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2020/11/08

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | HERVÉ GUIBERT, LA TIERRA SALVAJE DEL HOGAR

Hervé Guibert, la tierra salvaje del hogar.
Con el autor francés, fallecido de sida en 1991, la autoficción de las últimas décadas nace, se reproduce, se desmorona y finalmente se disuelve. En ‘Mis padres’ escribe sobre sus orígenes familiares.
Jesús Ferrero | El País, 2020-11-08
https://elpais.com/babelia/2020-11-08/herve-guibert-la-tierra-salvaje-del-hogar.html 

Guibert, Hervé (2020). Mis padres. Madrid: Cabaret Voltaire.

En la adolescencia se enamora de Terence Stamp, el ángel desestabilizador de ‘Teorema’ de Pasolini. “Me pierden los asesinos”, confiesa. Sufrió tanto la violencia de sus padres como su amor, y prometió arrancarles los cabellos cuando estuviesen muertos. Una noche se masturba furtivamente mientras escucha a su madre, que le habla desde el camarote adjunto al suyo del barco del padre. Otra noche, presidida por la fiebre y la locura, le suplica un beso en la boca a su progenitora, que huye aterrorizada. Él la sigue entre las sombras. No vuelve en sí hasta que no se mira al espejo y redescubre su propia imagen. La secuencia condensa en sí misma toda la historia de Edipo y el psicoanálisis. Sus relaciones con su madre estremecen a veces, pero es más interesante el vínculo con el padre, con el que mantiene, sobre todo en la infancia, una relación que sin ser sexual es muy táctil y muy carnal, además de sorprendente. Cada cultura establece una gramática familiar diferente, y los padres franceses tienden a ser relativamente distantes, por eso sorprende.

‘Mis padres’, el libro que estamos comentando, parece una exploración de lo que ya dijo Adam Phillips en su momento, que la familia es el laboratorio en el que los niños experimentan los límites de su sexualidad y la de sus padres. Como ya dijera la novelista china Chen Ran, “el hogar es una tierra salvaje”. En ese sentido, nos hallaríamos ante una familia bastante canónica, lo digo para no equivocar al lector, pues solo quiero indicar que nos encontramos ante un texto honesto y audaz, en las antípodas de todos los que dibujan una imagen condescendiente y mistificada del laberinto familiar. Las fuentes narrativas de ‘Mis padres’ han de buscarse en ‘I remember’ de Joe Brainard, quizá por primera vez, pues es sabido que ‘I remember’ es el libro que más ha repercutido en la narrativa contemporánea vinculada al recuerdo. Guibert encadena recuerdos, sin atender demasiado a la linealidad, si bien deteniéndose más en ellos que Brainard.

‘Mis padres’ conforma un díptico fundamental con ‘El hombre que no me salvó la vida’. En el primero habla de su amor con T. (Thierry Jouno) y en el segundo de sus relaciones con Michel Foucault. Es común que muchos libros, incluso cuando son buenos, dejen un trazo más bien frágil en la memoria con el paso del tiempo, no me ocurre eso con ‘El amigo que no me salvó la vida’. Tengo la impresión de recordarlo bien, porque es una obra desnuda y definitiva sobre una doble agonía: la del autor y la de Foucault, que fue su amante y en muchos aspectos también su maestro. En algún momento la narración adquiere un aire bárbaro y despiadado, cuando refiere peligrosos escarceos sexuales, en plena enfermedad y en plena crisis existencial. Pero lo que más conmueve y a la vez hace pensar, es la dignidad ante la muerte que mostró Foucault, cuando ya supo que estaba sentenciado y lo ingresaron en el hospital de la Pitié-Salpêtrière, tan mentado en la ‘Historia de la locura’, por haber sido antes un manicomio. Ahí el escéptico Foucault vio la extraña geometría del destino, según dijo a sus allegados. Una geometría que se teje y se desteje en las profundidades del subconsciente más que en la zona esclarecida de la conciencia.

La escritura de Guibert es minimalista y aspira a la limpieza formal, huyendo del barroquismo tanto en los conceptos como en la estructura (de hecho ‘Mis padres’ ni siquiera tiene estructura), y procura no caer en la tentación sentimental. Como le ocurrió a Levé, su obra se diversificó desde sus comienzos, y supo desplegar con bastante solvencia su talento en la novela, los guiones de cine, la fotografía y las adaptaciones teatrales, si bien lo más valioso de su quehacer es su narrativa, anclada en su propia existencia y estrechamente vinculada a su noche personal. Fue generoso hasta la extenuación, e intentó narrar su propia agonía en directo, desde la escritura y el vídeo, sin sucumbir al narcisismo extremo, como creyeron sus enemigos. Guibert quería desenmascarar el sida y disipar las sombras que lo rodeaban, y para eso necesitó mucho valor y mucha voluntad. Dicho de otra manera: deseaba hacer una autopsia física y psicológica de la enfermedad tal como va modificando el cuerpo y oscureciendo la mente. Toda una experiencia límite, tanto desde el punto de vista literario como vivencial.

Poco antes de morir, salió en el programa televisivo ‘Apostrophes’ para hablar de ‘El hombre que no me salvó la vida’. Guibert parece una sombra de sí mismo, y ni siquiera es capaz de sonreír, pero explica bien su huía del sida, de su mismo concepto, hasta que tuvo que enfrentarse crudamente a la verdad, y entonces ya no dudó. El resultado fue un libro sobrio y despellejado sobre el crepúsculo prematuro de la vida y sobre lo mal que el Estado suele gestionar las crisis sanitarias.

Puede decirse que con Hervé Guibert la llamada autoficción francesa de las últimas décadas nace, se desarrolla, se desmorona y se disuelve finalmente en la muerte. Desde que él falleció, tras ingerir un veneno que tardó en hacerle efecto, llevamos demasiado tiempo descendiendo a los infiernos del yo, pero pocos con el rigor, el tesón y la belleza que Guibert supo desplegar. Hay algo extremadamente delicado en su ejercicio de la verdad.

2019/07/18

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | LA PERTURBADORA DELICADEZA DE HERVÉ GUIBERT

La perturbadora delicadeza de Hervé Guibert.
Una exposición muestra la obra fotográfica del transgresor autor que en los ochenta cuestionó la doble moral de la sociedad francesa frente al sida.
Gloria Crespo MacLennan | El País, 2019-07-18
https://elpais.com/cultura/2019/07/11/babelia/1562849062_797454.html 

“La fotografía es también un acto de amor”, escribía Hervé Guibert (París, 1955 - Clamart, 1991), "y como en todo acto de amor uno se descubre a sí mismo sin concesiones". "Sin piedad pero no sin amor”, como diría su viuda, el autor se apropió de los momentos más íntimos de la realidad, de los propios y de los ajenos, para expresar su arte y hacer de ello una expresión colectiva. Tras su prematura muerte a los 36 años, víctima del sida, dejó un importante legado fotográfico, del cual se puede ver una pequeña, pero evocadora, selección en la exposición organizada por la Fundación Loewe, dentro de la programación de PHotoEspaña.

Conocido sobre todo como escritor, fue también fotógrafo y cineasta. Se dio a conocer en los círculos intelectuales de París con una columna sobre fotografía que escribió para el periódico ‘Le Monde’ entre 1977 y 1985. Con tan solo 22 años publicó su primer libro, ‘La mort propagande’, un perturbador autorretrato que resultará premonitorio sobre su enfermedad y su muerte. Sería el primero de una fructífera trayectoria artística que incluye algunos de los textos más crudos que se han escrito sobre los devastadores efectos del sida, en una época en la que el virus estaba considerado como un azote divino. Tristemente concluirá con ‘La pudeur ou l’impudeur’, un sobrecogedor relato fílmico de sus últimos días. “Su obra contribuiría a transformar los prejuicios que había respecto a la enfermedad y hacia sus víctimas en Francia”, destaca María Millán, comisaria de la exposición.

Al cumplir 18 años su padre le regaló una cámara Rollei 35. De los primeros retratos que tomó se encuentra uno a su madre. “Lo primero que hice fue sacar a mi padre de la habitación donde iba a tomar la foto, alejarle para que la imagen dejara de pasar a través de la que él se había creado de ella... de forma que no quedase nada más que nuestra complicidad”, escribía el autor años más tarde en ‘L’image fantôme’. La fotografía se convirtió en un diario donde anotar tomas visuales. “Quería representar físicamente sentimientos que son invisibles ante la cámara e invitar al espectador a conectar con esas imágenes reconociendo sus propios deseos. Le interesaba el efecto que podía producir la fotografía no solo en la persona retratada y en el espectador, sino también en el propio fotógrafo”, señala Millán.

La vida parecía transcurrir entre polos opuestos para Guibert. Así fue fraguando una obra entre la realidad y la fantasía; el placer y el dolor; la transgresión y el miedo; la palabra y la imagen; la posesión y la libertad; la vida y la muerte. A través de una fotografía muy intimista y poética, que tiene como protagonistas a la gente y a los objetos de su entorno, expresó sus estados de ánimo y observaciones, dando voz a los sentimientos y transformándolos en emociones colectivas.

Fue autodidacta. “Tenía un alto sentido de la estética. Era muy cuidadoso a la hora de componer y de imprimir. Jugaba mucho con los cortes de las imágenes y con las luces y las sombras, colocando a sus personajes con suma delicadeza. Aunque él no imprimía sus fotografías, era muy exigente y controlaba hasta el mínimo detalle”, explica la comisaria. Retrató a muchos personajes del mundo de la cultura, y poco a poco fue desarrollando un cuerpo fotográfico. Aun así, parecía sentirse más cómodo con la escritura. “Las palabras son bellas, las palabras son justas, las palabras son victoriosas”, escribía. “La fotografía y la escritura no eran complementarias en cuanto a su sentido artístico”, matiza la comisaria, “las utilizaba como distintas formas de expresión. Vivió fundamentalmente de la escritura. Es al final de su vida cuando empieza a divulgar más su faceta como fotógrafo”.

En 1980 publicó su segundo libro, ‘Suzanne y Louise’. Compuesto por las imágenes de sus dos tías abuelas, acompañadas por un texto escrito a mano, con tintes tan sádicos como ingenuos, nos adentra en el día a día de dos excéntricas y conmovedoras ancianas. Viven aisladas en una casa acompañadas por su perro, y solo hablan entre ellas cuando las visita su sobrino. El retrato de estas dos mujeres, a través de sus grandezas y miserias, servirá de espejo a su autor. La serie de fotografías dio pie a su primera exposición individual.

En ‘L'image fantôme’, una colección de ensayos en los que el autor profundiza tanto en el proceso artístico de la fotografía como en su propia memoria, se desmarca de las teorías defendidas un año antes por el escritor Roland Barthes en ‘La cámara lúcida’. Guibert describe su libro como “un negativo de la fotografía... [el libro] habla solo de imágenes fantasmas, de imágenes que no resultaron, o incluso de las latentes, imágenes que son íntimas hasta el punto de ser invisibles”. Así sus fotografías no se ajustan a un significado, a pesar de que en apariencia se refieran a una realidad concreta. Conoció a Cartier-Bresson, con quien realizó un viaje y de quien figura un retrato en la exposición. “Admiraba su trabajo, pero no sus teorías”, afirma Millán. “Guibert consideraba que esperar el momento decisivo era una pérdida de tiempo”.

La exposición forma parte de una trilogía comisariada por Millán, a través de la cual la Fundación Loewe se ha propuesto explorar la forma en la que los artistas han abordado cuestiones sobre la identidad y la sexualidad. Comenzó con Minor White, y el pasado año tuvo como protagonistas a Peter Hujar y David Wojnarowicz, todos ellos norteamericanos. “En esta última muestra quise centrarme en cómo se trataba el tema del sida y de la identidad sexual en Europa, en los ochenta y principios de los noventa. Conocía el trabajo de Guibert y me pareció que, aunque la forma de abordar el tema fotográficamente era distinta, compartía el mismo sentir que Hujar y Wojnarowicz”. El fotógrafo francés “vuelve a encarnar una infatigable consciencia, vulnerable a la par que resiliente, expresada en dos espectros entrelazados: la vida y la muerte. Guibert fue capaz de otorgar una duradera resonancia universal a su batalla personal”, escribe la comisaria.

La muerte está muy presente, tanto en su obra fotográfica como en la literaria. “Decía que la fotografía tiene la capacidad de embalsamar un momento de vida que se acaba porque la muerte está siempre presente”, destaca la comisaria. “Sus escritos son mucho más crudos y reivindicativos que sus imágenes”. En 1988, diagnosticado con sida, se abraza a la vida y comienza un periodo de vida muy intenso. Dos años más tarde se publica ‘À l' ami qu en m' a pas sauvé la vi’ (Al amigo que no me salvó la vida). "Sí, mi novela es la historia del sida, del tiempo de la incubación, de la enfermedad y de los años ochenta... Hay en este libro una actitud agresiva, violenta, virulenta, como lo es el sida...", afirmaba el autor.

Ante la inminencia de la muerte, el narrador encuentra una excusa para hacer pública su enfermedad, así como lo que sucede en su círculo de relaciones. Pese a la utilización de nombres ficticios, no resultaba difícil identificar a su amiga la actriz Isabelle Adjani en el personaje de Marine, ni la detallada agonía del filósofo Michel Foucault (con el nombre de Muzil), fallecido en 1984, sin que se conociese su condición de seropositivo. De ahí surgió el debate del derecho a revelar secretos ajenos en nombre del arte, ante lo que el ‘enfant terrible’ defendió su intención de hacer un llamamiento a reconocer a las víctimas del sida como enfermos, no como apestados, y condenar la actuación de quien, sabiéndose portador del virus, oculta a su pareja su condición. “Guibert no se convirtió en un activista hasta dos años antes de su muerte”, señala Millán. “En realidad, ya había expresado en toda su obra quién era sin necesidad de ningún activismo, pero debido al escándalo que genera la publicación toma una postura más notoria”.

Entre los protagonistas de sus fotografías se encuentran Christine, viuda del artista retratada taciturna, con la cabeza recostada en un sillón, y Thierry Jouno (pareja de Christine y padre de sus dos hijos), quien fue amante de Guibert. Formarían un trío sentimental y los tres contrajeron el VIH. De ahí que Guibert, cuya muerte parecía más inminente, pidiera a Christine matrimonio como un acto de amor hacia sus hijos, con el fin de protegerlos económicamente ante la posible desaparición de sus dos padres. Christine fue la única superviviente del trío.

Los últimos ocho meses de su vida los dedicó a la filmación, con una cámara doméstica, de su progresivo deterioro físico y moral. El rodaje de ‘La pudeur ou l’impudeur’ terminó unas semanas antes de morir, pero Guibert no llegó a ver su montaje definitivo. Meses después de su muerte se estrenó el documental en la televisión francesa. Con su desaparición perpetuaba su memoria y la de otros muchos. El mal quedaba conjurado.
 

Y TAMBIÉN…
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Hervé Guibert: Los retratos de la muerte.
La piedra de Sísifo, 2021-12-15

https://lapiedradesisifo.com/2021/12/15/herve-guibert-los-retratos-de-la-muerte/ 

2019/07/06

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | CHRISTINE GUIBERT: "ERA TERRIBLE VER A FOUCAULT MORIR DE SIDA TENIENDO LA PREMONICIÓN DE QUE ÉL MISMO IBA A TERMINAR ASÍ"

Hablamos con Christine Guibert, viuda del escritor Hervé Guibert: "Era terrible ver a Foucault morir de sida teniendo la premonición de que él mismo iba a terminar así".
La Fundación Loewe dedica una exposición fotográfica al artista Hervé Guibert.
Ianko López | Vanity Fair, 2019-07-06
https://www.revistavanityfair.es/cultura/articulos/herve-guibert-christine-exposicion-fundacion-loewe/39198 

“La distancia es una de las formas más bellas de respeto”, dijo el escritor, fotógrafo y cineasta francés Hervé Guibert (1955-1991). Él fue en todas sus facetas creativas un hombre pudoroso, que rechazaba el tremendismo y la cursilería aunque tratara los temas más duros: la traición de los amigos, la enfermedad, la muerte de sus allegados y la inminencia de la suya. La exposición que estos días dedica a sus fotos la Fundación Loewe en la tienda que la marca tiene en la Gran Vía madrileña ofrece una buena selección de estas imágenes en blanco y negro, cargadas de una de emoción seca.

De una asombrosa precocidad –publicó su primer libro a los 22 años, y antes de los 30 tenía otra media docena en el mercado, era el crítico de fotografía más influyente de Francia y había obtenido un premio César por el guión de la película “El hombre herido” de Patrice Chéreau-, Guibert vivió con intensidad en lo laboral y lo sentimental, marcado por la convicción de que moriría muy joven. No se equivocó en su predicción, ya que falleció con apenas 36 años, durante el periodo más violento de la crisis del sida. Duele pensar en lo que habría podido ser de él si no hubiera conocido un final tan abrupto, como en realidad le ocurrió a toda una generación diezmada por la enfermedad. Su viuda, Christine Guibert, ofrece una pista. “Él habría querido ser un gran director de cine”, nos ha revelado en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Allí Christine ha participado junto a Agathe Guillard (galerista de Hervé Guibert desde los años 80) y el DJ Kiddy Smile en una conversación organizada por la Fundación Loewe. Minutos antes, se ha sentado con ‘Vanity Fair’ para hablar de su relación con quien fue su amigo y marido, pero también amante del padre de sus hijos.

Viendo la exposición uno se da cuenta de su enorme talento. Las fotos son excelentes, lo que sorprende en alguien básicamente autodidacta y que, al menos en España, era más conocido como escritor que como fotógrafo.
Bueno, en Francia era también conocido como fotógrafo. Agathe lleva exponiendo sus fotos desde 1980. Aunque sobre todo era conocido como crítico de fotografía, y a mucha gente no le gustaba que hiciera fotos y crítica al mismo tiempo. Cuando dejó de escribir las críticas le resultó más fácil ser reconocido como fotógrafo. Pero sí, era autodidacta. No hay escuela para eso, como tampoco la hay para ser escritor, en realidad.

Durante unos quince años, Hervé Guibert y usted mantuvieron una especie de trío con Thierry Jouno, el padre de sus dos hijos, que después también fallecería de sida. Me pregunto cómo fue esa convivencia, que corresponde a un modelo que hoy no choca tanto pero que entonces como mínimo no tenía tanta visibilidad.

En realidad no vivíamos juntos. Yo vivía con Thierry y Hervé vivía en su casa, así que no había una convivencia de los tres. Compartíamos vacaciones, eso sí. Y luego Thierry se iba de vacaciones con Hervé por otro lado. Pero nunca tuvimos la sensación de tener dificultades para vivir así, porque era algo natural. Tampoco había ninguna intención de reivindicar nada, simplemente éramos libres.

Y en un momento dado, cuando él estaba enfermo, Guibert y usted decidieron casarse.
Cuando me casé con Hervé no se lo dije a nadie. Tampoco lo hizo Hervé, excepto en su libro de 1991 (“El protocolo compasivo”). Era algo que solo nosotros sabíamos.

Entiendo que la finalidad de ese matrimonio era que su herencia pudiera transmitirse a usted y a sus hijos con Jouno, pero en este libro él dice que se trataba un matrimonio por amor.

Sí, porque el hecho de querer casarse conmigo era para darnos todo lo que pudiera darnos, y así protegernos. Es decir, que nos amaba. Ese es el amor en el más amplio sentido que puede haber.

Y como viuda usted conserva el apellido de él, cuando supongo que podía haber mantenido el de soltera. No sé si es justamente con el fin de conservar su memoria.
Hasta su muerte conservé mi propio nombre. En mi carnet de identidad yo no llevaba el nombre de Guibert, y eso empezó a generar problemas en los bancos, en fin, en muchas cosas, así que cambié los papeles para llevar también su apellido. Pero fue raro perder el mío, aunque fuera por motivos administrativos.

En aquel momento no existía el matrimonio igualitario. ¿Cree que de haber tenido esa opción las cosas habrían sucedido de otra manera?
No podemos decirlo, porque esas son suposiciones que no tiene sentido hacer. “Y si”... “Y si”... Las cosas fueron así, y es así como se hicieron.

En su libro ‘La imagen fantasma’, Guibert escribía que su deseo de fotografiar estaba siempre cerca de la muerte. La muerte está muy presente en sus imágenes. Aunque no siempre sea de forma directa, es algo que puede percibirse.
Bueno, no en todas las imágenes. Y muchas veces en sus fotos, como por ejemplo en las que hizo de sus tías abuelas, lo que hay es una intención de guardar la memoria de esas personas. La fotografía capta algo que existe y que después ya deja de existir, pero que de alguna manera existirá siempre gracias a esa foto.

De nuevo está la muerte. Aunque se trate de una lucha contra ella, que es algo que de alguna manera está en toda fotografía.
Así es. Y es verdad que la muerte era importante para él, como fotógrafo y también como escritor. Ya su primer libro se llamaba “La Mort propagande” (1977). Él estaba fascinado por la muerte, por la enfermedad. Y tenía una premonición sobre su propia muerte, que pensaba que le llegaría siendo joven.

No solo él. He leído que también todos los que estaban a su alrededor compartían esa premonición.
Así es. Hervé también hacía bromas con eso, porque estaba siempre al borde del suicidio. Así que al pasar por una determinada calle le divertía decir cosas como “aquí Hervé Guibert sufrió mucho, aquí se quitó la vida a la edad de tal y tal...”. Así que bromeaba sobre la posibilidad del suicidio, sí. Y por esa premonición de que su vida sería corta también tenía tanta necesidad de hacer cosas... Crear una obra. Por eso trabajó mucho.

¿Y no existe un cierto grado de autodesprecio en ese fatalismo, en ese convencimiento de que la muerte le llegará a uno siendo joven, como si la mereciera?
En el fondo lo que había en él era una gran desesperación, una gran melancolía. Tenía un gran sufrimiento vital, mucho más que nosotros, por ejemplo. Pero también vivió momentos de gran alegría y felicidad.

¿Usted cree que él se quería?
Sí y no. Las dos cosas. Eso sí, estaba muy seguro de su talento. Estaba convencido de que era un gran escritor, aunque dudara de sí mismo en muchas cosas. Por ejemplo, no pensaba que fuera guapo. No entendía cómo alguien podía enamorarse de él.

En todo caso, algo muy característico de él es su rechazo del sentimentalismo, que está presente sobre todo en sus libros. Esto es algo que choca bastante con lo que está en boga hoy en día.
Puede ser. ¿Pero qué quiere decir?

Tengo la impresión de que ahora todo está envuelto en una especie de capa de sentimentalismo, de emoción fácil y primaria. Ya sea un libro, una comedia de televisión o una campaña política, todo incurre en ese registro sentimental que se acerca a la cursilería. El estilo de Guibert, incluso cuando habla del plano emocional, es muy seco, casi clínico.
Sin piedad, sí. Él era duro, y al mismo tiempo extremadamente tierno y generoso. Pero sabía no ir a lo fácil. Pues a usted le digo: detestamos esta época. Nosotros no estábamos para nada en ese registro. Además esta es una época de corrección política, y no era ese su caso para nada. Para empezar era muy duro con sus padres. Y cuando eres duro con tus padres, el resto va de sí.

No solo con ellos. Pienso en el caso de la actriz Isabelle Adjani, que era su amiga, y la trata en términos muy severos en el libro ‘Al amigo que no me salvó la vida’ por el modo en que se comportó con él (Adjani le iba a protagonizar una película que Guibert había escrito para ella, pero después fue dándole largas comprometiendo la capacidad financiera del escritor hasta que sin previo aviso abandonó el proyecto para irse a vivir a Estados Unidos con Warren Beatty, relación que además le había ocultado). De ahí se deduce cierta intención de canalizar su rencor a través de la escritura.
Isabelle Adjani le hizo algo que a él le costó digerir, es verdad. Pero no fue él quien se comportó con dureza, fue ella. Luego sí, pudo ser duro con algunas personas si esas personas hicieron cosas inelegantes o poco apropiadas. También es verdad que en sus libros contó cosas que pudieron molestar a algunos. Porque su prioridad era su obra, eso seguro. Y si esa obra molestaba a alguien, no era su problema.

En el mismo libro está también el caso de otro amigo, el filósofo Michel Foucault, una especie de figura paterna para Guibert. De él cuenta cómo murió de sida, y lo hace de una forma tan fría como conmovedora, porque lo que hace es claramente una prefiguración de su propia muerte.
Exactamente, es así. Es que es como hemos dicho, Hervé escribía sin piedad, pero sin piedad también consigo mismo. ¿Por qué se permitió contar la muerte de Foucault cuando él podía considerarlo como una traición? Porque efectivamente con ella estaba contando su propia muerte. Para él era terrible ver a Foucault morir de sida teniendo la premonición de que él mismo iba a terminar así.

Ese libro explica de manera muy precisa una etapa aterradora, cuando la gente empezaba a caer como moscas a causa del sida pero se hablaba poco de ello públicamente, y además no había mucha información y la que había era contradictoria. En ese sentido puede leerse casi como un libro de terror.
Y además de todo la enfermedad se vivía como algo escandaloso. Con Hervé empezó, al menos en Francia, un periodo en el que al fin se hablaba públicamente de ella. Quizá en los Estados Unidos empezó a hacerse un poco antes, pero por ejemplo Freddie Mercury esperó al último momento para pronunciarse. Hervé lo anunció un año antes de morir, y eso es lo que poco a poco hizo entender a la gente lo que pasaba. Porque sí, se veía a la gente caer, no se hablaba mucho de ello, y ese periodo duró bastante tiempo.

En esa misma línea esta su película ‘La pudeur ou l’impudeur’, un filme donde cuenta las etapas finales de su enfermedad, que resulta muy poético pero también incómodo por su crudeza. ¿Cómo se vivió la realización de esa película en su entorno?

Para empezar todo sucedió en un tiempo muy breve, porque (la productora) Pascale Breugneot, que era amiga nuestra, le propuso hacerlo en el último minuto, cuando estaba ya muy enfermo. Y él aceptó porque su sueño era hacer una película. El rodaje fue muy fluido, muy ligero, él sabía muy bien lo que hacía. La parte más difícil fue el montaje, donde estaba muy débil y telefoneaba mucho a la montadora (Maureen Mazurek), porque no podía ver la mesa de montaje. Tuvo una estupenda conexión con esa mujer, que hizo un trabajo admirable. Es magnífica esa película, ¿no le parece?

La exposición de la Fundación Loewe se ha montado en la tienda de la marca en la Gran Vía. Así que uno puede comprarse un bolso Amazona en el piso de arriba e inmediatamente después bajar a ver las fotografías de Guibert, que son de una gran intensidad emocional y tratan temas muy complejos. Es una decisión desde luego muy valiente por parte de la marca, pero también puede resultar chocante.

Bueno, Hervé tampoco era ningún gamberro que digamos, él era un hombre muy elegante. Aunque en lugar de decir Comme des Garçons (la marca japonesa fundada por la diseñadora de moda Rei Kawakubo, traducible como “como chicos”) dijera “Comme des cochons” (“Como cerdos”). Cuando ganó un poco de dinero se compró cosas elegantes, y también obras de arte. Y que haya una exposición allí no me choca, permite que todo el mundo que entre en la tienda la vea. No va a hacerse en un hospital, o en un cementerio (ríe).

No muy lejos de Loewe, en el Museo Reina Sofía, está a exposición de David Wojnarowicz, que es magnífica, pero que a su paso por Nueva York fue también acusada de hacer de la crisis del sida un asunto del pasado, cuando por desgracia sigue existiendo.

Eso es cierto. Aunque hay que admitir una cosa, y es que, si bien el sida existe hoy, mata mucho menos. Y eso hace que nos olvidemos, porque desgraciadamente la naturaleza humana es así. Ocurre como con la sífilis, que sigue existiendo. Yo todavía estoy sometida a seguimiento médico, y el médico que lo hace me cuenta que los jóvenes ya no toman precauciones porque siguen la profilaxis de preexposición tomando una pastilla. Y luego, como soy militante de este asunto, le digo lo siguiente: si hicieran el test a todo el mundo para ver si son o no seropositivos y a quienes sí lo sean los pusieran en tratamiento, se acabaría el sida. Porque ya no contaminamos si estamos tratados. No hay ningún riesgo para quienes se acuestan con nosotros. Así que, si se quisiera, se acabaría con el sida. Aunque costaría muy caro.

2014/04/25

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | LA RESURRECCIÓN DE MICHEL FOUCAULT

La resurrección de Michel Foucault.
El filósofo francés ha vendido más de un millón de ejemplares en Francia tras su muerte pese a su prohibición expresa de imprimir ediciones póstumas de su obra.
Juan Manuel Bellver | El Mundo, 2014-04-25
https://www.elmundo.es/cultura/2014/04/25/53597d6b268e3edf528b4579.html 

Michel Foucault en 1984 //
"No digo las cosas porque las pienso. Digo las cosas para no pensarlas más", explica Michel Foucault en un vídeo colgado estos días en YouTube bajo el título de 'The Lost Interview' ('La entrevista perdida'). Rescatado de los archivos de la televisión pública holandesa, el programa nos muestra al eminente filósofo francés, en 1971 en su apartamento de la rue Vaugirard, hablando acerca de la locura, la cuestión de género o las culturas extranjeras con su homólogo holandés Fons Elders, en vísperas de un histórico debate con el lingüista estadounidense Noam Chomsky sobre el tema 'La naturaleza humana: Justicia versus poder', celebrado en noviembre de aquel año en la Escuela Superior de Tecnología de Eindhoven y retransmitido igualmente por la Nederlandse Publieke Omroep (NPO).

"Los occidentales tenemos un concepto demasiado elevado de nosotros mismos. Nos creemos una civilización tolerante, que ha acogido todas las culturas que le son ajenas, todas las desviaciones del comportamiento, el lenguaje y la sexualidad", comenta en el mencionado clip. "Me pregunto si eso no es una ilusión, porque para conocer esas culturas ha sido necesario no sólo excluirlas y despreciarlas, sino también explotarlas, conquistarlas y acallarlas a la fuerza, del mismo modo que el puritanismo del siglo XIX amordazó la sexualidad para que ésta se revelase después a través del psicoanálisis y la psicopatología. Así que la universalidad de nuestro saber ha sido adquirida al precio de las exclusiones, prohibiciones, negaciones y rechazos, al precio de la crueldad".

El próximo 25 de junio se cumplirán 30 años de la muerte por sida de uno de los más influyentes pensadores de la segunda mitad del siglo XX y las biografías, recopilaciones de artículos y reediciones se suceden, reivindicando la permanente vigencia de sus planteamientos en estos tiempos convulsos.

Filósofo pero también psicólogo, historiador de las ideas y teórico social, Foucault ha pasado a la posteridad por sus certeros análisis de los sistemas de poder y su relación con el saber, por sus estudios críticos de las instituciones, desde las clínicas hasta los tribunales o las cárceles, y por haber diseccionado las normas sociales y la búsqueda de la verdad en el ser humano, así como las formas de subjetividad, esos criterios que la sociedad impone para definir quién está loco o enfermo, quién es un criminal o un depravado.

Asociado al estructuralismo tras publicar 'Las palabras y las cosas' (1966), donde parte de 'Las meninas' de Velázquez para desarrollar su arqueología de las ciencias humanas desde una perspectiva epistemológica, él mismo se distanció posteriormente de este movimiento, que consideraba demasiado rígido, como tampoco quiso nunca que le clasificaran de autor postestructuralista o posmoderno. Reacio a las etiquetas y los convencionalismos, Foucault dudaba de los signos como dudaba del poder y, acaso consciente de sus debilidades y contradicciones, siempre insistió en que no se juzgara al pensador por su faceta de ser humano.

"No deseo que, durante el programa televisivo, se dedique espacio a mis datos biográficos, ya que los considero irrelevantes para los temas que se van a tratar", le advirtió a su amigo Fons Elders, por carta mecanografiada, antes de prestarse a recibir en su domicilio parisino a la NPO. Y éste cumplió rigurosamente su petición pero, a la hora del montaje, decidió que la entrevista arrancara con un plano fijo de dicha misiva para mostrar la peculiaridad del personaje.

Por mucho que él lo negara, la vida de Paul-Michel Foucault (1926-1984) sí influyó de alguna manera en la construcción de su obra. Nacido en Poitiers, hijo de un eminente cirujano (Paul Foucault), su infancia en una capital de provincias durante la Segunda Guerra Mundial fue la de un niño apabullado por la insistencia de su padre para que estudiara Medicina -al final lo haría su hermano menor Denys- y un alumno irregular que suspendía en Matemáticas pero brillaba en Historia.

Enigmático, solitario y agresivo

Admitido en la prestigiosa École Normale Supérieure (ENS) de París, reducto académico de las élites francesas del que han salido 13 premios Nobel, el muchacho "enigmático, solitario y agresivo" -como le describirían sus compañeros- se quitó allí el nombre de Paul por odio a su progenitor, al tiempo que descubría su homosexualidad con un sentimiento de culpa tan grande que intentó suicidarse con una cuchilla de afeitar.

Cuentan las crónicas que en su internamiento en el Hospital de Saint-Anne, históricamente especializado en trastornos psiquiátricos y adicciones, se halla el secreto de su interés por la Psicología Patológica -disciplina muy reciente en la Francia de la posguerra-, que pasaría a estudiar después de licenciarse en Filosofía en 1948 en la Sorbona, donde solía ufanarse de no haber pisado jamás un aula.

Para aquel tiempo, este devoto de Kant, Nietzsche y Heidegger -pero también del transgresor Georges Bataille- se hizo sorpresivamente militante del Partido Comunista Francés siguiendo a su mentor, Louis Althusser. Pero pronto se desilusionó con las riñas internas del PCF y las noticias sobre los gulag estalinistas que se filtraban desde la URSS. A pesar de ello, en 1951, Althusser le consiguió un puesto de profesor de Psicología en la ENS, donde coincidió con Paul Veyne y Jacques Derrida.

Vino luego un peregrinar por centros extranjeros enseñando francés. En Uppsala (Suecia), escribió en 1954 su primer ensayo, 'Enfermedad mental y personalidad', donde revisaba el concepto de locura y su interpretación a través del tiempo por parte de las autoridades para internar a mendigos y libertinos en instituciones médicas que mezclaban la caridad con la represión. En Varsovia fue asignado en 1958 al Centro de Civilización Francesa, pero pronto la Sluzba Bezpieczenstwa -policía política polaca- detectó sus correrías nocturnas en ambientes gais y le puso en la frontera.

De vuelta a casa, ocupó un puesto de Filosofía en Clermont-Ferrand, donde intimó con el sociólogo Daniel Defert, que sería su compañero hasta el fin de sus días. Siguiendo a este último hasta Túnez, donde le tocó hacer el servicio militar, Foucault se perdió el mayo del 68 en el Hexágono. Pero ese mismo otoño ya estaba en París, inmerso en la ebullición que la capital francesa vivió tras las revueltas callejeras e integrado en una irrepetible camada de pensadores galos (Lévi-Strauss, Roland Barthes, Lacan, Deleuze, Lyotard...), algunos de los cuales participarían con él en la fundación del mítico Centre Universitaire Expérimental de Vincennes, un proyecto docente alternativo y autogestionado, impulsado por el ministro de Educación Edgar Faure como respuesta a las reivindicaciones estudiantiles, que daría lugar después a la Universidad París VIII de Vincennes à Saint-Denis .

Para entonces, nuestro hombre ya era un filósofo admirado, gracias a libros como 'Las palabras y las cosas' (1966) o 'La arqueología del saber' (1969), a los que siguieron otras obras fundamentales como 'Vigilar y castigar' (1975), 'Microfísica del poder' (1980) o 'Historia de la sexualidad' (tres volúmenes de 1976 a 1984), pergeñadas durante su etapa final como catedrático de Historia de los Sistemas de Pensamiento en el reverenciado Collège de France (1970-1984).

LSD y ayatolás

Tal vez porque nunca vivió en directo las barricadas noventayochistas, Foucault se apuntó posteriormente a toda suerte de experiencias marginales o subversivas, desde tomar LSD en 1975 en el corazón del Valle de la Muerte (California), en ese fascinante Zabriskie Point al cual Michelangelo Antonioni dedicó una extravagante película, hasta apoyar en 1979 la revolución iraní del ayatolá Jomeini -luego se arrepentiría- por considerarla como "el nacimiento de una nueva forma de espiritualidad política".

Aquejado del virus VIH, el filósofo más citado del mundo en el ámbito de las Humanidades -según decretaría 'The Times Higher Education Guide' en 2007- falleció en 1984 sin que 'Le Monde' explicara claramente las causas del deceso. Cuatro años después, su admirador y presunto amante Hervé Guibert revelaría su condición de seropositivo en 'Al amigo que no me salvó la vida', ejercicio de autoficción galardonado con el Prix Colette, en el que contaba detalladamente la agonía por síndrome de inmunodeficiencia de un pensador llamado Muzil, alter ego de Foucault.

Antes de dejarnos, el filósofo destruyó muchos de sus documentos inéditos para evitar su difusión y prohibió en su testamento que se realizaran ediciones póstumas de sus escritos, de los cuales se han vendido en Francia hasta la fecha 1,3 millones de ejemplares. A pesar de ello, sus clases magistrales en el Collège de France han dado lugar a 13 volúmenes de transcripciones lanzados por Gallimard, traducidos a 30 idiomas y despachados en el Hexágono al ritmo de 15.000 copias por tomo.

Precisamente uno de aquellos cursos, consagrado en 1979 al neoliberalismo, está siendo reivindicado en los últimos años por su aproximación visionaria a la corriente macro-económica que ha marcado este siglo XXI. Durante tres sesiones, Foucault analizó las teorías de autores entonces poco conocidos, como el austriaco Friedrich Hayek o el estadounidense Gary Becker, futuro Nobel de Economía.

"Con un increíble sentido de la anticipación, reveló que el verdadero proyecto de esta corriente no era liberar al pueblo sino imponer una forma de vida guiada por la tiranía del mercado y la disciplina presupuestaria", señala Eric Aeschimann en 'Le Nouvel Observateur'. "En ese momento, nadie imaginaba la ola neoliberal que caería sobre el planeta. Luego él murió y ese aspecto de su trabajo cayó en el olvido. Hasta que, en 2009, 'La Nouvelle Raison du monde', de Cristian Dardot y Pierre Laval, demostró que Foucault fue también un brillante analista de la economía liberal".

El éxito de dicho ensayo certifica la actualidad del pensamiento 'foucaultiano', que parece haberse vuelto más influyente que el de otros compañeros generacionales como Lacan, Deleuze o Derrida. Para honrarle 30 años después de muerto, Toulouse le dedicará en junio una sesión del Marathon des Mots, igual que el Centro Pompidou parisino ha programado conferencias acerca de la relación de Foucault con el arte, y el canal televisivo Arte emitirá un documental con el significativo título de 'Foucault contra sí mismo' que a él, eterno insatisfecho, quizá no le hubiera hecho mucha gracia.

1991/12/28

DOCUMENTACIÓN | TESTIMONIOS | EL ESCRITOR FRANCÉS HERVÉ GUIBERT MUERE DE SIDA EN PARIS A LOS 36 AÑOS

El escritor francés Hervé Guibert muere de sida en París a los 36 años.
Amigo de Foucault, fue uno de los primeros en anunciar públicamente su enfermedad.
Vicente Molina Foix | El País, 1991-12-28
https://elpais.com/diario/1991/12/29/cultura/693961201_850215.html 

El escritor francés, Hervé Guibert, de 36 años, murió el pisado viernes víctima del Sida en el hospital Antoine Beclere de Chamart, en las afueras de París. Autor de obras como ‘Al amigo que no me salvó la vida’ y ‘El tratamiento compasivo’, Guibert fue uno de los primeros personajes famosos que reveló públicamente su enfermedad. Guibert fue uno de los últimos amigos íntimos del filósofo Michel Foucault. El ministro francés de Cultura, Jack Lang, destacó ayer el coraje demostrado por este escritor y periodista al decidir luchar con todas sus fuerzas y talento contra la enfermedad.

La mala noticia de la muerte de Guibert es -si nos excluímos del círculo de su intimidad, para cuyos miembros constituirá igualmente un hecho trágico- una noticia literaria. Desde que en 1988 el escritor tuvo constancia indudable de que había desarrollado la enfermedad fatal del sida, su valeroso ‘ejemplo’ humano se resolvió en términos escritos, en un asombroso, impetuoso y también muy hermoso combate literario contra el aviso de la muerte. Hace sólo seis meses, entrevistado en ‘Le Nouvel Observateur’, tras la salida en Francia de ‘La mort propagande’, donde recuperaba textos de juventud junto a la reedición de su primer libro, y ya en prensa la que constituye hoy su última obra en vida, ‘Mon valet et moi’, Guibert confesaba seguir trabajando a ritmo infatigable, con intenciones de secreta conjuración frente: al silencio terminal que él mismo aclaraba en voz alta al periodista: "Quiero quitarme de encima el sida, querría arrancarlo. Desgraciadamente eso no es posible".

Lo único posible ahora es leer a Guibert literariamente, sin compasión ni morbo, admirando en su frenética trayectoria de los últimos cuatro años (ya antes, a pesar de su juventud, había publicado una docena de títulos), una apuesta de trascendencia artística a partir del vidrioso motivo de una condena mortal relatada por el propio condenado.

Hervé Guibert no se pudo arrancar la condena de la enfermedad, pero salió triunfante de ese reto, no sólo en los dos libros mayores que describen sin veladuras el progreso de su propio mal (‘Al amigo que no me salvó la vida’ y ‘El tratamiento compasivo’, de próxima publicación por Tusquets Editores en España), sino por una original vía interpuesta, en su última novela, aparecida en septiembre, ‘Mon valet et moi’.

Se trata en este caso de un divertimento lleno de escenas de ‘marivaudage’ erótico, con frecuencia picantes, en el que la relación entre un viejo autor teatral y su nuevo y lanzado sirviente da pie a un interesante ejercicio de trasposiciones ‘voyeurísticas’, de gran eficacia narrativa, en las que no es difícil advertir la identificación del escritor en forzosa limitación sexual con las imaginativas ‘contemplaciones’ de su anciano y ya inactivo protagonista.

Deja Guibert también un caudal impreciso de actividades plásticas, en pintura y fotografía. Y si bien como fotógrafo ya era conocido antes de su enfermedad, parece ser que la pintura ha sido una pasión última, otro sustituto del erotismo según él, que también le llevó a iniciar una nueva novela sobre el medio artístico, que ignoro si ha podido terminar. No es extraño, en cualquier caso, el despertar de esta pasión, ya que Guibert siempre sintió afinidad por la obra de algunos pintores, siendo en particular uno de ellos Bacon, una confesada fuente de inspiración literaria. Hace poco, yendo en autobús a una de sus regulares pruebas médicas, un muchacho que le reconoció por las fotos y que según Guibert estaba "un poco tarumba", le acarició la mano y le dijo: "Usted es historia. Historia de los hombres, historia de la literatura". Y si siempre habrá que reconocerle al enfermo Hervé Guibert la valiente decisión de conjurar públicamente esta enfermedad, la memoria de su palabra escrita, lo único que sobrevive al cuerpo del escritor, puede descansar en paz: sus libros vencerán al olvido.

1990/03/06

DOCUMENTACIÓN | TESTIMONIOS | NUEVA POLÉMICA EN FRANCIA SOBRE LOS LÍMITES ÉTICOS DE LA LITERATURA

Nueva polémica en Francia sobre los límites éticos de la literatura.
Javier Valenzuela | El País, 1990-03-06

https://elpais.com/diario/1990/03/07/cultura/636764403_850215.html 

La crítica francesa no ha ahorrado epítetos: el relato de las prácticas homosexuales y de la enfermedad, agonía y muerte por SIDA del pensador Michel Foucault, recién publicado en Gallimard por el que fuera su amigo íntimo, Hervé Guibert, es "insoportable", "glacial" y "cruel". Nadie pone en duda la veracidad de una historia que todos sospechaban o sabían. Lo que vuelve a discutirse es la oportunidad ética de desvelar con todo lujo de detalles la intimidad de un contemporáneo que mientras vivió hizo todo lo posible por protegerla de la curiosidad pública.

Guibert tiene ahora 35 años, está también enfermo de SIDA y ha dado a su biografía de los últimos tiempos de Foucault la forma de una novela. En ‘A l'ami qui ne m'a pas sauvé la vie’ (‘Al amigo que no me salvó la vida’), Foucault es Muzil, y el autor ha añadido una ‘ele’ a su apellido para llamarse Guilbert. Pero Guibert no se defiende de las acusaciones con la afirmación de que su libro es una obra de ficción. Su texto, confirma, es la descripción clínica de la agonía de Foucault, "una comunicación en el sentido científico del término".

En 1981 Guibert se enteró de la aparición en EE UU de una misteriosa enfermedad de transmisión sanguínea e informó de la amenaza a su amigo Foucault. El autor de la ‘Arqueología del saber’ y de la ‘Historia de la locura’ se tronchó de risa: "¿Un cáncer que afecta sólo a los homosexuales? No. Es demasiado hermoso para ser verdad". En aquel momento, Foucault estaba ya afectado por el mal sin saberlo.

Foucault, cuenta Guibert, continuó llevando su vida de siempre. De día leía, escribía, daba clases y cultivaba su cuerpo con la halterofilia. De noche, vestido con una cazadora de cuero negro con remaches metálicos, iba a ligar a un bar del distrito 12. Foucault adoraba las orgías violentas y tenía en un armario de su apartamento un saco lleno de látigos, capuchas, correas y esposas. En San Francisco, donde iba anualmente, frecuentaba las saunas de homosexuales.

Alcanzado por el SIDA
Llegó el día en que Foucault comprendió que había sido alcanzado por la enfermedad. El relato de Guibert, indiscreto hasta aquí, se convierte en terrible al describir las punciones efectuadas al filósofo en la columna vertebral, su aislamiento de apestado en el hospital de la Salpetriere, sus dolorosas crisis de tos. Foucault murió el 25 de junio de 1984, sin que su fallecimiento fuera asociado oficialmente al SIDA.

Entrevistado por ‘L'Evénement du Jeudi’, Guibert se ha defendido con el argumento de que la creación no soporta ningún tabú y goza de todos los privilegios éticos y estéticos. Al comentar el libro en el citado semanario francés, Jérome Garcin se ha preguntado, en cambio, si puede seguir sosteniéndose la tesis de que la literatura tiene todos los derechos, y ha recordado la polémica despertada por la ‘Ceremonia del adiós’, el libro en que Simone de Beauvoir describió los síntomas de la decadencia senil de Sartre.

MIKEL/A, AQUÍ ESTAMOS Y NO NOS OCULTAMOS

Mikel/a enseña cacho en la 2ª Gayakanpada de EHGAM, 27-29 agosto 1993, Muxika // STARS COFLHEE es un trabajo realizado por Julen Zabala Alon...