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2021/03/24

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | ¡LEVANTEN NALGAS! MEMORIA DE LA INSUMISIÓN MARICA

Ilustración de Señora Milton //
¡Levanten nalgas! Memoria de la insumisión marica.

El servicio militar obligatorio fue una escuela de machismo y homofobia. Algunos gais se acogieron a la exención por homosexualidad, otros se hicieron objetores de conciencia legales y otros insumisos. Los colectivos cuir defendieron la desobediencia.
June Fernández | Pikara, 2021-03-24
https://www.pikaramagazine.com/2021/03/levanten-nalgas-memoria-de-la-insumision-marica/

En la Radical Gai había maricas que también eran objetores y querían ser insumisos. Ahí creamos la ‘insumisión gai’, que planteaba: «Al ejército no vamos no porque no creamos en las guerras, sino porque qué vamos a hacer allí con tantos hombres si no nos los podemos follar» (risas). Editamos un dossier muy bonito titulado ‘Levanten nalgas’. La objeción suponía radicalizarse porque la cárcel estaba de por medio”. 
 
Esta cita del activista cuir Sejo Carrascosa en una entrevista para Pikara Magazine es la chispa que enciende este reportaje. La siguiente pista nos lleva a Iruñea, la ciudad que acogió en 1995 un encuentro sobre insumisión marica organizado por EHGAM, el movimiento de liberación gay de Euskal Herria.

“Si tengo que ir, me suicido”
Joan, alias Juanita Márkez, tenía 17 años cuando recibió la temida carta del Ayuntamiento de Cornellà: tenía que presentarse el 24 de octubre de 1988 ante el negociado de quintas para formalizar su inscripción en el servicio militar. Como superviviente de acoso homófobo en el instituto, imaginaba la crueldad que le esperaba en el cuartel. Lo tenía muy claro: “Si tengo que hacer la mili, me suicido”. Acudió al movimiento antimilitarista Mili KK pero no encontró el apoyo que esperaba. Decidió alegar homosexualidad primaria, una exención que contemplaba el Ejército porque la consideraba una discapacidad incompatible con la disciplina militar. La Organización Mundial de la Salud sacó la homosexualidad de la clasificación de enfermedades mentales en 1993 [i.e. 1990], el año en el que Juanita respiró tranquila.

Primero fue al médico de cabecera a pedir el certificado que exigía el negociado de quintas. Este le mandó al urólogo, quien le miró como las vacas al tren y le derivó al psiquiatra, quien le dijo que no sabía cómo acreditar algo así. Al final, la psicopedagoga del instituto le puso en contacto con una amiga psiquiatra de la sanidad privada que le hizo el certificado en dos minutos. Reconoce la incomodad de aceptar ese diagnóstico pero lo compara a que, aún hoy, las personas transexuales tengan que ser diagnosticadas de disforia de género para modificar su nombre en el registro civil.

La respuesta fue un jarro de agua fría: “Examinado el expediente del mozo, esta junta de clasificación y revisión decide declararle útil para el servicio militar”. Juanita Márkez recurrió y, mientras tanto, se declaró objetor de conciencia. Su vía crucis incluyó viajar cada dos años a un hospital militar de Madrid. “El psiquiatra tenía que certificar que yo seguía igual de maricón. Me pedía que me dibujase. Me esforcé por dibujarme muy triste, marginal, callejera”. Para entonces, ya se había hecho okupa, punki y orgullosa marika; iba a las revisiones luciendo su cresta roja y su pluma. Estaba terminando la carrera de Psicología y esa formación le dio aplomo para enfrentarse al poder psiquiátrico.

El tiempo incrementaba la angustia pero también jugaba a su favor: el Movimiento de Objeción de Conciencia (MOC) registró cien mil objetores y 2.000 insumisos, que desafiaban al sistema con acciones de calle y huelgas de hambre en las prisiones. En 1993, año en el que los parlamentos vasco y catalán aprobaron sendas mociones a favor de despenalizar la insumisión, Juanita se plantó frente a la psiquiatra que tenía que valorar su exclusión de la mili y de la prestación social obligatoria (PSS) y le dijo sin rodeos: “Estoy loca de remate y soy maricón perdido. O me das la incapacidad permanente o me hago insumiso”. Y funcionó.

Elegir la bofetada
El Gobierno de Felipe González aprobó en 1984 la Ley de Objeción de Conciencia. Imponía como única alternativa un servicio civil de duración mayor a la mili, que consistía en trabajar gratis para entidades sociales o gubernamentales. Por si eso fuera poco castigo, estableció penas de dos años, cuatro meses y un día a quienes se negasen a hacer la PSS. Para cuando le concedieron la exclusión temporal del servicio militar por homosexualidad primaria, ya le habían llamado a hacer la PSS. Se negaba a hacer la mili por miedo —“no quería tener a los militares encima riéndose de mí por maricón, eso ya lo viví en el instituto”— y se negaba a hacer la PSS por dignidad política: “Prefería ir a la cárcel. Había iniciado la guerra y esa era la última batalla”.

El movimiento de insumisión —nutrido por hombres y mujeres antimilitaristas, anarquistas, comunistas, independentistas y feministas— se activó como tal en 1988, año en el que se aprobó el reglamento del PSS y se celebraron las Segundas Jornadas Antimilitaristas Estatales en Zaragoza.

Carlos Herrero Canencia
estuvo ahí. Era un estudiante de Filología en la Universidad Complutense, integrante de su Asamblea Antimilitarista. En marzo de 1990, con 21 años, se presentó como insumiso, esgrimió que era gay y que se negaba a participar en una institución homófoba. “Jamás me planteé alegar homosexualidad para librarme; tampoco intenté librarme por pies planos. No quería librarme, quería oponerme”, cuenta. En su entorno, la mayoría de gais optaron por hacer la PSS. “La ilegalidad daba miedo”, reconoce.

La jueza rebajó su condena a un año porque no tenía antecedentes penales, pero se negó a firmar la condicional y entró en la cárcel en 1996. Cumplió un mes y medio en régimen cerrado y después pasó al tercer grado. Le entrevistaron en el diario El Mundo con el titular ‘La mili no es de color de rosa’. “La mili es una cadena de humillaciones, y el último eslabón, que es el soldado, humilla al que considera todavía más débil que él, al marica que tiene al lado”, respondió al periodista.

En ese movimiento antimilitarista de los años 80 había muchos gais, pero la mayoría estaban en el armario. “Entonces, con 20 años, era muy complicado decir que eras insumiso y además gay, muchos eligieron por dónde querían que les llegasen las bofetadas”, valora. La corriente en la que él militaba estaba ligada al Movimiento Comunista, en el que participaban feministas lesbianas como Empar Pineda y Cristina Garaizabal. Por ello, el feminismo y la crítica a la homofobia estaban presentes en el discurso de su colectivo.

Juanjo Compairé,
integrante de la asociación Homes Igualitaris, recogió en un artículo académico en 2011 testimonios de insumisos y objetores de conciencia. Algunos de ellos señalan que la convivencia con homosexuales dentro de estos movimientos les sirvió para revisar su homofobia. “Aprendí mucho del movimiento gay. Eran unos tíos muy divertidos. Me provocaban mucho, me obligaban a reaccionar”, dice un entrevistado. Otro señala que en la cárcel había muchos presos homosexuales y que eran “personas reconocidas, no se escondían y cumplían una función: eran los que hacían las labores femeninas”.

Carlos Herrero no se arriesgó a comprobarlo. “En la cárcel estuve en el armario. Tampoco me hacía el machito, ¿eh? Cuando me entrevistaron en la radio, crucé los dedos para que ningún preso me escuchase”. Cuenta que los insumisos gozaban de un gran respeto: “A los presos les flipaba que hubiéramos elegido cárcel. Además, no éramos lumpen, teníamos estudios. Un preso me dijo: ‘¡Tú no tienes cara de cárcel!’”.

Paradójicamente, el espacio en el que Herrero se sintió peor fue el Colectivo Gay de Madrid (COGAM), que le dio la espalda: “Decidieron acoger a objetores, eso suponía asfixiarnos”.

El asco es mutuo
El día de su juicio, Xabi Sánchez Goronaeta se puso unos pendientes vistosos y la camiseta que había diseñado su colectivo, EHGAM Nafarroa, con el lema “Borrokarako gai” (juego de palabras entre “gay para luchar” y “capaz de luchar”) y una figura que amenaza con un tirachinas dentro de un triángulo rosa. Fue insumiso total, estrategia que consistía en ignorar las citaciones judiciales. Estuvo en orden de búsqueda y captura hasta que lo detuvieron. En la sala dijo: “Las maricas no aceptamos que el Ejército diga de nosotras que somos enfermas, y es por eso que nos negamos a aceptar la salida que se nos ofrece. Nosotras somos quienes repudiamos esa institución”. “Así como en otros lugares fue la crisis del sida lo que politizó a los gais, en Euskal Herria fue la insumisión la que nos llevó a interiorizar el discurso queer y a crear un sujeto marica empoderado”.

También en 1996, pasó unas tres semanas en la cárcel y nueve meses más en tercer grado, pero se sintió arropado por el resto de insumisos. Hacía un año que EHGAM había acogido en el gaztetxe de Iruñea el encuentro estatal sobre insumisión gay de la Coordinadora de Frentes de Liberación de Homosexuales del Estado Español (COFLHEE), con la participación de la Radical Gai, el Front d’Alliberament Gai de Catalunya (FAGC) y Gays Llures [Gais Lluires] Valencia.

EHGAM explica en un dossier en el que incluyeron también el ‘Levanten nalgas’, escrito por José Decadi, que el poco contenido sobre machismo y homofobia dentro del movimiento antimilitarista les llevó a “tres marikas en avanzada situación de desobediencia” a juntarse en una okupa para desarrollar un discurso propio. Señalaban que la mili era “una incubadora del heteropatriarcado” y “un bastión de hombría” construido sobre las vejaciones hacia las maricas y las mujeres. “¿Que pintábamos en una organización que nos odiaba, aborrecía y perseguía? (...) ¿Qué pintábamos en un lugar que, a decir verdad, también nos daba asco a nosotrxs?”. Señalaban que la legislación militar criminalizaba las relaciones sexuales calificándolas de “atentando contra la dignidad militar” y que el miedo llevaba a los soldados gais a la desesperación e incluso al suicidio. Argumentaban que los militares eran asesinos de maricas y que no se les había perdido nada en la mili, ya que era un rito de paso del varón heterosexual.

La insumisión marica interpeló al movimiento antimilitarista, al que reprochaba “un rechazo un tanto disimulado pero evidente”, a abordar las subjetividades ‘queer’ y a romper con el orden heterosexual. No se definían como insumisos gais sino como maricas y, por tanto, insumisos.

También denunciaron que la Coordinadora Gay-Lesbiana del Estado español estaba pidiendo objetores para realizar el PSS y rebatían su discurso reformista de que las personas homosexuales tenían que ser aceptadas también en el Ejército. Desde la Radical Gai contestaron que no se trataba de que el Ejército tolerase la homosexualidad sino de luchar contra “un aparato represivo, reproductor del machismo y el heterosexismo”.

“Fuimos visibles pero no todas fuimos al talego; algunas eran mayores, otras evitaron entrar en la cárcel. Fue relativamente corto, porque en 2001 se terminó la mili”, cuenta Xabi Sánchez. Aunque un cínico José María Aznar se apuntó el tanto, el mérito fue de los y las insumisas, incluidas esas maricas doblemente desobedientes.
  • Historias de disidentes de género
  • “Yo no quería ir a la mili por nada del mundo”, cuenta Jose, un vitoriano que fue transformista de joven. Conocía a un chico que se había intentado suicidar en el cuartel, tirándose por la ventana: “Eso me causó un trauma”. Se plantó frente al negociado de quintas con peluca, vestido y zapatos de tacón. Varios amigos también intentaron esa estrategia, pero solo se libró él, porque una amiga le ayudó a conseguir que un psiquiatra le emitiera un certificado de travestismo.
  • SC Natzab, activista transfeminista, antimilitarista, ecologista y antirracista, participa desde la isla de Lesbos en el documental ‘2 urte, 4 hilabete eta egun bat’, sobre los presos por insumisión en Nafarroa. “La cárcel es, junto con el Ejército, la estructura heteropatriarcal más represiva y que menos respeta al ser humano”, afirma ante la cámara. De joven escuchaba que los soldados buscaban en quien desfogarse sexualmente. “Nunca les llamaban violaciones, pero me daba mucho miedo. Me metí en el movimiento de insumisión para salvarme”. Fue a la cárcel y, un día, su compañero de celda le puso una navaja al cuello. Ese episodio traumático cambió su vida: “Como mujer transexual, no estaba llevando la vida que me correspondía. Si la vida era tan fácil perderla, iba a vivirla según mis dictados”. En cuanto salió de prisión, inició su transición de género.

2020/02/26

DOCUMENTACIÓN | TESTIMONIOS | SEJO CARRASCOSA: "NO ESTAMOS CUESTIONANDO LA BICHA: LA HETEROSEXUALIDAD OBLIGATORIA"

Pikara / Sejo Carrascosa //

Sejo Carrascosa: «No estamos cuestionando la bicha: la heterosexualidad obligatoria»

Sejo Carrascosa alerta sobre que, si las identidades subversivas desaparecen, políticamente estamos perdidas porque el sistema enseguida nos cooptará». En una época de explosión de las identidades, el histórico activista marica insta a «buscar estrategias conjuntas frente a un enemigo común».
Itziar Abad | Pikara, 2020-02-26
https://www.pikaramagazine.com/2020/02/no-estamos-cuestionando-la-bicha-la-heterosexualidad-obligatoria/

Sejo Carrascosa comenzó su militancia en grupos libertarios y antiautoritarios, a los que siguió la CNT. Su primera movilización fue en el instituto, contra la segregación por sexos que imponía la dictadura: «Había dos edificios: uno, para chicas y otro, para chicos. Llegó un momento en el que les dio por separarnos también en el patio. Primero fue por horas. Los chicos entrábamos a las 9:00 y las chicas a las 9:30 o viceversa. Luego pusieron un alambre, que arrancamos, y más tarde, una pared de ladrillo, cual muro de Berlín, que tiramos a patadas. Éramos de barrio, más brutos que un arado...». El activismo marica lo inició en el FLHOC (Frente de Liberación Homosexual de Castilla) hace tantos años que, por aquel entonces, Madrid, su lugar de origen, aún pertenecía a Castilla la Nueva. Actualmente, Sejo Carrascosa forma parte del colectivo gasteiztarra Lumagorri ZAT (Zisheterosexismoaren Aurkako Taldea).

¿Qué reivindicaban estos frentes de liberación?
Además del tiempo para el bocadillo, pedíamos tiempo para poder ligar o clases para aprender a darse por el culo. Queríamos potenciar las relaciones sexuales en las fábricas, porque planteábamos la homosexualidad como un espacio de liberación del capitalismo. Frente a la producción capitalista, sistema totalmente opresivo, las consignas eran gozar de nuestros cuerpos y abolir el trabajo asalariado: ‘Estamos aquí para gozar, no para currar como cerdas’. También reivindicábamos las relaciones intergeneracionales, porque considerábamos que la edad era una imposición más del sistema capitalista. A los 14 no se podía follar ni elegir con quién follabas, pero sí se podía currar. De hecho, había mucha gente trabajando a partir de esa edad para poder irse de casa de los padres. Aborrecíamos la familia tradicional que, además, era uno de los puntales de la dictadura. Los frentes de liberación formaban parte de la contracultura; no había cosa que no cuestionáramos.

¿Quiénes los componían?
En aquella época, las identidades no eran tan cerradas como ahora porque la lucha era una cuestión de liberación sexual. De forma totalmente estratégica, no reinvindicábamos las identidades homo/hetero. Así, nadie tenía que identificarse de ninguna manera. Los frentes de liberación estaban en todo el Estado y se politizaron cuando llegaron las feministas lesbianas, de la mano del marxismo y del anticapitalismo.

¿Y después del FLHOC?
Cuando te empiezas a drogar no te queda tiempo para...
 
...hacer frente al capitalismo.
¡Bastante tienes con evadirte de él! (risas)

Vuelves en el año 92, como promotor del grupo Radical Gai.
Era un domingo de rastro en Madrid. Había habido un encuentro de la Coordinadora de los Frentes de Liberación Homosexual del Estado Español, que aún se mantenía como estructura. La Radi la montamos la gente más izquierdista de COGAM [el colectivo LGTB+ de Madrid], que salió de ahí porque el colectivo ya había hecho una apuesta bastante asistencialista, y yo, que era de los pocos que no venía de esa escisión. En aquella época se empezó a abrir la caja del asistencialismo: servicios, orientación, asistencia, etc., lo que exigía rebajar tus principios y, en consecuencia, una despolitización. Anduvimos un par de días buscando un nombre para el nuevo grupo. ‘La Josefin’ planteó que nos llamáramos Confecciones La Rata, por nada en particular... (risas). La Radical Gai era un espacio de supervivencia o de sociabilidad. Ya habían surgido los movimientos okupas, que suponían la autonomía de las instituciones y una crítica a la sociedad, al consumo, a la vivienda, a la convivencia… Estaba Minuesa, que era un centro okupado grande, con una imprenta enorme, donde se hacían fiestas. Nos reuníamos en la fundación anarquista Aurora Intermitente, donde tenía también su sede una agencia de noticias alternativa llamada UPA. Nos impregnábamos de todo aquello.

¿Por qué la Radical Gai resultó tan transgresora?
Modestia aparte, éramos bastante geniales tocando las pelotas. Lo primero que hicimos fue llenar Madrid de pintadas: «Maricas para ligar, maricas para luchar», porque ya existían los bares de ambiente y se había derogado la ley de peligrosidad social. Por entonces estaba al pilpil el movimiento okupa y el de objeción de conciencia, en donde algunas mujeres empezaban a cuestionar la estructura y a denunciar el machismo interno. En la Radical Gai había maricas que también eran objetores y querían ser insumisos. Ahí creamos la ‘insumisión gai’, que planteaba: «Al ejército no vamos no porque no creamos en las guerras, sino porque qué vamos a hacer allí con tantos hombres si no nos los podemos follar» (risas). Editamos un dossier muy bonito titulado ‘Levanten nalgas’. La objeción suponía radicalizarse porque la cárcel estaba de por medio. Había carnalidad en la represión. Que te metieran en la cárcel era chungo.

Practicábais la interseccionalidad avant la lettre.
Mariconizábamos todo lo que tocábamos. Interveníamos en movimientos ‘generales’ porque todos trataban el rollo marica como ‘lo vuestro’. Hacíamos muchas acciones para cuestionar la heterosexualidad, lo cual nos costó muchas amistades... «¿Qué pretendéis, que nos hagamos todos maricas?», nos preguntaban. Y nosotras: «Todos, no, pero ese de ahí...». (risas). Un día pillamos una reglamentación de Renfe que advertía a sus servicios de seguridad que tuvieran cuidado con mendigos, insumisos y homosexuales. Nos fuimos a Chamartín a montar tal show que terminamos detenidas 50 personas. Pasara lo que pasara dábamos el cante. ¿Que el grupo Cuba Dura, al que llamábamos Cuba Erecta, convocaba una mani? Pues ahí íbamos nosotras, con el panfleto «Nos da por Cuba», para denunciar el tratamiento que se daba en ese país a los gaises. ¿Que era jornada de huelga? Pues llenábamos Chueca de pintadas: «La patronal es heterosexual». Y salía el dueño de un bar: «Yo no soy heterosexual». Y nosostras: «Ya, pero eres un explotador que no pagas a los camareros». Todo lo que hacíamos suponían broncas grandes y debates perpetuos. La radicalidad nos venía del hecho de plantear respuestas concretas a cosas que pasaban. Estábamos muy politizadas, teníamos ganas y no dependíamos ya de consensos con gente asistencialista de COGAM. Todo esto sucedía en torno a Lavapiés, donde vivíamos la mayoría de activistas y donde aún no había gentrificación.

¿Y con la eclosión del VIH?
Vino la gran bronca en el activismo. Para tratar de evitar que la sociedad hiciera la ecuación ‘gaises sida’, el VIH se convirtió en un tema tabú. Sin embargo, la Radical Gai supo darle un carácter social muy grande. ¡¿Cómo no íbamos a tocar el tema?! Mis amigas lesbianas tuvieron un papel protagonista en la lucha contra el VIH que, gracias a ellas, se politizó mucho más. La cosa estaba jodida: enfermedades, hospitales, muertes... Veíamos lo rápido que moría la gente, en un periodo de entre tres y seis meses. La prueba no estaba ni mucho menos generalizada y faltaban medicamentos así que, cuando la gente entraba al hospital con algún tipo de enfermedad, muchas veces tenía ya deterioradísmo su sistema inmune. El sida se cebó en los sectores más vulnerables de la sociedad: los yonquis, los presos, las mujeres, las trabajadoras sexuales. Veníamos de épocas de heroína. Eso sirvió para que mucha gente ajena a los gaises se concienciara e involucrara en la lucha contra la infección. Vía carta y fax nos relacionábamos con los grupos Act Up! de la época: de Estados Unidos, Francia, Inglaterra y Holanda. Conocíamos sus formas de acción y queríamos que las nuestras, ante tanto sufrimiento, también fueran más allá, aunque nos detuvieran.

Si tu pluma les molesta, ¡clávasela!

Ese eslogan se nos ocurrió en la fotocopiadora, haciendo unas pegatinas antifascistas para un 20N. Reivindicábamos mucho la pluma, por ser la feminidad una de las mayores potencialidades subversivas del movimiento marica. La gran maestra Empar Pineda decía que los chicos les debían mucho a todas las maricas, que si ahora pueden llevar pendiente y demás cosas estéticas es gracias a ellas. Estaba también el movimiento de gaises, de corte más posibilista y asistencialista. Hoy en día, en el Estado español, en círculos okupas, antiespecistas y veganos hay muchos grupos maricas que reivindican la pluma. Y yo lo celebro.

En el 95 abandonaste Madrid y te instalaste en Gasteiz. Es el sexilio a la inversa...
¡Ojo con Gasteiz que aquí se mandó a hacer puñetas a la Virgen Blanca! Dos cuerdas y ¡pumba! Ahí la tienes ahora, metida en una hornacina. También eran famosas las procesiones ateas en Semana Santa. Cuando llegué, Gasteiz era un punto muy importante del movimiento autónomo y alternativo, pero todavía había mucha gente en el armario. Eso me supuso cierto choque porque yo ya venía de una visibilidad absoluta. Por ejemplo, todavía pesaba que te vieran en la prensa y los grupos que existían eran aún espacios de sociabilidad a los que se iba para conocer gente. Al no ser esto una gran ciudad, faltaban referentes. En Madrid estaba Chueca.

¿Te parece estratégico que el movimiento LGTB incida en la agenda institucional?
El movimiento LGTB no tiene una buena agenda, una que reivindique acabar con los privilegios de la heterosexualidad y romper la base social, totalmente heterocentrada y, por ende, asimétrica, machista y misógina. La heterosexualidad es una identidad tóxica y nociva, pero es muy difícil entrar a cuestionar eso. El matrimonio es una de las grandes herramientas de la heterosexualidad, un contrato para tener a la mujer ahí atada con la prole. Fíjate si papá y mamá tienen privilegios que hasta la Constitución les reconoce la libertad para educar a sus hijos, dando por descontada su capacidad para hacerlo. ¡¿Dónde se ha visto esto, por Dios?! La educación es la única forma que tiene la sociedad de salvar a esas criaturas de las creencias de sus padres. ¡Y encima les dejamos que las lleven a la escuela concertada! Las criaturas están siendo utilizadas como una especie de gran foco de censura y de políticas totalmente antisexuales y antidiversidad: «Los niños no pueden verlo».

Ni el nudismo en la playa.

Ni exposiones en un museo. ¿Cómo no van a poder ver cuerpos desnudos o gente follando, pero sí matándose entre ella? Hay ciertos temas que hemos convertido en tabú. Entonces, volviendo a que el movimiento incida en la agenda institucional, no me interesa que la incidencia consista en una gestión de la diversidad, porque va a ser liberal y sectorial. Quiero incidir con enfoques y puntos de partida que envuelvan a toda la sociedad y que tengan en cuenta los posos de exclusión que ha habido históricamente: por qué las mujeres no están en el ágora o por qué los maricones no hemos cumplido la función del hombre, tocando así el núcleo duro del sistema. La producción no es lo único que lo sostiene.

¿De qué más cosas se vale?

En estos momentos, el sistema capitalista ya no quiere a los cuerpos por productivos, sino por deseables, por exitosos en términos sociales, porque de producir se encargarán los robots y las fábricas en los países empobrecidos. ¿Y aquí a qué nos vamos a dedicar? A tener cuerpos con éxito. De ahí la gordofobia y la construcción de cuerpos no deseables, los que están fuera de los cánones estéticos, los negados, los expulsados más allá de los márgenes porque son incapaces de tener el éxito social. La productividad y el éxito son una imposición del sistema de tener que ser algo. ¿Por qué no limitarnos a vivir, que puede ser bastante enriquecedor?

Decías antes que «el matrimonio es una de las grandes herramientas de la heterosexualidad». ¿Cómo casa esto con el matrimonio igualitario?
El matrimonio igualitario consiguió que las personas no heterosexuales fueran tan vulgares y ordinarias como el resto (risas). A nivel político, supuso legitimar estructuras que van en contra de los derechos individuales. No obstante, representó un gran logro, ante un derecho conculcado, que mitigaba en cierta medida una situación lacerante como era la pandemia del VIH/sida. Ocurría que, cuando moría alguien, su familia homófoba se quedaba con todo el patrimonio y dejaba sin ninguna propiedad a su pareja, en contra de la voluntad de la propia persona fallecida, por falta de una relación contractual de por medio. Pasaba también que, si el enfermo estaba hospitalizado en un centro privado, la familia prohibía la visita de la pareja.

Vale, el movimiento LGTBI no tiene una «buena agenda» para la incidencia. ¿Qué hay de las instituciones? ¿Están a la altura?
La mercantilización y el consumo que han creado en torno a la identidad gay representa una forma de cooptación brutal. Ahora para ellas no somos más que un target económico con el que pueden lucrarse. El pride es el ejemplo más evidente de eso y también de pinkwashing: lo montan para generar unas pelas y, de paso, tienen coartada para poner a sus municipios la medallita de los derechos humanos. Estamos inmersas en un espectáculo continuo, en el que tanto dinero aportas tanto vales. Asistimos a que en las instituciones hay gente sin ninguna conciencia. Hay gaises en Ciudadanos, en Vox, en el PP... que consideran que la orientación sexual y la identidad de género pertenecen al ámbito de la intimidad. ¿Dónde queda la potencialidad subversiva?

¿Hemos perdido el norte con las identidades?
Me parece una ida de olla. Hay una cosa muy importante: la identidad es un efecto, no una causa. No debemos caer en políticas identitarias. Son el equivalente a políticas neoliberales y nos encorsetan, porque parten de un enfoque en absoluto interseccional. Podemos ser hiperidentitarias, pero el no saber jugar con las identidades nos ha llevado a rebajar la carga reivindicativa. No estamos cuestionando la bicha: la heterosexualidad obligatoria, de Adrienne Rich; o la heterosexualidad como construcción política, de Monique Wittig. Ya está bien de seguir promocionando la heterosexualidad, de hablar de diversidad por todas partes en lugar de disidencia. Si las identidades subversivas desaparecen, políticamente estamos perdidas porque el sistema enseguida nos cooptará y, a cambio, nos dará unas miguitas. «Aquí están los gaises; aquí, los judíos; aquí, los gitanos...». Debemos buscar estrategias conjuntas frente a un enemigo común, igual que hicimos en la época del sida. Entonces no caímos en el identitarismo de «hablo yo que soy el enfermo y tú te callas», sino que teníamos el convencimiento de que la lucha era de todo el mundo: «Si te mueres tú, que eres mi amigo, ¿cómo no me va a afectar?».

Y con el repunte del fascismo...
La gente no se hace una idea de lo que es eso... En el año 80, después de una mani en Argüelles, zona facha, al hijo de un ministro y a su novio les metieron un palizón que los mandaron al hospital. Hoy en día, el fascismo en Madrid vuelve a estar crecido y a gozar de mucha impunidad. Su repunte nos va a obligar a evitar de nuevo los espacios geográficos en donde se localizan los mecanismos del desprecio. Vamos a asistir otra vez a la zonificación de las ciudades, a tener que elegir una zona u otra según la seguridad que ofrezca. Es una vuelta al armario. Cerca de donde tenga la sede Vox, por ejemplo, nos andaremos con cuidado con los símbolos que llevamos, como esta chapa y esta banderita del orgullo en mi bolso.

En 'El libro del buen Vmor'. Sexualidades raras y políticas extrañas, coordinado por Fefa Vila y Javier Sáez, escribes: «Hablar del sida es encarnar la vergüenza de sentirse superviviente». Suena durísimo...
Haber sido parte de una generación que se pierde y, sin embargo, seguir vivo me sitúa en un espacio privilegiado e incómodo. ¿Por qué yo no y otra gente sí? No sé si me toca ser el testimonio, el recuerdo o, simplemente, vivir con un déficit o un vacío. Luego hay algo muy ligado al holocausto: el imperativo moral de convertirse en memoria, una forma de dejar de ser tú misma.

Una última pregunta: ¿por qué dices gaises?

Para mí esa es una forma de alejamiento y de cuestionamiento de las identidades más despolitizadas, de las que están dentro de la moda y de las políticas de consumo, de las que no buscar subvertir, sino integrarse.

2017/06/22

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | EL ACTIVISMO OLVIDADO

Fotografía de Andrés Senra / 'El ministerio tiene las manos manchadas de sangre', 1994-12-01 //

El activismo olvidado que ocupó sin armarios la calle cuando estaba prohibido.

Desde la primera manifestación LGTBI en 1977, la memoria del movimiento ha estado marcada por dos líneas de activismo: los colectivos más institucionalizados y los grupos. La Radical Gai y LSD combatieron a principios de los 90 la pasividad del Gobierno ante la crisis del sida con sus propias campañas de prevención. El sociólogo Javier Sáez ha ideado un metro de Madrid en el que las estaciones son activistas LGTBI para rescatar su memoria: “No nos van a volver a meter en el armario”.
Marta Borraz | El Diario, 2017-06-22
https://www.eldiario.es/sociedad/memoria-olvidada-activismo-lgtbi-movimiento_1_3333918.html 

Cuando el 26 de junio de 1977 un grupo de lesbianas, travestis, trans y gays se echaron a la calle y ocuparon La Rambla de Barcelona, todavía eran consideradas por ley un peligro social. Al calor de los disturbios que unos años antes habían prendido la mecha del Orgullo en el bar neoyorquino de Stonewall Inn, el movimiento comenzaba a organizarse políticamente en España e intentaba dejar atrás los duros tiempos de feroz represión contra la diversidad sexual y de género en el régimen franquista.

Solo el Movimiento Español de Liberación Homosexual, formado por un pequeño grupo, entre ellos Armand de Fluviá, había logrado ponerse en marcha en la clandestinidad llegando incluso a editar una revista que lograba pasar a Francia para ser enviada de nuevo desde allí. Pero la efervescencia política tomó los últimos años de la década de los 70, que se inundó de colectivos agrupados en una Coordinadora de Frentes de Liberación Homosexual y el feminismo lesbiano empezó a irrumpir con fuerza en escena.

Fueron muchas las personas que "se visibilizaron políticamente en un territorio muy hostil. Ya en los 60 había pequeños grupos de travestis que arriesgaban mucho", explica el activista y sociólogo Javier Sáez del Álamo, que en 1982 huyó de la homofobia de su Burgos natal para asentarse en Madrid. "No es tanto un relato de nombres propios, sino una genealogía de experiencias y grupos con mucha necesidad de organizarse", prosigue.

La ley franquista de Peligrosidad y Rehabilitación Social, que perseguía a los homosexuales y que no fue derogada por completo hasta bien entrada la democracia, fue uno de sus principales blancos. La primera manifestación del Orgullo en Madrid estaba encabezada por una pancarta que pedía su retirada. "Fue en 1978 y había bastante gente, vinieron sindicatos y partidos políticos, porque aquella fue una época de mucha movilización. Luego fue una especie de travesía del desierto hasta el renacimiento del activismo con la pandemia del sida", explica Sejo Carrascosa, autor junto a Sáez del libro ‘Por el culo. Políticas Anales’.

La pasividad del Gobierno ante el sida
Además de la movida y una atmósfera de liberación sin precedentes, los años 80 trajeron consigo la crisis del sida y la pasividad de un Gobierno que silenciaba el problema y favorecía un discurso homófobo muy presente. "Todos teníamos amigos con VIH, así que comenzaron a crearse redes de afecto porque la falta de reacción institucional condenaba a la gente a la muerte simbólica y física", explica Fefa Vila, directora de 'El Porvenir de la Revuelta', un proyecto que conjuga arte y política para rescatar la memoria del movimiento y que puede visitarse en Madrid.

Ya existía el colectivo COGAM en un intento por agrupar a las principales organizaciones gays bajo una misma voz. Allí comenzó su activismo Boti García Rodrigo, expresidenta de la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Bisexuales y Transexuales (FELGTB), que ha organizado la exposición 'Subversivas' sobre la historia del movimiento. "Abrí la puerta de la mítica librería LGTBI Berkana con muchísima vergüenza para decirle a Mili, la librera, que era lesbiana y que a dónde podía ir. Ella me dio las señas de COGAM", recuerda.

Pronto comenzaron a convivir dos estrategias para enfrentar la crisis del sida que derivaron en dos líneas de activismo: una más propensa a colaborar con las instituciones y otra radical que apostaba por la autogestión. En ese escenario irrumpieron dos colectivos que revolucionaron la escena activista madrileña a través de la acción directa y la provocación inspirados por el estadounidense Act Up: La Radical Gai y LSD.

Irrumpe el activismo ‘queer’
"No nos sentíamos cómodos en los grupos más asistencialistas. Queríamos romper con la invisibilidad en la representación porque andar con remilgos hacía que la gente se muriera", explica Vila, una de las impulsoras del colectivo de lesbianas LSD.

"La primera revolución era la supervivencia", apunta Carrascosa, que fue activista en La Radical Gai, surgida en 1993 [i.e. 1991] como escisión de COGAM. Ambos grupos volcaron gran parte de su fuerza en hacer prevención del VIH y denunciar el silencio del Gobierno a través de acciones y campañas explícitas. "Alguien tiene que hacer la prevención", escribían en los ‘flyers’, posters y pegatinas que imprimían.

Fueron años de mucha intensidad en los que "intentábamos mariconizarlo todo, cuestionar la heterosexualidad, reapropiarnos del insulto, salirnos de las buenas formas. Era una manera de hacer política subversiva", prosigue Carrascosa. También LSD pretendía impactar en el imaginario colectivo porque "las lesbianas aparecían como sujetos invisibles" así que "lo que hicimos fue demandar un espacio público y político", esgrime Vila.

Esta fue época de traducciones de lo que se estaba produciendo en el pensamiento queer de puertas para fuera, lo que introdujo en España nuevos debates, y también de fanzines publicados por los propios colectivos. Tanto LSD como la Radical Gai tenían el suyo ('Non Grata' y 'De un Plumazo'), a los que más tarde se unió 'Bollus Vivendi', del grupo Las Goudous, que nació a mediados de los 90 en la recién okupada Eskalera Karakola, que todavía pervive en Madrid, con la idea de crear colectivos de lesbianas en el feminismo.

Rescatar la memoria
También la FELGTB, que en 2017 cumple 25 años, se había constituido ya porque un gran número de asociaciones se habían ido formando en diferentes comunidades autónomas. La universidad comenzaba a ser un espacio en el que articular el activismo LGTBI con la primera asociación, creada en la Universidad Complutense de Madrid (UCM) en 1994, llamada RQTR.

Las organizaciones se dedicaban fundamentalmente a la prestación de servicios desatendidos por las administraciones, como la educación en salud sexual y "pronto comenzamos a reivindicar una ley de parejas de hecho, que luego se convirtió en la del matrimonio porque nos dimos cuenta de que pedir una ley menor era consagrar nuestra desigualdad", insiste Boti.

En la agenda de los grupos ‘queer’ minoritarios, explica el también activista de la Radical Gai Javier Sáez, no estaba esta demanda: "Nuestro discurso no se basaba en pedir leyes al Estado. Nos interesaba la autogestión y estábamos preocupados por la precariedad, el feminismo o la insumisión al servicio militar". Carrascosa coincide al hablar de las alianzas con otros movimientos, como el okupa, y la presencia en otras luchas. "Si había una huelga allí estábamos nosotros para gritar 'la patronal es heterosexual'", ejemplifica.

Aún así, para Sáez, "las peticiones al Estado del movimiento más oficial tienen sentido", pero "no era nuestra forma de hacer política". Para Boti, la luz verde al matrimonio igualitario tuvo mucho que ver con que "la clase política nos escuchó porque eramos una sola voz", dice la activista, que recuerda "haberse aprobado con una sociedad convencida de que lo merecíamos. Allí estábamos, con un alto responsable del Gobierno de Aznar ofreciéndonos una ley de parejas de hecho lo más amplia posible a cambio de renunciar al matrimonio. Y nos negamos".

40 años después de la primera manifestación LGTBI, los cuatro activistas reclaman la necesidad de hacer memoria y rescatar la experiencia colectiva de la disidencia sexual y de género, que pocas veces es nombrada y no suele aparecer en las páginas de Historia. Con esta intención ha imaginado Sáez un metro en el que las paradas son activistas o colectivos trans, gays, lesbianas o bisexuales: "Aquí tienes a 300 personas LGTBI y ‘queer’, pero podríamos llenar todos los metros del mundo. Estamos por todas partes. No nos van a volver a meter en el armario. Hemos ocupado el metro. Somos muchas, estamos organizadas, tenemos fuerza y dignidad. Hemos ocupado Madrid".

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Mikel/a enseña cacho en la 2ª Gayakanpada de EHGAM, 27-29 agosto 1993, Muxika // STARS COFLHEE es un trabajo realizado por Julen Zabala Alon...