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2021/06/20

DOCUMENTACIÓN | TESTIMONIOS | DORIS ALZA, LA TRANS 'SERRANA' QUE DESCUBRIÓ SU 'ALMA' ACTUANDO COMO TRANSFORMISTA

La Voz del Sur / Doris Alza //

Doris Alza, la trans 'serrana' que descubrió su "alma" actuando como transformista: "Mi madre quería una niña y he aquí el resultado".

Doris Alza, pregonera del Orgullo Serrano organizado por la asociación Delta, rememora su vida y su lucha LGTB durante el franquismo. "Cuando me empezaron a tratar como una mujer tenía orgasmos de felicidad"
Francisco Romero | la Voz del Sur, 2021-06-20

https://www.lavozdelsur.es/la-voz-seleccion/entrevistas/doris-alza-trans-serrana-alma-transformista-orgullo-serrano_261425_102.html

Doris Alza (Villamartín, 1945) estaba convencida de que si tenía que ser pregonera del Orgullo Serrano, la programación que organiza cada año la asociación LGBTIQ Delta Sierra de Cádiz en torno al Día del Orgullo, sería en su octava edición. ¿Por qué? Porque ella siempre lleva colgado al cuello el símbolo del infinito, “que es un ocho tumbado”. "El infinito representa principio y fin, la energía sagrada", dice Alza, cuando atiende a La Voz del Sur en su vivienda de la localidad serrana de El Bosque, los días previos al pregón.

"Esperadme aquí, que voy a terminar de maquillarme", señala Doris, que viste con tonos verdosos, con flores estampadas, a juego con su pelo azul. Varias chapas con los colores de la bandera arcoíris que representa al colectivo LGBTIQ tampoco faltan, ni la bandera celeste, rosa y blanca del colectivo trans, al que pertenece. Cuando vuelve, a los pocos minutos, comienza a hablar de su vida, desde su infancia hasta su pasado reciente, con la claridad de quien ha tenido que recordarla continuamente para no olvidarla.

En su vivienda de El Bosque, donde reside desde hace 15 años —"me encanta la Sierra"— tiene su santuario particular, donde quiere hacer la entrevista. "Los lugares tienen una energía, y este lugar está fuera de malas energías. ¿Cómo lo sabemos? Por el agua que está aquí. Se llena y no tiene burbujas", dice. Doris es "consejera espiritual, maga, sacerdotisa"..., por eso creía que las energías la llevarían a ser pregonera en la octava edición del Orgullo Serrano, "por las energías". Ella hace cinco años que pertenece a la asociación Delta, con la que colabora aportando su experiencia, como una de las pioneras en la lucha LGTB durante el franquismo.

Ahora la lucha es otra: conseguir la aprobación de la Ley Trans, que en estos momentos está bloqueada. Los ministerios de Igualdad y Justicia, estos días, han desatascado la llamada autodeterminación de género, principal escollo de la negociación, es decir, que las personas trans puedan modificar su sexo en el registro con su sola decisión y sin necesidad de testigos o pruebas. "¿Me queréis mirar? ¿Qué estáis viendo?", pregunta Doris, que no entiende la oposición a esta Ley, sobre todo por parte del PSOE.

El despertar de la sexualidad
Doris Alza nació en 1945 en Villamartín, siendo la segunda de tres hermanos. "Mi madre estando embarazada decía que iba a ser niña", cuenta. "Ella quería una niña y he aquí el resultado". "Mi esencia y mi alma eran de mujer", dice ella, que tuvo una revelación pasada la treintena. Antes, desde muy joven supo que le gustaban los hombres. "Yo empecé mi vida sexual a los 12 años. Me fijaba más en los chicos. Estando con las chicas yo manejaba el timón, jugaba a las guerras, era la capitana", rememora.

Para Doris Alza, ella no nació en un cuerpo equivocado. "Yo nací en el cuerpo que nací, estaba encantada con mi cuerpo, cada una tiene un proceso", señala. "Cuando me empezaron a tratar como una mujer tenía orgasmos de felicidad". Todo ello lo quiere contar en un libro autobiográfico que verá la luz próximamente. ‘La magia del tiempo. Historia de mi vida’, se llamará. Ahí contará que "no todos los transexuales del franquismo nos dedicamos a la prostitución o al espectáculo". Ella y su amiga Manolita Chen, de Arcos, son dos ejemplos de ello.

En su localidad natal, Doris Alza asegura que no sufrió homofobia. "No tenía pluma, aunque si la hubiera tenido y alguien me hubiera dicho mariquita, imagínate la hostia que le doy...", relata. En su pueblo, dice, "había mariquitas", pero que ella recuerde "no los insultaban, se veía de forma natural". En Villamartín tuvo sus primeras relaciones. Su madre, un día, cuando se enteró de que salía con un joven homosexual, le preguntó: "¿Sabes que es mariquita? A ver si van a pensar en el pueblo que también eres mariquita". "¿Bueno y qué?", respondió ella, zanjando toda discusión. En ese momento no le dijo que era su novio, y su madre llegó a morir sin vivir el cambio de sexo de Doris. Su padre sí lo vio.

La revelación
Doris trabajó en una empresa de decoración en San Sebastián. Para entrar, escribió a mano su currículum: experiencia como decoradora en París, dominio del francés... "Todo era mentira", confiesa. Pero la llamaron y en un mes aprendió a chapurrear el idioma. Al menos lo necesario para defenderse de cara al público. "Nunca supieron que no sabía francés", dice.

Durante su estancia en el País Vasco, de visita en la ciudad francesa de Biarritz —"había más apertura"— conoció a un empresario español que era "muy abierto para la sexualidad" y con el que comenzó una relación. "Con otro chico francés hicimos un trío y me encantó", relata. Siempre he pensado que esto —dice señalándose el cerebro— y esto —al corazón— es de la persona que te enamoras y quieres, pero mi sexualidad es libre". Gracias a esta pareja descubrió lo que quería ser de mayor.

Una vez, durante su adolescencia, tras ver a homosexuales de Villamartín de avanzada edad, se sorprendió a ella misma diciendo: "Yo no quiero ser un maricón viejo". Muchos años después recordó estas palabras. Estaba en Valencia, en una sala de variedades y transformismo que abrió su pareja vasca. "Se llamaba ‘Incógnito’ y el logo era media cara de hombre y media de mujer", recuerda. "Cuando hablo allí con transexuales, me provocan muchos sentimientos, creo que es lo que estoy buscando".

Doris lo confirmó cuando, maquillada para protagonizar un espectáculo a lo ‘Pimpinela’, caracterizada mitad de mujer, mitad de hombre, se tapó la parte masculina. "Cuando me vi en el espejo dije: No quiero morir como un maricón viejo. Así quiero morir". "No sabía ni maquillarme, pero descubrí cuál era mi camino, mi esencia era de mujer, desde antes de nacer".

El Pasaje Begoña la volvió "loca"

Con 23 años, Doris Alza llegó al Pasaje Begoña, la mítica callejuela de Torremolinos que se convirtió en un oasis de libertad para el colectivo LGTBI en pleno franquismo. "Allí me volví loca", confiesa. En los locales de este lugar conoció y se enamoró de mitos como Marilyn Monroe —"que decía que se ponía dos gotas de Channel para dormir"— y de los Beatles, sobre todo de John Lennon. "Él escribió la canción más maravillosa para este siglo, ‘Imagine’: imagínate un mundo sin guerra, sin hambre, sin fronteras, sin religión... Yo era hippie total", dice Doris.

Gracias a sus conocimientos de mecanografía, trabajó como "facturista" en un hotel de Torremolinos. "Creo que me contrataron por mi pinta de hippie". A escribir a máquina aprendió con 15 años en la misma empresa en la que estaba de empleado su padre. A esa edad tenía tres trabajos, ese mismo, como dependienta en una tienda y como representante de una compañía de comestibles. "Como soy Acuario, los signos de aire somos muy luchadores", dice Alza.

"No quería dictadura ni en pintura"
Estando en San Sebastián, cuenta Doris Alza que corrió "delante de los grises por el no a la dictadura". Su familia sabía bien lo que era sufrir durante el franquismo. A su abuela, por considerarla comunista —"ella era socialista, pero tenía una amiga comunista y ya decían que ella lo era"—, le raparon el pelo, la hicieron tomar aceite de ricino y la pasearon por la plaza del pueblo. "Yo he vivido ese franquismo, no lo quiero ni en pintura, y nazismo menos. No quería dictadura ni loca", dice.

"Entonces era mariquita, no reivindicaba al colectivo trans porque no existía", señala Doris Alza, quien recuerda con alegría que su madre pudiera ver el funeral de Franco. El dictador falleció el 20 de noviembre de 1975 y la madre de Doris, unos días después, el 8 de diciembre. "Mi madre estaba con cáncer, ingresada en el hospital, pero pudo ver el funeral. ‘Anda, ya se fue el dictador’", recuerda que dijo. Una vez que se despidió a su madre, como estaba "soltera y sin compromiso", se rindió al destino. "Que me depare lo que sea", pronunció. Más tarde conoció a su pareja vasca y supo qué quería ser de mayor.

Cómo conoció a su marido
Doris Alza lleva 42 años junto a Rafael, su marido desde 2007, con el que vive en El Bosque. "A mí con 30 años me llegan a decir que iba a estar con un hombre toda la vida y hubiera dicho que ni loca". Al principio, Doris no creyó que fuera a durar mucho con Rafa. "Lo veía tan machote... no me veía con él", relata, pero lo conoció en una discoteca de Madrid en 1979, y desde entonces no se han separado.

Un día, en la discoteca, Rafa le preguntó a Doris: "¿Tú has tenido hijos?". "Uy, éste no se ha enterado de nada", pensó ella. Cuando lo puso al día, Rafa respondió: "¿Y qué pasa?". "A mí no me pasa nada, si te pasa algo es a ti", dijo Doris. Él se fue. Y volvió a los pocos minutos con un gintonic en la mano, "más relajado".

—"Tú para mí eres una mujer".
—"Claro que lo soy, y quiero disfrutar de la vida".

Ahí comenzaron una historia de amor que continúa hoy día. "A él no le gustan los hombres, se enamoró de mí", dice Doris. "Por mi experiencia, creo que no se nace transexual, homosexual o heterosexual, se nace persona, y en el fondo todos los seres humanos somos bisexuales. La gente se enamora de la gente".

Ella tuvo claro que debía estar con Rafa cuando, tras la muerte de su padre, le pareció verlo en persona. Doris cuenta que aprendió a hacer viajes astrales y que en uno de ellos, estando en Marruecos, vio a una señora con un niño en los brazos con la cara de Rafa. "Había sido mi hijo en otra vida y me lo robaron. Y en esta vida me iba a encontrar con él como pareja". Y remata: "Ni una madre deja a su hijo, ni un hijo deja a su madre".

2018/07/04

DOCUMENTACIÓN | TESTIMONIOS | MANOLITA CHEN: "¿QUÉ TIENEN QUE VER LOS GENITALES CON EL CORAZÓN Y EL SENTIMIENTO?"

ctxt / Manolita Chen //

"¿Qué tienen que ver los genitales con el corazón y el sentimiento?"

Un repaso a la vida de Manolita Chen, que nació como Manuel Saborido, y que sufrió la represión durante el franquismo. Luego triunfó como 'vedette' y como empresaria. La historia de una lucha constante
Francisco Romero | ctxt, 2018-07-04 
https://ctxt.es/es/20180704/Politica/20576/Manolita-Chen-trans-franquismo-represion-entrevista-arcos-Francisco-Romero.htm
Publicado también en: La Voz del Sur, 2019-06-06
https://www.lavozdelsur.es/ediciones/provincia-cadiz/que-tienen-que-ver-los-genitales-con-el-corazon-y-el-sentimiento_58958_102.html

No hay timbre. Hay que llamar a la puerta, metálica, con rejas y cortinas de colores. Después de unos instantes se abre y aparece ella, Manolita Chen, con un pañuelo rojo como única nota de color de una vestimenta en la que predomina el negro, incluido el de los tacones de aguja que luce a pesar de sus 75 años. “Moriré con las botas puestas”, avisa. “Mientras Dios me dé fuerzas”, apostilla, mostrando sus creencias. En su vivienda salta a la vista. “¿Dónde queréis hacer la entrevista, en el salón o en el despacho?”, pregunta. El despacho tiene una mesa barroca, con varios documentos encima y un crucifijo. La estancia, de paredes color verde, tiene varios espejos, un cuadro del siglo XVIII, y otras referencias religiosas. El salón es de color pastel, tiene un sofá y dos sillones palaciegos, además de una talla de la Virgen de la Estrella de más de metro y medio, que preside la estancia, que también está cargada de cuadros y una mesa baja de cristal, donde hay un centro floral. Éste último es el lugar elegido para la charla.

Su pasión por las antigüedades es evidente. Y las distribuye por las diferentes viviendas que tiene en su localidad natal, Arcos de la Frontera. “La Virgen de la Estrella es de Miguel Ángel Caballero, un buen escultor, profesor de Bellas Artes en Sevilla”, explica. También cuenta con obras de la reconocida escultora Luisa Ignacia Roldán, La Roldana, además de “colecciones de relojes alfonsinos”, enumera. “He hecho una capilla privada pero está abierta al público”, dice, donde hay una Virgen del Rosario del imaginero sevillano Luis Álvarez. “A la ‘Duquesa Roja’ —Luisa Isabel Álvarez de Toledo, duquesa de Medina Sidonia— le compré el dormitorio entero antes de morirse”, reseña. Un patrimonio artístico del que se siente orgullosa y que quiere legar a la localidad arcense, aunque se queja de que el Ayuntamiento no explota los museos que le ha cedido. “Dicen que no tienen dinero, no están por la cultura…”, comenta, antes de empezar a ahondar en una vida, la suya, que no ha sido nada fácil.

La cuchara marcada con una cruz
Nacer en un cuerpo equivocado en pleno franquismo le hizo tener una infancia durísima. Su misma familia la rechazaba. Hasta tenían marcada su cuchara con una cruz para que nadie más la utilizara. “Imagínate vivir con eso”. Es imposible de imaginar. Hay que experimentarlo para saber lo que se siente al sentir coartada una libertad que fue ganando con el paso de los años. Su primera paliza por mostrarse como era se la llevó con apenas cuatro años, cuando todavía era Manuel Saborido Muñoz. Entonces, le pidió a su madre una cocina de juguete. “Eso no se lo piden los niños. Pide un caballo, una pelota de fútbol... ¿no te da vergüenza?”, le contestó María, su madre, que la vio coser otro día y le pegó con la alpargata hasta que se cansó. Sus hermanos —eran once— la fueron aceptando, aunque algunos más que otros.

Uno, del que no quiere dar su nombre, le escribió un día una carta que aún guarda, dentro de una caja con otros papeles amarillentos, fruto del paso del tiempo. “Si se te fue tu madre créeme que lo siento, a mí también se me fue la mía, todavía no se me caen del pensamiento muchas cosas tristes que pasaron en mi vida (...) cada vez que manoseo algo que me asquea me lavo las manos con jabón y me las enjuago con alcohol”. Tenía 15 años cuando la recibió. Ni su propio hermano quería tocar sus pertenencias por riesgo a “contagiarse”. “¿Qué culpa tengo de haber nacido en un cuerpo equivocado? ¿Qué tienen que ver los genitales con el corazón y el sentimiento?”, se pregunta ella misma.

Manolita Chen nunca se sintió hombre. Y no lo escondió. De hecho, no podía. “Se notaba mucho mi feminidad”, dice. Algo que, durante la dictadura, le ocasionó problemas. De pequeña apenas tuvo amigos. Los padres de otros niños de Arcos no querían que sus hijos se relacionaran con ella, cuando todavía era Manuel. Pasaba las tardes sola en su casa. Una de las pocas amigas que tuvo, La Peruchita, quedaba con ella en una plaza del pueblo, donde llegaban por calles distintas, para evitar miradas indiscretas o encontrarse con algún agente municipal.

O con un grupo de cafres. “Los chavales nos apedreaban y nos escupían”, recuerda dolida. Y rememora un episodio que vivió su amiga: “Un chico la conquistó y quedó con ella en el Cerro, donde la tiró a un pitacá, donde salen los higos chumbos, y entre otra niña y yo estuvimos toda la tarde quitándole espinas con unas pinzas”.

La taberna de María 'la viuda'
Luego le tocó hacerse cargo de la taberna que regentaba su madre, conocida como la de María ‘la Viuda’, por motivos evidentes. “Éramos once hermanos y cuando uno se iba a la mili, el que venía detrás se quedaba en la taberna”, explica Manolita. Ella fue la última de la familia a la que se le encargó esta tarea, y cambió el negocio. “Como revolucionaria, y muy adelantada a mi tiempo, forré las paredes del bar con tela de sacos, puse macetas... quedó precioso”, relata. Las cartas y el dominó a los que acostumbraba jugar la clientela desaparecieron de un plumazo. “Aquí se acabó recoger tantos gargajos de gente mayor”, le dijo a su madre.

“El que venga que se tome una copa de vino y una buena tapa”, sentenció. Y María la tabernera vaticinó que irían a la ruina. Pero se equivocó. La clientela aumentó y el local se quedó pequeño. “La gente hacía cola en la puerta”, dice Manolita. Pero el negocio murió de éxito. Un día llegó una carta, firmada por el alcalde, dándole 48 horas de plazo para que abandonara la taberna. No podía volver a servir sus tapas que tan famosa la habían hecho y que venían a buscar vecinos de localidades de toda la Sierra de Cádiz.

Quiso continuar preparándole a su madre la comida por las noches para que ella la sirviera durante el día. Pero la gente no entraba, “preguntaban por mí”, dice Manolita. La taberna se traspasó y su madre lo sintió como un mazazo. “Duró poco tiempo”, dice derramando algunas lágrimas. Poco después decidió que era el momento de abandonar Arcos. Ya lo hizo antes, en una escapada en la que recaló en Vilanova i la Geltrú (Barcelona), donde empezó como albañil y terminó de limpiadora en las casas que se iban construyendo. “Las dejaba como una patena, como un quirófano”, señala.

Después de esa experiencia volvió a casa, y también volvieron las palizas. También recaló en Francia. De allí volvió con experiencia como ‘vedette’ y 110.000 pesetas bajo el brazo. “Mi madre las vio y llamó a la Guardia Civil, creía que las había robado”. Con ese dinero compró colchones nuevos —“estábamos durmiendo en paja”—, una nevera, una lavadora, un tresillo de mimbre... “y sobraba mucho, eso apenas fueron 4.000 pesetas”. El resto se lo dejó a su madre y se volvió a ir.

Hizo las maletas y recaló en Barcelona, donde podía moverse con menos miedo. Limpiaba la cocina de un restaurante y mejillones en otro por las tardes, hasta que le llegó su oportunidad. “Empecé a buscarme la vida con las mariquitas a ver dónde me podía colocar para cantar”, recuerda. El concurso que organizaba una sala de fiestas le cambió la vida. Se compró un traje morado, una boa y varios abalorios. Cantó ‘La morena de mi copla’ y ganó. Así empezó. Luego la contrató el transformista Paco España, con quien recorrió todo el país con espectáculos como ‘Una vez al año no hace daño’. Después trabajó con Juanito Navarro. “Bibi Andersen iba de primera figura y yo de segunda”, dice orgullosa.

Y llegó el momento en el que decidió montar su propia compañía, llamada como ella. “Subí mucho... tanto que la otra Manolita Chen me denunció”, agrega. Acabaron en un juzgado de Sevilla para intentar dirimir quién era la verdadera Manolita Chen. “Te has aprovechado de mi nombre”, le decía la Manolita original. “El juez nos preguntó si alguna de las dos teníamos el nombre registrado y dijimos que no, por lo que tenían que ponerse de acuerdo los abogados, pero ella se murió sin conformidad”, relata la artista de Arcos. Su apodo no lo eligió ella, sino Miguel Castro, un pintor de su localidad natal que empezó a llamarla así. Por ‘Bella Helen’ o Juan de Ronda también ha sido conocida, éste último apodo “cuando era hombre...”, dice, y ella misma se echa a reír, “yo nunca he sido un hombre, pero bueno”.

Las noches en la 'casilla'
De pequeño, cuando aún era Manuel, su madre le buscó novia. Le compró un reloj dorado a María Antonia, la hija de una vecina, y la convenció para que salieran juntos. Eso evitó que Manolita acabara en la cárcel o en un “campo de concentración de mariquitas”, como lo llama ella, donde fueron a parar muchas de sus amigas. Aunque no se libró de pasar varias noches en la casilla, la cárcel que se encontraba donde ahora está el Parador de Arcos. O en el cementerio. “Me dejaban dormir donde hacían las autopsias, ahí me tenía que acostar”, dice.

La persecución era tal que el jefe de la guardia municipal estuvo durante siete meses yendo diariamente a su casa para pasarle un trapo húmedo por la cara y comprobar que no tenía maquillaje. “Pero se iba y me ponía un poquito de color, mojaba flores rojas que tenía mi madre y me ponía coloretes, siempre me ha encantado la pintura”. Una noche la llevaron al ayuntamiento de madrugada, donde le hicieron tomar aceite de ricino y la pelaron al cero. “Llegué a mi casa vomitando. Tú eres un maricón es lo más bonito que te decían”, rememora. “La gente se reía de mí, me cogían el culo. Era la cáscara amarga, el de la pared de enfrente... se cachondeaban de los mariquitas”.

Y llegó la mili. Le tocó en Cerro Muriano (Córdoba). No pasó las pruebas físicas y, después de partirse algunas costillas tras ser empujada por dos soldados para que saltara un potro, estuvo ingresada y a su vuelta acabó en la cocina, donde terminó de jefa. Tan contentos estaban con ella que intentaron que, una vez juró bandera, se quedara. Hasta le dieron un diploma. “No sé por qué sería, si por limpia o qué”. Durante la mili hizo hasta de sastra. “Si se probaban los pantalones delante mía les quitaba cinco pesetas del precio... ahí aprovechaba yo para palpar”, apunta entre risas. Entre el sueldo que cobraba por cocinar y lo que “mangueaba”, como ella misma dice, se puede decir que pasó una mili “buena”. “En vez de mandarme paquetes de comida mi madre a mí, se los mandaba yo a ella”.

Manolita también vivió en Madrid. Allí se le aplicó la Ley de Vagos y Maleantes cuando una tarde, estando en un cine de ambiente, “donde todos estaban tocándose y liados entre sí, haciéndose pajas...”, señala, entraron los grises y se la llevaron esposada. “En comisaría me dieron dos patadas en el estómago”. “¿No te da vergüenza, maricón?”, le espetaron los agentes. Acabó arrestada y le pidieron 3.000 pesetas para evitar la cárcel. Las consiguió gracias al jefe de cocina del restaurante donde trabajaba. “Desde entonces iba por la calle y venían dos policías secreta a preguntarme dónde iba”, señala.

El primer amor... y los siguientes

Su primer amor fue un vecino de su misma calle de Arcos. Tenía once años. “Lloraba sola porque él no me quería”, dice. “Pero fíjate cómo era la cosa, que él quería estar conmigo, y yo aprovechaba que su padre trabajaba en el alambique, donde se hacía el aguardiente, y allí me citaba de cuatro a cinco y media, cuando estaba solo”. Ahí se estuvieron viendo durante una temporada. Fuera de la localidad, además del amor, conoció el sexo. “Cuando me iba con un hombre lo primero que me preguntaba era: ¿Y tu coño?". "Todavía no tengo coño, tengo una cosa como la tuya”, les decía ella. “Pues no te acerques a mí”, le respondían.

“Querían que les diera placer pero que no me acercara. Entonces te tenías que poner así con la mano larga para tocarles y hacerles una gallarda, que la llamábamos. Ni un beso, ni un abrazo de amor, ni un poco de cariño... nada”. “Querían placer, y si había algo oral se volvían locos, pero no querían estar más contigo”, relata.

La primera vez que se casó fue por el “rito transexual”, con 20 años. Después tuvo un matrimonio que le duró 28 años. Y lo que le faltaba en su vida: los hijos. Fue en la Venta Los Tres Caminos, uno de los exitosos negocios que regentó, donde el entonces presidente de Diputación de Cádiz, Alfonso Perales, conoció las ganas que tenía Manolita de ser madre. Él fue quien le habló de María, quien a la postre sería su primera hija adoptada —después llegaron otros tres—, una pequeña con síndrome de Down a la que habían abandonado sus padres nada más nacer y que estaban cuidando unas monjas. Le daban seis meses de vida, pero eso a ella no le importó.

Se presentó en Cádiz, donde la citaron, y una monja le pidió el DNI, donde aun rezaba como Manuel Saborido Muñoz. Simuló haber olvidado el documento para que no se percataran de ello. Hasta que lo vieron. Y empezó a llorar. “Usted llora porque aquí pone Manuel, pero eso no tiene importancia ninguna, es un puntito lo que hay que cambiar”, le dijeron. “Si lloraba antes, después de eso me puse a llorar más, de alegría, y me abracé a la monja porque es lo más bonito que me pudo pasar, por la fuerza que me dio”. Fue su mayor alegría. Hace 38 años de aquello [1980] y María, ahora, recibe cuidados en un centro de Puerto Real. Alfonso y José, ambos paralíticos cerebrales, fallecieron, uno hace 18 años y el otro, hace apenas unos meses.

El cuarto en discordia está en un centro de Sevilla. “Es paralítico cerebral y ciego, sus padres le arrancaron los ojos porque no sabían lo que tenía”, dice Manolita con pena. “He acogido siempre a quienes más cuidados y cariño necesitaban”, comenta. Para ello aprendió a poner sondas, a darles de comer o a extraerles las balsas, en una residencia de Jerez. “Tenía mucho amor que dar y era feliz pasando noches con ellos, cuidándolos”. Después enfermó ella. Tiene dos operaciones de corazón, también de fémur y de cadera, y padece un cáncer. Pero sigue pasando con ellos las vacaciones de Navidad, Semana Santa y verano.

La 'misión'
Manolita Chen ingresó en la prisión de Puerto II en 2004, cuando su exmarido, que traficaba con droga, la “delató” y le registraron su vivienda, donde encontraron estupefacientes. Ella, sin embargo, recuerda con cariño esa etapa de su vida. “Fue una misión que Dios me mandó”, señala. En la cárcel la hicieron jefa de biblioteca, pero quería ayudar a reclusos con dificultades. Allí vestía, lavaba y daba la medicación a enfermos. “Muchos se me murieron en mis brazos”, dice. Ella misma los amortajaba. Nueve meses estuvo en Puerto II, donde querían que se quedara para continuar con su labor solidaria. Pero regresó, una vez más, a Arcos, una localidad donde tiene una calle que ella misma renombró. “Hubo una época en la que a todo el mundo le ponían una calle... ¿y yo no iba a tener? Pues me la puse yo”, dice con gracia, relatando cómo mandó a un albañil que colocara el azulejo con su nombre en una vía del Barrio Bajo. Desde luego la merece.

MIKEL/A, AQUÍ ESTAMOS Y NO NOS OCULTAMOS

Mikel/a enseña cacho en la 2ª Gayakanpada de EHGAM, 27-29 agosto 1993, Muxika // STARS COFLHEE es un trabajo realizado por Julen Zabala Alon...