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2021/10/25

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | JULIO AUMENTE, CIEN AÑOS DEL PRÍNCIPE ESTETA Y DECADENTE DE 'CÁNTICO'

Julio Aumente, cien años del príncipe esteta y decadente de Cántico.
Nació en Córdoba el 29 de octubre de 1921, colaboró en la mítica revista desde su inicio, dejó de escribir y marchó a Madrid. Volvió a la literatura en los años 80 con una poesía libérrima, en un regreso a la juventud, la vida y el deseo.
Félix Ruiz Cardador | ABC, 2021-10-25
https://sevilla.abc.es/andalucia/cordoba/sevi-julio-aumente-cien-anos-principe-esteta-y-decadente-cantico-202110252129_noticia.html 

El viernes 29 de octubre se cumplirán cien años del nacimiento de Julio Aumente Martínez-Rücker, uno de los cinco poetas canónicos de l Grupo Cántico junto a Juan Bernier, Ricardo Molina, Pablo García Baena y Mario López. Nacido en Córdoba en 1921, fue un hombre de personalidad singular, un esteta.

Sabio en heráldica y genealogía, con no poco de espíritu aristócrata y de príncipe distinguido y distante, mantuvo con Córdoba una relación a veces despegada, a pesar de que era nieto del compositor Cipriano Martínez Rücker y procedía de un ambiente familiar cordobés de situación desahogada.

Se licenció en Derecho, pero pronto comenzó a escribir versos. Aunque la vida se la ganaría finalmente de otro modo: como tasador de arte y antigüedades en Madrid , donde se marchó a mediados de los 60.

Residía en un amplio piso en la calle Bárbara de Braganza, a escasos minutos de la Cibeles y el Paseo de Recoletos y repleto de antigüedades que le daban a su casa un aire ‘dannunziano’. Muy enfermo ya, su familia lo trasladó a Córdoba, donde murió en el verano de 2006.

La obra poética de Aumente, suntuosa en origen y marcada en sus últimos años por sus ansias de vivir y una sensualidad homosexual no exenta de ironía posmoderna, se divide en dos etapas, como en el caso de otros coetáneos suyos. La primera la componen sus libros de juventud, que van unidos a la revista ‘Cántico’ y a esos primeros años en los que casi todos sus miembros vivían en Córdoba y trataban de hacerse un hueco en la poesía española .

El desdén con el que fueron recibidos, pues la poesía de entonces se debatía entre el realismo socialista y las nostalgias imperiales sin mucho espacio para la intimidad, provocó la diáspora. También el silencio de varios de los autores adscritos a la revista. Serían los jóvenes profesores y poetas Carlos Clementson y Guillermo Carnero los que, con sus estudios sobre Cántico, acabarían por resituar al grupo en el mapa en los años 70, lo que propició que sus autores volviesen a escribir. Ese es el caso de García Baena y también de Aumente, al que espoleó un joven amigo, el también poeta Luis Antonio de Villena .

Clementson explica de la primera fase de Aumente que era «un autor muy influenciado en ese momento por Luis Cernuda, pero al mismo tiempo un gran artífice del soneto, en la estela de Góngora». De esos años primeros son sus libros ‘El aire que no vuelve’ (1955) y ‘Los silencios’ (1958). Aunque siguió escribiendo hasta su marcha a Madrid, no volvió a publicar y fue de los autores de Cántico el que se mantenía más alejado de los viejos recuerdos.

Tenía con la ciudad una relación ambivalente, fundada en cierta sensación de despecho por haberse sentido en ella desdeñado en su juventud. Esa distancia con su ciudad de origen la plasmó en versos que no llegó a publicar. Finalmente, algo se aplacó esa amargura en sus últimos años, cuando el Ayuntamiento colaboró en la publicación de sus poesías completas y la prensa cordobesa comenzó a reconocerlo como uno de los grandes autores del XX.

La etapa de desencanto y alejamiento total de la escritura se extendió entre los 60 y los 70, década esta última en la que lo empezó a frecuentar Luis Antonio de Villena por recomendación de Pablo García Baena, con el que por entonces se carteaba. «Nos hicimos muy amigos», explica a ABC De Villena, que lo visitaba un par de veces al mes para cenar con él.

En esas charlas el joven autor incitaba al amigo veterano a que volviese a la poesía, algo que no fue fácil pues Aumente le reconocía que llevaba diez años sin escribir. Recuerda De Villena que el autor cordobés se sentía en esa época de vuelta de todo, en la fase final de la vida.

Incluso parecía haber cerrado las puertas a la vida sentimental. En sus tarjetas de visita incluía largos títulos con un punto decadente e irónico, ropajes verbales que eran parte de la personalidad que se había creado. En sus poemas posteriores, llegaría a reconocer que se había perdido la vida por hacerse «el interesante».

Sus últimos años fueron por ello un estallido y una liberación, un rejuvenecimiento de un hombre que, en parte por decadentismo y en parte como protección, había decidido ser viejo antes de tiempo. Por una parte, comenzó a hacer vida social con nuevos amantes y amores y se echó a las calles de Madrid para vivirlas, lo que sería una fuente de inspiración para sus poemas de gran carga homoerótica y políticamente incorrectos, propios de un escritor que ya no estaba sujeto a la convenciones .

En 1982 publicó ‘Por la pendiente oscura’, en la que reunía los poemas escritos entre el 47 y el 65, pero aún muy en la senda de Cántico. La sorpresa llegó cuando al fin le hizo caso a Luis Antonio de Villena y empezó a escribir textos nuevos. De esos bríos recobrados surgieron libros fundamentales en su obra como ‘La antesala’, que publicó en 1983 Visor con prólogo del propio De Villena. Una década más tarde llegaría ‘El canto de las arpías’, que Villena ha calificado como «poemas coloquiales, palabras de germanía juvenil, marginación, mundo urbano , inmensa sed de vida, ironía y sátira».

En sus últimos años, Aumente vio publicados sus poemas completos en Visor, con prólogo de De Villena y el trabajo compilatorio de Rafael Inglada. En 2017 apareció en la editorial Renacimiento la antología ‘Bellezas y arpías’, editada por Luis Antonio de Villena. Ahora, con motivo del centenario, Rafael Inglada ha publicado una edición de 50 ejemplares con algunos poemas inéditos de los años 80 y 90.

Estas reediciones y tributos mantienen viva la memoria de un autor singular cuya existencia estuvo cargada de anécdotas y que, según cuenta De Villena, acabó sus días poniéndose del lado de los ‘skaters’ adolescentes del Paseo de Recoletos en los conflictos que mantenían con los jubilados que se sentaban por allí.

«Fue siempre un defensor de la juventud», explica Luis Antonio de Villena sobre este escritor cordobés que quizá nació antes de tiempo y que en sus últimos años decidió rejuvenecer. Su leyenda heterodoxa ahí sigue en sus versos para quien la quiera conocer.

Contra trepas y arribistas
Julio Aumente no sólo se alejó de la poesía, de Córdoba y de Cántico, sino también de los foros literarios. Aunque vivía muy cerca de lugares emblemáticos como el café Gijón, donde era fácil ver a otro poeta cordobés como Manuel Álvarez Ortega, nunca sintió Aumente interés alguno por ese mundo y se recluyó en su piso, en sus jóvenes amantes, en sus lecturas y genealogías.

«Julio sólo veía en el mundo literario el interés de unos y otros, a trepas y arribistas», explica Luis Antonio de Villena. Todo eso hizo de él un poeta casi secreto. Los amigos y el talento singular de sus versos, más que la propia insistencia, lo llevaron a publicar en algunas de las mejores editoriales de su tiempo.

2018/01/16

DOCUMENTACIÓN | TESTIMONIOS | PABLO GARCÍA BAENA: "UN HOMBRE DISCRETO Y EXACTO"

Pablo García Baena: "Un hombre discreto y exacto".
El director del documental 'Cántico', Sigfrid Monleón, identificaba al poeta fallecido el domingo como "la antorcha que mantiene vivo el fuego del grupo”.
Antonio Gandiaga | El Plural, 2018-01-16
https://www.elplural.com/autonomias/andalucia/pablo-garcia-baena-un-hombre-discreto-y-exacto_117701102 

Juan Bernier, Ricardo Molina, Julio Aumente, Mario López y Pablo García Baena. Tras la muerte de este último el pasado domingo, ya no queda vivo ninguno de ellos. Los cinco poetas cordobeses que formaron el grupo Cántico, denominado como la revista del mismo nombre que alumbraron en dos épocas distintas a mediados del siglo pasado, no vieron reconocido su papel fundamental en el devenir de la poesía española hasta que ya prácticamente no escribían un solo verso.

La Iglesia Parroquial de San Miguel acoge este martes el funeral del poeta cordobés y Premio Príncipe de Asturias de las Letras, fallecido a los 96 años de edad –no 94 como erróneamente viene publicándose– y despedido el lunes por más de mil personas que han pasado por la capilla ardiente instalada en el salón de plenos del Ayuntamiento de Córdoba para transmitir las condolencias y muestras de cariño a los familiares.

Pese al reconocimiento actual, lo cierto es que el grupo Cántico, del que García Baena fue protagonista principal, tuvo que esperar hasta el final de la dictadura para ser reconocido como el eslabón entre la generación del 27 y la de los Novísimos. Entonces se comenzaron a elogiar sus versos barrocos en tiempos dominados por la poesía social (a la que también hicieron hueco en las páginas de la revista), de traducir a audaces autores internacionales o de dedicar un número especial al exiliado Luis Cernuda.

La película
De la mano de los cineastas Antonio Hens (aquí productor) y Sigfrid Monleón, el documental 'Cántico', que se presentó dentro de la sección Panorama Andaluz del Festival de Cine Europeo de Sevilla de 2016, recuperaba el espíritu del grupo y reivindicaba el valor de su obra: “Es una revista insólita en su época. Supone una apuesta por la poesía pura en un contexto a contracorriente, volcado en la rehumanización de la poesía, en el tremendismo más prosaico o retórico. Ellos conectan con el modernismo y la generación del 27, una corriente cercenada por la Guerra Civil. Hay que esperar a la generación de los “novísimos”, a Blecua, Gimferer, Carnero, Villena, Molina Foix, para que se les reconozca. Hasta prácticamente los años 70 del siglo pasado no existían, ni en las antologías de la poesía de posguerra ni en las librerías siquiera. Pero en su revista no sólo publicaron sus poemarios, publicaron a los poetas del exilio, a extranjeros y prohibidos, y le dedicaron el primer homenaje a Cernuda, entonces marginado como ellos, y homosexual también”, explicaba Monleón a este periódico.

Un poeta frente a la cámara
De los poetas del grupo, solo un casi centenario Pablo García Baena continuaba aún con vida cuando se presentó el documental. Pablo llevaba una existencia tranquila en su casa de Córdoba. Pareciera que su testimonio era imprescindible para el documental, pero en un principio se negó a prestarlo. “Nos decía que se encontraba viejo y que la película llegaba tarde, porque todos sus amigos de Cántico ya habían muerto”, desvelaba Monleón: “Pablo es un hombre que lo ha dejado todo escrito, incluso la historia del grupo Cántico y su revista. Es un hombre discreto y exacto, al que no le sobra una palabra. A su edad, enfrentarse a una cámara no era algo que tuviera previsto.”

Al final, se decidió a abrir su casa cargada de recuerdos al equipo de la película, dándole la libertad necesaria para hacerla, según reconocía el director valenciano, que en principio se planteó hacer el documental solamente sobre García Baena “porque me parece la voz poética más sólida y evolucionada en el tiempo de todo el grupo. Pero Pablo es ante todo Cántico, sin él creo que hoy ya no existiría la memoria del grupo. Él es la antorcha que mantiene vivo ese fuego”. En el documental queda patente esta predilección ya que tras un inicio en el que se recuerda al resto de componentes de Cántico, la mayor parte del resto del metraje se dedica al que fuera nombrado Hijo Predilecto de Andalucía en 1988.

Juan Bernier como tema
El propio Monleón ya filmó una película de ficción, ‘El cónsul de Sodoma’, sobre otro poeta, Jaime Gil de Biedma. En ‘Cántico’ trabajó el formato documental, aunque reconocía que “hay una buena película de ficción sobre los años de juventud de los poetas de Cántico, en su apuesta por la vida y la felicidad en la triste posguerra de la celeste Córdoba enjuta. Pero quien de verdad tiene una película extraordinaria es Juan Bernier. No hay más que leer su diario para encontrarla en cómo vivió la atracción fatal por la belleza jovencísima de los muchachos de entre catorce y quince años de edad, en el crucial momento en que nacen en ellos los deseos y los apetitos carnales.”

La condición sexual de los componentes del grupo, que debieron ocultar en la época de la revista, es un tema que sobrevuela la película permanentemente, aunque Monleón aclaraba a El Plural que sus claves poéticas “no pueden leerse solo desde esa perspectiva, más allá de la sensibilidad homoerótica de muchos de los poemas del grupo, exceptuando los de Mario López, que comparte con ellos antes una amistad que una estética”. Sin duda, sus diferencias respecto a sus contemporáneos traspasaron la poesía. En sus vidas, también fueron unos ‘outsiders’: “no coincidieron perfectamente con su tiempo ni se adecuaron a sus pretensiones. En este sentido fueron inactuales, pero justamente por esta razón, a través de este desvío y este anacronismo, fueron capaces, más que el resto, de percibir y aferrar su tiempo”, explica el director de ‘Cántico’.

Cine hecho de poesía y autobiografía
“En ‘Cántico’, quería que la poesía fuera la verdadera protagonista de la película. Su forma documental me ha permitido esta osadía.” A diferencia de ‘El cónsul de Sodoma’, donde la importancia del personaje Gil de Biedma se imponía a la de su obra, en este film Sigfrid Monleón se ha planteado el reto de poner en imágenes multitud de poemas del grupo, obteniendo instantes de gran fuerza cinematográfica. “Con la rotulación de los versos y las imágenes he intentado aprehender las sensaciones plásticas y rítmicas de la poesía, huyendo de toda ilustración. Es una película para ser leída y oída tanto como vista”, defiende el cineasta.
 

Y TAMBIÉN...
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El último verso de Cántico.

El escritor cordobés Pablo García Baena, premio Príncipe de Asturias de las Letras y Federico García Lorca de Poesía, fallece a los 96 años de una enfermedad respiratoria.
Á. Alba / A. Calero | Diario de Sevilla, 2018-01-15
https://www.diariodesevilla.es/ocio/ultimo-verso-Cantico_0_1209479137.html

2015/10/31

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | JAIME GIL DE BIEDMA: "MANTENER MI ENFERMEDAD EN SECRETO ME PARECE CADA VEZ MÁS DIFÍCIL"

Jaime se autorretrata en 1956, en Nava de la Asunción //

«Mantener mi enfermedad en secreto me parece cada vez más difícil»

Víctor Fernández | La Razón, 2015-10-31

https://www.larazon.es/cultura/mantener-mi-enfermedad-en-secreto-me-parece-cada-vez-mas-dificil-OJ11090907/ 

Se publican los diarios inéditos de Jaime Gil de Biedma, textos en los que el poeta habla sin tapujos de la creación de su obra literaria y del tratamiento que para tratar el sida, la enfermedad que acabó con su vida.

Procedente de Barcelona, el 21 de octubre de 1985, un enfermo del hospital Claude Bernard de París, ingresado primero bajo el nombre falso de Jaime Costos Sánchez y luego simplemente como «monsieur X», comenzó a escribir un diario. Era una manera de dejar constancia del tratamiento que iba a recibir después de que ese verano le fuera diagnosticado un sarcoma de Kaposi, primer síntoma del sida, por entonces una enfermedad poco conocida y con esacaso tratamiento médico. El paciente estaba expectante porque, «formado en la época de la penicilina como panacea universal, inevitablemente concibo el tratamiento experimental y precario que estoy siguiendo como una incógnita a despejar en pocas semanas: o me muero o sobrevivo, pero de una vez». A ello se le sumaba otro problema, el de «la tensión nerviosa de aguantar constantemente el tipo, de hacer frente a los rumores durante meses y meses, esa tensión de la que me sentí tan aliviado al ingresar aquí. Mantener mi enfermedad en secreto, salvo para unos pocos íntimos, me parece cada vez más difícil. En lo uno y en lo otro, si salgo adelante, será por el canto de un duro».

Jaime Costos Sánchez era el seudónimo de Jaime Gil de Biedma y estos fragmentos están extraídos de uno de los libros más esperados de la temporada, una obra que ha sido objeto de especulaciones y todo tipo de rumores desde que su autor murió. El próximo 5 de noviembre llegará a las librerías «Diarios 1956-1985», un volumen preparado con gran rigor por Andreu Jaume, estudioso del poeta barcelonés, y publicado por Lumen. Se recogen por primera vez, junto con el ya conocido «Retrato del artista de 1956», una serie de dietarios inéditos que nos recuperan lo mejor de la voz de un autor básico para comprender la literatura española de la segunda mitad del siglo XX. Procedentes del archivo de Gil de Biedma, guardado por la agente literaria Carmen Balcells, son otros materiales que forman esta obra: un extenso dietario que abarca entre 1959 y 1965, una de las etapas más sólidas creativamente del autor de «Las personas del verbo»; otro redactado en 1978, cuando trata de volver a escribir y, finalmente, el ya citado de 1985. Todo ello forma un ciclo autobiográfico de primer orden.

Una de las particularidades de la obra es que nos permite conocer el taller de escritura del poeta. Las páginas redactadas entre 1959 y 1965 nos ayudan a entender su manera de trabajar, el esfuerzo del poeta. Por ejemplo, el 19 de noviembre de 1963 comenzó a trabajar en el poema «Apología y petición»: «En mi proyecto de sextina, que cada vez me tienta más, aunque no sé si por razones extrapoéticas –i. e., la de hacer un tour de force que deje con un palmo de narices a los aficionados y a los críticos para quienes el tipo de poesía que yo hago constituye un síntoma evidente de incapacidad formal o de completa despreocupación».

En este sentido, también merece la pena destacar los momentos en los que habla de la elaboración de su ensayo «Cántico. El mundo y la poesía de Jorge Guillén», aunque el resultado final no fuera muy del agrado del autor de la Generación del 27.

También nos encontramos con un Gil de Biedma que habla sin tapujos de su homosexualidad, de sus relaciones con Luis Marquesán o Josep Madern. Este último, muerto también por sida en 1994, aparece reiteradamente en las páginas del diario de 1978, que se inicia con una bronca entre los dos amantes el día de fin de año en Ultramort, la finca ampurdanesa de Gil de Biedma. «Josep y yo, cada cual por su lado y los dos juntos, hemos sido envidiablemente felices. Quizá yo más que él, porque a las once de Nochevieja, cargado de whiskis y de sueño atrasado, y probablemente colapsado por un porro que no debí fumar, huí a la cama, dejándole con un palmo de narices, veinticuatro uvas y dos botellas sin abrir. Pero si sabe cabrearse bien –y es una cualidad suya que me gusta–, también sabe deponer luego las armas con gracia, en el justo momento. Ayer a mediodía, cuando sentados al sol nos bebimos la botella de champagne –sin uvas porque no las pedía ya la hora–, otra vez éramos la primera pareja reinante en la mejor de las Sodomas posibles».

El renacer de Barcelona
Tampoco falta el compromiso político y social de un poeta que nunca permaneció mudo ante la realidad de su país. Resultan especialmente conmovedores los pasajes en los que Gil de Biedma habla del renacer de Barcelona en los primeros meses tras la desaparición de Franco. La reflexión le surge mientras pasea por las calles de los viejos barrios de la capital catalana. En su dietario anota que «de todos los beneficios del cambio en nuestro país –tras la defunción del ya remoto Invicto– ninguno tan inmediatamente palpable, emocionalmente y personalmente remunerador como la recuperación de los barrios populares por sus gentes. Nada nos hace realizar de una manera tan incomparablemente directa la felicidad de la muerte de la dictadura».

Es un poeta desesperado por vivir la vida al máximo, beberse hasta la última gota de la noche en encuentros que son muchas veces una celebración de la amistad. Porque los amigos no le fallan y, por eso, en los diarios no pueden faltar nombres como los de Carlos Barral, Gabriel Ferrater, José Agustín Goytisolo o Juan Marsé.

Podemos también conocer de primera mano sus impresiones hacia todo tipo de lecturas, desde Cernuda a Nabokov: «He empezado a leer “Lolita”, un libro sobre el que me gustaría escribir. Divertido y nada casual parentesco entre Humbert Humbert y Alfred J. Prufock (...). El personaje, en realidad, deambula por buena parte de la literatura tardía en tradición simbolista. Es el equivalente de Charlot en la clase media educada y ex acomodada». Interesante son sus impresiones sobre Mario Vargas Llosa: «Los Vargas –él y ella, ligeramente mayor que su marido– son personas muy simpáticas, con esa especial fineza de los peruanos, un sí es no es dieciochesca».

2008/05/04

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | PASOS DE BAILE

Pasos de baile.
Andrés Trapiello | El País, 2008-05-04

https://elpais.com/diario/2008/04/05/babelia/1207351030_850215.html 

Acaba de publicarse completo un libro excepcional; y aparece, también del mismo autor, continuación de aquél, otro aún más extraordinario y apasionante, enteramente inédito. Los dos son libros extensos, lo cual les beneficia. El primero se publicó expurgado por primera vez en 1958 con el título de ‘En España con Federico García Lorca’; el segundo lleva el de ‘Madrid sufre (Diarios de guerra en el Madrid republicano)’. Recoge aquél su relación con mucha gente, pero sobre todo con el poeta García Lorca, del que el autor llegó a ser amigo íntimo. En cuanto a ‘Madrid sufre’, avancemos que se trata, en mi modesta opinión, de uno de los libros más subyugantes referidos a la Guerra Civil española y, desde luego, un documento único que habrá de convertirse a partir de ahora en imprescindible para conocer la vida, las intrigas, calamidades y miserias políticas, militares y diplomáticas de la guerra en Madrid. Ambos libros tienen la forma de un diario, pero no es en absoluto exagerado asegurar que se leen, sobre todo el segundo, como la mejor novela que se haya uno tropezado de ese momento y de esta ciudad. Estos dos libros, el ya publicado y el inédito, los escribió el chileno Carlos Morla Lynch.

Morla, músico de vocación, había nacido en París en 1885 y era diplomático de carrera. Cuando en 1928 le llegó la orden de trasladarse desde la embajada de París como consejero a la de Madrid, tenía cuarenta y tres años y atravesaba por un momento especialmente dramático: después de haber perdido una hija hacía nueve años en condiciones dramáticas, perdía otra no menos dramáticamente. Será difícil saber si fue la muerte de esas hijas la que rompió su matrimonio con ‘Bebé’ Vicuña o si, por el contrario, ese quebranto venía de atrás. En todo caso, Morla y Bebé nunca volvieron a compartir dormitorio aunque jamás dejaron de vivir bien avenidos bajo el mismo techo. Cabe sospechar también que en el distanciamiento de la pareja influyera el entusiasmo manifiesto que despertaba en Morla la camaradería viril con cuantos jóvenes limpiabotas, ‘barmans’ y maletillas salían a su encuentro por la Plaza Mayor y la Puerta del Sol y, sin duda, su repertoriado visiteo a tascas, bares y coctelerías. En cualquier caso, la afición a los guapos garzones le franqueó las puertas del muy clandestino club del que eran socios Lorca, Cernuda y otros artistas del 27.

Morla era consciente de que su carrera diplomática le había puesto al lado de gentes singulares y en ambientes interesantes, exclusivos, pintorescos. Supo también que tenía un puesto de privilegio: en realidad, la diplomacia, en tiempos de paz, suele acabar en cotilleo de altura, con sus claves, sus mensajes cifrados y sus cortesanas comedias de juguete, discretas o sobreactuadas. Lo que Morla no podía sospechar es que en su vida se iba a cruzar la España de la República y de la guerra, la gran tragedia.

En París, ciudad por antonomasia de los minués, Morla y Bebé habían tenido ya durante ocho años uno de esos refinados salones tan corrientes allí. Adoraban esa ciudad. Fueron amigos de Cocteau, de Milhaud y de otros componentes del Grupo de los Seis, participaban en la vida artística, asistían a los estrenos de Falla, de Stravinski, de los ballets rusos, iban a los ‘vernissages’ de Picasso y de Foujita, y su traslado les disgustó profundamente. Sin embargo, la llegada al poblachón manchego cambió sus vidas. Al poco tiempo de estar aquí cayó en manos de Morla un ejemplar del ‘Romancero gitano’, y fascinado por esa poesía le entraron unos vehementes deseos, irrefrenables, de conocer a Lorca. Morla era impulsivo. Era también sentimental, extrovertido y frívolo, sensible y culto, alguien a quien no le avergonzaba llorar en público o hacerse perdonar con unas flores, con unos chocolates o unos cigarrillos. Desde el primer momento Lorca y él congeniaron. Tanto, que Lorca les dedicaría a los Morla algunos de sus poemas y, poco después, ‘Poeta en Nueva York’. No sabemos exactamente la razón por la que hombres tan disparejos intimaron hasta ese punto. ¿El amor a los bellos, como Sócrates? Puede ser. El diario de Morla no lo aclara, porque no es un diario íntimo. No habla nunca de su intimidad más que dando rodeos. Pasean Lorca y él un día por los jardines de la Magdalena, en Santander, y Morla escribe: "Confidencias. Qué a gusto me siento con él, unidos ambos en 'la verdad' del paisaje (...), confiándonos 'la verdad' de lo que sentimos, 'la verdad' de lo que pensamos...". Pero lo cierto es que de esa "verdad" no cuenta nada. Nos ha dejado constancia, desde luego, de la admiración absoluta, a veces un tanto ingenua, que siente por alguien a quien considera un genio, tan seductor como insondable. Y Lorca, ¿qué vio en Morla? Un hombre bueno y discreto con las "verdades" y alguien que ponía a su disposición un salón donde poder brillar: "Federico", nos dirá Morla, "es en general ‘actor’ y raras veces ‘público’". En muy poco tiempo, y animado por Lorca, el salón de los Morla y sus "tés intelectuales" se hacen célebres. Por ellos, y por sus diarios, desfilan Salinas, Guillén, Alberti, Neruda, Azaña, D'Ors, María de Maeztu, Fernando de los Ríos, Victoria Ocampo, Ortega, Huidobro, Neruda, Martínez Nadal, Gabriela Mistral, Rubinstein, Cernuda, Montes, Mourlane y cien más... Y aunque los diplomáticos tengan un poco alma de entomólogos y acaben clavando a "sus" celebridades en su carnet de baile como si fueran exóticas mariposas, Morla se esfuerza por descubrir en cada uno de esos amigos, conocidos o saludados su "verdad", lanzándose al ruedo ibérico, tan noble como esperpéntico. Y si Lorca y sus amigos van a su casa un día sí y otro también, ellos, en justa correspondencia, le circularán por camerinos, zambras y burladeros y, en algunos casos, alcobas, como Cernuda, quien le hará celestino de unos celos rabiosos. La vida social ha sido siempre, como se sabe, una simbiosis sofisticada: ‘do ut des’. Y Morla cumple: "El mundo está bien hecho", podemos pensar leyendo ese primer diario suyo de un ambiente como el lorquista, con frecuencia un poco pitirifláutico y pueril. Si por fuera la República se deshace en desórdenes, asesinatos y luchas políticas, en casa de los Morla las guitarras suenan a violines y hasta los intelectuales, mundanos, bohemios y de izquierda, aman el esmoquin y la etiqueta. Es divertido asistir hoy a la vida jaranera de personajes que se han hecho tan célebres, y oír a Lorca declararse "del partido de los pobres" mientras flirtea cada noche con la misma encopetada y reaccionaria aristocracia que combatiría con saña dos o tres años después todo lo que él había representado.

Pasados los años, Morla publicó ‘En España con Federico García Lorca’, que sorteó la censura franquista sin problemas, quizá porque lo presentaba despojado de algunos fragmentos ahora restituidos (aunque, incomprensiblemente, no todos). De ‘Madrid sufre’, su continuación, se han suprimido también por desgracia otros pasajes, no sabemos cuáles, ni las razones, pero incluso esto no nos impide afirmar que, tal como se nos da a conocer ahora este diario, jamás habría podido publicarse entonces. Lo habrían impedido en primer lugar muchos de los influyentes personajes que salen en él, y desde luego el Régimen no lo habría tolerado. Claro que de haber triunfado el Frente Popular, tampoco.

De pocos libros se podrá decir que sea como éste un espejo paseado a lo largo del camino. Una revolución es siempre un gran argumento, y Morla lo repetirá a menudo: no acaba de creerse que todo esté sucediendo "para" él, para que él lo cuente. Creeríamos incluso que lo vive desde fuera: "El ambiente es el de la revolución rusa cuando se refleja en el cine", observará como un futurista. Es además un privilegiado, a salvo de unos y de otros y con plena libertad de movimiento. Mientras los demás luchan por conservar sus vidas, atacando o defendiendo, Morla entra, sale, mira, habla, parlamenta, y lo anota todo en un cuaderno que guarda bajo llave: de caer en manos indiscretas le pondría en el mayor aprieto con todo el mundo, con sus colegas diplomáticos en primer lugar, y desde luego con "los blancos" y con "los rojos".

Al estallar la guerra las embajadas de Madrid empiezan a recibir a gentes que, copadas en la ciudad, tratan de ponerse a salvo. La de Chile, la principal en esa labor, llega a acoger a dos mil asilados de los ocho mil quinientos repartidos entre las treinta legaciones restantes, una avalancha humana despavorida por los "paseos" y las cárceles. Imaginemos sólo aspectos prácticos: víveres, higiene, convivencia en aquel pandemonio... Después de la corte y sus fastos, la checa y sus miserias. La desdicha, lo decía Tolstói, es, literariamente hablando, mucho más fotogénica que la felicidad. El parecido con la novela de Foxá, sin embargo, no va más allá de ese título, superándola en mucho. Para empezar, Morla es un liberal de izquierdas, alguien que aspira a la neutralidad y a la ecuanimidad. Su profesión de diplomático es intentar ser ambas cosas; su finura moral le ayuda a ser compasivo y su decencia a ponerse siempre del lado del más débil.

Entró entonces su vida en una vorágine, como la de todas las personas de aquel drama. Pronto el viejo palacio de la calle del Prado donde se encontraba la embajada se angostó lo indecible. El propio Morla llega a asilar en su domicilio a cincuenta y tres personas. Cada uno de estos seres arrastra una tragedia de dimensiones homéricas, y todos sienten la necesidad de contarla. Hay entre ellos, naturalmente, aristócratas de tronío (alguno de los retratos que hace Morla, el de la duquesa de Peñaranda, por ejemplo, gitana y sinvergüenza, son magistrales), generales conocidos, políticos, prófugos, mujeres, ancianos, jóvenes, curas, monjas y escritores como Ros, Alfaro o un Sánchez Mazas tremulento a quien el miedo no impidió, en todo caso, escribir en la embajada su mejor novela, ‘Rosa Krüger’... Morla escucha, anota y sobre todo trabaja de forma incansable, 16 horas diarias, para salvar esas vidas, sorteando balas y delaciones. La versallesca misión del diplomático se declara ahora, no obstante, muy seria y crucial. No toma en consideración las ideas de aquellos que le piden socorro, contrarias casi siempre a las suyas. Desprecia incluso sus comportamientos mezquinos y egoístas, al comprobar su ingratitud o su doblez. Todo lo que sucede, además, sucede al mismo tiempo: los crímenes, los combates en el frente de la ciudad sitiada, las iniquidades, el miedo, la alegría y la esperanza en la victoria, la exaltación, la cobardía, las intrigas diplomáticas, los espías... Por otro lado, y en medio del paroxismo, los asilados acaban viviendo en sus tediosos y aterrados encierros un simulacro de normalidad, con su bacará y sus bailes, las fugas y la angustia... Diríamos que con ese argumento el diario se va escribiendo solo, como una prodigiosa y envolvente sinfonía. Ni siquiera necesita ser especialmente brillante ni tener un gran estilo.

Consciente de la magnitud de la epopeya, Morla trata de buscar un justo medio, no siempre fácil. Ante unos cadáveres vistos en la calle dirá, asombrándose de sí mismo: "Más atroz pensado que visto. Uno se acostumbra a todo". Pero no, tampoco Morla se acostumbró a todo, porque cada día le trae sorpresas colosales, políticas, diplomáticas, bélicas, personales incluso (por entonces conoció a Ojazos, otro de sus compañeros de errabundaje por el tipismo madrileño). A lo largo de setecientas páginas, que no se pueden dejar de leer, nos desmenuzará tan pintorescas como significativas y valiosas informaciones que no aparecen en ninguna parte. No, desde luego en los libros de historia (ni en el básico ‘Asilos y canjes durante la Guerra Civil’, de Javier Rubio, ni el bilioso, valioso e inaceptable ‘Diplomático en el Madrid rojo’, de Schlayer, ni en los ‘Informes diplomáticos’ del propio Morla ni en el tremebundo ‘Checas de Madrid’ de Borrás, ni mucho menos en las tediosas memorias del efímero embajador de Chile, un sujeto infatuado que huyó de la embajada a los ocho meses dejándole a Morla al frente y a quien Franco premió su servilismo con una calle) ni en las novelas de otros literatos (no desde luego en el almibarado ‘Meses de esperanza y lentejas’, de Samuel Ros, ni en la sesgada de Fernández Flórez, ‘Una isla en el Mar Rojo’). La melodía principal de esta danza de la muerte escrita por Morla no puede ser otra que la vida de los asilados, las gestiones diplomáticas y el miedo en todo momento a ser asaltados por cenetistas de ‘Castilla Libre’ o agentes del temible SIM o forajidos incontrolados. ¿Y el bajo continuo? Sus borneos en un Madrid hambriento y masacrado por la aviación fascista tanto como por los "paseos", las sediciones y el terror; los teatros, cines y corridas de toros que ni la guerra ha interrumpido; sus parrafadas con chicos guapos y desconocidos tropezados en las tabernas; las visitas a Pastora Imperio; los refugios, los espías, las chinches; otra vez el hambre ("desde que hay revolución y que se come poco, advierto que la gente está más gorda"); las zancadillas de los colegas; sus despachos con Álvarez del Vayo, Miaja o Besteiro (de quien Morla se mostrará entusiasta partidario hasta el final); la preocupación acuciante para buscar víveres tanto como, a veces, algunos precarios festines; la visión fugaz de un Neruda, cónsul de Chile, que sale huyendo de Madrid, muerto de miedo, o la visita a unos Alberti a quienes busca en su casa de Velázquez 57 para ofrecerles asilo en marzo de 1939 ("¡qué van a querer que termine la guerra! Alberti vive ahora en una casa preciosa, moderna, elegante, con una terraza magnífica (...) Hay quienes no tenían nada, y ahora tienen casas, coches, medios. Con la victoria de Franco lo pierden todo"). Sin duda no le perdonaba que hubiera escrito hacía poco "un verso asqueroso refiriéndose al enemigo. Dice así: ‘hijos de hombre con hombre’"... Y, pese a todo, quiere ampararlos...

La victoria de Franco vació la embajada de Chile de unos asilados... para llenarla de otros. Pudo Morla entonces acoger o preparar la acogida de diecisiete republicanos (algunos, como Miguel Hernández, rechazaron el asilo). La historia se repetía, al revés. Contradanza. Rigodón. La embajada los defendió de la ferocidad falangista, durante año y medio, como había defendido a los falangistas de los frentepopulistas. ¿Qué consiguió con ello Morla? Desde luego no una calle...

Sumados los dos libros nos dan más de mil quinientas páginas y once años, acaso los más traumáticos en la vida española desde la expulsión de los moriscos. El propio Morla, que ha sobrellevado esa epopeya con Bebé (personaje tan fundamental en esta segunda parte como insignificante fue en la primera), no acaba de creerse que todo "eso" les haya sucedido a ellos, y que hayan sobrevivido. "Ya lo creo que se podría escribir un libro único", suspirará. Probablemente no sabía que ya lo estaba escribiendo él, un libro al que será difícil que supere ni el sesudo cronicón histórico ni la a menudo alocada novelería. Con una realidad como la que Morla ha rescatado de "los hunos y los hotros", probablemente saldría sobrando cualquier otra novela, porque la suya ha sido escrita ya... y sin un átomo de ficción.

Carlos Morla Lynch. ‘En España con Federico García Lorca (Páginas de un diario íntimo, 1928-1936)’. Prólogo de Sergio Macías Brevis. Renacimiento. Sevilla, 2008. 650 páginas. 33 euros. ‘Madrid sufre (Diarios de guerra en el Madrid republicano)’. Renacimiento. Sevilla, 2008. 840 páginas. 35 euros. Se publicará en mayo.

2002/03/19

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | LUIS CERNUDA EN UNA CONSTELACIÓN EVIDENTE Y BENÉFICA

Una constelación evidente y benéfica.
Luis Cernuda encontró en su vida solitaria la fuerza para crecer como hombre y desarrollar su obra literaria.
Santiago Belausteguigoitia | El País, 2002-03-19
https://elpais.com/diario/2002/03/20/andalucia/1016580159_850215.html 

Luis Cernuda (Sevilla, 1902 - México, 1963) antepuso siempre el ser al tener. Intratable, exquisito, solitario, malvado, digno, arisco, insobornable, aburrido, testarudo, soñador, susceptible, elegante, ensimismado... Al escritor sevillano se le han aplicado los adjetivos más opuestos porque la vida de un hombre siempre rompe las costuras que tratan de clasificarla. Cada hombre es un enigma. Con la urdimbre de una vida en apariencia anodina se puede escribir una gran novela. Y esto es todavía más acusado con la vida de un hombre tan especial como Cernuda.

La soledad es la clave de todo. Cernuda fue una de esas personas para las que la soledad es un reino propicio. 'Entre los otros y tú, entre el amor y tú, entre la vida y tú, está la soledad. Mas esa soledad, que de todo te separa, no te apena. ¿Por qué habría de apenarte? Cuenta hecha con todo, con la tierra, con la tradición, con los hombres, a ninguno debes tanto como a la soledad. Poco o mucho, lo que tú seas, a ella se lo debes', escribe Cernuda en ‘Ocnos’. Y añade: '(...) la constelación de la soledad, invisible para tantos, evidente y benéfica para algunos, entre los cuales has tenido la suerte de contarte'.

Hijo de un comandante, Cernuda se crió en un hogar donde reinaba la disciplina más agria. Los aires castrenses que respiraba su padre en el cuartel llenaban la casa de tristeza. El poema ‘La familia’ da rienda suelta a sus evocaciones. '¿Recuerdas tú, recuerdas aún la escena / a que día tras día asististe paciente / en la niñez, remota como sueño al alba? / El silencio pesado, las cortinas caídas, / el círculo de luz sobre el mantel, solemne / como paño de altar, y alrededor sentado / aquel concilio familiar, que tantos ya cantaron, / bien que tú, de entraña dura, aún no lo has hecho. // Era la cabecera el padre adusto, / la madre caprichosa estaba en frente, / con la hermana mayor imposible y desdichada, / y la menor más dulce, quizá no más dichosa, / el hogar contigo mismo componiendo, / la casa familiar, el nido de los hombres, / inconsistente y rígido, tal vidrio / que todos quiebran, pero nadie dobla', escribe el poeta.

Un rato de olvido
A continuación, Cernuda confiesa que sus padres lo 'hicieron / en un rato de olvido indiferente, / repitiendo tan sólo un gesto transmitido / por otros y copiado sin una urgencia propia, / cuya intención y alcance no pensaban'. Sus padres le dieron la vida 'y con ella la muerte de dura compañera'. Pero hubo algo que no le dieron: '(...) y eso eres: / fuerza de soledad, en ti pensarte vivo, / ganando tu verdad con tus errores'.

Frente a una descripción demoledora de la institución familiar, Cernuda opone la soledad, ese territorio donde se mueve con su propio código, que tan poco tiene que ver con la moral dominante. Su homosexualidad encontró en Sevilla un ambiente hostil que le empujó aún más hacia la soledad. Sin embargo, con el tiempo, adoptó una actitud de sinceridad desafiante y llevó con orgullo su diferencia.

Es más, Cernuda siempre despreció a los homosexuales que intentaban ocultar su condición. En ‘Ocnos’ recuerda la impresión que le produjeron en la infancia 'unos seres misteriosos a quienes llamaban 'los maricas'. 'Iban vestidos con blanca chaqueta almidonada, ceñido pantalón negro de alpaca, zapatos rechinantes como el cantar de un grillo, y en la cabeza una gorrilla ladeada, que dejaba escapar algún rizo negro o rubio. Se contoneaban con gracia felina, ufanos de algo que sólo ellos conocían, pareciendo guardarlo secreto, aunque el placer que en ese secreto hallaban desbordaba a pesar de ellos sobre las gentes', señala Cernuda. Ser diferente, apunta el escritor, puede ser también motivo de orgullo. Y estos homosexuales de su infancia tenían 'dignidad de alto personaje en destierro' y miraban con 'desprecio' a los curiosos.

Luis Antonio de Villena
hace en ‘Biografía del fracaso’ un retrato ajustado del poeta. 'Casi todas las personas que conocieron a Luis Cernuda y que me hablaron de él -ante mi habitual requisitoria- solían coincidir en lo mismo: Luis era un carácter difícil, un hombre extraño, antipático, frecuentemente intratable. Alguien, incluso, llegó a apuntar que 'no era buena persona', escribe Villena. 'Pero siempre que yo oía sus rarezas y su intratabilidad, pensaba: este hombre debió sufrir mucho y sufrir de verdad', matiza Villena.

En la Universidad de Sevilla Cernuda conoció al poeta Pedro Salinas. Catedrático de Lengua y Literatura, Salinas ejerció de mentor ante aquel joven sensible. Le abrió caminos y le aconsejó determinadas lecturas. Cernuda se adentró en los clásicos, en la obra de Baudelaire, Rimbaud... Y descubrió a Gide, que le reconcilió con su homosexualidad.

En 1927, Cernuda publicó ‘Perfil del aire’. La crítica arremetió contra él y le acusó de plagiar a Jorge Guillén. El carácter huraño del poeta se agudizó ante los ataques. Pero quizás Cernuda tenía más razón de lo que muchos admiten. Su susceptibilidad estaba parcialmente justificada. Una carta de Pedro Salinas a Jorge Guillén, fechada a comienzos de 1927, muestra cómo a este último no le agradó demasiado que Cernuda publicara su libro. Salinas habla en la carta de 'la cuestión Cernuda'.

'Porque es imposible ya evitar la salida de ‘Perfil del aire’ y eso a ti te contraria un poco, por lo que veo. Es imposible evitarlo por razones materiales, esto es que ya está entregado y anunciado y Cernuda con una ilusión obsesiva por verlo hecho, y por razones psicológicas, éstas son la reserva de Cernuda, su testarudez, lo difícil que sería cualquier insinuación dilatoria por mi parte. Y yo estoy verdaderamente desesperado porque me considero el culpable de todo. Si Cernuda hace versos es casi por mi influencia, si te leyó a ti y se entusiasmó con tu lenguaje fue por mí, y si ha publicado en alguna parte por mí ha sido también. Y yo, hacedor inconsciente, estaba formando una criatura poética a tu semejanza literaria, y que hoy te molestes con el anuncio de su libro', le escribe Salinas a Guillén.

'Ese librito'
'Comprenderás mi disgusto. Aunque por otra parte no tienes razón alguna para desear con fuerza que no salga ese librito. Tú sabes, y no soy yo quien te lo va a decir, la distancia que va en extensión e intensidad, de tu poesía a la de Cernuda. Y todo el mundo sabe quién eres tú, qué edad poética tienes, y cuál es tu familia lírica. Es decir, el librito de Cernuda es casi un éxito tuyo, una conquista antes de salir a la batalla', escribe Salinas a Guillén. La cita es larga, pero merece ser transcrita por su elocuencia. Guillén, como prometedor hombre de letras consciente del alto papel que debe ejercer en el mundillo poético, se enojó por el hecho de que el joven Cernuda osara publicar su poesía antes que él. Guillén publicó la primera edición de ‘Cántico’ en 1928.

Debía de ser tan grande la irritación de Guillén por el atrevimiento de Cernuda que Salinas ironiza con la posibilidad de matarlo. 'Desde luego tu nombre irá en el libro: Cernuda piensa dedicarme a mí el librito, y la última poesía a ti. Ésa es su intención: yo he insistido un poco por que se cambiaran los términos para dar más importancia a tu nombre, pero no puede ser. No habrá, claro es, más dedicatorias en el libro. Eso ya es una señal de conocimiento y reconocimiento, prenda de aprendizaje en tu escuela, ¿no? Pero si tu contrariedad persiste, yo, culpable de todo, estoy dispuesto a matar a Cernuda y a comprar la edición íntegra de su obra póstuma para regalarla a una biblioteca pública y evitar así que se lea', escribe Salinas. Cuando Cernuda hablaba de incomprensión y hostilidad a su persona hay que reconocer que, como mínimo, tenía un poco de razón.

Una historia amorosa
Cernuda abandonó Sevilla en 1928 tras la muerte de su madre. Tras dar clases en Toulouse se afincó en Madrid. Allí vivió una de sus historias de amor más intensas. Serafín Ferro era un muchacho gallego tan guapo como pobre. Cernuda lo conoció a través de Federico García Lorca en 1931. El joven estaba hambriento y se acercó a Lorca en una taberna pidiéndole ayuda. Lorca le invitó a un pepito de ternera.

Ferro se ofreció al hombre de éxito que era Lorca y el poeta granadino lo rechazó. Lorca presentó al joven menesteroso a Vicente Aleixandre. A éste no le agradaban las relaciones sentimentales que tuvieran un componente venal. Finalmente, Lorca redactó un billetito de presentación para Cernuda. El poeta se enamoró de Ferro, que se fue a vivir con él. Con todo, al joven le gustaban las mujeres, lo que ocasionó crisis de celos. De la ruptura surgió el libro ‘Donde habite el olvido’ (1934).

Según avanzaba el periodo de la II República Cernuda se introdujo en los círculos revolucionarios hasta decantarse en su apoyo. Salinas le describe así en una carta a Guillén fechada el 19 de marzo de 1936. 'Mucho me temo que Federico [García Lorca] en su carrera de noble emulación con Rafael [Alberti] caiga también en el garlito 'social'. Ya parece que ha escrito un drama comunistísimo para no dejarse pisar. Como detalle pintoresco te diré que en la manifestación de hace quince días se leía un gran letrero que rezaba así: 'Los escritores revolucionarios españoles'. Lo llevaban de un extremo Rafael Alberti, de otro Luis Cernuda y ‘seguían’ Manolo Altolaguirre, sin duda en calidad de masa. A todos ellos les tiene trastornados lo que ellos denominan lo social', escribe Salinas.

En efecto, Cernuda colaboró en la revista ‘Octubre’, fundada por Alberti, y aportó poemas de corte político en una línea revolucionaria. Su apoyo a la II República en la guerra civil no tuvo fisuras. Incluso, ya en el exilio, confesó a varias personas que nunca volvería a una España gobernada por Franco. Cernuda llega a contraponer en un poema la España franquista con la de Benito Pérez Galdós. 'La real para ti no es esa España obscena y deprimente / en la que regentea hoy la canalla, / sino esta España viva y siempre noble / que Galdós en sus libros ha creado. / De aquélla nos consuela y cura ésta'.

Cernuda se dirigió al Reino Unido en febrero de 1938. El poeta impartió clases en Glasgow y Cambridge. Fue una etapa dura en su vida de la que surgió el poemario ‘Las nubes’ (1940) y la espléndida prosa de 'Ocnos' (1941). Cernuda regresa a Sevilla con su imaginación en ‘Ocnos’. Es un retorno a la infancia, al escenario mítico en que descubrió el mundo y su belleza. Como muestra de ese sentimiento ambivalente hacia su ciudad natal Cernuda nunca nombra a Sevilla en ‘Ocnos’.

'Y nunca echó de menos Sevilla (una ciudad que dijo aborrecer); echó de menos -otra cosa es- su juventud. Ese reino de la infancia que nos han enseñado a fabricar. Si ‘Ocnos’ son bellísimas prosas líricas, que añoran un tiempo perdido -centrado en Sevilla- no hay que olvidar que ese libro se escribió en Glasgow, que era exactamente lo opuesto a su sueño edénico, y por un solitario desesperado', recuerda Villena en su libro.

En 1945, dejó Cambridge para vivir en Londres, donde residió dos años. Cernuda vivió allí una intensa relación con Felicidad Blanc, la esposa del poeta franquista Leopoldo Panero. Blanc evoca esta relación en su libro de memorias ‘Espejo de sombras’. Cernuda era el solitario de siempre. El pintor Gregorio Prieto, con el que compartía un estudio, le habló a Felicidad Blanc de la soledad de Cernuda. El pintor le contó que 'Luis, siempre en Navidad, dice estar invitado a alguna casa de amigos, y luego [Gregorio Prieto] descubre que no es verdad, que ha pasado esas fechas solo'.

Cernuda y Blanc entablaron una intensa relación. La mujer de Panero compartió con el poeta sevillano el recuerdo de su hermano muerto en la guerra civil. 'Le digo: 'Gracias por haberme escuchado: hacía tantos años que no hablaba de mí'. Nos miramos intensamente, juntamos nuestras manos como dos personas que ya desde [hacía] mucho tiempo sabíamos que nos encontraríamos', escribe Blanc.

'Salíamos siempre con el niño (Juan Luis, el hijo de Felicidad Blanc y Leopoldo Panero), y hablábamos durante horas enteras de tantas cosas como habíamos callado. Pero nunca de nuestro amor, como si la presencia de Juan Luis hiciera imposible hablar de ello', relata Blanc. El recuerdo de sus conversaciones y paseos con Cernuda llenará parte de la vida de esta mujer. Los vínculos sentimentales no saben de leyes ni de reglas. Hay tantas historias de amor como personas. La relación entre Cernuda y Blanc fue un episodio que añade complejidad y riqueza a la vida del poeta.

Llegada a EE UU
En 1947, Cernuda marchó a dar clases a Mount Holyoke (EE UU) y permaneció allí hasta 1952. En unas vacaciones de verano se enamoró en México de un muchacho. Fue otro de los episodios sentimentales de su vida de los que quedó constancia, en concreto en 'Poemas para un cuerpo' (1956). 'Sin querer has deshecho / cuanto mi vida era, / menos el centro inmóvil / del existir: la hondura / fatal e insobornable. // Muchas veces temía / en mí y deseaba / el fin de esa apariencia / que da valor al hombre / para el hombre en el mundo. // Pero si deshiciste / todo lo en mí prestado, / me das así otra vida', escribe el poeta. Cernuda reconoce las dificultades de su amor: 'Morir parece fácil, / la vida es lo difícil: / ya no sé sino usarla / en ti, con este inútil / trabajo de quererte, / que tú no necesitas'.

Una carta de Guillén a Salinas fechada el 14 de julio de 1951 da cuenta de la mala relación de aquél y Cernuda. 'Principal fricción, por fortuna, sin importancia: el sujeto Cernuda. Le encontré en casa de Emilio Prados. Y me habló con tal saña de algunos amigos comunes que, sin responderle, di por terminada mi relación con él. Hubo claramente un rompimiento silencioso. Esta vez sentí una impresión que no era de antipatía. Cernuda -o 'Cernida', como dice Moreno Villa, don José- no me es antipático; me repugna', escribe Guillén a su amigo. La carta presenta a Cernuda con esos tintes negativos que se le suelen atribuir, pero tampoco hay que olvidar que no fue nunca santo de la devoción de Guillén.

Cernuda murió en México en 1963. Murió solo. Estaba en ese reino -la soledad- que siempre lo acogió en su esfuerzo por ser un hombre mejor. '-Yo, dijo finalmente Albanio, poseo el deseo de no tener propiedades. Las propiedades (...) no son nuestras, sino nosotros de ellas; ellas son las poseedoras y nosotros los poseídos (...) Estáis presos por vuestras propiedades y en vuestras propiedades, y ya no sois hombres, sino objetos', escribió Cernuda en ‘Variaciones sobre tema mexicano’.

1998/12/07

DOCUMENTACIÓN | TESTIMONIOS | GLORIA Y LOS SANTOS INOCENTES

Gloria y los santos inocentes.
Vicente Molina Foix | El País, 1998-12-07

https://elpais.com/diario/1998/12/08/cultura/913071605_850215.html 

¿Es posible que un gay o una lesbiana se acerque a los niños sin tocarles ni mancharles? Mucha gente -y entre ellos muchos padres de familia- piensan que no. Dicen, dirían algunos, preguntados en las encuestas, que sí, pero profundamente piensan que no. La tentación de meter al homosexual en el saco de los pederastas psicópatas y agresivos es muy fuerte para la sociedad. ¿Hay que explicarles en la escuela a los niños, al margen de las enseñanzas de vida sexual, que numerosos artistas que están leyendo o viendo en sus libros de texto eran homosexuales, y que ese particular deseo erótico cobra a menudo relevancia en su obra? También sospecho la respuesta mayoritaria a esta pregunta, aunque tengo delante un pequeño libro ejemplar, ‘Luis Cernuda para niños’ (introducción y antología preparadas por Antonio José Domínguez), parte de una colección extensa que las Ediciones de la Torre llevan años publicando sobre poetas españoles y americanos. Después de sacar limpiamente el asunto a propósito de la auto-reconciliación que Cernuda sintió en un momento de su formación, debida en parte a la lectura de Gide, A. J. Domínguez escribe: "Para Cernuda, su homosexualidad no es sólo sinónimo de libertad, en contra de lo que afirma Octavio Paz, sino expresión de su reciedumbre y su valentía moral. Confesarse homosexual en un mundo regido por prohibiciones, normas y preceptos, desborda, en este caso, cualquier atisbo de provocación. Es una afirmación, un reto a la moral social". Del perfil biográfico no se omite la importancia que en la escritura de los impresionantes ‘Poemas para un cuerpo’ tuvo el amor por un muchacho mexicano, ni faltan en la antología algunos de los poemas más contundentes y conflictivos del poeta sevillano. Cuando entrevisté a Gloria Fuertes para ‘La edad de oro’, la serie de retratos dialogados aparecidos semanalmente en el dominical de El País y luego en forma de libro, la conversación fue sin tapujos. En su mejor poesía y en la intimidad, Gloria no los usaba. Puesto que había entre nosotros confianza hablamos de las cosas del corazón. "Sólo sé de poesía y de amor". La poeta tenía entonces 77 años. "A mi edad sigo amando, pero me freno. Ahora mismo hay alguien en mi vida". No conozco mejor obra de arte total que la ilusión amorosa de una persona vieja. Pero Gloria, como en sus grandes poemas, tenía el don de transformar la emoción en disparate, y el amor, sentimiento dislocado donde los haya, no escapaba a sus tratamientos de choque. Y así me contó, mientras yo tomaba notas a diestra y siniestra, que en cierta ocasión, al sufrir un desengaño, pensó seriamente en el suicidio. "Fui al metro decidida a matarme. Pero al ir a sacar el billete ligué, y en vez de tirarme al tren me tiré a la taquillera". Cuando me harté de reír, le pregunté: "¿Puedo contar esto, Gloria?". "No. Ahora no. Yo vivo de mis libros infantiles, y estas cosas podrían asustar a los padres, que son los que los compran". Naturalmente, respeté su deseo.

Ahora que Gloria ha muerto y sus libros (esperemos que no sólo los infantiles pervivan, pues hay mucha maravilla en su obra adulta) seguirán poniendo rima a los sueños de sus pequeños lectores, podría ser un buen momento para plantear una hipótesis. A la niña que lee en su cuarto ‘El dinosaurio y doña Flora’, al niño a quien su padre le endilga ‘La pulga Federica’ con la cucharada de los fideos, les importa un bledo con quién se va a la cama la autora de aquellos versos juguetones. El lector está en su derecho a disfrutar de la imaginación de un escritor sin tener que tragarse ni la cocina donde cuece él los productos ni sus costumbres de alcoba; del mismo modo que el artista no por el hecho de publicar ha de vender en pública subasta todo su espíritu, como temía Emily Dickinson. Pero qué dulce y reconfortante, qué prometedor de una vida óptima sería que la privacidad, que en sí misma ni mejora ni trasciende las obras de arte, tampoco fuese el territorio del forzado encubrimiento y los disimulos. En esa vida de sueño la encorbatada "mujer de verso en pecho", como gustaba de llamarse Gloria, quizá podría haber completado con naturalidad, sin recelo a los padres de los niños -y también sin por ello hacer una provocativa reivindicación sexual-, las iniciales de las "siete grandes personas amadas de mi vida" que en mi entrevista y en un poema suyo evocó. ¿Demasiado pedir o demasiado pronto? Me acuerdo de otros versos de Gloria Fuertes: "Sólo una vida es poco / para esto / de querer sin recompensa".

DOCUMENTACIÓN
Gloria Fuertes. Madrid, 1917 – Madrid, 1998.
Sonia Díaz Chacón | Gibralfaro: Revista de Creación Literaria y Humanidades, n. 64 (2009), 7

http://www.gibralfaro.uma.es/biografias/pag_1590.htm
[Consideraciones de Camilo José Cela sobre Gloria, me sirve para ligarlo con su homofobia]

1993/12/22

DOCUMENTACIÓN | TESTIMONIOS | CONMOCIÓN ENTRE LA INTELECTUALIDAD CUBANA POR LA MUERTE DE JOSÉ RODRÍGUEZ FEO

Conmoción entre los intelectuales cubanos por la muerte de José Rodríguez Feo.
Mauricio Vicent | El País, 1993-12-22

https://elpais.com/diario/1993/12/23/cultura/756601203_850215.html

El intelectual cubano José Rodríguez Feo murió el miércoles en La Habana a los 73 años tras una larga enfermedad. La muerte de Rodríguez Feo, quien era considerado como el verdadero mecenas de la cultura cubana por su apoyo a los principales poetas y escritores desde mediados de los años cuarenta, causó gran conmoción en los círculos intelectuales de La Habana. "Ha muerto el último mecenas. Con él concluye uno de los esfuerzos mayores por universalizar la cultura cubana", declaró el poeta Pablo Armando Fernández tras conocer la noticia de su muerte.

José Rodríguez Feo nació en La Habana en 1920 y estudió en la Universidad de Harvard (EE UU) donde se graduó en Literatura e Historia norteamericana. Amigo personal del escritor cubano José Lezama Lima, fundó junto a él la revista ‘Orígenes’ en 1944, uno de los proyectos literarios más ambiciosos de América Latina, que contó con las colaboraciones de Juan Ramón Jiménez, Pedro Salinas, Vicente Aleixandre, Luis Cernuda, y el escritor norteamericano Wallace Stevens, entre otras muchas figuras de la época.

1992/11/14

DOCUMENTACIÓN | TESTIMONIOS | SURREALISMO ARCÁDICO

Surrealismo arcádico.
Francisco Calvo Serraller | El País, 1992-11-14

https://elpais.com/diario/1992/11/15/cultura/721782009_850215.html 

Nacido en la localidad manchega de Valdepeñas en 1897, con el fallecimiento de Gregorio Prieto desaparece uno de los últimos y más genuinos representantes de la generación del 27, en la que poesía y pintura estaban espontáneamente hermanadas. En este sentido, la amistad de Gregorio Prieto con los poetas Lorca, Cernuda y Aleixandre fue tan poderosa y cordial que pudo superar los trágicos acontecimientos que sobrevinieron con la guerra civil, aunque ésta supusiera la muerte del primero, el exilio exterior del segundo -al que Gregorio Prieto acompañó durante su amarga estancia en el Reino Unido- y el exilio interior del tercero. Gregorio Prieto fue, en efecto, un espíritu inquieto, versátil y jovial, amante apasionado de la vida, al que muy pocas cosas eran capaces de desanimar. Vino a Madrid a comienzos del siglo que ahora termina para estudiar ingeniería, pero pronto comprendió cuál era su verdadera vocación e ingresó en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, donde realizó brillantes estudios que posteriormente continuó como becario en la Academia de Roma.

En los años veinte ya había consolidado Prieto su particular universo artístico, donde se mezclaban armoniosamente conjugados el clasicismo y la vanguardia, un poco a la manera del ‘novecentismo’ italiano, que deslumbró a su personalidad culta y refinada. Estas maneras sabias y dúctiles, de la mejor escuela, junto con sus portentosas facultades como dibujante, acabaron, no obstante, floreciendo al ponerse al servicio de una poética surreal, que él siempre interpretó de forma lírica, como ensoñaciones arcádicas pobladas de bellos marineros.

Elegante sincretismo
Heraldo precoz de la nueva visión de la vanguardia histórica, Gregorio Prieto tuvo una gran influencia durante los años veinte en la incipiente renovación plástica de nuestro país, y marcó la senda de elegante sincretismo que luego siguieron muchos pintores españoles de la llamada Escuela de París. Cuando se produjo la guerra civil, participó en el Pabellón Español de la República en la Exposición Internacional de París de 1937, donde se exhibieron también las míticas obras de Picasso, Miró, González...

Tras la guerra, no perdió el ímpetu renovador ni su juvenil afán de aventura. Así, Gregorio Prieto continuó viajando por todo el mundo y participó en la creación del postismo con Eduardo Chicharro, un movimiento en el que de nuevo poesía y pintura se daban la mano. A partir de entonces se produjo un redescubrimiento del paisaje natal de La Mancha, que trató con especial amor y del que quedaron como más conocido testimonio una emblemática serie de los característicos molinos de viento. En estos paisajes se puede apreciar que no sólo estaba tocado por la gracia del arabesco que adorna a los buenos dibujantes, sino que también era un magnífico colorista, de tonos cálidos y empastados. Con todo, siguió desplegando sus múltiples facultades hasta prácticamente el fin, pues, además de pinturas, dibujos, esculturas y ‘collages’, ilustró muchísimos libros, especialidad en la que era un verdadero maestro.

Presente en cuantos cursos de arte, revistas de vanguardia o acontecimientos varios que se organizaron en nuestro país durante las últimas décadas, no por razones espúreas [espurias], sino por el puro placer y contentamiento que le producían el trato con lo juvenil y la ilusión, cuando la ya avanzadísima edad le obligó a una vida retirada se recluyó sin amargura y con la actitud más generosa, ya que donó toda su obra al pueblo español, como se puede ahora contemplar en la hermosa fundación de su localidad natal de Valdepeñas. Académico honorario de San Fernando en 1990, Gregorio Prieto recibió muchos otros galardones a lo largo de su dilatada y fecunda existencia, pero lo más importante es la huella que ha dejado en el arte español contemporáneo, que le cuenta entre sus mejores creadores de vanguardia.

DOCUMENTACIÓN | TESTIMONIOS | GREGORIO PRIETO, OLVIDADO EN EL REINA SOFÍA

Olvidado en el Reina Sofía.
Juan Antonio Álvarez / Rafael Doctor | El País, 1992-11-14

https://elpais.com/diario/1992/11/15/cultura/721782002_850215.html 

La muerte de Gregorio Prieto coincide con un periodo de olvido tanto de su persona como de su obra. En septiembre se inauguró la colección permanente del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía y en ella se ignora por completo a este pintor, a pesar de que el espacio de las vanguardias de los años veinte y treinta dedica una sala al realismo y a la figuración cercanas al surrealismo. Distintas etapas jalonan la creación artística de Gregorio Prieto. Hasta finales de los años veinte su temática se reduce al paisaje, a la naturaleza muerta y al retrato, tratados de una forma cercana al impresionismo. Su relación con la literatura y especialmente con la ‘Generación del 27’ lo marcarán profundamente. En 1928 consigue una beca para la Academia Española de Bellas Artes de Roma, donde permanece hasta 1932. Es ahora cuando crea sus mejores obras pictóricas: ‘Serie de los maniquíes’ y ‘cuadros greco-romanos’. En la primera, se traduce la influencia de Giorgio de Chirico. Escenas de maniquíes andróginos entrelazados que traslucen una sexualidad reprimida. Al igual que, en la segunda, marineros y personajes romanos pueblan ruinas clásicas en una actitud ambigua. Se trata la temática homosexual de una forma hasta entonces inédita en la pintura española.

No obstante, este atrevimiento se encubre a través de una poetización hedonista. También en Roma, junto con Eduardo Chicharro, hijo, y en contacto con el cineasta Carl Dreyer, realiza una serie de imágenes fotográficas en las que el pintor adopta roles de masculinidad. Estas fotografías constituyen un ejercicio de narcisismo que será una de las constantes de su obra.

En 1936, el inicio de la guerra civil española y, en concreto, el asesinato de Federico García Lorca, deciden su exilio voluntario en Londres. Allí vivirá durante varios años con Luis Cernuda. En esta época inglesa se centra en el dibujo, llegando a ser maestro de la línea.

Regresa a Madrid en 1947, pero su miedo y su inmersión en la raquítica vida cultural del momento anulan al creador vanguardista; espíritu que únicamente vuelve a aflorar en sus contactos con el postismo y en una serie de fotomontajes y collages de finales de los sesenta. Tras su vuelta, Gregorio Prieto se establece como un retratista de la clase alta y un pintor de paisajes y molinos. Esto, junto con su excesiva productividad y actitud mercantilista configuran la negativa imagen que actualmente se tiene de él.

Juan Antonio Álvarez y Rafael Doctor son historiadores de arte.

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