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2022/05/01

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | CUANDO LAS MARICAS Y LESBIANAS ESCANDALIZARON EL 1 DE MAYO EN PARIS

FHAR en la manifestación del Primero de Mayo en Paris, 1971 //

Cuando las maricas y lesbianas escandalizaron el 1 de mayo

En una Francia atravesada por el mayo del 68 se formó el Frente Homosexual de Acción Revolucionaria (FHAR). Su debut fue en una movilización del día de las y los trabajadores en 1971. Además de denunciar la persección estatal y la discriminación que sufrían, buscaron dirigirse hacia el movimiento obrero revulsivo de la época, generando polémicas con sectores de Izquierda y planteando una perspectiva anticapitalista para la liberación sexual.
Pablo Herón | Izquierda Diario, 2022-05-01
https://www.izquierdadiario.es/Cuando-las-maricas-y-lesbianas-escandalizaron-el-1-de-mayo 

“Planteamos el problema de la libertad de cada persona para disponer de su cuerpo como mejor le parezca; nuestra lucha es, por tanto, política y proclamar en voz alta y clara nuestro derecho a la homosexualidad es revolucionario”. -- Folleto distribuido por el FHAR, 30 de abril de 1971

La fecha del panfleto no es casual, titulado “somos trabajadores homosexuales” había sido elaborado en la víspera del día internacional de las trabajadoras y los trabajadores. “El otro día, un amigo fue despedido porque su jefe descubrió que era homosexual” comenzaban su denuncia un grupo de lesbianas y maricas que no esperaban generar tanto revuelo tan solo los próximos días. Habían pasado tan solo dos años de la revuelta de Stonewall en Estados Unidos que dio origen al movimiento de liberación sexual.

La realidad del país no escapaba a las democracias capitalistas que en esa época penaban la homosexualidad: “En Francia, ‘país de la libertad’, la ley petainista-fascista de 1942, corregida y agravada por De Gaulle en 1960, nos considera una "lacra social" (junto al alcoholismo y la prostitución)”. Tres años antes obreros y estudiantes habían protagonizado el Mayo Francés, marcando un antes y un después de una generación que puso en tela de juicio el capitalismo y las distintas desigualdades que reproduce.

Ese proceso no solo fue la punta de lanza para el surgimiento del Frente Homosexual de Acción Revolucionaria (FHAR), también marcó los debates que lo atravesaron. Según una estadística de la justicia que publicaron, en 1964 de 331 condenados por estas leyes persecutorias 136 eran obreros y empleados y ni un solo director de empresa. En su camino el activismo francés se preguntó sobre la relación entre la represión a la sexualidad y la realidad de la clase obrera.

Ese 1 de mayo decidieron marchar agitando distintos cantitos como ¡Maricas en la calle! ¡Todos somos una lacra social! o ¡Abajo los falócratas! Habiéndose organizado en menos de dos meses su participación no pasó desapercibida. Al día siguiente el Partido Comunista Francés criticó su intervención en su periódico, tildándola de "mascarada". El PCF aún sostenía que la homosexualidad era una desviación pequeñoburguesa [1], su candidato presidencial ese año les llegó a responder a miembros del FHAR en un mitin "¡Id a curaros, pederastas, el PCF está sano!".

Para ese entonces, en el movimiento obrero francés tenía una gran influencia el estalinismo desde los sindicatos. Por eso, ante las críticas que recibieron desde distintos sectores de la izquierda el FHAR comenzó a difundir sus posturas y generando polémicas: "La clase obrera no pertenece a la dirección del PCF, ni tampoco el marxismo. Por eso nos negamos a tener complejos con ella: denunciaremos y combatiremos sistemáticamente la ortodoxia sexual que nos quiere imponer. Decimos que se jodan los heterócratas falócratas del aparato del PCF como decimos que se jodan todos los heterócratas falócratas. Lo que sí sabemos es que hay bolleras y maricones en el PCF, como en todas partes, y nos solidarizamos con ellos".

En esa respuesta publicada en el primer número de Antinorm, el periódico del FHAR, así como en la denuncia por el despido discriminatorio, sobrevuela el intento de mostrar esa realidad compleja de un capitalismo que mientras explota, aprovecha de las opresiones en su propio beneficio. “Para nosotras, la lucha de clases también pasa por el cuerpo” afirmaban, agregando que la “represión sexual, trabajo alienado y opresión económica lo han encarcelado sistemáticamente’. No es cuestión de separar nuestra lucha sexual y nuestra lucha diaria por la realización de nuestros deseos de nuestra lucha anticapitalista, de nuestra lucha por una sociedad sin clases, sin amo ni esclavo”.

Aún habiendo transcurrido medio siglo, la reflexión del FHAR da en la tecla sobre un problema que persiste, se amplifica y aún hoy en día está invisibilizado a gran escala. El neoliberalismo llevó adelante una política de tolerancia hacia las personas LGBT, limitada a conquistar algunos derechos básicos, que tuvo gran llegada fundamentalmente en el mundo occidental. También buscó explotar las identidades gay y lésbica como un nicho de mercado, creando productos y servicios específicos, forjando estereotipos ligados a la capacidad de consumir.

Sin embargo, al mismo tiempo profundizó como nunca la desigualdad social y económica, con la precarización laboral, la pérdida de poder adquisitivo y de derechos sociales como el acceso a la salud o educación. Los números de la pobreza crecen, mientras los más ricos acrecientan sus fortunas de manera desenfrenada. Una realidad que deja como saldo una minoría LGBTIQ+ con capacidad para consumir y disfrutar plenamente los derechos conquistados, y a una mayoría que trabaja para subsistir y cuya vida, atravesada por la discriminación, es cada vez más complicada. Trabajar jornadas eternas, con cuerpos cansados por el esfuerzo físico o la cabeza quemada por no saber si se llega a fin de mes, se vuelven un boomerang contra los discursos que apelan a un disfrute pleno de la sexualidad sin contemplar esta realidad.

Una contradicción que comienza a expresarse en sectores de jóvenes que, tal como planteaba el FHAR desde una perspectiva anticapitalista, no ven contraposiciones artificiales entre opresión y explotación, se trata de lo que pasa con sus vidas en el día a día. Algo de esto se expresa en el fenómeno de sindicalización de jóvenes trabajadores en Estados Unidos en Starbucks, donde gays, lesbianas, trans y no binaries están a la cabeza de organizarse contra la discriminación y para cambiar sus condiciones de vida.

[1] En los comienzos de la revolución rusa encabezada por Lenin y Trotsky la homosexualidad fue despenalizada, medida que Stalin revirtió en 1933 volviendo a castigarla

Y TAMBIÉN…
A 50 años. Lecciones del Frente Homosexual de Acción Revolucionaria de Francia

Mayo del 68 abrió un periodo de intensa lucha de clases en Francia. Durante más de una década, la revuelta de los jóvenes y los trabajadores se extendería a otros sectores oprimidos que también querían "disfrutar sin restricciones" y derrocar el viejo mundo.
Adrien Balestrini / Camille Münzer / Camille Lupo | La Izquierda Diario, 2021-06-28
https://www.laizquierdadiario.com/Lecciones-del-FHAR-a-50-anos-de-su-fundacion

2022/03/17

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | 'GALOPA Y CORTA EL VIENTO': LA HISTORIA DE AMOR ENTRE UN ABERTZALE Y UN GUARDIA CIVIL QUE ELOY DE LA IGLESIA NO LOGRÓ RODAR

‘Galopa y corta el viento’: la historia de amor entre un ‘abertzale’ y un guardia civil que Eloy de la Iglesia no logró rodar.
En 1981 el director de ‘El pico’ y Gonzalo Goicoechea escribieron un guion que hubiera supuesto una película rompedora. Ahora el libreto se publica en una edición crítica.
Gregorio Belinchón | El País, 2022-03-17
https://elpais.com/cultura/2022-03-17/galopa-y-corta-el-viento-la-historia-de-amor-entre-un-abertzale-y-un-guardia-civil-que-eloy-de-la-iglesia-no-logro-rodar.html 

En 1981, España estaba para pocas bromas. El guion de ‘Galopa y corta el viento’ no lo era, pero chocó por su temática con todo tipo de oposiciones. Algunas de ellas ya eran evidentes en la época, otras se han desvelado con el tiempo. Obviamente, una historia de amor entre un guardia civil —andaluz, casado y recién destinado al País Vasco— y un ‘abertzale’ contada en una película de Eloy de la Iglesia sonaba a controversia. Y eso acabó hundiendo la producción de la película. Desde entonces el libreto dormía físicamente en la Biblioteca Nacional y solo la obcecación de la editorial Niños gratis* y de Eduardo Fuembuena, estudioso de De la Iglesia, ha logrado sacar a la luz ese guion, coescrito junto a Gonzalo Goicoechea, que ahora se publica en un volumen con un estudio crítico, otros materiales relacionados con la producción y prólogo de Eduardo Mendicutti. ‘Galopa y corta el viento’ podría haber sido la gran obra de De la Iglesia, y es desde luego, como siempre advirtió el crítico Diego Galán, “el de mayor calidad literaria” de los creados por ambos cineastas.

De la decena de guiones que escribieron Goicoechea y De la Iglesia, nueve acabaron siendo películas. En 1981 ya llevaban a sus espaldas ‘Los placeres ocultos’ (1977), ‘El diputado’ (1978), ‘Navajeros’ (1980) y ‘La mujer del ministro’ (1981). Como explica Fuembuena por teléfono: “Era cine político y comprometido con los desfavorecidos que mostraba prácticamente en tiempo real lo que estaba sucediendo en la España de la Transición y que contaba con el respaldo del público”. Se alimentaban de noticias de prensa y así surgió ‘Galopa y corta el viento’: el 6 de noviembre de 1980, tres miembros de ETA militar asesinaron a tiros al policía nacional José Alberto Lisalde Ramos, granadino de 26 años, y a su amigo Sotero Mazo Figueras, peluquero cacereño residente en Eibar, de 36 años. Ambos estaban casados y con hijos, y ETA justificó el acribillamiento a balazos de Mazo acusándole de confidente. Goicoechea, que era quien mecanografiaba los textos, y De la Iglesia elucubraron un posible amor, convirtieron al primero en guardia civil y al segundo en dueño soltero de un comercio con una hermana en ETA, y los llamaron, respectivamente, Manolo y Patxi.

“De los 49 proyectos no realizados de Eloy de la Iglesia que he documentado, algo más de una tercera parte coescritos con Gonzalo Goicoechea, este es el que estuvo más cerca de rodarse”, explica Fuembuena, autor de 'Lejos de aquí', monumental volumen que reconstruye las vidas de De la Iglesia y de su actor fetiche, José Luis Manzano, y que ahora mismo está en pleno proceso de transformación en serie. “Ese texto no se hizo para ser leído en papel, y además los guiones de Eloy de la Iglesia y Gonzalo Goicoechea fueron escritos para ser rodados con inmediatez”, explica el especialista, que por ello ha realizado hasta 3.000 correcciones para su publicación. La editora Paz Olivares lo define: “No es un ‘best-seller’, claro. Es un libro para un público especializado, aunque ojalá llegue a más lectores. Mi socio Weldon Penderton llevaba siete años detrás de él”.

Aunque existe un argumento ya firmado en enero de 1981, el guion acabó de escribirse en Madrid a inicios de septiembre de 1981. Es un libreto de 81 secuencias y 201 páginas para una película que superaría las dos horas. Y las fechas son importantes, porque entre medias transcurrió el intento de golpe de Estado del 23 de febrero, que pilló a De la Iglesia rodando la primera secuencia de ‘La mujer del ministro’, en el hotel Barajas en Madrid. Esa asonada aparece en la secuencia 0 de ‘Galopa y corta el viento’. En ella se superpondrían imágenes documentales del 23-F en el Congreso de los Diputados con los títulos de crédito y como música, el pasodoble ‘Mi jaca’, interpretado por Estrellita Castro. De una de las ventanas del Congreso se ve salir a varios guardias civiles muy jóvenes: uno de ellos es Manolo, “un joven de veinticinco años y su aspecto, de marcados rasgos meridionales, es muy bello. Sobre su rostro se congela la imagen”, dice el guion. En la primera secuencia ya se pasa a un féretro envuelto en una ikurriña en una iglesia parroquial en Gipuzkoa, y de ahí a una historia de amor y atracción nacida tras un par de encuentros ocasionales iniciales y la mutua afición por Estrellita Castro.

El productor iba a ser el catalán Josep Anton Pérez Giner, que le contó a Fuembuena que habría sido “la mejor y más comercial película de Eloy de la Iglesia”. El cineasta tenía tanto tirón en taquilla como oposición entre la crítica, que nunca le tuvo aprecio. Y empezaron las localizaciones. El 29 de octubre de 1981, De la Iglesia se movía entre Zumaia, San Sebastián y Zarautz, donde había nacido, cuando el diario ‘abertzale’ ‘Egin’ le entrevistó. En esa charla aseguró que se rodaría el siguiente mes de enero y que “la película va a ser incómoda para todos”. Fuembuena apunta ahí el inicio del hundimiento de ‘Galopa y corta el viento’: “Pérez Giner me dijo que la campaña posterior a esa entrevista de ‘Egin’ que les aconsejaba abstenerse de ridiculizar a un luchador ‘abertzale’ les asustó". En el libro se pueden ver recortes de esos artículos.

Otra posible cortapisa les podía caer desde la Dirección de Cinematografía y del Libro, enfrentada al cine de De la Iglesia. Los productores se temieron que fuera calificada S —película erótica o con violencia explícita— como ‘El diputado’ y ‘La mujer del ministro’. Eso coartaba su distribución en salas. Pero esos títulos habían salido bien parados por su bajo coste. En cambio, ‘Galopa y corta el viento’ iba a ser cara, con 50 millones de pesetas de presupuesto, con 42 de las 201 páginas del guion con diálogos en euskera, rodajes en exteriores en el País Vasco y aun había que pedir la colaboración de las fuerzas de seguridad del Estado. Riesgos que asustaron a los productores. “No tuvieron la calma de esperar a 1982, cuando Felipe González se convirtió en presidente del Gobierno. Los socialistas no habrían censurado este filme”, apunta el experto.

Aparcado aquel rodaje, Goicoechea y De la Iglesia escribieron ‘Colegas’ (1982) y ‘El pico’ (1983), de la que el director aseguró en su presentación: “’El pico’ ha nacido sobre las cenizas de otro filme que jamás llegué a rodar, ‘Galopa y corta el viento’”. En 1985 rehicieron el guion para encarar de nuevo su posible realización. Pero la política cinematográfica del Ministerio de Cultura fue a la contra del proyecto, porque ya había dimitido Pilar Miró, que respetaba a De la Iglesia, de la dirección de cinematografía. “Y en 1986 España había cambiado mucho, después de las imágenes de los atentados sangrientos del ‘comando Madrid’. Además, ese libreto es mucho peor. Cae en el melodrama exacerbado y genera un contraste de tono que desorienta, perdiendo la unidad de tono de 1981”, explica Fuembuena. Por si fuera poco, en 1984 se estrenó ‘La muerte de Mikel’, de Imanol Uribe, amigo de De la Iglesia y que narraba una historia similar. Curiosamente, la versión de 1985 de ‘Galopa y corta el viento’ estaba perdida y ahora, en el proceso de edición, ha aparecido con anotaciones a lápiz de De la Iglesia.

Fuembuena resume: “Se acumularon los infortunios, el proyecto no encontró su tiempo, se anunció demasiado su producción y los productores tuvieron demasiadas cautelas. La película habría llevado a Eloy de la Iglesia a otra liga, sobre todo internacional. Le habría acercado a la obra de, por ejemplo, Gillo Pontecorvo o Pasolini”.

2022/03/06

DOCUMENTACIÓN | TESTIMONIOS | 'YO NO ESA', EL HIMNO FEMINISTA DE MARI TRINI

El País / Mari Trini en 1967 //

‘Yo no soy esa’, el himno feminista de Mari Trini en el que miles de mujeres encontraron consuelo.

La compositora murciana fue la primera mujer en salir al escenario de TVE con pantalones, un atrevimiento que le valió muchas críticas y suspicacias que los periodistas de la época no se callaron.
Amanda Rojo | SModa, El País, 2022-03-06
https://smoda.elpais.com/feminismo/yo-no-soy-esa-el-himno-feminista-de-mari-trini-en-el-que-miles-de-mujeres-encontraron-consuelo/ 

La vida de María Trinidad Pérez de Miravete-Mille y Pascual de Riquelme, más conocida como Mari Trini (Murcia, 1947-2009) no fue fácil, pero la artista supo convertir la necesidad en virtud. El primer contratiempo al que se enfrentó tuvo lugar cuando aún no había cumplido 10 años y supuso el comienzo de su carrera. Porque a aquella muchacha, que procedía de una familia aristocrática, la acechó una nefritis crónica que la mantuvo postrada en cama durante años. “No recuerdo si fueron cinco o seis. Solo sé que entré en aquella habitación como una niña y salí con sostén”, confesó en un programa de televisión en pleno siglo XXI.

Y fue durante aquel periodo de su infancia que pasó tan sola, años de comidas sin sal y frascos de colonia con los que sus padres le lavaban le pelo, cuando Mari Trini empezaría a componer sus primeras canciones. Pero los días eran largos y las distracciones pocas. Por suerte, también encontró consuelo leyendo y escribiendo poesía, demostrando ya entonces una sensibilidad que después estaría presente en las letras de sus canciones.

Yo no soy esa, que tú te imaginas

Para Miguel Ángel Bargueño, periodista y autor de 'Las chicas son rockeras' (Libros Cúpula, 2019), la compositora “supo como nadie diseccionar los sentimientos femeninos, hablando tanto por las que sufrían como por las que no se dejaban avasallar”. Lo hizo en uno de sus temas más conocidos 'Yo no soy esa' (1971), versionado recientemente por La bien querida, un himno que todavía resulta moderno y que sigue apelando a mujeres de todas las edades (y preferencias afectivo-sexuales).

“La canción tiene una historia bastante curiosa”, nos cuenta Bargueño. “El éxito de su álbum ‘Amores’ (1970) la llevó a actuar sin descanso por España, Europa y Latinoamérica, y a la hora de grabar ‘Escúchame’ (1971) ocurrió algo bastante habitual entre los músicos: que no tenía canciones suficientes. Así que, para solventarlo, recurrió a versiones de Brel, Becaud o Edith Piaf, pero seguían sin ser suficientes. Entonces, su productor, Rafael Trabucchelli, desempolvó los dos EP que Mari Trini había grabado para EMI Francia en 1965 y consideró una buena idea volver a grabar 'Ce n’est pas moi', incluida en el segundo de esos EP».

Ese ‘Ce n’est pas moi’ se convertiría en ‘Yo no soy esa’, una adaptación a la española que se grabaría con arreglos de Miguel Ramos en los míticos estudios de Hispavox de la calle Torrelaguna. “Cuando se publicó en 1971, hasta cierto punto ya era una canción antigua. Es de suponer que la compuso durante su estancia en París y claramente estaba muy influida por los grandes de la ‘Chanson’ y el pop de Françoise Hardy”, apunta Bargueño.

Antes, Mari Trini había pasado por Londres, donde encontró trabajo tocando la guitarra en un programa de televisión de la BBC 2. Pero fue París la primera ciudad que la acogería fuera de España y la que más la influyó musicalmente: allí conoció a maestros como Jacques Brel, Gilbert Bécaud o Léo Ferré, influencias que la llevaron a escribir ese himno que aún sigue resonando en nuestras cabezas.

“Este periplo formativo y su propio carácter rebelde forjaron un estilo único e ingobernable que alcanzó su cota más alta en ‘Yo no soy esa’”: una canción feminista que describe a una mujer libre, que se escabulle del dominio masculino, que es autónoma y que exige ser amada por cómo es. Un tema que pasó el filtro de la censura solo porque se consideró demasiado ambiguo”, recuerda Bargueño. El creador y artista Paco Clavel, que tuvo la oportunidad de conocerla, lo considera también un referente. “En esa época ya había surgido la canción protesta, pero esto era más sutil, más personal, más intimista”.

Pero la rebeldía de Mari Trini no solo estaba presente en sus letras: ese estilo ingobernable también se reflejaba en su carácter. La música nunca aceptó las propuestas poco razonables de ejecutivos, casas de discos y representantes. “El sello RCA quiso lanzarla como cantante pop de rostro angelical, con canciones de otros compositores como Aute, Juan Carlos Calderón o Patxi Andión, pero ella ya tenía un repertorio propio”, nos cuenta Bargueño. “El director de la casa de discos dijo que una mujer no era capaz de componer canciones, así que no prestó atención a mis temas”, recordaría también Mari Trini en una entrevista.

Por suerte, aquello no prosperó y en Hispavox pudo desarrollar su talento. “Yo siempre he dejado un margen de imaginación para que la persona que escuche la canción ponga su final. En aquel momento, muy pocas mujeres opinaban de política. Eso sí, tenían que vestirse muy bien y salir muy bien. Aun así, mis canciones no adquirieron la dimensión que adquirieron las de Serrat, las de Patxi...”, lamentaría la música años después.

Porque entonces, las mujeres podían escribir “cartas a sus amigos”, pero no poemas ni canciones. Con todo, ella consiguió hacerlo: su primer álbum, ‘Amores’ (con la canción ‘Ayúdala’ que dio lugar a gran cantidad de especulaciones porque muchos consideraban que podría hacer referencia a un trío), era un trabajo muy intimista y con letras en donde el amor se situaba siempre en el centro. Un sentimiento que Mari Trini colocó en lo más alto de su pirámide vital hasta el final de sus días: “La calidad de vida se centra en el amor”, sentenciaba.

Pantalones, 'smoking' y pajaritas de terciopelo
Mari Trini también fue la primera mujer en aparecer en Televisión Española con pantalones; concretamente, con unos vaqueros. Una decisión que no fue casual: la artista se oponía a la exaltación de la sexualidad a la que todas las cantantes se veían abocadas. “Su música, con ese aire intelectual, tampoco invitaba al escote y la minifalda”, reconoce Bargueño. Durante sus comienzos, tenía un punto más afrancesado, que cambió con el tiempo. “Ella llevaba pantalones cuando entonces lo que se estilaban eran las minifaldas, el ‘minishort’, las maxifaldas...”, recuerda Clavel.

El cantante y pinchadiscos cita a una de sus coetáneas, la poeta Gloria Fuertes, que era amiga de Mari Trini y a la que incluso le dedicó un poema. La madrileña apareció en TVE con pantalón, camisa y corbata. Y aunque Mari Trini tardó algunos años en virar su estilismo hacia uno más arriesgado y fuerte, sus comienzos también fueron interesantes. Lo desarrolla Juan Sánchez, documentalista y colaborador de Clavel en diversos programas musicales. “Me gustaba mucho su imagen porque era diferente. La recuerdo con maxivestidos de flores. Llevaba un estilo como ‘hippy’ sofisticado, pasado por París. Pero la Mari Trini de los ochenta cambió bastante: tenía el pelo más corto y una imagen más ambigua, con chaquetas con hombreras, a veces con 'smoking'...”. Y las pajaritas de terciopelo negras estaban también presentes.

Décadas después, Mari Trini sentenciaría que estaba decidida a triunfar en la canción vestida de negro de la cabeza a los pies. “Me vestí de negro reivindicado a los existencialistas, y para demostrar que sin falda se podía triunfar y trabajar”. Rocío Saiz, cantante y música, reconoce que Mari Trini siempre ha sido una importante referencia para ella; no solo musical, también estética. “Desde el principio de mi carrera, he tenido muy claro que en los conciertos iba a ir con traje. Y lo tengo claro gracias a ella, a Patti Smith, y a otras mujeres que han reventado el género en la moda, que se han adueñado de eso que llaman masculino. Porque no tenemos por qué ir codificadas y sexualizadas solo por ser mujeres”.

Esa imagen, que no buscaba agradar a nadie, se unió a un gesto característico de la cantautora, resultado de la mala praxis de un médico. “A los 17 años, tuve una sinusitis y al cirujano se le fue la tijera y me dejó con la boca mirando hacia Soria”, contó Mari Trini. Sin embargo, y, a pesar de tener una imagen fuerte y las ideas claras, todos los que la conocían coinciden en que era una persona muy sensible, tímida y con principios muy férreos. “Escuchar a Mari Trini cantando esas letras, con su tono de voz un poco tembloroso, tan cálido y con ese toque dramático, me caló muy hondo. En los setenta no dejaba de ser una mujer frágil, que sentía mucho el amor y el desamor, de una gran sensibilidad. Luego en los ochenta asumió una actitud más dura, pero igual de vulnerable”, recuerda Juan Sánchez.

Una vida en el armario

Mari Trini nunca fue completamente libre; fue discreta con respecto a sus sentimientos porque no tenía otra opción. Durante cuarenta años, mantuvo una relación con la que oficialmente ejercía como su secretaria personal, Claudette Loetitia Lanza, a la que conoció en Madrid, y que estuvo con ella hasta el día de su muerte, en 2009. “Mari Trini andaba un poco a caballo entre Madrid y Barcelona. Allí frecuentaba lugares de ambiente de mujeres, porque en la capital catalana había un rollo lésbico muy interesante, [y había] muchos clubes de lectura. A las lesbianas antes las llamaban las libreras”, nos cuenta Rocío Saiz. De hecho, Mari Trini se dejaba caer por el Daniel’s, el primer local de Barcelona para lesbianas, donde además sonaba su música.

Era en la época en la que vivía en Sant Pol de Mar. Lo recuerdan en la minibiografía que forma parte de 'Desconocidas y fascinantes'. “Mari Trini nunca hizo declaraciones sobre sí misma, ni sobre su orientación sexual, pero de la manera en la que mostraba su personalidad no era muy difícil intuir que sería gay o bisexual. También por sus canciones y por su actitud, que era totalmente diferente a todo lo que estaba en el candelero en ese momento”, reconoce Clavel. Por su parte, Saiz considera que Mari Trini se protegía para no perderlo todo. “No eres más valiente por salir del armario”, apunta. “Pero no por eso Mari Trini era menos honesta. Ahora la etiqueta de lesbiana sirve para vender discos, pero antes te la tenías que quitar. Para nosotras Mari Trini es un estandarte”, sentencia.

Sobre esto, Isabel Franc, prolífica novelista (con su primera obra, ‘Entre todas las mujeres’, quedó finalista en el XIV Premio La sonrisa vertical) y profesora en el máster en Género y Comunicación en la Universidad Autònoma de Barcelona, reconoce que Mari Trini era una especie de mito para la comunidad lésbica. Y apunta hacia una nueva interpretación de ‘Yo no soy esa’: “Para nosotras, era un himno; ese ‘yo no soy esa’ era una manera de decir que ella no era como el resto de mujeres heterosexuales”.

Porque Mari Trini no renunciaba a sus canciones para expresar cómo se sentía. “Jugaba con una absoluta ambigüedad. Recordemos que en la época aún existía la ley de peligrosidad social, una medida que no fue derogada completamente hasta 1995, y que declaraba “en estado peligroso” a los vagos, los proxenetas y “los que realicen actos de homosexualidad”, entre otros. Dicho de otra manera, declararse lesbiana no era una decisión que una mujer pudiese tomar.

Lo que sí que existían eran las especulaciones. En los medios de comunicación del momento, el tema de su sexualidad se deslizaba con mayor o menor acierto. El periodista José María Íñigo le dijo en una ocasión mientras la presentaba: “Tú tienes un gran secreto que nunca has querido contar, que nunca quieres contar y que seguramente no vas a contarme, naturalmente”. Por suerte, su interlocutora estaba más que acostumbrada a estas preguntas y sabía cómo salir victoriosa. “Sí, sí, yo te lo voy a contar. Yo tengo un secreto que es ser optimista”.

Otros eran menos discretos y andaban más perdidos, como Jorge López Pedrol. “Dime la verdad, ¿en algún momento de tu vida pensaste en que te gustaría ser hombre?”. No contento, insistió segundos después. ¿Por qué cuando veo las revistas del corazón, no veo ningún romance, ningún flirt, con un señor?”. Jesús Hermida tampoco se quedaba corto: “Das la impresión de ser una mujer solitaria”. Pero ella nunca se venía abajo ni dejaba su sonrisa de lado, a pesar de que la acusaban, cómo no, de no sonreír.

En resumen, Mari Trini se enfrentó durante años a preguntas directas que la acusaban de tener algo que ocultar y que la cuestionaban por no haberse casado y por no haber tenido una relación oficial con un hombre. Y aun así, seguía concediendo entrevistas, sin perder los nervios, y continuaba disfrutando de escribir sobre el amor. “Había que insinuar y hacerlo con metáforas”, explicaba ella misma.

Mari Trini protagonizaría en 1984 la portada de la revista Interviú. Tras años de comentarios que aseguraban que tenía una pierna ortopédica, una pierna de palo, quiso demostrar que “era una mujer sin ningún defecto físico”. Rocío Saiz cree que nunca se usan palabras positivas a la hora de calificar a una lesbiana. “Somos antipáticas, feas... entonces y ahora; y dicen que tenemos mal carácter porque no nos da la gana de meternos en los pantalones del patriarcado”.

Lamentablemente, Mari Trini tuvo que enfrentarse al final de su carrera pese a no querer dejarla atrás: durante sus últimos años, la industria no contó con ella. Pero para la artista murciana, componer canciones formaba parte de su día a día, y era trabajando como se sentía más cómoda. “En este país, si no has triunfado antes de los 30, te dejan atrás”, insiste Saiz, que es consciente de que en esta industria, como en todas las demás, la vejez no se contempla.

Un año antes de su muerte, en 2008, la Región de Murcia le otorgó el premio Lucha por la igualdad. Y el pasado diciembre, en el programa Melódico de Movistar+, cantantes como María Rodés o la periodista musical Virginia Díaz recordaron su canción ‘Yo no soy esa’ y su valor como figura feminista, adelantada a su tiempo y con mucho coraje. Sus letras, las de Mari Trini, seguirán con nosotras para siempre.

2021/11/26

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | 20 AÑOS DE VIH, LA EPIDEMIA DE LA MUERTE Y DE LA VIDA

40 años de VIH, la epidemia de la muerte y de la vida.
Jesús Rodríguez | El País, 2021-11-26

https://elpais.com/eps/2021-11-26/40-anos-de-vih-la-epidemia-de-la-muerte-y-de-la-vida.html 

El virus de la inmunodeficiencia humana en su estadio final, el sida, ha matado a 40 millones de personas desde 1981, más de 60.000 en España. Aquella enfermedad sin nombre que atacaba a gais y toxicómanos es hoy una dolencia crónica que bien tratada permite una vida normal. Sin embargo, aún no existe vacuna eficaz y se mantiene el estigma de los que viven con ella.

Loli, Antonio, César, Javier, Álex, Antonio, Rosa y Fley viven con el VIH agazapado en sus células, pero no morirán de sida. Toman cada día una pastilla de antirretroviral. Y pronto será una inyección cada seis meses. Mientras mantengan esa rutina, nunca alcanzarán el estadio sida, es decir, la fase definitiva de la infección, en la que el virus destruye el sistema inmunitario y deja a los portadores indefensos ante las mínimas infecciones. Y al final de ese proceso, que dura entre 5 y 10 años, acaba con sus vidas con un gran dolor y estigma social, como ha ocurrido desde 1981 con 40 millones de personas en todo el mundo: un millón por cada año de pandemia.

Cuarenta años después de los primeros casos, más de 10 millones de personas siguen sin recibir tratamiento en África, Asia y Latinoamérica; hay cada año un millón y medio de nuevos seropositivos y fallecen otros 800.000. Y sin embargo el VIH parece algo del pasado; ya no es un tema de conversación ni causa alarma, pero sigue matando. Según todas las cifras, en Occidente afecta a hombres que tienen sexo con hombres sin protección, y en los países en desarrollo, a heterosexuales. La humanidad ha creado fármacos eficaces para mantenerlo a raya, incluso una terapia preventiva para no contraerlo durante las prácticas sexuales de riesgo (la llamada profilaxis prexposición, PrEP), pero aún carecemos de una vacuna que adiestre a nuestro sistema inmunitario y venza al virus. Se han ganado batallas, pero cuatro décadas más tarde no se ha logrado borrar el sida de la faz de la Tierra.

Loli, Antonio, César, Javier, Álex, Antonio, Rosa y Fley son conscientes de que no pueden abandonar su medicación. Les acompañará de por vida. En caso contrario, el virus, latente y agazapado en los llamados reservorios de su organismo, se despertaría y sería detectable en su sangre en un par de semanas. Y a partir de ahí avanzaría inexorable. “No los curamos”, afirma Roger Paredes, médico del servicio de enfermedades infecciosas del Hospital Can Ruti, de Badalona (en cuya unidad atienden a 3.500 personas con VIH), “pero los acercamos cada vez más a la curación”. Algunos expertos, como la doctora Julia del Amo, directora del Plan Nacional sobre el Sida, pone fecha a esa esperanza: “Nos quedan 10 años para la eliminación del VIH como amenaza”.

—¿Cómo acabamos con la pandemia?

—Estamos obligados a diagnosticar precozmente al 95% de los casos (en España lo hacemos solo con el 87%); tratar con antirretrovirales al 95% de ellos, y que el 95% de esos pacientes haga bien el tratamiento y presente una carga viral indetectable. Esa es la hoja de ruta para 2030 según ONUSIDA, el Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre el VIH/Sida, creado en 1994.

El doctor Santiago Moreno, jefe del servicio de enfermedades infecciosas del Hospital Ramón y Cajal, de Madrid (que atiende a más de 3.000 personas con VIH), añade un cuarto elemento a la ecuación: “Conseguir que la persona infectada tenga una buena calidad de vida, y con calidad me refiero a la desaparición del estigma y el rechazo a los infectados de VIH, como ocurría en otros tiempos con los enfermos de tuberculosis o de lepra”.

Cuarenta años después de que el sida apareciera en escena, Loli, Antonio, César, Javier, Álex, Antonio, Rosa y Fley son, simplemente, enfermos crónicos, como otros 120.000 infectados que reciben tratamiento antirretroviral en España (la factura de su terapia cuesta anualmente al Estado más de 800 millones de euros) y 28 millones en el mundo. Su existencia es convencional. Van un par de veces al año a consulta, se les realiza un estrecho seguimiento (incluso geriátrico, psicológico y social) y tienen una esperanza de vida similar a la de un paciente con diabetes o hipertensión. Y no transmiten el virus. No tienen que esconderse, mentir ni pedir perdón. Están limpios. Si les efectuáramos un análisis de sangre, el virus no aparecería por ningún lado. Sería indetectable y, por tanto, intransmisible. Sin embargo, está integrado en algún lugar remoto de su organismo donde la ciencia hoy no llega.

Pueden ser peluqueros (como Álex), deportistas (como César), maestros (como Javier), enfermeros (como Antonio) o estudiantes (como Fley). Pueden practicar el sexo sin preservativo; y ellas, quedarse embarazadas y parir con seguridad: sus hijos no correrán peligro, como ocurría hace tres décadas con las mujeres con VIH, cuando un tercio de sus niños venían al mundo infectados. Hoy, por protocolo, se hace un test serológico en España a todas las embarazadas. Y, de resultar positivas, se las medica en el acto. Pero hace pocos años era un oprobio añadido a las mujeres con VIH, muchas menos en España que los hombres (en torno a un 20%), pero más invisibles, aisladas y despreciadas. Muchas fueron infectadas por sus parejas. Algunas llevan décadas sin confiárselo a nadie.

Loli Fernández, de 56 años, recuerda la primera vez que fue al médico tras recibir su diagnóstico en 1990 y cómo este le espetó: “A ver, ¿a qué drogas estás enganchada?”. “Y no me metía nada; era mi marido, que sí las había probado por vía intravenosa, el que me había transmitido el virus. Para el médico, yo era directamente puta o yonqui. Y estaba sentenciada a muerte. Ese era mi horizonte. Mi hijo era muy pequeño, y no fui capaz de contarle lo que me pasaba hasta que tuvo 18 años. Todo eran mentiras. Me costó mucho hacerlo público, pero lo hice, porque de lo que no se habla no existe”, dice.

—¿Cómo vivió su maternidad?

—Yo ya tenía a mi niño cuando me diagnosticaron y no tuve más. La maternidad ha marcado a las mujeres con VIH. Te decían que, si traías hijos al mundo, eras una irresponsable, una loca. La sociedad te obligaba a renunciar a ser madre. Y ahora, con el tratamiento antirretroviral, te puedes quedar embarazada con absoluta normalidad.

De hecho, es más seguro acostarse con una persona diagnosticada con VIH que reciba tratamiento que con otra presuntamente sana que jamás se haya hecho una prueba e ignore que esté infectada. Y lo esté. Y lo pueda transmitir en cada relación sexual de riesgo (esencialmente anal, sin preservativo, tras el consumo de drogas o con antecedentes de otras enfermedades de transmisión sexual). Esos seropositivos anónimos son bombas víricas que, sin saberlo, están extendiendo la pandemia y frenando su erradicación. “Muchas veces tienes prácticas de riesgo, follas sin condón, pero nunca piensas que te puede pasar a ti”, explica Antonio Serrano, un sanitario de 33 años al que le fue detectado el VIH en 2015. “Es un riesgo que no percibe la sociedad. Pero está ahí”.

Puede haber 30.000 personas con VIH no diagnosticadas en España. Es el eslabón más débil de la lucha contra el virus. Los expertos insisten en que es clave para romper esa cadena de transmisión que cualquier persona con dudas (especialmente hombres que tienen sexo sin protección con múltiples hombres) se haga una prueba: las hay de 15 minutos en las farmacias. Y, de ser positivo, inicie el tratamiento. “Cuanto más tarde te lo detecten, cuanta más carga viral tengas, más estresado estará tu sistema inmunitario y más envejecimiento prematuro puedes padecer, incluso con la aparición de tumores”, explica el doctor José Alcamí, que dirige la Unidad de Inmunopatología del Sida en el Instituto de Salud Carlos III. El doctor Vicente Estrada, responsable de la unidad de enfermedades infecciosas del Hospital Clínico, de Madrid (que atiende a 2.500 pacientes con el virus), insiste en esta idea: “Nos llegan tres casos al mes y hasta un 40% son de diagnóstico tardío y, por tanto, con peor respuesta. El reto en España es el diagnóstico precoz. Pero se ha perdido miedo al VIH: ya no te mueres de esto y muchos llegan tarde”. Alberto Díaz de Santiago, un joven médico de la unidad VIH del Hospital Universitario Puerta de Hierro, en Madrid (que tiene cerca de 1.000 pacientes), coincide: “A nosotros nos viene un 20% de diagnóstico tardío. Y a veces es tarde para hacerle frente al virus. Sin embargo, el avance ha sido espectacular, porque en los noventa hasta el 70% de los infectados que llegaban a las consultas estaban ya en la fase sida y duraban meses”. En España se siguen notificando en torno a 4.000 nuevas infecciones por VIH cada año y el número de muertes roza las 400. Y de ahí no baja.

Loli, Antonio, César, Javier, Álex, Antonio, Rosa y Fley recuerdan con exactitud el día en que les comunicaron que tenían VIH. Fue un shock. Cambió su vida. Pero cada vez les duele menos. También están marcados por la generación a la que pertenecen. En estos 40 años ha habido dos pandemias: la incurable que arrasó el mundo desde 1981 hasta 1996 y otra, más esperanzadora, desde ese año hasta hoy. Una es la de la muerte y la otra la de la vida. Por eso, los infectados más jóvenes repiten: “Sé que no me voy a morir de esto”. “Cuando llegaron en 1996 los nuevos antirretrovirales, muchos enfermos estaban en tiempo de descuento, pero en dos meses les dimos la vuelta”, explica José Ramón Arribas, jefe de la unidad de enfermedades infecciosas del hospital madrileño La Paz (que atiende a 4.000 pacientes con VIH). “Fue como el síndrome de Lázaro: levántate y anda”.

Antonio Ruiz es un viejo rockero del VIH. Ha sobrevivido a todo. Y se muestra en buena forma durante nuestro paseo por el barrio madrileño de Lavapiés. Va a diario al gimnasio. Y colabora en la Fundación 26 de Diciembre, dedicada a las personas mayores LGTBI. Tiene 64 años, recibe tratamiento antirretroviral y fue diagnosticado como seropositivo a mediados de los ochenta, “que eran años de libertad tras la dictadura y de follar mucho”. Antonio era contable. Su pareja, periodista de moda, murió de sida en 1992. Ese año murieron en España otras 3.500 personas a causa del sida. Antonio, que domina el humor negro, llega a las lágrimas: “No sabías adónde ir, en muchos hospitales ni te admitían. A mí me despidieron por sidoso y maricón. Mi familia me dio la espalda y mi madre nunca me lo perdonó. He visto morir a muchos amigos; fui conejillo de Indias de los primeros medicamentos, como el AZT, que era un veneno; llegué a tomar 16 pastillas al día; tuve lipodistrofia [la distribución anóma­la de la grasa corporal, uno de cuyos efectos comunes es la apariencia extremadamente delgada de la cara] y no me paraban los taxis. Esto era algo más que una enfermedad, te condenaba al ostracismo. Si tenías cáncer, todo el mundo se ponía a tu lado; pero como fueras un sidoso, nadie quería que le vieran contigo. Nos consideraban seres asociales que nos merecíamos padecerlo. Era un castigo bíblico”, recuerda.

—¿Se arrepiente de algo?

—De nada. Nunca me he parado a pensar quién me lo transmitió. No culpo a nadie, me preocupa más saber a quién se lo pasé yo. Pero no me arrepiento ni me siento culpable de nada.

En el verano de 1981 saltó la alarma entre la comunidad gay de ambas costas de Estados Unidos: algunos de sus miembros estaban padeciendo unas terribles neumonías combinadas con candidiasis y otras enfermedades poco habituales: un cóctel fatal. En España se detectó el primer caso en octubre de ese año, en el Hospital Vall d’Hebron, de Barcelona. Nadie sabía lo que era. Ese año ya se contabilizaron cuatro muertos en España; siete años más tarde eran más de 1.000. Se desató el terror. Para empezar, entre la clase médica. “No sabíamos a qué nos enfrentábamos; qué era ni cómo se transmitía. En España nos llegaban consumidores de drogas que compartían jeringuillas [ahora, sin embargo, el 80% de las personas con VIH son hombres que tienen sexo con hombres]. Era gente muy joven que se moría en seis meses”, explica el doctor y catedrático Santiago Moreno. Otro catedrático veterano, Emilio Bouza, del Hospital Gregorio Marañón, de Madrid (que tiene en consulta a 3.000 personas con VIH), echa la mirada cuatro décadas atrás: “Te encontrabas con gente muy deteriorada, con tuberculosis, diarreas terribles, tumores, el sarcoma de Kaposi, algunos casi ciegos y con el cerebro destruido. Y con el agravante de ser una muerte vergonzante, no solo para ellos, también para su familia. La medicina no podía nada contra aquello. No teníamos armas. Solo podíamos acompañarles y demorar una muerte inevitable”.

Hasta mediados de los noventa murieron cada año de sida hasta 5.000 personas en España. El síndrome de inmunodeficiencia adquirida se convirtió en la primera causa de muerte entre la población de entre 25 y 44 años, muy por encima de los accidentes de tráfico. Fue la mayor pérdida en esperanza de vida de una generación. Más de 40.000 murieron entre 1981 y 1996. Lo que provocó una muesca en la pirámide poblacional entre la gente de menor edad y, sobre todo, entre los hombres. En total, han muerto en España 60.000 personas; de ellas, 11.500 eran mujeres.

En aquellos tiempos de desolación saltó al terreno de juego una nueva generación de médicos, muy jóvenes, muchos residentes, la mayoría internistas, con una visión muy social de su oficio; con el deseo de ir más allá de lo clínico. Hoy no son más de 300 los facultativos de primera línea del VIH en España. Se conocen todos. Los pioneros están al borde de la jubilación, pero han creado escuela. “Enfrentarse al sida era para un médico lo más cercano a la ilusión y el ideal de servicio que tenía cuando empezaba”, relata el doctor Santiago Moreno. “Éramos médicos, pero también confidentes, amigos, familia; los únicos que les escuchábamos y acompañábamos hasta el final, incluso en su casa. Había profesionales del hospital que les tenían aversión: hablaban con desprecio de los sidosos, del cáncer rosa y los yonquis”. El doctor Emilio Bouza relata su experiencia: “Teníamos la voluntad de después de haber visto a uno que se te iba, ver al siguiente que se te iba y al siguiente. Y así se fueron potenciando las unidades de infecciosos en los hospitales españoles que han sido claves contra la covid”.

Eran tiempos en los que las muestras y las camas de los seropositivos se marcaban con un punto rojo, dada “su alta peligrosidad”; se les operaba con doble guante y algunas de sus consultas se aislaban con celosías metálicas. No podían formar parte de las Fuerzas Armadas ni de los cuerpos de seguridad del Estado, ni acceder a ciertos empleos públicos. El VIH se transmitía por la sangre, pero también por el semen, el líquido preseminal y las secreciones vaginales y rectales. Y esa peculiaridad marcaba la diferencia social. Lo recuerda el doctor Arribas: “Eran pacientes que nadie quería; pero siempre puedes hacer algo más por un enfermo. Es tu trabajo. Aquella generación de médicos aprendimos una cosa importante en este oficio: a no juzgar a nadie. Me es indiferente por dónde entre un virus, yo lucho contra él”.

El esfuerzo de investigación médica y farmacéutica contra aquel demoledor virus fue único en la historia, sobre todo impulsado por el creciente activismo político y social del colectivo LGTBI. En España, concentrado en la Coordinadora Estatal de VIH y Sida (Cesida). Según el doctor José Alcamí, del Instituto de Salud Carlos III, “en solo cinco años se identificó la enfermedad y se aisló el virus; se caracterizaron sus genes y se hizo un test de diagnóstico para controlar las transfusiones de sangre y al infectado; y un marcador de eficacia: si bajaba la carga viral es que estaba mejorando. En 1986 ya había fármacos, que estaban en el límite de la toxicidad, pero comenzaban a salvar vidas. Y en 1996 llegó una nueva generación de antirretrovirales”. Sin embargo, el VIH ha ido siempre por delante de nuestro sistema inmunitario. Una de las razones es que inserta su ADN en el de la célula huésped. Es decir, en el ADN de la célula humana infectada está integrado el genoma del virus.

La bióloga María Rosa López Huertas es desde el año 2002 investigadora de la unidad del sida del Instituto Carlos III, el laboratorio público de referencia en la investigación de retrovirus en España, en el que trabajan 25 médicos, biólogos, biomédicos, farmacéuticos y químicos. López Huertas intenta comprender los mecanismos de infección del VIH: “Quería entender cómo algo tan sencillo complica tanto la existencia a algo tan evolucionado como es el ser humano. Y la forma de vencerlo es entenderlo. Pero es complicado, porque al poco tiempo de entrar en un organismo crea unos reservorios latentes donde se mantiene en silencio y puede activarse en cualquier momento. Y el actual tratamiento antirretroviral no logra eliminar esos reservorios”.

—¿Cómo describiría al VIH?

—Es el virus más listo que conozco. Es de una gran inteligencia viral. Cambia miles de veces cada día en un mismo paciente. Muta mucho, y ese es el principal obstáculo para conseguir una vacuna.

El doctor Bonaventura Clotet es uno de los veteranos del VIH en España. Jefe de la unidad de VIH del Hospital Universitario Germans Trias i Pujol, de Badalona, y fundador de la Fundación Lucha contra el Sida, dirige además el Instituto de Investigación IrsiCaixa, dedicado al estudio biomédico del sida, con 125 profesionales. “Este instituto se creó en 1995, fue uno de los primeros centros en España de investigación básica del VIH. Y no nos hemos ceñido a eso. La investigación sobre el VIH ha sido una fuente de conocimiento para, por ejemplo, lograr una vacuna eficaz contra la covid en solo siete meses. Y quizá el VIH no esté de moda en Occidente, pero sigue matando a un millón de personas en el mundo”, recuerda Clotet. Julia García, directora científica del instituto, lucha contra esas muertes investigando y buscando una nueva vacuna.

Desde el comienzo de la pandemia la humanidad ha luchado por conseguir una vacuna contra el VIH, como se ha hecho a lo largo de la historia con otros virus letales. Pero los fracasos han sido estrepitosos. Mayte Pérez, bióloga y responsable del laboratorio de serología de la Unidad de Inmunopatología del Sida, que trabaja con el VIH desde 1996, explica el porqué: “La tasa de mutación de este virus es grandísima, hasta 10 millones de veces al día; son docenas de miles de variantes en un solo paciente. Es el virus que más muta. Tanto que hoy, 40 años después, es completamente distinto al de 1981″.

De ahí la serie sucesiva de fracasos para inmunizar al género humano. La vacuna que más éxito tuvo, desarrollada en 2007 en Tailandia, no superó un 30% de eficacia. Y fue descartada. El mismo camino siguió el 31 de agosto de este año otra experimental, la Imbokodo, ensayada en África desde 2017. Por fin, la multinacional Johnson & Johnson emitió un comunicado este verano en el que suspendía el desarrollo de esa vacuna “por no mostrar protección suficiente contra la infección en una población de mujeres jóvenes en África subsahariana con alto riesgo de contraer el VIH”, según la farmacéutica. Su tasa de eficacia no pasaba del 25%. La esperanza está hoy puesta en la Mosaico, desarrollada por Janssen, que se encuentra ya en la fase III de ensayos con un grupo de 3.800 hombres (un 10% en España) que tienen sexo con hombres y mujeres trans.

“El VIH ha demostrado ser una fuente de impresionante progreso médico, pero de limitado avance social. Ha sido un éxito científico, pero un fracaso doloroso para la sociedad, porque 40 años después continúa siendo una enfermedad innombrable. Hay una discriminación asociada al sida que no logramos eliminar”, sentencia el doctor Santiago Moreno. “Y ese es el gran desafío”.

En el Centro Sanitario Sandoval, en el corazón de Madrid, intentan acabar con el sida y también con ese estigma. Aquí se detectan 300 nuevos casos de VIH al año y se administra la píldora de la profilaxis prexposición, la PrEP, a 3.000 personas (y hay lista de espera de siete meses). El perfil de quienes acuden es un hombre de entre 25 y 30 años que tiene sexo con hombres. El 60% son latinoamericanos. Y abunda la prostitución masculina. El responsable del programa de la PrEP es el doctor Óscar Ayerdi, que la considera la mejor forma de prevenir la transmisión del virus: “Y si previenes y diagnosticas rápido, cortas la cadena de transmisión”. El Centro Sandoval, enclavado en un vetusto palacete modernista —donde nació en 1928 como un sombrío dispensario contra las enfermedades venéreas en plena epidemia de sífilis— junto al popular barrio de Malasaña, se reconvirtió durante la Movida y ha sido desde el comienzo de la pandemia un símbolo en la lucha contra el sida. Aquí llegó en 1984 el novato doctor Jorge del Romero, hoy a punto de jubilarse, cuando el virus aún no estaba bautizado. Su trabajo y el del equipo que dirige son el ejemplo de que lo sanitario y lo social pueden ir de la mano: “Aquí hemos dado respuesta a todos los que venían, fueran quienes fueran; con papeles y sin papeles; ricos y pobres; personas trans, gais y con todas las orientaciones; famosos y profesionales del sexo; toxicómanos por vía parenteral. Y he tenido las mejores experiencias de mi vida. Hemos tratado a gente muy machacada, les hemos buscado una salida y ayudado a normalizar su situación. Quiero terminar mi vida profesional con esto encarrilado. Nunca hemos sido jueces; nos hemos limitado a informar y a ayudar, a prevenir y a tratar. A considerar el VIH como una enfermedad de transmisión sexual, no como un castigo divino. Pero no se puede bajar la guardia, porque el condón ha pasado a la historia, y hay más prácticas de riesgo que nunca”.

Álex tiene 31 años y es de Almería; César, 24 y es de Uruguay; Fley, 30 y es de Sevilla. No se conocen. Los tres viven con el VIH. Saben que no van a morir de sida, pero los tres han tenido que aprender a vivir de nuevo. A contarlo, a mantener la autoestima; a manejar su sexualidad; a ayudar a otros; a huir del tabú. Han tenido momentos de bajón; desengaños y decepciones. Y se han sentido discriminados. Pero es emocionante ver cómo luchan por salir adelante. Lo resume Álex, peluquero: “Yo no me castigo. Es un virus que existe y yo una persona como otra. No tengo la culpa de nada. Simplemente vivo con el VIH”.

2021/11/05

DOCUMENTACIÓN | OFENSIVAS | "DESPUÉS DE COTIZAR DURANTE 40 AÑOS MEREZCO UNA ATENCIÓN SANITARIA"

“Después de cotizar durante 40 años merezco una atención sanitaria”
Susana Linares, mujer transexual, fue en agosto a urgencias del hospital Ramón y Cajal por una rotura de las prótesis mamarias y fue citada para una consulta 10 meses después.
Belén Fernández / Olivia López Bueno | El País, 2021-11-05
https://elpais.com/videos/2021-11-05/video-despues-de-cotizar-durante-40-anos-merezco-una-antencion-sanitaria.html 

“Mi caso no era urgente pero sí un problema grave que había que resolver en el menor tiempo posible, no diez meses después”. El pasado junio, Susana Linares, ingeniera de telecomunicaciones de 67 años, notó unos nódulos en las mamas. Ante el susto acudió a su médico privado para una ecografía y este le confirmó una rotura de las prótesis mamarias y esparcimiento del gel por varias partes del cuerpo. Un mes después acudió a urgencias del hospital Ramón y Cajal, donde tiene todo su historial como persona transexual desde el año 86, y le aseguraron que su operación era una cuestión de estética, no de salud, pero que le darían una cita con el endocrino de la Unidad de Género. La fecha de la consulta fue para el 28 de junio del 2022, diez meses después.

Susana optó por buscar otra alternativa, cogió parte de los ahorros de la jubilación y encontró un médico privado que le operó veinte días después de verla por la seriedad de su caso. “Me he sentido desolada y maltratada. Llevo 40 años cotizados y soy una persona normal, merezco un respeto y una atención sanitaria”, confiesa Susana visiblemente emocionada a El País en la entrevista en vídeo que acompaña a esta pieza.

2021/09/10

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | LAS VIDAS PARALELAS DE PEPE ESPALIÚ Y ALBERTO CARDÍN, QUE SE ATREVIERON A HABLAR ANTES QUE NADIE DEL SIDA

Las vidas paralelas de Pepe Espaliú y Alberto Cardín, los dos hombres que se atrevieron a hablar antes que nadie del sida en España.
Ambos frecuentaron los mismos círculos, fueron rostros visibles de la liberación gay y confesaron con valentía que eran seropositivos cuando nadie lo hacía, pero, según se cree, nunca llegaron a conocerse. Una exposición Barcelona fantasea con esa posibilidad.
Ianko López | Icon, El País, 2021-09-10
https://elpais.com/icon/cultura/2021-09-10/las-vidas-paralelas-de-pepe-espaliu-y-alberto-cardin-los-dos-hombres-que-se-atrevieron-a-hablar-antes-que-nadie-del-sida-en-espana.html 

“Conocí a Alberto en 1975. Todos los días paseábamos con nuestro grupo de amigos por las Ramblas y nos contábamos cosas. También viajábamos juntos, él y yo. A Melilla, a Londres, a París. En París había que ir a los baños Continental, una sauna gay donde estaba todo el mundo. Nos habían contado que Roland Barthes iba los martes, y a mí me apetecía tener algo con él, así que ese día nos presentamos para ver si lo encontrábamos”.

No hubo suerte.

El activista LGTBI Eliseo Picó participó en la creación del Front d’Alliberament Gai de Catalunya (FAGC) el mismo año en que conoció al antropólogo y escritor Alberto Cardín. Recuerda muchas historias vividas junto a él en aquellos tiempos. Otros tiempos, sin duda: la prueba es que en ellos un filósofo estructuralista como Barthes se considerara un objetivo erótico de lo más cabal.

Recién finalizada la dictadura franquista (y aún antes), Barcelona era una ciudad inquieta con una intelectualidad que vivía pendiente de lo que sucediera en Francia o en el Reino Unido, pero que también apreciaba los alicientes del lumpen que le quedaba más a mano. Fue ese el mundo donde vivieron Cardín (Asturias, 1948-Barcelona, 1992) y el artista conceptual Pepe Espaliú (Córdoba, 1955-1993), de los que parte la exposición ‘El azar de la restitución’, que se inaugura en la galería barcelonesa Nogueras Blanchard el 15 de septiembre.

En realidad, en Barcelona coincidieron poco tiempo, entre 1973, que es cuando llegó Cardín, y 1976, año en que Espaliú la abandonó. Pero antes y después de eso compartieron muchas cosas: la homosexualidad, algunos amigos y círculos sociales, la fascinación por el psicoanálisis, el activismo desde y frente al sida y una muerte como consecuencia de esta misma enfermedad, a principios de los años noventa. Esa muerte terminó uniéndolos, cuando en vida no está documentada la relación directa entre ellos. Este es el gran enigma que nos ofrecen: es como si sus vidas avanzaran por sendas que uno imagina superpuestas, y que sin embargo se obstinan en transcurrir en paralelo, sin la menor intersección.

Buscando lo moderno

José González Espaliú nació en Córdoba en 1955. Tras un breve paso por Sevilla, en 1971 llegó a Barcelona, donde se matriculó para estudiar Historia y Filosofía. Nunca terminó sus estudios universitarios, quizá por exceso de estímulos. “Buscaba una modernidad que entonces no existía en Andalucía, pero que sí tenía Barcelona”, explica Jesús Alcaide, que además de haber comisariado varias exposiciones sobre el artista reunió sus textos en el libro 'La imposible verdad' (La Bella Varsovia). “Y lo primero que hizo fue conectar con donde estaba la movida, que eran las Ramblas y la gente que se movía por allí”.

Esa gente incluía a Ocaña, pintor y ‘performer’ que se paseaba Rambla arriba y Rambla abajo con aparatosos modelos de fantasía (o sin nada) y que en 1983 fallecería a consecuencias de las quemaduras sufridas al arder uno de sus disfraces, confeccionado en papel. Hoy es un icono –decir un mártir no es exagerar mucho– del acervo gay nacional.

El crítico de arte Juan Vicente Aliaga, que conoció a Espaliú en París una década después, aporta detalles sobre ese periodo barcelonés: “Para él fue un momento de búsqueda inspirado por la figura del escritor Jean Genet, que había visitado Barcelona en los años treinta y solía recorrer el Raval, donde estaba la calle de la Aurora, en la que él vivía. Era muy mitómano y buscaba esa misma atmósfera de travestis y chaperos. Él mismo hizo algunas ‘chapas’ [ejercer la prostitución] en cines de mala nota o en la calle”.

Pero buscando a Genet encontró a Lacan. Así puede resumirse su acercamiento a Óscar Masotta, psicoanalista argentino de la escuela de Jacques Lacan, cuya obra y pensamiento había introducido en el ámbito hispanohablante. Como muchos otros (entre ellos Alberto Cardín) se incorporó al grupo de iniciados que asistían a sus cursos en la calle Aribau con la devoción de quien asiste al despliegue de un universo nuevo. Las teorías lacanianas sobre la identidad y el inconsciente marcaron su posterior senda profesional y vital.

Como artista, Espaliú realizó varias acciones en el espacio público, y con solo 20 años llegó a mostrar su obra en la Sala de exposiciones de Hospitalet de Llobregat. Pero los resultados le decepcionaron. “Pasó sin pena ni gloria para la crítica porque descuadraba respecto a cierta genealogía del arte conceptual catalán”, explica Alcaide. “Así que poco después se fue a París”. Allí asistió a seminarios impartidos por Lacan en persona, mientras abandonaba temporalmente la práctica artística. La retomaría tras su regreso a España en 1983, cuando se vinculó profesionalmente al galerista sevillano Pepe Cobo. En 1990, mientras estaba en Nueva York con una beca Fulbright –llegó a exponer en la galería Brooke Alexander y acariciaba la idea de quedarse en la ciudad–, recibió el diagnóstico del sida. La enfermedad lo mató en 1993 en Córdoba, donde había vuelto solo para cumplir ese trámite.

Mucho cerebro, poco cariño

Apenas un año antes, y por la misma causa, falleció Alberto Cardín. Nacido en el pueblo asturiano de Villamayor, Cardín pasó gran parte de su infancia en México, donde su padre poseía una fábrica de camisas. Según contaba fue en la capital mexicana, durante los largos trayectos del autobús escolar y con solo siete años, donde vivió sus primeras experiencias sexuales con otros chicos. A los nueve regresó a Asturias y, tras una larga formación con los jesuitas, se licenció en Historia del Arte Medieval e Historia del Arte Contemporáneo y en Filosofía y Letras por la Universidad de Oviedo. En 1973 recaló en Barcelona, que convertiría en centro de operaciones de su vida cosmopolita.

A su alrededor se generó una camarilla de amigos, una piña que se trataba constantemente, aunque lo hiciera desde cierta distancia emocional. “Éramos un grupo muy despegado, era todo muy cerebral entre nosotros y no había muestras de cariño”, recuerda Eliseo Picó. “Nos podíamos decir las mayores perrerías, y hasta nos tratábamos de usted”.

Entre tanto, su actividad intelectual y creativa era frenética. Se vinculó académicamente a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Barcelona mientras se inscribía también en el círculo psicoanalítico de Óscar Masotta y colaboraba en El País y ‘Diario 16’ entre otros periódicos, además de en publicaciones culturales como ‘El Viejo Topo’ o ‘Ajoblanco’. También en ‘Diwan’, una de las revistas que había fundado junto a su amigo Federico Jiménez Losantos, quien fuera joven turco de la escena intelectual barcelonesa. Ambos figuraron en 1981 entre los firmantes del Manifiesto de los 2.300, carta que denunciaba la marginación que a su juicio sufría el idioma castellano en favor del catalán.

Al día siguiente de que el grupo terrorista Terra Lliure atentara contra Jiménez Losantos por haber promovido aquel manifiesto, Cardín publicó en ‘Diario 16’ un artículo titulado ‘Un largo adiós’ donde escribía: “No se preocupen los señores de Terra Lliure, [...] les dejo, toda para ellos, su dulce y tónica Cataluña. Solo unos pocos meses para dejar a punto mis asuntos y se verán libres de este ‘ocupante’, que ha querido a Barcelona y ha gozado de ella como nunca seguramente lo harán ellos”.

Él mismo había sido objeto de pintadas amenazantes en la pared de su casa. Pero, contraviniendo su palabra, mantuvo la residencia barcelonesa hasta el fin de sus días. Ahora bien, para entonces su amistad con Jiménez Losantos ya había terminado. El periodista fue precisamente quien le había presentado a Eliseo Picó, que explica los motivos de aquella ruptura: “Federico le hizo a Alberto algo que él no soportaba, que era censurarle. Alberto escribió un artículo para ‘Diwan’ y Federico se lo recortó porque le parecía demasiado gay. Hubo una pelea y dejaron de hablarse”.

Cardín no se mostraba timorato a la hora de escribir, ya fueran artículos académicos o divulgativos, pero también cuentos y poesías. Por supuesto, también trató sobre la cuestión gay, pero esto no lo convertía necesariamente en un activista. “Yo no lo calificaría así”, indica Aliaga. “Era demasiado individualista y miraba a los otros por encima del hombro, ni siquiera fue muy cercano al FAGC”. Como señala Alberto Mira, profesor en la Oxford Brookes University y ensayista especializado en temas LGTBI, con textos como el artículo de 1987 titulado 'Una cierta sensación de fin' manifestó una postura más bien conservadora: “Es bastante problemático, dice que el sida va a terminar con la cultura gay, lo que por supuesto no fue verdad”.

Arremetió contra sus rivales con dureza y sarcasmo –fueron especialmente sonadas sus diatribas con Juan Goytisolo–, y su maximalismo puede generar desconcierto hoy en día como lo hizo entonces. Picó cita la ocasión en que, durante un curso de verano sobre activismo gay en la Universidad Autónoma, se presentó con una defensa encendida de Anita Bryant, la cantante ultraconservadora norteamericana que pretendía expulsar a los maestros homosexuales de las escuelas, lo que dio lugar a una trifulca entre los asistentes. “Pero con eso pretendía que reaccionaran, que fueran más gritones y chirriantes, tipo Ocaña”.

Esto no le impidió dejarse acariciar por la mano de los medios de comunicación de masas: en 1990 intervino en una emisión del programa de Televisión Española ‘Tribunal Popular’ en la que se juzgaba la existencia de Dios, un momento catódico hoy difícil de concebir por el alarde de erudición al que los espectadores eran sometidos en pleno horario de máxima audiencia.

Entre tanto, el 1 de diciembre de 1992, Pepe Espaliú publicaba en El País un artículo de opinión titulado 'Retrato del artista desahuciado'. Con un tono muy crudo para el momento que ahora resuena con nitidez, hablaba de la experiencia de ser homosexual y además enfermo de sida. Poco antes había escenificado en San Sebastián (coincidiendo con el festival de cine) por primera vez la performance ‘Carrying’, en la que era acarreado en brazos por diversas parejas de amigos y conocidos. La acción se repetiría en Madrid, esta vez con más eco mediático: entre sus porteadores estaban Pedro Almodóvar, Marisa Paredes y la política Carmen Romero, esposa del entonces presidente Felipe González. Para entonces Espaliú, que atravesaba las últimas fases de su enfermedad, se había convertido en un enérgico activista en la línea de la asociación ‘Act Up’, como rememora Juan Vicente Aliaga: “Pepe Cobo le prestó su apartamento de calle Barquillo de Madrid para que viviera en él, y aquello era como una oficina donde constantemente llegaban faxes con información de todas partes, y no paraba de entrar y salir gente”.

Suele decirse por todo lo anterior que Espaliú fue la primera figura pública de nuestro país en significarse como portador del VIH. Y, sin embargo, mucho antes que él lo había hecho Cardín. Fue en 1985, en el transcurso de una entrevista para la revista ‘Cambio 16’ donde hablaba con desenvoltura de su infección, diagnosticada el año anterior. Conviene recordar que entonces la pandemia se encontraba en sus primeras etapas de difusión pública, que el estigma era inconmensurablemente mayor de lo que aún hoy es, y que a la muerte de un ídolo global como Rock Hudson, quizá la primera que despertó conciencias, le faltaban meses para llegar. Aquella urgencia por hacer público su estado puede interpretarse, desde luego, como consecuencia de una toma de postura política que perseguía la visibilización del conflicto.

Pero también cabe considerar otras motivaciones más complejas y subjetivas, o así lo apunta Eliseo Picó: “Alberto era un poco maniático, así que ante cualquier dolorcito se ponía en el peor de los escenarios. Muy pronto dijo que tenía la sensación de tener el sida, y se hizo la analítica como veinte veces hasta que le salió positiva. Cuando se lo confirmaron, en lugar de ocultarlo se lo contó a todo el mundo, y además jugaba con la reacción de la gente ante la noticia. Hasta que hacia 1990 la enfermedad empezó a mostrar sus efectos. Se recogió mucho, vino su madre para cuidarlo, y a sus amigos ya no nos quería ver. Cuando lo vi por última vez me quedé horrorizado por su estado y él se dio cuenta, así que ya no quiso que volviera. Eso sí que fue doloroso. La única de nosotros que estuvo con él hasta el final fue Susana Lijtmaer, lectora de la editorial Anagrama, que era la viuda de Óscar Masotta”.

Sobre la dificultad para encontrar testimonios de la relación entre Cardín y Espaliú a pesar de que todo parece conectarlos, afirma Joaquín García, comisario de la exposición ‘El azar de la restitución’: “En efecto la relación no está documentada. Pero tuvieron que cruzarse seguro, ya fuera en una inauguración o en un ‘cruising’. Por eso mi propuesta es inventar ese encuentro”. La muestra relaciona fotos de las obras y acciones que realizó Espaliú durante su estancia en Barcelona con extractos de los escritos de Cardín como realmente si unos se hubieran realizado para ilustrar las otras. En ese dispositivo cobra una importancia fundamental el marco barcelonés.

“Barcelona era entonces el lugar en el que había que estar”, resume García. El auge de la industria editorial, de la universidad y los movimientos sociales (incluyendo el FAGC, que promovió la primera marcha española del Orgullo Gay en 1977) fueron distintas manifestaciones de este florecimiento. Y el cogollo de intelectuales ubicado en estas coordenadas se esforzó por generar y mantener vínculos con la modernidad que venía de fuera, particularmente de Francia.

“En aquella época leíamos todos a Julia Kristeva, Foucault, Deleuze y Barthes, la revista ‘Tel Quel’ y por supuesto a Lacan”, completa Picó. “Nos visitaba mucha gente de París como el escritor cubano Severo Sarduy, al que paseábamos por los sitios de ambiente. O Copi, el dibujante argentino, que vino varias veces. Una de ellas representó una obra de teatro suya muy divertida, Loretta Strong, sobre el viaje espacial de una mujer trans. Aunque entonces no decíamos eso, decíamos travesti”.

El eje principal de este movimiento se ubicaba en el paseo de La Rambla, que antes de convertirse en decorado para el teatro de la turistificación sirvió como un punto de encuentro mucho más genuino entre intelectualidad y bajos fondos: “Las Ramblas empezaron a caer con las Olimpiadas de 1992”, valora Joaquín García. “Pero no olvidemos que a un lado queda en Raval, el Barrio Chino, y al otro el Borne y el Gótico y que acaban en el puerto, lugares entonces no asumidos por la elite burguesa. Esas son las Ramblas míticas de Ocaña y Nazario, pero también las de Vázquez Montalbán. Un sitio dedicado a cierto tipo de ocio de bar y puticlub. Lo que convivía con otra escena gay muy clara, el “mariconeo fino” digamos, que se insertaba también en el bar Boccaccio y la ‘gauche divine’, con gente como Gil de Biedma o Terenci Moix”.

La exposición de la galería Nogueras Blanchard forma parte del 'Barcelona Gallery Weekend', que tendrá lugar entre el 15 y el 19 de septiembre. Otra galería barcelonesa incluida en el programa, House of Chappaz, presenta la colectiva ‘Contact! / Together Again (Poéticas Políticas del VIH)’, en torno a la infección, de la mano de artistas como David Wojnarowicz o Juan Hidalgo. La coincidencia de ambas ofrece la oportunidad para revisar un tiempo repleto de pérdidas irreparables y constatar una vez más que aquel fue el inicio de un capítulo que aún sigue abierto.

2021/05/21

DOCUMENTACIÓN | TESTIMONIOS | FRANCSICO BRINES, EL POETA DE LA CONCILIACIÓN EN UNA SOCIEDAD POLARIZADA

Francisco Brines, el poeta de la conciliación en una sociedad polarizada.
La muerte del poeta de Oliva provoca un alud de condolencias de políticos, lectores y vecinos que va más allá de la excelencia de su obra. La Comunidad Valenciana decreta tres días de luto.
Ferran Bono | El País, 2021-05-21
https://elpais.com/cultura/2021-05-21/francisco-brines-el-poeta-de-la-conciliacion-en-una-sociedad-polarizada.html

Cuando fallece un escritor consagrado, es habitual que se genere una ola de consternación y condolencia. Así ha sucedido con Francisco Brines, que murió el pasado jueves, 20 de mayo, a los 89 años, solo ocho días después de recibir el Premio Cervantes de manos de los reyes Felipe VI y Letizia. Pero no es frecuente que esa expresión de dolor y reconocimiento sea tan generalizada en tiempos de aguda polarización en España, sin distinción de ideologías, de capillas literarias ni de frentes mediáticos; tratándose, además, de un poeta cuya obra es muy apreciada por los expertos y los aficionados al género, pero sin llegar a ser popular entre el gran público. Él mismo decía que la poesía no tiene público, sino lectores. Su personalidad explica en buena medida esta reacción unánime de estima, según sugieren tres poetas, amigos del escritor, gran aficionado al fútbol (era un valencianista acérrimo) y a los toros (admirador de Antonio Ordóñez y Luis Francisco Esplá).

“Era una persona excepcional, generosísimo con su tiempo, muy interesado por los demás. Cuando conocía a alguien, lo primero que le preguntaba era por él, interesarse por lo que hacía. Por eso la gente le quería tanto. No solo era un maestro literario, sino de la vida. Era natural, de una pieza, auténtico”, sostiene Carlos Marzal, uno de sus discípulos y premio Nacional de Poesía. Brines no solía meterse en política. “Siempre me decía: ‘A mí me interesan las personas, no las ideologías, uno puede ser un perfecto imbécil y compartir tu ideología y al contrario’. Era un liberal en el buen sentido de la palabra y muy tolerante”, apunta. No ocultaba su homosexualidad, la vivía con naturalidad. “Siempre pudoroso y discreto, como era su carácter, decía con humor ‘yo ni entro ni salgo de los armarios”, añade.

Otro premiado poeta y compañero de largas veladas con Brines, Vicente Gallego, destaca la gran humanidad del autor de ‘El otoño de las rosas’. “Su humanidad era tan grande como su obra; eso era un secreto a voces, se sabía en toda España. Era muy respetuoso. Jamás dijo nada contra un poeta o una estética, no necesitaba afirmarse a sí mismo de esa manera. Se habla mucho de la parte elegíaca de su obra, pero también era un cantor de la vida, del aquí y ahora, vida. Su caso demuestra que la integridad de espíritu termina por valer; no, lo vale todo. A los que lo conocimos nos queda el gozo de haber coincidido en esta burbuja de espacio y tiempo”, explica.

Àngels Gregori estuvo junto a Brines hasta su último aliento. Presidenta de la fundación del escritor y poeta, se sorprende del gran número de mensajes que está recibiendo de periodistas, vecinos... muchos de los cuales apenas lo conocieron, pero a los que su personalidad impactó. “Era muy dialogante y conciliador. Concebía la poesía como un instrumento para conformar una ética y como una forma de abrazar contrarios. Y esa fórmula la practicó en sus relaciones personales. Oliva ha vivido con emoción la concesión del Cervantes y con conmoción su muerte”, indica.

En el Ayuntamiento de Oliva se instalará este sábado la capilla ardiente del escritor, que volvió de Madrid a su tierra natal a principios del 2000. El domingo, la capilla se trasladará en el Palau de la Generalitat valenciana, que ha decretado tres días de luto oficial. La voluntad de Brines era ser enterrado con sus padres en el cementerio de Valencia.

Las declaraciones de políticos de distinto signo y las citas a sus poemas se han sucedido desde el jueves por la noche. La RAE recordó, por ejemplo, muy oportunamente las palabras que el propio Brines dijo de su maestro y amigo Vicente Aleixandre cuando murió: “Lo queríamos tanto que no se nos va a acabar nunca de morir”. Pero, tal vez, los versos más repetidos, tanto por su muerte como por sintetizar su personalidad, han sido estos: “Como si nada hubiera sucedido. / Es ese mi resumen / y está en él mi epitafio”.

Y TAMBIÉN...
Muere Francisco Brines, último premio Cervantes.

El autor valenciano, maestro de varias generaciones de poetas españoles, fallece a los 89 años.
Javier Rodríguez Marcos | El País, 2021-05-20
https://elpais.com/cultura/2021-05-20/muere-francisco-brines-ultimo-premio-cervantes.html

2021/04/17

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | ELOY DE LA IGLESIA Y JOSÉ LUIS MANZANO: UNA HISTORIA DE AMOR, CINE, HEROÍNA Y AUTODESTRUCCIÓN

Eloy de la Iglesia y José Luis Manzano: una historia de amor, cine, heroína y autodestrucción.
El libro ‘Lejos de aquí', que se convertirá en serie de televisión, explora la tortuosa relación entre el director y el actor de películas como ‘El pico’ o ‘La estanquera de Vallecas’, fallecido por sobredosis a los 29 años.
Gregorio Belinchón | El País, 2021-04-17
https://elpais.com/cultura/2021-04-17/eloy-de-la-iglesia-y-jose-luis-manzano-una-historia-de-amor-cine-heroina-y-autodestruccion.html 

Esta es una historia de amor. Y de adicciones, a las drogas y a las personas. Es también una historia de cine y de una parte de España empujada a las alcantarillas de la historia por la versión oficial y sus creadores culturales, que escondieron bajo la etiqueta de cine quinqui a muy distintas visiones de lo que ocurría a espaldas de la movida. Es, sobre todo, la historia de una relación atormentada, tóxica y apasionada, la del director Eloy de la Iglesia y su actor fetiche, José Luis Manzano. Juntos rodaron ‘Navajeros’ (1980), ‘Colegas’ (1982), ‘El pico’ (1983), ‘El pico 2’ (1984) y ‘La estanquera de Vallecas’ (1987). Se conocieron en otoño de 1978 en la puerta de los Billares Victoria, en el centro de Madrid, donde chavales de extrarradio se ofrecían a gays por dinero; el actor murió en el piso del director por una sobredosis de heroína el 20 de febrero de 1992.

Entre medias, un drama y dos vidas, ilustradas por el zaragozano Eduardo Fuembuena en 'Lejos de aquí', un libro autoeditado que está en fase de desarrollo para convertirse en serie de televisión. Ochocientas páginas que radiografían ese amor/odio, cartografían la España de esa década, y reproducen cada conversación gracias a los 10 años que Fuembuena ha dedicado a la investigación. En 2017 publicó una primera versión del libro, que ahora ha reescrito en un 70%, en pro de la exactitud de los hechos y del material aportado por nuevas fuentes sobre la relación entre De la Iglesia (Zarautz, 1944 - Madrid, 2006) y Manzano (Madrid, 1962-1992).

Fuembuena estudió en la ECAM, la escuela de cine de la comunidad de Madrid, donde coincidió una vez con De la Iglesia. “Recuerdo que por curiosidad pasé por la puerta de la clase donde él estaba dando una charla y hubo un momento en que nuestras miradas se cruzaron”, cuenta el cineasta y escritor. Ya le atraía su cine, aún no había convertido aquella historia en la historia de su vida. “Mi libro ha sido un acto de necesidad”, reflexiona. Hoy forma parte de la segunda promoción del programa Residencias de la Academia de Cine, donde está desarrollando, tutorizado por Agustí Villaronga, una serie de televisión centrada en este amor. “Porque siempre tuve una intención audiovisual para plasmar esta pasión”.

En el libro De la Iglesia explica: “Cuando escribo, siempre asumo como referencia de destino un cine de barrio. Lo que cuento debe llegar al mayor número posible de espectadores; el de autor es un término que desprecio como marxista que soy”, y Fuembuena añade: “Sus películas son autobiografías encubiertas”. A finales de los ochenta, el director ya se había ganado un nombre como cineasta con películas como ‘Juegos de amor prohibido’ (1975) o ‘El diputado’ (1978). Metido en la preproducción de un drama sobre José Joaquín Sánchez Frutos, ‘El Jaro’, precoz delincuente y mito popular tras morir en febrero de 1979 con 16 años, De la Iglesia recordó a un chaval bellísimo de Vallecas que se sacaba de vez cuando dinero con su cuerpo. Era José Luis Manzano, al que llamaban ‘Muñequita Ortopédica’ por el arnés que durante mucho tiempo llevó para curar una grave lesión de espalda.

Y así Manzano pasó de la UVA (unas viviendas proporcionadas por el Estado) de Vallecas a la casa de De la Iglesia, que le pagó una educación y le preparó para el rodaje. Comenzaron una apasionada relación sentimental, que el chaval compaginaba con varias novias, y el cineasta, maestro de las imágenes explícitas, con otros pretendientes. El estreno de ‘Navajeros’ convirtió a Manzano en el gran rostro de ese género de cine, que Fuembuena prefiere llamar “poesía del lumpen” y que se acuñó como “cine quinqui”. Un corpus fílmico “producido por el choque entre un vasco marxista materialista de educación humanista y un adolescente de Vallecas de familia desestructurada”. En esa película también debutó José Luis Fernández, ‘Pirri’, otro mito de los ochenta que falleció de sobredosis. ”Como decía Diego Galán, eran películas de crónica con olfato comercial”.

La carrera de Manzano es la perfecta ejemplificación de lo que pudo ser y no fue. Su relación sentimental y profesional con De la Iglesia, en la que por etapas uno fue parásito del otro, fagocitó su recorrido profesional. Solo trabajó con él (solo tuvo pequeños papeles en otras dos películas). Era un monumento de actuación auténtica, natural, sin poses. Su talento acabó cercenado por un parón de un año al realizar la mili y por su adicción a las drogas, un enganche que compartió con su mentor. “El carácter de José Luis, débil, siempre le hizo depender de alguien”, se cuenta en el libro, construido a la manera anglosajona de las biografías: mucha investigación, más de un centenar de voces, relato novelizado basado en abundantes fuentes. Así se asiste al triunfo del cine de De la Iglesia, a pesar de la oposición que encontró en los creadores procedentes del PSOE. El mejor ejemplo es que tras ‘La estanquera de Vallecas’ estuvo sin dirigir 16 años. Volvió en 2003 con ‘Los novios búlgaros’, ya con el PP en el poder (dejó 47 guiones sin filmar en diversas fases de desarrollo). Era un cine que encontró su público, que llegó a ir a festivales como el de San Sebastián y que a cambio recibió furibundos ataques en contra en las críticas periodísticas.

En ‘Lejos de aquí’ hay también sordidez, podredumbre moral y física, y una hábil reconstrucción de la fauna cinematográfica, política y social de la época. La heroína (y la posterior llegada del sida) acabó destruyendo a varias generaciones. Tras ‘La estanquera de Vallecas’, De la Iglesia, para desengancharse, echa de su mundo a Manzano, que se apoya en un cura de Getafe, Pedro Cid, que lucha por rehabilitar a chavales como él. Por eso, el rostro del actor aparece en un mural sobre la Última Cena en la iglesia getafense de Nuestra Señora de Fátima. Encontró un trabajo de ayudante en una productora, pero le despidieron por robarles material y venderlo para pagarse la droga. Hundido, acabó atracando a un peatón en la Gran Vía e ingresó en la cárcel de Carabanchel para cumplir una condena de 18 meses.

Al salir de prisión, Manzano entró durante dos semanas en un nuevo tratamiento de desintoxicación y buscó a De la Iglesia, que se arrastraba de piso en piso, sin levantar ningún proyecto, aunque apoyado por Juan Diego y Juan Antonio Bardem, viejos compañeros de luchas comunistas. “La industria cinematográfica en España se diluye en esos años y solo se filman los proyectos subvencionados desde el Estado”, explica el escritor. Manzano se coló en la casa de De la Iglesia el 18 de febrero de 1992 y dos días después, al despertarse el director a las seis de la tarde, encontró a su examante en el baño, sin vida por una sobredosis. “Es una historia de desencantos”, resume Fuembuena. “De la Iglesia, marxista convencido, en cuanto a lo ideológico y lo cinematográfico. Manzano, en lo vital, porque había rozado un sueño que se le escapó entre los dedos. Él aprendió a vivir a través del cine”.

2021/03/25

DOCUMENTACIÓN | EXPOSICIONES | LOS RELOJES ENAMORADOS DE FÉLIX GONZÁLEZ-TORRES

Los relojes enamorados de Félix González-Torres.
El Macba realiza una lectura política de la obra del artista minimalista, fallecido en 1996, en una exposición con 40 de sus creaciones.
José Ángel Montañés | El País, 2021-03-25
https://elpais.com/cultura/2021-03-25/los-relojes-enamorados-de-felix-gonzalez-torres.html 

‘Perfect Lovers’ es una obra formada por dos enormes relojes de pared idénticos, pegados uno a otro, sincronizados en la misma hora, que, con el paso del tiempo, por el desgaste y la pérdida de energía, empezarán a perder sincronía y acabarán marcando horas diferentes. Lo más terrible sería que uno de ellos se parara para siempre, mientras el otro continuara con su lento caminar. La pieza, realizada en 1991 por el artista Félix González-Torres (Guáimaro, Cuba, 1957 – Miami, 1996), es la sutil y poética representación de una relación de amor entre iguales, amantes perfectos para él, que intentan seguir adelante pese a las dificultades y la enfermedad.

González-Torres, vivió el mundo ‘underground’ neoyorquino de los años ochenta y creó instalaciones minimalistas a partir de bombillas, pilas de papel, montones de caramelos multicolores, espejos, cortinas y vallas publicitarias marcadas por un activismo cultural que buscaba desafiar y provocar al espectador. Sus obras, pocas, por la brevedad de su vida, pero muy conocidas, imprescindibles para entender el arte actual por sus críticas al conservadurismo social y la homofobia, son las protagonistas de la exposición ‘Félix González-Torres. Política de la relación’ que el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona, Macba, le dedica hasta el 12 de septiembre.

La vida y la obra de González-Torres son conocidas en España desde que, en 1995, poco antes de fallecer, el Centro Gallego de Arte Contemporáneo, bajo la dirección de Gloria Moure y comisariada por Nancy Spector, conservadora del Guggenheim de Nueva York, le dedicara una gran exposición. De hecho, ARCO le rindió homenaje en la edición del año pasado y en Madrid se pudieron ver media docena de vallas publicitarias repartidas por la ciudad con una de sus obras más conocida ‘Untitled. It’s just a matter of time’ (‘Solo es cuestión de tiempo’) una frase escrita en 1992 en letra gótica (identificada con el nazismo) sobre un fondo negro, que avisa de la amenaza que supone la extrema derecha y el populismo, pero que interpela de forma diferente a quien la lee.

Pero Tanya Barson, comisaria de la muestra y conservadora jefa del Macba, ha reunido 40 de las obras de González-Torres para realizar una nueva lectura más allá de la de un artista neoyorquino de los ochenta, que es como se ha presentado hasta ahora. Las ha agrupado en cuatro ámbitos para poner el acento de su relación con España (él y su hermana vivieron en Madrid a comienzos de los años setenta), con el continente americano y el Caribe, además de cuestiones como memoria, la autoridad, la libertad y la identidad nacional. “Para González-Torres lo que es personal es político y en sus obras explora, de forma sutil, el diálogo entre lo que es privado e invisible y lo que es público. Su obra está llena de capas, que van de lo superficial a lo profundo”, explica Barson.

Como la de los relojes enamorados que, recién colocados, marcan de forma sincronizada la misma hora y presiden la primera de las salas de la exposición en la que se analiza su compromiso político, con obras que denuncian la cultura autoritaria, el fascismo, el conservadurismo social y la represión a la comunidad gay. “Unas actitudes que pueden remitir a los Estados Unidos durante la crisis del sida en los años ochenta y noventa, aunque en España hubo una represión análoga en tiempos de Franco y posteriormente”, comenta Barson.

Muchas de las obras de González-Torres son pilas de papel con imágenes o palabras que tienen que ver con el odio, la censura y la discriminación. De entrada, parecen formas sólidas, pequeños pedestales sin escultura, pero pronto se comprueba que son acumulaciones de cientos de láminas iguales, que, a diferencia de lo que se espera en un museo, el visitante puede llevarse. “Tiene que ver con el concepto de libertad que defendía González-Torres”, insiste Barson. También con su idea de socavar el mercado del arte, en el que se sentía como un espía y un intruso. González-Torres decía: “Necesito al espectador, necesito la interacción. Sin el público estas obras no son nada. Pido a la gente que me ayude, que asuma la responsabilidad, que se lleve parte de mi trabajo”.

Es lo mismo que ocurre con sus montones de caramelos. Como en ‘Untitled (Blue Placebo)’ (1991) en la que 130 kilos de dulces envueltos en celofán forman un enorme mar azul que están a disposición del visitante (se pueden coger previa desinfección con hidrogel). “Azul es sinónimo para González-Torres de amor, belleza, pero también miedo. Esta obra, como la cortina de agua, ‘Untitled (Water)’, de 1995, que hay que cruzar para seguir avanzando, remiten a la idea de viaje, emigración, exilio, turismo y huida y en una ciudad como Barcelona, funcionan como metáforas”, prosigue Barson.

Una pandemia, la del sida, como a muchos otros artistas homosexuales neoyorquinos del momento, le cambió y le costó la vida. En 1991, Ross, su pareja, fallece por esta enfermedad. En los cinco años siguientes, hasta que él fallece por los efectos también del sida, realiza una serie de obras en su recuerdo. Como ‘Untitled (Portrait of Ross in L.A.)’, formada por una montaña de caramelos apilados en una esquina que pesan 79,3 kilos, los mismos que pesaba Ross. Los visitantes pueden cogerlos y comérselos por lo que, como su pareja, el peso va descendiendo, aunque, para él, todo el que coge uno de estos dulces se lleva parte de Ross para siempre.

Esta pieza no ha viajado a Barcelona, pero si ‘Untitled (Para Un Hombre En Uniforme)’, de 1991, una de las pocas obras suyas tituladas en castellano, en la que 100 kilos de chupachups aparecen envueltos en los colores de la bandera estadounidense. Está en la sala en la que se habla de patriotismo, militarismo, machismo y deseo homoerótico, así como del sentimiento nacionalista que generan en la sociedad los monumentos. En este sentido la pieza más sorprendente de la muestra es, quizá, ‘Untitled (Go-Go Dancing Platform)’, de 1991, en la que un go-go baila sobre una plataforma vestido solo con un minúsculo bañador de lamé plateado. Baila al son de la música que solo escucha desde su dispositivo electrónico. Pero solo lo hará cinco minutos al día y a una hora imprevista. Por lo que seguro que, a más de uno, la presencia inesperada del erótico bailarín le hará atragantarse con uno de los caramelos participativos de González-Torres.

2021/02/05

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | LOS TRES AMANTES Y LAS TRES MUERTES DE FRANCIS BACON

Los tres amantes y las tres muertes de Francis Bacon.
1962: en la víspera de una inauguración, el novio del artista apareció muerto. 1971: en la víspera de otra, ocurrió lo mismo. 1992: días antes de otra, murió el propio Bacon.
Borja Hermoso | El País, 2021-02-05
https://elpais.com/elpais/2021/02/04/eps/1612462293_974137.html 

Francis Bacon sabía lo que se hacía, la coherencia era su credo y, en cierto modo, era lo que tradicionalmente se ha solido denominar como un hombre que se viste por los pies. Uno de los últimos genios del expresionismo que se dedicó ni más ni menos que a llevar al lienzo la vida misma, la suya en concreto, y la de sus sucesivos amantes. Frente a quienes aún piensan que estamos ante un pintor abstracto, el realismo de Bacon fue innegociable y perenne y brutal. Era un artista y, también en cierta forma, un cronista de la vida. Y en concreto, de los excesos de la vida, que conllevan, como en su caso, la omnipresencia de la muerte.

La actual exposición de obra gráfica del pintor irlandés en la galería Marlbo­rough de Madrid (hay artistas excelsos en esa modalidad, no es el caso de Bacon: su vendaval surge solo en la pincelada) y sobre todo la publicación en el Reino Unido de una nueva biografía ('Francis Bacon: Revelations', de Mark Stevens y Annalyn Swan) permiten regresar a sus infiernos no ya plásticos..., sino reales. La parca le rindió visita tres veces. La tercera fue la definitiva.

“Todos aquellos a los que amé se mataron con el alcohol o se suicidaron. Yo no sé por qué atraigo a ese tipo de gente, y no hay nada que hacer”. Se lo contó un día Bacon a su amigo y biógrafo Michael Peppiatt. En 1952 el pintor, que había puesto fin a su relación con el banquero londinense Eric Hall, conoció a Peter Lacy, un apuesto expiloto británico aficionado al piano. Fue un amor compulsivo, obsesivo y desaprensivo. Lacy se fue a vivir a Tánger, donde Bacon le visitaba con regularidad comprobando que su relación homosexual era bienvenida en el contexto de la ancha apertura moral de la ciudad marroquí. Lacy era violento y bebía como un cosaco, combinación poco aconsejable. Pegaba a Bacon y un día hasta lo tiró por una ventana. El artista exhibía una aquiescencia que viajaba entre el amor perdido y el sadismo militante. En 1962, apenas horas antes de que Bacon inaugurase su antológica en la Tate Gallery de Londres, recibió un telegrama que le anunciaba la muerte de Lacy. El pintor inmortalizó al amante fallecido (nunca quedó claro si fue natural o un suicidio) en el retrato Study for a Portrait of P. L.

Octubre de 1971. París. Bacon está a punto de inaugurar su retrospectiva en el Grand Palais. Él y su novio, George Dyer, un antiguo y apolíneo quinqui del Soho londinense, llevaban días alojados en el lujoso Hotel des Saints Pères. Les acompañaba Valerie Beston, directora de la galería Marlborough de Londres. Dyer era alcohólico e inculto, y Bacon —­pese a sentirse fatalmente atraído por él— le humillaba en público en cuanto podía... y luego le inmortalizaba en retratos. Dyer, a quien Bacon había dejado solo en el hotel después de días bebiéndose juntos sucesivas añadas de ‘grands crus’ de Burdeos y los mejores ‘champagnes’ entre bronca y bronca, se suicidó aquella noche con una mezcla de whisky y barbitúricos. Lo encontraron muerto sentado en la taza del retrete. Beston convenció a los propietarios del ­establecimiento de que ocultaran la noticia hasta el día siguiente. Y Bacon acudió a la inauguración y a la posterior cena de gala en el lujoso restaurante Le Train Bleu de París, donde habló, bebió y se emborrachó.

28 de abril de 1992. Francis Bacon muere a los 82 años en la clínica Ruber de Madrid. Los médicos que días atrás le habían extirpado un riñón le aconsejaron no viajar. Pero las dos razones que él tenía para hacerlo eran poderosas. Una: preparar su exposición en la galería ­Marlborough. Dos: visitar a un antiguo novio, el financiero madrileño José Capelo, de quien se había enamorado cuatro años antes durante una fiesta en Londres y al que sacaba 43 años. La tercera muerte se le presentó a Bacon en España. Esta vez venía a visitarlo a él. 

MIKEL/A, AQUÍ ESTAMOS Y NO NOS OCULTAMOS

Mikel/a enseña cacho en la 2ª Gayakanpada de EHGAM, 27-29 agosto 1993, Muxika // STARS COFLHEE es un trabajo realizado por Julen Zabala Alon...