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2022/02/20

DOCUMENTACIÓN | VIH-SIDA | ARTIVISMO: EL ARTE QUE ROMPIÓ EL SILENCIO SOBRE EL SIDA

El Salto / Act-Up frente al Hotel Astoria Waldorf de Nueva York, 1990 //

El arte que rompió el silencio sobre el sida.

La epidemia de VIH durante los años 80 y 90 manifestó los peores síntomas de un tiempo y una sociedad que ya estaban enfermos. Numerosas propuestas entre el arte y el activismo político denunciaron desde la primera persona y en colectivo las respuestas ofrecidas por las autoridades. Lo hicieron mientras sus autores trataban de sobrevivir.
Jose Durán Rodríguez | El Salto, 2022-02-20
https://www.elsaltodiario.com/arte/el-arte-que-rompio-el-silencio-sobre-el-sida

David Wojnarowicz pidió a sus amistades que no le hicieran un funeral. En su lugar, el artista les ordenó que, cuando llegara el momento, convocaran una manifestación. “Es sano hacer público lo privado, pero las paredes de la sala o capilla son finas e innecesarias, un simple paso puede convertirlo en un espacio mucho más público”, se lee en una entrada de su diario fechada en 1988, el año en que fue diagnosticado positivo en VIH. Wojnarowicz tuvo la despedida que había exigido: el cortejo fúnebre, organizado por su círculo íntimo de artistas y activistas, estuvo acompañado por proyecciones de textos y fotografías suyas, precedidas por una pancarta que decía: “David Wojnarowicz (1954-1992) ha muerto de sida debido a la negligencia del gobierno”. En ese 1992, el sida era la primera causa de muerte en hombres entre 25 y 44 años en Estados Unidos.

Poeta, fotógrafo, músico, artista visual, Wojnarowicz vivió a la sombra del sueño americano e hizo todo lo posible para convertir sus experiencias en obras que rompieran el silencio en torno a la epidemia de VIH y el abandono, el estigma y la culpabilización de quienes contrajeron el virus. En un autorretrato fotográfico publicado en 1989 encarna esa idea con una imagen impactante: los labios cosidos con hilo y aguja. Ese mismo año, en un texto muy crítico con las instituciones, incluidas las del arte, aseguraba que, cuando le dijeron que había contraído el VIH, se dio cuenta de que también había contraído una sociedad enferma. Por entonces, el senador republicano Jesse Helms promovió una enmienda para prohibir la concesión de subvenciones y fondos públicos a la creación de obras “obscenas o indecentes”. Aunque la enmienda no salió adelante, Wojnarowicz publicó otro texto en el que afirmaba que no se trataba de un problema del mundo del arte sino del “asesinato de homosexuales y del silencio impuesto por ley, de la invisibilidad y el silenciamiento de las personas con sida, de impedir el acceso a la información a quienes tienen que tomar decisiones relativas a la seguridad en sus relaciones sexuales”.

Wojnarowicz, al igual que el ilustrador Keith Haring, el fotógrafo Robert Mapplethorpe, el cineasta Derek Jarman o el músico Arthur Russell, forma parte de lo que la historiadora del arte Élisabeth Lebovici considera “toda una generación de artistas, críticos, historiadores y comisarios” a la que el sida devastó a finales de los años 80 y principios de los 90. En su ensayo 'Ce que le sida m'a fait: art et activisme à la fin du XXe siècle', publicado en Francia en 2017 y extractado por el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (MACBA) en 2020, Lebovici habla de que el VIH/sida abrió una crisis en las representaciones y se pregunta cómo hacer visible una crisis que golpea comunidades invisibilizadas, cómo dar visibilidad a personas que han desaparecido, en un mundo que niega los lazos que nos unen a ellas. Ella ofrece una respuesta crítica con el modo en que se hizo durante aquellos años: “El virus es un signo abstracto, pero su iconografía, a la que recurren los medios, se refiere casi automáticamente a la imagen de un hombre mártir, acostado, marcado por todas partes por la enfermedad. La figuración al encerrar el cuerpo del sida en la categoría envilecedora de ‘víctima’ hace que se vea rápidamente como consecuencia visual del deseo homosexual”. Lebovici recuerda asimismo que incluso el periódico de izquierdas ‘Libération’ llegó a referirse al sida como “cáncer gay” en 1983.

La también historiadora del arte Andrea Galaxina se fija en algunas iniciativas que cuestionaron las narrativas impuestas “desde fuera” sobre el sida. Lo hace en 'Nadie miraba hacia aquí', un ensayo de reciente publicación por El Primer Grito en el que recopila obras y acciones desarrolladas por personas afectadas por el virus y que presenta dos visiones: la colectiva desde el activismo político y la personal de artistas que vivieron con VIH/sida y trataron este tema en sus creaciones, contando la historia a través de su propia voz y en primera persona. Las propuestas artísticas que analiza se sirvieron de las técnicas de la guerrilla comunicativa, intervinieron en espacios públicos y dieron fruto en forma de carteles, pegatinas, camisetas, ‘performances’ espectaculares en la calle y piezas de cine y vídeo. Galaxina explica que muchas de esas obras tenían una función práctica y que “no estaban pensadas para la contemplación, para el disfrute estético, sino como una herramienta de denuncia y, además, eran profundamente radicales, lo que hizo que incluso a las instituciones del arte les costase incorporarlas en sus discursos curatoriales”. También señala que eran incómodas para el público, puesto que le interpelaban y le preguntaban qué estaba haciendo para acabar con la crisis del sida, “frente a otros trabajos realizados por artistas ajenos al activismo —que fueron, curiosamente, los que alcanzaron más notoriedad—, en los que por lo general se representa a personas al final de su vida y que invitan más a sentir lástima que a cuestionar todo un sistema”. En ese sentido, ella destaca que “la que seguramente sea la producción cultural más popular sobre el sida, la película ‘Philadelphia’, es obra de un director heterosexual, Jonathan Demme, y está protagonizada, asimismo, por hombres heterosexuales: Tom Hanks, Denzel Washington y Antonio Banderas”.

Frente al discurso dominante sobre la enfermedad, representada por los medios de comunicación hegemónicos desde una dimensión privada, una tragedia personal resultado de decisiones individuales, sin abordar el papel que las condiciones sociales, políticas y económicas tuvieron en el desarrollo de la crisis del sida, los relatos creados desde el arte activista situaban la lupa en otros lugares. En una anotación de 1991 en sus diarios, publicados en español por Caja Negra treinta años después, Wojnarowicz dice ser consciente del papel “que cumplen los medios de comunicación y de cómo la manipulación que hacen de las imágenes sobre este virus puede afectar la percepción del público y hasta a las fundaciones que investigan en materia de salud”. Unos meses antes, otro apunte resumía su postura al respecto, como artista y persona afectada por el VIH: “Las ventanas son mi televisión y las calles mi periódico”.

Para Andrea Galaxina, “la manera en la que se cuenta una enfermedad, en este caso el sida, influye poderosamente en cómo se aborda política, social y económicamente. Y los activistas del sida se dieron cuenta de esto muy pronto y empezaron a trabajar en enunciar, a través del arte y de otros canales, cuáles eran los problemas que planteaba la crisis del sida —que iban más allá de ser una cuestión exclusivamente sanitaria—, quiénes eran los culpables de haber llegado a esa situación y en proponer posibles soluciones”. Ella subraya que la crisis del sida, “como se encargaron de denunciar incansablemente los activistas”, fue el producto de una combinación de factores “entre los que destacan el capitalismo voraz, las políticas ultraconservadoras, el racismo, la homofobia y la total despreocupación por proteger a los más débiles”.

El silencio mata

En 1986 el proyecto artístico ‘Silence = Death’ creó una de las imágenes más icónicas y representativas del movimiento antisida. Un póster sencillo con fondo negro, en el centro el triángulo rosa con el que los nazis señalaban a los prisioneros homosexuales en los campos de concentración, pero invertido, con el vértice hacia arriba, y el lema ‘silence=death’ (silencio igual a muerte). El cartel se pegó en la calle y en establecimientos, y acabó convertido en un emblema muy reconocible, aunque las reacciones iniciales fueran de incomprensión en algunos casos.

Un año después se fundó en Nueva York ACT UP, un colectivo político de acción directa que pretendía influir en el gobierno, en las instituciones sanitarias y en la industria farmacéutica para informar, prevenir y encontrar tratamientos adecuados frente al sida. Sus actuaciones, organizadas horizontalmente, consiguieron llamar la atención y difundir ampliamente sus mensajes, siempre muy críticos con la inacción gubernamental, la codicia de las corporaciones y las intromisiones religiosas, en un entorno muy difícil por el fundamentalismo reaccionario que presidía la Casa Blanca. Hasta 1985, cuatro años después de los primeros casos oficiales, el presidente Ronald Reagan no pronunciará la palabra sida en público. Su primer discurso sobre el tema tendrá lugar dos años y varios miles de muertos después, en 1987.

El trabajo de ACT UP sirvió de archivo de los saberes contra el sida y para que esa información circulara, también realizó análisis políticos de la situación y “transformó el cuerpo enfermo en cuerpo político, lo que supone un enorme desafío al ‘statu quo’, ya que al mostrarlo desde el yo, despojado de moralina y sensacionalismo, no pretende despertar compasión o lástima sino exponer su mera existencia en una sociedad en la que la (buena) salud funciona como requisito imprescindible para la productividad y por tanto para validarnos dentro del sistema”, se lee en ‘Nadie miraba hacia aquí’. La presión de ACT UP, afirma Andrea Galaxina, obligó a científicos y médicos a tener en cuenta sus opiniones.

La dimensión artística resultó fundamental en las acciones de ACT UP. ‘Silence = Death’ se integró en el colectivo, que desarrolló nuevos grupos dedicados a las acciones creativas como Gran Fury, que en 1988 diseñó otra imagen memorable: el cartel ‘The Government has blood on its hands’ (El Gobierno tiene las manos manchadas de sangre). Gran Fury también se encargó de realizar varios trabajos gráficos sobre una realidad ampliamente ignorada entonces: el impacto del VIH sobre las mujeres y cómo habían sido excluidas de los procesos médicos, desde el diagnóstico al tratamiento.

Pero Galaxina apunta que, si hay un formato fundamental para explicar y entender el arte creado en el contexto de la crisis del sida, este es el vídeo, con la aparición y proliferación de videocámaras: “El vídeo del activismo antisida contará entre sus características con la utilización de recursos muy precarios, un trabajo de edición limitado y, en la mayoría de las ocasiones, la ausencia de la voz en ‘off’ dando todo el protagonismo a las personas con sida que, al contrario de lo que sucedía en los programas de televisión comerciales, aquí aparecen como sujetos empoderados con una voz propia”.

Evaluando lo que consiguió el arte activista, la autora de ‘Nadie miraba hacia aquí’ destaca que, al menos, puso sobre la mesa preguntas sobre la utilidad del arte cuando la gente se está muriendo en masa o si se puede considerar arte un póster reproducido infinitamente, pegado en las calles y sin autoría conocida. “Las propuestas del arte activista —valora Andrea Galaxina— ponían el interrogante sobre esto en un momento, y no es casualidad, en que el arte contemporáneo se estaba convirtiendo en un objeto especulativo de primer nivel y que, para más inri, afectaba sobremanera a artistas que vivían con sida”.

Preguntada por la posibilidad de que la crisis del coronavirus pueda producir respuestas artístico-activistas similares a las que trata en el ensayo, ella cree que algunas fuerzas motoras del arte durante la crisis del sida, como la rabia, están ausentes ahora, pero no descarta que, en este marco actual, puedan aparecer obras con fondo y forma. “Es probable que aún sea demasiado pronto para poder generar algo lo suficientemente reposado que proponga algo interesante más allá de los lugares comunes de ‘la soledad del confinamiento’, ‘el uso de la tecnología’, la idea esa que nos vendieron al principio de la pandemia de que colectivamente se puede superar todo, que ahora parece que se desmorona. Seguro que surgirán cosas interesantes, pero creo que apelarán más a la pospandemia y a ese territorio devastado por el individualismo, el egoísmo de los países ricos, la destrucción de lo público y la crisis emocional brutal que va a derivar de todo esto. Espero que ahí el ‘arte del coronavirus’ señale y responda de manera valiente, igual que hizo el arte de la crisis del sida”, compara esta especialista.

Cada semana fallecía alguien

El 1 de diciembre de 1989, Joan Tallada daba vueltas por la plaza de Cataluña en Barcelona con una hucha en la mano, tratando de animar a los transeúntes a colaborar con la causa. Fue la primera acción de ACT UP Barcelona en la que participó, tras haber militado en el Front d'Alliberament Gai de Catalunya. El impulso de ACT UP en Estados Unidos propició el nacimiento de otros grupos similares en el mundo anglosajón, como Outrage!, Queer Nation o Lesbian Avengers. Y estos modos de activismo político y artístico contra el sida, de cuestionamiento radical y búsqueda de soluciones prácticas a problemas concretos, también se extendieron por Europa. “No creo que tuviéramos objetivos muy definidos, la idea general era visibilizar la problemática del sida como una problemática política, no como un tema estrictamente de salud. Dicho de otra manera: una politización de un tema de salud, entender que los problemas de salud no son solo una cuestión biomédica sino también política, económica, cultural y social. El VIH escenificaba esa idea como ningún otro problema en ese momento”, recuerda Tallada en conversación telefónica.

La reclamación de políticas a favor de la prevención y contra la discriminación de las personas afectadas por el VIH fue el eje sobre el que orbitó la actividad de ACT UP Barcelona. Desarrollaron acciones como dibujar con tiza en el suelo de la plaza de Sant Jaume, donde están las sedes del Ayuntamiento de Barcelona y la Generalitat, las siluetas de personas para representar a quienes habían fallecido por el sida. Hasta allí llevaron ataúdes de cartón en una suerte de procesiones fúnebres. También realizaron acciones de ‘carrying’ en la Cárcel Modelo, siguiendo lo que hizo el artista Pepe Espaliú, portando en brazos a personas en relevos de parejas para visibilizar la solidaridad y el apoyo de la comunidad a las personas con VIH. “Lo hicimos para llamar la atención sobre la falta absoluta de acciones de prevención y cuidado para las personas con VIH en las cárceles, fue bastante emotivo”, explica Tallada. Otra intervención tuvo lugar en el Hospital del Mar, para denunciar el trato que se había dado a un enfermo de sida con demencia al que se ató a la cama para evitar que se levantara. Desplegaron una pancarta desde la última planta y, tras ocupar el vestíbulo, consiguieron una reunión con la directora del hospital y el compromiso de que se cambiarían los protocolos de actuación con pacientes de VIH. Finalmente, el hospital fue condenado por malas prácticas en este caso.

Sin embargo, Tallada huye del triunfalismo al valorar los logros de sus actuaciones: “Apenas conseguimos nada a corto plazo, prácticamente nada, muy poco. Era un momento muy difícil, no había tratamientos antirretrovirales, se empezaba a utilizar el AZT y quizá alguno más, pero eran tratamientos que no funcionaban bien, ahora sabemos por qué. Había mucha histeria social en torno al VIH y políticamente era un tema tabú. Hubo algún político fallecido por el sida en el parlamento catalán y nunca se ha hecho público, que lo entiendo porque las familias tienen todo el derecho a mantenerlo confidencial, pero es algo que incidía en el estigma y la discriminación. No tengo la sensación de que en el corto plazo consiguiéramos gran cosa”. Lo que sí recuerda como muy positivo es el hecho de que las personas con VIH sintieran que sus voces se escuchaban, aunque no salieran en la televisión, y que había una cierta difusión de información.

Tallada reconoce que mantiene una relación ambivalente con la exaltación de la memoria de lo que hicieron durante aquellos años. No quiere mirar atrás con nostalgia y tampoco caer en el adanismo, ya que sus acciones bebían de una tradición, no surgían de la nada. “Fueron tiempos durísimos —lamenta—, cada semana fallecía alguien. Fuimos la respuesta necesaria a una situación concreta. A veces se nos ve como héroes, pero éramos simplemente gente intentando sobrevivir. No hay que mitificar. En ACT UP Barcelona había gente que era activista por vocación pero otra mucha lo fue por accidente, porque no tenía más remedio y su vida no se hubiera politizado si no hubiera tenido VIH o su pareja o sus amigos”. Sí valora que ACT UP resultara semilla, caldo de cultivo para posteriores florecimientos, como el Grupo de Trabajo sobre Tratamientos del VIH.

Además de este movimiento en Barcelona, en Madrid hubo dos nombres propios que operaron bajo coordenadas parecidas: La Radical Gai y LSD. La Radical Gai se fundó en 1991 como una escisión de COGAM y en 1993 se crea un grupo formado por lesbianas llamado LSD. “La Radical Gai y LSD —Lesbianas Sin Duda, Lesbianas Son Disruptivas,...— fueron dos colectivos que nacen y actúan en contacto generacional y formando parte del tejido social que se articula en el barrio de Lavapiés”, señala Fefa Vila, quien participó en ambos grupos y en los últimos tiempos ha comisariado diversas exposiciones sobre las intervenciones, publicaciones, traducciones, pegatinas, manifestaciones o fiestas que organizaron. La Radical Gai publicó durante sus años de actividad el fanzine ‘De un plumazo’, del que se llegaron a lanzar seis números y un par de dosieres de entre los que destaca ‘Silencio = Muerte’. Por su parte, LSD editaron cuatro números de otro fanzine, ‘Non Grata’. Ambos colectivos llevaron a cabo campañas ‘artivistas’ —la palabra “artivista” fue concebida en LSD, asegura Vila— como ‘El ministerio (de Sanidad) tiene las manos manchadas de sangre’, y promovieron boicots a entidades y empresas como Cruz Roja, Iberia o Renfe por “vernos como colectivos de riesgo”.

Para Vila, el objetivo era claro: la vida, sobrevivir, “física y simbólicamente”, y lo que se logró fue “revertir procesos que estigmatizaban y creaban odio hacia nuestros cuerpos y vidas. Conseguimos que se cortasen y que midiesen sus palabras en los medios de comunicación y sus agresiones en tantos otros contextos sociales”. Ella enumera con fruición los efectos tangibles que provocaron esas propuestas artísticas activistas: “Visibilizar, poner nombre e imagen; desplazar imaginarios y contextos llenos de estigma, odio, dolor y muerte, y redireccionarlos mediante discursos encarnados en primera persona, en muchas primeras personas, con mucha rabia, contra el capital que era ya global; crear nuevas alianzas entre sectores políticos diversos; poner en la agenda de la izquierda lo LGTBIQ, crear estrategias internacionales; sacar el arte del muermo del museo y poner los discursos artísticos en circulación para una comprensión y una vida en común y de defensa de lo común, de lo más frágil…”. También entiende que las intervenciones activistas, por efímeras que fueran, dejaron huella y allanaron el camino para cambios posteriores: “Radicalizar tanto el contexto en esos años fue lo que permitió luego el paso a políticas institucionales que, por ejemplo, ampararon el matrimonio homosexual, sin apenas discusión social al respecto en España”.

Los optimistas
Aunque el sida ya no figure en las portadas, salvo para recordar efemérides como el 40 aniversario en 2021 de los primeros casos comunicados, las cifras siguen siendo muy importantes y demuestran que el riesgo aún existe. Según ONUSIDA, el Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre el VIH/sida, 37,7 millones de personas vivían con VIH en todo el mundo en 2020. Ese año, un millón y medio de personas contrajeron la infección, con la mitad de los nuevos contagios registrados en mujeres y niñas. Desde el pico alcanzado en 1997, las nuevas infecciones por VIH se han reducido en un 52%. 680.000 personas fallecieron a causa de enfermedades relacionadas con el sida en 2020.

En la producción cultural, la epidemia de VIH es un asunto que puntualmente continúa apareciendo, con mayor o menor fortuna en sus acercamientos. Sobre arte y sida, por ejemplo, gira el argumento de la novela ‘Los optimistas’, de Rebecca Makkai, publicada en 2021 por Sexto Piso. Se trata de una trama con dos momentos temporales, 1986 y 2015, en la que la autora entremezcla el terror que la irrupción del VIH crea en un grupo de amigos y los intríngulis del mercado del arte. En ‘Fiebre’ (Random House, 2021), el escritor italiano Jonathan Bazzi realiza un ejercicio autobiográfico singular sobre su experiencia con el VIH.

Y en el audiovisual, la película ‘120 pulsaciones por minuto’ dirigida por Robin Campillo y estrenada en 2017, recrea los primeros años 90 y el nacimiento de la versión de ACT UP en París. Y la serie ‘It’s a sin’, dirigida por Russell T. Davies, creador de ‘Queer as folk’ y responsable del renacimiento televisivo de ‘Doctor Who’, se sitúa en el Londres ochentero para asistir al impacto que supuso la llegada del VIH en la comunidad homosexual.

2020/02/24

DOCUMENTACIÓN | VIH-SIDA | UN VIRUS EN LA INSTITUCIÓN: POR QUÉ EL ARTE VUELVE AL SIDA

Un virus en la institución: por qué el arte vuelve al sida.
El homenaje de Arco a Félix González-Torres demuestra el creciente interés que museos e instituciones (y, ahora, también el mercado) demuestran por los años de la epidemia.
Álex Vicente | El País, 2020-02-24
https://elpais.com/cultura/2020/02/24/babelia/1582564844_427444.html 

“Quiero ser un virus en la institución”, anunció Félix González-Torres en 1994, durante una conversación con el artista estadounidense Joseph Kosuth. “Todos los aparatos ideológicos se están replicando porque es así como funciona la cultura. Si funciono como un virus, un impostor, un elemento infiltrado, podré replicarme con estas instituciones”. En tres frases escasas, el artista cubano sentaba las bases de su práctica artística, pero también de su proyecto político. Uno de sus correligionarios en el Nueva York de los ochenta, Keith Haring –que nació un año después y murió seis antes que él, víctima de la misma enfermedad—, funcionaba, pese a las diferencias de forma, de una manera casi idéntica: adoptando los códigos gráficos del mundo capitalista para inocular en él ideas susceptibles de destruir su dogma blanco y heterosexual. Cada dólar gastado en los productos derivados que reutilizan los motivos de sus obras supone una victoria para su causa.

El homenaje a González-Torres que le dedica ahora Arco, que arranca mañana en Madrid, es sintomático del creciente interés que las instituciones –y, ahora, también el mercado— demuestran por una generación de creadores que, mientras el sida hacía estragos, cambiaron la manera de hacer arte y activismo político. En los últimos tiempos, los nombres de artistas como Nan Goldin, David Wojnarowicz, Mark Morrisroe, Dana Wyse o Zoe Leonard –que exigía “una persona con sida de presidenta” en una obra firmada en 1992— se han vuelto omnipresentes en museos y bienales de todo el mundo, a la vez que el legado de colectivos como General Idea o Group Material, que forzaron la conversión de los museos en espacios para el debate y el pensamiento, parecía cada vez más relevante en el contexto actual.

“No es una simple moda, sino una puesta al día, que sigue el paso de la cultura popular, donde la cuestión está más avanzada que en los museos. Siempre ha habido exposiciones sobre el sida, pero ha hecho falta un salto de generación para ver las cosas con perspectiva”, analiza la crítica de arte francesa Élisabeth Lebovici, que acaba de publicar 'Sida' (Arcàdia), que reúne sus ensayos sobre esta cuestión. La autora lleva años indagando en la relación entre el arte de los ochenta y noventa y las distintas formas de militancia que surgieron durante la epidemia. “Los activistas de la época fueron a buscar herramientas en el arte conceptual. Por eso, la lucha contra el sida empezó a usar la fotocopia, la instalación y la ‘performance’, produciendo una contracultura que se oponía a la representación mediática del enfermo de sida como un ser monstruoso”, señala Lebovici. El más conocido de todos fue el llamado ‘die-in’, variante del ‘sit-in’ de los ‘hippies’ que popularizó la organización Act Up. Los manifestantes se tumbaban en el espacio público y simulaban estar muertos, en una puesta en escena simbólica de las defunciones masivas que tenían lugar ante la indiferencia general.

Los museos y los investigadores llevan años regresando a este turbulento periodo y corrigiendo su deficiente representación. En 2015, una exposición itinerante, ‘Art AIDS America’, lanzó una mirada sobre la época en Nueva York y Los Ángeles. Pero, por bienintencionada que fuese, la iniciativa levantó protestas, recordando el difícil encaje de estas radicales propuestas en un contexto institucional: un colectivo organizó un ‘die-in’ en las salas de la muestra para protestar contra la ausencia de artistas negros, que consideraban sistemática en las instituciones del arte. En 2018, sucedió algo similar con una gran retrospectiva dedicada a David Wojnarowicz, que luego recaló en el Museo Reina Sofía de Madrid. Durante su paso por Nueva York, la muestra no gustó a Act Up, en la que militó el mismo Wojnarowicz, que murió de sida en 1992. La asociación acusó al museo de inscribir la epidemia del VIH en un pasado lejano y de no reconocer que seguía matando, mientras que la revista especializada ‘Frieze’ denunció que la muestra vehiculaba una versión “saneada” y “digerible” de la obra de Wojnarowicz, azote de la sociedad estadounidense que llegó a tildar a sus compatriotas de “esvásticas andantes”. ¿Era correcto hacer entrar en el canon occidental a un artista que escupía sobre él?

Los ejemplos abundan. Dos muestras recientes en Nueva York y Berlín han rescatado la figura del artista y director teatral Reza Abdoh, iraní establecido en Los Ángeles que murió en 1995 por complicaciones ligadas al sida. Al mismo tiempo, ‘Ángeles en América’, la obra que Tony Kushner estrenó en 1991, regresaba a Broadway, protagonizada por una estrella como Andrew Garfield. La Comédie Française de París, el gran templo del teatro público que fundó Luis XIV en 1680, acaba de incorporar ese texto a su repertorio, con un montaje del director Arnaud Desplechin. Mientras tanto, en Bruselas, el museo Bozar propone una retrospectiva dedicada a Keith Haring que presta atención a ese compromiso político que el ‘merchandising’ ha logrado disimular.

En España, existe la iniciativa del Anarchivo Sida, ambicioso proyecto de investigación que recopila prácticas artísticas y experiencias colectivas relacionadas con el VIH, atendiendo al espacio geográfico no anglosajón, a cargo del Equipo Re, formado por Aimar Arriola, Linda Valdés y Nancy Garín. El resultado ha sido visto, entre otros lugares, en centros como el Macba, en Barcelona, donde el proyecto se expuso en 2018 y 2019. "En nuestro proyecto museográfico figura la idea de releer la década de los noventa e introducirla en la narrativa del museo, que hasta hace poco estaba anclada en los setenta", explica el jefe de programas del Macba, Pablo Martínez. "Cuando se analiza ese momento histórico, es imposible no entender que el sida fue un acontecimiento fundamental, que afectó no solo a los artistas como individuos, sino también a sus formas de hacer. La crisis del sida reclamó una concurrencia pública del arte, un compromiso claro ante un conflicto concreto". Además, el genio individual y las prácticas en primera persona regresaron contra pronóstico, invalidando la muerte del autor enunciada por Roland Barthes y Michel Foucault. "Vuelve el yo, aunque sea un yo distinto al de antes. Ya no se puede entender como una entidad individual o atada al sujeto", añade Martínez.

Lebovici coincide en que esa primera persona fue "un yo plenamente político, como demuestran los casos de Wojnarowicz o González-Torres". A esta especialista, la presencia estelar de este último en Arco no le supone un problema, pero sí le genera ciertas dudas. "Nunca dijo que no quisiera vender su trabajo, pero puso condiciones drásticas: él no vendía bienes ni objetos, sino posibilidades", señala la crítica de arte. Es decir, las características de sus relojes de pared o el número de caramelos necesarios para recrear una de sus obras, pero nunca la instalación en sí. "Cuando esa potencialidad se reserva a quienes tienen el poder de comprar esas obras –es decir, un círculo reducido de coleccionistas e instituciones muy ricas— se produce una contradicción respecto a su concepción del arte", apunta Lebovici. Para Martínez, si el sida se infiltra incluso en una feria como Arco es porque nuestra época no es tan distinta a la que se enfrentó a aquella epidemia desbocada. "La era de la expansión del sida coincide con un momento ultraconservador, el del thatcherismo y el reaganismo, cuando se atacan los avances de las mujeres y los de las minorías negras y homosexuales. Hoy vuelven a estar en peligro las identidades subalternas", concluye. Y las lecciones de aquel tiempo remoto siguen siendo útiles.

2019/03/22

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | DAVID WOJNAROWICZ: UNA FÉRTIL PARANOIA

David Wojnarowicz: una fértil paranoia.
Una exposición reúne la fotografía del versátil artista norteamericano, cuya obra resuena en tiempos de incertidumbre política.
Gloria Crespo MacLennan | El País, 2019-03-22
https://elpais.com/cultura/2019/03/20/babelia/1553082043_468844.html 

Durante la década de los ochenta, en las maltrechas calles del Lower East Side neoyorquino, una generación de inmigrantes, artistas y marginados buscaba su lugar en el mundo alejada de una sociedad intolerante, a la que sin duda alguna contribuía a enriquecer. En este núcleo de efervescencia de la cultura ‘underground’ encontró David Wojnarowicz (1954-1992) su voz, y la alzó como figura central. Veinticinco años después de su muerte, la obra del polifacético autor está siendo revisada dentro del canon del arte contemporáneo más allá de la etiqueta de contestatario artista gay. El Whitney Museum abrió la brecha, tras dedicarle una gran retrospectiva que llegará al Reina Sofía a finales de mayo. Mientras, el KW Institute of Contemporary Art de Berlín exhibe 'David Wojnarowicz. Photography & Film 1978-1992', donde a través de 150 obras (que incluyen fotografías, películas en 16 mm y super-8 y vídeos) se profundiza en una obra “tan sumamente personal como fuertemente política”, tal y como la describe su comisaria, Krist Gruijthuijsen.

Wojnarowicz fue el paradigma del ‘outsider’. Descreído ante cualquier tipo de institución, lo suyo eran los márgenes, la búsqueda de la belleza en medio de la fealdad, un grito de ira contra la injusticia y la discriminación, en una época en la que el sida, categorizado como un azote divino por algunos sectores de la sociedad americana, diezmaba la comunidad gay. También acabó con él. A los 37 años dejaba tras sí cientos de obras de arte donde exteriorizaba su rabia y dolor a través de la fotografía, el cine, la pintura, la ‘performance’, así como la escritura. “El infierno es un lugar en la tierra. El cielo es un lugar en vuestros corazones”, escribía el artista. “La furia y la desconfianza que manifestaba el artista con respecto a la negligente actitud del gobierno de Reagan en los ochenta resuena en la política actual, donde se ponen en marcha estrategias similares”, señala la comisaria. “Utilizó su voz de artista para luchar por una causa y enfatizó que lo personal es ciertamente político”.

Nació en Nueva Jersey. Su infancia estuvo marcada por la soledad, la violencia y el abandono. Tras el divorcio de sus padres se trasladó a Nueva York con su madre. Pronto comenzó a pasear por los lugares más sórdidos del extrarradio de la ciudad. A los 12 años un hombre le pagó por tener sexo, sería el comienzo de su experiencia como chapero. Estudió en el High School of Music and Art de Manhattan, pero nunca se graduó. A los 17 años abandonó la casa materna. La calle se convirtió en su hogar; la cocaína, y más tarde la heroína, en su refugio. La vida sin un techo era sinónimo de libertad para su alma indómita. El arte y el sexo se convirtieron en el motor de su vida. Ambas llevaban implícito el riesgo. Siempre se consideró un superviviente en lucha con su instinto de autodestrucción. “¿Qué significa que tu deseo sea ilegal? Miedo, frustración, ira, sí, pero también un despertar político, una fértil paranoia. Mi homosexualidad fue una cuña que lentamente me distanciaba de una sociedad enferma”, escribió.

Trabajó junto a Keith Haring de camarero. Tuvo una banda, 3 Teen Kill 4, donde los sonidos interpretados con juguetes de niños se mezclaban con sonidos grabados indiscriminadamente. A principios de los setenta, realizaría una serie de fotografías en blanco y negro, donde posaba o hacia posar a sus amistades con una careta del poeta Arthur Rimbaud en distintos lugares de la ciudad. Estos estaban relacionados con sus experiencias personales. Yuxtaponía anacrónicamente el tiempo, el espacio y la actividad, relacionando la identidad del poeta simbolista con la suya propia.

“Mi hermano, mi padre, mi lazo emocional con el mundo”. así se refería Wojnarowicz a otra figura, fundamental en su vida: su amante y mentor el fotógrafo Peter Hujar. “Fue él quien le indujo a convertirse en un artista visual, destaca Cynthia Carr, su biógrafa, autora de 'Fire in the belly. The life and times of David Woijnarowicz'. “Por aquel tiempo practicaba fundamentalmente el dibujo. Había publicado su primer libro, 'Sounds in the distance', una serie de monólogos de los personajes marginados que iba encontrando en sus viajes. Ya había finalizado la serie de Rimbaud pero no se consideraba un artista visual. Hujar consiguió incluir una de sus obras en una exposición comisariada por un conocido, en la que participaban Julian Schnabel y David Hockney. Así comenzó a producir más obra y pasó a ser representado por una de las galerías del East Village”.

Con frecuencia la fotografía constituyó la base de su obra, que a veces combinaba con otros medios. Muchas veces la practicaban en colaboración con otros artistas. “Eran pocas las veces que podía contar con un laboratorio o tener el suficiente dinero para alquilar uno”, recuerda su biógrafa. “Cuando murió Hujar, se trasladó a su apartamento donde había un cuarto oscuro, lo que le habilitó a indagar más en el medio”. Hujar murió de sida en 1987. Wojnarowicz filmaría y fotografiaría entonces su cabeza, sus manos y sus pies. El vídeo ‘Fragments for a film about Peter’ incluye parte de este material y supone un duro testimonio, tan crudo como tierno. “Hujar era lo más importante de su vida. Tenía mucha influencia sobre él. Consiguió alejarle de la heroína. David le cuidó hasta el final”, cuenta Carr. “Cuando la gente que le rodeaba empezó a enfermar y fue consciente de su lucha por mantenerse vivos, se dio cuenta de que no podía seguir relacionándose con gente autodestructiva”. Meses después de la muerte de Hujar, Wojnarowicz fue diagnosticado también de sida.

Uno de los motivos que llevó a Carr a escribir la biografía del artista fue “querer mostrar a las nuevas generaciones lo que supuso la epidemia. Creo que la gente joven no sabe lo que fue. Es difícil imaginarlo”, afirma. Pero también quiso profundizar en la escena artística de East Village y las guerras culturales. “Wojnarowicz fue una figura central en estas tres vertientes. Fue objetivo de la censura junto con Mapplethorpe y Andrés Serrano. Por aquel entonces la derecha quiso suprimir las ayudas de la National Endowment for the Arts (Fundación Nacional para las Artes), y la Asociación Americana de la Familia le acusó de inmoral por utilizar la figura de Cristo pinchándose como un yonki en una de sus obras. Mi opinión es que utilizó la figura para destacar la cercanía tanto de Cristo como de sí mismo con los marginales y desfavorecidos”.

La exposición también incluye la serie ‘Untitled, the sex series (for Marion Scemama)’ (1989), compuesta por fotomontajes en blanco y negro donde se yuxtaponen imágenes de sexo inscritas en un círculo sobre distintos paisajes. El círculo hace referencia a las imágenes captadas a través de prismáticos o telescopios en clara alusión a la injerencia del Estado y la Iglesia en la vida privada. “Fueron varios los que pensaron que este trabajo no había sido realizado por el artista, debido a la complejidad que implica en el laboratorio”, dice Carr. “Pero tenía un talento increíble. Y era muy carismático. La gente gravitaba a su alrededor en busca de cierta autoridad moral".

“Algo que pasé por alto en mi libro fue su sentido del humor, que a veces quedaba camuflado por su ira. Era muy político”, resalta Carr. “No le importaba el estatus, ni el dinero. Existe un mensaje en su obra que él quería lanzar. Lo importante es el mensaje y esto es algo que aún funciona hoy en día. Algo que resulta estimulante para la gente, porque, en cierto sentido, no predomina en estos días. Tuvo el coraje de hacer exactamente lo que creía que estaba bien. Y eso es realmente admirable”.

2018/06/06

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | PETER HUJAR Y DAVID WOJNAROWICZ, EL ARTE EN LOS TIEMPOS DEL SIDA

El arte en los tiempos del sida.
La Fundación Loewe recupera en su contribución a Photoespaña el trabajo de Peter Hujar y David Wojnarowicz, dos fotógrafos que retrataron las luces y sombras del Nueva York de los ochenta.
Carlos Primo | El País, 2018-06-06
https://elpais.com/elpais/2018/06/06/icon/1528302667_056938.html 

Cuando Peter Hujar (1934-1987) y David Wojnarowicz (1954-1992) fallecieron con pocos años de diferencia, sus nombres iniciaron una larga travesía hacia un silencio, deliberado o involuntario, que duraría décadas. "Hasta 1995 se siguió hablando de ellos, pero después se convirtieron en nombres incómodos. A finales de los noventa hubo una época de bonanza económica en que se creía que los conflictos de antaño habían sido superados. No había necesidad de reivindicar nada, y sus obras cayeron en el olvido", explica María Millán, comisaria de una muestra conjunta que recupera la obra de estos dos mitos del Nueva York contestatario en la sala de exposiciones de la Fundación Loewe (Gran Vía, 8. Madrid).

La muestra, que forma parte de la programación del festival Photoespaña, resarce esta deuda histórica con una selección de 60 obras originales (40 de Hujar y 24 de Wojnarowicz) que ofrecen una primera aproximación para el público madrileño a un episodio fundamental de la fotografía contemporánea. Asegura la comisaria que la idea inicial surgió del director creativo de la firma madrileña, Jonathan Anderson, que sugirió dedicar la muestra a Hujar. “Yo le dije que no podíamos traer su obra sin exponer también la de David Wojnarowicz”, apunta Millán. “Los dos, aparte de tener una breve relación sentimental, estaban unidos por la marginalidad en que vivieron, y también por su actitud ante la vida y ante el trabajo”.

La obra de estos dos pioneros permite abrir una ventana a un mundo en ocasiones mitificado: el Nueva York de las protestas posteriores a Stonewall, de la lucha por los derechos de las minorías, el nacimiento de la identidad sexual contemporánea y la losa del SIDA, que se cobró numerosas víctimas en los círculos intelectuales y artísticos neoyorquinos. En ese sentido, Hujar es un cronista de los círculos alternativos que convivían en el East Village y que experimentaban con la ‘performance’ y el arte conceptual en pabellones portuarios abandonados. También de sus habitantes: la filósofa Susan Sontag, los escritores William Burroughs y Allen Ginsberg, el coreógrafo Merce Cunningham y el compositor John Cage, la superstar warholiana Candy Darling, el propio Andy Warhol o Diana Vreeland, por entonces directora del Costume Institute del museo Met.

Sin embargo, la exposición es más que un quién es quién impecablemente ejecutado. Los rostros de estas celebridades conviven con el interior de una iglesia abandonada, una pareja en un baile elegante, animales retratados desde un punto de vista emotivo y melancólico, escenas de la cultura ‘underground’ y también desnudos masculinos –en ocasiones, autorretratos– que revelan el potencial político y subversivo de un fotógrafo que nunca llegó a ocupar una posición destacada en el mundo del galerismo debido a su proverbial timidez y a su rechazo de los oropeles del arte. Eso no le impidió, en cualquier caso, tener una destreza técnica admirable, creando imágenes cuidadas y llenas de matices líricos.

En el caso de Wojnarowicz, veinte años menor que Hujar y completamente autodidacta, la precisión no importa tanto como el encuadre y, sobre todo, la distancia. “En su momento los puristas lo despreciaban porque son fotos con pocos matices técnicos, pero hoy resultan muy reveladoras”, explica María Millán. “Su forma de fotografiar su entorno más inmediato recuerda a Nan Goldin, que estaba mucho mejor relacionada con los círculos del arte, las galerías y las instituciones. Por eso fue ella quien ha pasado a la posteridad. Pero David Wojnarowicz lo hizo antes”.

La figura de este artista multidisciplinar y escurridizo, que llegó al East Village en su adolescencia tras una infancia difícil en una familia desestructurada, es un secreto a gritos para los amantes de la fotografía. Fue pintor, dibujante, escritor y fotógrafo. También un activista capaz de reivindicar a iconos del malditismo como Arthur Rimbaud y Jean Genet. Ambos, a su manera, están presentes en esta exposición. El primero, mediante la máscara con la que Wojnarowicz se autorretrató en escenarios cotidianos. El segundo, en dos serigrafías que revelan el potencial político de la obra de este artista fallecido a los 37 años sin haber dejado de considerarse un ‘outsider’ ni por un momento.

Su obra más célebre es todo un manifiesto: una serigrafía que juega con el lenguaje de la propaganda política para alertar sobre la incomprensión a la que se enfrentan los niños cuya sexualidad no encaja con los modelos mayoritarios. Ubicada como colofón del recorrido que ofrece la exposición, es una alerta contra la glamourización excesiva de una época, el Nueva York contracultural de los ochenta, que fue más bien un terreno de conflicto y de lucha sembrado de víctimas y héroes. Hujar y Wojnarowicz fueron ambas cosas a la vez, y por eso su legado fotográfico, excelentemente recuperado en esta exposición, es una demostración clara de que la historia de la fotografía contemporánea aún tiene muchas asignaturas pendientes.

La exposición Peter Hujar & David Wojnarowicz, organizada por Fundación Loewe en el marco de Photoespaña, puede visitarse en Loewe (Gran Vía, 8. Madrid) hasta el 26 de agosto de 2018. Una edición limitada de camisetas con fines benéficos ha salido a la venta coincidiendo con la muestra.

MIKEL/A, AQUÍ ESTAMOS Y NO NOS OCULTAMOS

Mikel/a enseña cacho en la 2ª Gayakanpada de EHGAM, 27-29 agosto 1993, Muxika // STARS COFLHEE es un trabajo realizado por Julen Zabala Alon...