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2021/06/28

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | PRIMERA MARCHA DEL ORGULLO EN MADRID: "FUE UN ROTUNDO ÉXITO"

Vanity Fair / Mani del Orgullo en Madrid, 1978-06-25 //

"Fue un rotundo éxito": la historia de la primera marcha del Orgullo en Madrid, contada por sus protagonistas.

Ocho años después de las primeras marchas por el Orgullo LGTBI en Estados Unidos, Madrid se unió a las ciudades españolas que siguieron la estela de la pionera Barcelona.
Álex Ander | Vanity Frair, 2021-06-28
https://www.revistavanityfair.es/cultura/articulos/primer-desfile-orgullo-madrid-1978-historia/50569 

Lo que hoy todo el mundo conoce como Orgullo español nació, en realidad, como una marcha por la liberación de los derechos de las personas homosexuales, bisexuales y transexuales. Lo hizo además en Barcelona, en el mes de junio de 1977, apenas nueve años después de que un grupo de personas LGTB decidieran rebelarse contra la brutalidad policial y la discriminación a las puertas del Stonewall Inn —un bar gay del Village neoyorquino—, y se echaran a la calle para reclamar sus derechos —gesto que las personas LGTB de todo el mundo conmemoran cada 28 de junio desde 1970—.

Aquella marcha pionera, organizada por el Front d'Alliberament Gai de Catalunya (FAGC), contó con unas 4.000 personas que recorrieron Las Ramblas exigiendo la derogación de la Ley de Peligrosidad. Tal y como señala el periodista y escritor Rubén Serrano en su libro ‘No estamos tan bien’, a esta manifestación se sumó el movimiento feminista, vecinal y obrero: "Aquella interseccionalidad se debió a que sus organizadores habían mostrado su apoyo y acudido anteriormente a concentraciones como la del Día del Trabajador, la del 8 de marzo y a las del movimiento estudiantil".

La marcha estuvo encabezada por mujeres trans como Miryam Amaya, que recuerda el miedo inicial que sintieron muchas de las manifestantes. "Todas íbamos acojonadas", comenta a nuestra revista. "La manifestación en sí no la disolvieron los grises, pero porque estaba allí toda la prensa mundial. Y la prensa estuvo allí porque era insólito e inimaginable que, habiendo tenido una dictadura, nos atreviésemos a salir a manifestarnos como 'maricones' (que era como nos llamaban a todas entonces). Ahora bien, a partir del día siguiente sí que hubo muchas represalias, sobre todo hacia nosotras, las mujeres trans. Pasaban los furgones de la policía y, aunque estuvieras dentro de un bar, entraban, te sacaban de allí, te metían dentro de la lechera (así llamábamos a sus furgones) y te llevaban a comisaría. Allí te tenían luego una noche, o bien los tres días, o igual, después de cansarse de insultarte y decirte de todo, te soltaban".

En 1978 se unieron a Barcelona las ciudades de Madrid, Bilbao y Sevilla. La que fue la primera manifestación del Orgullo celebrada en la capital española tuvo lugar el 25 de junio de 1978 y estuvo organizada por el Frente de Liberación Homosexual de Castilla (FLHOC) —la provincia de Madrid no se había conformado aún como comunidad autónoma—. Varios medios de la época cifraban en más de 7.000 las personas que participaron en aquella marcha que partió a las siete de la tarde de la calle de O'Donnell y discurrió por la avenida de Menéndez Pelayo hasta la plaza de Mariano de Cavia.

El actor y activista ecologista Ramón Linaza recuerda que fue uno de los encargados de pedir permiso a la autoridad gubernativa correspondiente: "La solicitud de autorización al Gobierno civil la firmamos el actor Carlos Patiño (con quien me casé en 2005) y yo en nombre del FLHOC, junto con Alonso Puerta [entonces teniente de alcalde del Ayuntamiento de Madrid] y un diputado del PSUC-PCE". Linaza también cuenta que el PSOE y PCE "aportaron la firma para que la manifestación fuera autorizada, pero no acudieron a ella".

La marcha estuvo encabezada por una pancarta del FLHOC que reclamaba la despenalización de la homosexualidad. Algunos manifestantes portaban pancartas con lemas como ‘Aquí estamos, no nos ocultamos’, ‘Libertad sexual’ y ‘No están, no se ven, las maricas de UCD’. También hubo pancartas en recuerdo de todas las personas homosexuales y trans represaliadas y encarceladas por el franquismo, y de las 600 personas que pasaron aquel día entre rejas por delitos tipificados como sexuales. A mitad de la marcha, incluso, se guardó un minuto de silencio por Esmeralda la Francesa, un hombre homosexual que tiempo atrás se había suicidado tirándose por el hueco de una galería ubicada en la tercera planta de la cárcel de Carabanchel —un complejo penitenciario construido por el régimen franquista y que, aunque nunca fue exclusivamente una prisión política, albergó a numerosos presos políticos y sociales—.

"Todos estos gritos se convirtieron en griterío cuando un bote de humo fue lanzado a los manifestantes desde un punto no determinado. A pesar de ello, este incidente no tuvo mayor repercusión y la manifestación llegó al término de su recorrido sin mayores trascendencias, entre canciones y risas", rezaría después una crónica publicada en el ya desaparecido periódico ‘Hoja del lunes’. "Fue una manifestación muy alegre, divertida y enormemente diversa", comenta Linaza. "El único incidente que recuerdo es que la policía estaba muy nerviosa y nos obligaron a andar muy deprisa para que aquello se acabara lo antes posible. Entonces, nos pusimos a caminar bailando y cantando 'qué buenas son las fuerzas represivas, / qué buenas son que nos llevan de excursión'. Fue un rotundo éxito tanto por la asistencia como por el hecho de que fuera legalizada y no hubiera ninguna agresión ni detención, como sí ocurrió en las Ramblas de Barcelona el año anterior".

La crónica del evento que apareció en el diario ‘El País’ apuntaba igualmente que "Al margen de los miles de personas que participaron en la manifestación, eran muchos los que desde las aceras presenciaron el desfile sin atreverse a participar". En efecto, algunos mirones, vecinos y turistas aplaudían desde la orilla de la calle. Otros, se limitaban a contemplar el evento intercambiando tímidas miradas de complicidad con los manifestantes. Una reacción bastante lógica, teniendo en cuenta que muchísimos ciudadanos se encontraban aún encadenados a la ignorancia y los prejuicios hacia la comunidad LGTBI.

El éxito de aquella manifestación y la presión social en las calles acabarían llevando a la despenalización de la homosexualidad en el mes de diciembre de 1978 —aunque la policía continuó hostigando a homosexuales, bisexuales y trans, y los jueces siguieron aplicándoles a todos ellos el delito de escándalo público—. La antropóloga y profesora de la UOC Begonya Enguix comenta que, en los años ochenta, tras la eliminación de los homosexuales de la lista de 'peligrosos sociales' y la legalización del FAGC y otros colectivos, "el activismo se debilitó y florecieron los sitios de ambiente como espacios de sociabilidad". Habría que esperar hasta 1997 —un año después de que comenzase la participación de carrozas— para alcanzar nuevamente una participación de cinco mil personas en el Orgullo.

Enguix opina que ha llovido mucho desde aquella primera manifestación en Madrid. "Se ha pasado de la lucha por la liberación sexual a la lucha por los derechos (el matiz es importante) LGBT o LGBTIQ. Cuando la manifestación de Madrid se convierte en manifestación estatal del Orgullo, aglutina a colectivos de toda España y mueve sus fechas a principios de julio. Ambas cosas consolidan el modelo de 'manifiesta' [término acuñado por Ruth Toledano] cuyo potencial político y reivindicativo es frecuentemente cuestionado pero que yo afirmo", explica.

Resulta indiscutible que la manifestación de Madrid —que, al contrario de lo que ocurre en otros países democráticos, sigue estando controlada por activistas— no ha dejado de adquirir relevancia pública, hasta el punto de que la ciudad organizó en 2017 el WorldPride, considerado el evento LGTB internacional más importante del mundo. Tal y como señala Enguix en su artículo ‘No desfilamos, nos manifestamos: activismos y manifestaciones LGTB en España’, el enorme éxito de convocatoria del Orgullo estatal (tanto en lo que respecta a participación como a público) "promueve cierto 'contagio emocional' del significado último de la manifestación, la igualdad de derechos. Un buen ejemplo de este contagio —también rentable económicamente hablando— es la proliferación de banderas del arcoíris en locales y gentes en Madrid. La manifestación estatal puede ser vista como una catarsis colectiva y emocional: sin duda, es un caso paradigmático para entender mejor las lógicas que nos rigen y cómo se relacionan e interseccionan".

2021/06/16

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | MANIFIESTO DE LA IZQUIERDA BRILLI-BRILLI: SAMANTHA HABLA POR NUESTRA DIFERENCIA

Manifiesto de la izquierda brilli-brilli: Samantha habla por nuestra diferencia.
Ira T. | 1 de cada 10, 20 Minutos, 2021-06-16

https://blogs.20minutos.es/1-de-cada-10/tag/amanda-klein/ 

¿No habrá un maricón en alguna esquina
desequilibrando el futuro de su hombre nuevo?
—Pedro Lemebel, Manifiesto, 1986


El pasado miércoles, la artista travesti Samantha Hudson fue invitada al programa Playz para participar en una mesa de debate sobre políticas identitarias y lucha de clases. En dicho debate, voces del obrerismo reaccionario contrapusieron una supuesta “identidad de clase” al resto de “identidades fragmentarias”, invitando así respuestas desde una perspectiva interseccional desde las que se reivindicaba que las distintas opresiones no podían entenderse sino en un conjunto indisoluble. Samantha fue, precisamente, la única participante del debate que mostró atisbos de comprender las distintas relaciones opresivas con las que convivimos como parte de una misma totalidad capitalista. Cayó la noche y prendieron las antorchas. Desde aquel instante, Samantha ha sufrido en las redes sociales un acoso sanguinario por parte de personas que se dicen a sí mismas revolucionarias. Asimismo, esta pasada semana, una conocida feminista radical ha tenido a bien regalarnos el “agravio” de izquierda brilli-brilli, sumándose junto con el “mutantes” de Lidia Falcón al repertorio de injurias reapropiadas que nos chiflan a las transmaribibolleras. Es desde este escenario que escribo, con una urgencia y una rabia que me son impropias, pero con la firme convicción de estar en el lado correcto de la Historia. Dejad a esta transmarika contaros qué puede decirnos el odio a Samantha Hudson sobre la izquierda revolucionaria, y con suerte, en el desenlace del texto, habremos recuperado una brizna de solidaridad de clase.

Hubo una militante lesbiana y comunista en el MEHL (Movimiento Español de Liberación Homosexual) apodada Amanda Klein. En 1973, ella escribió una gacetilla llamada 'Explicación materialista del origen de la represión sexual', en la que relacionaba la institucionalización de la heterosexualidad con las contingencias históricas de la sociedad de clases. Su brillante conclusión declaraba: “Así pues, propiedad privada, matrimonio y sexualidad monógama heterosexual, son tres aspectos de manifestarse de un mismo fenómeno: La explotación del hombre por otro ser humano.” Amanda Klein vivió una doble militancia clandestina, en el movimiento gai y en el movimiento comunista, fue condenada a luchar sin nombre por la emancipación del género humano, mientras velaba su deseo entre visillos con cortinas tricolor. Amanda sigue viva, nunca sabremos su verdadero nombre, nunca sabremos su historia, y todo porque los prejuicios de quienes anhelaban una revolución no repararon en que la sexualidad también era una relación social a revolucionar. Cruzando los Pirineos, en una organización gai hermana (FHAR), un varón maricón y comunista apodado Jean Nicolas publicó cinco años más tarde un libro llamado 'La cuestión homosexual'. En sus furtivas páginas se leía “Hay que abordar la sexualidad como un conjunto de relaciones sociales, regidas por normas diferentes según su adscripción a una forma dada de producción” y proseguía “una estrategia centrada únicamente la lucha contra la normalidad estaría condenada a ir cortando incesablemente las cabezas que de continuo renacerían en una inasequible medusa, sin llegar nunca a abatirle alcanzándole el corazón. Por el contrario, una estrategia anticapitalista encerrada en una lucha economista (...) desvirtuaría profundamente la dinámica de la sociedad de transición hacia el socialismo (...) que apunta a una transformación total de las relaciones sociales.” No sabemos si Jean sigue vivo, nunca sabremos su verdadero nombre, nunca sabremos su historia.

Al otro lado del océano, en 1975, una célula de lesbianas maoístas de California respondía a los discursos homofóbicos que estaban floreciendo en las organizaciones comunistas estadounidenses. Esta réplica se denominó ‘Towards a Scientific Analysis of the Gay Question’. En ella, Los Angeles Research Group aseveraban: “Es precisamente una de las funciones de la ideología burguesa promover la idea de que hay un muro entre la vida productiva y la vida personal (...) debemos derribar ese muro” y resolvían “La historia de la civilización también ha sido la de los intentos de las clases dominantes de reforzar la conexión entre la sexualidad y la reproducción, para así mantener la propiedad privada mediante la institución de la herencia”. Así, su análisis materialista histórico y dialéctico concluía, como otrora había hecho Amanda Klein, que la homofobia no tenía lugar en la lucha revolucionaria; pues pertenecía a la forma burguesa de entender el mundo, donde aquellos sujetos que desnaturalizaban la economía política capitalista, como era el caso de las personas LGTBI con la familia monogámica, debían ser arrastrados a los márgenes, para así asegurar que la acumulación de plusvalía seguía viéndose como el orden natural de las cosas. No sabemos si las mujeres de Los Angeles Research Group siguen vivas, nunca sabremos su verdadero nombre, nunca sabremos su historia. Más allá de los Andes, en 1986, la escritora marica y comunista Lemebel compartía con las desposeídas invertidas del mundo, un himno al dolor proletario y disidente, su poema 'Manifiesto', con el subtítulo “Hablo por mi diferencia”. Los versos de este poema no estaban escritos con tinta, sino con las lágrimas de la penita negra travesti, con la sangre de tantas compañeras que “no llegaron nunca a la costa” por no ser nunca hombres de verdad. Este poema, a parte de una maravillosa obra literaria, es un fracaso político de la izquierda. En él, Lemebel, pobre como las ratas, confiesa haber perdido la utopía del horizonte comunista por toda la violencia homofóbica que recibió en su militancia, confiesa no haber tenido más remedio que huir del tren siberiano que pasaba por las pupilas de quien creía sus camaradas cuando su voz se ponía demasiado dulce. Lemebel sigue viviendo en tanto viva su poesía, conocemos su nombre, conocemos su historia, pero él murió fuera del partido.

Hoy, en 2021, Samantha Hudson se ha convertido en el chivo que debe expiar el pecado del borrado de la mujer (sin ser ella nada de eso), en el opio de la juventud según dicen los miserables, en las abstracciones talmúdicas que deberían arder en la pira purificadora de occidente. Mi hermana Alana Portero, y mi querido Christo Casas lo han dejado bien claro: Decid que odiáis a los maricones y dejaos de brasas. Eso sí, devolved el pin del triángulo rojo por el camino. Lo que molesta de Samantha es lo mismo que molestó de Lemebel, lo que se le pide ocultar a Samantha es lo mismo que escondió toda su vida Amanda. Por la sangre de mis ancestras degeneradas que no vamos a repetir la historia una vez más; que esta vez quienes mueran fuera del partido serán los reaccionarios que no toleran a quienes se salen de lo que el capital dice que es un hombre y una mujer de verdad. Ni una sola de las críticas a Samantha que he leído han conseguido sacudirse el polvo de la homofobia más añeja, y no quería quedarme sin preguntaros: ¿Qué os asusta tanto a quienes convertís la purpurina en injuria? ¿Se puede con tamaña cobardía edificar un mundo nuevo? ¿Tanto os importunan las femmes, las maricas, las locazas, las travestis y las trans que, a pesar de toda la violencia cotidiana del capital, se mantienen erguidas con su brilli-brilli, y lucen su feminidad prohibida con el orgullo del rebelde? En cierta ocasión le preguntaron al militante trans y comunista Leslie Feinberg qué opinaba de los discursos transfóbicos de Mary Daly y Janice Raymond, a lo que elle espetó: “Cada vez que un grupo social oprimido es demonizado, se promueve una división que no puede verse sino antagónica con el tipo de movimiento que quiero construir.” Cierto sector del feminismo hoy acusa a la feminidad que se presenta en los cuerpos que fueron nombrados en masculino en su mutismo de ser un caballo de Troya, yo no puedo sino decir que la retórica de chivos expiatorios, la misma que hoy dirigís contra Samantha, es el peor caballo de Troya del capitalismo en la lucha solidaria por imaginar otros futuros posibles en común. Para concluir, me permito el legado de hacer mías las últimas palabras del 'Manifiesto' de Lemebel: “Hay tantos niños que van a nacer con una alita rota, y yo quiero que vuelen compañero. Que su revolución les dé un pedazo de cielo rojo para que puedan volar.”

2018/01/31

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | CUANDO LOS MINEROS BRITÁNICOS INAUGURARON EL DESFILE DEL ORGULLO GAY

El Salto / Marcha del Orgullo LGTBI en Londres, 1985 //

Cuando los mineros británicos inauguraron el desfile del Orgullo Gay.

En 1984, la gran huelga minera contra el gobierno de Thatcher encontró a su principal aliado en el movimiento LGTBI.
Pablo L. | El Salto, 2018-01-31
https://www.elsaltodiario.com/nueva-revolucion/cuando-los-mineros-britanicos-inauguraron-el-desfile-del-orgullo-gay

Esta no es una historia de victorias. Al menos en lo que al ámbito laboral se refiere. Más de 20.000 personas perdieron sus puestos de trabajo, pueblos enteros fueron condenados al abandono y al paro y uno de los mayores sindicatos de Europa, la National Union of Mineworkers (Unión Nacional de Mineros), quedó herido de muerte. Pero sí es una historia de lecciones y aprendizaje. Porque de aquellos años, a mediados de la década de 1980, se extraen importantes enseñanzas, como la necesaria unión de diferentes colectivos en pro de la defensa de los intereses comunes. Más aún en tiempos como los actuales, en los que en ciertos sectores de la izquierda empieza a primar el individualismo y la desmembración a la par que la búsqueda de la exclusividad y el abandono de la comunidad. Han pasado más de 30 años, pero aquel episodio enmarcado en la Gran Huelga británica, en el que los colectivos de mineros encontraron a su principal e inesperado aliado en los grupos más progresistas del movimiento LGTBI, puede servir de espejo en el que inspirarse y avanzar.

Todo se remonta al año 1983, cuando la primera ministra británica, Margaret Thatcher, anunció tras cinco años en el poder su intención de convertir Reino Unido en una economía de servicios, con todo lo que ello significaría para el sector industrial de las islas y, en particular, para la minería del carbón, el principal objetivo a destruir del gobierno conservador. Se comenzaba a hacer palpable lo que muchos veían venir desde 1974, cuando la antigua administración laboralista anunció la nacionalización de este sector, noticia que se recibió con un inmenso recelo en los círculos más liberales del país. Sólo unos meses tardó en llegar la ofensiva. En 1984, desde el número 10 de Downing Street, se hacía pública la orden de cerrar 20 pozos mineros, una decisión que condenaba a muerte a varios pueblos y comunidades del condado de Yorkshire, Gales y Escocia, en donde prácticamente todos los empleos bebían, directa o indirectamente, de la minería.

Comenzaba así una huelga de 12 meses y una guerra a muerte contra las autoridades, con varios fallecidos en los enfrentamientos con la policía, decenas de detenidos y heridos y centenares de mineros multados. Por poner cifras al conflicto, los paros de los primeros meses llegaron a tener un seguimiento del 73% de media por todo el país, con especial énfasis en el sur de Gales (99%), Yorkshire (97%), Kent (96%) y Escocia (94%). Y aunque su seguimiento fue disminuyendo por la presión policial, las sanciones económicas y el miedo, la respuesta nunca bajó del 60%. Tras un año, según fuentes oficiales, el coste para la economía británica fue de 1.500 millones de libras. Películas como 'Billy Elliot' y 'Tocando el viento', y libros como 'The Enemy Withhim', retratan de una u otra forma las dimensiones hasta las que llegó este conflicto desigual, que trajo más quebraderos de cabeza de lo previsto a la Dama de Hierro. De sobra conocida es la frase de Tatcher en la que calificaba en 1985 a los mineros como enemigo interno: "Tuvimos que luchar con el enemigo en el exterior, en Las Malvinas. Pero siempre tenemos que estar alerta del enemigo interno, el cual es más difícil de combatir y más peligroso para la libertad". Y es que la unión y colaboración de los vecinos de las zonas mineras era evidente, bajasen o no a las profundidades de la tierra a trabajar. También lo era la fortaleza del sindicato, liderado entonces por Arthur Scargill, uno de esos secretarios generales más acostumbrados a montar el piquete a las siete de la mañana que a darse la mano con los dirigentes de la patronal.

Ante tal desafío, la respuesta del gobierno fue la incautación del total de los fondos de la National Union of Mineworkers, alegando el impago de multas y poniendo en peligro la supervivencia de las cajas de resistencia. Fue aquí donde entraron en juego dos jóvenes homosexuales residentes en Londres: Mark Ashton, un irlandés de 23 años militante de la Young Communist League, y su amigo Mike Jackson, quienes fundaron la organización Lesbians and Gays Support the Miners, LGSM (Las lesbianas y gais apoyan a los mineros), un acontecimiento histórico retratado en la película 'Pride', donde por alguna razón se oculta la ideología comunista del fundador. La iniciativa de Ashton y Jackson es realmente inspiradora.

No eran buenos tiempos para la comunidad LGTBI en Reino Unido. La homosexualidad había sido despenalizada por ley tan solo 20 años atrás, y las infecciones de sida aumentaban entonces por miles cada mes. Desde las altas esferas del poder poco tardaron en culpabilizar a gais y lesbianas de la propagación del VIH. Periódicos afines al gobierno, como 'The Sun', especularon con la idea de construir campos de internamiento y reclusión para homosexuales. Este diario incluso llegó a publicar un intento de chiste que decía "Un joven gay va a casa de sus padres y les dice que tiene dos noticias, una mala y otra buena. La mala es que soy gay. La buena es que tengo sida". La campaña homófoba terminó en 1988 con la aprobación del artículo 28 por parte del ejecutivo de Thatcher, una ley que prohibía a las autoridades locales "promocionar intencionadamente la homosexualidad” y que obligaba a los profesores a "acabar en las escuelas con cualquier aceptabilidad de la homosexualidad como una supuesta relación familiar". Una cita de la Dama de Hierro en 1987, en un acto del partido conservador, resumió toda la campaña: "A los niños se les está educando en que tienen un derecho inalienable a ser gais. Todos están siendo engañados desde el comienzo de sus vidas". La ley no llegó a ser derogada hasta 2003.

Pero eso fue en 1988. En 1984, la guerra estaba en otro lugar. Y Mark Ashton supo llevar las reivindicaciones obreras al colectivo LGBTI. Su frase más repetida en todas las conferencias y reuniones de la época fue "No puedes ser gay y preocuparte sólo por lo que les ocurre a los gays". La LGSM ganó militantes de toda Gran Bretaña con el paso de los meses, hasta formar 11 secciones a lo largo de todo el Estado. Llegó a fletar un autobús para recorrer las zonas mineras y conocer a sus gentes, y consiguió recaudar decenas de miles de libras que irían a parar a las cajas de resistencia del sindicato. Uno de los mayores eventos fue el concierto 'Pits and Perverts' (Pozos y pervertidos), con Bronski Beat como cabeza de cartel y un eslogan inspirado en una publicación de 'The Sun' en la que se ridiculizaba el apoyo de los homosexuales a los mineros.

Entonces, en entornos masculinizados y rudos como el de la minería, tal y como reconoció años después el minero y sindicalista Dai Donovan, la homofobia no estaba extendida, pero sí existía una cierta indiferencia y distanciamiento hacia las reivindicaciones de la comunidad LGTBI. La película 'Billy Elliot' muestra en uno de sus diálogos entre padre e hijo el choque que podía suponer para un duro minero del carbón tener un vástago que simplemente quisiese bailar: "El ballet es para las chicas, no para los chicos, Billy. Los varones practican fútbol, o boxeo, o lucha libre, no el condenado ballet". Aun así, los militantes homosexuales supieron hacerse querer y enterrar viejos prejuicios. En sus viajes a las regiones mineras, los miembros de la LGSM se alojaron en las pequeñas casas de los trabajadores. En los mítines contra Thatcher, portavoces de la National Union of Mineworkers y de la LGSM compartieron escenario. Mike Jackson relató años después el vínculo que llegó a forjarse entre ambos grupos: “En una de nuestras primeras visitas a esos valles, como hombres y mujeres homosexuales de clase trabajadora, nos hicieron sentir bienvenidos. Bebimos con los mineros y sus familias, hablamos, bailamos, reímos. Nos invitaron a dar un discurso delante de 300 personas, y como sabían que estábamos nerviosos, al terminar nos ovacionaron. De noche nos quedamos en sus casas, salimos a pasear con sus hijos por el paisaje escarpado, fuimos a sus reuniones. Me sentí como en casa”. Gracias a las aportaciones recaudadas por gais y lesbianas, la huelga minera pudo seguir más tiempo del previsto.

Tras meses de duras luchas, en marzo de 1985, la National Union of Mineworkers no pudo aguantar el pulso contra la maquinaria liberal engrasada por Tatcher. El gobierno cerró 25 pozos mineros y decenas de regiones quedaron expuestas para siempre al paro y a la pobreza. No hay datos contrastados acerca de si el distanciamiento hacia la comunidad LGTBI desapareció entre la clase trabajadora británica tras aquel año que para bien o para mal fue histórico. Lo que sí sabemos es que tres meses después, en junio de 1985, una comitiva de algo más de 150 mineros llegados de todas partes de Reino Unido, encabezó el desfile del Día del Orgullo Gay de Londres al grito de “Decenas de miles de mineros ya sabemos que hay más problemas más allá de la mina. Sabemos del desarme nuclear, de las reivindicaciones de los negros, de la lucha de los gais y lesbianas”. También sabemos que, ese mismo año, en un congreso del Partido Laboralista, la sección de la National Union of Mineworkers, con mucho peso en la organización política, promovió que la formación hiciese suyas las reivindicaciones del movimiento LGTBI. Años más tarde, en 1987, un grupo de mineros acudió en representación del sindicato al funeral de Mark Ashton, enfermo de sida y fallecido a causa de la neumocistosis a la edad de 27 años. En 2013, varios de los protagonistas de aquella historia, tanto militantes homosexuales como sindicalistas, se reunieron para brindar por la muerte de Thatcher.
 

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Tomás Máscolo | La Izquierda Diario, 2021-02-10
https://www.izquierdadiario.es/Pride-quien-fue-Mark-Ashton

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