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2023/03/20

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | EL PIRRI: CÓMO UN TOXICÓMANO Y DELINCUENTE COMÚN SE CONVIRTIÓ EN ICONO DEL CINE ESPAÑOL

20 Minutos / José Luis Fernández 'El Pirri' //

El Pirri: cómo un toxicómano y delincuente común se convirtió en icono del cine español

El irrepetible actor del cine quinqui de los 80 es reivindicado hoy en día por críticos y raperos.
Luis Landeira | Cinemanía, 20 Minutos, 2023-03-20
https://www.20minutos.es/cinemania/noticias/el-pirri-como-un-toxicomano-y-delincuente-comun-se-convirtio-en-icono-del-cine-espanol-5110456/ 

"Fuck Mario Casas y que viva El Pirri" dice el rapero Jarfaiter en uno de sus temas, ‘Mucho jeiter’. No es el único que se acuerda del macarra más entrañable del cine español. Otros muchos artistas de extrarradio, como D. Gómez, Yung Beef o El Coleta, lo citan y samplean ad nauseam, reciclando al icono jincho 26 años después de su muerte [esto sería 2014].

José Luis Fernández Eguia vino al mundo en el barrio de Pan Bendito (Madrid) en 1965. De pequeño jugaba al fútbol con el número 4, igual que el líbero madridista José Martínez Sánchez, por eso uno de sus tíos lo rebautizó como “Pirri”. Repudiado por sus padres, el niño fue acogido por su abuelo, que vivía en un bloque de Canillejas y trabajaba recogiendo cartones. Pero la vocación de El Pirri era otra: “Probé el caballo y, poco a poco, sin darme cuenta, estaba ‘enganchao’”.

A los 13 años, escapando tras robar un paquete de tabaco, El Pirri se metió entre un grupo de chavales que entraban a un casting. Allí le echó el ojo el guionista Gonzalo Goicoechea, que flipó con aquel torbellino rubio y desdentado que exigía que lo dejaran marchar. Cuando el guionista le explicó que quería ficharlo para una película, El Pirri saltó: “Si te estás quedando conmigo, mira que te busco y te curro”.

Pero la cosa iba en serio y debutó en ‘Navajeros’ (Eloy de la Iglesia, 1980), donde se encargó de poner el contrapunto vacilón a la vena atormentada de José Luis Manzano, con frases ya míticas como: “Venga, a ver si te buscas una musiquilla guapa, ¿no, colega?”.

El Pirri ladrón
A lo tonto, El Pirri hizo de sí mismo en 12 películas, entre las que destacan ‘Maravillas’ (Manuel Gutiérrez Aragón, 1981), ‘El pico 2’ (Eloy de la Iglesia, 1984) y, con matices, ‘Sé infiel y no mires con quién’ (Fernando Trueba, 1985). En ellas ejerció de secundario robaplanos, eclipsando a estrellas con su descacharrante y marginal gracejo; su único papel protagonista fue el de romeo quinqui en ‘De tripas corazón’ ( Julio Sánchez Valdés, 1985).

Pese a los excesos, El Pirri era un profesional que se aprendía el guion de cabo a rabo y rara vez necesitaba repetir una toma. En sus últimos años, los problemas de El Pirri con la justicia hicieron que su presencia en la gran pantalla se limitara a cameos como el de ‘La estanquera de Vallecas’ (Eloy de la Iglesia, 1987), donde sale insultando a la policía.

Por esa época, escupió disparatadas críticas cinematográficas en el programa de Fernando García Tola ‘Querido pirulí’, y pasó una temporada en la cárcel de Carabanchel por un atraco. Cuando lo soltaron, se echó una piba e intentó en vano dejar la droga.

El 9 de mayo de 1988, un chute de heroína adulterada puso fin a las peripecias de El Pirri, un crack que se fumó la vida de una calada y sin filtro. La tumba de El Pirri está en el Cementerio Sur de Madrid, Sección 4, letra A, número 231, por si quieres visitarlo para llevarle flores. Estírate un poco, tronco.

2021/04/17

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | ELOY DE LA IGLESIA Y JOSÉ LUIS MANZANO: UNA HISTORIA DE AMOR, CINE, HEROÍNA Y AUTODESTRUCCIÓN

Eloy de la Iglesia y José Luis Manzano: una historia de amor, cine, heroína y autodestrucción.
El libro ‘Lejos de aquí', que se convertirá en serie de televisión, explora la tortuosa relación entre el director y el actor de películas como ‘El pico’ o ‘La estanquera de Vallecas’, fallecido por sobredosis a los 29 años.
Gregorio Belinchón | El País, 2021-04-17
https://elpais.com/cultura/2021-04-17/eloy-de-la-iglesia-y-jose-luis-manzano-una-historia-de-amor-cine-heroina-y-autodestruccion.html 

Esta es una historia de amor. Y de adicciones, a las drogas y a las personas. Es también una historia de cine y de una parte de España empujada a las alcantarillas de la historia por la versión oficial y sus creadores culturales, que escondieron bajo la etiqueta de cine quinqui a muy distintas visiones de lo que ocurría a espaldas de la movida. Es, sobre todo, la historia de una relación atormentada, tóxica y apasionada, la del director Eloy de la Iglesia y su actor fetiche, José Luis Manzano. Juntos rodaron ‘Navajeros’ (1980), ‘Colegas’ (1982), ‘El pico’ (1983), ‘El pico 2’ (1984) y ‘La estanquera de Vallecas’ (1987). Se conocieron en otoño de 1978 en la puerta de los Billares Victoria, en el centro de Madrid, donde chavales de extrarradio se ofrecían a gays por dinero; el actor murió en el piso del director por una sobredosis de heroína el 20 de febrero de 1992.

Entre medias, un drama y dos vidas, ilustradas por el zaragozano Eduardo Fuembuena en 'Lejos de aquí', un libro autoeditado que está en fase de desarrollo para convertirse en serie de televisión. Ochocientas páginas que radiografían ese amor/odio, cartografían la España de esa década, y reproducen cada conversación gracias a los 10 años que Fuembuena ha dedicado a la investigación. En 2017 publicó una primera versión del libro, que ahora ha reescrito en un 70%, en pro de la exactitud de los hechos y del material aportado por nuevas fuentes sobre la relación entre De la Iglesia (Zarautz, 1944 - Madrid, 2006) y Manzano (Madrid, 1962-1992).

Fuembuena estudió en la ECAM, la escuela de cine de la comunidad de Madrid, donde coincidió una vez con De la Iglesia. “Recuerdo que por curiosidad pasé por la puerta de la clase donde él estaba dando una charla y hubo un momento en que nuestras miradas se cruzaron”, cuenta el cineasta y escritor. Ya le atraía su cine, aún no había convertido aquella historia en la historia de su vida. “Mi libro ha sido un acto de necesidad”, reflexiona. Hoy forma parte de la segunda promoción del programa Residencias de la Academia de Cine, donde está desarrollando, tutorizado por Agustí Villaronga, una serie de televisión centrada en este amor. “Porque siempre tuve una intención audiovisual para plasmar esta pasión”.

En el libro De la Iglesia explica: “Cuando escribo, siempre asumo como referencia de destino un cine de barrio. Lo que cuento debe llegar al mayor número posible de espectadores; el de autor es un término que desprecio como marxista que soy”, y Fuembuena añade: “Sus películas son autobiografías encubiertas”. A finales de los ochenta, el director ya se había ganado un nombre como cineasta con películas como ‘Juegos de amor prohibido’ (1975) o ‘El diputado’ (1978). Metido en la preproducción de un drama sobre José Joaquín Sánchez Frutos, ‘El Jaro’, precoz delincuente y mito popular tras morir en febrero de 1979 con 16 años, De la Iglesia recordó a un chaval bellísimo de Vallecas que se sacaba de vez cuando dinero con su cuerpo. Era José Luis Manzano, al que llamaban ‘Muñequita Ortopédica’ por el arnés que durante mucho tiempo llevó para curar una grave lesión de espalda.

Y así Manzano pasó de la UVA (unas viviendas proporcionadas por el Estado) de Vallecas a la casa de De la Iglesia, que le pagó una educación y le preparó para el rodaje. Comenzaron una apasionada relación sentimental, que el chaval compaginaba con varias novias, y el cineasta, maestro de las imágenes explícitas, con otros pretendientes. El estreno de ‘Navajeros’ convirtió a Manzano en el gran rostro de ese género de cine, que Fuembuena prefiere llamar “poesía del lumpen” y que se acuñó como “cine quinqui”. Un corpus fílmico “producido por el choque entre un vasco marxista materialista de educación humanista y un adolescente de Vallecas de familia desestructurada”. En esa película también debutó José Luis Fernández, ‘Pirri’, otro mito de los ochenta que falleció de sobredosis. ”Como decía Diego Galán, eran películas de crónica con olfato comercial”.

La carrera de Manzano es la perfecta ejemplificación de lo que pudo ser y no fue. Su relación sentimental y profesional con De la Iglesia, en la que por etapas uno fue parásito del otro, fagocitó su recorrido profesional. Solo trabajó con él (solo tuvo pequeños papeles en otras dos películas). Era un monumento de actuación auténtica, natural, sin poses. Su talento acabó cercenado por un parón de un año al realizar la mili y por su adicción a las drogas, un enganche que compartió con su mentor. “El carácter de José Luis, débil, siempre le hizo depender de alguien”, se cuenta en el libro, construido a la manera anglosajona de las biografías: mucha investigación, más de un centenar de voces, relato novelizado basado en abundantes fuentes. Así se asiste al triunfo del cine de De la Iglesia, a pesar de la oposición que encontró en los creadores procedentes del PSOE. El mejor ejemplo es que tras ‘La estanquera de Vallecas’ estuvo sin dirigir 16 años. Volvió en 2003 con ‘Los novios búlgaros’, ya con el PP en el poder (dejó 47 guiones sin filmar en diversas fases de desarrollo). Era un cine que encontró su público, que llegó a ir a festivales como el de San Sebastián y que a cambio recibió furibundos ataques en contra en las críticas periodísticas.

En ‘Lejos de aquí’ hay también sordidez, podredumbre moral y física, y una hábil reconstrucción de la fauna cinematográfica, política y social de la época. La heroína (y la posterior llegada del sida) acabó destruyendo a varias generaciones. Tras ‘La estanquera de Vallecas’, De la Iglesia, para desengancharse, echa de su mundo a Manzano, que se apoya en un cura de Getafe, Pedro Cid, que lucha por rehabilitar a chavales como él. Por eso, el rostro del actor aparece en un mural sobre la Última Cena en la iglesia getafense de Nuestra Señora de Fátima. Encontró un trabajo de ayudante en una productora, pero le despidieron por robarles material y venderlo para pagarse la droga. Hundido, acabó atracando a un peatón en la Gran Vía e ingresó en la cárcel de Carabanchel para cumplir una condena de 18 meses.

Al salir de prisión, Manzano entró durante dos semanas en un nuevo tratamiento de desintoxicación y buscó a De la Iglesia, que se arrastraba de piso en piso, sin levantar ningún proyecto, aunque apoyado por Juan Diego y Juan Antonio Bardem, viejos compañeros de luchas comunistas. “La industria cinematográfica en España se diluye en esos años y solo se filman los proyectos subvencionados desde el Estado”, explica el escritor. Manzano se coló en la casa de De la Iglesia el 18 de febrero de 1992 y dos días después, al despertarse el director a las seis de la tarde, encontró a su examante en el baño, sin vida por una sobredosis. “Es una historia de desencantos”, resume Fuembuena. “De la Iglesia, marxista convencido, en cuanto a lo ideológico y lo cinematográfico. Manzano, en lo vital, porque había rozado un sueño que se le escapó entre los dedos. Él aprendió a vivir a través del cine”.

2019/02/08

DOCUMENTACIÓN | TESTIMONIOS | HISTORIA NEGRA DEL CINE QUINQUI: LA REIVINDICACIÓN DE UN GÉNERO QUE NO DEJÓ SUPERVIVIENTES

Historia negra del cine quinqui: la reivindicación de un género que no dejó supervivientes.
Rosalía o C. Tangana lo recuerdan musicalmente y películas recientes como 'Quinqui Stars' le rinden homenaje. Se diría que este género tan español está más vivo que nunca, pero sus artífices nos dejaron hace tiempo de forma trágica.
Guillermo Alonso | Icon, El País, 2019-02-08
https://elpais.com/elpais/2019/02/06/icon/1549449208_098050.html

Jose Antonio Valdelomar, muerto a los 36 años. Lali Spinet, muerta a los 34. Sonia Martínez, muerta a los 34. José Luis Manzano, muerto a los 30. José Luis Fernández Eguia, muerto a los 23. Todos ellos eran intérpretes célebres entre la juventud de los ochenta gracias a películas como ‘Deprisa, deprisa’, ‘Colegas’ o ‘El pico’. Si el cine quinqui mantiene hoy un poder de fascinación perenne incluso entre espectadores que no habían nacido cuando reinaba en taquilla se debe, en gran parte, a ser el retrato literal de una generación perdida.

¿Qué era el cine denominado quinqui (un mote que no gustaba nada a algunos de sus artífices)? Eran historias de delincuencia, drogas y amor que triunfaron a finales de los setenta y principios de los ochenta y casi siempre tiraban de actores no profesionales, directamente recogidos de las calles. No eran prodigios visuales y tampoco tenían guiones redondos, pero con su mezcla de tragedia, lumpen, sexo y honor se cuentan entre las películas más efectivas y exitosas que ha dado el cine español y han alcanzado, con el tiempo, el estatus de radiografía social de ese extrarradio que el poder olvidó.

Estos días se vuelve a hablar mucho de él gracias a la interpretación que Rosalía hizo de ‘Me quedo contigo’ (canción de Los Chunguitos que aparecía en la banda sonora del clásico del género quinqui ‘Deprisa, Deprisa’, de Carlos Saura). A su vez, figuras del ‘trap’ como Yung Beef, La Zowi o C. Tangana reivindican, de forma voluntaria o no, cierto espíritu de una juventud desencantada que ha preferido optar por los placeres efímeros e inmediatos de la vida.

El propio Tangana fue mucho más explícito en su vídeo de ‘Bien duro’, homenaje en toda regla a la estética y el espíritu del cine de Eloy de la Iglesia o José Antonio de la Loma. La película independiente 'Quinqui Stars', de Juan Vicente Córdoba, lleva diez semanas triunfando en los cines Renoir Princesa de Madrid. Y después de muchos años de espaldas al género, la cultura oficial también reconoce la trascendencia de este cine: el pasado año el Kutxa Kultur Artegunea de San Sebastián organizaba 'Oscuro objeto de deseo', una completa retrospectiva a Eloy de la Iglesia, director de clásicos del género como ‘Colegas’, ‘El Pico’, ‘Navajeros’ o ‘La estanquera de Vallecas’.

¿Pero es este ‘revival’ sociocultural o puramente mercantil? “No hay comparación posible ya que la situación social es otra y el ciudadano está mucho más controlado y es más dependiente del sistema", dice Eduardo Fuembuena, autor de ‘Lejos de aquí’ (que será reeditada esta primavera con material extra por la editorial Applehead). Su libro no es solo la biografía más completa que se ha publicado sobre Eloy de la Iglesia y su ‘muso’ José Luis Manzano, sino un tratado sobre aquella España democrática que echaba a andar con entusiasmo desmedido, pero olvidando ciertos flancos, y sobre una intelectualidad comunista (como Eloy de la Iglesia) que se rendía a todos los placeres, legales o no, que podía comprar el capital.

"Se han perdido la militancia política, la defensa y reivindicación de los derechos del trabajador y la conciencia de clase –añade Fuembuena–. Los ‘quinquis’ originales no tenían conciencia política, pero sí de clase o de procedencia, eran lumpen o niños delincuentes que se vieron abocados a la lucha callejera para subsistir en un contexto de país en el que se les miraba bajo sospecha solo por ser jóvenes. Eso terminó por quitarles cualquier atisbo de dignidad y exterminarlos con la pandemia de heroína y sus consecuencias. Sin duda, la fea realidad que mostraba De la Iglesia en su cine no era la imagen del país que interesaba mostrar a los gobiernos de turno".

Ese trágico destino de casi todas las estrellas del género es uno de los motivos por los que el cine quinqui sigue teniendo hoy tanto poder de fascinación. Sus intérpretes eran, casi siempre, actores sacados de la calle y que, de alguna manera, se interpretaban a sí mismos. Lo hacían, según Fuembuena, "de una manera natural, sin métodos, remitiéndose a la realidad que conocían por observación directa y que les había tocado padecer. En el caso de José Luis Manzano, interpretar significaba incorporar prototipos de la juventud del momento, vivir en el personaje y no soltarlo después de la claqueta final".

José Luis Manzano (Toledo, 1963-Madrid, 1992) fue el Jaro en ‘Navajeros’, José Luis en ‘Colegas’, Paco en ‘El pico’ y ‘El pico 2’ y Tocho en ‘La estanquera de Vallecas’. Procedente de la UVA (Unidad Vecinal de Absorción) de Vallecas (Madrid), conoció al director de cine Eloy de la Iglesia cuando, para sacarse un dinero, se prostituía en unos billares cercanos a la Puerta del Sol de Madrid. El director pronto se quedó fascinado con él. Entre los dos surgió una relación ambigua: creador y ‘muso’, ¿pero amantes? Manzano tenía novias y coqueteaba con sus admiradoras, pero a la vez su relación con De la Iglesia se tornó enfermiza. No solo por la dependencia a las drogas, sino por la dependencia laboral y, al final, en cierto modo, emocional.

La imposición de Eloy para que Manzano no trabajase con ningún otro director pudo afectar a la carrera del joven, que pese a ser un sus inicios prácticamente analfabeto y no tener ningún tipo de formación actoral, tenía carisma para parar un tren, una belleza entre cruda y apolínea que la cámara amaba y un talento innato para seducir al espectador. Tras ‘La estanquera de Vallecas’, su última colaboración en 1988, director e intérprete se distanciaron.

"Estos jóvenes fueron seres humanos explotados por un sistema industrial, como era el cine español entonces, y desechados cuando dejaron de ser útiles", denuncia Fuembuena. Manzano recibió ayuda de un cura de Getafe y consiguió un trabajo en 1990 como el de chico de los recados en algún programa de TVE. Pero la adicción no desapareció. En 1992 fue condenado por un robo con intimidación en plena Gran Vía. Tras salir de prisión (donde concedió su última entrevista a la revista ‘Interviú’), fue hallado muerto en el apartamento madrileño de su mentor, Eloy de la Iglesia, debido a una sobredosis de heroína.

Una historia semejante se repitió con José Luis Fernández Eguia (Madrid, 1965-1988), alias El Pirri. Llamativo secundario en el cine de Eloy de la Iglesia y otras películas de los ochenta, su voz y porte de macarra le dieron, sin embargo, más oportunidades que a Manzano: aparte de en las películas de De la Iglesia trabajó con Emilio Martínez Lázaro, Gutiérrez Aragón y Carlos Saura y llegó a tener una breve aparición en 'The Hit', de Stephen Frears. Sin embargo, el cine no le dio la oportunidad de cambiar su vida: en 1985, ya convertido en un rostro famoso, confesó a El País que seguía viviendo con sus abuelos y no tenía “ni una ‘lechuga’ [como se llamaba al verde billete de mil pesetas, unos seis euros] para tomar unas cañas”. Durante la entrevista, la periodista narra cómo uno de los amigos del Pirri, que se preparaba para ir a Sevilla a promocionar una película, le cuenta que en el barrio de Triana de la capital hispalense “te ofrecen de todo y por kilos”, refiriéndose a sustancias ilegales.

El 9 de mayo de 1988 un transeúnte descubrió el cuerpo sin vida del Pirri en un descampado de la carretera de Vicálvaro a San Blas. Tenía una aguja colgando del brazo. Era el Pirri, el actor que recientemente acaba de dar el salto también a la televisión y la radio y se había hecho todavía más reconocible entre el público.

Fuembuena añade un caso menos conocido de la órbita de De la Iglesia, pero igualmente trágico: el de Lali Spinet, que rodó con el director vasco ‘El Pico’. Era una "talentosa actriz del cine de la Transición que también se enganchó, poco antes de rodar con De la Iglesia ‘El pico’, y llegó a estar detenida y recluida en la cárcel Modelo de Barcelona por tráfico de estupefacientes antes de fallecer a causa de enfermedades derivadas del sida, en 1994".

José Antonio Valdelomar (Ciudad Real, 1958 - Madrid, 1992) conoció la gloria como protagonista de ‘Deprisa, deprisa’, la película que lo sacó del barrio madrileño de Villaverde Alto y lo llevó hasta Berlín, donde la cinta se llevó el Oso de Oro en 1981. Solo dos semanas después de esa victoria y tres antes del estreno de la película en España, Valdelomar fue detenido en Madrid después de atracar un banco en la calle Ríos Rosas y huir en un taxi robado con un botín de 167.000 pesetas (algo más de mil euros en su día, pero equivalentes a casi cinco mil de hoy).

No hizo ninguna película más. El cine no lo salvó de continuar con sus problemas de criminalidad y adicción a las drogas y la siguiente vez que los medios se refirieron a él fue para anunciar su muerte en 1992, con solo 34 años, debido a una sobredosis que sufrió cuando cumplía otra condena en la cárcel de Carabanchel.

El caso de Sonia Martínez fue muy diferente. Sonia era de clase media, tenía formación actoral (y dominaba el inglés) y participó en más películas más allá del género quinqui (‘Epílogo’, de Gonzalo Suárez, o ‘Violines y trompetas’, de Romero Marchent), series (‘Segunda enseñanza’) y programas de televisión (‘3,2,1, contacto’ y ‘Dabadabadá’). Incluso rodó en alemán. Fue también una de las protagonistas de ‘Perras callejeras’ (1985), de José Antonio de la Loma, uno de los últimos estertores del género, y su destino fue a partir de ahí semejante al de Manzano y Pirri.

La muerte de su madre en 1985 le dejó muy tocada anímicamente y poco después empezó a consumir cocaína y posteriormente heroína (como ella misma confesó en una cruda entrevista con Isabel Gemio). En 1989 ingresó en un centro de rehabilitación y al año siguiente concedió una entrevista con Isabel Gemio. “La gente se cree que sigo pinchándome, pero estoy viva, con muchas ganas de vivir y de trabajar”. Llevaba, según confesó, solo 17 días sin pincharse. Al final de la entrevista, un momento que hiela la sangre: “Me he hecho los análisis del sida y aún no tengo los resultados. Puedo tenerlo o no puedo tenerlo”. Se supo poco después (ella misma lo declaró) que los resultados eran positivos. Falleció el 4 de septiembre de 1994, con solo 30 años.

Estas fueron las víctimas más visibles y célebres de ese cine de los ochenta que creó industria, pero abocó a sus estrellas al abismo. Pero hay más: en el plano musical, relacionado también con este movimiento cultural, podemos citar a tres cantantes que fallecieron, casualmente, en 1995: Juan Antonio Jiménez ‘Jeros’, de Los Chichos (que se tiró del balcón de su casa de Madrid), Antonio Flores (uno de los protagonistas de ‘Colegas’ junto a José Luis Manzano, que sucumbió a una sobredosis dos semanas después de la muerte de su madre Lola) o Tina Muñoz, de Las Grecas, que tras alternar la calle, la prisión y algunos psiquiátricos, falleció de sida.

Es posible que ningún género haya caminado de forma más paralela y trágica a la realidad de sus directores e intérpretes. Eloy de la Iglesia, para la posteridad el gran director de cine quinqui (aunque su carrera, que duró unos 35 años, conoció muchos más estilos y contiene grandes hallazgos), moriría en 2006. Antes, en una entrevista a El País, declaró que no creía que fuese el éxito lo que los hubiese llevado a todos hacia el abismo. Aclaró a continuación que, más bien, "se podría decir que fue el fracaso". Sea cual sea la causa, la consecuencia fue devastadora y Eduardo Fuembuena la resume de un modo punzante y seco: "Salvo algunos como Javier García (Urko en ‘El pico’) o Manuel Álvarez (el Chus en ‘Navajeros’), que han optado por vidas anónimas, todos los demás están muertos".

2018/08/15

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | ELOY DE LA IGLESIA, LA CORONACIÓN DEL LUMPEN

Eloy de la Iglesia, la coronación del lumpen.
El cineasta vasco, recuperado ahora en una exposición en San Sebastián, levantó en una filmografía punzante el relato más sórdido de la Transición: drogas, marginación y represión sexual.
José María Rondón | Crónica Global, El Español, 2018-08-15
https://cronicaglobal.elespanol.com/letraglobal/cine-teatro/cine/eloy-iglesia-cine-lumpen_160430_102.html 

Hay algo de poesía salvaje en todo el cine de Eloy de la Iglesia (Zarautz, 1944–Madrid, 2006). Incluso en él mismo: una rara combinación de rigor y militancia comunista, de hedonismo y homosexualidad, de marginalidad y chutes de heroína. A lo largo de cuatro décadas, apostó su talento en trasladar el realismo de lo visual a lo coloquial en un contraidioma de escenas de calle, con lirismo de jeringas y violencia, de amor y suburbios, de amistades feroces y síndromes de abstinencia. Como un espacio en fuga para los biempensantes. Así cuajó un lenguaje propio, que es hoy, en su mayoría, una orla de muertos lampiños. Un álbum de gente quieta como un frío.

Pionero de sí mismo, jefe de expedición de su propia aventura, De la Iglesia se instaló en el mundo del cine en esa frontera que le llevó a ser un Pasolini en Cañorroto o un Fassbinder en El Raval, sin dejar de ser él mismo. Su elegancia estuvo en su disidencia, en el silencio de su educada transgresión, en su buscada marginalidad de señor bien informado: “Siempre ha habido en mí una osadía que, más que osadía, ha sido insensatez”, declaró a su vuelta a la profesión trece años después de rodar 'La estanquera de Vallecas' (1987), tiempo en el que afiló su vocación de abismo. Entonces le trajo de vuelta una versión de Calígula de Albert Camus para Estudio 1 de TVE. Pura dinamita.

Él, que se situó siempre en los márgenes, se coronó con el cine quinqui, aunque antes pisó otros géneros como quien atraviesa un campo de minas. Algunas de sus películas llevan mal los años –la narración caótica, la tosca filmación, las renuncias comerciales–, pero, quizás, hay que volver a ellas para mirar las grietas de la historia reciente de España, aquel país del que Gil de Biedma se lamentaba en una sextina prodigiosa: “De todas las historias de la Historia, / sin duda la de España es la más triste, / porque termina mal”. Así, filmó las atrocidades de su sociedad, la corrupción política y la represión sexual, al tiempo que agitaba sin pudor sus preferencias eróticas.

Ése es el camino que explora 'Eloy de la Iglesia. Oscuro objeto de deseo', la muestra que acoge hasta el 4 de noviembre la sala Kutxa Artegunea de Tabakalera, en San Sebastián. Desde los valores de osadía y de testimonio que conservan sus trabajos, la exposición propone un repaso integral a la obra del realizador vasco, “vinculada siempre a la polémica”, en opinión del comisario, Pedro Usabiaga. Y lo hace a través de 150 fotografías –muchas de ellas, inéditas– que dan cuenta de toda su galaxia: las películas, lógicamente, pero también sus colaboraciones para la televisión y el teatro, donde, como una única inmersión, consta una versión de 'El mago de Oz'.

De todo lo ahí expuesto se saca en claro que De la Iglesia hizo de su arte algo más que una aparente crónica social de sello intransferible. Son relatos y memorias del subsuelo en las que mezcló lo que veía y lo que vivía: la lucha antifranquista, el desencanto de la dictadura, la homosexualidad, la droga, el gusto por aquel mundo suburbial que le era tan ajeno y que estaba tan adentro. Entre el exorcismo de una época y la libertad radical fue dirigiendo sus películas bajo la vigilancia de la censura y el desagrado de los críticos, que apenas veían en sus trabajos “groserías fílmicas”. “Es un cine de destape tanto sexual como político”, dijo Fernando Trueba al poco de ver 'El sacerdote' (1979).

Así, todavía en la dictadura, el cineasta guipuzcoano logró colar títulos como 'Algo amargo en la boca', 'El techo de cristal', 'La semana del asesino' o 'Nadie oyó gritar', que, vistos hoy, tienen algo de secreta coherencia en el derrape transgresor y la potencia comercial. En esta onda está, por ejemplo, 'La criatura' (1977), película protagonizada por Ana Belén y Juan Diego que ocultaba en el sensacionalismo de su argumento –la atracción zoófila de la esposa de un presentador de televisión, afín a un partido de derechas, por el perro abandonado que la pareja recoge en una playa– una reflexión en torno a la monstruosidad como disidencia en un mundo esencialmente monstruoso.

Luego, cuando se consolidó, o casi, la democracia, su cine exploró más abiertamente la política ('El diputado') y los conflictos sexuales ('La mujer del ministro'). Con todo, el lumpen se convertiría en el mascarón de proa de su filmografía, con 'Navajeros' (1980), 'El Pico' (1983) y su secuela, estrenada al año siguiente, donde planteó la relación de dos jóvenes –uno, hijo de un nacionalista vasco, y otro, de un guardia civil– con la droga y la homosexualidad. Este esquema trataría de repetirlo en 'Galopa y corta el viento', un proyecto que no vería la luz, junto al guionista Gonzalo Goicoechea, donde planteaba la historia de pasión homosexual entre un militante abertzale próximo a ETA y un agente de la Benemérita enviado al País Vasco tras su participación en el 23-F.

Sin embargo, aquella atracción por la marginalidad pasó a ser algo más que un argumento de película para entrelazarse con su vida. Comenzaba esa inclinación por las profundidades. Los garitos sórdidos, el picor de la droga, el jardín de los desheredados pasó a ser, también, su infierno predilecto y adoptivo. Hizo protagonistas de sus filmes a chicos de la calle, reclutados en castings estrafalarios, encontrados siempre en las afueras, siempre en la frontera de la delincuencia, como José Luis Fernández, El Pirri, y, sobre todo, José Luis Manzano, a quien conoció en 1978 en unos billares de Madrid donde los chicos del lumpen vendían sexo ocasional. Tiempo después, en 1991, el cineasta encontró el cadáver de su actor fetiche en el baño del piso que ambos ocupaban.

Tuvieron que pasar muchos años para que Eloy de la Iglesia fuera reconocido como un auténtico autor cinematográfico, y comenzaron entonces a lloverle homenajes y retrospectivas que él acogía con el alivio de saberse comprendido al fin. A su muerte, ocurrida en 2006 tras despertar de una operación de cáncer de riñón, le quedaron varios proyectos por realizar, aunque la industria no parecía ya dispuesta a acoger propuestas tan punzantes como las que él ofrecía. O, quizás, el público había cambiado y el lenguaje de su cine parecía superado. “No soy capaz de pensar en el futuro y quizá por eso, he hecho el cine que he hecho”, confesaría.

2012/04/21

DOCUMENTACIÓN | TESTIMONIOS | CHOCOLATE, LECHUGAS Y CINE QUINQUI

Chocolate, lechugas y cine quinqui.
Escrito por Pepo Jiménez | Jot Down, 2012-04-21

https://www.jotdown.es/2012/04/chocolate-lechugas-y-cine-quinqui/ 

Dicen que en un casting del director Eloy de la Iglesia había más síndrome de abstinencia que en diez conventos de clausura. A uno de los padrinos del cine quinqui le gustaba emborracharse de realidad para repartir personajes en sus películas. Esa realidad de cucharas ennegrecidas, elásticos mohosos y pelotillas de papel de plata. Las papelinas como papel protagonista. Un cine profético que condenaba a los actores a interpretarse a sí mismos a ‘caballo’ del guión-oráculo y la jeringuilla compartida.

Pero no fue el bueno de Eloy más que uno de los mecenas de un subgénero arraigado al Campo de la Bota, las VPO del barrio de la UVA o un pequeño estanco en Vallecas. El director José Antonio de la Loma bautizó el género pariendo tres sórdidos ‘Perros Callejeros’ a finales de los setenta, poco después de abandonar el ejercicio del magisterio para jóvenes marginales en otro barrio de putas con cultura: el chino de Barcelona.

Al otro lado de la realidad, la España de Naranjito crecía fascinada viendo quemar supermirafioris a el Meca (Jesús Arias Aranzueque) en ‘Deprisa, Deprisa’; pirómano drogado por el fuego y su hedor a ‘plasticurri’. Con el dolor inhumano de la cercenación fálica de el Torete (Ángel Fernández Franco) en ‘Perros Callejeros’. O la falsa candidez angelical de un José Luis Manzano embrutecido por las tetitas de la Verdú en ‘La Estanquera de Vallecas’. Homenaje cañí a las ubres de la ‘Amarcord’ de Fellini. Los tres actores acabaron sin lechugas y matando las malvas de sus tumbas con toda la mierda acumulada en sus venas.

La droga atrapó a esos delincuentes juveniles tanto como los vaqueros acampanados a sus genitales. El plató de la calle solo hizo pública sus vidas para retrasar o acelerar —según se mire— el empujón a ese abismo sin retorno. Algunos, como a José Antonio Valdelomar, les valió una sola película (‘Deprisa, Deprisa’) para desvirgarse en la farándula y asomarse rápidamente al precipicio. Se perdió el estreno porque le detuvieron antes atracando ‘cinematográficamente’ —según la ‘pasma’— una sucursal bancaria en la madrileña calle Ríos Rosas. Por 167 ‘napos’. Del atestado policial se filtró su confesión de tirarse al ‘jaco’ durante el rodaje del film de Carlos Saura “para dar más realismo a mis escenas”. Un Stalisnaski dopado y con síndrome de abstinencia. Murió de sobredosis en Carabanchel unos años después. No fue el único.

Esta simbiosis entre ficción y realidad se explica una y otra vez con el anecdotario de los suculentos rodajes. Recién estrenados los ochenta, Eloy de la Iglesia dio la alternativa a José Luis Manzano en 'Navajeros'. Un joven de diecisiete años que no sabía leer ni escribir y que probablemente solo balbucease la jerga suburbial de la UVA de Vallecas, ideal para alimentar el hiperrealismo ratero de estas estrellas analfabetas y convertirse en una versión barata y castiza del Neorrealismo de Pasolini. Por eso, en su primera película, tuvo que ser doblado a su propia lengua madre. El rodaje transcurrió entre la clandestinidad, las clases de lectura y dicción pagadas por Eloy y las descomunales bacanales en su piso. La productora exigía rodar en cinco semanas pero los permisos del ayuntamiento de Madrid no llegaron y decidieron salir a la calle puestos y con lo puesto. En una de las escenas, José Luis Manzano —que daba vida a el Jaro— tenía que robar las bolsas de la compra a una actriz que paseaba por la calle confundida entre peatones ajenos al rodaje. Le arrancó las bolsas a la carrera, para más tarde ser apaleado y llevado a comisaría en volandas por los mismos peatones que ignoraron la cámara de Tony Cuevas. No fue la única vez.
“Hay un mimetismo en lo escabroso, y vas entrando en unas áreas de sordidez alucinante. Es un miedo incontrolado que no deja de atraerte. Yo descubrí en mí mismo eso de lo que tantas veces te permites hablar y opinar: lo marginal.” Eloy de la Iglesia.
La vida de José Luis Manzano se entiende más por sus películas que por foros y hemerotecas. Fábula y certeza se funden en el documental antropológico que fue su existencia. Las estrellas quinquis como él —mitos de la marginalidad— no interpretaban, simplemente vivían al límite. Unas veces con cámara de testigo y otras a solas con el mono. Discernir eso es lo que nos enganchaba a todos. En realidad Eloy apadrinó legalmente a Manzano y se lo llevó a su casa para sacarle de una marginalidad de los que se sabían pobres y meterle en otra de los que se creían ricos. Y lo hizo hasta tres veces.

Cuando Eloy de la Iglesia cayó en el mismo pozo con el que había estado cinco películas coqueteando, Manzano ya vivía en la calle, el Pirri —su amigo de rodajes— había muerto de sobredosis y lo más parecido al cine quinqui era ‘El Lute’ de Imanol Arias. Manzano fue rescatado del despeñadero por Pedro Cid, un sacerdote de Getafe especializado en síndromes de abstinencia de jóvenes excluidos. Pero cada vez que Eloy veía a Manzano recuperado le lanzaba el cebo de sus mejores recuerdos. Y Manzano sucumbía de nuevo a los encantos de la ‘dama blanca’. Y vuelta a empezar con el cura. Así hasta 1991, cuando el chico fue detenido y condenado a 18 meses de cárcel por robar un bolso en la Gran Vía al estilo de el Jaro. La Quinta Galería de Carabanchel fue su tumba. Salió para morir en el retrete del piso de Eloy el 20 de febrero de 1992. Su juguete se rompió definitivamente. No más alucinaciones.
“Todo el mundo puede pensar que he utilizado a estos chicos. Mentira. Es al revés. Ellos me han utilizado a mi como un medio de expresión para dar a conocer su problema. Si la película crea ambiente se podrán pedir responsabilidades. Para mi esa responsabilidad empieza en la Administración”. José Antonio de la Loma sobre ‘Perros Callejeros’
El Torete era el príncipe del ‘chocolate’. El mote artificial fue obra de José Antonio de la Loma para la película ‘Perros Callejeros’, pero en la calle le conocían antes como el Trompetilla, por la corneta de su padre. Canutos, gasolina y jaco. Zancos para llegar a los pedales. Bordón 4 y los Chichos de banda sonora y una mujer como directriz y columna vertebral en su corta pero intensa existencia: la Sole. Con 15 años ya había participado en más de 100 atracos a gasolineras y joyerías con la banda de Pepe ‘el Majara’ pero “Sin una gota de sangre y sin robar a un pobre” como le gustaba recordar. Según el Vaquilla, Ángel Fernández Franco no tenía madera de delincuente y era un poco blando. Pero a él mismo le gustaba recordar en todas sus entrevistas que inspiró aquella escena de duelo en ‘Perros Callejeros’ retando de pie, sin inmutarse, al coche de policía a variar su trayectoria. El Torete falleció de un SIDA prestado en jeringuilla en 1991, cuando estaba intentando rehacer su vida con su mujer e hijo en Murcia. Otra cruz más.

Torear a el Vaquilla fue aún más complicado. Juan José Moreno Cuenca no vestía la candidez, ingenuidad y docilidad de Manzano o de el Torete. Era un delincuente crónico, maduro y enquistado en su redención. Su cara daba más miedo y su currículo, antes de su primera película, incluía ya tres hermanos muertos trágicamente, 13 años de experiencia carcelaria, un motín y una mujer fallecida accidentalmente aplastada bajo las ruedas del ‘buga’ cuando forcejeaba por su bolso. Un reptil tan escurridizo que fue encarcelado aún siendo menor de edad y fuera de toda legalidad para evitar sus constantes huidas de los reformatorios. Era el niño de la Cárcel Modelo y un pésimo actor que daba muy mal a cámara. Tanto que José Antonio de la Loma, después del casting para ‘Perros Callejeros’ y sin la autorización pertinente del juez, no contaría con él para interpretar a el Torete, su alter ego en el celuloide. Su debut y esperpento interpretativo tuvo que esperar a la primera escena de su biopic: ‘Yo, el Vaquilla’.
“El Torete, el Vaquilla y sus compañeros robaban, a sus 12 años, 5 o 6 coches cada día solo por el placer de conducir. Eran unos mocosos que rompían a llorar cuando se les detenía”. Miguel Infantes García, Jefe de la Policía Judicial de Poble Nou.
«Dale caña, Torete, que es robado»... fue uno de los gritos de guerra de toda una generación de espectadores embobados por la realidad paralela de extrarradio. Espectadores que mezclábamos las andanzas de Parchís con las de el Torete, las aventuras de Enrique y Ana con los pajotes de el Pirri o las canciones de Teresa Rabal y las bellotas con nivea de los ‘Colegas’ Manzano y Antonio Flores. ¡No nos pidáis cordura ahora!

La saga quinqui fue para algunos solo una escuela de delincuencia. El verdadero Jaro confesaría más tarde que aprendió y puso en práctica técnicas delictivas —como el tirón a la abuelita— después de ver a el Torete en ‘Perros Callejeros’. Nada más lejos de la realidad, la verdadera escuela de criminalidad fue el índice de paro de finales de los setenta, legado del régimen franquista y del vacío institucional de una supuesta ‘transición modélica’. Todo ello regado con la nieve y el caballo importado por la burguesía adinerada y por las clases sociales más castigadas por la reconversión industrial, saltando de vena en vena hasta convertirse en la pandemia adictiva de toda una generación.
“El problema de ‘Perros Callejeros’ nace con el crecimiento excesivo de las ciudades. Todos vienen atraídos por las fábricas, el dinero, las horas extras. Llegan, no tienen trabajo, duermen donde pueden, los chavales anodadados… Se mezclan con los habituales de la delincuencia, no van a la escuela. No hay dinero o no quieran invertirlo en eso, no sé. Entonces se sublevan contra sus propios limites.” José Antonio de la Loma

1988/05/09

DOCUMENTACIÓN | TESTIMONIOS | 'EL PIRRI' APARECE MUERTO POR SOBREDOSIS EN VICÁLVARO

'El Pirri" aparece muerto por sobredosis en Vicálvaro.
José Luis Fernández participó en películas representando siempre a delincuentes o marginados juveniles.
Carlos García Santa Cecilia | El País, 1988-05-09
https://elpais.com/diario/1988/05/10/cultura/579218412_850215.html 

Minutos después de las diez de la mañana de ayer, un transeúnte telefoneó a la policía. Acababa de descubrir, en un descampado de la carretera de Vicálvaro a San Blas, el cadáver de un joven tendido en el suelo con una aguja colgando del brazo, una papelina vacía en la mano derecha y dos más junto a él. Según la policía, José Luis Fernández, ‘el Pirri’, de 23 años, falleció por sobredosis de heroína. Los que le conocían afirman que ‘el Pirri’, que participó en películas de Gutiérrez Aragón, Carlos Saura y Eloy de la Iglesia, entre otros, y que últimamente colaboraba como crítico de cine en el programa de televisión ‘Querido Pirulí’, estaba harto de representar siempre el mismo papel.

El Pirri quería una moto nueva desde hace unos meses, desde que conoció a su ‘pivita’, aseguraba que lo había dejado. En el programa de TVE ‘Querido Pirulí’ todos le querían. Por eso, Fernando G. Tola, el director, cuando le vio con la ‘pivita’ y con la ilusión por la moto. para ‘moverse’ con ella y ‘quitarse’ de la calle, le animó cuanto pudo. Le animaron todos a que dejara a los amigos de su barrio de San Blas y aceptara la oferta de publicidad que le habían hecho: grabar una anuncio contra la droga. El año pasado, ‘el Pirri’ se levantaba tarde. Desayunaba mucho y se iba andando desde su barrio, San Blas, hasta los estudios de la cadena SER, en la Gran Vía, donde participaba diariamente en un programa de radio. Según Fernando G. Tola, director de ‘Toladiario’, su obsesión era el tiempo libre. "Se venía andando para matar el tiempo, para no pensar en otra cosa o encontrarse a otra gente. Algunas vez le vimos con heridas o rozaduras en los pies. Su obsesión era estar todo el día ocupado".

El 5 de julio del año pasado, a las 17.15, según el acta de procesamiento, ‘el Pirri’ y otro amigo conminaron a un viajero en la línea 8 del metro a que les entregara lo que llevara.

"Sorprendentemente", afirma el abogado defensor del caso Mariano Benítez, "el Pirri no se bajó, sino que siguió en el vagón". Al llegar a la estación de Plaza de Castilla, el viajero avisó a los vigilantes jurados, quienes detuvieron al Pirri y recuperaron el botín: 1.400 pesetas y un sello de alianza.

Benítez encontró al Pirri en la comisaría y le habían dado. "No una gran paliza, pero sí que le habían pegado bien porque, al parecer, había insultado a la policía, aunque él afirmaba que sólo se quejó del trato de los vigilantes jurados del metro. Iba desarmado". Su obsesión era no entrar en Carabanchel. En la comisaría, ‘el Pirri’ intentó abrirse las venas con el cristal de unas gafas. ‘El Pirri’ estuvo 15 días en Carabanchel, y el juicio estaba a punto de salir, informa el abogado. "Es la única vez que faltó al programa", dice Tola. Según la policía, "José Luis Fernández Eguía, alias ‘el Pirri’, tenía cinco detenciones por robos con fuerza y robos con violencia.

Cariño y ternura
Hasta los 14 años, ‘el Pirri’ -recibió este apodo porque le gustaba el fútbol y jugaba con una camiseta blanca y con el número 4- era un chico más de su barrio. Un día apareció un tipo y le propuso participar en una película de Eloy de la Iglesia. Según declaró a ‘El País Semanal’ en una entrevista publicada el año pasado, ‘el Pirri’ contestó: "Si te estás quedando conmigo, mira que te busco y te doy un ‘curro’". Para Gutiérrez Aragón, director de ‘Maravillas’, la primera película en la que representó un papel importante, ‘el Pirri’ era un actor disciplinado. "Producía cariño y ternura a pesar de que su rostro era evidentemente duro". ‘El Pirri’ siempre representó papeles de marginados o jóvenes delincuentes. Participó, además, en películas como ‘Sé infiel y no mires con quién’, ‘Mientras el cuerpo aguante’, ‘La mujer del ministro’, ‘Colegas’, ‘Deprisa, deprisa’ y ‘El juego más divertido’. Emilio Martínez Lázaro, director de esta última película, también la última que rodó el actor, destaca la facilidad para interpretar y la disciplina del joven actor.

"Desde pequeñito empecé a probarlo", declaró ‘el Pirri’ a ‘El País Semanal’. "Luego, sin darte cuenta, estás ‘enganchado’. Hasta que vi que eso no era plan. Estaba hecho polvo y me encontraba fatal. Y luego, mis abuelos, siempre amargados, siempre sufriendo por mí. Todo lo contrario a lo que veo ahora. Es que la droga te guía todo. No eres persona. Quien esté en esto y diga que es persona, miente".

MIKEL/A, AQUÍ ESTAMOS Y NO NOS OCULTAMOS

Mikel/a enseña cacho en la 2ª Gayakanpada de EHGAM, 27-29 agosto 1993, Muxika // STARS COFLHEE es un trabajo realizado por Julen Zabala Alon...