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2021/09/10

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | LAS VIDAS PARALELAS DE PEPE ESPALIÚ Y ALBERTO CARDÍN, QUE SE ATREVIERON A HABLAR ANTES QUE NADIE DEL SIDA

Las vidas paralelas de Pepe Espaliú y Alberto Cardín, los dos hombres que se atrevieron a hablar antes que nadie del sida en España.
Ambos frecuentaron los mismos círculos, fueron rostros visibles de la liberación gay y confesaron con valentía que eran seropositivos cuando nadie lo hacía, pero, según se cree, nunca llegaron a conocerse. Una exposición Barcelona fantasea con esa posibilidad.
Ianko López | Icon, El País, 2021-09-10
https://elpais.com/icon/cultura/2021-09-10/las-vidas-paralelas-de-pepe-espaliu-y-alberto-cardin-los-dos-hombres-que-se-atrevieron-a-hablar-antes-que-nadie-del-sida-en-espana.html 

“Conocí a Alberto en 1975. Todos los días paseábamos con nuestro grupo de amigos por las Ramblas y nos contábamos cosas. También viajábamos juntos, él y yo. A Melilla, a Londres, a París. En París había que ir a los baños Continental, una sauna gay donde estaba todo el mundo. Nos habían contado que Roland Barthes iba los martes, y a mí me apetecía tener algo con él, así que ese día nos presentamos para ver si lo encontrábamos”.

No hubo suerte.

El activista LGTBI Eliseo Picó participó en la creación del Front d’Alliberament Gai de Catalunya (FAGC) el mismo año en que conoció al antropólogo y escritor Alberto Cardín. Recuerda muchas historias vividas junto a él en aquellos tiempos. Otros tiempos, sin duda: la prueba es que en ellos un filósofo estructuralista como Barthes se considerara un objetivo erótico de lo más cabal.

Recién finalizada la dictadura franquista (y aún antes), Barcelona era una ciudad inquieta con una intelectualidad que vivía pendiente de lo que sucediera en Francia o en el Reino Unido, pero que también apreciaba los alicientes del lumpen que le quedaba más a mano. Fue ese el mundo donde vivieron Cardín (Asturias, 1948-Barcelona, 1992) y el artista conceptual Pepe Espaliú (Córdoba, 1955-1993), de los que parte la exposición ‘El azar de la restitución’, que se inaugura en la galería barcelonesa Nogueras Blanchard el 15 de septiembre.

En realidad, en Barcelona coincidieron poco tiempo, entre 1973, que es cuando llegó Cardín, y 1976, año en que Espaliú la abandonó. Pero antes y después de eso compartieron muchas cosas: la homosexualidad, algunos amigos y círculos sociales, la fascinación por el psicoanálisis, el activismo desde y frente al sida y una muerte como consecuencia de esta misma enfermedad, a principios de los años noventa. Esa muerte terminó uniéndolos, cuando en vida no está documentada la relación directa entre ellos. Este es el gran enigma que nos ofrecen: es como si sus vidas avanzaran por sendas que uno imagina superpuestas, y que sin embargo se obstinan en transcurrir en paralelo, sin la menor intersección.

Buscando lo moderno

José González Espaliú nació en Córdoba en 1955. Tras un breve paso por Sevilla, en 1971 llegó a Barcelona, donde se matriculó para estudiar Historia y Filosofía. Nunca terminó sus estudios universitarios, quizá por exceso de estímulos. “Buscaba una modernidad que entonces no existía en Andalucía, pero que sí tenía Barcelona”, explica Jesús Alcaide, que además de haber comisariado varias exposiciones sobre el artista reunió sus textos en el libro 'La imposible verdad' (La Bella Varsovia). “Y lo primero que hizo fue conectar con donde estaba la movida, que eran las Ramblas y la gente que se movía por allí”.

Esa gente incluía a Ocaña, pintor y ‘performer’ que se paseaba Rambla arriba y Rambla abajo con aparatosos modelos de fantasía (o sin nada) y que en 1983 fallecería a consecuencias de las quemaduras sufridas al arder uno de sus disfraces, confeccionado en papel. Hoy es un icono –decir un mártir no es exagerar mucho– del acervo gay nacional.

El crítico de arte Juan Vicente Aliaga, que conoció a Espaliú en París una década después, aporta detalles sobre ese periodo barcelonés: “Para él fue un momento de búsqueda inspirado por la figura del escritor Jean Genet, que había visitado Barcelona en los años treinta y solía recorrer el Raval, donde estaba la calle de la Aurora, en la que él vivía. Era muy mitómano y buscaba esa misma atmósfera de travestis y chaperos. Él mismo hizo algunas ‘chapas’ [ejercer la prostitución] en cines de mala nota o en la calle”.

Pero buscando a Genet encontró a Lacan. Así puede resumirse su acercamiento a Óscar Masotta, psicoanalista argentino de la escuela de Jacques Lacan, cuya obra y pensamiento había introducido en el ámbito hispanohablante. Como muchos otros (entre ellos Alberto Cardín) se incorporó al grupo de iniciados que asistían a sus cursos en la calle Aribau con la devoción de quien asiste al despliegue de un universo nuevo. Las teorías lacanianas sobre la identidad y el inconsciente marcaron su posterior senda profesional y vital.

Como artista, Espaliú realizó varias acciones en el espacio público, y con solo 20 años llegó a mostrar su obra en la Sala de exposiciones de Hospitalet de Llobregat. Pero los resultados le decepcionaron. “Pasó sin pena ni gloria para la crítica porque descuadraba respecto a cierta genealogía del arte conceptual catalán”, explica Alcaide. “Así que poco después se fue a París”. Allí asistió a seminarios impartidos por Lacan en persona, mientras abandonaba temporalmente la práctica artística. La retomaría tras su regreso a España en 1983, cuando se vinculó profesionalmente al galerista sevillano Pepe Cobo. En 1990, mientras estaba en Nueva York con una beca Fulbright –llegó a exponer en la galería Brooke Alexander y acariciaba la idea de quedarse en la ciudad–, recibió el diagnóstico del sida. La enfermedad lo mató en 1993 en Córdoba, donde había vuelto solo para cumplir ese trámite.

Mucho cerebro, poco cariño

Apenas un año antes, y por la misma causa, falleció Alberto Cardín. Nacido en el pueblo asturiano de Villamayor, Cardín pasó gran parte de su infancia en México, donde su padre poseía una fábrica de camisas. Según contaba fue en la capital mexicana, durante los largos trayectos del autobús escolar y con solo siete años, donde vivió sus primeras experiencias sexuales con otros chicos. A los nueve regresó a Asturias y, tras una larga formación con los jesuitas, se licenció en Historia del Arte Medieval e Historia del Arte Contemporáneo y en Filosofía y Letras por la Universidad de Oviedo. En 1973 recaló en Barcelona, que convertiría en centro de operaciones de su vida cosmopolita.

A su alrededor se generó una camarilla de amigos, una piña que se trataba constantemente, aunque lo hiciera desde cierta distancia emocional. “Éramos un grupo muy despegado, era todo muy cerebral entre nosotros y no había muestras de cariño”, recuerda Eliseo Picó. “Nos podíamos decir las mayores perrerías, y hasta nos tratábamos de usted”.

Entre tanto, su actividad intelectual y creativa era frenética. Se vinculó académicamente a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Barcelona mientras se inscribía también en el círculo psicoanalítico de Óscar Masotta y colaboraba en El País y ‘Diario 16’ entre otros periódicos, además de en publicaciones culturales como ‘El Viejo Topo’ o ‘Ajoblanco’. También en ‘Diwan’, una de las revistas que había fundado junto a su amigo Federico Jiménez Losantos, quien fuera joven turco de la escena intelectual barcelonesa. Ambos figuraron en 1981 entre los firmantes del Manifiesto de los 2.300, carta que denunciaba la marginación que a su juicio sufría el idioma castellano en favor del catalán.

Al día siguiente de que el grupo terrorista Terra Lliure atentara contra Jiménez Losantos por haber promovido aquel manifiesto, Cardín publicó en ‘Diario 16’ un artículo titulado ‘Un largo adiós’ donde escribía: “No se preocupen los señores de Terra Lliure, [...] les dejo, toda para ellos, su dulce y tónica Cataluña. Solo unos pocos meses para dejar a punto mis asuntos y se verán libres de este ‘ocupante’, que ha querido a Barcelona y ha gozado de ella como nunca seguramente lo harán ellos”.

Él mismo había sido objeto de pintadas amenazantes en la pared de su casa. Pero, contraviniendo su palabra, mantuvo la residencia barcelonesa hasta el fin de sus días. Ahora bien, para entonces su amistad con Jiménez Losantos ya había terminado. El periodista fue precisamente quien le había presentado a Eliseo Picó, que explica los motivos de aquella ruptura: “Federico le hizo a Alberto algo que él no soportaba, que era censurarle. Alberto escribió un artículo para ‘Diwan’ y Federico se lo recortó porque le parecía demasiado gay. Hubo una pelea y dejaron de hablarse”.

Cardín no se mostraba timorato a la hora de escribir, ya fueran artículos académicos o divulgativos, pero también cuentos y poesías. Por supuesto, también trató sobre la cuestión gay, pero esto no lo convertía necesariamente en un activista. “Yo no lo calificaría así”, indica Aliaga. “Era demasiado individualista y miraba a los otros por encima del hombro, ni siquiera fue muy cercano al FAGC”. Como señala Alberto Mira, profesor en la Oxford Brookes University y ensayista especializado en temas LGTBI, con textos como el artículo de 1987 titulado 'Una cierta sensación de fin' manifestó una postura más bien conservadora: “Es bastante problemático, dice que el sida va a terminar con la cultura gay, lo que por supuesto no fue verdad”.

Arremetió contra sus rivales con dureza y sarcasmo –fueron especialmente sonadas sus diatribas con Juan Goytisolo–, y su maximalismo puede generar desconcierto hoy en día como lo hizo entonces. Picó cita la ocasión en que, durante un curso de verano sobre activismo gay en la Universidad Autónoma, se presentó con una defensa encendida de Anita Bryant, la cantante ultraconservadora norteamericana que pretendía expulsar a los maestros homosexuales de las escuelas, lo que dio lugar a una trifulca entre los asistentes. “Pero con eso pretendía que reaccionaran, que fueran más gritones y chirriantes, tipo Ocaña”.

Esto no le impidió dejarse acariciar por la mano de los medios de comunicación de masas: en 1990 intervino en una emisión del programa de Televisión Española ‘Tribunal Popular’ en la que se juzgaba la existencia de Dios, un momento catódico hoy difícil de concebir por el alarde de erudición al que los espectadores eran sometidos en pleno horario de máxima audiencia.

Entre tanto, el 1 de diciembre de 1992, Pepe Espaliú publicaba en El País un artículo de opinión titulado 'Retrato del artista desahuciado'. Con un tono muy crudo para el momento que ahora resuena con nitidez, hablaba de la experiencia de ser homosexual y además enfermo de sida. Poco antes había escenificado en San Sebastián (coincidiendo con el festival de cine) por primera vez la performance ‘Carrying’, en la que era acarreado en brazos por diversas parejas de amigos y conocidos. La acción se repetiría en Madrid, esta vez con más eco mediático: entre sus porteadores estaban Pedro Almodóvar, Marisa Paredes y la política Carmen Romero, esposa del entonces presidente Felipe González. Para entonces Espaliú, que atravesaba las últimas fases de su enfermedad, se había convertido en un enérgico activista en la línea de la asociación ‘Act Up’, como rememora Juan Vicente Aliaga: “Pepe Cobo le prestó su apartamento de calle Barquillo de Madrid para que viviera en él, y aquello era como una oficina donde constantemente llegaban faxes con información de todas partes, y no paraba de entrar y salir gente”.

Suele decirse por todo lo anterior que Espaliú fue la primera figura pública de nuestro país en significarse como portador del VIH. Y, sin embargo, mucho antes que él lo había hecho Cardín. Fue en 1985, en el transcurso de una entrevista para la revista ‘Cambio 16’ donde hablaba con desenvoltura de su infección, diagnosticada el año anterior. Conviene recordar que entonces la pandemia se encontraba en sus primeras etapas de difusión pública, que el estigma era inconmensurablemente mayor de lo que aún hoy es, y que a la muerte de un ídolo global como Rock Hudson, quizá la primera que despertó conciencias, le faltaban meses para llegar. Aquella urgencia por hacer público su estado puede interpretarse, desde luego, como consecuencia de una toma de postura política que perseguía la visibilización del conflicto.

Pero también cabe considerar otras motivaciones más complejas y subjetivas, o así lo apunta Eliseo Picó: “Alberto era un poco maniático, así que ante cualquier dolorcito se ponía en el peor de los escenarios. Muy pronto dijo que tenía la sensación de tener el sida, y se hizo la analítica como veinte veces hasta que le salió positiva. Cuando se lo confirmaron, en lugar de ocultarlo se lo contó a todo el mundo, y además jugaba con la reacción de la gente ante la noticia. Hasta que hacia 1990 la enfermedad empezó a mostrar sus efectos. Se recogió mucho, vino su madre para cuidarlo, y a sus amigos ya no nos quería ver. Cuando lo vi por última vez me quedé horrorizado por su estado y él se dio cuenta, así que ya no quiso que volviera. Eso sí que fue doloroso. La única de nosotros que estuvo con él hasta el final fue Susana Lijtmaer, lectora de la editorial Anagrama, que era la viuda de Óscar Masotta”.

Sobre la dificultad para encontrar testimonios de la relación entre Cardín y Espaliú a pesar de que todo parece conectarlos, afirma Joaquín García, comisario de la exposición ‘El azar de la restitución’: “En efecto la relación no está documentada. Pero tuvieron que cruzarse seguro, ya fuera en una inauguración o en un ‘cruising’. Por eso mi propuesta es inventar ese encuentro”. La muestra relaciona fotos de las obras y acciones que realizó Espaliú durante su estancia en Barcelona con extractos de los escritos de Cardín como realmente si unos se hubieran realizado para ilustrar las otras. En ese dispositivo cobra una importancia fundamental el marco barcelonés.

“Barcelona era entonces el lugar en el que había que estar”, resume García. El auge de la industria editorial, de la universidad y los movimientos sociales (incluyendo el FAGC, que promovió la primera marcha española del Orgullo Gay en 1977) fueron distintas manifestaciones de este florecimiento. Y el cogollo de intelectuales ubicado en estas coordenadas se esforzó por generar y mantener vínculos con la modernidad que venía de fuera, particularmente de Francia.

“En aquella época leíamos todos a Julia Kristeva, Foucault, Deleuze y Barthes, la revista ‘Tel Quel’ y por supuesto a Lacan”, completa Picó. “Nos visitaba mucha gente de París como el escritor cubano Severo Sarduy, al que paseábamos por los sitios de ambiente. O Copi, el dibujante argentino, que vino varias veces. Una de ellas representó una obra de teatro suya muy divertida, Loretta Strong, sobre el viaje espacial de una mujer trans. Aunque entonces no decíamos eso, decíamos travesti”.

El eje principal de este movimiento se ubicaba en el paseo de La Rambla, que antes de convertirse en decorado para el teatro de la turistificación sirvió como un punto de encuentro mucho más genuino entre intelectualidad y bajos fondos: “Las Ramblas empezaron a caer con las Olimpiadas de 1992”, valora Joaquín García. “Pero no olvidemos que a un lado queda en Raval, el Barrio Chino, y al otro el Borne y el Gótico y que acaban en el puerto, lugares entonces no asumidos por la elite burguesa. Esas son las Ramblas míticas de Ocaña y Nazario, pero también las de Vázquez Montalbán. Un sitio dedicado a cierto tipo de ocio de bar y puticlub. Lo que convivía con otra escena gay muy clara, el “mariconeo fino” digamos, que se insertaba también en el bar Boccaccio y la ‘gauche divine’, con gente como Gil de Biedma o Terenci Moix”.

La exposición de la galería Nogueras Blanchard forma parte del 'Barcelona Gallery Weekend', que tendrá lugar entre el 15 y el 19 de septiembre. Otra galería barcelonesa incluida en el programa, House of Chappaz, presenta la colectiva ‘Contact! / Together Again (Poéticas Políticas del VIH)’, en torno a la infección, de la mano de artistas como David Wojnarowicz o Juan Hidalgo. La coincidencia de ambas ofrece la oportunidad para revisar un tiempo repleto de pérdidas irreparables y constatar una vez más que aquel fue el inicio de un capítulo que aún sigue abierto.

2004/12/22

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | JUANITO LÓPEZ, GALARDONADO CON EL PREMIO HEGOAK

Joan López galardonado con el premio Hegoak.
Jordi Petit | Amics Gais, 2004-12-22

https://www.amicsgais.org/forums/forum/noticias/132-joan-l%C3%B3pez-galornado-con-el-premio-hegoak 

Me complace informar del premio que el pasado sábado día 18 de diciembre recibió en Bilbao el veterano activista LGBT Joan [Juanito] López. El galardón entregado por la asociación LGBT Hegoak le fue concedido en reconocimiento a sus 27 años de activismo homosexual, especialmente por su labor desde finales de los años setenta hasta mediados los ochenta en Palma de Mallorca.

Es para mí un honor y una enorme satisfacción hacerme eco de esta información por los años de militancia compartidos y la amistad personal que siempre nos ha unido. En la actualidad Joan López reside en Barcelona y es el responsable del Area LGBT de EUiA en Catalunya.

Hegoak entregó además otros premios a personas e instituciones que defienden los derechos humanos como al también veterano activista Mikel [Martin] Conde de Rentería, miembro de EHGAM y al gobierno brasileño por su propuesta ante Naciones Unidas para declarar la orientación sexual como Derecho Humano.

En su alocución ante la sala de actos donde Hegoak reunió a un nutrido público, Joan López agradeció el galardón por la defensa de los Derechos Humanos, mencionó y recordó a todos los y las activistas pioneros del movimiento LGBT y repasó su trayectoria personal en Palma de Mallorca en tono emocionado.

Se adjunta archivo de su discurso.

Agradecimiento de Joan López al recibir el premio Hegoak:
 
Quiero agradecer a Hegoak la concesión del premio que me ha otorgado por la lucha de tantos años en defensa de los derechos y libertades de gays y lesbianas. Cuando te conceden un premio de estas características haces balance y reflexionas, ¿qué ha sido tu vida?, y rescatas la memoria histórica que jamás debemos perder.

De origen manchego llegué a Mallorca en el año 73, comencé militando en CC.OO. de hostelería en la clandestinidad, reivindicando algo tan básico como la jornada de 8 horas (llegué a organizar una huelga de 10 minutos en el Hotel Jumbo Park).

Pronto comenzaron las detenciones de la policía franquista, con torturas, hasta diez detenciones. Recién muerto Franco ingreso en el PCE, recuerdo que solicité el ingreso estando en un encierro en una iglesia que duró dos días.

En 1978 viajo a Barcelona para conocer a Jordi Petit y a Armand de Fluvià y luego contribuyo a refundar el Front d’Alliberament Gai de les Illes (FAGI).

Recuerdo todavía cuando luchábamos por la legalización de los colectivos de gays y lesbianas, y en el año 79, cuando en ocasión del 28 de junio, pegamos los primeros carteles, eran dos parejas de chicos y chicas besándose en la boca, la gente y hasta los taxis se paraban en la calle, como si de un circo se tratara.

Yo no era consciente que ser pionero y “salir del armario” en una ciudad pequeña y conservadora como Palma, despierta amores y odios profundos.

En el verano de 1984 el entonces presidente del Gobierno, Felipe González, pasaba sus vacaciones en Mallorca y utilizaba el yate Azor, el mismo que usara Franco. Como era pues patrimonio público me decidí a cursar una solicitud para realizar unas vacaciones de gays, lesbianas y movimientos alternativos a bordo del mismo. La noticia dio la vuelta a toda la prensa del estado.

La primera charla informativa sobre el SIDA que tuvo lugar en Mallorca la organizamos desde el FAGI, el Front d’Alliberament Gai de les Illes, con la presencia del malogrado antropólogo Alberto Cardín. Tras mucho insistir al gobierno del PP, conseguimos que se editara el primer folleto preventivo, hasta les facilitamos el texto.

En noviembre de 1984 el entonces alcalde socialista de Palma, Ramón Aguiló, cerró 30 bares de prostitutas y 3 bares gays del centro de la ciudad.

Recogimos firmas pidiendo la reapertura de tales estableciminentos y organizamos una manifestación lúdica, parodiando una procesión con un muñeco que representaba al alcalde como San Reprimonio Bendito. Había pleno municipal, entregamos las firmas de protesta al alcalde, quién se negó a darnos ninguna explicación y fuimos brutalmente desalojados por la policía municipal. Como dice Jordi Petit en su libro, “Vidas del arco iris”, donde entre otros, relata este hecho, “era una batalla perdida, pero había que darla por dignidad”.

Incansables con la gente del FAGI organizamos años tras año diversos actos, ciclos de cine homosexual, concurridas fiestas y conferencias con destacados ponentes como la abogada Magda Oranich, la lesbiana feminista Empar Pineda, Jordi Petit y Armand de Fluvià, entre otros. No paramos de salir en la prensa local. Repartimos condones y carteles de lucha contra el sida que nos enviaba la Coordinadora Gai-Lesbiana de Barcelona, trabajamos cuanto pudimos.

Ya más entrados los ochenta, en la época Reagan-Tatcher-Wojtyla, en plena cruzada del conservadurismo más reaccionario, la coordinadora estatal de gays y lesbianas lanzó la campaña “Ama como quieras, ama seguro, ama segura”. Organizamos una mesa redonda con el sociólogo Josep Vicenç Marqués a la que invitamos públicamente al obispo de Mallorca. Se organizó un gran escándalo y me tocó ser la cabeza de turco, la prensa local, sobre todo el periódico Baleares, llegó al insulto y la calumnia, despachándose con cosas como “Juanito Lopez, ese personaje feo, bajito y asquerosito”. Interpuse la primera demanda de un gay contra un periódico, el Baleares, invocando el derecho al honor y a la imagen pública. Fue un asunto muy doloroso para mí, fui profundamente acosado y denigrado. Hasta el punto que mi propia abogada, muy “progre” ella (hoy es jueza) abandonó mi defensa en el período de pruebas delante del juez. Tuve que cambiar de abogado, evidentemente perdí el caso en la Audiencia de Palma.

Ante el acoso sufrido decidí auto-exiliarme y me fui a vivir a Barcelona en 1988, a seguir mi propia evolución y di un giro a mi vida. Fundé el grupo de teatro-cabaret “Las Katalítikas”, marcando un nuevo estilo con crítica socio-política en clave de humor.

En definitiva es una satisfacción moral ver reconocida la labor de una vida como la mía, dedicada a la “revolución y al arte”, contribuyendo con mi granito de arena a que avance el carro de la historia, la dignidad y los derechos humanos.

Muchas gracias.

1992/01/26

DOCUMENTACIÓN | TESTIMONIOS | ALBERTO CARDÍN, ESCRITOR, ANTROPÓLOGO Y DESTACADO AGITADOR CULTURAL, FALLECE A LOS 44 AÑOS

Alberto Cardín, escritor, antropólogo y destacado agitador cultural, muere en Barcelona a los 44 años.
Combinó la narración con poesía, ensayo y articulismo.
Manuel Delgado | El País, 1992-01-26
https://elpais.com/diario/1992/01/27/cultura/696466801_850215.html 

El escritor y antropólogo Alberto Cardín falleció ayer víctima de sida en su domicilio de Barcelona. Cardín -Villamayor (Asturias), 1.948-, además de especialista en Antropología, estuvo estrechamente vinculado desde hace más de dos décadas al mundo de la creación literaria, participando incluso en la gestación de numerosas revistas. Además de polifacético en la escritura, donde combinó el ensayo, la poesía y la narración, Cardín fue sobre todo un transgresor, dedicado a lanzar con sus textos golpes de mano contra la cultura española oficial.

Alberto Cardín nos ha dejado en la mañana del domingo 26 de enero. Tenía 44 años y ha muerto en ese exilio interior y voluntario en el que se refugian los lúcidos. Su virtud principal estuvo en saber profetizar un presente que no le merecía. Bajo el despotismo de los impostores, él sobrevivió en su casi robinsónica parcela de autenticidad para, cercano y remoto a la vez, reprocharle a la realidad sus traiciones y sus torpezas. Idéntico como pocos a sí mismo, no se dejó engañar por lo que dicen los altavoces y se erigió en interlocutor de una era marcadamente sordomuda. Lo hizo en sus libros de poesía, ‘Paciencia del destino’ (Alcrudo, 1980), 'Despojos' (Pre-textos, 1981), ‘Indiculo de sombras’ (Laertes, 1983). Lo hizo en ensayos como ‘Como si nada’ (Pre-textos, 1983), lo hizo incluso cuando se dejó poseer por Lacan, por Wilde, por Kristeva, por Lawrence -aquella genial versión de ‘Los siete pilares de la sabiduría’ (Júcar, 1988)- para engendrar traducciones de una rara sensibilidad. Lo hizo en infinidad de aquellos artículos que animaban las revistas heroicas que tanto y tan inútilmente hizo por impulsar –‘Diwan’, ‘Sinthoma’, ‘El Viejo Topo’, ‘Revista de Literatura’ o ‘La Bañera’-, así como en diversas publicaciones, entre ellas El País. También como narrador, en compilaciones como ‘Lo mejor es lo peor’ (Laertes, 198 l), ‘Detrás por delante’ (Laertes, 1986) y ‘Sin más ni más’ (Moreno Zila, 1989).

Un desenmascador
Pero, por encima de todo, Alberto Cardín fue un etnólogo. Es desde el ánimo antropológico que toda su obra deviene comprensible en su vocación desenmascaradora, y es desde la manera antropológIca de dar con las cosas, que Cardín ha ejercitado un pensamiento tan atroz como tierno. Lo pueden constatar quienes hayan tenido el privilegio de ser alumnos suyos en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Barcelona, donde su presencia exceptuaba ese patético páramo en que se ha constituido la antropología académica española y que él tantas veces había denunciado. Lo pueden constatar también quienes hayan leído sus trabajos disciplinarios (‘Guerreros, chamanes y travestís’, Tusquets, 1984; ‘Tientos etnológicos’, Júcar, 1988; ‘Lo próximo y lo ajeno’, Icaria, 1990, o la recopilación de artículos que prepara Muchnick). Autosegregado por voluntad propia a la periferia del tinglado intelectual español, se dedicó a lanzar desde allí constantes golpes de mano contra la memez entronizada y sus lacayos. Con el tiempo, la enfermedad que se le iba comiendo y la propia desolación del paisaje que le rodeaba acabaron por hacerle demasiado fatigosa su epopeya de último maquis.

Seguramente por ello una de las películas que más admiraba era ‘Blade Runner’. No había que ser demasiado sensitivo para darse cuenta de cuán cerca debía percibirse de Batty, el jefe de los replicantes, y como él conocedor de que un destino necio le había condenado a una muerte prematura. ¿Recuerdan? "Yo he visto cosas que vosotros no creeriais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos D brillar en la oscuridad... Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es la hora de rnorir".

Nosotros añadimos aquello que el replicante ya no pudo escuchar, lo que Gaff, el extraño policía que habla en interlingua, le dice al ‘blade runner’ encarnado por Harrison Ford: "Lástima que ella tenga que morir. Pero... ¿quién vive?"

1989/01/19

DOCUMENTACIÓN | TESTIMONIOS | MURIÓ BRUCE CHATWIN, UNO DE LOS MÁS BRILLANTES ESCRITORES BRITÁNICOS

Murió Bruce Chatwin, uno de los más brillantes escritores británicos.
Víctima de una enfermedad ósea, falleció en Niza a los 48 años.
Alberto Cardín | El País, 1989-01-19
https://elpais.com/diario/1989/01/20/cultura/601254007_850215.html 

El escritor británico Bruce Chatwin, autor de ‘En la Patagonia’ y ‘Los trazos de la canción’, entre otras obras, falleció el pasado miércoles en Niza a los 48 años, víctima de una enfermedad ósea que contrajo en 1985 durante un viaje a China [realmente fue por complicaciones relacionadas por el sida]. Su inesperado fallecimiento ha dejado a la literatura mundial sin uno de los últimos practicantes de la literatura de viajes, concebida como género literario específico y no como simple reportaje.

Pocos escritores vivos, si exceptuamos a Thesiger, Theroux, Van der Post, y no muchos más, pueden compararse con Chatwin en la maestría con que ejercitó este género, tan inglés por otro lado en libros como ‘En la Patagonia’, ‘Los trazos de la canción’ y ‘El virrey de Ouidah’, mezcla, este último, de informe etnográfico, historia y reconstrucción ficcional, a partir del cual Herzog creó ese espantoso bodrio titulado ‘Cobra verde’ del que Chatwin abominaba sin paliativos. Autor también de ficción pura, con ‘Colina negra’, novela de tinte añorante y misterioso ambientada en su Gales natal, y otra novela póstuma, ‘Utz’, que Muchnick, su editor en España, publicará próximamente, Chatwin era considerado uno de los más prestigiosos representantes de la actual literatura inglesa, junto con Julian Barnes, y el grupo de los llamados ‘angloexóticos’ (Rushdie, Ishiguro, Mo, etcétera), frente a los que el malogrado autor representaba la imagen del inglés nómada, que no puede claudicar, sin embargo, de su tono inglés ni en los más insólitos parajes.

Viajero por vocación, primero como periódica forma de huir de un codiciado puesto como asesor artístico en Sotheby's (especializado en pintura expresionista), luego como reportero del ‘Sunday Times Magazine’, y finalmente para documentarse sobre sus libros, Chatwin había recorrido prácticamente todo el mundo, resultando no poco curioso que sus dos grandes libros de viaje traten, sin embargo, de las zonas más áridas y deshabitadas del planeta.

Lo que no obsta para que sacara de ellas un partido insólito, recreando sus paisajes desde la experiencia humana inscrita en ellas y desde el hojaldrado de culturas que un día ocuparan tales territorios. Así, en las páginas de ‘En la Patagonia’, vemos afilinigranarse en un complejo recorrido que va desde las bocas del Plata hasta Tierra de Fuego, las referencias literarias, las vidas de aventureros y exploradores, las tribus desaparecidas, y hasta los animales prehistóricos que sucesivamente habitaron aquellas estepas, y que reviven por la fuerza asociativa del relato que Chatwin pone en juego.

Otro tanto ocurre con ‘Los trazos de la canción’, que es a la vez una especie de prontuario del nómada, hecho de máximas, apuntes, remembranzas y observaciones arqueológicas.

Fragmentos de pensamiento a los que precede un fascinante relato sobre los últimos aborígenes del desierto central de Australia, los mismos que en su día inspiraron a Durkheim y a Lévi-Strauss sus más atrevidas hipótesis antropológicas, y que hoy en día aparecen sumidos en la pobreza cultural y en una apariencia misérrima, desarrapada.

Por debajo de la cual Chatwin, siguiendo al gran amigo de los negros australianos, el misionero Strehlow, consigue sacar a la luz una riqueza mítica y un poder de evocación insospechados, que ligan entre sí paisaje, relato mítico, organización social y ritmo musical, como sólo puede hacerlo quien guarda los lazos fundamentales con el mundo primigenio.

Autor obsesionado por la memoria de la especie que, a ejemplo de los aborígenes australianos creía desperdigada por la superficie del planeta y a la que consideraba por tanto como esencialmente viajera, pero escritor a la vez cultísimo, de esa manera desenfadada como suele serlo el buen autor de viajes inglés (como lo eran Burton y T.E. Lawrence, desgranando al hilo de la aventura mil referencias librescas), Chatwin podría ser el perfecto ejemplo de una forma desengañada de ser moderno, que no necesita de etiquetas post para concebir la historia como un gran depósitos de injusticias, y un relato falseado en el que aparecen siempre dominando los vencedores.

Su mirada sobre el pasado vigente en el presente resulta tan escéptica como trangresora: hace aflorar todo lo que la corriente dominante de la historia ha echado en el olvido, y a la vez sabe que no puede dedicarle más que una nostálgica mención sublimada como literatura.

Su opción, por eso mismo, no fue ni la arqueología crítica (a lo Foucault) ni la etnología profesional (entre otras cosas, porque era un amater nato), sino la literatura de viajes, y una ficción teñida de cierto deje melancólico, y en cambio fuertemente realista. Ahora, la letra de sus textos, deja escrita para los vivos la huella de su transitar efimero y viajero, que seguramente no tendrá la suerte de transmitirse en forma de puro ritmo narrativo, como los mitos australianos.

1984/06/19

DOCUMENTACIÓN | TESTIMONIOS | LEOPOLDO MARÍA PANERO: ACERCA DE LA LITERATURA

Acerca de la literatura.
Leopoldo Maria Panero | El País, 1984-06-19

https://elpais.com/diario/1984/06/20/cultura/456530403_850215.html 

El autor hace una reflexión sobre la mala conciencia de quien se sabe mal escritor. Y arremete contra el concepto del posmodernismo y los que se sienten ridículamente seguros por haber conseguido entrar en el "parnasillo literario circense" español y no saben nada de la muerte.

Cabe aplicar a la literatura la crítica sartreana del psicoanálisis: no se trata de represión o de corte epistemológico, sino de mala fe. El mal escritor sabe, de alguna manera, que lo es, y tiene por ello una indudable mala conciencia. Perseguido por su sombra, ve como una amenaza para él un tipo de autores que, como Poe, sabían demasiado bien lo que era escribir. Dicen que Poe, en una sola noche, hizo 40 críticas de las obras de todos sus contemporáneos: a ellos se los llevó el viento, y no queda más que un nombre, el de Poe. A los de aquí se los llevará, sin duda, también el viento, como al sombrero de Escarlata O'Hara, pero mientras tanto, ellos permanecen como algo incómodo. Se sienten ridículamente seguros por haber conseguido entrar, a base de adulaciones, en el "parnasillo literario circense" español, y no saben nada de la muerte. Sin embargo, parece como si los que hoy me atacan pertenecieran al dominio más ‘hard-boiled’ de la literatura española: Eduardo Haro Ibars y Alberto Cardín. No sé si son, como se dice, ‘posmodernos’. Lo que sé de los posmodernos me dice bien poco en favor de esta palabra. Esto es, su calidad. Lo que sé de los modernos me dice exactamente lo mismo. La única modernidad que nunca pasará de moda es la del suicidio -no por nada Jacques Rigaut decía que le consolaba "lo infinitamente moderno que él era" (*)- o la locura. Mi caligrafía tiembla al escribir esto: es, sin duda, ‘posmoderna’. Mi conciencia parece un dragón. Creo que, en definitiva, lo que cuenta es saber hacer bien lo que se pretende hacer, sean cualesquiera su estructura o sus pretextos ideológicos. Y eso no se aprende en escuela alguna. Eliot era católico. Pound, fascista. La enorme tragedia del sueño sobre las espaldas del campesino. Que los gusanos devoren al novillo muerto.

Frente a mí, un niño autista ríe al oír los ruidos de la cocina. Su sordidez secreta. Un hombre ya maduro, instalado en una silla de ruedas, golpea sin cesar su cabeza con la mano. Otro lleva la cruz de hierro sobre el pijama. Todos se ríen de nosotros. En las paredes hay nombres de dioses muertos: Varem, Icso, Yahvé, seguidos de una cruz a manera de breve y modesto epitafio. Mañana morirá otro loco. Las paredes absorberán el hedor de la tinta.

Después de Lacan, ¿qué? ¿La ‘tasa social sobre el fracaso’? ¿El triunfo de Eduardo Haro Ibars, contento como un niño con zapatos nuevos por haber entrado en el "parnasillo literario circense"? O el de Alberto Cardín, que, si no he leído mal su vasta obra dedicada a la erradicación de la tierra de Fernando Savater, tiene como singular paraíso artificial el comer muchas pastas?

Sin duda, como decía Edwin Lemert en ‘La maggioranza deviante’, el paranoico tiene realmente perseguidores. En la televisión, un niño gordezuelo, parecido al que imagino en mi guión sobre 'La extraña historia del doctor Jekyll y Mr. Hyde’, canta ‘El de la mochila azul’,

"El de la mochila azuuul / me dejó gran inquietud".

Sentado en el suelo, con la cabeza entre las manos, cedo al acoso del recuerdo. Luego me levanto, aderezo los órganos del muñeco, me dirijo finalmente al estanque de los patos, los contemplo chillar y pelearse entre sí. En cambio, ellos no me miran. Vuelta al pabellón: otro loco mastica su bata. Se les dice, injustamente, ‘enfermos’. No, la locura no es una enfermedad. Son víctimas del mayor de los aplastamientos sociales. No son locos, sino enloquecidos. La locura es una reacción ‘normal’ ante determinadas situaciones de ‘jaque mate’ social o microsocial. Cualquier individuo reaccionaría de la misma manera ante parecidos estímulos. Y esto no es Lacan, sino Giovanni Jervis. Pienso en irme con él a Italia e intentar trabajar en este campo tan cercano a la poesía. Es una idea. Tengo conceptos muy claros acerca de la locura. Entiendo a todos los ‘enfermos’ de por aquí, incluso a los más graves.

Todo hombre es en sí un continente, no una isla. El deseo del hombre es deseo del otro. Por ello cuando alguien cae caemos todos con él. Por ello ninguna tragedia es concebible en solitario, llovida del cielo. Es más, la soledad es imposible: está poblada de fantasmas.

Y viceversa, de mi tragedia, tu oscuridad emana. No eres un hombre, estás marcado por la oscuridad. Por no haberte arriesgado a perder el sentido, he aquí que careces de él. Lo dijo Derrida: "Todo poema corre el riesgo de carecer de sentido, y no sería nada sin ese riesgo". La literatura no es nada si no es ‘peligrosa’. Lo mismo que se arriesga el psicoanalista a depositar como un óbolo su razón en lo inconsciente, la literatura, que es la misma búsqueda, no debe protegerse.

Si hay fallos en mi obra -particularmente lo reconozco a propósito de ‘El que no ve’-, tengo, sin embargo, la satisfacción de haber siempre considerado la literatura como un en-sí indiferente a su inscripcion social -"el vicio radical estriba en la transmisión del discurso"-; es decir, en definitiva, como algo serio. Si los demás ‘no se comen el tarro’, es problema suyo. Que no entren en el bosque de la noche. Desde el principio supe que no había salida. Que no usen mi torpe biografía para juzgarme. La literatura no es un modo de vida. "La no-vida es un estado de disolución / del yo en vida, causa de la escritura y a la vez su resultado", decía ya en ‘Teoría’. Por lo demás, me agrada el que tanto vitalmente como por escrito haya cumplido la profecía. ‘Si yo no fuera yo, tampoco Dios habría sido’.

* Jacques Rigaut, Écrits. Gallimard Editions.

Leopoldo María Panero, escritor, es autor del libro de cuentos ‘En el lugar del padre’.

1980/05/06

DOCUMENTACIÓN | CUESTIÓN | LUIS ANTONIO DE VILLENA: CONSIDERACIONES A FAVOR DE WALT WHITMAN

Consideraciones a favor de Walt Whitman.
Luis Antonio de Villena | El País, 1980-05-06

https://elpais.com/diario/1980/05/07/sociedad/326498402_850215.html 

La lectura de un libro claro y profundo (‘Homosexualidad: el asunto está caliente’, de Héctor Anabitarte y Ricardo Lorenzo) me vuelve a la médula, a las muchas quisicosas pendientes, de un problema sin problema. Porque -y no es la primera vez que se afirma- la homosexualidad ‘no existe’. O, por mejor decir, es un problema inventado. Un asunto que la sociedad ha urdido para descalificar de sí a quienes no son -hombres o mujeres- ‘estrictamente’ reglamentarios. El ‘problema homosexual’ es una de estas etiquetas descalificadoras. Y es que, si eliminamos la ingente ‘presión social’ que sobre ellos se ha hecho y se hace (por no mencionar la crueldad, el desprecio o las hogueras), el ‘homosexual’ no existiría. Como tampoco, desde luego, los ‘heterosexuales’. Cada ser humano -hombre o mujer-, dentro de ese ‘continuum’ sexual de que hablaba Kinsey, elegiría libremente lo que su libido, su carácter, su necesidad diferente de placer o sus circunstancias le aconsejasen. Lo haría, por supuesto, sin violencia ninguna y con el respeto más absoluto a la decisión y a la libertad de los demás. Lo que a su vez, por ende, sería ‘natural’ en una (hoy utópica) sociedad de hombres libres. Casi podríamos decir que en un mundo tal no habría etiquetas, sino matices. Ya que el homoerotismo no es sino una más de las potencialidades sexuales humanas; una más, esto es, ni mejor ni peor. Una de tantas... Pero se me dirá que qué tiene que ver con la ‘normalidad’ que digo ese mundo exhibicionista, estereotipado y crispado (y potenciado por una, tal vez, efímera moda de ‘destape sexual’) que componen los travestidos y sus espectáculos, algunos chillones bares ‘gay’ y, sobre todo, la imagen -hoy tolerada, pero profundamente despreciada- de la ‘loca, del mariquita de gueto’... (Y conste mi natural respeto por cada una de esas cosas). Porque todo ello parece tan lejano del común, del deseable trato erótico, que uno siente la tentación de creer que sí, que hay un ‘auténtico’ problema homosexual. Y que lo que puede hacer una sociedad liberal como la que buscamos es aceptar ‘eso’, tolerarlo, pero mantenerlo, a ser posible, distante... (Y ‘tolerar’ es, casi siempre, una palabra profundamente racista). Pero el caso es que todas esas ‘manifestaciones’, desagradables para álgunos, y no exentas muchas veces de contenido belicoso (el célebre ‘no quieres caldo, toma tres tazas’), proceden precisamente de la ‘artificiosidad’ del problema homosexual, del haberlo -a sangre y fuego- inhumanamente creado... Es decir, que si las ‘manifestaciones’ arriba dichas (‘el loquerio’) han de ser hoy respetadas y aceptadas como realidad existente -y en absoluto dañina-, no menos cierto es que responden casi siempre a una ineducación o a una carencia, de la que el homosexual no es -hoy por hoy- para nada culpable.

Porque, ¿qué puede hacer un muchacho que comienza a sentir ‘esa’ tendencia sexual de la que nadie le dice nada, si no es para condenarla, escarnecerla o empecatarla, qué puede hacer -digo- ese sufriente muchacho, sino reprimirse ferozmente, o volverse hacia los suyos que, por la presión social que les oprime, y por secular ignorancia, deciden –‘grosso modo’- que si les gustan los hombres, ello es que son -de alguna manera- mujeres y tiene como tal que comportarse?

Ese muchacho, por la ignorancia e ignominia que la sociedad le da de sí, decidirá mal, y resultará por eso (no lo era) ‘deformado’. Al convertir un impulso vivo y natural en una pasión ‘vergonzosa’ o (en el mejor de los casos) crispada, belicosa, falseada... Naturalmente, hay quienes se salvan, quienes tratan de vivir -y viven- la ‘normalidad’ de su sentimiento, pero a costa de grandes dificultades. De orden familiar y cultural, primero, y de orden social, más tarde. Luchando por ‘comprender’ -entre la incomprensión feroz que les rodea- y luego por ‘hacer comprender’. No quiero decir que quienes así obren -personas evidentemente ‘normales’, aunque hagan a veces bandera de su actitud- sean héroes, ni creo que a ellos les guste esa palabra, pero están volcados, eso sí, al heroísmo. Ante las sonrisas, ante los comentarios por la espalda, ante la imperiosa necesidad de estar siempre alerta, luchando...

¿Qué sucedería si no hubiesen existido las persecuciones de la moral judeo-cristiana, el ‘pecado nefando’, las hogueras, la maldición, las cárceles?

La imagen -tópica y real- nos la puede acercar otra del mundo antiguo (hasta que, en 372, Valentiniano II, por presión cristiana, modificó la Lex Julia); unas largas centurias de ‘normalidad’, de pasión estética o de tolerancia clara... La misma imagen (a la que no hay por qué quitar su fervoroso contenido de utopía, de apuesta de futuro) que soñó Gide, o Wilde, o Wincklelmann, o Cernuda, o Walt Whitman... Y digo adrede precisamente estos nombres. Porque si muy cierto resulta, aquí y ahora, que el gueto tolerado es una conquista, los marginados deben aspirar a salir de él -porque les deforma-, es decir, a ser -siendo lo que son- ‘normales’. La vieja historia de los camaradas.

Luis Antonio de Villena es escritor y critico, autor del libro de poemas ‘Hymnica’ y de un estudio biográfico de Oscar Wilde.


Homosexualidad y tapujo.
Alberto Cardín | El País, 1980-05-12

https://elpais.com/diario/1980/05/13/opinion/327016807_850215.html

Curiosamente, frente a la normalidad vigente, el señor Villena propone, en su artículo aparecido en El País del día 7 de mayo, otra en la que, so capa de no ser ya necesarias las perversiones mayúsculas, éstas quedan excluidas. La solución, como todas las que echan mano de un supuesto talismán del futuro, se parece sospechosamente a la que Gramma recordaba hace poco a los «antisociales» cubanos: en la sociedad perfecta nadie tiene derecho a aspirar a la infelicidad. Y esto lo pone Villena nada menos que bajo la advocación de Walt Whitman, que, en su día y mentirosamente, negó a Symonds sus aficiones de todos bien sabidas. ¿Qué nos propone Villena mientras su solución al «falso problema» de la homosexualidad llega? Al parecer, el tapujo.

MIKEL/A, AQUÍ ESTAMOS Y NO NOS OCULTAMOS

Mikel/a enseña cacho en la 2ª Gayakanpada de EHGAM, 27-29 agosto 1993, Muxika // STARS COFLHEE es un trabajo realizado por Julen Zabala Alon...