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2020/09/11

DOCUMENTACIÓN | TESTIMONIOS | SUSAN SONTAG COMO METÁFORA

Susan Sontag como metáfora.
La biografía de Benjamin Moser busca detrás del mito para dibujar a una escritora escindida: "Es como si ningún espejo al que me asomara me devolviese la imagen de mi propio cuerpo". El volumen, de más de 800 páginas, es fruto de siete años de trabajo con un completo acceso a los archivos familiares y 600 entrevistas a amigos y colegas.
Clara Morales | InfoLibre, 2020-09-11
https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/susan-sontag-metafora_1_1187410.html

Susan Sontag (1933-2004) necesitaba ayuda. Así se lo hizo saber al poderoso agente literario Andrew Wylie cuando se conocieron: "Tienes que ayudarme a dejar de ser Susan Sontag". Las obligaciones de su existencia como figura pública, como intelectual de renombre, la alejaban del trabajo. Quería, por ejemplo, escribir una novela. "Pero me lo impide esto de 'Susan Sontag".

Esta conversación concilia quizás el núcleo de 'Sontag. Vida y obra' (Anagrama), la biografía de más de 800 páginas para la que Benjamin Moser ha trabajado durante siete años, buceado en los archivos familiares y realizado 600 entrevistas. No es, desde luego, el primer libro sobre la vida íntima de la pensadora que se publica —ahí están, por ejemplo, sus diarios, de los que este volumen se nutre sustancialmente—, pero sí la primera biografía sobre ella merecedora de tal nombre. Y Moser conoce desde el principio el desafío: desentrañar el carácter de "la última gran estrella literaria de Estados Unidos", de una escritora que existe como "mito", explica, disociada para el público tanto de su obra como de su experiencia vital.

Moser (biógrafo también de Clarice Lispector) señala la ironía de que una mujer preocupada por la naturaleza de la imagen y por las limitaciones del arte y de su interpretación, en suma, por las tormentosas relaciones en torno a la representación, haya acabado convirtiéndose en una especie de icono que ‘significa’ sin que nadie sepa bien qué. Empezando por su apariencia física y su principal signo de identidad, esa melena azabache atravesada por una veta blanca que parece haber nacido de su sien como un efecto del mero acto de pensar. La minuciosidad de Moser —en ocasiones algo cargante— le lleva a hablar con el artífice del ‘look’, el peluquero Paul Brown. El tratamiento para el cáncer de mama que le habían diagnosticado a los 42 años no le había hecho perder el cabello, pero lo había encanecido por completo. En una visita a su madre a Hawái, aún convaleciente, esta le insistió para que se lo tiñera. Y Brown lo hizo, a excepción de ese famoso mechón. Un mechón que casi medio siglo más tarde sigue considerándose sinónimo de cierta intelectualidad de izquierdas.

La biografía dibuja el retrato de una niña precoz que aprendió a leer a los 3 años y a escribir a los 6, que terminó el instituto a los 15, que se casó a los 17 con uno de sus profesores de la Universidad de Chicago, que a los 26 estaba divorciada y tenía un hijo y que, tras estudiar en Oxford y en la Sorbona se ganó el respeto intelectual que tan escasamente se reparte con la publicación de su primera colección de ensayos, ‘Contra la interpretación’ (1966). Dentro de las convenciones del género, Moser incide en múltiples ocasiones a lo largo de todo el libro en los efectos que tuvieron en su vida por una parte la muerte de su padre cuando ella tenía 5 años, y por otro la adicción al alcohol de su madre. Pero ‘Sontag. Vida y obra’ lidia con un misterio que no se resuelve solo con los datos biográficos comunes: las numerosas contradicciones de Sontag, aquejada siempre de una especie de existencia escindida.

"Es como si ningún espejo al que me asomara me devolviese la imagen de mi propio cuerpo", escribió en 1957. Esta idea, la separación entre cuerpo y mente, la imposibilidad de reconciliar la experiencia sensorial y la reflexión intelectual, la perseguiría a lo largo de su vida. Y la escritora, a juzgar por sus diarios y por los testimonios de quienes la conocieron, poseía una lucidez sobre sí misma que rayaba en la crueldad: cuando un amigo le señala en su juventud que en ella "mente y cuerpo parecen no estar conectados", ella le espeta un "¡A mí me lo vas a contar!". Su percepción de sí misma alterna entre sentirse "desvalida" o "una impostora" y percibirse como "arrogante", con un "desdén intelectual hacia los demás". Devota creyente de la transformación personal, no tuvo miedo a cambiar de creencias o a refutar sus propias tesis, pero, para el observador externo, esa fluidez puede verse también como una tendencia a la contradicción y una falta de integridad.

Quienes la conocieron como adolescente o ya en la veintena la describen como una mujer tremendamente insegura, muy lejos de la imagen de fortaleza inquebrantable que más tarde ofrecería. Y, aunque desde su divorcio insistió en la necesidad de mantener una independencia emocional absoluta, también se mostraba aterrorizada ante la soledad: en una ocasión, le dijo a un amigo que prefería vivir con cualquier persona elegida al azar en un restaurante chino que vivir sola. Sus conocidos, incluso los más amorosos, hablan de ella como una persona "dura", impositiva, pronta a repartir consejos y muy poco dispuesta a aceptarlos. Moser no lima las asperezas de un personaje que parece aquí más carismático que amable, y desde luego no se muestra hechizado por él. Algo que, en principio, puede ser un atributo positivo en un biógrafo, pero que le afeaba en una reseña la escritora Vivian Gornick: "Tiene que existir una fuerte, vibrante e incluso poderosa corriente de simpatía entre el escritor y el sujeto —por más indeseable que el sujeto sea— para poder escribir una notable biografía. Y me temo que ‘Sontag’ no lo es".

Una de las escisiones internas de la escritora que interesan más a Benjamin Moser es la que atañe a su orientación sexual. El libro narra cómo Sontag explora su deseo por las mujeres cuando se muda a San Francisco a finales de los cuarenta, donde escribiría en su diario un emocionante: "vuelvo a nacer en la época referida en este cuaderno". Su estancia en Berkeley se convierte en una especie de campamento de la homosexualidad, interesándose por la cultura LGTB, por la jerga y los hábitos del colectivo, y le otorga una liberación interna obvia: "Ahora sé la verdad, sé lo bueno y legítimo que es amar". Pero, pese a definirse como lesbiana en esos años, Moser cuenta cómo más tarde, convencida —como lo estuvo hasta su muerte— de la capacidad de transformación personal, se propuso evolucionar —en sus palabras— hacia la bisexualidad, forzándose a tener relaciones sexuales con hombres.

Décadas más tarde, en 1989, después de haber vivido numerosos romances con mujeres, su asistente Karla Eoff le preguntó por la naturaleza de su relación con la fotógrafa Annie Leibovitz, con la que llevaba meses saliendo. Ella insistió en que no eran más que amigas. Karla se sorprendió y le confió que había daba por sentado que era lesbiana. Sontag respondió: "No me gusta esa etiqueta. También he estado con hombres". A principios de los noventa, entró en crisis cuando la periodista Zoë Heller hizo mención en una entrevista a su relación con Leibovitz, conocida en los círculos artísticos de la ciudad. Tras la publicación, su hijo, David Rieff, pidió una cita a la reportera y, de manera un tanto confusa, sin llegar a expresar claramente qué era lo que había molestado a su madre, le confesó: "La has hecho llorar". "Pese a haber tenido algún que otro amante masculino", escribe Moser, "el deseo erótico de Sontag se centraba de forma casi exclusiva en las mujeres, y la frustración que la acompañó durante toda su vida por su incapacidad para evadirse mentalmente de esa realidad indeseada desembocó en una incapacidad para sincerarse al respecto".

Esto no basta, por sí mismo, para lograr entender la distancia entre Sontag y sí misma, a veces buscada y a veces sufrida. Pero el ejemplo de ‘El sida y sus metáforas’, tal y como lo recoge Moser, resulta especialmente significativo. El volumen, publicado en 1989 [1988] como un diálogo con ‘La enfermedad y sus metáforas’ (1978), explora las imágenes creadas en torno a los enfermos (la culpa, el castigo...), y denuncia que estas no son inocuas, que tienen efectos materiales en el objeto al que se refieren. Sontag hablaba de los estigmas asociados a la homosexualidad sin identificarse como homosexual —para muchos, ‘ocultándolo’— y alejándose también de las numerosísimas muertes que la enfermedad había dejado a su alrededor, entre personas muy cercanas —en su diario, recoge una larga lista de conocidos y buenos amigos fallecidos por sida—. La denuncia de los efectos nocivos que tiene la "trampa metafórica" en los cuerpos no se asocia aquí tampoco a unos cuerpos concretos. Para Moser, el libro "sin pretenderlo, ejemplifica precisamente aquello que pretende denunciar. Sus páginas revelan lo deprisa que la metáfora puede degenerar en confusión, abstracción, mentira". El colectivo LGTB no entendía por qué una mujer como ella, con su visibilidad y su poder, elegía ocultarse. Algo similar le reprocharon las feministas, que la consideraban distante con la causa.

"Como todas las metáforas", escribe Moser, "también esta era imperfecta. Muchos de los que se toparon con la mujer de carne y hueso se sintieron defraudados al descubrir una realidad que no estaba a la altura del mito glorioso". Quizás ella misma se sintiera decepcionada. "La única clase de escritor que podría llegar a ser es el que se expone a sí mismo", escribía en 1959. "Escribir es desgastarse, apostar contra uno mismo". Pero ¿qué es ‘uno mismo’? ¿Qué es ser uno mismo cuando se es "Susan Sontag"? ¿Y de qué manera podría exponerse alguien que quiere dejar de ser el mito que ella misma se ha esforzado en construir? En sus últimos meses de vida, arrebatada por el cáncer que la persiguió durante décadas, osciló continuamente entre la voluntad de rendirse y la insistencia a los médicos en que siguieran intentando salvarla. Escribe Moser: "Ante un mundo escindido, ofreció un yo escindido".

LECTURAS
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David Rieff: "Susan Sontag no aceptó su muerte y por eso no pude decirle adiós".
El País, 2008-12-14

https://elpais.com/diario/2008/12/14/eps/1229239613_850215.html
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El país de los enfermos.
Belén Altuna | El País, 2011-02-23

https://elpais.com/diario/2011/02/23/paisvasco/1298493617_850215.html
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Susan Sontag y La enfermedad y sus metáforas.
Jordi Martí Font | Catalunya Press, 2020-04-16

https://www.catalunyapress.es/texto-diario/mostrar/1931974/susan-sontag-enfermedad-metaforas
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El profundo y desesperado deseo de Susan Sontag de perdurar.

Una selección de textos de la ensayista estadounidense acaba de llegar a las librerías. El encargado de elegir cada texto ha sido su único hijo, David Rieff, que desde el prólogo cuenta que su madre quería ser recordada a través de su obra.
David Rieff | El País, 2022-03-17
https://elpais.com/ideas/2022-03-17/el-profundo-y-desesperado-deseo-de-susan-sontag-por-perdurar.html
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Y TAMBIÉN...
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El sida y sus metáforas
Ricard Ruiz | El Periódico, 2002-11-29 | Reproducido por : gTt-VIH, 2003-04-20

http://gtt-vih.org/actualizate/lo_mas_positivo/LMP_25_sida_sus_metaforas
 
[...] Sin embargo, en 1988, siete años después de que se diagnosticaran en California los primeros casos de SIDA, la intelectual neoyorquina Susan Sontag trató de repetir con el VIH el ejercicio ensayístico con el que había triunfado diez años antes –'La enfermedad y sus metáforas, un análisis del cáncer y otros males físicos en la historia del pensamiento'– y se encontró con que apenas existía literatura no científica sobre la infección. Pionero en su lectura ideológica del virus, 'El sida y sus metáforas' (Taurus, 1996) se centró entonces en la concepción apocalíptica de la nueva epidemia, desenmascarando su utilización política contra las desviaciones, su mezcla de terminología bélica y fantasía tecnológica, y el abuso de la simbología religiosa más reaccionaria –en términos de ‘plaga bíblica’ y ‘castigo divino’– ante los presuntos desórdenes morales de la promiscuidad, la droga o la homosexualidad. [...] 

2018/03/23

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | DE UN LIBERTINO QUE ESTUVO EN LA INOPIA

De un libertino que estuvo en la inopia.
La novela romántica de Vicente Molina Foix tiene mucho de narración generacional, de novela de formación, y no menos de libro de memorias. Esta es la intrahistoria de un grupo de jóvenes que en los últimos años de la década de los sesenta aspiraban a convertirse en escritores.
Fernando Valls | InfoLibre, 2018-03-23
https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/libertino-estuvo-inopia_1_1156578.html 

Este libro se nos presenta ya desde el subtítulo como una novela ‘romántica’, pero tiene mucho de narración generacional, de novela de formación, y no menos de libro de memorias, pues aunque alguno de sus episodios esté fabulado, me temo que no pocos lectores la recibirán –sobre todo- como la rememoración de un tiempo pasado. No en vano, buena parte de su atractivo estriba en la presencia, en el protagonismo compartido, de los hermanos Moix (Ana María y el entonces llamado Ramón, luego Terenci), Pedro Gimferrer (pronto Pere), Leopoldo María Panero, Guillermo Carnero y el autor. Todos ellos escritores, y algunos también críticos literarios y cinematográficos, o ensayistas, que han ocupado un papel preponderante en las letras españolas, y catalanas, de las cinco últimas décadas, aunque quizá solo Gimferrer, Carnero y Molina Foix hayan acabado haciendo la obra que de ellos se esperaba. En el caso de Terenci Moix, junto a obras notables (‘El día que va morir Marylin’, 1969; o ‘El peso de la paja’, 1990), nos ha dejado otros libros demasiado torrenciales y complacientes. Si Terenci se fijó en Marylin, su hermana cuenta en sus cartas a Vicente que anda escribiendo una novela titulada ‘Monty no ha muerto’ (p. 344), por Montgomery Clift, nunca publicada que yo sepa.

En el título aparece ya definido el protagonista como un ‘joven sin alma’, en el sentido de alguien que no sabe amar, o como le espeta Ramón: “no tienes corazón, solo curiosidad, y eso no basta” (p. 209). Mientras que en el subtítulo se apunta el género, aunque sea de manera equívoca, porque qué quiere decir aquí ‘romántica’. El caso es que con menos subterfugios de los habituales, el autor se desdobla a su vez en dos personajes: aquel llamado Vicente y el innominado narrador que es durante el presente narrativo, convertido en uno más de los miembros del grupo que protagoniza la narración, un procedimiento útil para intentar objetivarse, distanciarse. Así, todos ellos están vistos en un momento concreto de sus vidas, mientras que tanto el jovencísimo Vicente como el narrador aparecen retratados por el Molina Foix que hoy recuerda, fabula y firma el libro.

Si bien el conjunto aparece dividido en dos partes muy desproporcionadas, pues se componen de 314 y 46 páginas respectivamente, también podríamos parcelarlo en tres épocas, correspondientes –en esencia— a las vivencias del protagonista en Alicante, Madrid y Barcelona. A su vez, esa extensa parte inicial se subdivide en 55 capítulos titulados, excepto los seis primeros que aparecen sin nominar. Y, sin embargo, la fecha clave de toda esta experiencia vital es julio de 1965 (véase, el poema de Gimferrer, “Julio de 1965”) cuando Vicente llega a Barcelona y se encuentra con el resto de los componentes del llamado aquí Grupo de los Seis, unos jóvenes insatisfechos y heterodoxos en su conducta, inquietudes y saberes. Ese año se nos relata centrándose, de manera tan precisa como puntillosa, en dos trimestres y tres meses sueltos, dedicándoles un capítulo independiente a cada uno de ellos (I, 23, 29, 30, 35 y 40), como puede observarse en el índice. Pero, además, el lector aprecia un evidente contraste entre la vida en esas tres ciudades, que tienen que ver con distintas fases de su maduración personal, resaltando sobre todo, respecto a las anteriores, las experiencias que vive en Barcelona. Ana María, por su parte, establece la siguiente comparación entre Madrid (“dicen que tiene siempre una sonrisa profidén”) y Barcelona (“tan seductora, tan bien vestida, a veces saca los dientes y muerde”) (p. 352). Pero, además, aunque la historia privada se centre en unos cinco años, hasta 1969, en el conjunto no se pierde de vista nunca el fondo político de aquella última década del franquismo. Así, por ejemplo, se alude a la manifestación en Madrid, de febrero de 1965, o al encierro en la Facultad, disuelto por los grises a caballo.

La narración empieza siguiendo la cronología vital del protagonista y valiéndose a veces de antiguas fotos, contando los años de Alicante, los ritos familiares y los escolares, las primeras experiencias sexuales, la fascinación por las hermanas Valdés... Pero también rememora los tres veranos decisivos que Vicente pasó en París, entre 1962 y 1964, en los que un chico devoto, incluso lleva cilicio, se convierte en cinéfilo. Hay, sin embargo, dos personajes que destacan en esta etapa: el desterrado doctor Ribas Soberano que salvó a su madre de la muerte; y Camilo José Cela, ante quien su padre lo llevó, en la Alicante en 1962, a que le firmara unos libros. Luego, Vicente lo siguió por la ciudad, asistió a una conferencia e incluso mantuvo dos conversaciones con el escritor. La conferencia de Cela quizá podría desempeñar aquí una función semejante a la que dicta Ortega y Gasset en ‘Tiempo de silencio’. Molina Foix se refiere también en estas páginas a sus padres y a su hermano Juan Antonio, un reconocido experto en cine y literatura fantástica, pero nunca a su hermana mayor, a quien –tras la publicación de la novela- le ha dedicado un sincero y emotivo artículo en forma de carta (“A la hermana perdida”, ‘El País’ Semanal, 3/XII/2017), que bien podría haber formado parte de esta narración, como un capítulo más.

A Madrid, donde ya vive su hermano, llega en 1964 para estudiar Derecho, aunque se muestre mucho más interesado por el cine, por la relación que entabla con los afrancesados de la revista ‘Film Ideal’ (Félix Martialay, Marcelo Arroita-Jáuregui, Juan Cobos, Miguel Sáenz, José Luis Guarner...), y por las actividades de la oposición clandestina, llegando a formar parte de la célula de Atocha del PCE, convertido en Cesáreo. Se trata, por tanto, de un tiempo dedicado a la conspiración y al aprendizaje, a compaginar el conocimiento del surrealismo con el del socialismo, en el que además comienza a ser consciente de su homosexualidad. Y cuando ‘Film Ideal’ se derechizó, Vicente Molina se integra en la redacción de la revista ‘Nuestro cine’, fundada en 1961 y vinculada a la izquierda, junto a Augusto M. Torres y Miguel Marías. Pero para entonces estábamos en el curso 66-67, época en que se cumplían sus amores con la pintora Mari Luz D., casada con un escritor de cuentos del realismo social.

Sus estancias esporádicas en Barcelona, donde se presenta con 18 años, tendrán una gran trascendencia en su vida, por las relaciones que entable con otros jóvenes de su cuerda, hasta acabar abandonando la inopia para en adelante comportarse como un libertino, tal y como el mismo autor ha descrito su transformación. Así, nos cuenta sus amores con el siempre absorbente y melodramático Ramón, quien ya tiene 23 años. Una versión distinta de estos hechos puede leerse en el tercer tomo de sus memorias, ‘Extraño en el paraíso’ (1998), según ha recordado Mainer en una reseña modélica. El caso es que Ramón acabó rompiendo con él por telégrafo, lo que hoy suena antediluviano. A la vez, Gimferrer y Carnero se quedan prendados de Ana María, el primero a su manera, tal y como confiesa: “yo me he enamorado de Ana María aunque en forma un tanto peculiar; ni la quiero ni la deseo; la ‘necesito’ intelectualmente” (p. 204). Ella, por su parte, los quería como amigos, pero los rechazaba en calidad de novios (p. 230). Y, al respecto, no podemos pasar por alto la confesión del joven y siempre atrabiliario Panero: “La sexualidad la veo en sí misma repugnante. Y si pudiera me libraría de ella con mucho gusto” (p. 249).

Además, la llegada a la Universidad supone el descubrimiento del amor, la iniciación sexual, homosexual, y el conocimiento del magisterio cultural, pero también la aspiración de convertirse en buen discípulo de aquellos que saben más que él, pues Molina Foix se presenta como “un provinciano palurdo entre sabios morbosos” (p. 308). Siendo importante la visión del grupo, la amistad que entablan, la rivalidad, los celos que padecen y cierta pedantería, habría que destacar sobre todo las cartas que Ana María, la musa del grupo, le dirige a Vicente, sus intereses e inquietudes, sus visitas al psiquiatra, su fascinación, y más, por Esther Tusquets, para referirse también a “esa porquería infecta que son los sentimientos” (p. 347).

Aunque la historia acabe en 1969, cuando todos los miembros del grupo, menos él, han publicado ya algún libro o están emparejados (Gimferrer con una chica muy guapa —afirma el narrador, con quien quisieron formar un trío, aunque solo a efectos románticos— que se hacía llamar Doctora Mabuse y se las daba de fría y calculadora, pp. 284-290), es difícil sustraerse a lo que será el futuro de cada uno de ellos. Así, en 1970, Molina Foix publicó su primer libro en la todavía Seix Barral de Carlos Barral, una novela titulada ‘Museo provincial de los horrores’, y junto a sus amigos –con la excepción de Terenci, entonces escritor solo en catalán- aparece incluido en la antología de José María Castellet, ‘Nueve novísimos poetas españoles’, formando todos ellos, además de Félix de Azúa (¿por qué no aparece en esta novela, por dónde andaba entonces?), lo que el antólogo llamó la ‘coqueluche’, a quienes Ana María define como “aquellos muchachos ebrios de cine, poesía, verano y juventud” (p. 357).

Hoy, sin embargo, la percepción de estos autores me parece que ha cambiado y es probable que a más de uno le cueste entender la fascinación que sintieron tanto por Ana María como por Leopoldo; frente al atractivo mayor de Terenci para los que hayan tenido la fortuna de tratarlo, mucho más ingenioso y desmesurado, por su simpatía personal y por ser un gran contador de historias. Por otra parte, me temo que Ana María pecaba de optimista cuando en una de sus cartas afirma: “empezamos una generación (...), será la más grande de esa historia-miseria que nos ha precedido”. Pues tanto la anterior, la llamada del ‘mediosiglo’ (Sánchez Ferlosio, Valente, Claudio Rodríguez, Gil de Biedma, Ana María Matute, Caballero Bonald, Carmen Martín Gaite, Juan Marsé...), quienes sí pusieron en práctica diversas estrategias para alcanzar un cierto poder, como alguno de sus coetáneos, o la posterior generación han dado semejantes o mejores frutos que ellos: Miguel Espinosa, Francisco Umbral, Javier Marías, Luis Mateo Díez, José María Merino, Rafael Chirbes, Cristina Fernández Cubas...

Junto con ‘El abrecartas’ (2006) y ‘El invitado amargo’ (2014), escrita con Luis Cremades, esta obra compone una trilogía que el autor ha tachado de novelas ‘documentales’. Lo que se narra, en suma, como apenas nunca se había hecho, y eso es lo que convierte a este libro en atractivo y singular, es la intrahistoria de un grupo de jóvenes que en los últimos años de la década de los sesenta aspiraban a convertirse en escritores, la amistad que surgió entre ellos, los amores y deseos más o menos satisfechos, las relaciones homosexuales, los celos (¿de ahí lo de ‘novela romántica’, concepto que Ana María utiliza en su última carta, p. 361?), y, cómo no, un cierto histrionismo, mucha pedantería y cierta tendencia al lenguaje ampuloso.

Así, lo que empezó siendo un relato personal, familiar, acaba convirtiéndose en una historia coral de amistad, en Madrid de forma más tímida, y de manera absoluta en Barcelona. No falta ni la autocrítica, ni tampoco humor. Respecto a este último, véase la disputa entre Ramón y Leopoldo (p. 242), la distinción del primero entre lo narrativo, que él cultiva, y el despectivo ‘versiprosa’ de los demás (p. 244); y lo que le espeta a su hermana (p. 246). O todo lo relativo a esa especie de combate por ver quién lleva el abrigo más extravagante, sean los de Vicente, el de Carnaby Street o el negro de conejo (pp. 230 y 324), o incluso el largo tabardo ribeteado de piel de leopardo, sintética, de Panero (pp. 223, 254 y 255).

El gusto por el apodo, como en la novela del XIX, en nuestro Galdós, por ejemplo, recorre todo el libro. Así, Cela llama al joven Vicente “cara de plato”, mientras que sus amigos lo tratan de “cara de pan”, “cara de Luna” (p. 350) o “lo Vicentet” (pp. 151, 307). Gimferrer es, para el narrador, El Crítico 1° o El Poeta Fundador; Ramón Moix es El Crítico 2° o El Novelista Sensacional; Ana María, muy aficionada a motejar a los demás (p. 360) es la Poeta de Prosa delicada, a quien también llaman el Animal, y ella misma se define como “la desdichada de los Cortos Cabellos” (p. 356); Carnero aparece como El Poeta de Gran Estatura y foulard; mientras que a Molina Foix lo conocen como ‘Le petit martien’.

Se trata, en suma, de una narración inteligente, desmitificadora, a menudo irónica y a ratos divertida, un libro imprescindible para entender, en las postrimerías del franquismo, cómo eran algunos jóvenes que aspiraban a convertirse en grandes escritores.

P.S. 1. La publicación del libro ha generado un hecho más que curioso, y es que uno de sus protagonistas, Guillermo Carnero, lo ha reseñado en la revista ‘Mercurio’ (núm. 195, noviembre del 2017).

P.S. 2. Creo que se han colado dos errores que, de ser ciertos, podrían corregirse en una próxima edición: en 1966, Juan Luis Panero no había publicado todavía ‘A través del tiempo’, su primer libro, que data de 1968 (p. 226). Y el Premio Gabriel Miró no es de novela, sino de cuento (p. 258).

Fernando Valls
es crítico literario y profesor de Literatura.

2017/06/01

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | "MARICA PARA LIGAR, MARICA PARA LUCHAR"

Anuncio de La Radical Gai para una fiesta para el 13 de noviembre de 1994 //

“Marica para ligar, marica para luchar”

El Orgullo madrileño homenajea con dos exposiciones al movimiento gay más crítico y combativo y reivindica la importancia de esta otra memoria histórica. '¿Archivo queer?' y 'Anarchivo sida' recogen las acciones de los primeros noventa como primer paso para la creación de un gran registro del activismo por la diversidad sexual en España.
Clara Morales | InfoLibre, 2017-06-01
https://www.infolibre.es/cultura/marica-ligar-marica-luchar_1_1141470.html

En el Centro Conde Duque del Ayuntamiento de Madrid duermen la Biblioteca Histórica Municipal, los Archivos de la Villa y la Hemeroteca Municipal. Ahora, al menos momentáneamente, reside allí también otro pedazo de historia. Una historia subterránea: de hecho, hay que bajar hasta el segundo sótano para visitarla. La oscura y húmeda Sala de Bóvedas —o resguardada y fresca, según se mire— es el hábitat perfecto para dos exposiciones que quieren rescatar la memoria oculta del movimiento gay. ‘¿Archivo queer?’ y ‘Anarchivo sida’ recogen fotografías, vídeos, materiales, documentación y acciones de la lucha por la liberación homosexual que agitó Madrid durante los años noventa. Una que no dudaba en llamar a la acción al grito de "Marica para ligar, marica para luchar" o "Seguimos dando por culo".

Las muestras se enmarcan dentro del ciclo El porvenir de la revuelta, una inusitada iniciativa cultural del Ayuntamiento que complementa la oferta festiva del Orgullo Gay madrileño —que este año acoge el World Pride, su celebración mundial— con arte, cine, talleres y proyectos de investigación. El ciclo recoge, como lo hicieron los primeros colectivos gais de la democracia, que "Orgullo es protesta". Y estos dos archivos —completados por la exposición ‘Nuestro deseo es una revolución’, que recoge el imaginario de la diversidad sexual en España desde 1977— no son una actividad más, sino más bien su origen o su centro.

Quizás porque no se limitan a esta iniciativa de días contados —hasta el 31 de octubre— sino que vienen de lejos. Fefa Vila Núñez, coordinadora del ciclo, los define como "contra-archivos", y admite que forman parte de "un proyecto más ambicioso". El de crear un archivo que recupere y conserve las acciones de la lucha queer en las últimas décadas. Porque, en palabras de la socióloga y experta en estudios de género, "ignorar parte de la historia de nuestro país, y más cuando se refiere a la lucha contra la discriminación y por la libertad, es algo que ninguna democracia se puede permitir".

La creación de un archivo de este tipo no es ninguna excentricidad. En Estados Unidos, locomotora de las reivindicaciones de los homosexuales entre los sesenta y los ochenta, hay multitud de ellos. La Universidad del Sur de California contiene los ONE Archives,el más antiguo y uno de los mayores repositorios de materiales sobre la lucha por la diversidad sexual. Tampoco es una rareza que este tipo de iniciativas encuentren cierta resistencia en nuestro país. La biblioteca de mujeres, una iniciativa privada fundada en 1985 que recoge más de 20.000 libros, busca un domicilio fijo. Los archivos feministas, muy habituales en otras partes del globo, están defendidos en España por iniciativas de particulares o pequeñas asociaciones, la mayoría sin apoyo público. Y, recuerda Vila Núñez, si los archivos son "una mediación entre memoria y poder", seleccionando "lo digno de ser conservado" produce al mismo tiempo "lo descartable".

Así que en este sótano del Conde Duque está lo que la historia ha considerado descartable. Las fotografías, vídeos y parafernalia que documentan la existencia de tres colectivos ‘queer’ madrileños, fundados en los años noventa: el grupo lésbico LSD, la Radical Gai y RQTR, agrupación universitaria fundada en la Universidad Complutense. No están, desde luego, todos los que son. "Estos son los grupos que introdujeron una ruptura en las formas y en el fondo de lo que se había hecho, sobre todo a partir de la Transición. Pero eso no quiere decir que este sea el archivo definitivo", dice la coordinadora. Es un comienzo. El primer escalón que subieron Vila Núñez, Sejo Carrascosa, Andrés Senra y Lucas Platero en una residencia de investigación en el Museo Reina Sofía. Todos ellos, de alguna manera o de otra, estuvieron ligados a esos grupos —Vila Núñez a LSD, Platero a RQTR...—, por lo que empezar por ellos parecía todavía más obvio.

La exposición '¿Archivo queer?' es el resultado de aquel experimento. Sus materiales están alojados en el centro de arte, "para que se garantizase la custodia de este patrimonio nacional". Lo está, además, con licencia ‘creative commons’, y la aspiración de sus custodios es que esté pronto disponible al completo a través de Internet, para que sea consultable desde cualquier punto del mundo. Esta es la primera vez que se muestra en España. Antes ha pasado por el Van Abbemuseum de Eindhoven (Países Bajos), uno de los museos asociados al Reina Sofía a través de la red L'Internationale. Junto a él, el 'Anarchivo sida' —comisariado por Equipo re— recupera materiales en torno al tratamiento, prevención e imaginario de la enfermedad, tanto en el sur de Europa como en América Latina.

La muestra incluye, por ejemplo, fanzines producidos en los años noventa, como Basta de agresiones, un dossier de la Radical Gai sobre los ataques homófobos que parece tristemente contemporáneo. O Memoria 1990-1995, retratos de los protagonistas de aquellos años que muestra a unos jóvenes más o menos excéntricos, en absoluto interesados en la cacareada normalización. Allí se ven imágenes de un homenaje al cine Carretas, hogar de los fugaces y oscuros encuentros sexuales a los que obligaba la persecución policial. Y folletos que acusan al Ministerio de Sanidad de su desinterés en la prevención del VIH. Uno, impreso a tamaño póster, muestra una erección. Debajo se lee: "Así es el machismo al desnudo. El sida mata a las mujeres". Otro, que insiste en el uso del preservativo, reza: "¡Así es la vida! Alguien tendrá que hacer la prevención". Otro, "El Ministerio tiene las manos manchadas de sangre". En la puerta, sendos carteles advierten de que la muestra incluye "contenido sexual explícito".

Estos movimientos, explica Fefa Vila Núñez, "agitaron y resimbolizaron las prácticas de representación" e introdujeron en España "la crítica a la heteronormatividad como paradigma de la normalidad" que generaba, al mismo tiempo, espacios de discriminación y violencia. Algunos de los activistas aparecen en las fotos con ‘merchandising’ de ACT UP, la conocida organización ‘queer’ estadounidense que llamó la atención sobre la epidemia de VIH en todo el mundo, y la estrategia de olvido desarrollada por los gobiernos. En sus panfletos y pancartas se lee "Silencio=muerte", traducción directa del lema del colectivo neoyorquino. ACT UP es internacionalmente famosa —y cuenta, de hecho, con su propio archivo oral—, pero muy pocos miembros del propio colectivo LGTBQ español conocen las actuaciones de LSD o la Radical Gai.

Los archivos que recogen "afectos, sentimientos y expresiones" como el "ocultamiento", "rabia", "vergüenza" o "alegría" chocan en parte con el presente del Orgullo Gay, más festivo que reivindicativo. "Siempre tiene que haber una marcha crítica que mantenga vivo el principio de la revuelta", defiende Fefa Vila Núñez, "porque las instituciones, por progres que sean, son siempre conservadoras". El Orgullo madrileño, recuerda, está organizado por AEGAL, una asociación de empresas "gayfriendly" —así se definen en su web— que ha sido criticada en numerosas ocasiones por mercantilizar la protesta. "Estamos atravesados, en tanto que lesbianas, en tanto que gais, por poderes que desactivan el cambio", critica la coordinadora. El Orgullo tiene su origen en Stonewall, una fiesta que acabó en disturbios tras una redada de la policía. ¿Dónde está la revuelta ahora? Vila Núñez responde con resignación: "Ahora las revueltas son cotidianas. Aunque estén enmarcadas en el fracaso".

2015/08/21

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | STONEWALL, LA REDADA POLICIAL QUE DESPERTÓ EL ORGULLO GAY

La redada policial que despertó el Orgullo Gay.
Las revueltas en el pub Stonewall Inn en 1969, conmemoradas anualmente, iniciaron la lucha del movimiento LGTB en Estados Unidos. En agosto, infoLibre hace un repaso de los veranos que, lejos de la placidez estival, cambiaron el curso de la historia.
Álvaro Sánchez Castrillo | InfoLibre, 2015-08-21
https://www.infolibre.es/veranolibre/redada-policial-desperto-orgullo-gay_1_1116400.html 

¿Qué pasó?
“La multitud comenzó a agarrarse de la mano, según dijeron testigos oculares. Entonces, sin previo aviso, Queen Power explotó con toda la furia de una bomba atómica gay”. Con estas palabras relató en su crónica el periodista Jerry Lisker, del diario ‘The New York Daily News’, los disturbios ocurridos en el pub Stonewall Inn, situado en el barrio neoyorquino de Greenwich Village, aquella noche del mes de junio de 1969. Entre una lluvia de ladrillos y monedas, lanzadas contra los agentes de policía, esta revuelta marcó el inicio de la lucha del movimiento LGTB en Estados Unidos. Empezaba en el país una dura batalla por la igualdad de lesbianas, gais, transexuales y bisexuales.

¿Cuándo pasó?
Sobre la 1.20 horas del 28 de junio de 1969, varios policías accedieron al bar Stonewall Inn, un pub situado en el número 53 de la calle Christopher Street en el que se reunía parte de la comunidad homosexual neoyorquina. Una vez dentro encendieron las luces, pararon la música y ordenaron a los clientes a ponerse en fila para ir identificándoles. Parecía que la redada —constantes en los lugares donde se reunía la comunidad LGTB— iba a transcurrir con normalidad, que entregarían su documentación a los agentes y se irían del bar sin resistencia, como hasta entonces. Pero aquella vez no. La gente se negó a identificarse y rechazó categóricamente irse de la zona en la que se encontraba el local.

Así, en poco tiempo se fue concentrando frente al pub más de un centenar de personas, algunos de ellos viandantes que se acercaron a la puerta del bar impresionados por despliegue policial. La tensión fue aumentando por segundos. El trato a una muchacha por parte de los agentes, que la acababan de sacar del Stonewall Inn y se la llevaban detenida, desató la ira de la muchedumbre, que lanzó ladrillos y trató de volcar el furgón policial.

De pronto, la masa enfurecida empezó a quemar contenedores y a intentar entrar en el local donde continuaba la redada. Cuarenta y cinco minutos después de la entrada de la policía en el pub, la muchedumbre accedió al Stonewall Inn y rodeó entre gritos a unos agentes que se encontraban en clara minoría y algo asustados por los tintes que había adquirido la revuelta.

Finalmente, tuvo que intervenir la Tactical Police Force (TPF) –fuerzas antidisturbios– para conseguir liberar a los policías, algunos de ellos heridos. Sin embargo, los enfrentamientos en las calles aledañas se repitieron hasta bien entrada la madrugada. El enfrentamiento se saldó con más de una decena de detenidos y algunos manifestantes hospitalizados. “De pronto la policía se enfrentaba a algo que no había visto jamás. Los homosexuales no debían ser una amenaza para los agentes de la ley porque se suponía que eran débiles y sin coraje, incapaces de hacer nada”, apuntó uno de los manifestantes durante un reportaje emitido en el programa 'La noche temática'.

Los enfrentamientos continuaron hasta el miércoles 2 de julio, cuando se produjo la última y violenta concentración. El ambiente estaba caldeado debido a la publicación en The Village Voice de reportajes sobre la revuelta del sábado en el Stonewall que incluían expresiones ofensivas contra la comunidad LGTB –“locas domingueras”, por ejemplo–. Así, algo más de medio millar de personas recorrieron de nuevo Christopher Street, enfrentándose a la policía durante más de una hora.

¿Quiénes fueron los protagonistas?
Los principales protagonistas de las revueltas de Stonewall fueron transexuales negras y latinas, como Marsha P. Johnson o Sylvia Rivera, que más tarde fueron muy activas en la fundación de las primeras asociaciones LGTB. Las primeras crónicas del suceso apenas reconocían la presencia de hombres homosexuales, y estaban plagadas de burlas o juegos de palabras en torno a la transexualidad de esas primeras rebeldes.

La década de 1950 y 1960 fue realmente dura para el colectivo LGTB en Estados Unidos. Tenían que ocultar sus preferencias sexuales ante la constante posibilidad de ser humillados públicamente, acosados físicamente, detenidos o incluso despedidos de sus puestos de trabajo. La homosexualidad era considerada una enfermedad mental que necesitaba tratamiento a base de descargas eléctricas, lobotomías o castraciones. Era lo que se conocía como "terapias de reorientación sexual".

En 1952, la Asociación Americana de Psiquiatría (APA, por sus siglas en inglés) la catalogó en su Diagnostic and Statistical Manual como un “trastorno sociopático de la personalidad”. Por ello, un gran número de homosexuales acabaron internados en hospitales psiquiátricos donde eran sometidos a duros procedimientos para tratar de curar su “desviación sexual”, tal y como la calificaba la APA.

Además, la comunidad LGTB también era controlada, perseguida y estigmatizada por las propias instituciones y autoridades estadounidenses. Los homosexuales incluso fueron incluidos como “elementos subversivos” en la cruzada que el senador conservador Joseph McCarthy instigó contra el comunismo en la década de 1950. El temor a que hubiese “un movimiento clandestino homosexual” en el Departamento de Estado, en palabras del entonces subsecretario de Estado, John Puerifory, provocó el despido de 91 empleados homosexuales.

La policía, por su parte, también permanecía muy atenta a los pasos del movimiento LGTB. Así, en algunos condados, tenían incluso su propia Unidad Juvenil y de Moral, que daba charlas en los colegios y grababa cortos para “prevenir a los niños de la homosexualidad”. “Es algo grave, no os engañéis. Pueden estar en cualquier parte. Pueden ser jueces o abogados, lo sabemos bien porque hemos arrestado a muchos. Si alguno de vosotros se ha permitido relaciones con algún homosexual (...), más vale que lo dejéis enseguida porque uno de cada tres de vosotros se volverá marica”, es un ejemplo de las intervenciones que se realizaban en colegios ante la atenta mirada de alumnos que apenas llegaban a los 12 años de edad.

Antes de la explosión en el Stonewall Inn, la comunidad LGTB estadounidense ya se encontraba ligeramente organizada. En 1950 se creó Mattachine Society, una importante organización que luchó durante años por los derechos de los homosexuales en el país anglosajón. Sin embargo, algunos de sus fundadores discreparon de la violencia empleada por los manifestantes aquel histórico 28 de junio.

¿Qué fue de sus protagonistas?
El movimiento LGTB en Estados Unidos fue ganando terreno y fuerza tras los acontecimientos en Christopher Street. Se crearon nuevas asociaciones como el Frente de Liberación Gay (GLF, por sus siglas en inglés) –primera organización que incluía en su nombre el término “gay”– o Alianza de Activistas Gays (GAA) y se empezaron a imprimir periódicos alternativos.

Actualmente la homosexualidad no es considerada una enfermedad —al menos en la mayor parte de países occidentales—. La Organización Mundial de la Salud (OMS) la excluyó en 1990 de su lista de trastornos mentales, casi dos décadas después de que la Asociación Americana de Psiquiatría retirase esta consideración tras una nueva investigación sobre el tema. La transexualidad, sin embargo, sigue siendo considerada como una patología para la Organización Mundial de la Salud, aunque el manual de referencia de psiquiatría (el DSM-5, editado por la APA), la sacó de la lista de enfermedades en 2012. Sí se conserva la categoría de "disforia de género", la angustia que sufre el paciente que no se identifica con el sexo que le asignaron al nacer. Es eso lo que permite, por ahora, acceder al tratamiento necesario.

Hoy en día, la comunidad LGTB goza de un amplio abanico de derechos y libertades en la mayoría de los países europeos y americanos. Sin ir más lejos, el pasado 27 de junio el Tribunal Supremo de Estados Unidos declaró constitucional el matrimonio homosexual en todo el país. Sin embargo, en gran cantidad de Estados africanos, de Oriente Medio y algunos países asiáticos, la homosexualidad está castigada con penas de prisión y, en algunos casos, de muerte —Sudán, Arabia Saudí, Irak, Irán, por poner algunos ejemplos—, según los datos de la Asociación Internacional de Gays, Lesbianas, Bisexuales, Transexuales e Intersexuales (ILGA, por sus siglas en inglés).

¿Por qué fue importante?
Las revueltas en Stonewall fueron el germen de las manifestaciones reivindicativas del movimiento. Un año después de lo acontecido en las calles de Nueva York, el 28 de junio de 1970, “miles de personas”, tal y como recogió The New York Times, marcharon desde Christopher Street hasta Central Park en lo que se consideró la primera marcha del Orgullo Gay de la historia. El colectivo LGTB también recorrió las calles en ciudades como Los Ángeles y Chicago.

Durante los dos años siguientes se sumaron a la fiesta Boston, Dallas, Londres, París, Berlín Oeste, Estocolmo, Miami, Filadelfia o Atlanta, entre otras. Además, en 1972 había grupos LGTB en cada ciudad importante estadounidense, según cuenta el historiador Barry Adam en su libro ‘The Rise of a Gay and Lesbian Movement’. Desde entonces, la comunidad homosexual ha continuado escribiendo su historia, peleando por unos derechos y libertades todavía en disputa. Aún queda mucho camino por recorrer. 

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