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2022/01/23

DOCUMENTACIÓN | TESTIMONIOS | 10 AÑOS SIN PACO ESPAÑA, EL TRANSFORMISTA QUE SE ATREVIÓ A VESTIRSE DE MUJER DURANTE EL FRANQUISMO

Vanity Fair / Paco España //

10 años sin Paco España, el transformista que se atrevió a vestirse de mujer durante el franquismo.

Francisco Morera García dejó Canarias con 16 años y llegó a Barcelona para convertirse en ‘showman’, presentador, empresario y un icono indiscutible del transformismo en tiempos de Franco.
Álex Ander | Vanity Fair, 2022-01-23
https://www.revistavanityfair.es/articulos/paco-espana-transformista 

Algunas de las personas que le conocieron comentan que vivió como una reina y murió como un cuasi pordiosero. Paco España fue uno de los primeros artistas de su generación que subió a los escenarios vestido de mujer cuando aún no había muerto Franco. Durante varios años, saboreó las mieles del éxito de su arte y ganó dinero a espuertas. Arrancó carcajadas y aplausos con sus canciones, bailes y frases marca de la casa (como "Damas, caballeros y mariquitas simpatizantes"), se codeó con la flor y nata del folclore patrio, y hasta despertó celos y envidias. Pero los tiempos de las vacas gordas marcharon, y su incapacidad de reinventarse para conservar su lugar entre los transformistas del momento le condujo a la ruina y el olvido.

Francisco Morera García, más conocido por su alias Paco España, nació en Las Palmas de Gran Canaria el día 20 de noviembre de 1945, pocos años antes de que Franco introdujera a los homosexuales como ciudadanos a perseguir dentro de la Ley de Vagos y Maleantes (curiosamente, vino al mundo el mismo día que el dictador se fue al otro barrio —aunque 30 años antes—). Tenía carisma ya desde muy pequeño, y más de una vez cantó en las parroquias y los festivales infantiles que se organizaban en su zona, y se presentó en las emisoras locales de su ciudad imitando a Joselito. "Cantaba canciones del cancionero español", explicó acerca de sus primeras inquietudes artísticas. "Estaba muy bien en Canarias, todas las semanas había un programa en Radio Las Palmas los días sábados, y yo siempre estaba de artista invitado".

Con dieciséis años, cuando ya empezaba a darse a conocer en las islas, hizo las maletas y dejó el barrio de La Isleta para probar suerte en Barcelona, donde al principio le rechazaron más de una vez por su aspecto físico. "No fue fácil", contó. "Estuve allí quince días buscando trabajo y no me daban. Me hacían pruebas y todo (como cantante), porque era la única forma; si no, me tenía que meter a fregar platos. Llegó un momento que me vi muy desesperado al no encontrar trabajo [...] En ese tiempo estaba en Barcelona muy de moda el travesti, y yo estaba acostumbrado a vestirme de china en el carnaval de mi tierra, y entonces me dije: 'Si canto, puedo hacerlo vestido de chica'".

Tras superar una prueba para entrar a trabajar en la sala de fiesta ‘Barcelona de noche’, en pleno Barrio Chino, fue contratado (y bautizado como Paco Spain) para regalar copla y cachondeo a los asistentes a aquel local. Al principio, lo hacía vistiendo pantalones (aunque maquillado como una mujer) y ganaba apenas 400 pesetas al día. Al cabo del tiempo empezó a adquirir popularidad en la escena canalla de la Ciudad Condal, donde en los años difíciles del tardofranquismo parecía soplar un mayor viento de libertad. "Las primeras veces me sentí muy cohibido. Me sentía como desnudo en la pista. Salía frío creyendo que hacía el ridículo. Pensaba: '¿Qué necesidad tengo de estar vestido de mujer para hacer esto?'. Pero es que, si no lo hacía, no comía. Poco a poco me tuve que ir acostumbrando y ya me fue gustando", confesaría luego el canario, quien se definía a sí mismo como un hombre bisexual, y acabó enamorándose de una bailarina de su espectáculo con la que tuvo a sus dos hijos, Ricardo y Mariángeles —lo que no impidió que también tuviera sus amantes masculinos—.

En 1975, el propietario de la sala en la que Paco trabajaba decidió llevárselo a Madrid. Allí, el artista pasó cuatro años ejerciendo de presentador y ‘showman’ (primera figura) de la sala de fiestas Gay Club, ubicada en los bajos del Hotel Nacional y con capacidad para casi 500 personas. Los admiradores de Paco, que llegó a convertirse en emblema de aquella mítica discoteca gracias a espectáculos como ‘Loco, loco cabaret’, han destacado siempre su gran capacidad para reírse de sí mismo y lo valiente que fue en su día para atreverse a subirse a un escenario ataviado con ropa de mujer en una época en la que el travestismo podía ser motivo de denuncia de acuerdo con la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social. "Yo actuaba con Franco, y en el camerino había una bombilla que encendían desde fuera cuando venía la policía al local, y entonces, en vez de vestido, nos poníamos pantalones, pero salíamos a trabajar igual. Al final, la policía nos dejó por imposibles", recordaría el propio artista en una entrevista de 2006.

Con el tiempo, Paco se animó a probar suerte como empresario, lo que hizo que en esa época empezara a recorrer el país con su ‘show’ de transformismo. El artista José Ignacio Galán (Nacha La Macha), que ha estudiado su biografía y recientemente le dio vida en el exitoso musical ‘Paco España, de la gloria al olvido’, sostiene que el canario logró sacar el arte del transformismo de las salas clandestinas de aquella España gris para arrastrarlo hasta los circuitos del ‘mainstream’. “Siempre se decía que Paco era un imitador de Lola Flores, pero él no era un imitador al uso”, comenta a ‘Vanity Fair’. "Paco hacía parodia de Lola, y utilizaba su voz cuando cantaba en directo. Él era un showman. Hacía canciones, algunas compuestas para él (como ‘Guerra pa mi cuerpo’ o su gran éxito ‘Mi vida privada’), y era el número uno en los chistes y la interacción con el público, con esa frescura y esas burradas que otros artistas no se atrevían a decir. El suyo era un humor del pueblo y para el pueblo, e ir a ver un show de Paco España en aquellos momentos era sinónimo de libertad, era ser moderno".

En cuestión de varios años, Paco tuvo ocasión de lanzar discos (alguno de ellos fue grabado en directo en su local de cabecera), hacer teatro y aparecer en varias películas (durante la dictadura, estaba permitido que un hombre apareciese en pantalla o sobre el escenario transformado en mujer, siempre que fuera objeto de burla y escarnio). Cuando el Caudillo murió y el aparato censor desapareció con la aprobación de la Constitución, comenzaron a producirse largometrajes que mostraban la homosexualidad de distinto modo. En ‘Haz la loca... no la guerra’ (1976), por ejemplo, apareció por primera vez un grupo de homosexuales no fingidos que se mostraban orgullosos (Paco España sale en la película dando vida a un travesti llamado Coliflor que interpreta ‘Mi vida privada’ en el Gay Club).

Las canciones del canario pasarían a formar parte del repertorio de otros artistas transformistas. Según explica el profesor Julio Arce en su artículo ‘Paco España y el travestismo escénico durante la transición’, Paco "construyó un repertorio de canciones mediante la apropiación de éxitos convencionales o canciones propias que reivindicaban la libertad sexual, unas veces haciendo uso de la parodia y la ironía, otras sirviéndose del molde de la copla y la canción melódica". Algunos intelectuales de la época presumían de admirar a Paco, cuya obra de teatro ‘Madrid... pecado mortal’ (una comedia musical con música de Juan Pardo) colgó durante un par de años el cartel de no hay billetes en el Teatro Muñoz Seca. Lola Flores acudió una tarde a ver aquella función y, al ver al canario recibiendo risas y aplausos mientras realizaba una imitación de una de sus hijas, se puso hecha un basilisco. Tal fue el escándalo que armó la jerezana (increpando a los actores y al autor del texto), que la representación tuvo que interrumpirse por unos minutos. Por lo visto, el empresario del Muñoz Seca acabó interponiendo una denuncia y, aunque la Faraona fue condenada como autora de una falta de orden público, la sangre no llegó al río y Paco y ella terminaron haciendo las paces.

"Trabajó muchísimo", apunta Galán. "Hubo un momento en Madrid en el que Paco hacía dos funciones de aquella obra y luego, cuando las terminaba, se iba al Gay Club para hacer un espectáculo del cual él era el conductor y la estrella principal. Podía terminar a altas horas de la madrugada, y luego se iba de fiesta a la sala Bocaccio, hasta las mil". Sin embargo, su carrera fue perdiendo fuelle desde finales de los ochenta, a medida que el transformismo clásico empezó a pasar de moda y, tal y como apunta el escritor Alberto Mira en ‘De Sodoma a Chueca’, se fue imponiendo poco a poco "un nuevo repertorio" que prescindía de la copla e "incluía el destape y los travestis hormonados como una alternativa 'moderna' y democrática a los viejos iconos que reproducían los transformistas".

De manera esporádica, Paco continuó haciendo bolos en varios locales de Madrid hasta finales de los noventa. Pero aquel paulatino declive, unido a lo confiado que era y a la mala gestión del dinero que había ganado, fue el principio del fin para él. "Yo llevaba un representante que era mi amante. Era el que manejaba el dinero, y se murió con 52 años. A partir de ahí tuve dos años de depresión, me vi sólo, no entendía nada del papeleo y de repente vi que no tenía dinero ni para pagar la casa", comentó en una de sus últimas entrevistas. "Antes de regresar a Canarias, Paco siguió intentando trabajar en Madrid", apostilla Galán. "Se tiró una temporada en Valencia, donde tenía amigos que le ayudaban, y siguió haciendo galas hasta que ya su cuerpo no pudo más y regresó a Canarias. Tuvo que vender todos los trajes que tenía. Yo mismo le conocí una noche en la discoteca ‘A Noite’, y me ofreció venderme uno de sus vestidos. Se lo quise comprar pero no pude, porque ese día no llevaba dinero encima y ya luego nunca más le vi. Pero mira cómo es la vida que, cuando hicimos público que ‘Paco España, de la gloria al olvido’ se iba a estrenar, se puso en contacto conmigo su hijo Ricardo, quien, después de conocerme, decidió regalarme el único vestido que conservaba de su padre (uno rosa de lentejuelas) para que yo lo tuviera y pudiera usarlo en la función".

Cuidado por su hermana Fefina, Paco pasó sus últimos años entre el dolor de depresión y alguna actuación esporádica en una terraza del Centro Comercial Yumbo. "Ya no era el mismo Paco que había sido, pero sí tengo que decir que no murió olvidado. Él seguía teniendo el cariño de su gente y, sobre todo, de sus hijos. Ricardo estuvo ahí y le ofreció su ayuda, pero Paco no quiso irse a vivir a Barcelona con él y sus nietas, porque no quería ser una carga para él". En 2011, Fefina llegó a ponerse en contacto con la redacción del diario local ‘La Provincia’, con la esperanza de que pudieran prestarle ayuda a su hermano. La periodista que acudió en su busca, Marisol Ayala, pudo constatar que Paco España estaba ya en sus horas más bajas: anímicamente destruido, sin un duro en el bolsillo, y entregado al tabaco y la bebida como refugio. "Hay días que quiero morir. Jamás pensé que un artista como yo terminara así, en la calle, en una pensión, viviendo de la caridad de la gente", le confesó Paco, nombrado Hijo Predilecto de Las Palmas a título póstumo. Unos meses después de aquel encuentro, el 23 de enero de 2012, el artista falleció a causa de un cáncer. Tenía 66 años, cierto aire menesteroso y el corazón cargado de nostalgia.

1987/12/04

DOCUMENTACIÓN | TESTIMONIOS | TRAVESTIDOS

Travestidos.
Rosa Montero | El País, 1987-12-04

https://elpais.com/diario/1987/12/05/ultima/565657205_850215.html

La otra noche fui a ver un espectáculo de travestidos en un pequeño y muy ruinoso club. Corren malos tiempos para los transformistas y en Madrid apenas se mantienen un par de salas. Atrás quedaron los años de gloria, cuando los travestidos se pusieron de moda en la premuerte del franquismo, cuando los locales proliferaron y la progresía abarrotaba el Gay Club o Los Centauros para ver cómo los hombres-hembras emplumados pulverizaban la realidad oficial. El transformista es un él que quiere ser ella. No cabe pensar en inconformismo mayor o más doliente: por no resignarse, ni tan siquiera se resignan a su sexo. Todo esto lo sabe el travestido de una manera oscura, porque suele proceder de un mundo ‘lumpen’. Viste el travestido desgarrados lamés que él mismo se cose por las noches, se tambalea sobre unos zapatones de tacón inverosímil, hace sangrar sus labios con un carmín violento y se esculpe a golpe de bisturí unos pechos de hormigón armado. Su personificación de la femineidad no es realista: no imita a la mujer, sino a esa extrema imagen de mujer que el hombre inventa. Un delirio de caderas ondulantes, arrumacos de pantera y puterío. Y así, quizá sin saberlo, hace las convenciones añicos.

Estuvieron muy de moda cuando la transición, ya queda dicho. Por entonces nuestra sociedad andaba buscándose a sí misma y quería destruir las apariencias. Ahora, en cambio, hemos construido un nuevo sistema de conformidad, y la gente de la posición parece verdaderamente encantada de ser como es. No es de extrañar que no se eleve el transformismo, un arte doloroso en el que la autocomplacencia es imposible. Un arte grotesco que delata mentiras. Ahí estaban la otra noche, en el ruinoso club. Con los ojos amoratados de pinturas de guerra y exhibiendo sus pechos fraudulentos. Pero el local estaba casi vacío, y los pocos espectadores eran otros transformistas, y chicas de vida difícil, y unas cuantas sombras nocturnales. Los travestidos, criaturas incómodas, han regresado a los subterráneos marginales.

1982/03/05

DOCUMENTACIÓN | TESTIMONIOS | LA NOCHE ÍNTIMA DE MADRID

La noche íntima de Madrid.
Manuel Vicent | El País, 1982-03-05

https://elpais.com/diario/1982/03/06/sociedad/384217202_850215.html 

En la puerta del garito, un conserje manco, iluminado por un reflejo de color quisquilla, aprieta con el muñón un taco de localidades contra la vesícula y pregona a media voz la entrada al paraíso por el precio de ochocientas pesetas, consumición incluida. Dentro se oyen rugidos de selva virgen. El paraíso es un pequeño local en penumbra abarrotado de padres de familia, novios de periferia, alcaldes o concejales pedáneos en visita política a la capital, ejecutivos solitarios y chulos de pie, apoyados en las columnas con una ginebra en la mano. El drama se desarrolla en un camastro con barrotes de jaula. Una muchacha inglesa, en el papel de pantera en celo que no halla consuelo para su furor uterino, ofrece al respetable público sucesivas oleadas de su culo. Ruge y mueve voluptuosamente la maternidad, embistiendo con el sexo a un macho imaginario.

-¿Qué va a tomar?
-Un ‘whisky’ con soda.

En esto sale un gorila muy afelpado, casi auténtico, y en seguida se ve que la pareja de fieras va a celebrar un coito triunfal. Están hechos la una para el otro. En la sala hay maridos tensos, con la bragueta inflamada que tragan saliva junto a la mujer legítima un poco somnolienta ya a estas horas. Después de realizarse todo el día en casa con la fregona, ella ha ido por la tarde a la peluquería, ha dado de cenar a los hijos, ha lavado los platos, ha usado esa crema que deja las manos suaves para la caricia nocturna y ha consentido en acompañar a su marido a este antro de perdición. Con ademanes primitivos, el gorila arranca a mordiscos el taparrabos de la pantera, y una vez pelada de todo esta fiera inglesa, al son de unos trallazos electrónicos y mucho rebuzno de zoológico, se apodera del mando, sus partes bajas se agitan carnalmente y pronto se nota que el pobre gorila no puede con el paquete. El marido le da con el codo a la legítima:

-No te duermas, mujer.
-¿Qué pasa?
-El mono, que está a punto de palmar. No te lo pierdas.

La pantera desnuda, con la greña en la boca entreabierta, se friega vilmente al compañero sin ninguna compasión, con rudos golpes de bajo vientre. Hace con él un kamasutra violento, según las reglas de la selva. Le muerde la virilidad, lo zarandea como a un papá Noel, montándolo a horcajadas, y cuando la señorita inglesa está a un punto del trance, y el espacio del pequeño paraíso se cubre de jadeos sincopados por el bongó, en ese momento en la sala se oye un grito de pavor acompañado de un maullido de gato. Una mujer de paisano pega un salto en la oscuridad y derriba todas las copas de la mesa. El gato del local, atado con una cuerda a una caja de ‘coca-colas’ detrás de la cortina del cuarto trastero, se había paseado suavemente entre las piernas de la parroquia hasta que la clienta lo pisó. El susto en medio de risotadas le ha cortado el orgasmo feliz a la pantera sobre el camastro de escena, pero, de todas formas, el gorila muere en sus brazos, porque así está escrito en el libreto.

Espectáculos de fina sala
La sala exhibe sexo familiar. El presentador, que probablemente es de Ávila, finge acento extranjero para anunciar las atracciones internacionales de esta sala tan fina. El público asiste al espectáculo con una seriedad de oficina o de conferencia de Zubiri. Ahora llega el número de la ingenua vestida de payaso. La chica anda por el tabladillo parodiando gansadas de Charlot dentro de los zapatones hasta que el saxofón coge una morbidez de boa, la elementa se despelleja los inmensos pantalones y la clientela comienza a divisar carne otra vez. Desde el interior del disfraz, nadie lo diría, sale una joven maciza, que se va poniendo seria a medida que se queda desollada. Se quita el gorro, le cae un haz de pelo hasta los hoyuelos de la riñonada y, sin pensarlo dos veces, comienza a mover las nalgas de almendra hasta caer rendida. Luego viene la parte exótica con el número de la japonesa con arco y el espectáculo se cierra con un desnudo musical a base de cinco lesbianas selectas que trenzan sus cuerpos excitadas por el bolero de Ravel. El público aplaude. Después, los padres de familia se van muy motivados al lecho matrimonial, donde la legítima hará un remedo de ‘strip-tease’ con lencería fina entre el ropero castellano y la mesilla con orinal sin hacer ruido para que no se despierten los hijos. Los ejecutivos solitarios y los alcaldes de pueblo vuelven al hotel, en cuyo vestíbulo tal vez encuentren una rubia oxigenada con la bandera subida, dispuesta a llevarles a los mares del Sur sobre una colcha de satén. Mientras tanto, el elenco del cabaré toma un pepito de ternera en la cafetería de enfrente y, esperando el pase de las tres de la madrugada, habla del cólico nefrítico que le ha dado a una compañera.

Un puerto de secano
La noche íntima de Madrid ha comenzado mucho antes, al cerrarse la tarde. El circuito de Ulises perdido en su regreso a Ítaca puede partir de la calle de la Ballesta, que es un puerto para marineros de secano. A las nueve de la noche, en la tasca Casa Perico, es posible ver a las proletarias del amor cenando en corro sesos a la romana o riñones al ajillo. Una hora después ya están todas en sus puestos, sentadas en los taburetes de los sucesivos antros, acodadas en la barra, haciendo pompas con el chicle. Los garitos de la calle de la Ballesta contienen todavía un punto romántico del primer plan de desarrollo. Huelen a caliente perfume de fresa con una veta de amoniaco que sale de la parte de los retretes. Aquí ya no hay sargentos negros de Torrejón ni el género es tan terciado como en los tiempos de Ullastres. Ahora ya no se ven aquellas mujeres de cuarenta arrobas con una medalla de la virgen de la Fuensanta en el canalillo o ejemplares de hueso gótico y rostro macilento, unas con el preñado de cinco meses comprimido por la faja, otras chaparras con muslos de defensa central asomando por la minifalda, todas con la boca pintada en forma de corazón sobre un dedo de argamasa. Ahora van de progresistas con bufanda y la que menos tiene un hijo en segundo de BUP. Algunas lucen un moño de Evita Perón con lividez de talco en la mejilla, otras visten de malvadas con sombrero borsalino y siempre hay una que queda muy señora con traje de sastre.

-¿Y tú de qué vas, guapa?
-A mí no me preguntes. Son 1.500 y la cama.
-¿Trabajas mucho?
-Una media de dos pardillos al día.
-Suficiente.
-Para ir tirando mientras llega el Mundial-82.
-¿Entonces?
-Lo dicho, 1.500 y la cama. Vicios, también aparte.

Bajo los luminosos románticos de la calle de la Ballesta, que tiene algo de muelle portuario, hay tertulia de chulos con los riñones en la pared y una pata de cigüeña. Los garitos llevan nombres de gran ternura íntima: ‘El y Eva’, ‘Tú y Yo’. Los chulos están picados de viruela y usan zapato blanco, chaqueta ceñida con dos aberturas y navajita de chinar en el bolsillo, patillas rizadas y pelucón de oro. A los porteros se les ven las cachas cuadradas y forman entre ellos una hermandad de karatecas. La calle tiene un candor rojo de pachulí con parpadeos de neón y lisiados de Brunete, noria de taxis que trae clientes sin parar, olor ácido a alcantarilla y freiduría de tascas. El comercio empieza a animarse a las diez de la noche y los antros se apagan a las tres de la madrugada. Entonces se forman en la acera de la Telefónica unos corros de contrata con el aluvión que sube de Carretas, de la plaza del Carmen, de las esquinas de Montera, y el mercado de la carne allí juega a la baja bajo el relente del amanecer.

-Para ti, 1.500, chato.
-Tienen que ser mil o nada.
-Cabrón.
-Se te van a comer las ratas.
-Bueno, vale.

Entre tipos con talante presidiario, cojos, tarados, cerilleras embuchadas en la toquilla como figuras de Nonell, vendedores de lotería, solitarios con las manos en los bolsillos, ebrios de mala catadura a los que les patina el embrague, chulos que controlan la mercancía y mantienen el orden a cierta distancia, alrededor de la Telefónica, hacia las cuatro de la madrugada, se celebra una subasta de carne con los restos de la noche. Es la última oportunidad de llevarse algo al catre con un precio de rebaja. Junto a este barullo de asentadores de abastos hay una fila de taxis esperando a que alguien levante la mano y embarque el paquete. La barriada está llena de pensiones cuya especialidad consiste en un camastro, un lavabo y un billete para la Luna de media hora de duración. El viaje es rápido.

Las chicas de apartamento
Las prostitutas de a pie, con una media de treinta años, todas del terreno, con la nota exótica de alguna portuguesa, mulata antillana o filipina, cubren las últimas esquinas del centro de Madrid y recogen las caspas que salen de los bares americanos. En los ‘pubs’, ‘snacks’, tugurios de color de rosa y barra acolchada con cuarterones de skay, cuadros con caballos ingleses en las paredes tapizadas, en esos cubiles eróticos de los alto de Capitán Haya, en el contorno del hotel Meliá Castilla, ya es otra cosa. Las señoritas de alterne se hacen pasar casi todas por estudiantes de filosofía.

-Yo, por las mañanas, estudio pedagogía.
-¿El método Montessori?
-Cualquier cosa.
-¿Y enseñas algo?
-Lo que haga falta. Siempre que suelte diez billetes.

Son esa clase de chicas que viven en bloque de apartamentos amueblados, con hilo musical y conserje antorchado con charreteras doradas. Tienen un payaso de trapo sobre el sofá cama, estantería con novelas de amor y lujo, revistas abiertas por el horóscopo en una cesta junto al teléfono de góndola tirado en la moqueta entre bragas y medias de colores, fotografías clavadas con chinchetas en la pared, de aquellas que les pidió la agencia, donde se ven ráfagas de su trasero esfumado. Salen con un novio colombiano dedicado al asunto de drogas al por menor. Primero ellas han transitado por el desbrague medio artístico en los cabarés de la Gran Vía, soñando con un papel en una comedia de Alonso Millán, a la espera de una hipotética llamada para un programa de televisión o para una película de Iquino, mientras se conformaban con darle un masaje a un gato rico de provincias.

Cuando de todo eso no ha salido nada y ya se ve que no saldrá, han arrojado la toalla y ahora están sentadas a medianoche en la butaca del lujoso vestíbulo del hotel con la pierna elegantemente cabalgada, el cigarrillo rubio, el mechero de oro, el chaquetón de zorro, viendo pasar por la alfombra peces gordos con tarjetas de crédito. Las puertas blindadas de los ascensores se abren y se cierran. Los ejecutivos embarcan hacia la habitación y ellas, estratégicamente situadas como equipaje al pie de la escalerilla, los siguen con la mirada, esperando que se produzca un guiño de complicidad, ese discreto ademán de contratación para cerrar el trato a distancia, y seguirlos dócil y silenciosamente hasta arriba. Están en las butacas del vestíbulo o esperan la visita en los pubs, ‘snack’ y bares de alrededor, tarareando por lo bajo algo de Rocío Jurado en la penumbra perfumada. Si cae la pieza, ellas se la llevan a su apartamento amueblado, donde suena una melodía de Frank Pourcel en el hilo musical. Cada noche, en estos nidos de amor se reproduce la mitología. La chica dice que estas vacaciones de Semana Santa piensa ir a Londres a comprarse ropa, que en verano se largará a Marbella porque está harta de las piscinas de Madrid, que debe cuatro meses de alquiler, que por las mañanas estudia pedagogía o se mete en un gimnasio, que van a contratarla para anunciar un zumo de fruta. El ejecutivo, con la camisa abierta y los pantalones en la rodilla, juega con el payaso de trapo, y en ese apartamento tan cálido, antes de entrar en combate, alimenta un sueño de oro, el deseo más viejo de cualquier hombre: que esa putilla tan fina se enamore de él y no le cobre, aunque después le tenga que regalar un bolso de cocodrilo.

A las tres de la madrugada parpadea el neón de un ‘strip-tease’ en una esquina del Madrid galdosiano donde hay ratas blancas despanzurradas en la calzada y se oye gritar a una mujer como si la mataran por encima del estruendo del camión de la basura. El garito está en un sótano rojo en forma de tranvía y en la pequeña barra del rellano se amontonan algunas criaturas con uniforme de conejo y una docena de borrachos de lengua gorda con una mano en el cubalibre y la otra buscando la teta más cercana. En cada rincón del tugurio hay un solitario repantigado, arrojado como un bulto en la oscuridad, y en la pista baila una chica única con botas de vaquero. Una mujer en bikini y la cara triste de madre de familia numerosa está semidesnuda y sola en un taburete de la barra.

-¿Se te puede sacar de aquí?
-Nada. Lo mío es sólo el alterne.
-¿Trabajas mucho?
-No me quejo. Entro a las siete de la tarde. A las nueve me dan una hora para cenar. Salgo a las cuatro de la madrugada.
-¿Cómo va el negocio?
-Para mí, bien. Llevo un tanto fijo y el 40% en el descorche. El seguro social, aparte. Vengo a salir por unas 200.000 redondas al mes.
-Que haya suerte.
-Muchas gracias.

El espectáculo de la casa va a comenzar. Se despeja la pista y un empleado echa la cadena por el borde de la tarima para que el personal no muerda las pantorrillas del elenco. Sale una chica en leotardos negros, zapatillas de andar por casa y cazadora de cuero claveteado. Primero se agita siguiendo un ‘rock’ con la lengua fuera, pero muy pronto la música se pone bífida con un clarinete de malas intenciones, y la zagala se despereza suavemente mordiéndose el labio inferior. Los ebrios de la sala no le hacen caso. Entonces ella abrevia. Se quita los leotardos como si se fuera a dormir, arroja el sostén por aquí y las bragas por allá, se manosea el sexo, mueve la tripa recién parida y en eso se produce el acorde final. La chica saluda y se larga, dando saltitos para no resfriarse, en dirección a los lavabos. En seguida se va a proceder a una rifa. Es una atención de la casa. Los camareros reparten papeletas entre la clientela. Hay un bolso para las señoras, un mechero para los caballeros y una muñeca de propina. Con un candor de tómbola benéfica, el empleado canta los números del sorteo y los borrachines gritan, aplauden y besan la pechuga de las conejas.

Ambiente gay con máscara de crema
En un bar de ambiente funciona un vídeo pornográfico mientras las hadas y las mariposas charlan con su paquete de azúcar en las ingles, la cadera breve y un puñado de signos y medallas en el esternón abierto. En el sótano hay parejas masculinas tiradas en la moqueta. Producen la impresión de finos combatientes caídos en una elegantísima batalla perfumada con chanel. No hay duda. Los homosexuales se han apoderado de la noche de Madrid. Junto a los cubos de basura florecen muchachos de pestañas rizadas. La ciudad presenta de noche una máscara de crema que está en los camerinos de Gay Club, donde reina Paco España en bata de cola. Es una visión inquietante, produce un efecto turbador este mundo de travestidos captados en la intimidad. Efebos desnudos con tanga, en traje de lentejuelas, muchachos de una belleza espléndida envueltos en plumas, estolas y tules de ilusión. La estrella rubia Elianne, con el sexo doble, de quita y pon; el mulato cubano Watussi, con la cabeza rapada y polvo de oro, de plata en el hocico inflamado, con una vía láctea de cromo en la frente, en los pómulos; la elasticidad carnal del coreógrafo Jorge Aguer.

La noche íntima de Madrid tiene un efecto simbólico en los camerinos de Gay Club a las tres de la madrugada. Ellos o ellas se reflejan en los espejos de los cuchitriles entre estampas de santos de su devoción, vírgenes supersticiosas, fotografías dedicadas, pinturas, botes de crema, pastas de color, pinceles, sombreros de copa, pelucas, capas de falso armiño, bisutería, taparrabos de vidrio y zapatos de tacón de aguja. Los centauros corren por el pasillo agitando la grupa con un bronceado de lámpara de cuarzo. Tienen allí dentro amores furiosos, celos desbocados. Se besan, se acarician, se muerden entre ellos la dorada yugular. Paco España sale de faraona desmadrada, con un desgarro del Sur, pero al final de la noche se pone metafísico y realiza un ‘strip-tease’ existencialista. Mientras reivindica a gritos, su condición de homosexual con orgullo de pollancón, se arranca el ‘atrezzo’ a tirones, se limpia el rostro con crema y dentro aparece un señor gordito con cara de paracaidista.

La noche de Madrid termina al amanecer en los aledaños del café Latino, en la margen izquierda del paseo de Recoletos. El residuo desvencijado de la jornada, drogadictos, navajeros, maricones sin amor, putas sin catres, chulos después de hacer caja, borrachos sin brújula y ex presidiarios se hacen un nudo de carne y esperan a que el sol ilumine la crestería de las Calatravas.

MIKEL/A, AQUÍ ESTAMOS Y NO NOS OCULTAMOS

Mikel/a enseña cacho en la 2ª Gayakanpada de EHGAM, 27-29 agosto 1993, Muxika // STARS COFLHEE es un trabajo realizado por Julen Zabala Alon...