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2019/07/07

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | UNOS APUNTES DE ORGULLO OBRERO Y GAY

Unos apuntes de orgullo obrero y gay.
Jorge Matías | La Voz de Asturias, 2019-07-07

https://www.lavozdeasturias.es/noticia/opinion/2019/07/07/apuntes-orgullo-obrero-gay/00031562480495688430440.htm 

No sé si saben ustedes quien fue Mark Ashton, y tampoco sé si soy yo la persona más indicada para hablar de él, pero voy a hacerlo igualmente y sin pedir permiso.

Mark Ashton nació en 1960 en Irlanda del Norte. A finales de los setenta se trasladó a Londres. Trabajó disfrazado de camarera, parece ser, y ya en los ochenta se hizo voluntario de un teléfono de ayuda a lesbianas y gays. Miembro del Partido Comunista de Gran Bretaña, fue secretario general de las juventudes comunistas de su país hasta su temprano fallecimiento en 1987.

Ashton era comunista y homosexual. En aquellos terribles años ochenta, el gobierno ultraconservador de Margaret Thatcher estaba en guerra abierta con los mineros del país. Cuando la National Union of Mineworkers convocó la huelga que duraría nada menos que un año y el gobierno le retiró los fondos, la situación de los mineros en huelga era muy delicada. Mark Ashton y su amigo Mike Jackson pensaron que la clase obrera estaba siendo atacada y oprimida, y que el colectivo LGTBI debía apoyar a los mineros. Mark conocía perfectamente los problemas de los trabajadores, especialmente los del sector textil, que era al que pertenecían sus padres. Así nació Lesbians and Gays Support the Miners, a raíz de la recaudación para apoyar la huelga minera que se hizo en el Orgullo de 1984. La organización llegó a tener once secciones repartidas por todo el Reino Unido. Organizaban viajes a las zonas mineras para apoyar la huelga y recaudaron miles de libras para los trabajadores. A estas alturas de columna, supongo que todos saben que me refiero a la persona real en cuya historia se inspira la divertida y conmovedora película de 2014, ‘Pride’.

Mark luchó toda su corta vida por una alianza entre los trabajadores y el colectivo LGTBI, alianza que defendió valientemente entre sus reticentes camaradas del Partido Comunista y entre el no menos reticente colectivo LGTBI. Cuando un conocido tabloide publicó en su portada que los pervertidos apoyaban a los mineros (‘Perverts support the pits!’) Mark Ashton respondió organizando un festival de música, Pits and Perverts, en el que actuaron nada menos que Bronski Beat, banda liderada en aquel entonces por el gran Jimmy Somerville.

En junio de 1985, una comitiva de 150 mineros de todo el país encabezó el desfile del Día del Orgullo Gay en Londres. Allí, los mineros aseguraron que ahora sabían de los problemas de otros sectores de la población, al igual que Mark Ashton aseguraba que «no se puede ser gay y preocuparte solo de los problemas de los gays». No fue una victoria, ni escribo sobre transversalidad. Los mineros perdieron casi todo y un año después de la muerte de Ashton, en 1988, se aprobó una ley contra la promoción de la homosexualidad en las aulas, sea lo que sea eso, e incluso se prohibió enseñar que se gay es algo aceptable: el tristemente conocido Artículo 28, que no fue derogado hasta 2003. A pesar de todo, esta no deja de ser una historia real de solidaridad, de unirse en lo común, sin chorradas, sin compartimentos ni secciones para cada colectivo en la manifestación, una historia real de apoyo y comprensión, de lucha sin cuartel.

Hoy, aquí, el programa político de Vox, ese partido tan retrógrado que hasta tiene su propio Monasterio, es abiertamente homófobo y terroríficamente antiobrero. Muy Margaret Thatcher, al final. Llegados a este punto, no sé ustedes, pero yo prefiero un Mark Ashton antes que doscientos Fusaros. Prefiero ir de la mano de los pervertidos. Siempre.

2019/05/10

DOCUMENTACIÓN | POLÍTICA | DISCÍPULAS DE THATCHER

Discípulas de Thatcher
¿Hasta qué punto algunas de las políticas españolas imitan a la Dama de Hierro? De poco servirá un Congreso paritario si está lleno de herederas de esta forma de hacer política
M. Ángeles Cabré | El País, 2019-05-10
https://elpais.com/elpais/2019/05/08/mujeres/1557340774_060144.html 

Si nuestro país no se ha escorado hacia la derecha en las últimas elecciones como algunos predecían, es, en parte, gracias a la democratización del feminismo, es decir, al ensanchamiento de su base en todo el espectro político. Las mujeres no votan a quienes las insultan, o al menos no mayoritariamente, y por eso seguramente la menor parte de los votantes de Vox son mujeres. Además, a pesar de lo mucho que alarmaba la foto de los candidatos a la presidencia del gobierno, el anuncio del primer Congreso de los Diputados paritario es una conquista digna de ser celebrada: ¡Ya tocaba!

Las recientes movilizaciones de las mujeres en España, con dos esplendorosos 8 de marzo, han movilizado también su voto. Donald Trump provocó las Women’s March en Estados Unidos y el paso de un aluvión de activistas a la política, mientras en España una suma de factores ha despertado el interés de la sociedad por la ‘res publica’ y ha hecho que la participación haya sido esta vez de más del 75%, frente a los casi 10 puntos menos de los anteriores comicios. Entre esos factores es evidente que se cuenta el desprecio por los derechos conquistados por las mujeres que algunos partidos ejercen. “Ni un paso atrás”, se gritó el Día de la Mujer. Y así ha sido.

Pero más parlamentarias no es sinónimo de más política “en femenino” y, ahora que se cumple el 40 aniversario de la llegada al poder de Margaret Thatcher —exponente máximo del ejercicio masculino de la política bajo la apariencia de una mujer—, no está de más analizar en qué medida pervive su legado. ¿Hasta qué punto algunas de nuestras políticas la imitan? De poco servirá ese congreso paritario si está lleno de herederas suyas.

La Dama de Hierro se convirtió en 1979 en la Primera Ministra de Reino Unido, siendo la primera fémina en tomar las riendas de un estado en Europa. Desde el número 10 de Downing Street, jamás le tembló el pulso a la hora de tomar decisiones. Sus únicos modelos habían sido masculinos y, en demasiadas ocasiones, ejemplos de crueles gobernantes e implacables estadistas. En ellos se espejeó y de ellos fue digna epígona. ¿Ese modelo perdura o está ya finiquitado?

La conservadora y autoritaria Thatcher permaneció en el cargo hasta 1990. Nos preguntamos qué fue lo que sus electores y sus electoras valoraron de ella. Las privatizaciones salvajes, el combate a los sindicatos y la supresión de derechos laborales no parecerían en principio buenas escaleras para llegar al triunfo y, sin embargo, fue reelegida. La situación geopolítica era en aquellos años muy distinta a la de hoy. El mundo sufría los coletazos de la Guerra Fría y el capitalismo salvaje afianzaba posiciones. No había espacio para perfiles bajos ni gestos conciliadores. Y Thatcher cumplió con su papel de ferviente partidaria del neoliberalismo que en fechas recientes nos estalló entre las manos como una granada. ¿Ese modelo feroz es ahora válido?

La campaña electoral que aún estamos viviendo —centrada ahora en la lucha por los municipios, las autonomías y el Parlamento Europeo—, nos ha dado ejemplos de thatcherismo que han provocado reacciones beligerantes, sobre todo entre las integrantes de su propio sexo. Tanto Rocío Monasterio en la capital como Cayetana Álvarez de Toledo en Barcelona, presidenta de Vox en la Comunidad de Madrid y cabeza de lista del PP por la Ciudad Condal, han demostrado saber poco de discursos dialogantes. Permanentemente airadas, lanzándose a la mínima a la yugular de los y las contrincantes, han hecho del actual panorama político, polarizado y crispado, un lugar mucho menos habitable.

A su lado Inés Arrimadas o la misma Isabel Díaz Ayuso, las representantes de Ciudadanos y del PP, ambas poco dadas al arte del masajismo lingüístico, son meras aprendices. Monasterio y Álvarez de Toledo son de clase alta, hieráticas y altivas. Nacidas ambas en 1974, han demostrado una especial beligerancia hacia el feminismo organizado y no quieren ni oír hablar del MeToo, que les parece un ejercicio de victimismo. También cuestionan la Ley de la violencia de género y la huelga feminista del 8 de marzo les parece un disparate.

De su boca hemos oído cosas como que el feminismo infantiliza a las mujeres y las convierte en seres sin criterio, cosa que se traduce en tomar a millones de mujeres por idiotas. ¿De verdad somos susceptibles de sumisión las feministas que celebramos el 8 de marzo? ¿A quién se supone que obedecemos? ¿Al espíritu de Simone de Beauvoir, a Judith Butler, a Oprah Winfrey? Para empezar existen múltiples feminismos, con diferencias sustanciales en sus idearios, lo que ya de por sí dificulta el borreguismo. ¿O más bien será que tanta librepensadora suelta y cabreada no conviene a algunos partidos, basados en la perpetuación del patriarcado?

Cuando quedan pocos días para celebrar las elecciones municipales, basta con retrotraernos a las de 2015 para advertir que quienes votaron a Manuela Carmena y a Ada Colau no sólo se inclinaron por programas políticos de izquierdas, sino que también valoraron justamente lo contrario de lo que propugnan Monasterio y Álvarez de Toledo. Carmena y Ada Colau prometían una feminización de la política —tanto en las formas como en el fondo— y lo han hecho desde las premisas del feminismo y sin ocultar su adscripción al movimiento.

Las elecciones del 2015 fueron un punto de inflexión en la historia del país. No sólo feminizaron el gobierno de nuestras dos principales ciudades, sino que supusieron un golpe a la política patriarcal, a su tono autoritario y a sus maneras corrosivas. Se diría que ahora la irrupción de Vox y la peligrosa deriva del PP hacia postulados afines a la ultraderecha, han recuperado la obsoleta figura de la Señorita Rottenmeier. Se entiende que hayan querido disfrazar sus ideas de empoderamiento femenino, que es lo que movió en su día a Ciudadanos a escoger a Inés Arrimadas como cabeza de lista en Cataluña —un partido hasta entonces profusamente masculino—, pero diría que es una pésima estrategia para captar votos femeninos.

En plena cuarta ola del feminismo, no parece una táctica brillante ejercer el antifeminismo tan descaradamente desde las tribunas públicas. ¿Quién quiere señoritas Rottenmeier pudiendo tener a políticas conciliadoras, dialogantes y empáticas? Adoptar las maneras autoritarias que se han adscrito históricamente al género masculino, ahora que este se está reinventando y feminizando, es involución y contrasentido.

2018/05/27

DOCUMENTACIÓN | ACCIONES | SECTION 28 PROTESTERS 30 YEARS ON: 'WE WERE ARRESTED AND PUT IN A CELL UP BY BIG BEN'

Section 28 protesters 30 years on: ‘We were arrested and put in a cell up by Big Ben’.
Chris Godfrey | The Guardian, 2018-05-27

https://www.theguardian.com/world/2018/mar/27/section-28-protesters-30-years-on-we-were-arrested-and-put-in-a-cell-up-by-big-ben

In May 1988, the reviled law that forbade ‘promoting’ homosexuality came into force. Here, some of those who made headlines fighting back – from invading the BBC News studio to abseiling into the House of Lords – explain why they had to act.

Lesbians stormed the BBC to protest about it. Twenty thousand Mancunians took to the city streets to march against it. Ian McKellen came out as gay to fight it. It inspired songs by Boy George and Chumbawamba, and an apology from David Cameron. You would be hard pressed to find a recent British law more controversial and more reviled than section 28 of the Local Government Act 1988.

In the late 80s, the gay and lesbian people of the UK were loudly demanding equality, much to the chagrin of traditionalists. Section 28 was the Conservative government’s response; Margaret Thatcher’s answer to those who believed “they have an inalienable right to be gay”.

The vaguely worded law prohibited local authorities and schools from “promoting” homosexuality and prevented councils from funding much-needed lesbian and gay initiatives. At a time when gay people were struggling to cope with the Aids epidemic, it was a callous attempt to suppress an already marginalised group.

For Conservative politicians, section 28 was an easy, short-term win. It was an obvious populist gambit to solidify support among the 75% of the population who thought that homosexual activity was “always or mostly wrong”. What section 28’s supporters failed to foresee was that it would inspire one of the most rapidly successful civil rights movements in modern British history.

Paul Fairweather
In the days before social media, the Mancunian Paul Fairweather had to spread the word about a protest against section 28. On 20 February 1988, the march took place through Manchester city centre. It was one of the largest LGBT demonstrations ever held in the UK.

At the time that section 28 was being discussed in parliament, I was one of Manchester city council’s gay men’s officers, working on issues such as employment, service delivery and developing community groups. I had also helped to set up the North West Campaign for Lesbian and Gay Equality, the group responsible for orchestrating the Manchester demonstration.

We had a secret office in the town hall attic where more than 100 people would meet every week. We were in a local government office, organising a demonstration against the government to try to stop legislation being presented. What we were doing was completely illegal.

No one in the group had organised such a large event before, but a core group had been very active in the gay movement since the early 1970s. The gay scene was quite small and I knew the owners of the local venues well.

We went to the gay bars and clubs – such as New Union, Rembrandt, the Thompsons Arms and Napoleon – where the owners agreed to stop the music so that we could speak about the march and section 28. We would make a night of it. When we stopped the music, there was some grumbling from people, but once they had heard us speak most were positive.

There was a sense that the whole community was under threat. There were also lots of questions about section 28’s possible impact on gay bars and clubs, as well as concerns about the attitude of the police force.

Under the then chief constable of Greater Manchester, James Anderton, the police were very hostile and were raiding gay bars and clubs. I had experienced some harassment on the street and in the gay village, but no one would report hate crimes because of the attitude of the police. We certainly felt they were becoming more aggressive, encouraged by section 28.

Police hostility didn’t put people off on the day, though. Twenty thousand turned up for the march, and it revitalised the gay movement in the city.

Booan Temple
On 23 May 1988, the evening before section 28 came into force, lesbian activists stormed the BBC News studio where Sue Lawley was midway through the Six O’Clock News. Booan Temple was one of the protesters.

The LGBT community had been getting more vociferous in the 80s. We were starting to demand more rights, not least of which was the right to live in safety.

I, and many of my loved ones, had been attacked in the street. There was an atmosphere that “the other” needed to be eradicated and I think the LGBT community was seen as a threat to the institution of the family. Section 28 was part of that.

I was engaged with a lesbian feminist network, but the campaign against section 28 was not an organised campaign in the traditional sense. Many women and mothers felt duty-bound to protect themselves, their families and their friends. They chained themselves to the railings at Buckingham Palace like the suffragettes did, and there were massive marches in Manchester and in London. Lots of women came up with loads of very innovative protests, but none of it got reported. We couldn’t get our arguments out there. So a small group of us decided to go into the Six O’Clock News studio. By getting on the news, we would be the news.

Once in the BBC building, we waited until the “live” light came on and ran into the studio wearing T-shirts saying “Stop the Clause”. One woman handcuffed herself to a camera, and one to the news desk, where Nicholas Witchell held her down very aggressively. He has since apologised for his heavy-handed behaviour. I was rugby-tackled to the ground and dragged away.

We were held in an office until we were arrested and taken to Shepherd’s Bush police station. I believe the BBC and others had a meeting and decided not to press charges, so we were released without charge and made our way to the Houses of Parliament to join the protesters there, as section 28 passed in to law at midnight.

Michael Cashman
Now a Labour politician, in 1988 Michael Cashman was in his second year on EastEnders, where he played Colin, one of the first gay characters in a national soap. He later helped to form the LGBT rights organisation Stonewall.

I clearly remember reading about section 28 in January 1988 in the weekly paper Capital Gay. I was dumbfounded. It had the date of the London march against it and I knew that, as a gay man playing another on television, I had to be there or I could never look at myself in the mirror again.

I attended on my own. I didn’t consult anyone, and didn’t even tell my late husband. I just knew I had to keep it to myself and get there. June Brown, who played Dot Cotton, helped me get the time off rehearsals. When I told her I was going, she said: “OK, Mike, but don’t get arrested, dear.”

When I got to the march, people pushed me towards the front, then an actor grabbed me and said: “No, you’ve got to be with the arts lobby.” But then a member of the arts lobby sent me back to the front again. Suddenly, there I was at the front of the march, clutching a banner.

As soon as I grabbed the banner, a bevy of television cameras focused in on me and someone was interviewing me. That was the start of helping to lead the campaign against section 28. I linked up with Ian McKellen there, and, along with many others, became a spokesman for the campaign. We went on that amazing march in Manchester, where Ian and I addressed the crowds.

I also lobbied within the Labour party to make sure it opposed section 28 because initially, when the bill was introduced, there was some confusion as to what it meant.

What was so incredible was the political opportunism. Section 28 had been brought in on the back of the stigmatisation and discrimination suffered by gay men; in particular those dealing with Aids and HIV. Some people were facing the most appalling deaths, and this was designed to kick us firmly underground.

Looking back, if we had won the battle of section 28, Stonewall would probably never have been founded. I don’t think we would have progressed to equality as far as we have now. The fact that we lost meant we had to make sure another section 28 didn’t happen again. Maybe if we had won, we would have all sat back, glowed, then lived in inequality for decades after.

Sally Francis
In one of the most memorable protests against section 28, a group of lesbian activists abseiled into the House of Lords after peers voted in favour of the bill. Sally Francis helped orchestrate the action.

We had done lots of actions, lots of blockades and breaking into places. But this was different. The day before, one of my friends was in the chamber of the House of Lords wondering what we could do there. She had the idea of swinging from the microphones hanging from the ceiling. We thought they were probably not strong enough.

In the end, we bought a washing line in Clapham market and knotted it up on the bus on the way up – it was pretty low-tech stuff. I smuggled the rope in under my donkey jacket and didn’t set off any alarms.

Ten of us set off for the action, but only six of us got into the Lords, four as guests of one of the peers. Those of us in the public seats would try to block the security from getting to the other women on the balcony.

We waited till the vote went for the clause. If they had voted against it, we weren’t going to do it. But they voted for it. When the vote finished, we were all looking at each other; the other group was going: “Oh, God, we can’t do it,” and we were going: “Don’t fucking do it.” Then, all of a sudden, two of them went over.

The security panicked. The women who had gone over the balcony with the washing line were thrown out of the House of Lords. The rest of us were arrested and put in a cell up by Big Ben. They didn’t know what to do with us.

After about six hours, we were released and met up with the women who had been thrown out. They had spoken to the press, but the press didn’t believe they had done it because they didn’t understand why they hadn’t been arrested.

When we were all reunited, we went to the pub by the bridge on Whitehall – a real press haunt. There were a lot of journalists there and I remember us telling them: “If you all buy us a drink, we’ll tell you what happened and what we did.” I remember it feeling really special.

Michael Dance
Schools were one of section 28’s main targets, with the bill prohibiting the promotion or “acceptability of homosexuality as a pretended family relationship”. When it was introduced in 1987, Michael Dance was training to be an English teacher.

While I didn’t hide my sexuality from my colleagues, being open with the students was more problematic. I was careful at first because I did not trust the management of my secondary school to support me. I also felt potentially vulnerable to attack by parents.

It didn’t help that where I taught there were few visible out teachers and section 28 made it much more unlikely that would change. The effect was isolating. What was brilliant, though, was that my school turned out to be 100% supportive and that I had the support of straight teachers and the Haringey branch of the National Union of Teachers, which always stood up for gay teachers nationally.

After section 28 came in, there was certainly a difference in school environments. A lot of teachers did not want to deal with the subject out of fear. Bigoted teachers were emboldened. A lot of schools pretended that homosexuality did not exist and it allowed a lot of misinformation, prejudice and abuse to go unchallenged. And, of course, it had a terrible effect on young people: students suffered homophobic abuse in silence and teachers and schools did nothing about it.

While section 28 made me more cautious, however, it didn’t stop me from taking up issues to do with sexual liberation or equality. If students were homophobic, I always challenged them.

I remember a lot of students sitting around my desk talking about how sick and tired they were that no one talked about teenage sexuality and that there was no openness about sexuality in the curriculum. I started to encourage this discussion, about texts, in English lessons, and the students enjoyed it. I remember one student doing a presentation on the difference between HIV and Aids to dispel the myths about the idea it was a “gay plague”, which caused major interest among the students.

I fought against section 28 all the way, undermining it everywhere I could in my teaching and personal life. When it was abolished, it allowed me to do all the things I had wanted to do when I was younger, such as developing LGBT support groups in schools. History has vindicated those who fought against this legislation that enshrined bigotry and prejudice.

Lisa Power
Founded in 1987, the weekly Pink Paper helped to mobilise lesbian and gay readers against section 28. Lisa Power was one of its co-editors, as well as an activist with the Organisation for Lesbian and Gay Action.

A lot of lesbians and gay men in the 80s weren’t political; they just went out to bars and clubs. The politicised group was much smaller. But one of the things section 28 did was bring what we called the scene queens together with the political.

I still find it interesting when people talk about section 28 as if we won because they remember the abseiling and protests. Those didn’t make a blind bit of difference to the passage through parliament: we lost the battle on section 28. But this did make people think much more strategically about how we should go about getting lesbian and gay rights to win the war. What we had at the time was a gay movement that was very good at fighting among itself and very good at debating political points – but with no history of making allies with the wider world and no effective lobbying mechanism.

After section 28 happened, some of us quietly went away and began working on what would become Stonewall. Some people in the gay movement were angry that we had started something that acted like a straight lobby group, but we were convinced it needed doing. And I think it’s the strongest example in the entire world of a successful LGBT lobbying group changing a country’s mind about some of its citizens.

Section 28 was repealed in Scotland in 2000 and in the rest of the UK three years later. In 2009, the then Tory leader, David Cameron, who had previously backed the law, apologised for its introduction and described it as a “mistake” that was “offensive to gay people”.

2018/05/23

DOCUMENTACIÓN | ACCIONES | MAY 33rd, 1988. SECTION 28. LESBIANS INVADE BBC

May 23rd, 1988. Section 28. Lesbians invade BBC.
Colin Clews | Gay in the 80s, 2018-05-23

https://www.gayinthe80s.com/2018/05/may-23rd-1988-section-28-lesbians-invade-bbc/

Section 28 of the Local Government Act passed into law on May 24th 1988. But Margaret Thatcher’s Conservative government had under-estimated our communities’ determination to resist this legislation at every possible opportunity.

And so it was that, at 6 p.m. on May 23rd, four lesbians ran into the BBC News studios just as the Six O’Clock News was getting underway. They didn’t quite make it onto camera but they could clearly be heard shouting ‘Stop Section 28’ as various members of the BBC news crew grabbed them.

Despite presenter Sue Lawley’s snooty dismissal of the protestors, it was clear that the action served to get the message across. Even the BBC’s own Nine O’Clock News ran the story!

There is still some uncertainty as to who these brave women were. At the time of the incident they gave their names as Sarah, Charlotte, Anne and Eleanor.

When two of the women subsequently appeared on a talk show they gave their names as Sarah Ponsonby and Eleanor Butler. In fact these were pseudonyms. The real Sarah Ponsonby and Eleanor Butler actually lived some two centuries earlier. They were the famous ‘Ladies of Llangollen’, who eloped from arranged marriages in Ireland in the 18th century so that they could spend the rest of their lives together!

I would very much like to find out the names of these brave women and – with their consent – make them known to a wider audience. I know that one of the women who took in the action is called Booan Temple. (At least she recently appeared under that name on a TV programme about Section 28 and the BBC ‘invasion’). I still don’t know who the others are. I believe that they are the same women who abseilled into the House Lords earlier in the year.

These women are true community heroines. They put their liberty at risk in order to show just how hateful Section 28 was. As such they need to be recognised for the brave and inspired actions they undertook on behalf of our communities.

2018/01/31

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | CUANDO LOS MINEROS BRITÁNICOS INAUGURARON EL DESFILE DEL ORGULLO GAY

El Salto / Marcha del Orgullo LGTBI en Londres, 1985 //

Cuando los mineros británicos inauguraron el desfile del Orgullo Gay.

En 1984, la gran huelga minera contra el gobierno de Thatcher encontró a su principal aliado en el movimiento LGTBI.
Pablo L. | El Salto, 2018-01-31
https://www.elsaltodiario.com/nueva-revolucion/cuando-los-mineros-britanicos-inauguraron-el-desfile-del-orgullo-gay

Esta no es una historia de victorias. Al menos en lo que al ámbito laboral se refiere. Más de 20.000 personas perdieron sus puestos de trabajo, pueblos enteros fueron condenados al abandono y al paro y uno de los mayores sindicatos de Europa, la National Union of Mineworkers (Unión Nacional de Mineros), quedó herido de muerte. Pero sí es una historia de lecciones y aprendizaje. Porque de aquellos años, a mediados de la década de 1980, se extraen importantes enseñanzas, como la necesaria unión de diferentes colectivos en pro de la defensa de los intereses comunes. Más aún en tiempos como los actuales, en los que en ciertos sectores de la izquierda empieza a primar el individualismo y la desmembración a la par que la búsqueda de la exclusividad y el abandono de la comunidad. Han pasado más de 30 años, pero aquel episodio enmarcado en la Gran Huelga británica, en el que los colectivos de mineros encontraron a su principal e inesperado aliado en los grupos más progresistas del movimiento LGTBI, puede servir de espejo en el que inspirarse y avanzar.

Todo se remonta al año 1983, cuando la primera ministra británica, Margaret Thatcher, anunció tras cinco años en el poder su intención de convertir Reino Unido en una economía de servicios, con todo lo que ello significaría para el sector industrial de las islas y, en particular, para la minería del carbón, el principal objetivo a destruir del gobierno conservador. Se comenzaba a hacer palpable lo que muchos veían venir desde 1974, cuando la antigua administración laboralista anunció la nacionalización de este sector, noticia que se recibió con un inmenso recelo en los círculos más liberales del país. Sólo unos meses tardó en llegar la ofensiva. En 1984, desde el número 10 de Downing Street, se hacía pública la orden de cerrar 20 pozos mineros, una decisión que condenaba a muerte a varios pueblos y comunidades del condado de Yorkshire, Gales y Escocia, en donde prácticamente todos los empleos bebían, directa o indirectamente, de la minería.

Comenzaba así una huelga de 12 meses y una guerra a muerte contra las autoridades, con varios fallecidos en los enfrentamientos con la policía, decenas de detenidos y heridos y centenares de mineros multados. Por poner cifras al conflicto, los paros de los primeros meses llegaron a tener un seguimiento del 73% de media por todo el país, con especial énfasis en el sur de Gales (99%), Yorkshire (97%), Kent (96%) y Escocia (94%). Y aunque su seguimiento fue disminuyendo por la presión policial, las sanciones económicas y el miedo, la respuesta nunca bajó del 60%. Tras un año, según fuentes oficiales, el coste para la economía británica fue de 1.500 millones de libras. Películas como 'Billy Elliot' y 'Tocando el viento', y libros como 'The Enemy Withhim', retratan de una u otra forma las dimensiones hasta las que llegó este conflicto desigual, que trajo más quebraderos de cabeza de lo previsto a la Dama de Hierro. De sobra conocida es la frase de Tatcher en la que calificaba en 1985 a los mineros como enemigo interno: "Tuvimos que luchar con el enemigo en el exterior, en Las Malvinas. Pero siempre tenemos que estar alerta del enemigo interno, el cual es más difícil de combatir y más peligroso para la libertad". Y es que la unión y colaboración de los vecinos de las zonas mineras era evidente, bajasen o no a las profundidades de la tierra a trabajar. También lo era la fortaleza del sindicato, liderado entonces por Arthur Scargill, uno de esos secretarios generales más acostumbrados a montar el piquete a las siete de la mañana que a darse la mano con los dirigentes de la patronal.

Ante tal desafío, la respuesta del gobierno fue la incautación del total de los fondos de la National Union of Mineworkers, alegando el impago de multas y poniendo en peligro la supervivencia de las cajas de resistencia. Fue aquí donde entraron en juego dos jóvenes homosexuales residentes en Londres: Mark Ashton, un irlandés de 23 años militante de la Young Communist League, y su amigo Mike Jackson, quienes fundaron la organización Lesbians and Gays Support the Miners, LGSM (Las lesbianas y gais apoyan a los mineros), un acontecimiento histórico retratado en la película 'Pride', donde por alguna razón se oculta la ideología comunista del fundador. La iniciativa de Ashton y Jackson es realmente inspiradora.

No eran buenos tiempos para la comunidad LGTBI en Reino Unido. La homosexualidad había sido despenalizada por ley tan solo 20 años atrás, y las infecciones de sida aumentaban entonces por miles cada mes. Desde las altas esferas del poder poco tardaron en culpabilizar a gais y lesbianas de la propagación del VIH. Periódicos afines al gobierno, como 'The Sun', especularon con la idea de construir campos de internamiento y reclusión para homosexuales. Este diario incluso llegó a publicar un intento de chiste que decía "Un joven gay va a casa de sus padres y les dice que tiene dos noticias, una mala y otra buena. La mala es que soy gay. La buena es que tengo sida". La campaña homófoba terminó en 1988 con la aprobación del artículo 28 por parte del ejecutivo de Thatcher, una ley que prohibía a las autoridades locales "promocionar intencionadamente la homosexualidad” y que obligaba a los profesores a "acabar en las escuelas con cualquier aceptabilidad de la homosexualidad como una supuesta relación familiar". Una cita de la Dama de Hierro en 1987, en un acto del partido conservador, resumió toda la campaña: "A los niños se les está educando en que tienen un derecho inalienable a ser gais. Todos están siendo engañados desde el comienzo de sus vidas". La ley no llegó a ser derogada hasta 2003.

Pero eso fue en 1988. En 1984, la guerra estaba en otro lugar. Y Mark Ashton supo llevar las reivindicaciones obreras al colectivo LGBTI. Su frase más repetida en todas las conferencias y reuniones de la época fue "No puedes ser gay y preocuparte sólo por lo que les ocurre a los gays". La LGSM ganó militantes de toda Gran Bretaña con el paso de los meses, hasta formar 11 secciones a lo largo de todo el Estado. Llegó a fletar un autobús para recorrer las zonas mineras y conocer a sus gentes, y consiguió recaudar decenas de miles de libras que irían a parar a las cajas de resistencia del sindicato. Uno de los mayores eventos fue el concierto 'Pits and Perverts' (Pozos y pervertidos), con Bronski Beat como cabeza de cartel y un eslogan inspirado en una publicación de 'The Sun' en la que se ridiculizaba el apoyo de los homosexuales a los mineros.

Entonces, en entornos masculinizados y rudos como el de la minería, tal y como reconoció años después el minero y sindicalista Dai Donovan, la homofobia no estaba extendida, pero sí existía una cierta indiferencia y distanciamiento hacia las reivindicaciones de la comunidad LGTBI. La película 'Billy Elliot' muestra en uno de sus diálogos entre padre e hijo el choque que podía suponer para un duro minero del carbón tener un vástago que simplemente quisiese bailar: "El ballet es para las chicas, no para los chicos, Billy. Los varones practican fútbol, o boxeo, o lucha libre, no el condenado ballet". Aun así, los militantes homosexuales supieron hacerse querer y enterrar viejos prejuicios. En sus viajes a las regiones mineras, los miembros de la LGSM se alojaron en las pequeñas casas de los trabajadores. En los mítines contra Thatcher, portavoces de la National Union of Mineworkers y de la LGSM compartieron escenario. Mike Jackson relató años después el vínculo que llegó a forjarse entre ambos grupos: “En una de nuestras primeras visitas a esos valles, como hombres y mujeres homosexuales de clase trabajadora, nos hicieron sentir bienvenidos. Bebimos con los mineros y sus familias, hablamos, bailamos, reímos. Nos invitaron a dar un discurso delante de 300 personas, y como sabían que estábamos nerviosos, al terminar nos ovacionaron. De noche nos quedamos en sus casas, salimos a pasear con sus hijos por el paisaje escarpado, fuimos a sus reuniones. Me sentí como en casa”. Gracias a las aportaciones recaudadas por gais y lesbianas, la huelga minera pudo seguir más tiempo del previsto.

Tras meses de duras luchas, en marzo de 1985, la National Union of Mineworkers no pudo aguantar el pulso contra la maquinaria liberal engrasada por Tatcher. El gobierno cerró 25 pozos mineros y decenas de regiones quedaron expuestas para siempre al paro y a la pobreza. No hay datos contrastados acerca de si el distanciamiento hacia la comunidad LGTBI desapareció entre la clase trabajadora británica tras aquel año que para bien o para mal fue histórico. Lo que sí sabemos es que tres meses después, en junio de 1985, una comitiva de algo más de 150 mineros llegados de todas partes de Reino Unido, encabezó el desfile del Día del Orgullo Gay de Londres al grito de “Decenas de miles de mineros ya sabemos que hay más problemas más allá de la mina. Sabemos del desarme nuclear, de las reivindicaciones de los negros, de la lucha de los gais y lesbianas”. También sabemos que, ese mismo año, en un congreso del Partido Laboralista, la sección de la National Union of Mineworkers, con mucho peso en la organización política, promovió que la formación hiciese suyas las reivindicaciones del movimiento LGTBI. Años más tarde, en 1987, un grupo de mineros acudió en representación del sindicato al funeral de Mark Ashton, enfermo de sida y fallecido a causa de la neumocistosis a la edad de 27 años. En 2013, varios de los protagonistas de aquella historia, tanto militantes homosexuales como sindicalistas, se reunieron para brindar por la muerte de Thatcher.
 

Y TAMBIÉN...
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Pride: a 34 años de su muerte, ¿quién fue Mark Ashton?

Su nombre se hizo popular con la película Pride, pero fue un luchador incansable por los derechos LGTBI, miembro de la juventud de la Young Communist League y un acérrimo defensor de los derechos de los trabajadores. Hoy se cumplen 34 años de su muerte.
Tomás Máscolo | La Izquierda Diario, 2021-02-10
https://www.izquierdadiario.es/Pride-quien-fue-Mark-Ashton

2017/06/28

DOCUMENTACIÓN | TESTIMONIOS | MAGNETO CONTRA LA DAMA DE HIERRO: CUANDO IAN McKELLEN SE ENFRENTÓ A MARGARET THATCHER

20 Minutos / Ian McKellen (i), en las protestas de 1988 //

Magneto contra la Dama de Hierro: cuando Ian McKellen se enfrentó a Margaret Thatcher.

¿Quién es peor: Sauron, o una primera ministro homofóbica? Lee esta historia, y entenderás que el intérprete de 'X-Men' y 'El señor de los anillos' tenga sus dudas.
Yago García | Cinemanía, 20 Minutos, 2017-06-28
https://cinemania.20minutos.es/noticias/magneto-la-dama-hierro-cuando-ian-mckellen-lucho-margaret-thatcher/

Que Ian McKellen es una de las personas más tremendas sobre la Tierra es algo que salta a la vista. A sus venerables 78 años, el actor inglés puede ufanarse de ser Gandalf, Magneto, un distinguido intérprete clásico, el mejor amigo de Patrick Stewart... y uno de los activistas gay más famosos del mundo, responsable de demoler más de un prejuicio. Ya que el 28 de junio celebramos el día del Orgullo LGBT, es el momento perfecto para recordar uno de sus momentos cumbre más allá de ‘X-Men’ y ‘El señor de los anillos’. Y uno, además, que se presta mucho a la guasa. Porque, tratándose del Amo del Magnetismo, tiene lógica que McKellen saliese del armario para plantarle cara a la ‘Dama de Hierro’. Es decir, a la primera ministro Margareth Thatcher.

Viajemos en el tiempo y el espacio, como si estuviésemos en 'Días del futuro pasado'. El lugar es Reino Unido, el año es 1988, y no es una buena época para los súbditos gais y lesbianas de Su Graciosa Majestad. En Inglaterra y Gales, la homosexualidad sólo dejó de ser un delito penal en 1969, hace menos de 20 años, mientras que la gente LGBT en Escocia ha tenido que esperar hasta 1980 para dejar de sufrir el acoso de la policía. Por si fuera poco, el sida hace estragos, y, frente a la pandemia, el gobierno de Thatcher reacciona con anuncios televisivos (con la voz en off de John Hurt) dedicados a fomentar el miedo, que no a informar sobre el síndrome. Mientras tanto el asesor de Thatcher Christopher Monckton asegura que tiene la solución para detener los contagios: internar a los enfermos en campos de concentración.

En este contexto tan poco halagüeño, un Ian McKellen de 49 años no se puede quejar. Aunque no ha rodado demasiado cine, sus dos décadas de carrera le han convertido en una presencia habitual en los escenarios y la TV, con cuatro premios Olivier y un Tony en la estantería. Por lo demás su sexualidad es algo que sólo conocen cuatro amiguetes (entre ellos, claro, Patrick Stewart) y está muy al margen de su imagen pública. Lo cual resulta irónico, como reconocerá más adelante: “En mi primera película, interpreté a un hombre gay, y después estrené ‘Bent’ [la obra de teatro de Martin Sherman sobre la homosexualidad en la Alemania nazi], lo cual es ya de por sí una salida del armario”. Sus pocas ganas de salir del armario se deben, en parte, a que aún tiene la esperanza de trabajar en Hollywood, y en parte a que él y algunas luminarias del activismo gay británico (como el insigne cineasta Derek Jarman) se profesan un odio del todo mutuo. La chispa que lo cambiará todo tiene el nombre de Sección 28.

Salir del armario en directo
¿Qué era la Sección 28? A primera vista, poca cosa: una enmienda a la Ley sobre Gobiernos Locales, tan trascendental como una regulación sobre la pesca de la anchoa. Pero las apariencias eran una cosa... y la realidad, otra muy distinta. Espoleado por el miedo al sida, con ganas de posicionarse frente a la actitud pro-gay del Partido Laborista y con un escándalo en la cartera (el de ‘Jenny Lives with Eric and Martin’, un libro para niños sobre una familia homoparental), el gobierno conservador decide proponer esta medida, semejante (pero no idéntica) a la actual ‘ley de propaganda homosexual’ en Rusia. O a la ley de registro de mutantes del senador Kelly, ya que estamos.

Si la medida llegaba a aprobarse, los organismos y medios de comunicación públicos tendrían prohibido “promover la homosexualidad o ayudar a quienes la promovieran”. Los centros de enseñanza, mientras tanto, deberían explicar a sus alumnos que el amor y la atracción entre personas del mismo sexo no constituían “un estilo de vida aceptable ni un auténtico vínculo familiar”. Llevado a la práctica, esto suponía la retirada de subvenciones y apoyo a las asociaciones LGBT (esas mismas que, ante la pasividad del gobierno, hacían lo que podían para frenar la expansión del sida) y la condena de los jóvenes gais, lesbianas, bisexuales y transgénero al desamparo más absoluto. ¿Cómo respondió Ian McKellen a esta amenaza? Pues con una muestra de valor que Aragorn hubiese admirado: saliendo del armario, en riguroso directo, durante una entrevista para la BBC.

A partir de ese momento, McKellen se convierte en el perejil de todas las salsas, siempre que esas salsas tengan por objeto impedir que la Sección 28 sea aprobada. Él mismo ha reconocido que, en parte, eso se debió a que acababa de cortar con Sean Mathias, su pareja de más de 10 años, y necesitaba algo en lo que desahogar la mala uva. Su presencia en las manifestaciones de rigor es constante, y en ellas pronuncia frases memorables. “Thatcher no tiene nada contra los gais, pero no quiere que los gais se reúnan, igual que no tiene nada contra los obreros, mientras no se les ocurra formar sindicatos (...). Están privatizando la homosexualidad. Y, si es así, yo quiero reclamarles mis dividendos”, señaló. 

20 Minutos / Ian McKellen, agachado en el centro //

“Si McKellen puede...”
Como señala el propio McKellen, “el Reino Unido ama a sus actores”. Y nuestro hombre también tuvo eso en cuenta a la hora de buscar amigos que le ayudasen a llevar la pancarta. La presencia de Judi Dench, Vanessa Redgrave, Patrick Stewart (¡faltaría más!) y un Gary Oldman todavía muy pipiolo, por citar sólo unos nombres, convirtió los actos contra la Sección 28 en eventos mediáticos, algo que encarnizó todavía más el debate. El momento más jocoso (o así) de McKellen llegó cuando un ministro conservador le pidió un autógrafo. McKellen se lo firmó, y en su dedicatoria podía leerse “Que te jodan: soy gay”. Calcúlese, pues, el chasco cuando, en mayo de 1988, la ley de marras fue aprobada en la Cámara de los Lores.

“La Sección 28 tuvo algo bueno: me obligó a decir la verdad”, admite hoy Ian McKellen. Asimismo, el actor señala que le cogió el gustillo a eso de tomar la calle, y, a día de hoy, todo el mundo ha visto alguna foto suya en una manifestación o un acto público en favor de causas progresistas (no necesariamente LGBT). Por último, asegura que su visibilidad animó a otros actores gais a vivir su vida sin esconderse. “Debieron de pensar: ‘Si McKellen lo ha hecho, y sigue trabajando, entonces yo también puedo”. En 1991, se le concedió el título de ‘sir’, algo que llevó a su odiado Derek Jarman a ponerle como hoja de perejil. E, irónicamente, sus soñados trabajos en Hollywood empezaron a llegarle a finales de los 90, cuando ya llevaba una década larga ejerciendo su activismo.

La Sección 28 se mantuvo en vigor hasta 2000 (en Escocia) y hasta 2003 (en el resto de Reino Unido). Aunque no dio lugar a ningún proceso judicial, se considera que fue extremadamente lesiva para la causa LGBT... y también para la imagen pública de una Margaret Thatcher que fue depuesta por su propio partido en 1990. La ex primera ministro falleció en 2013. Ian McKellen sigue vivo y coleando, esperamos que por muchos años. Para entonces, él mismo ha pensado en su epitafio: “Fue Gandalf, y salió del armario”. 

2015/03/19

PELÍCULAS | Warchus, Matthew | Pride

Warchus, Matthew (Director) (2014). Pride. Calamity Films.


Pride. 2014. Gran Bretaña. Festival de Cine de Cannes, Queer Palm, 2014-05-23. Estreno en España: 2015-03-19. 120 min. Dirección: Matthew Warchus. Guion: Stephen Beresford. Reparto: Ben Schnetzer, Monica Dolan, George MacKay, Bill Nighy, Andrew Scott, Imelda Staunton, Dominic West, Paddy Considine, Joseph Gilgun, Russell Tovey, Sophie Evans, Jessie Cave, Freddie Fox, Faye Marsay. Calamity Films.

En el verano de 1984, siendo primera ministra Margaret Thatcher, el Sindicato Nacional de Mineros (NUM) convoca una huelga. Durante la manifestación del Orgullo Gay en Londres, un grupo de lesbianas y gays se dedica a recaudar fondos para ayudar a las familias de los trabajadores, pero el sindicato no acepta el dinero. El grupo decide entonces ponerse en contacto directo con los mineros y van a un pueblecito de Gales. Empieza así la curiosa historia de dos comunidades totalmente diferentes que se unen por una causa común.

Ser, querer ser, no ser
De ambiciosa temática y desarrollo algo esquemático, 'Pride' encuentra la emoción cuando busca la verdad de sus personajes
Javier Ocaña | El País, 2015-03-20
https://elpais.com/cultura/2015/03/19/actualidad/1426783709_095423.html

Como la gracia o el sentido del humor, el buen rollo no se puede forzar. O se tiene o no se tiene, pero nunca se debe intentar tenerlo, porque los empecinamientos en agarrar el estado suelen ser inversamente proporcionales a los esfuerzos y el ridículo está al acecho. Esto para la vida.

Su traducción para el cine es que las grandes películas de espíritu contagioso, las que aúnan divertimento, sentido del humor, buenos sentimientos y un cierto toque social, eso que los anglosajones llaman ‘feel good movie’, son las que alcanzan la gloria a través de sus personajes, de sus intenciones y sus sensaciones, sus acciones y sus interioridades. Los personajes determinan la historia. Sin embargo, en cuanto el guionista fuerza la situación y los pone a hacer cosas que den buen rollo, las alarmas estarán a punto de activarse. La intencionalidad mata el espíritu. En ‘Pride’, estimable película británica alrededor de un hecho real casi asentado en el estrambote, no llegan a sonar aunque deambule en variados momentos por esa fina línea que separa el buen rollo del curso intensivo de risoterapia. Fijando el objetivo en las grandes comedias sociales británicas del cambio de siglo, ‘Billy Elliot’ y ‘Full Monty’, pero con el atisbo de su sucedáneo (‘Tocando el viento’, por ejemplo), ‘Pride’ hace del orgullo y la dignidad las bases de su historia, ambientada a principios de los 80 y protagonizada por un grupo de gais y lesbianas que se solidarizan con unos mineros galeses en huelga. El contraste, el reparto coral, y la poca plausibilidad de la situación (¡a pesar de ser real!), hace pensar en las maravillosas comedias de la Ealing, y la época thatcheriana, en la transgresión del Stephen Frears de ‘Mi hermosa lavandería’ y ‘Sammy y Rosie se lo montan’.

De ambiciosa temática y desarrollo algo esquemático, ‘Pride’ encuentra la emoción cuando busca la mirada cómplice y la verdad de sus personajes, y el resquemor cuando huye de los problemas por medio de bromas que buscan la risa más fácil. Como en la vida.

2006/09/10

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | EL ÚLTIMO SECRETO DE BACON

El último secreto de Bacon.
Casi 15 años después de su muerte, Francis Bacon, considerado en su momento como el más grande artista vivo, se resiste a desaparecer. Un libro-obra de arte, editado por Elena Foster en una vieja maleta del pintor, y una exposición en Dusseldorf resucitan una leyenda de arte, dinero, alcohol y amores tormentosos
Jesús Rodríguez | El País, 2006-09-10
https://elpais.com/diario/2006/09/10/eps/1157869613_850215.html 

Desde la otra orilla del Támesis, allí, tras los muros de cristal del buque insignia de lord Foster, se adivinan en el inmenso salón del ático las 25 maletas de Francis Bacon protegidas por delicadas fundas de lino sobre las que rebota la luz del verano londinense. Un abultado equipaje que representa para Elena Foster el final del camino. Seis años de trabajo e investigación. Y un embarazo. 'Detritus' es el quinto libro-obra de arte de su editorial, Ivory Press. Y el primero dedicado a un artista fallecido, después de haber trabajado junto a Eduardo Chillida, Richard Long, Anthony Caro y Anish Kapoor. Un viaje a la vida y obra; las pasiones y obsesiones; al proceso creativo y los recovecos de Francis Bacon, considerado hasta su muerte, en abril de 1992, "el más grande artista vivo".

También el más caro. Ya en 1989, su terrible 'Tríptico mayo-junio 1973' se adjudicó en Christie's por seis millones de euros. Pura paradoja. Era un triple retrato de las últimas horas de George Dyer, aquel ratero con el que vivió una tormentosa historia de amor y que se suicidó en octubre de 1971, la noche previa a la inauguración de la retrospectiva de Bacon en el Grand Palais de París. Pinceladas de su leyenda negra. También su anterior pareja, Peter Lacy, murió deshecho por el alcohol en las mismas fechas que Francis Bacon era consagrado como gran artista contemporáneo en la Tate Gallery londinense, en 1962. Al otro lado del teléfono, desde París, a Michael Peppiatt, amigo y biógrafo del artista, aún se le quiebra la voz al describir la peculiar relación que Bacon mantuvo con el amor. "Me quedo con lo que me confesó miss Beston, su secretaria y mujer para todo: 'No se me ocurre nada más terrible que ser amado por Francis".

Bacon ya era un mito antes de morir. Él fue su mejor obra de arte. Una instalación viviente. Hombre de extremos. Genio maldito. Un caballero educado, elegante, borracho, jugador, promiscuo y pendenciero. Un ateo que pintaba papas. Con obra en todos los grandes museos de arte contemporáneo del mundo. Dulce y agrio. Perfecta combinación hombre-mujer. Traje a medida de Savile Row y labios pintados. Un vídeo de los ochenta le perpetúa sin rumbo fijo por Londres con su caminar elástico y ambiguo. "Cambiaba de rol de forma impredecible. Unas veces podía ser el carnicero, el macho; otras, alguien muy afeminado, muy girly", cuenta Brian Clarke, artista, ejecutor del legado de Bacon y alma del proyecto 'Detritus' junto a Elena Foster.

-¿Es cierta su leyenda negra? ¿Era un monstruo sadomasoquista?

-Nunca encontré su conducta grosera ni perversa. Era como era y no intentaba epatar a nadie. Su leyenda se debe a la visión que tenía de él una sociedad puritana. Era incómodo para el establishment del Reino Unido. Donde la homosexualidad fue delito hasta los sesenta. Lady Thatcher le odiaba. Le definió como "ese hombre horrible que pinta cuadros espantosos".

-¿Estaba preocupado por esa mala fama que arrastraba?

-Nunca tuvo problemas de autoestima. Se sabía un grande de la historia del arte.

Adicto al lado oscuro. A la penumbra de los puertos, el humo de los tugurios y los vapores del matadero. El pintor chileno Claudio Bravo le recordaba perdido en los antros más peligrosos de la noche tangerina en los cincuenta. "Lugares de navajazo". Y regresar a la mañana siguiente destrozado. Siempre al límite. Hasta el final. Un hombre sin fecha de caducidad, "del que no pensabas '¡qué bien se conserva a los 80!', porque no tenías ante ti a un anciano, sino a una persona sin edad", explica Maricruz Bilbao, directora en los años noventa de la galería Marlborough de Madrid. La última noche que Michael Peppiatt estuvo a su lado, en Londres, seis meses antes de su muerte, "tras cenar juntos, y beber abundantemente, pasadas las doce, me fui a casa; él siguió. Le vi alejarse. Tenía 82 años. Francis no paraba nunca".

Seductor, provocador, asmático, altivo, brillante. Tan agresivo, desgarrado y subversivo como su pintura. Disciplinado y perfeccionista en el trabajo. Coctelera humana en la que se mezclaban el champaña Krug, carísimos Premier Grand Cru de Burdeos y el whisky de garrafón. Cliente de los mejores hoteles y restaurantes del mundo y, sin embargo, inquilino de un sórdido apartamento sin baño ni calefacción. "Era como la celda de un preso o de un soldado", rememora Brian Clarke. Sólo allí podía pintar. Muy de mañana. Con resaca. Bajo una suave luz cenital que recuerda a la del Prado: un museo que adoraba. Rechazó convertirse en caballero del Imperio Británico. Al contrario que su compañero de correrías, el pintor Lucien Freud. Jamás le interesó el dinero. Aunque ingresó más de 20 millones de euros a lo largo de su carrera. "Daba las mayores propinas que he visto en mi vida", recuerda la galerista Elvira Bignone, que expuso su obra en Madrid junto a la de Picasso en 1977. Era legendaria su generosidad. Imágenes de 1985 le muestran repartiendo champaña francés a los parroquianos del Colony Room, su bar favorito, mientras entona entre carcajadas temas de My fair lady. Un personaje. Un artista.

Del que se conoce casi todo y casi nada. Es público dónde vivía, en el número 7 de Reece Mews, una vieja cuadra en South Kensington. Sus gustos y aficiones. Su pasado. Amigos. Bares y restaurantes. Mesas de juego. Fue inmortalizado por los más grandes fotógrafos. Entrevistado y filmado. Biografiado. Se han realizado documentales sobre su vida. Incluso una película ('El amor es el demonio'). Se conoce el nombre de sus amantes, a los que retrató invariablemente. Incluso al que cerró la lista, José [Capelo], un español que le inspiró el 'Tríptico 1991', la última obra que concluyó, y que fue adquirida por el MOMA de Nueva York. Bacon era un hombre transparente. Al menos, eso pensaban las bandas y facciones que se disputaban el monopolio del artista.

Se equivocaban. "Todo era una pantalla", explica uno de sus viejos amigos, el anticuario Giulio Canterini, en cuya casa de la discretísima isla de Panarea pasó su penúltimo verano con su amigo español. "Me dijo que era su secretario. Francis era un hombre muy, muy privado. Tenía una vida secreta. Y ahí nadie entraba. Un día le pregunté por qué le gustaba tanto España".

-¿Y qué contestó?

-Que había buenos toros.

Es cierto, ante lo que consideraba una intromisión en su intimidad, Bacon echaba las cortinillas. Nunca permitió que nadie le viera pintar (excepto su amigo John Edwards, al que retrató en 30 ocasiones y que heredaría su patrimonio). Muy rara vez dejaba entrar a alguien en su estudio. Y cuando era fotografiado en su interior, daba la vuelta a los cuadros en que estaba trabajando. Nunca explicó sus procesos creativos. Más bien jugó al despiste con los historiadores del arte. Nunca se relacionó con galeristas ni coleccionistas. Maricruz Bilbao, que dirigió la galería Marlborough en Madrid (la firma que comercializó su obra durante 40 años), tiene una imagen grabada: "Verle medio escondido detrás de una puerta durante una inauguración de su obra en Nueva York, y allí iban en fila a saludarle los coleccionistas". No tuvo discípulos. No contestaba el correo. Nadie sabe cuántos cuadros hizo. Y cuántos destruyó. Cuántos regaló a amigos y amantes. Vivía en un mundo hermético. Cuando cumplió 80 años, sus admiradores le enviaron decenas de ramos de flores. Él las rechazó: "No soy el tipo de persona que tiene jarrones".

De ahí el interés de 'Detritus'. Una experiencia artístico-literaria que supone compartir la intimidad de Francis Bacon. Para Elena Foster, "no es sólo un viaje al interior del artista; es también una inmersión en su arte y su forma de trabajar; de mover y distorsionar las imágenes; sus fuentes de inspiración, amores y referencias". Son 75 objetos de Bacon. Seleccionados durante meses entre las más de 7.500 piezas que se encontraban esparcidas en su estudio y que hoy descansan en el Museo Hugh Lane de Dublín. Setenta y cinco facsímiles perfectos. Realizados por impresores, grabadores, guarnicioneros y perfumistas de Reino Unido, Austria, Italia, Irlanda y España. Con las huellas de los dedos de Bacon manchados de pintura impresos en muchos de ellos. Fotos. Cartas. Ideas. Bosquejos. Un calendario de pared sembrado de anotaciones. Y una completa inmersión en sus fuentes y proceso creativo. Desde los libros que le inspiraron y fotografías dobladas, arrugadas, manipuladas, en busca de una tercera dimensión que plasmar en sus cuadros, hasta un trozo de pantalón de pana con el que ideaba nuevas texturas.

El alma de Bacon encerrada en su vieja maleta de cuero, que ha sido clonada por Ivory Press. Meses hasta conseguir ese aspecto usado, sudado, polvoriento; el tacto, el aroma, la memoria. Los tornillos, herrajes y puntadas originales. Hoy es imposible diferenciar el original de la copia. Hoy existen 25 maletas de Bacon.

En realidad, el libro sobre Bacon de Ivory Press iba a ser un libro. Más tarde, una caja. "Buscamos por medio mundo esa piel roja de cerdo que tanto le gustaba a Francis; al final, la encontré en Mallorca. Nos hicieron una caja magnífica, diseñada por Brian Clarke. Pero había algo que no encajaba. No era Francis", explica lady Foster. Continúa Clarke: "Me pasé semanas en el estudio de Bacon revisando sus papeles. Un día encontré su vieja maleta en el piso de abajo. Tenía una etiqueta con su nombre y dirección. La llené de material y me la llevé a casa para estudiarlo. Teníamos en mente un libro convencional. Pero empecé a pensar que un libro así nunca tendría el aroma del estudio, la sensación táctil. Se habría perdido la magia. Y evaporado el mensaje. Me decidí por la maleta por puro instinto. 'Detritus' es un absoluto y fidedigno facsímil. Un proceso largo y doloroso en el que se han replicado gotas de pintura, pliegues y rasgones. La mejor manera de ser fieles al artista era diseñar algo que no fuera ajeno a él". Concluye lady Foster: "Cuando hice los libros de Long, Kapoor, Caro, estaban a mi lado. Pero Bacon no. Y la cuestión era hacer un libro sin modificar su alma".

-¿Cuánto cuesta 'Detritus'?

-Setenta y cinco mil euros. Es baratísimo. Dentro de nada valdrá el doble.

Puede parecer una 'boutade' de lady Foster, pero en términos mercantiles no exagera. Bacon es más caro que nunca. Para el galerista neoyorquino Tony Shafrazi, que tiene la exclusiva en EE UU de su obra, "Bacon tiene una cotización que no deja de aumentar. Sólo hizo unos 600 cuadros, frente a los 20.000 de Picasso. Y su precio está hoy entre los 2 y los 35 millones de euros". Una afirmación que corrobora otro galerista: "Por sus hábitos de vida y su particular forma de pintar, Bacon tuvo una producción escasa. Además, destruyó mucha obra. Sólo en su estudio se encontraron un centenar de cuadros destrozados. ¿Cuántos rompió? Más de los que se han conservado. Y al estar menos presente en el mercado, al haber menos obra disponible, su cotización es más alta".

Capítulo aparte es cuánta obra desconocida (incluyendo los cuadros inacabados que se encontraron en su estudio) existe de Bacon y el total de cuadros que formaban parte de su legado, hoy agrupados en la John Edwards Charitable Foundation. Shafrazi afirma que no está autorizado a dar esa información, "por motivos mercantiles". Brian Clarke, ejecutor del legado, afirma que posee "más de 30 y menos de 100 que no han sido nunca expuestos y son desconocidos. Además, el legado cuenta con la mayor colección privada de Bacon. Pero no le digo cuántos cuadros".

¿Cuándo y cómo empezó 'Detritus'?
Elena Foster sabe la fecha exacta. Nunca olvidará aquella tarde de 1998 que John Edwards y Brian Clarke les invitaron a ella y su marido, el arquitecto Norman Foster (viejo amigo del círculo Bacon y Freud), a visitar el apartamento del artista. Había fallecido seis años antes, pero sus pertenencias estaban como las dejó aquella mañana de abril de 1992 en que abandonó por última vez Reece Mews. Incluso con un retrato inacabado en el caballete. "Aún guardo la impresión que sentí al subir aquellas escaleras estrechas, empinadas, en las que tenías que agarrarte de una cuerda para no perder el equilibrio", describe lady Foster. "El silencio, la densidad del aire, el caos en el estudio -repleto de basura-, las bombillas desnudas y, por el contrario, el orden meticuloso de sus objetos personales. Tenía la sensación de que Francis estaba allí. Olía a él. No abrimos la boca. Se hizo de noche y Norman sugirió irnos a cenar. Esa noche surgió la idea de editar un libro con el que Francis se habría sentido a gusto".

En su testamento de tres páginas redactado un año antes de su muerte (y que, al parecer, modificaba uno inmediatamente anterior), Francis Bacon había dejado como único heredero de su obra y fortuna a John Edwards. Un camarero analfabeto y homosexual al que conoció en 1974 en el Colony Room. Francis tenía 63 años; Edwards, 25. Se iniciaba una relación que Edwards siempre negó fuera de índole sexual. Prefería definirla como paterno-filial. Michael Peppiatt aclara: "Edwards siempre tuvo pareja oficial, hasta su muerte en 2003; Philip Mordue, un delincuente al que apodaban Phil the Till (Caja registradora Phil), junto al que vivía en una casa que pagaba Bacon". Brian Clarke, el ejecutor del legado, prefiere definir la relación entre Bacon y Edwards como "sexualmente paterno-filial".

No es sencillo encontrar el Colony Room, el bar londinense que fue centro de operaciones de Bacon desde 1948. Donde compartió copas con Bowie, la princesa Margarita y una clientela de artistas, delincuentes y aristócratas con predominio gay. Él era la reina. En el 41 de Dean Street sólo hay una cafetería de mala muerte. Hay que descubrir y adentrarse por una pringosa escalera hasta dar con una puerta destartalada que introduce en un minúsculo tugurio pintado de verde. Hay fotos y reproducciones de Bacon, Freud y Auerbach. Clientes distinguidos. Al otro lado de la barra, el propietario, Michael Wojas, recibe con malos modos. "¿No han visto que es para socios? Ya se están marchando". Wojas está borracho. Hay que aclararle que se trata de un artículo sobre Bacon. Se relaja. Y recuerda los buenos tiempos. "Francis era grande". Su discurso es ininteligible. Prefiere poner blues en un antediluviano lector de compactos. "¿Que quién toca? No se lo voy a decir. Lo que importa es el sonido, no quién lo produce".

Aquí se conocieron. Y se convirtieron en inseparables. Edwards, un disléxico crónico que apenas aprendió a escribir su nombre, nacido en las calles más duras del East End londinense, se sumergió en los elitistas círculos que rodeaban al pintor. Era respetado porque era su hijo. La única persona a la que Bacon trataba como a su igual. La que le hacía el desayuno. Sólo a él le estaba permitido permanecer en el estudio mientras el maestro trabajaba. Una experiencia a la que Edwards se refirió en 1998: "Cuando Francis pintaba era un drama. Me parecía como si estuviera luchando con el lienzo. Cuando no estaba contento con un cuadro, él o yo lo destruíamos acuchillándolo de arriba abajo y luego de un lado a otro hasta dejarlo hecho trizas. Otras veces los pisoteábamos".

¿Qué le conquistó a Bacon de Edwards? ¿Cómo se convirtió en su musa y confidente? ¿Y más tarde en único heredero? Para empezar, Edwards era moreno, guapo y varonil. Como le gustaban los hombres a Bacon. Como fueron Peter Lacy, George Dyer o José. "Nunca aguantó a los afeminados". Además, se escapaba del perfil de psicópata autodestructivo que había caracterizado a sus anteriores parejas. Y no tenía pretensiones sociales ni artísticas. Su presencia le relajaba. Y había algo más. Que el pintor resumió en estas palabras: "John tiene algo especial… es inocente". Un vídeo de 1985 muestra a un hombre alto, inquieto, de pelo rizado y atuendo anticuado; con una expresión que recuerda a Harpo Marx. Justo lo contrario que el corrosivo y engolado Francis Bacon, con sus trajes a la última y su mirada inquisitorial.

Los que conocieron a Edwards le definen como "un buen tipo". "Alguien honesto". "Nunca presumía". "Siempre sonriente y de buen humor. Incluso cuando estaba ya muy enfermo de cáncer", recuerda Elena Foster. Tony Shafrazi, el galerista del legado de Bacon en Nueva York, le describe como "un ser humano único. Era analfabeto, pero tenía un discurso brillante y poético. Ya sabe, hablaba en cockney, esa jerga de los bajos fondos de Londres. Un lenguaje en el que las frases riman. Hipnotizaba".

"Francis y John se querían mucho. Habrían dado su vida el uno por el otro", explica Brian Clarke. A su vez, Clarke y Edwards, en cuyas manos quedaría todo el patrimonio artístico de Bacon tras la muerte de éste, se conocieron en Londres en 1978. Ambos frecuentaban a Robert Fraser, elegante 'enfant terrible' del arte de la época; creador de tendencias; guapo y sofisticado; místico y yonki. Gay. En su galería exponían Warhol, Gilbert and George, David Bailey, Richard Hamilton. Y en sus fiestas se mezclaban Paul McCartney con Mike Jagger, Marlon Brando y el dramaturgo y hoy Nobel de Literatura Harold Pinter. Todo rodeado de una corte de jovencísimos artistas. Como Clarke, que ya trabajaba sus vidrieras y tenía 26 años.

"John Edwards y yo teníamos tres cosas en común: éramos jóvenes, homosexuales y bebedores profesionales. Nos hicimos muy amigos en casa de Fraser. Y a través de John conocí a Francis. Me aceptó porque iba con John. Pasó el tiempo. Cinco años después de que Francis Bacon muriese y John heredase todo, me llamó para que le ayudase. Estaba sobrepasado. Los ejecutores del legado, la galería Marlborough, le pasaban dinero regularmente. Pero no le daban ninguna información sobre la composición de la herencia de Francis. Del número de cuadros que había. De las transacciones que se habían realizado en los últimos años. Nada. Le busqué un contable y un abogado. En diciembre de 1998 fui nombrado por un juez ejecutor del legado de Bacon. Iniciamos un pleito contra la Marlborough. Fueron cinco años horribles. En que tuve que abandonar el arte. Nuestro abogado era mi amigo John Eastman, hermano de Linda McCartney, que ya había defendido los legados de Rothko o Tennessee Williams. Íbamos por el buen camino. Pero John enfermó de cáncer. El pleito le estaba matando. En febrero de 2002 llegamos a un acuerdo con la Marlborough".

Durante la instrucción del caso, el legado de Bacon (Brian Clarke y John Edwards) había acusado a la galería Marlborough de haber influido indebidamente en el pintor; de haberse aprovechado de él; haberle estafado y chantajeado durante 40 años. Acusaciones muy graves. Había 150 millones de euros en juego. Por eso, en medios artísticos se interpretó el acuerdo con la Marlborough como una derrota del heredero de Bacon. "Ganamos", dice la Marlborough. Clarke rechaza ese triunfalismo: "El deseo de John era llegar hasta el final, aunque le costara toda su fortuna. Tuvimos que vender algún cuadro para seguir adelante [sólo las costas legales se elevaban a ocho millones de euros por cada parte]. Pero decidí firmar la paz para acabar con una situación que estaba envenenando su vida. A cambio, recibimos toda la documentación sobre Bacon que tenía la Marlborough y 19 pinturas que no estaban documentadas. La galería decía que estaban perdidas. Y probamos que no era cierto".

Un año más tarde fallecía John Edwards en Tailandia. Tenía 53 años. Dejó dispuesto en sus últimas voluntades que, tras el servicio fúnebre en Saint Augustine of Canterbury, se destinaran 75.000 euros a una fiesta para sus amigos en el Harrington Club, propiedad del Rolling Stone Ron Wood. Como única bebida, champaña Krug Vintage, el favorito de Francis. El resto de su testamento no se ha hecho público. Esquemáticamente, una parte, incluido el estudio de Reece Mews (que había sido lujosamente rehabilitado por el famoso arquitecto David Chipperfield), fue para su amante, Philip Mordue. Otra parte, para su familia, a la que Bacon ya había regalado propiedades rurales en vida. La parte principal de la herencia engrosó el patrimonio de la John Edwards Charitable Foundation, creada un año antes para promover el legado y la figura de Bacon y cuyo administrador único es Brian Clarke. "¿Para qué sirve la fundación? Hemos donado el estudio de Reece Mews y todo su contenido al Museo Hugh Lane de Dublín. Hemos producido dos documentales, dos libros, y ahora nos encontramos trabajando en el catálogo razonado de Bacon: cinco volúmenes en los que se hará la luz sobre lo que pintó durante su carrera".

Edwards había sobrevivido una década a Francis Bacon. Su padre. Como él, hacía tiempo que sabía que se moría. No se arrugó. Como Bacon.

A mediados de abril de 1992, Francis Bacon abandonó Londres por última vez con destino a Madrid en contra de la oposición de su médico, Paul Brass. Tenía asma y le habían extirpado un riñón canceroso. Había cumplido 82 años. Pero estaba dispuesto a terminar bajo sus propias reglas. Meses antes, el fotógrafo Francis Giacobetti le preguntó cómo le gustaría morir. "¡Rápidamente!", fue su respuesta.

A finales de los ochenta, Bacon había conocido en Londres a José, un ingeniero español treintañero, guapo, moreno y varonil. Su tipo de hombre. Por si fuera poco, según su biógrafo, Michael Peppiatt, "era mundano, de buena familia, sabía idiomas y se movía en círculos artísticos y financieros". Juntos viajarían a París, Sicilia, Centroeuropa, Cataluña, Andalucía. Y se dejarían ver en el Cock, el bar más elegante de Madrid. Su propietaria, Patricia Ferrer, recuerda a Bacon "en la barra o en la mesa nueve, tomándose tres martinis antes de cenar. Un auténtico caballero con un cutis sonrosado de niño, de haber sido un buen bebedor de ginebra. Solían estar solos". "Francis, que siempre fue un vanidoso, estaba encantado de tener alguien así a su lado. El único problema es que José quería mantener su homosexualidad en secreto. Y eso irritaba profundamente a Francis. Y ahí llegaron los problemas".

Se llevaban casi 50 años. Pero una persona que compartió intimidad con ellos confirma que fue "una historia de amor. Había pasión. José no tenía ningún interés económico. Era un rico heredero. Estaba siempre pendiente de él. Era muy protector. Yo diría que controlaba la situación. Era muy educado. Pero tenía un lado reservado, contenido. Incluso misterioso".

Peppiatt describe los últimos días de Bacon en Madrid, entre el 18 y el 28 de abril, como "un enigma dentro de una vida enigmática". "Yo creo que la relación estaba rota y Francis vino a España a buscar a José para reconciliarse y se murió". No es fácil ir más allá. El círculo londinense del artista no sabía nada del viaje. Y Edwards detestaba a José. En realidad, toda la guardia pretoriana de Bacon le detestaba. Según Brian Clarke, "Francis amaba Madrid a través de una persona que estaba en Madrid. Y eso no lo compartía con nadie".

Y en Madrid, nadie parece acordarse de Bacon. Ni en el hotel Ritz, donde se alojaba; ni en el Museo del Prado, que solía visitar; ni siquiera su galería en la capital, la Marlborough, tuvo constancia de aquella última visita. Lo explica Maricruz Bilbao: "Bacon venía a España por su amigo. Y no nos llamaba nunca. Iba por su cuenta. En aquella ocasión nos enteramos de que estaba en Madrid cuando nos llamaron desde Londres para que recogiéramos sus maletas. Ya había muerto".

Luis Rodríguez Fuentes, el médico que le atendió durante los seis días que permaneció internado en la clínica Ruber de Madrid, en la que ingresó con insuficiencia renal y respiratoria el miércoles 22 de abril, tampoco aporta ningún dato nuevo: "El señor Bacon me pidió que no hiciera ningún comentario sobre su enfermedad y su vida durante esos días". La monja que se ocupó de él, la hermana Mercedes, sólo añade: "Llegó muy malito; en ambulancia. Pasó inadvertido en el hospital. No iba nadie a verle. No hablaba con nadie porque sabía poco castellano. Sólo con el capellán. No, no tenía visitas. Estaba muy solo. Y se ahogaba. Tuvo una parada cardiorrespiratoria en la mañana del 28 y no salió de ella". Nadie asistió a su velatorio ni a su cremación, el 30 de abril. Para Michael Peppiatt, "en aquella última semana perdió el control de su vida. ¿Qué es eso de morir entre curas y monjas? Francis una vez me dijo que no se imaginaba una muerte peor que rodeado de hermanas. Su final es un misterio".

La única persona que podría hacer un relato exacto de aquellas horas prefiere callar. Con una educación exquisita y en tres conversaciones, José ha rechazado aclarar el último viaje de Bacon: "Lo hablé con Francis muchas veces; no quería que relatara sus últimos días ni esas cosas íntimas. No era de ese tipo de persona. No le habrían gustado nada los reportajes que se han hecho sobre él, están llenos de tópicos".

Casi 15 años después de su desaparición, Francis Bacon se resiste a desaparecer. El próximo día 15, Elena Foster y Brian Clarke presentarán 'Detritus, la maleta de Bacon', en el Kunstsammlung de Dusseldorf. Al día siguiente se inaugurará una exposición de 60 obras del pintor bajo el título 'La violencia de la realidad'. Entre los invitados, amigos como sir Paul McCartney o Sofía Loren, que tiene una de las mayores colecciones del artista.

Su vida fue un misterio. Pocos llegaron a conocerle. Quizá la mejor descripción del artista la hizo John Edwards. Hijo, amante y amigo. Analfabeto y su heredero. "En el East End de Londres, donde yo nací, decimos que alguien muy especial es un Diamante. Francis era un auténtico diamante. Y un jodido gran pintor".

MIKEL/A, AQUÍ ESTAMOS Y NO NOS OCULTAMOS

Mikel/a enseña cacho en la 2ª Gayakanpada de EHGAM, 27-29 agosto 1993, Muxika // STARS COFLHEE es un trabajo realizado por Julen Zabala Alon...