inopia.
La novela romántica de Vicente Molina Foix tiene mucho de narración generacional, de novela de formación, y no menos de libro de memorias. Esta es la intrahistoria de un grupo de jóvenes que en los últimos años de la década de los sesenta aspiraban a convertirse en escritores.
Fernando Valls | InfoLibre, 2018-03-23
https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/libertino-estuvo-inopia_1_1156578.html 

Este libro se nos presenta ya desde el subtítulo como una novela ‘romántica’, pero tiene mucho de narración generacional, de novela de formación, y no menos de libro de memorias, pues aunque alguno de sus episodios esté fabulado, me temo que no pocos lectores la recibirán –sobre todo- como la rememoración de un tiempo pasado. No en vano, buena parte de su atractivo estriba en la presencia, en el protagonismo compartido, de los hermanos Moix (Ana María y el entonces llamado Ramón, luego Terenci), Pedro Gimferrer (pronto Pere), Leopoldo María Panero, Guillermo Carnero y el autor. Todos ellos escritores, y algunos también críticos literarios y cinematográficos, o ensayistas, que han ocupado un papel preponderante en las letras españolas, y catalanas, de las cinco últimas décadas, aunque quizá solo Gimferrer, Carnero y Molina Foix hayan acabado haciendo la obra que de ellos se esperaba. En el caso de Terenci Moix, junto a obras notables (‘El día que va morir Marylin’, 1969; o ‘El peso de la paja’, 1990), nos ha dejado otros libros demasiado torrenciales y complacientes. Si Terenci se fijó en Marylin, su hermana cuenta en sus cartas a Vicente que anda escribiendo una novela titulada ‘Monty no ha muerto’ (p. 344), por Montgomery Clift, nunca publicada que yo sepa.

En el título aparece ya definido el protagonista como un ‘joven sin alma’, en el sentido de alguien que no sabe amar, o como le espeta Ramón: “no tienes corazón, solo curiosidad, y eso no basta” (p. 209). Mientras que en el subtítulo se apunta el género, aunque sea de manera equívoca, porque qué quiere decir aquí ‘romántica’. El caso es que con menos subterfugios de los habituales, el autor se desdobla a su vez en dos personajes: aquel llamado Vicente y el innominado narrador que es durante el presente narrativo, convertido en uno más de los miembros del grupo que protagoniza la narración, un procedimiento útil para intentar objetivarse, distanciarse. Así, todos ellos están vistos en un momento concreto de sus vidas, mientras que tanto el jovencísimo Vicente como el narrador aparecen retratados por el Molina Foix que hoy recuerda, fabula y firma el libro.

Si bien el conjunto aparece dividido en dos partes muy desproporcionadas, pues se componen de 314 y 46 páginas respectivamente, también podríamos parcelarlo en tres épocas, correspondientes –en esencia— a las vivencias del protagonista en Alicante, Madrid y Barcelona. A su vez, esa extensa parte inicial se subdivide en 55 capítulos titulados, excepto los seis primeros que aparecen sin nominar. Y, sin embargo, la fecha clave de toda esta experiencia vital es julio de 1965 (véase, el poema de Gimferrer, “Julio de 1965”) cuando Vicente llega a Barcelona y se encuentra con el resto de los componentes del llamado aquí Grupo de los Seis, unos jóvenes insatisfechos y heterodoxos en su conducta, inquietudes y saberes. Ese año se nos relata centrándose, de manera tan precisa como puntillosa, en dos trimestres y tres meses sueltos, dedicándoles un capítulo independiente a cada uno de ellos (I, 23, 29, 30, 35 y 40), como puede observarse en el índice. Pero, además, el lector aprecia un evidente contraste entre la vida en esas tres ciudades, que tienen que ver con distintas fases de su maduración personal, resaltando sobre todo, respecto a las anteriores, las experiencias que vive en Barcelona. Ana María, por su parte, establece la siguiente comparación entre Madrid (“dicen que tiene siempre una sonrisa profidén”) y Barcelona (“tan seductora, tan bien vestida, a veces saca los dientes y muerde”) (p. 352). Pero, además, aunque la historia privada se centre en unos cinco años, hasta 1969, en el conjunto no se pierde de vista nunca el fondo político de aquella última década del franquismo. Así, por ejemplo, se alude a la manifestación en Madrid, de febrero de 1965, o al encierro en la Facultad, disuelto por los grises a caballo.

La narración empieza siguiendo la cronología vital del protagonista y valiéndose a veces de antiguas fotos, contando los años de Alicante, los ritos familiares y los escolares, las primeras experiencias sexuales, la fascinación por las hermanas Valdés... Pero también rememora los tres veranos decisivos que Vicente pasó en París, entre 1962 y 1964, en los que un chico devoto, incluso lleva cilicio, se convierte en cinéfilo. Hay, sin embargo, dos personajes que destacan en esta etapa: el desterrado doctor Ribas Soberano que salvó a su madre de la muerte; y Camilo José Cela, ante quien su padre lo llevó, en la Alicante en 1962, a que le firmara unos libros. Luego, Vicente lo siguió por la ciudad, asistió a una conferencia e incluso mantuvo dos conversaciones con el escritor. La conferencia de Cela quizá podría desempeñar aquí una función semejante a la que dicta Ortega y Gasset en ‘Tiempo de silencio’. Molina Foix se refiere también en estas páginas a sus padres y a su hermano Juan Antonio, un reconocido experto en cine y literatura fantástica, pero nunca a su hermana mayor, a quien –tras la publicación de la novela- le ha dedicado un sincero y emotivo artículo en forma de carta (“A la hermana perdida”, ‘El País’ Semanal, 3/XII/2017), que bien podría haber formado parte de esta narración, como un capítulo más.

A Madrid, donde ya vive su hermano, llega en 1964 para estudiar Derecho, aunque se muestre mucho más interesado por el cine, por la relación que entabla con los afrancesados de la revista ‘Film Ideal’ (Félix Martialay, Marcelo Arroita-Jáuregui, Juan Cobos, Miguel Sáenz, José Luis Guarner...), y por las actividades de la oposición clandestina, llegando a formar parte de la célula de Atocha del PCE, convertido en Cesáreo. Se trata, por tanto, de un tiempo dedicado a la conspiración y al aprendizaje, a compaginar el conocimiento del surrealismo con el del socialismo, en el que además comienza a ser consciente de su homosexualidad. Y cuando ‘Film Ideal’ se derechizó, Vicente Molina se integra en la redacción de la revista ‘Nuestro cine’, fundada en 1961 y vinculada a la izquierda, junto a Augusto M. Torres y Miguel Marías. Pero para entonces estábamos en el curso 66-67, época en que se cumplían sus amores con la pintora Mari Luz D., casada con un escritor de cuentos del realismo social.

Sus estancias esporádicas en Barcelona, donde se presenta con 18 años, tendrán una gran trascendencia en su vida, por las relaciones que entable con otros jóvenes de su cuerda, hasta acabar abandonando la inopia para en adelante comportarse como un libertino, tal y como el mismo autor ha descrito su transformación. Así, nos cuenta sus amores con el siempre absorbente y melodramático Ramón, quien ya tiene 23 años. Una versión distinta de estos hechos puede leerse en el tercer tomo de sus memorias, ‘Extraño en el paraíso’ (1998), según ha recordado Mainer en una reseña modélica. El caso es que Ramón acabó rompiendo con él por telégrafo, lo que hoy suena antediluviano. A la vez, Gimferrer y Carnero se quedan prendados de Ana María, el primero a su manera, tal y como confiesa: “yo me he enamorado de Ana María aunque en forma un tanto peculiar; ni la quiero ni la deseo; la ‘necesito’ intelectualmente” (p. 204). Ella, por su parte, los quería como amigos, pero los rechazaba en calidad de novios (p. 230). Y, al respecto, no podemos pasar por alto la confesión del joven y siempre atrabiliario Panero: “La sexualidad la veo en sí misma repugnante. Y si pudiera me libraría de ella con mucho gusto” (p. 249).

Además, la llegada a la Universidad supone el descubrimiento del amor, la iniciación sexual, homosexual, y el conocimiento del magisterio cultural, pero también la aspiración de convertirse en buen discípulo de aquellos que saben más que él, pues Molina Foix se presenta como “un provinciano palurdo entre sabios morbosos” (p. 308). Siendo importante la visión del grupo, la amistad que entablan, la rivalidad, los celos que padecen y cierta pedantería, habría que destacar sobre todo las cartas que Ana María, la musa del grupo, le dirige a Vicente, sus intereses e inquietudes, sus visitas al psiquiatra, su fascinación, y más, por Esther Tusquets, para referirse también a “esa porquería infecta que son los sentimientos” (p. 347).

Aunque la historia acabe en 1969, cuando todos los miembros del grupo, menos él, han publicado ya algún libro o están emparejados (Gimferrer con una chica muy guapa —afirma el narrador, con quien quisieron formar un trío, aunque solo a efectos románticos— que se hacía llamar Doctora Mabuse y se las daba de fría y calculadora, pp. 284-290), es difícil sustraerse a lo que será el futuro de cada uno de ellos. Así, en 1970, Molina Foix publicó su primer libro en la todavía Seix Barral de Carlos Barral, una novela titulada ‘Museo provincial de los horrores’, y junto a sus amigos –con la excepción de Terenci, entonces escritor solo en catalán- aparece incluido en la antología de José María Castellet, ‘Nueve novísimos poetas españoles’, formando todos ellos, además de Félix de Azúa (¿por qué no aparece en esta novela, por dónde andaba entonces?), lo que el antólogo llamó la ‘coqueluche’, a quienes Ana María define como “aquellos muchachos ebrios de cine, poesía, verano y juventud” (p. 357).

Hoy, sin embargo, la percepción de estos autores me parece que ha cambiado y es probable que a más de uno le cueste entender la fascinación que sintieron tanto por Ana María como por Leopoldo; frente al atractivo mayor de Terenci para los que hayan tenido la fortuna de tratarlo, mucho más ingenioso y desmesurado, por su simpatía personal y por ser un gran contador de historias. Por otra parte, me temo que Ana María pecaba de optimista cuando en una de sus cartas afirma: “empezamos una generación (...), será la más grande de esa historia-miseria que nos ha precedido”. Pues tanto la anterior, la llamada del ‘mediosiglo’ (Sánchez Ferlosio, Valente, Claudio Rodríguez, Gil de Biedma, Ana María Matute, Caballero Bonald, Carmen Martín Gaite, Juan Marsé...), quienes sí pusieron en práctica diversas estrategias para alcanzar un cierto poder, como alguno de sus coetáneos, o la posterior generación han dado semejantes o mejores frutos que ellos: Miguel Espinosa, Francisco Umbral, Javier Marías, Luis Mateo Díez, José María Merino, Rafael Chirbes, Cristina Fernández Cubas...

Junto con ‘El abrecartas’ (2006) y ‘El invitado amargo’ (2014), escrita con Luis Cremades, esta obra compone una trilogía que el autor ha tachado de novelas ‘documentales’. Lo que se narra, en suma, como apenas nunca se había hecho, y eso es lo que convierte a este libro en atractivo y singular, es la intrahistoria de un grupo de jóvenes que en los últimos años de la década de los sesenta aspiraban a convertirse en escritores, la amistad que surgió entre ellos, los amores y deseos más o menos satisfechos, las relaciones homosexuales, los celos (¿de ahí lo de ‘novela romántica’, concepto que Ana María utiliza en su última carta, p. 361?), y, cómo no, un cierto histrionismo, mucha pedantería y cierta tendencia al lenguaje ampuloso.

Así, lo que empezó siendo un relato personal, familiar, acaba convirtiéndose en una historia coral de amistad, en Madrid de forma más tímida, y de manera absoluta en Barcelona. No falta ni la autocrítica, ni tampoco humor. Respecto a este último, véase la disputa entre Ramón y Leopoldo (p. 242), la distinción del primero entre lo narrativo, que él cultiva, y el despectivo ‘versiprosa’ de los demás (p. 244); y lo que le espeta a su hermana (p. 246). O todo lo relativo a esa especie de combate por ver quién lleva el abrigo más extravagante, sean los de Vicente, el de Carnaby Street o el negro de conejo (pp. 230 y 324), o incluso el largo tabardo ribeteado de piel de leopardo, sintética, de Panero (pp. 223, 254 y 255).

El gusto por el apodo, como en la novela del XIX, en nuestro Galdós, por ejemplo, recorre todo el libro. Así, Cela llama al joven Vicente “cara de plato”, mientras que sus amigos lo tratan de “cara de pan”, “cara de Luna” (p. 350) o “lo Vicentet” (pp. 151, 307). Gimferrer es, para el narrador, El Crítico 1° o El Poeta Fundador; Ramón Moix es El Crítico 2° o El Novelista Sensacional; Ana María, muy aficionada a motejar a los demás (p. 360) es la Poeta de Prosa delicada, a quien también llaman el Animal, y ella misma se define como “la desdichada de los Cortos Cabellos” (p. 356); Carnero aparece como El Poeta de Gran Estatura y foulard; mientras que a Molina Foix lo conocen como ‘Le petit martien’.

Se trata, en suma, de una narración inteligente, desmitificadora, a menudo irónica y a ratos divertida, un libro imprescindible para entender, en las postrimerías del franquismo, cómo eran algunos jóvenes que aspiraban a convertirse en grandes escritores.

P.S. 1. La publicación del libro ha generado un hecho más que curioso, y es que uno de sus protagonistas, Guillermo Carnero, lo ha reseñado en la revista ‘Mercurio’ (núm. 195, noviembre del 2017).

P.S. 2. Creo que se han colado dos errores que, de ser ciertos, podrían corregirse en una próxima edición: en 1966, Juan Luis Panero no había publicado todavía ‘A través del tiempo’, su primer libro, que data de 1968 (p. 226). Y el Premio Gabriel Miró no es de novela, sino de cuento (p. 258).

Fernando Valls
es crítico literario y profesor de Literatura.

2018/01/31

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | ESCUELA DE BARCELONA: RETRATO DEL ARTISTA CACHORRO

Escuela de Barcelona: Retrato del artista cachorro.
Ricardo Dudda | Letras Libres, 2018-01-31

https://letraslibres.com/revista/escuela-de-barcelona-retrato-del-artista-cachorro/ 

Molina Foix, Vicente (2017). El joven sin alma. Novela romántica. Barcelona: Anagrama.

En su poema “Julio de 1965”, incluido en ‘Arde el mar’, ganador del Premio Nacional de Poesía en 1966, Pere Gimferrer (Barcelona, 1945) escribe con entusiasmo: “Estáis aquí. Vivimos. [...] Luz y tiempo inventando/ en el aire mi sitio./ Aquí tú. El sol crepita./ ¿Empieza el tiempo? Existo. [...] ¿Por qué yo? Me deslumbran/ focos, música, un circo./ Seré. Resida en mí/ la verdad de lo vivido.” Y termina: “Si vivo aún, ¿por qué/ nada al cuerpo retiene? Qué verdad./ Subo, subo. Aire: me perteneces.”

En ‘El joven sin alma’, Vicente Molina Foix recibe de Gimferrer este poema adjunto en una carta-baúl, como llamaba el grupo de amigos de la novela las cartas que se enviaban y que incluían recortes de prensa, relatos, poemas, reseñas e incluso deberes. En ella, Gimferrer le dice a Molina Foix: “Estoy eufórico como nunca en mi vida, emprendedor, optimista, generoso, inspirado. Os lo debo a vosotros. A los tres por igual.” Esos tres son Vicente, Ramón (Terenci) Moix y su hermana Ana María. A la pandilla se unirían posteriormente Leopoldo María Panero y Guillermo Carnero. Forman un grupo de intelectuales precoces y melancólicos, sentimentales y ligeramente apolíticos, afrancesados y cinéfilos, que sacudieron la poesía y la literatura de los años sesenta y setenta. En la mítica antología de 1970 ‘Nueve novísimos poetas españoles’, Josep Maria Castellet los incluye a todos ellos, junto a Félix de Azúa, en el grupo de los jóvenes, influidos por la contracultura. Pronto se convirtieron en la élite cultural del país.

‘El joven sin alma’ es el retrato, en formato de novela “documental”, como llama Molina Foix a sus novelas “reales”, de este grupo. Es una autobiografía sentimental fetichista, que busca más la relevancia emocional que el rigor histórico. Está construida a partir de cartas, fragmentos de obras y referencias artísticas: se mencionan cineastas, muchos cineastas, como Losey, Antonioni, Kurosawa, Godard, Visconti, y autores como Duras, Eliot, Pavese, James, Shakespeare, los clásicos griegos…

El cine es la mayor obsesión de los protagonistas, salvo quizá para Ana María Moix, y es lo que les acaba uniendo. El joven Molina Foix leía de adolescente la revista cahierista ‘Film Ideal’, que le traía su hermano de Madrid a Alicante, y antes de comenzar la carrera en la Complutense envía artículos que le publican. Tras unos coqueteos con el marxismo, inevitables en la intelectualidad universitaria antifranquista, y tras descubrir que lo suyo no es la militancia política, acaba formando parte del grupo de “marcianos” y “disidentes” de la ortodoxia marxista en la crítica cinematográfica. Este grupo informal combina una vocación vanguardista con una concepción que defiende en cierto modo el arte por el arte (un poco siguiendo la idea de Oscar Wilde, a quien admiraban, de que el arte no sirve para nada, o al menos nada práctico). En este grupo están sus dos críticos favoritos de la revista: los barceloneses Pere Gimferrer y Terenci Moix, todavía Ramón.

En el verano de 1965, Vicente visita Barcelona y comienza una relación amorosa con Terenci Moix, cinco años mayor y mucho más entregado a la relación que él. Las cartas de Moix que reproduce Molina Foix son obsesivas, resentidas, llenas de pasión y una ira de la que luego se arrepiente; las respuestas del autor y protagonista son frías y distantes. Moix lo medio perdona diciendo que es aún demasiado joven y todavía no sabe gestionar sus emociones. Pero el reproche le lleva a una reflexión sobre su capacidad de amar: piensa que quizá no tiene alma. Molina Foix va creciendo como crítico, viaja al festival de Venecia y comienza a escribir lo que serían sus poemas y novelas: parece que le importa más su carrera que su romance, algo que su pareja no le sabe perdonar.

‘El joven sin alma’ es una novela sobre la juventud, pero comienza con la infancia proustiana del autor. Admito mi impaciencia por llegar a la parte de la universidad, pero su infancia y sus inicios como escritor (conoce a Cela de adolescente en la presentación de uno de sus libros en Alicante, y fantasea con cenar con él en un hotel de lujo y luego darle clases de baile), su descubrimiento discreto de la homosexualidad, sus viajes precoces a París con un cilicio para no sucumbir a las tentaciones libertinas de los franceses (‘spoiler’: sucumbe con ‘Vivir su vida’ y se convierte en un gran fan de Godard) son fascinantes. Pero no lo son tanto como el romance con Terenci o la relación delirante con Leopoldo María Panero. Y quizá no hay nada más fascinante en esta obra que su capítulo final, compuesto exclusivamente de cartas de Ana María Moix al autor. En ellas describe sus depresiones, sus miedos pero también su pasión por la cultura y el arte, su alegría por la amistad, el aprecio sincero hacia Molina Foix, a quien presiona para que lea y escriba y no se desanime. La obra termina con ella, y hay uno de los fragmentos que define el ‘rise and fall’ de estos novísimos: “Llevará razón, una vez más, Gil de Biedma cuando dice en ‘Infame turba’ que el sentimiento de grupo es cosa juvenil, y es entonces cuando se vive la literatura en pandilla. Después el sentimiento desaparece, y solo queda recelo o una amistad que se irá haciendo difusa.”

El tono de la novela es crepuscular, melancólico. El grupo no dura toda la vida. Molina Foix se pasea por trasteros, revisa cajas y baúles y carpetas para hacer la crónica. Es una obra endogámica, porque narra solo lo que ocurre dentro del grupo, y por eso termina a principios de los setenta, cuando cada uno toma su camino. Pero es también una especie de tratado en defensa de la alta cultura (a veces recuerda a las obras de Semprún, repletas de referencias y donde un poema de Verlaine o Rimbaud sirve como hilo conductor; ambos autores comparten la misma vocación de estilista y narran un Madrid similar), y en cierto modo puede funcionar como una guía para el futuro novelista o poeta, para alcanzar “el estado ideal del joven artista”.

2017/10/09

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | VICENTE MOLINA FOIX: "SOLO AMÉ UNA VEZ"

Vicente Molina Foix: “Solo amé una vez”.
En 'El joven sin alma', el escritor ajusta cuentas con su juventud. Desdoblándose para convertirse en personaje, recrea su relación con Terenci Moix y las alegrías y tristezas de los 'Nueve novísimos'.
Juan Cruz | El País, 2017-10-09
https://elpais.com/cultura/2017/10/09/babelia/1507538057_694863.html 

No hay trampas en este libro, aunque haya ficción. 'El joven sin alma' (Anagrama) es la historia personal de Vicente Molina Foix. En primera persona, aunque empiece (y acabe) siendo él dos Vicente, afrontados por un espejo inquietante. Los nombres propios (Pedro, Guillermo, Ramón, Ana, Leopoldo) son los nombres que tuvieron entonces, en los años 60 del siglo XX, algunos de los escritores más notorios de la generación del autor que es, él lo dice, “el joven sin alma”. Él tuvo amores con Ramón, que pasó luego a la historia como Terenci Moix. El resto (Pere Gimferrer, Guillermo Carnero, el citado Terenci, Ana María Moix, Leopoldo María Panero) son los amigos de Vicente. Es una historia, tantas veces triste, de amores y de amistad y de cine y de alegría de un grupo que, en parte, consagró Josep Maria Castellet en ‘Nueve novísimos’.

Pregunta. Eran la ‘coqueluche’.

Respuesta. Así lo bautizó Castellet, sí. En el libro se habla de este grupo, del personaje llamado Vicente cuando los encuentra. Es una novela muy de formación porque es la historia de cómo se forma una conciencia: un grupo de personas en el tiempo de un cambio no sólo político, aunque haya política, sino sobre todo moral y personal, de un cambio de vida.

P. Existe un juego literario, el de los dos Vicentes. ¿Quién es Vicente Molina-Foix de los dos?
R. No es un ‘alter ego’, ni un super­ego ni un ego. Hay un narrador que es Vicente, el protagonista del libro y también vividor de lo que se cuenta, un verificador. Lo dice al principio: “Yo no me voy a llamar de ninguna manera”. Y nunca se dice quién es, aunque se sabe que es él mismo. Me gustó hacer este juego, y tiene esta finalidad: que el Vicente con nombre y apellido quiere ser personaje en este libro, no quiere ser autor. Soy autor y personaje.

P. ¿Cuál de los dos vive ahora con usted?
R. Yo sigo siendo el primero, el que tiene la memoria interior de todo aquello, el que retrata todas las cosas; igual que sucede en ‘El abrecartas’, aunque yo no lo sabía, ahí no soy yo, soy el que escribe las cartas de todos los personajes. En este caso yo he vivido muchas de las cosas, desde mi encuentro con Cela en mi adolescencia al conocimiento de unas hermanas bellísimas y a mi descubrimiento de un grupo de personas que me cambió la vida cuando entré en contacto con ellas en Film Ideal. Esa es la persona que soy. Pero como el libro no es una memoria ni una autobiografía, sino una novela, una novela romántica, he tenido una enorme libertad.

P. “Sin alma”. El apellido del título es muy terminante. ¿Es así como se ve?
R. Me veo sin alma en el sentido amoroso de la palabra, en el sentimental, porque la novela tiene una parte sentimental muy importante. No me veo como una persona desalmada. El “sin alma” es, además, una manera de hablar de los personajes; disfruté mucho siendo personaje, tratándome de personaje. De todos los personajes de este grupo de seis, Vicente es el que menos ama, el que no sabe amar, el que ama el cine, la amistad, sus vivencias, su ideología, sus abrigos, pero no se entrega amorosamente en una novela en la que todos los demás, excelentes escritores en la realidad conocida, saben amar y de alguna forma viven pendientes del amor. Únicamente en ese sentido se dice “sin alma”.

P. ¿Usted era así?
R. Sí. Yo solamente he amado, lo que se dice amar, una vez en mi vida. Las otras veces no es que hiciera cabronadas, al menos no intencionadamente. No. Yo no sabía amar, o quizá no me interesaba tanto amar durante un periodo. Ese es el joven sin alma. Luego el personaje cambia, claro, en todo caso esa es también otra de las maneras por las que yo los veo unidos; se cuenta en ‘El invitado amargo’ (que con ‘El abrecartas’ constituye una especie de trilogía): ahí sí hay amor.

P. Hay muchas referencias a la carencia de alma. Como si fuera una autocrítica.
R. Sí, es una autocrítica. El libro tiene autocrítica en la parte que corresponde. Ahí es muy importante que un Vicente le diga al otro que no mienta. Se habla de un tiempo en que el joven no traiciona, sino que no sabe llegar. No es la historia de una traición ni de una maldad premeditada. Mis amigos estaban suicidándose continuamente por amor… Los demás tomaban cosas y amenazaban con irse de este mundo. Y mi carácter siempre fue un poco más frío, más prudente.

P. ¿Y no hay ego? Escribe usted: “1969. Y todos habían publicado menos yo”.

R. Es una declaración muy verdadera. Ahí me reivindico como un alumno, he sido siempre muy buen alumno. Ahora que ya tengo una edad muy provecta hago una especie de mirada sobre la vida y me doy cuenta de que para mí el elemento creativo, en mi carácter y en mi obra, ha sido el aprendizaje de gente que he tenido la suerte de tener como maestros, algunos mayores, pero algunos de mi edad. Pedro, Ramón, Ana, Leopoldo, Guillermo fueron maestros coetáneos… Luego los he tenido de todas las edades. Y eso de no haber publicado como ellos no eran celos, quizá si lo hubieran sido me hubiera apartado de ellos: la mía era una voluntad de impregnación.

P. Ramón le dice: “Presumido indeciso”. Ana María le espeta: “Vicente, eres un triste, no morirás joven, lo cual no significa que serás un triste para siempre”. Ahí se quiebra el ego...

R. No, el libro no es egocéntrico. Es lo que más he trabajado, no sólo contar la trayectoria de Vicente, sino la vida de este con otras personas. Pedro va a presentar el libro en Barcelona: creo que es la primera vez que un personaje de ficción presenta un libro. Él dice que se ha reconocido cuando habla, aunque no del todo. Es muy importante en el libro Guillermo Carnero, que aún no lo ha leído. Otros por desgracia han muerto. Y para mí era fundamental crear compactadamente esta aventura que nos junta entre 1964 y 1969, el periodo que en realidad cubre el libro con mayor extensión. Y las voces están escritas por mí o, en el caso de algunas de las cartas, reescritas por mí, para darles la verdad que yo mismo me doy a mí mismo. Para darles una densidad que no traicionara su verdad.

P. ¿Y es un libro triste?
R. Es un libro lleno de humor. El arma de construcción masiva de mis libros y de mi vida es el humor; me considero un humorista, si no fuera tan tímido querría dedicarme a ser humorista en la tele. Pero al mismo tiempo hay una tristeza que es consustancial a mi carácter, una especie de pesimismo o melancolía contra la que yo mismo lucho con el humor. No lo quita pero lo palia un poco y lo hace más llevadero.

P. Con todos esos personajes tuvo mucha relación. Con Ramón (Terenci) hay una ruptura dramática. ¿Volvió la amistad o aquella se rompió?
R. Volvió la amistad. Con Ramón tardó tiempo pero volvió; con Pedro y el personaje llamado doctora Mabuse, se produjo el corte que se cuenta. Volvió con Guillermo Carnero, con el que no hubo ningún incidente, simplemente nos separamos por la vida. Y con la persona con la que más crisis hubo fue con quien probablemente fue mi mejor amigo de todos ellos, Leopoldo María. Con Leopoldo viví durante un periodo corto una relación de una intensidad amistosa enorme. Me deslumbró mucho Ramón, me intrigó mucho Ana María, también Pedro con su cultura y su manera de ser. Pero el Leopoldo que yo reflejo en el libro fue verdaderamente la persona más refulgente de aquel periodo. Me deslumbró, pero luego se apagó el fuego.

P. ¿El libro le ha servido para recuperar el alma?
R. Sí, yo creo que me he planteado muchas dudas sobre mí mismo; también coincide que el libro está escrito a una edad en la que uno tiene que hacer balances de todo tipo. Creo que si al lector de este libro, el que no haya leído nada mío antes, le interesara y le intrigara, podría volverse a ‘El invitado amargo’, porque ahí se da respuesta a esa pregunta; aquella sí que fue una relación en la que el autor se implicó y luchó mucho. No llegó a suicidarse porque yo no soy del género suicida, y eso es una especie de predisposición, pero tuve un gran sufrimiento.

P. Es la vez que usted amó.
R. Sí, esa es la vez que amé, exacto.

2006/01/23

DOCUMENTACIÓN | CINE | VICENTE MOLINA FOIX: "EL INSTRUMENTO MÁS POTENTE PARA REFLEJAR LA REALIDAD ES EL CINE"

Vicente Molina Foix · Escritor y crítico de cine. "El instrumento más potente para reflejar la realidad es el cine".
Igor Cubillo | El País, 2006-01-23

https://elpais.com/diario/2006/01/24/paisvasco/1138135210_850215.html 

El festival Zinegoak 06 ha encargado a Vicente Molina Foix (Elche, 1946) la selección de títulos de su retrospectiva del cine gay español que concluye hoy en Bilborock con ‘Los placeres ocultos’ (20.00), de Eloy de la Iglesia, y ‘Cambio de sexo’ (22.00), de Vicente Aranda. El crítico de cine y escritor ultima una nueva novela y planea rodar su segundo largometraje (‘El Dios de madera’).

Pregunta. No ha tenido mucho donde escoger. ¿Afecta eso a la calidad de la retrospectiva?
Respuesta. No. Las cinco películas tienen calidad, en particular ‘La muerte de Mikel’, con su mezcla de homosexualidad y política, y ‘A un dios desconocido’ y ‘Los placeres ocultos’, que abordan un tema más intimista. ‘Cambio de sexo’, de tema insólito en los setenta, quizá no sea de las mejores películas de Aranda, pero tiene la calidad de un cineasta como él. Y la de Alfredo Alaria [‘Diferente’] se salva por otros conceptos, más que por su estricta calidad cinematográfica.

P. ‘Diferente’ se estrenó en 1962. ¿Era sencillo esquivar la censura franquista?
R. Era complicadísimo. Todo el mundo está de acuerdo en que le metieron un gol a la censura, porque, aunque la película está muy disfrazada, hay algunas secuencias inequívocas.

P. ¿Era más valiente el cine español en la Transición?
R. No, pero era más arriesgado y ocurrente, pues había que inventarse historias encubiertas y buscar soluciones a veces elípticas para contar lo que el director quería.

P. La distribuidora de ‘Brokeback mountain’ se negó a su preestreno en el Zinegoak porque no quería "encasillar" la película. ¿Un temor fundado?
R. No, pero la industria del cine es muy conservadora y aún queda en muchas mentalidades de distribuidores, exhibidores y productores la idea de que una película que se presente sólo con el tinte gay o lesbiano va a retraer al público. Y eso sólo depende del tipo de película que sea. Si no es muy buena, y hay películas gays horripilantes, a lo mejor al público en general no le interesa, pero ahí está una película como ‘Philadelphia’, obviamente de temática gay, que tuvo mucho éxito en todo el mundo.

P. Zinegoak busca contribuir a normalizar el hecho homosexual. ¿El cine tiene una función social?
R. No creo mucho en el cine como arma política, pero sí creo que de manera espontánea, no porque tenga una misión en particular, es el instrumento de reflejo de la realidad más potente que tenemos.

P. ¿Se hace actualmente buen cine en España?
R. Sí, se hace muy buen cine en circunstancias, además, que no son fáciles. Cuando la gente dice que el cine español está subvencionado habla por despecho, por inquina política y, sobre todo, con una enorme ignorancia, porque hoy el cine y el teatro grande se hacen con subvención en toda Europa. El cine español tiene muchos enemigos políticos.

2005/06/02

DOCUMENTACIÓN | TESTIMONIOS | LO QUE VIO HARO IBARS

Lo que vio Haro Ibars.
Vicente Molina Foix | El País, 2005-06-02

https://elpais.com/diario/2005/06/03/madrid/1117797861_850215.html

Bellos patinadores adolescentes suben y bajan por el paseo de Recoletos, un relámpago sobre ruedas. Y de golpe, crujir de huesos, sesos machacados, la sangre a borbotones, todo en mayúscula y sin puntuación, que así lo escribía Eduardo Haro Ibars en un episodio de ‘El polvo azul’, sus "cuentos del nuevo mundo eléctrico". La primera edición de ese libro, con una bonita portada trans-pop de Julián Vallejo, es de 1985; tres años después, recién cumplidos los 40, moría Haro Ibars, y hoy, más que releer sus versos y sus prosas, que siguen siendo de época, leemos su vida perdularia en un libro, ‘Eduardo Haro Ibars: los pasos del caído’, finalista del último Premio Anagrama de ensayo. Elevado al altar de los muertos malditos por el mismo autor (el periodista J. Benito Fernández) que le puso aureola a un vivo, Leopoldo María Panero, en otro libro también publicado por Anagrama, Eduardo Haro Ibars pertenece más a la historia de la contra-cultura que a la de la poesía o la novela, y tal vez por eso haya una cierta aunque despiadada justicia poética en el hecho de que la truculencia, la droga, el pequeño atraco a mano armada y la gesticulación intempestiva constituyan lo esencial de este extenso recuento biográfico.

Yo traté muy poco a Eduardo, y por eso tuve la suerte de conocer sólo el lado amable, inteligente y hasta divertido de la persona (justo lo contrario de lo que me pasó con Leopoldo María, amigo muy íntimo y admirado del que, al convertirse en los últimos años en un ejecutivo de la transgresión más estéril y plasta, huyo como de la peste, utilizando la palabra 'artaudiana' que a él le tiene que gustar).

De Eduardito (cercano a los 40 y ya muy desmejorado por la mala vida, mantenía trazas y rasgos juveniles enormemente atractivos, que llevaban naturalmente al diminutivo) se sabía el lado oscuro, y no sólo por el paroxismo a veces sanguinario de sus escritos de ficción, como el que cité al principio. Se podía ver en su piel; aún recuerdo, de un breve encuentro nocturno en el desaparecido Drugstore de la calle Velázquez, las quemaduras frescas y simétricas de sus manos, que luego supe por un amigo común que el propio Eduardo se hacía como auto-castigo o provocación a sus acompañantes.

Concebido por el autor como una crónica detallada casi día a día, el libro tiene para mí el atractivo de reflejar un Madrid que no viví (ausente de España en la década de los setenta) y que -real o ficticio- aparece como emanación de la personalidad de Haro Ibars y no tanto como decorado de sus andanzas. Resucitan muertos que tuve muy presentes en vida (Isabel Cardona, Jesús Ruiz Real, alias ‘La Jesusa’, Popi Gavito, que así era su apellido, con v, y no con b) y recupero, si es la palabra, escenas que tal vez podría haber vivido de estar aquí, con protagonistas próximos a mí en otras peripecias: Javier Gurruchaga, María Calonje, Mariano Antolín Rato, Víctor Crémer, Gerardo Bellod, Juan Gómez Soubrier y el esotérico poeta Antonio López Luna, conocido en el siglo (pasado) como Alascok-Ish de Luna. Supervivientes del orgiástico aquelarre sesentayochista y de las movidas a granel. Excéntricos en el sentido más inglés de la palabra. ‘Beautiful losers’, perdidos algunos sin remedio y tal vez primordialmente bellos en el recuerdo.

Leyendo a Fernández sabemos que a Haro Ibars no le gustó nada ‘Arrebato’, la película de otro legendario de entonces, Iván Zulueta, que ahora vuelve a tener, merecidamente, más de 15 minutos de fama. Los polos opuestos se rechazan, incluso si el malditismo les centra, y esa incomprensible ceguera de Eduardo me trae a la memoria el encontronazo que viví en una sala de proyección de la calle Villanueva entre dos mártires del cine ‘underground’ español, Adolfo Arrieta y Antonio Maenza, horrorizado el primero tras el pase privado de ‘El lobby contra el cordero’, película seminal del segundo.

Haro Ibars vio más de lo que pudo contar; su atracción por los faunos arrabaleros y otros frutos prohibidos le quitó tiempo y vida. Nadie que yo haya conocido vivió con mayor autenticidad y riesgo la pasión de los extremos. Podía ser un día ‘abertzale’, y al siguiente, escandalizar a sus amigos ‘progres’ haciendo el saludo fascista. Así deben de ser los ángeles caídos.

1998/12/07

DOCUMENTACIÓN | TESTIMONIOS | GLORIA Y LOS SANTOS INOCENTES

Gloria y los santos inocentes.
Vicente Molina Foix | El País, 1998-12-07

https://elpais.com/diario/1998/12/08/cultura/913071605_850215.html 

¿Es posible que un gay o una lesbiana se acerque a los niños sin tocarles ni mancharles? Mucha gente -y entre ellos muchos padres de familia- piensan que no. Dicen, dirían algunos, preguntados en las encuestas, que sí, pero profundamente piensan que no. La tentación de meter al homosexual en el saco de los pederastas psicópatas y agresivos es muy fuerte para la sociedad. ¿Hay que explicarles en la escuela a los niños, al margen de las enseñanzas de vida sexual, que numerosos artistas que están leyendo o viendo en sus libros de texto eran homosexuales, y que ese particular deseo erótico cobra a menudo relevancia en su obra? También sospecho la respuesta mayoritaria a esta pregunta, aunque tengo delante un pequeño libro ejemplar, ‘Luis Cernuda para niños’ (introducción y antología preparadas por Antonio José Domínguez), parte de una colección extensa que las Ediciones de la Torre llevan años publicando sobre poetas españoles y americanos. Después de sacar limpiamente el asunto a propósito de la auto-reconciliación que Cernuda sintió en un momento de su formación, debida en parte a la lectura de Gide, A. J. Domínguez escribe: "Para Cernuda, su homosexualidad no es sólo sinónimo de libertad, en contra de lo que afirma Octavio Paz, sino expresión de su reciedumbre y su valentía moral. Confesarse homosexual en un mundo regido por prohibiciones, normas y preceptos, desborda, en este caso, cualquier atisbo de provocación. Es una afirmación, un reto a la moral social". Del perfil biográfico no se omite la importancia que en la escritura de los impresionantes ‘Poemas para un cuerpo’ tuvo el amor por un muchacho mexicano, ni faltan en la antología algunos de los poemas más contundentes y conflictivos del poeta sevillano. Cuando entrevisté a Gloria Fuertes para ‘La edad de oro’, la serie de retratos dialogados aparecidos semanalmente en el dominical de El País y luego en forma de libro, la conversación fue sin tapujos. En su mejor poesía y en la intimidad, Gloria no los usaba. Puesto que había entre nosotros confianza hablamos de las cosas del corazón. "Sólo sé de poesía y de amor". La poeta tenía entonces 77 años. "A mi edad sigo amando, pero me freno. Ahora mismo hay alguien en mi vida". No conozco mejor obra de arte total que la ilusión amorosa de una persona vieja. Pero Gloria, como en sus grandes poemas, tenía el don de transformar la emoción en disparate, y el amor, sentimiento dislocado donde los haya, no escapaba a sus tratamientos de choque. Y así me contó, mientras yo tomaba notas a diestra y siniestra, que en cierta ocasión, al sufrir un desengaño, pensó seriamente en el suicidio. "Fui al metro decidida a matarme. Pero al ir a sacar el billete ligué, y en vez de tirarme al tren me tiré a la taquillera". Cuando me harté de reír, le pregunté: "¿Puedo contar esto, Gloria?". "No. Ahora no. Yo vivo de mis libros infantiles, y estas cosas podrían asustar a los padres, que son los que los compran". Naturalmente, respeté su deseo.

Ahora que Gloria ha muerto y sus libros (esperemos que no sólo los infantiles pervivan, pues hay mucha maravilla en su obra adulta) seguirán poniendo rima a los sueños de sus pequeños lectores, podría ser un buen momento para plantear una hipótesis. A la niña que lee en su cuarto ‘El dinosaurio y doña Flora’, al niño a quien su padre le endilga ‘La pulga Federica’ con la cucharada de los fideos, les importa un bledo con quién se va a la cama la autora de aquellos versos juguetones. El lector está en su derecho a disfrutar de la imaginación de un escritor sin tener que tragarse ni la cocina donde cuece él los productos ni sus costumbres de alcoba; del mismo modo que el artista no por el hecho de publicar ha de vender en pública subasta todo su espíritu, como temía Emily Dickinson. Pero qué dulce y reconfortante, qué prometedor de una vida óptima sería que la privacidad, que en sí misma ni mejora ni trasciende las obras de arte, tampoco fuese el territorio del forzado encubrimiento y los disimulos. En esa vida de sueño la encorbatada "mujer de verso en pecho", como gustaba de llamarse Gloria, quizá podría haber completado con naturalidad, sin recelo a los padres de los niños -y también sin por ello hacer una provocativa reivindicación sexual-, las iniciales de las "siete grandes personas amadas de mi vida" que en mi entrevista y en un poema suyo evocó. ¿Demasiado pedir o demasiado pronto? Me acuerdo de otros versos de Gloria Fuertes: "Sólo una vida es poco / para esto / de querer sin recompensa".

DOCUMENTACIÓN
Gloria Fuertes. Madrid, 1917 – Madrid, 1998.
Sonia Díaz Chacón | Gibralfaro: Revista de Creación Literaria y Humanidades, n. 64 (2009), 7

http://www.gibralfaro.uma.es/biografias/pag_1590.htm
[Consideraciones de Camilo José Cela sobre Gloria, me sirve para ligarlo con su homofobia]

1994/06/24

DOCUMENTACIÓN | OFENSIVAS | EL SÍNDROME DE INTOLERANCIA DE PILAR URBANO

28 de junio.
Vicente Molina Foix | El País, 1994-06-24

https://elpais.com/diario/1994/06/25/ultima/772495201_850215.html 

El gran problema gay son los heterosexuales. "Problema homosexual" (que decían los psiquiatras antiguos) yo no veo. Veo un rebaño de cafres repartidos por el mundo, que en España son más y más obtusos, pues aún usan vocablos como "aberración contranatura". Celebrar el día del orgullo gay, celebrar el ser gay, celebrar, sin más, poder ser gay en casa de tus padres o en el trabajo, podrá parecer a la gente educada ostentoso y hasta publicitario. A mí me lo parecería, siempre que usted, querido lector heterosexual, fuese un ser sano. Y usted quizá lo sea, pero, ¿y usted, vecino del cuarto? Millones de personas que aman y fornican naturalmente con los de su sexo sufren silenciosos o salen a la calle a gritos porque muchísimos millones más a su lado tienen sin resolver un síndrome de intolerancia.

Un caso grave de ese síndrome es el de Pilar Urbano, cuyo gusto sexual no conozco (¡ni ganas!). En un debate de Elle sobre la adopción por homosexuales, Urbano Sexto (que así la llamaré, por papista y por el mandamiento que más le turba) escribe: "Dos homosexuales podrán ser un par, por aquello de ser dos, como las alpargatas. Pero nunca serán una pareja", advirtiéndonos contra "el ambiente enrarecido, enfermizo, deformante, vicioso y tarado de un par de maricones o de lesbianas, que fingen ser lo que no son, hacer lo que no hacen y dar lo que no tienen" (qué mal informada Urbano Sexto, ¿verdad?, que ignora lo mucho que dos lesbianas pueden hacer en la cama, lo mucho que los gays tienen -de lo que hay que tener- y lo muchísimo que dan). Esta delincuencia verbal queda impune en nuestro país, bendecida por los obispos, que mañana dirán en las iglesias que un instinto básico como el de los homosexuales es atracción fatal, que debería llevarles a todos a la cárcel como picapiedras.

1994/06/01

PERSONAJES | HOMOFOBIA | CON UN PAR, LAS ALPARGATAS DE PILAR

En Junio de 1994 la revista Elle publicaba un debate sobre la adopción por parte de los homosexuales, en la que la periodista Pilar Urbano decía:

"Dos homosexuales podrán ser un par, por aquello de ser dos, como las alpargatas. Pero nunca serán una pareja ." Advertía, además, contra "el ambiente enrarecido, enfermizo, deformante, vicioso y tarado de un par de maricones o de lesbianas, que fingen ser lo que no son, hacer lo que no hacen y dar lo que no tienen".

Vicente Molina Foix le replicó así en un artículo: “Qué mal informada Urbano Sexto (que así la llamaré, por papista y por el mandamiento que más le turba), ¿verdad?, que ignora lo mucho que dos lesbianas pueden hacer en la cama, lo mucho que los gays tienen -de lo que hay que tener y lo muchísimo que dan. Esta delincuencia verbal queda impune en nuestro país, bendecida por los obispos, que mañana dirán en las iglesias que un instinto básico como el de los homosexuales es atracción fatal, que debería llevarles a todos a la cárcel como picapiedras.”

En noviembre la Coordinadora de Frentes de Liberación Homosexual del Estado Español (COFLHEE) interpuso una demanda judicial contra Pilar Urbano por este artículo, que consideraron “altamente ofensivo y atentatorio contra nuestra libertad y dignidad”. En enero de 1995 la COFLHEE, en una reunión celebrada en Rentería, acordó luchar "con toda firmeza y en los tribunales" contra las actitudes homofóbicas presentes en los medios de comunicación.

EHGAM, recordando estas declaraciones, denomina “alpargata de trapo” (“trapuzko espartina” en euskara) al “premio” a la homofobia que entrega anualmente con ocasión del 28-J.

DOCUMENTACIÓN
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A la caza.
Leopoldo Alas | El Mundo, 1994-06-12
[Recogido por EHGAM-DOK]
http://ehgamdok.blogspot.com/1994/06/iritzia-leopoldo-alas-la-caza.html
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28 de junio.
Vicente Molina Foix | El País, 1994-06-25

https://elpais.com/diario/1994/06/25/ultima/772495201_850215.html
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Los homosexuales reclaman que la homofobia sea considerada delito.
Cristina Angulo | El País, 1995-01-24

https://elpais.com/diario/1995/01/25/sociedad/790988404_850215.html
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Pilar Urbano cargó en 1994 contra los “maricones”, “machihembras”, “marimachos” y “sarasas ricos recomidos de SIDA”.

Escandalosas declaraciones de la biógrafa oficial de la Reina Sofía.
José María Garrido | El Plural, 2008-11-04
[Recogido por EHGAM-DOK]
http://ehgamdok2008.blogspot.com/2008/11/berria-homofobia-pilar-urbano-cargo-en.html

1992/03/06

DOCUMENTACIÓN | TESTIMONIOS | TERENCI MOIX: MI NÉSTOR ALMENDROS

Mi Néstor Almendros.
Terenci Moix | El País, 1992-03-06

https://elpais.com/diario/1992/03/07/opinion/699922807_850215.html 

Hace pocos días lo sabíamos contadísimas personas: Néstor Almendros estaba agonizando en Nueva York. Corre la indiscreción igual que la calumnia: como un ‘venticello’; así, pues, conviene ignorarla, máxime cuando puede tener el trasfondo de una enfermedad que se presta a la malignidad de los puritanos y al escándalo de los desaprensivos.

Era inevitable que la noticia me llegase por voces dignas de crédito: las de Miriam Gómez y Guillermo Cabrera Infante, hermanos de Néstor, más que amigos. Nuestra conversación fue dramática. Empezamos a saber demasiado de muertes injustas, y la de hoy nos sacudía hasta aturdirnos. Me lo decía Guillermo: "Esta muerte se está llevando a los mejores". Curiosamente, había escrito yo algo parecido en la revista ‘Tiempo’. Suele ocurrir que los mejores también son los irreemplazables. Néstor Almendros pertenecía a esa raza. Con él desaparece alguien que ha influido positivamente en muchas personas. Las referencias a mi propia experiencia son aquí inevitables. Hace exactamente 30 años, Néstor Almendros entró en mi vida, y a partir de entonces estuvo siempre presente en mi carrera. Es muy probable que nadie haya ejercido sobre mí una influencia tan decisiva en un momento tan determinante. Tenía yo 20 años. Una ilusión tan fugaz como cualquier otra, si bien se mira.

Tengo en las manos el original del libro de memorias ‘El peso de la paja’, que Néstor leyó en plena redacción. En los márgenes aparecen sus comentarios sobre geografías, películas, sucesos parecidos en dos tiempos muy distintos: su infancia y la mía, dentro y al margen del Ensanche, respectivamente. Están ahí esas acotaciones que la muerte convierte en reliquia inapreciable. ¡Ojalá no lo fueran! Significaría que Néstor estaría dispuesto a criticar mis próximas cuartillas. Siempre lo había hecho, y no sólo desde mi primer libro: ya desde mis primeros artículos, tan lejanos. Empezó dándome consejos sobre cine, donde su sabiduría era inmensa. No tardó en pasar a la literatura. Su opinión literaria era clarividente, finísima, exenta de dogmatismo. Fue el primero que me habló de cierta novela de un joven argentino empleado en unas líneas aéreas. El joven se llamaba Manuel Puig; la novela era ‘La traición de Rita Hayworth’. Algunos integrantes del mundillo cultural –‘of all things!’- se han atribuido después este descubrimiento. Es mentira de ‘marketing’. Nadie jugó con tanto ahínco la carta de Puig como Néstor y Juan Goytisolo, cada uno desde sus dominios. Patrocinó también Néstor carreras cinematográficas, itinerarios críticos, vocaciones eclécticas. No descartaré su afición a convertirse en confidente sentimental. Demostraba un humor capaz de desdramatizarlo todo con un comentario ligero, generalmente de origen ‘camp’. De cómo tal personaje de Joan Crawford reaccionaría ante un extravío del corazón; de cómo habría solucionado tal ruptura una vieja, olvidada diva del cine italiano. Estoy hablando de un tiempo en que nuestra ortodoxia ceñía su repertorio de referencias a los férreos dogmatismos de ensayistas como Guido Aristarco o George Sadoul, a quienes Néstor solía tratar de ‘beatos’. Su desprecio por el cine pedante -lo ‘arty’- nunca le impidió realizar profundos acercamientos a los grandes autores. Precisamente el verano pasado compré en uno de los innumerables quioscos de Atenas una revista ‘yanqui’ que publicaba su artículo sobre Eisenstein, escrito con un rigor ejemplar y, como siempre, con una amplísima libertad de criterio. Paradójicamente, un cineasta tan mimado por la crítica internacional sentía un sorprendente impudor cuando veía publicado alguno de sus textos. Precisaba urgentemente una opinión, buscaba el elogio del lector con mayor ahínco que el Oscar de Hollywood. Y me está contando Gimferrer con cuánta increíble tenacidad enviaba, en plena agonía, las coiones de su último libro.

Tengo aquí fotos que Néstor me había hecho a lo largo de los años, en muchas ocasiones y en lugares distintos, pero muy especialmente las de una época tan lejana como 1965. Se trata de un grupo familiar en una casa donde ya no vivo, con unos padres que ya no tengo, y amigos que, por suerte, conservo: Pere Gimferrer, siempre fiel a Néstor; mi hermana Ana María Moix, y Vicente Molina Foix, a la sazón efebo. Todos eramos principiantes, con actividades que todavía oscilaban entre el cine y la literatura, a excepción de José Luis Guarner, otro de los fieles. La comunicación con Néstor fue instantánea; su entrega, absoluta; la nuestra, incondicional. Con los años, los antiguos amigos de Barcelona nos acostumbramos a sus dos visitas anuales, considerándolas una gran fiesta del afecto. Siempre se colaba algún aprendiz de erudito que esperaría alguna sesuda disertación sobre el cine japonés, a ser posible sin subtítulos. El pedantuelo quedaba literalmente petrificado cuando Néstor pedía ver ‘La verbena de La Paloma’, en cualquiera de sus versiones.

En aquel 1965 llevaba yo tres años siguiéndole por estos mundos. Detestaría incurrir en el autobombo si digo que fui el primer barcelonés a quien conoció recién salido de Cuba. Sólo así se explica que llegase a mostrarme impúdicamente las partes más humanas de su personalidad, en una situación desesperada. Estaba inaugurando un doble exilio: el primero, allá en los años cuarenta, llevó a su familia a la isla, huyendo de la gran noche del franquismo; el segundo, en 1962, le devolvía a la ciudad natal huyendo de la represión en Cuba (evidentemente, yo no creía entonces que represión y castrismo pudiesen ir juntos). El encuentro tuvo lugar en el estudio del fotógrafo cubano Germán Puig, otro de los grandes amigos de juventud. Néstor acababa de bajar del barco, en estado desastroso: sólo le habían permitido sacar su cámara y un par de mudas. No exagero: Germán tuvo que comprarle urgentemente un jersey en unos grandes almacenes.

Aquella noche le llevé a una fiesta singular, a la que también asistía Jaime Gil de Biedma, para quien Néstor tenía algunas cartas de presentación. Seamos sinceros: Jaime trató al ‘gusano’ con extrema dureza. Años después, en su jardín del Ampurdán, me contaba que siempre se arrepintió de aquella reacción, pero Néstor nunca pudo olvidarla. Acaso porque era el mismo trato que recibió de cuantos intelectuales izquierdistas intentó frecuentar en Barcelona. No se ha contado suficientemente que si no se quedó entonces fue debido al desprecio de la progresía local. No digo que no fuese lógico: en aquella época todos nos sentíamos capitanes. Pero también es curioso destacar que algunos se han vuelto hoy anticomunistas furibundos.

Después de aquel ‘party’ tan agresivo, Néstor Almendros lloró mucho, y lloró por partida doble. Eran las fiestas de la Merced, y la ciudad mostrábase particularmente engañosa: un encanto de ciudad, parecía. Caminamos durante horas por todos los rincones que servían a Néstor para recobrar su imagen de adolescente, a través de las pequeñas cosas, los cines conocidos, los antiguos programas dobles. Al dolor de dos exilios se añadía la tragedia de un pasado imposible de recobrar.

Fascinado por el personaje, seducido por su aureola romántica, y adivinando en su desarraigo el mío propio en un futuro, le seguí hasta París. Entre los intelectuales y profesionales ‘highbrow’ de aquella ciudad también estaba de moda ‘la revolución cubana’, de manera que los desprecios fueron los mismos que en Barcelona, hasta que llegó Jeanine Rouch, y muy especialmente Juan Goytisolo, para quien Néstor siempre tuvo palabras de reconocimiento. Pasar de la pobreza absoluta, de ser tratado constantemente de ‘gusano’, hasta afirmar su talento en obras de Rohmer, Rouch o Truffaut, implica un itinerario que pertenece a la historia del gran cine europeo. Pero sigue importando a mi homenaje todo cuanto Néstor aportó a mi propia historia, más pequeña.

Cientos de confidencias escapan ahora a borbotones, y una vez más Néstor Almendros dirige el baile. Lo que aprendimos de él en aquella época tenía un valor incalculable. Una simple postal, enviada desde cualquier rincón del mundo, contenía un mensaje que servía a mis intereses culturales. Era la búsqueda constante, potenciada por alguien que podía acercarme al mismo tiempo a Balzac y a Robbe Grillet, a Dziga Vertov y a Minnelli, a la luz de Vermeer y a las pinturas pop de Liechenstein y Warhol. Era como una cámara que arrancase a la realidad sus secretos más preciosos para restituírnosla, convenientemente enriquecida.

Pere Gimferrer siempre dijo que Néstor era entrañable. Es rigurosamente cierto. Tenía algo del experimentador constante mezclado con la inefable ternura de una ‘tieta’ barcelonesa. No le hubiera disgustado esta comparación. Él mismo se las hacía de parecido signo, como aquel día en que, teniendo al islam literalmente metido en la alcoba, introdujo a Israel en la habitación vecina. Solía decir, con su delicioso humor, que se encontraba igual que Claudette Colbert: "Entre dos banderas".

Nunca me cansaré de agradecer a Néstor Almendros que llegase a mi juventud para dominar mi primer aprendizaje. Me enseñó a leer la gran literatura y a ver el cine -tanto el grande como el ínfimo- con mirada distinta. A pocos como a él podría yo aplicar aquel fragmento sublime de la ‘Commedia’, en que Dante expresa su reconocimiento a Virgilio: "Tu se’ lo mio maestro e ‘l mio autore...". Es uno de mis fragmentos preferidos, pero acaso resulte improcedente hablar de alguien tan moderno desde la compleja geometría de un infierno medieval. Es una pena que no exista ya aquella productora del leoncito, la que presumía de tener más estrellas que el propio cielo. Éste y no otro habría sido el lugar adecuado para una presunta eternidad de Néstor, discutiendo con Paul Hesse o Clarence Sinclair Bull sobre el ángulo más fotogénico de la reverenciada Marlene. Polémica a que no habría lugar si Néstor se hubiese decidido a hacer su autorretrato. Todos sus ángulos fueron irreprochables.

1991/12/28

DOCUMENTACIÓN | TESTIMONIOS | EL ESCRITOR FRANCÉS HERVÉ GUIBERT MUERE DE SIDA EN PARIS A LOS 36 AÑOS

El escritor francés Hervé Guibert muere de sida en París a los 36 años.
Amigo de Foucault, fue uno de los primeros en anunciar públicamente su enfermedad.
Vicente Molina Foix | El País, 1991-12-28
https://elpais.com/diario/1991/12/29/cultura/693961201_850215.html 

El escritor francés, Hervé Guibert, de 36 años, murió el pisado viernes víctima del Sida en el hospital Antoine Beclere de Chamart, en las afueras de París. Autor de obras como ‘Al amigo que no me salvó la vida’ y ‘El tratamiento compasivo’, Guibert fue uno de los primeros personajes famosos que reveló públicamente su enfermedad. Guibert fue uno de los últimos amigos íntimos del filósofo Michel Foucault. El ministro francés de Cultura, Jack Lang, destacó ayer el coraje demostrado por este escritor y periodista al decidir luchar con todas sus fuerzas y talento contra la enfermedad.

La mala noticia de la muerte de Guibert es -si nos excluímos del círculo de su intimidad, para cuyos miembros constituirá igualmente un hecho trágico- una noticia literaria. Desde que en 1988 el escritor tuvo constancia indudable de que había desarrollado la enfermedad fatal del sida, su valeroso ‘ejemplo’ humano se resolvió en términos escritos, en un asombroso, impetuoso y también muy hermoso combate literario contra el aviso de la muerte. Hace sólo seis meses, entrevistado en ‘Le Nouvel Observateur’, tras la salida en Francia de ‘La mort propagande’, donde recuperaba textos de juventud junto a la reedición de su primer libro, y ya en prensa la que constituye hoy su última obra en vida, ‘Mon valet et moi’, Guibert confesaba seguir trabajando a ritmo infatigable, con intenciones de secreta conjuración frente: al silencio terminal que él mismo aclaraba en voz alta al periodista: "Quiero quitarme de encima el sida, querría arrancarlo. Desgraciadamente eso no es posible".

Lo único posible ahora es leer a Guibert literariamente, sin compasión ni morbo, admirando en su frenética trayectoria de los últimos cuatro años (ya antes, a pesar de su juventud, había publicado una docena de títulos), una apuesta de trascendencia artística a partir del vidrioso motivo de una condena mortal relatada por el propio condenado.

Hervé Guibert no se pudo arrancar la condena de la enfermedad, pero salió triunfante de ese reto, no sólo en los dos libros mayores que describen sin veladuras el progreso de su propio mal (‘Al amigo que no me salvó la vida’ y ‘El tratamiento compasivo’, de próxima publicación por Tusquets Editores en España), sino por una original vía interpuesta, en su última novela, aparecida en septiembre, ‘Mon valet et moi’.

Se trata en este caso de un divertimento lleno de escenas de ‘marivaudage’ erótico, con frecuencia picantes, en el que la relación entre un viejo autor teatral y su nuevo y lanzado sirviente da pie a un interesante ejercicio de trasposiciones ‘voyeurísticas’, de gran eficacia narrativa, en las que no es difícil advertir la identificación del escritor en forzosa limitación sexual con las imaginativas ‘contemplaciones’ de su anciano y ya inactivo protagonista.

Deja Guibert también un caudal impreciso de actividades plásticas, en pintura y fotografía. Y si bien como fotógrafo ya era conocido antes de su enfermedad, parece ser que la pintura ha sido una pasión última, otro sustituto del erotismo según él, que también le llevó a iniciar una nueva novela sobre el medio artístico, que ignoro si ha podido terminar. No es extraño, en cualquier caso, el despertar de esta pasión, ya que Guibert siempre sintió afinidad por la obra de algunos pintores, siendo en particular uno de ellos Bacon, una confesada fuente de inspiración literaria. Hace poco, yendo en autobús a una de sus regulares pruebas médicas, un muchacho que le reconoció por las fotos y que según Guibert estaba "un poco tarumba", le acarició la mano y le dijo: "Usted es historia. Historia de los hombres, historia de la literatura". Y si siempre habrá que reconocerle al enfermo Hervé Guibert la valiente decisión de conjurar públicamente esta enfermedad, la memoria de su palabra escrita, lo único que sobrevive al cuerpo del escritor, puede descansar en paz: sus libros vencerán al olvido.

MIKEL/A, AQUÍ ESTAMOS Y NO NOS OCULTAMOS

Mikel/a enseña cacho en la 2ª Gayakanpada de EHGAM, 27-29 agosto 1993, Muxika // STARS COFLHEE es un trabajo realizado por Julen Zabala Alon...