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2021/10/15

TESIS | Mendoza Albalat, Diego | Mirando al Sur: una historia (incompleta) de los activismos de la disidencia sexual y de género en Andalucía

Mendoza Albalat, Diego (2021). Mirando al Sur: una historia (incompleta) de los activismos de la disidencia sexual y de género en Andalucía. Tesis Universidad de Granada, Programa de Doctorado en Estudios de las Mujeres, Discursos y Prácticas de Género. Fecha defensa: 2021-10-15. Bajo la dirección de Amets Suess Schwend. 

Ed. digital: Open Access | Digibug - UGR [Universidad de Granada]
https://digibug.ugr.es/handle/10481/71616

La presente tesis doctoral se sitúa en el contexto de emergencia de distintos proyectos feministas, transfeministas y disidentes sexuales y de género que, en los últimos años, están generando aportaciones teórico-políticas con el fin de tejer una perspectiva (trans)feminista andaluza propia que explore referentes, construya memorias, denuncie desigualdades geopolíticas y rescate resistencias culturales características de dicho territorio. Influenciada por este entorno del que se nutre y pretendiendo aportar al mismo, la temática central de la investigación consiste en el abordaje de los activismos de la disidencia sexual y de género en Andalucía, desde que comienzan a organizarse durante la segunda mitad de los setenta hasta la actualidad, prestando especial atención a aquellos de cariz más crítico.

Para ello, se plantea una propuesta metodológica a la que he denominado ‘metodologías mestizas y epistemologías del puchero’, tomando como inspiración las metodologías queer e incorporando recursos y planteamientos de las epistemologías feministas, de la etnografía feminista, de la autoetnografía, de las metodologías colaborativas y de las prácticas de archivo alternativas. En este sentido, la reflexión y reformulación del concepto de ‘archivo’ es un eje central del trabajo.

De manera más concreta, en la tesis:

- Se traza un posible relato histórico de las mencionadas luchas a través de la construcción de varios recorridos (a modo de genealogías) sobre los Frentes de Liberación Homosexual, el activismo lesbiano, los movimientos queer y transmarikabibollo, el activismo trans y el transfeminismo, con menciones al contexto estatal y profundizando en los mismos en el ámbito andaluz.

- Se abordan de manera general los discursos que están construyendo la mirada (trans)feminista andaluza y, de forma específica, se realiza una aproximación desde una perspectiva autoetnográfica y (parcialmente) colaborativa a los discursos y prácticas del colectivo Red Maricones del Sur.

- Como otra dimensión más del proyecto, y con el objetivo de otorgar mayor accesibilidad al conocimiento producido durante la investigación, se ha construido un archivo online-página web con los materiales recopilados sobre los activismos de disidencia sexual y de género andaluces denominado Guardianx de la Contramemoria: un archivo transfeminista / kuir / transmarikabibollo andaluz.

- Se realiza un análisis de algunos ejes teórico-políticos que han podido estar presente (con sus diferencias) en los activismos de la disidencia sexual y de género en el contexto estatal y/o en el ámbito andaluz a lo largo de los periodos históricos examinados.

- Se desarrolla un ejercicio reflexivo sobre los procesos y aspectos metodológicos y éticos experimentados durante la investigación.

La reflexión general que vertebra al proyecto de investigación consiste en la necesidad de transformar nuestras miradas para encontrar valor político y teórico en cuestiones, prácticas, discursos, trayectorias, vivencias o territorios ‘periféricos’ a los que previamente no se les había concedido lo suficiente.

2016/07/24

DOCUMENTACIÓN | TESTIMONIOS | EL EJÉRCITO NO ES UN BUEN CUERPO PARA TRANS Y LESBIANAS

El Español / Artizar Díaz //

El Ejército español no es un buen cuerpo para transexuales y lesbianas.

El Ejército de Estados Unidos levantó el veto a los transexuales el pasado junio. En España, para las personas LGTB aún es difícil formar parte de las tropas.
Nuria Coronado | El Español, 2016-07-24
https://www.elespanol.com/reportajes/20160723/142236334_0.html

En España no hay datos acerca de este colectivo. Según la oficina de Comunicación del Ministerio de Defensa se debe a que en las Fuerzas Armadas "no se pregunta por la orientación sexual a nadie que quiera ingresar en las mismas, por lo que no podemos proporcionar estadísticas”. Por su parte, la Asociación Unificada de Militares Españoles (AUME) tampoco tiene respuesta, aunque en su caso el motivo se debe a que no tienen dinero "para llevar a cabo un informe de tal envergadura ni tampoco disponen de personal que lo haga”.

Un vacío que para la ex comandante y diputada socialista Zaida Cantera es reflejo de una institución intransigente, clasista y llena de prejuicios. “El Ejército, además de machista, no respeta ni a transexuales ni a homosexuales. Les hace la vida imposible para que se vayan. En los 17 años que estuve en sus filas no se hizo ningún estudio al respecto y habría servido de mucho para poder tener ahora alguna cifra que les visibilice en la práctica y para darles el trato igualitario que merecen”, dice.

Transfobia entre las filas

Pero ¿cómo es el día a día de una transexual en las Fuerzas Armadas? Artizar Díaz es una marinero de la Armada Española especializada en hostelería —también cubre alojamientos como cocinas, despensas o lavanderías—. Reside en Cartagena y es activista del movimiento que trata de informar sobre la transexualidad de una forma positiva y realista sin prejuicios. Solo pone una condición a la hora de hablar: no salir fotografiada con el uniforme. Esta mujer de mirada profunda ha preferido hablar a callar. “Guardar silencio es traicionarme y no mostrar la realidad que se sufre tanto en el Ejército como en el resto de la sociedad por total desconocimiento”, dice.

Sin pelos en la lengua reconoce que un buen día, y tras sufrir una tormentosa relación de amor-odio que termino hace 8 años, decidió quitarse la careta y mostrar la mujer que siempre ha sido y es. “Entré en el ejército con 20 años. Allí pasé unos años sin pena ni gloria hasta que decidí hace cinco hacer el cambio”. Un paso que, dice, le ha servido para empoderarla. “Tomar la decisión y llevarla a la práctica me ha servido para encontrar toda la energía que me había faltado siempre. Así empecé a ser activista y me inicié gradualmente en el transfeminismo. Di el paso por una relación agónica y al mismo tiempo querida a pesar de que ya hacía tiempo que había terminado, mientras veía un episodio de Bones, me di cuenta que había estado mintiendo a toda la gente que había querido”, reconoce.

Y ahí comenzó su otra lucha. “Todo mi entorno militar reaccionó con confusión”. Ella dice haber sido parte de esa reacción. “Mi máscara era tal que durante años había estado interpretando un papel de Óscar. En apariencia había sido un machote de manual y de repente dejaba de serlo. Y a pesar de ello me negué también a pasar por el aro y a adoptar los roles de género tradicionales reservados a las mujeres por el patriarcado”, añade. Desde entonces, el ejército “trata de ser amable y se esfuerza conmigo pero ni se ha adaptado al cambio ni se ha hecho a la idea”, explica.

Una situación que a veces es complicada, pero que curiosamente, tiene sus consecuencias positivas por producirse allí. “Cuando surgen conflictos es un trago desagradable, pero no me callo. La ventaja de lo militar es que cuando esto ocurre puedo meter un cuerno y denunciarlo y con bastante efectividad a esas personas se les pone en vereda, de hecho con más efectividad que en la sociedad civil”, añade la marinero.

Artizar también denuncia la total desprotección de las transexuales militares durante el proceso de cambio físico y la falta de regulación de su presencia. “Tenemos una desprotección absoluta porque legalmente no está contemplado que las personas transexuales militares podamos existir, así que nos vemos en situaciones como las de seguir en vestuarios masculinos o tener que raparnos la cabeza hasta conseguir el nuevo DNI. Eso es jodido porque a lo mejor tienes más tetas que la compañera de al lado y tienes que estar en el vestuario de tíos. El cambio que hace falta es la regulación de nuestra presencia. Es un vacío legal de los que muerden el culo”, subraya.

Ella, además, relata otras situaciones desagradables con algunas de sus propias compañeras. “Cuando compartimos el vestuario se esconden como si no tuviera nada mejor que hacer que mirarlas. Intento pasar y hago como que no me entero”. También hay quienes dicen se las dan de guay y en cuanto pueden le preguntan por sus genitales. “Al principio, cuando no tenía callo, les respondía, pero ahora les digo que ¡qué narices les importa!”, añade la militar. Según sus propias palabras: "la gente es igual de buena o mala en lo civil que en lo militar".

En cuanto a si este desgaste le compensa, Artizar tiene claro que sí. “Estoy a la espera de asignación de destino en Cartagena después de un año destinada en Madrid. El ejército no es perfecto, pero tiene cosas que me encantan, como por ejemplo servir a tu país. Es algo muy grande. Sé que eso la gente se lo toma como una gilipollez desfasada, pero para mí es muy especial. Además, no se vive mal. La sociedad militar me da una protección que no tengo fuera”. Mientras le llega su nuevo destino, ella sólo piensa en dos cosas: en casarse con su novia, a la que conoció hace cinco años, y en seguir empoderándose para que su lucha activista sirva para quienes vengan después. “Para mí que mi pareja sea una mujer es el menor de mis desvelos porque, para bien o para mal, me es más importante mi faceta de ‘trans’ que la de bisexual”, finaliza.

Lesbianas no, gracias

Si el colectivo ‘trans’ lo tiene complicado, la cosa tampoco es nada fácil cuando se es lesbiana. M.L.M., sargento primero de tierra de 38 años de edad y madre de un niño de 5 años, lo sabe bien. Tanto, que prefiere no revelar su nombre ni su imagen para no complicar aún más el infierno porque el que dice estar pasando. “Me están haciendo la vida imposible. Me han quitado toda la ilusión por un mundo en el que entré enamorada. Cada día que pasa me pesa más ponerme el uniforme”, explica.

Esta militar denuncia que su condición homosexual le lleva acarreando vejaciones desde 2006, humillaciones, un continuo freno a su carrera y, sobre todo, sufrimiento personal. “En las notas, me quitaban puntos. No querían que fuera de las primeras de la promoción, así que por más que estudiaba y me esforzaba, nunca pasaba del seis”, recuerda con expresión triste. Pero eso no es todo. Aún lleva peor comentarios como los de “una bollera de mierda nunca va a ser primera de promoción” o que “voy a arder en los infiernos porque me gustan los felpudos”. También relata cómo uno de sus jefes le llegó a preguntar “cuántos coños me había comido”. A lo que ella le respondió contundente —ya no se calla ni pasa una, nos reconoce— “que seguro que muchos más de los que él se había comido”; u otros compañeros que le decían que “cómo me gustaban los felpudos y les dije que en la puerta de mi casa me gustan los de colores”.

La sargento primero reconoce que las Fuerzas Armadas, sin importar el cuerpo al que se pertenezca, son una sociedad de machitos. “Te dicen que eres lesbiana porque no has probado una buena polla y cosas así. Es una mentalidad cerrada y cuadriculada. No te respetan. He visto palizas a gais, sé de homosexuales que, como son graciosos, los tienen como monos de feria”. También cuenta que hay otros que no salen del armario y que son capaces "de llevar una vida paralela, están casados y con hijos, mientras sus compañeros, como no les ven con parejas, les dicen que no se adaptan bien y que son unos raros”, añade la militar.

Además M.L.M. nos cuenta cómo dependiendo de la apariencia física de las lesbianas la vida es más o menos fácil. “Hay una diferencia entre las que ellos dicen son follables y no follables. Las que tienen aspecto más masculino no tienen tantos problemas como las que somos femeninas o atractivas. Les jode que seamos guapas y creen que si nos hicieran un favor hasta íbamos a cambiar de acera. Para ellos somos un desperdicio”, recalca.

Esta pequeña mujer, durante la hora y media larga de entrevista en una cafetería madrileña, no hace más que relatar situaciones inimaginables. Como cuando se quedó embarazada. “En el ejército son todos muy cristianos y capillitas. Cuando me embaracé por inseminación in vitro me mandaron hacer un tribunal médico porque decían que una lesbiana no podía quedarse embarazada. Así de cerrojos son”, recuerda entre la ironía y la desesperación.

Y ante tal situación se ha estado planteando denunciar. Incluso ha estado a punto de dar el paso con un abogado. Sin embargo ha dado marcha atrás y lo ha hecho por su hijo. “Denunciar no sirve de nada. Todos se tapan. Te van minando con la estrategia de que te canses tú antes que ellos. Mucha ley de protección y acoso, pero todo es mentira. Lo que hay dentro la gente no lo sabe. Aquí se trabaja con el miedo. Es una cuestión de poder. Mientras eres populacho de la tropa no hay problema, pero cuando asciendes te hacen la vida imposible. Llevo toda mi vida aquí, no he hecho otra cosa y mi hijo, que vive con sus abuelos, tiene que comer. Perdí la vocación, ahora es supervivencia económica. No sigo por otra cosa. Me avergüenza el mundo al que pertenezco. Al Ejército le falta respeto”, finaliza.

Harta de ser señalada
Quien sí se decidió a dar el paso y decir basta a una situación parecida es Patricia Campos, la primera y única piloto de reactor del Ejército a quien se le hizo la vida imposible. “El Ejército es machista por naturaleza, pero además también es homófobo. Si para ellos ya es difícil admitir que una mujer tenga los mismos derechos y capacidades que un hombre, cuando además se suma ser lesbiana, la situación es como tener entre las manos una bomba de relojería”, explica.

Por eso, ahora, desde la distancia y sin que sea una venganza que se sirve en plato frío, ha querido contar su experiencia en un libro ‘Tierra, mar y aire’ (Editorial Roca). “Lo he escrito desde el corazón y en homenaje a tantas y tantas personas que en todo el mundo han arriesgado incluso sus vidas o han visto cómo sus derechos humanos no son respetados por el hecho de ser homosexuales. Este mundo absurdo debería pensar más en las capacidades de las personas que en a quiénes amemos o con quiénes nos guste acostarnos. Falta educación, falta mucho respeto”, reclama con una mirada de ojos tan claros como la paz que transmite al hablar.

Ahora, si Patricia tuviera que volver a vivir todo, lo haría dándole la vuelta a la tortilla. Cambiando el silencio y a veces la sumisión por la fuerza y la voz en alto. “A veces siento que no fui lo suficientemente valiente. Que en esos años no me rebelé, que no luché lo suficiente. Hoy no me habría callado, no habría ocultado mi homosexualidad, habría defendido la de otras compañeras o compañeros, no me habría sentido presa de mi misma ni de la cárcel cuyos barrotes me ponía el Ejército. No habría llevado tanto peso encima”, asume la exmilitar. “La Armada vive en un mundo paralelo a la sociedad y no avanza con el mismo ritmo. Cuando las personas con las que trabajas no comparten tus mismos valores, es muy difícil mantener una convivencia, y por eso lo mejor es abandonar e irse”.

Con esa etapa cerrada, la expiloto ha aprendido a reinventarse, a encontrar en otras pasiones como el fútbol —es entrenadora de un equipo femenino en Estados Unidos y también, en cortos períodos, en Uganda con niños o mujeres con sida— su nuevo camino y aunque reconoce que echa mucho de menos volar, “porque allí, en lo más alto del cielo y con el reactor en mis manos, me siento en paz y en libertad”, ahora es por fin feliz. “Salir del armario es lo mejor que me ha podido pasar”, recalca. Tanto que dice que cada vez que da los buenos días a alguien responde con el mismo saludo y una coletilla que le encanta mostrar. “He perdido los escrúpulos y ahora cada vez que me dan los buenos días yo también los doy y de inmediato añado: ¡y tengo novia!”.

Una novia hawaina llamada Mía, que aprendió español con acento gaditano durante sus tres años en Rota y que, aunque no ha salido de su armario públicamente, la acompaña en la entrevista y la mira enamorada desde la distancia. "Si no escribo yo este libro con todo lo que he pasado en el Ejército, ¿quién iba a hacerlo? No podemos esperar más. La realidad es que si nadie hace nada, no avanzaremos. La visibilidad puede luchar contra la ignorancia, contra el miedo y contra la homofobia. Puede dar confianza y ayudar a muchas personas que no saben ponerle nombre a lo que sienten. Yo creo que hay que vivir la vida que queremos vivir y que nuestra orientación sexual o las legislaciones no condicionen nuestros sueños”, finaliza.

2011/12/01

DOCUMENTACIÓN | ACTIVISMO | EL TRANSFEMINISMO CALLEJERO DE MEDEAK

Diagonal / Performance sobre trabajo sexual en Donostia //

El transfeminismo callejero de Medeak.

En noviembre este colectivo vasco celebró sus once años de existencia. Hablamos con cuatro integrantes del colectivo donostiarra Medeak sobre las prácticas feministas en Euskal Herria y el movimiento transfeminista.
Caroline Betemps / June Fernández | Pikara Magazine, Diagonal, 2011-12-01
https://www.diagonalperiodico.net/movimientos/transfeminismo-callejero-medeak.html 

Del sujeto único a la multiplicidad de sujetos, del feminismo a los feminismos, del binomio sexo-género a la disolución de las categorías de género en el transfeminismo y las luchas Queer/Cuir, de la cama a la calle. Ésta podría ser una síntesis de los últimos 30 años de recorrido de las teorías críticas feministas.

En ese devenir plural se plantean no sólo nuevos sujetos y discursos, sino otros marcos de acción política. Ya no se trata un feminismo de la igualdad sino unos feminismos de los derechos, donde lo que importa no es tanto sumar etiquetas a las siglas (migrantes, negras, putas...) sino la inclusión real de esos sujetos en las prioridades, agendas y acción política feministas.

En Euskal Herria, el colectivo Medeak, que es un grupo que desde el año 2000 vienen transitando los feminismos, en sus limites, centros y periferias, representa el correlato de esa evolución. Para celebrar su aniversario han realizado unas jornadas cuyo formato buscaba fomentar la participación horizontal entre ponentes y participantes y que no sólo hablaran las “popes”. Los días transcurrieron con debates sobre post porno, violencia machista, sexofobia, prostitución, o alianzas para generar resistencias transfeministas al capitalismo.

Radicales y lesbianas
Consideradas radicales por frases como “en caso de duda, tú la viuda” y por reivindicar el uso de la violencia legítima y auto defensa ante agresiones machistas, las Medeak han entrado en el movimiento feminista vasco chocando contra todo pero creando a su vez estrategias para la comunicación intergeneracional con antiguas expresiones del feminismo.

Hoy afirman tener mucho más en común con lo que llaman “el MFC” (movimiento feminista clásico) y que su labor está en contribuir a que la gente más joven cree sus propias estrategias y espacios. En 2003 decidieron reivindicar el lesbianismo, no porque fuesen todas lesbianas, sino por pensar que se trataba de una categoría política necesaria. “Cualquiera de nosotras está dispuesta a identificarse como lesbiana, del mismo modo que muchas lesbianas se identificaron durante años con la mujer blanca heterosexual en la lucha por el derecho a abortar, la anticoncepción o el divorcio”, afirma Itu Iturrioz, integrante de Medeak.

En paralelo al proceso de nombrarse, veían fundamental ocupar el espacio público: “Queríamos como colectivo ser el cuerpo que demostrara que el feminismo vivía y que tomaba la calle”, explican en su web. Además de elegir formas no ortodoxas de salir a la calle, también preferían el trabajo en células en vez de grandes asambleas. “Con el tiempo transformamos las formas de funcionar típicas, que traen implícita la idea de que la revolución va a ser de masas”, afirma Nagore Iturrioz. “Las jóvenes hemos crecido con el discurso de la derrota, porque ya no montamos manifestaciones masivas. No podemos autovalorarnos comparándonos con los ‘70, cuando todo el mundo estaba en la calle y el machismo era mucho más evidente, porque no había ni derecho a divorciarse”, dice Itu Iturrioz.

De diferentes inquietudes políticas y formas de organizarse surge el colectivo para trabajar desde unas necesidades especificas que “las feministas de 40 años no estaban tratando”. “Cuando empezamos llegabas a un espacio y tenías que ponerte a hacer feminismo, aunque tuvieras 19 años y no tuvieras ninguna idea, solo sabías que eras feminista de tripa y necesitabas que te ayudaran, por eso lo primero que hicimos fueron unas jornadas para formarnos” explica Iturrioz. Aunque, como comenta Ana Txurruka, esa distancia no significaba oposición, sino diferentes demandas, “las del MFC han sido nuestras madres políticas, pero cuando estaba en sus colectivos, no hablaba. Te tocaba dedicarte a cosas de gestión, no a debatir, que es lo que querías y nos faltaban ciertas cosas que tuvimos que producir por nosotras mismas”, afirma. Por ello, una parte importante de su trabajo consiste en generar espacios con chicas jóvenes, a fin de conectar con nuevas generaciones: “No vamos a dar respuesta a lo que están viviendo tías de 18 años. Podemos fomentar que debatan y se auto organicen, que creen sus colectivos con intereses y prácticas propias”, dice Txurruka.

El cuerpo en la calle
El cuerpo como arma política es uno de los principales ejes trabajados desde el principio en Medeak. “Bilgune Feminista (formadas en los referentes de la izquierda abertzale) dicen que Medeak ha sexualizado la lucha feminista, incluyendo el placer en ella”, comenta Itu. En Euskal Herria, “nuestras formas se asocian mucho con la frivolidad, con una transgresión que parece falta de contenidos”, comenta Nagore.

Conscientes de que la práctica performativa produce sujetos al mismo tiempo que los representa, una de sus líneas de trabajo fueron los talleres de ‘drag King'. La idea para ellas era clara: hacía falta generar otras imágenes que representasen prácticas de desobediencia como estrategia crítica contra el capitalismo. Al principio, los talleres generaron muchos conflictos con algunas feministas que no entendían qué es el ‘drag king’ y no lo veían como una sátira del modelo masculino hegemónico. “En ese devenir se nos fueron cayendo algunos de los mitos del feminismo más clásico vasco, cuyas prioridades estaban muy claras y en donde todo lo masculino tenía que estar apartado”, cuenta Ana Txurruka. “Al terminar el primer taller tuvimos mucha sanción y el comentario fue ‘habéis estado poniéndoos bigote cuando había un seminario de economía feminista’. Esto de estar poniéndonos un bigote no era para nada feminista”, recuerda Itu.

Las resistencias también tienen que ver con el estilo políticamente correcto del feminismo, “esto de salir a la calle en tetas y darnos por culo ¿es hacer política?”, pregunta Ana Txurruka. “Hay veces en las que toca romper. Probablemente las feministas que nos cuestionaron hace tres años ya no nos cuestionan hoy. Nos han criticado, pero porque querían comprender para qué lo hacemos”, puntualiza Kattalin Miner.

Transfeminismo mestizo
El transfeminismo supone el paso del sujeto simple a un sujeto más amplio y no refiere solo a un discurso ‘no binomio’, unido a la transexualidad, sino que incluye otras dimensiones como las diferentes precariedades. En ese cambio de paradigma, “lo que estamos haciendo es generar formas de pensamiento muy distintas que casan con el discurso trans-charco o trans-migrantes. Multiplicar el sujeto feminista significa que no hay un sujeto mujer único al que yo pueda describir y al cual le puedo hacer una agenda”, explica Itu.

Llevar esto a la práctica, producir alianzas con sujetos que están atravesados por ejes distintos, y poder ver hasta qué punto estos ejes están relacionados y cómo el contacto de las unas con las otras enriquece y fortalece es uno de los desafíos del transfeminismo. Como explica Kattalin, “lo más interesante del transfeminismo es que se relaja el sujeto. No es ya definir tanto ese sujeto ni sumarle trans, puta, bollo, negra, si no dejarlo abierto lo que hace que nos acerquemos y que sucedan alianzas antes no pensadas”.

Ana Murcia de la Asociación Garaipen (de mujeres inmigrantes y vascas), comenta que “las Medeak nos han ayudado a ampliar la visión del feminismo que queríamos hacer”. El trabajo con Garaipen implicó un proceso muy colectivo, nos cuentan. “Al entender la diversidad de migrantes y de bolleras, nos vamos contagiando, ellas se van ‘bollerizando’ y nosotras nos vamos ‘migratizando’”, afirma Itu. “Este año, las Garaipen se travistieron para salir en la mani del 28-J con nosotras. Eso muestra cómo vamos permeándonos, y cómo eso se refleja también en el cuerpo”, comenta Nagore.

Aunque ampliar el sujeto y nombrarse diferente por sí solos no implica un cambio en la agenda política, para Itu ése es el debate, “qué actividades vamos a hacer, cuáles son prioritarias y cómo vamos a encontrar la forma de sentirnos representadas las unas con las otras”. Frente a un feminismo con un sujeto y agenda únicos, el transfeminismo propone “hacer un esfuerzo para que hablen con nosotras en los espacios aquellas de las que queremos hablar. Algo que no sucede en el MFC, se habla mucho en nombre de las mujeres maltratadas, las putas, las inmigrantes, pero sin ellas”, concluye.

  • Debates transfeministas abordados en las jornadas de Medeak
  • Postporno como sabotaje. En el principio fue Annie Sprinkle, que en ‘Herstory of the porn (1999) revelaba que si no te gusta el porno que hay, lo mejor que puedes hacer es tu propio porno. Así empezó lo que hoy se conoce como el movimiento postporno. Dinamitar los binomios, ampliar imaginarios y prácticas y visualizar otras sexualidades que subvierten lo establecido son algunos de sus ingredientes.
  • Violencia machista. «Dejemos de hablar de violencia de género o contra la mujer y hablemos de violencia machista», pedía Itu Iturrioz de Medeak, que recuerda que la ley actual de violencia de género sólo es aplicable a las entendidas como relaciones sexo-afectivas dentro de la pareja o el matrimonio y no se aplica a la violación. Para Itu, esta ley «sólo sirve para que se pegue menos», pero no para transformar la situación de las mujeres.
  • Sexofobia y prostitución. Un debate clásico dentro de los feminismos es el de la prostitución, que muchas veces omite la diferencia entre mujeres que trabajan por su cuenta y las víctimas de trata. Para Antonia Genaro, del colectivo Hetaira, «la ley contra la trata equivale a efectos prácticos a la regulación de la expulsión de inmigrantes». Según Isabel Holgado, «lo peor es el estigma de ser puta, que es contaminante e irreversible».
  • Economía feminista. «Generar bienestar cotidiano para gente concreta, eso es la economía de verdad», dice la economista Amaya Pérez Orozco. Las mujeres tienen más contratos temporales y el trabajo de cuidados y doméstico, que produce una riqueza equivalente al 75% del PIB, no se paga. Según la economista Nekane Jurado, «en crisis la lógica es mantener los beneficios donde están y de ahí, la feminización de la pobreza y de la crisis».

MIKEL/A, AQUÍ ESTAMOS Y NO NOS OCULTAMOS

Mikel/a enseña cacho en la 2ª Gayakanpada de EHGAM, 27-29 agosto 1993, Muxika // STARS COFLHEE es un trabajo realizado por Julen Zabala Alon...