Mostrando entradas con la etiqueta Caso beso. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Caso beso. Mostrar todas las entradas

2020/06/30

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | NOSOTRXS SOMOS. CAPÍTULO 2. VERDE. EL CAMINO A LA IGUALDAD

Nosotrxs somos. Capítulo 2. Verde. El camino a la igualdad.
Mundo Joven LGTBI, 2020-06-30

https://mundojovenlgtbi.wordpress.com/2020/06/30/nosotrxs-somos-capitulo-2-verde-el-camino-a-la-igualdad/ 

Seguimos desgranando la serie de Nosotrxs Somos. Volvemos al camino de la igualdad.

En este capítulo se reúnen Jordi Petit, uno de los primeros activistas por los derechos de personas LGBT+ y de las primeras personas en salir del armario en Barcelona, y Jedet, actriz, cantante y activista trans.

Poca gente daba la cara en los temas de visibilizarse y desde los medios de comunicación siempre contactaban con Empar Pineda y Jordi Petit. Recordemos el concepto del contagio del estigma, por lo que, las primeras personas que hablaban de temática LGBT fueron las propias personas LGBT y desde ramas tipo Medicina, especialmente sobre personas trans.

Comienzan a aparecer colectivos tras el 1976, tras el franquismo. La Coordinadora para luchar por derechos de la homosexualidad (COFLHEE) buscaba la abolición de la ley de Peligrosidad Social.

En 1977, se hizo el primer Orgullo en Barcelona y ya había tres asociaciones en Madrid en 1977.

Tras conseguir la eliminación de la ley de peligrosidad social se produjo una decadencia en movimientos activistas en Madrid, aunque en Barcelona hubo cierta continuidad.

Es importante este aspecto, ya que cuando la reclamación principal era resuelta (en este caso, la abolición de la ley de peligrosidad que dejó de aplicarse en 1979), y se reconocieron legalmente las entidades LGBT, se produjo un espejo de igualdad. Este espejo fue efímero, ya que cuando se siguió encerrando a gente por otras leyes como la de escándalo público, el maltrato, la falta de reconocimiento de parejas, el no reconocimiento de la identidad, la invisibilización, el activismo debía (y debe seguir).

La búsqueda de la normalización del colectivo gay causó que algunas personas aprovecharan la situación para crear categorías, la del gay bueno y del gay malo. Este primero sería aquel que encajara en las normas de género y el segundo sería aquel que tiene pluma (el cual era representado como un payaso, solo para divertimento del público heterosexual, y homosexual normativo). Que recordemos, la plumofobia, entendida como rechazo a la pluma (asociada a comportamientos asignados tradicionalmente a mujeres), es machismo.

Estas categorías las hemos visto claras en el asentamiento de los modelos hegemónicos y que, obviamente, no afecta solo a hombres. Los modelos de belleza son aquellos (incluso en personas LGBT+) que se han asentado en los modelos hegemónicos de lo correcto, que son quienes se ajustan más a la norma de género (binario). Y por desgracia, nadie está exento de ello.

Retomando las alteraciones del orden público. Las personas eran enviadas a la Dirección General de Seguridad o DGS. La DGS estaba situada en la puerta del Sol en Madrid, se encerraba en calabozos a personas por “alterar el orden público”. Simbólicamente esto es muy potente, ya que cuando las cárceles tienden a aparecer en sitios de extrarradio, la exposición pública en estos casos era masiva, ya que se sitúa en el centro de Madrid.

Arantxa Serrano, mujer activista lesbiana, fue encerrada en 1986 por besar a una amiga Esther, en la calle. Durante la detención, la pegaron patadas en las piernas para poder meterse en el coche. Después las llevaron a una comisaría y les realizaron un cacheo general con registro vaginal. Esto fue agresión sexual por parte de la policía. Por suerte, dos años después llegó el caso a los tribunales y ganaron. Fue la primera rueda de reconocimiento a policías nacionales en 1989. Este hecho fue clave para los activismos de feministas lesbianas. Al final se muestra que, aunque la invisibilización las “protegiera” (como si ser invisible o negarte fuera algo agradable), en el momento en el que se mostraban estaban expuestas a las mismas agresiones. Porque la lesbofobia sigue sin ser algo anecdótico. AC: hay imágenes de agresión física a dos mujeres.

Al final las reminiscencias de todo el franquismo, se vieron y se ven durante muchos años después.

Después vino la pandemia (y no epidemia) del sida en España. Respecto a las asociaciones, no sabían si debían apoyar o intervenir con el tema del sida. Porque, fundamentalmente, era y es un tema médico. Respecto a esto, hay que contextualizar que tras la salida de la ley de peligrosidad social y la del escándalo público, se entiende que volver al punto de mira con esta crisis pudo dividir a los distintos activismos.

Comenzaron nuevos colectivos para trabajar la crisis, haciendo especial hincapié en la parte asistencialista. En 1986, FAGC se dividió y aparecieron COGAM Madrid y el Colectivo Lambda en Valencia.

Se decidió hacer un centro asociativo, pero no se les dio el permiso de apertura. Y llegó la policía municipal que puso una orden de clausura. La velocidad en este trámite administrativo fue bastante pasmosa, pero siguieron intentándolo.

Mili Hernández, dueña de la famosa librería Berkana, se fue a Madrid para ver COGAM. Berkana fue la primera librería LGBT+ en Madrid, en 1993, inspirada por las librerías LGBT+ en Nueva York (Oscar Wild Bookshop, 1967).

Y fue la primera mujer en colectivo gay, lo que causó que COGAM fuera mixto. Otras activistas lesbianas, como Boti también fue a COGAM. Vinieron con dos corrientes: asistencialismo y políticas. Surgió una primera ruptura por Manolo Trillo, con el tema VIH.

Podríamos distinguir dos tipos de corrientes.
  • Comunitarista: Una única comunidad constituida fuerte. En esta línea Mili y Pedro Zerolo apoyaban estas corrientes.
  • Igualitarista: No creen que haya una comunidad única, ni una identidad única y que deben organizarse para luchar contra la discriminación. En esta línea se encontraban Miguel Ángel Sánchez y fundadores de COGAM.
En el manual de diagnóstico de manuales y trastornos mentales (DSM) se eliminó la homosexualidad de los diagnósticos en los años 70. Y no fue hasta 1987 que se eliminó por parte de la OMS. Finalmente, el 17 de mayo de 1990, se eliminó por completo, y es por ello por lo que se celebra el día internacional contra la homofobia, bifobia y transfobia. Y no digo lesbofobia, porque no está incluida dentro del nombre oficial. Sorpresa. Seguimos considerando que la homofobia afecta igual a hombres y mujeres, y no es así.

En torno a los años 90, COGAM comenzó a pedir subvenciones y algunas corrientes pensaban que era venderse. Contextualicemos en los años 90, en los que la única fuente de ingreso, sin contar subvenciones, eran donaciones de gente. Se planteó para poder abastecer de recursos mínimos.

En 1992, surge la Federación Estatal de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales, o FELGTB como planteamiento de unificar y plantear proyectos estatales en toda España. Uno de los temas claves eran los derechos para las parejas no hetero (como, por ejemplo, tras fallecimientos por complicaciones del sida), donde las parejas quedaban desamparadas legalmente. Se planteó, por tanto, la urgencia de la ley de parejas de hecho en 1994. En 1997 se plantean, junto a Pedro Zerolo y Beatriz Gimeno, se relanza la FELGTB (que no incluía la B, en ese momento [ni la T, de hecho se denominaba FEGL]) y unifican las manifestaciones que se realizan en las distintas comunidades autónomas.

Fundación Triángulo surgió, en 1996, como escisión de COGAM, por motivos ideológicos. Se especializó en otros temas como trabajo sexual, cine o salud sexual. Las escisiones siempre son complicadas, aunque sigamos luchando las distintas asociaciones dentro del mismo movimiento.

Chueca, zona conocida como barrio gay (y no LGBT+) a pesar de una gran evolución, deja actualmente de lado muchas orientaciones e identidades, pero por el propio desarrollo de la zona. Y digo zona, porque técnicamente no es un barrio, al no poseer de entidad administrativa propia y es una zona del barrio de Justicia, dentro del distrito centro de Madrid.

Se consideraba hasta los años 90, originalmente denominado como “marginal”, donde las personas más en los márgenes tenían su espacio (personas trans, travestis, gays, consumo de drogas, etc.). Berkana se introdujo como librería entre los primeros espacios abiertos por las mañanas.

Empezaron a rehabilitar bares y locales, evolucionando el barrio de Chueca hacia lo que conocemos ahora. Es importante entender aquí la gentrificación del barrio. No es un tema que comenten en el programa, pero son barrios donde personas con nivel socioeconómico alto han podido instalarse, y todas las personas que tuvieran menor nivel socioeconómico, eran desplazadas. Y si metemos otras interseccionalidades, se configura un espacio en el que los grupos más privilegiados tendrán acceso, generalmente hombres cis (mono o plurisexuales) blancos con nivel socioeconómico medio-alto.

Al final, la diferencia económica un aspecto relevante a medir en las interseccionalidades. Se hacen concesiones, porque se mejora la imagen del barrio. Siempre surgen cuando la gente saca beneficios de estas situaciones, como cuando a Mamoudou Gassama se lo concedió la nacionalidad francesa tras salvar a un menor que estaba colgado en la terraza de un cuarto piso. Al resto se le ponen muchas pegas en los trámites para acceder a dichos recursos.

Sin embargo, no deberíamos tener que esperar a personas a que hagan heroicidades para considerarlas personas y apoyar su lucha y necesidades.

Jedet muestra, en línea de lo que menciona Mili, la evolución de las necesidades y la forma en la que nuestros espacios se van configurando. Sin embargo, sigue recalcando la todavía anclada misoginia rechazo de la feminidad, fuera y dentro del mundo LGBT+.

El surgimiento de las RRSS y de canales de youtube específicos han generado un vuelco a las personas referentes. Les referentes se hacen más accesibles para la gente joven. Es interesante realizar una comparación de activismos entre generaciones, no por indicar si es mejor o peor, sino por comentar las diferencias de las demandas. Muchos activismos se han movido a las RRSS, donde el alcance es mucho mayor. Las luchas cambian y evolucionan. No debemos asumir que todo está logrado, porque seguimos sin ver la parte más sutil y estructural.

Hay todavía riesgos, y también se modificaron las formas de relacionarse, de configurar grupos y, por supuesto, de ligar. Las aplicaciones han seguido perpetuando lo que ya seguimos viendo en nuestra vida. Por desgracia, el racismo, la plumofobia (existe una pasivofobia también, querides, y también con bases machistas) y la transfobia son el día a día de las aplicaciones tipo Grindr y Wapo.

Es curioso como los activismos van evolucionando (y los barrios). Sin duda, existe mucha incertidumbre ante el futuro, sobre cómo se evolucionará, tanto por crisis inesperadas, como el Covid-19, como crisis no tan inesperadas como el auge de la extrema derecha. Los derechos de todo colectivo oprimido siempre están en cuestionamiento, porque no es irreversible.

2019/06/21

DOCUMENTACIÓN | DERECHOS | BEATRIZ GIMENO: LA LUCHA LGTB DESDE LA TRANSICIÓN HASTA HOY, DERECHOS Y LGTBFOBIA

La lucha LGTB desde la transición hasta hoy: derechos y LGTBfobia
Beatriz Gimeno, 2019-06-21

https://beatrizgimeno.es/2019/06/21/la-lucha-lgtb-desde-la-transicion-hasta-hoy-derechos-y-lgtbfobia/ 

No exagero si afirmo que la aprobación en 2005 de la reforma del Código Civil en materia de matrimonio para abrirlo a las parejas del mismo sexo ha sido una auténtica revolución social y cultural a la que no es posible restar importancia; una transformación radical en la consideración social de la homosexualidad y uno de los cambios culturales más importantes que han sucedido en este país en las últimas décadas. Doce años después de aquel logro del activismo LGTB (lesbianas, gays, transexuales y bisexuales), trabajado minuciosamente durante décadas, la mayor parte de la sociedad lo acepta con completa normalidad y la mayoría de los países democráticos han emprendido el mismo camino. También los partidos políticos han asumido que este derecho está completamente incorporado a lo que la mayoría de la gente concibe como un estándar democrático básico y, de manera más o menos abierta, más o menos rápida y más o menos sincera, han pretendido no quedarse fuera de eso que hoy diríamos que es sentido común mayoritario.

Ya hay una generación de españoles que ha nacido pensando que lo normal es que gays y lesbianas puedan casarse si así lo desean y, sobre todo, pensando que lo extraordinario sería que no pudieran hacerlo. Hoy día eso lo defiende incluso la derecha, que celebra sus bodas homosexuales con normalidad y asiste a ellas, incluso, un señor tan sumamente conservador como Mariano Rajoy. Sin embargo, sería un error olvidar que la conversión de la derecha —además de mucho más reciente de lo que se cree— no es, en realidad, sincera. La lucha por la igualdad LGTB se ha llevado a cabo frente al pensamiento reaccionario (aunque oportunista) que anida en el seno del PP y que los llevan a seguir paralizando las leyes contra la LGTBfobia allí donde tienen que aplicarlas o aprobarlas. Su reciente conversión es superficial y estratégica, y su historia en relación con las reivindicaciones históricas del activismo LGTB ha sido siempre la de constituirse en un muro frente a cualquier avance, así como en apoyo de la ideología de la Iglesia católica en lo relativo a esto.

En este sentido, la gran victoria para el activismo LGTB no fue, en realidad, la aprobación de una norma que nos igualaba legalmente,[1] sino que, al contrario, dicha ley fue consecuencia del verdadero éxito, que no es otro que haber conseguido, en muy poco tiempo, cambiar el sentido común mayoritario respecto a la legítima existencia de una minoría sin poder social, estigmatizada desde hace milenios, marginada social y legalmente en la mayor parte del mundo, perseguida y objeto de injuria permanente; y hacerlo, además, en uno de los países europeos en los que la Iglesia ha tenido más poder político y social y en el que el machismo institucional fue un pilar del régimen durante la dictadura franquista. La aprobación de esta ley significó un cambio cultural muy profundo porque supuso, por una parte, la legitimación de la existencia homosexual, pero también la posibilidad de transformar una institución fundacional del patriarcado como es el matrimonio y, con ello, la capacidad para sacudir, aunque sea levemente, un sistema basado en la ‘heteronorma’ sancionada legalmente.[2]

Este simple cambio legal, que afectó a unas pocas frases del Código Civil, ha tenido una importante capacidad performativa que trascendió, con mucho, la reivindicación concreta de las personas LGTB. La posibilidad de la injuria quedó formalmente desactivada (aunque para la desactivación absoluta de la LGTBfobia aún tenga que transcurrir más tiempo) y se produjo, así, un cambio cultural que supuso una ampliación de las posibilidades de felicidad y libertad de mucha gente. Si bien al principio hubo gente que no entendió lo desestabilizador que era el matrimonio igualitario para la propia institución (ya que subvierte completamente su sentido), quien sí lo entendió con meridiana claridad fue la derecha que, en realidad, siempre tuvo razón en sus miedos. Cuando afirmaban que abrir el matrimonio a las parejas del mismo sexo supondría desnaturalizarlo, estaban en lo cierto; ahora podemos decirlo. Por eso, porque ellos entendían el potencial desestabilizador de este cambio, se opusieron con todas sus fuerzas a perder lo que sin duda era un privilegio, un privilegio de la heterosexualidad sobre cualquier otra forma de organizar la sexualidad, la filiación y la familia. Y por eso fue, y está siendo, tan difícil.

Aunque hoy todos los partidos, incluso los de la derecha, pretendan borrar de su pasado la feroz resistencia que opusieron a ese cambio, lo cierto es que dicha resistencia existió de manera continuada desde los años setenta, como vamos a ver a continuación, y los y las activistas nos sentimos muy solos hasta finales de los noventa, cuando algunos partidos de izquierdas comenzaron a hacerse eco de nuestras reivindicaciones. El Partido Popular se resistió con uñas y dientes hasta el último minuto e, incluso, cuando la cuestión ya estaba en el Parlamento, no se abstuvo de pretender humillarnos y ridiculizarnos. Finalmente, su transformación actual es meramente cosmética: parece asumir el cambio mientras que, al mismo tiempo, dificulta, ralentiza y continúa promocionando la LGTBfobia en todas sus manifestaciones.

La historia de las reivindicaciones LGTB en España desde el final de la dictadura se puede dividir en dos grandes periodos. El primero, hasta finales de los años ochenta, en un contexto de lucha a favor de la derogación de las leyes represivas y de la legalización de las organizaciones LGTB y, el segundo, desde entonces hasta 2005, cuando tuvo lugar la lucha por conseguir una legislación igualitaria en lo referente al matrimonio y a la familia. En medio de estos dos periodos encontramos el sida. Y desde 2005 hasta la actualidad, la lucha es contra la LGTBfobia en todas sus formas, una lucha a la que de ningún modo se ha sumado la derecha.

Hasta la dictadura franquista, la homosexualidad en España se vivía como en el resto de Europa: potente homofobia social y posibilidad de llevar adelante la vida entre cierta indiferencia, dependiendo de diversos factores como la visibilidad, la clase social, la profesión, etcétera. La Guerra Civil significó un cambio, ya que cualquier contienda bélica excita siempre la homofobia y el machismo. El general Queipo de Llano marcó el tono cuando dijo: «Todo afeminado o invertido que calumnie nuestro movimiento debe morir como un perro», y después el franquismo identificó identidad nacional con moral católica, determinando para ello que fuera la Iglesia la que fijara los límites de lo permitido y de lo prohibido en todo lo referente a la sexualidad.[3] El comportamiento homosexual, o su mera visibilidad, estaban incluidos en el cajón de sastre de la represión contra el llamado «escándalo público», que permitía sancionar arbitrariamente cualquier cosa que la autoridad determinase que constituía un escándalo. Posteriormente, en 1954 la homosexualidad fue incorporada en la Ley de Vagos y Maleantes, otro cajón de sastre que permitía incluir cualquier comportamiento que se considerase antisocial o desviado de la norma. Dicho esto, y al contrario de lo que se suele pensar, el franquismo no puso al principio un énfasis excesivo en la represión legal de la homosexualidad, simplemente porque no hacía falta. La represión social y policial era lo suficientemente brutal como para que no fuese necesario un refuerzo legal de dicha represión; cualquiera podía ser considerado «maleante» y acabar en la cárcel.

No obstante, en la década de los años setenta España comenzó a abrirse al exterior. El turismo masivo amplió el foco de lo que podía pensarse o verse y, sobre todo, supuso comprobar que España era una excepción en Europa, que esa realidad negra en la que estábamos instalados no era tan negra más allá de nuestras fronteras. Los y las turistas no trajeron solo los bikinis; o, más concretamente, los bikinis no eran solo un traje de baño, sino que eran, en realidad, toda una declaración de principios con relación a otras maneras de vivir el cuerpo, la sexualidad, las relaciones entre hombres y mujeres... la libertad, en definitiva.

Además, esa misma década en la que el turismo aparecía masivamente por aquí fue aquella en la que, en Europa y en Estados Unidos, el activismo LGTB (y feminista) comenzó su lucha por la igualdad y el reconocimiento, una lucha que acabaría transformando las costumbres sociales y sexuales en, al menos, el tercio rico del mundo. Estas nuevas costumbres —que apenas podían entreverse aquí— asustaron no obstante al franquismo, que sospechaba, con razón, que el deseo de libertad de una sociedad no tiene por qué estar organizado políticamente para romper las costuras que lo mantiene preso. Más de treinta años de moral católica institucional habían convertido las costumbres (y no solo las leyes) en una camisa de fuerza; y la mera existencia, en un paisaje gris. La irrupción masiva del turismo enseñó a las mujeres y a las personas homosexuales[4] que otras existencias y otras maneras de vivir el propio cuerpo eran posibles. Esta es la razón por la que la dictadura, a la que ya le quedaba poco tiempo de vida, decidió en 1970 incrementar su legalidad represiva sobre la diversidad sexual con una nueva ley, la Ley sobre Peligrosidad y Rehabilitación Social, a partir de la cual se juzgaron entre 1970 y 1978 a aproximadamente cinco mil homosexuales por el mero hecho de serlo, y de ellos unos mil fueron enviados a prisión.[5]

La oleada represiva que se desencadenó significó también, además del encarcelamiento y la tortura de miles de personas, el nacimiento de incipientes organizaciones políticas homosexuales que trabajaban en la clandestinidad y cuyo objetivo era, precisamente, despenalizar la homosexualidad. Aparte de exigir la derogación de la ley de peligrosidad social, estas organizaciones defendían un ideario cercano al marxismo y a la lucha obrera que planteaba reivindicaciones de liberación sexual para todas las personas. Es importante señalar aquí que, a pesar de la lucha que se mantuvo, la inquina del régimen y de sus herederos contra la homosexualidad fue tal que la ley de peligrosidad social no se derogó tras la aprobación de la Constitución de 1978, como ocurrió con la mayoría de las leyes represivas. Las personas LGTB no tuvieron nada de que alegrarse con la aprobación de una Constitución que no hizo ninguna referencia a la libertad sexual, que no derogó la ley que la reprimía y que tampoco sirvió para que se legalizara ninguna organización homosexual, mientras que sí se legalizaron los partidos políticos y las organizaciones sociales. Por si fuera poco, los presos que estaban en las cárceles por homosexualidad fueron tratados como presos comunes y no se beneficiaron del indulto de 1975 ni de la Ley de Amnistía del 1977. La Constitución, la de la supuesta reconciliación, se aprobó con presos por homosexualidad en las cárceles y sin que se hubiera legalizado ninguna organización LGTB. La homosexualidad era considerada un peligro social y se le negaba cualquier relación con la lucha política.

Conseguir la legalización de las organizaciones políticas homosexuales fue entonces uno de los principales objetivos del incipiente Movimiento de Liberación Homosexual, junto al de la derogación de la ley de peligrosidad social. Tanto Alianza Popular como UCD se negaban a que organizaciones a las que acusaban de propagar conductas inmorales fueran legalizadas. La mayoría de la gente ignora que en este país costó más legalizar la primera organización homosexual que el Partido Comunista. Así de peligrosos nos veían los herederos del franquismo. No fue hasta 1980 cuando, por fin, el Gobierno de UCD legalizó la primera organización homosexual, aunque no fue hasta 1982, con la victoria del PSOE, cuando se levantó la prohibición general que pesaba sobre las organizaciones homosexuales.

Después de esta primera victoria, las fuerzas se concentraron en conseguir la derogación de la ley de peligrosidad social. Recordemos que esta ley no penalizaba solo la homosexualidad, sino que era un poderoso instrumento de control social sobre cualquiera que el sistema concibiese como «desviado» o «antisocial». Entre estos se incluían quienes practicaran la mendicidad, el vandalismo, el tráfico y consumo de drogas, la venta de pornografía, la prostitución, y cualquier otra persona que fuera considerada peligrosa. El Movimiento LGTB logró, como conseguiría luego con la reivindicación del matrimonio, que su defensa de la derogación de esa ley no fuera vista como un asunto que afectaba únicamente a las personas homosexuales, sino como una cuestión de derechos humanos y de derechos civiles.

Por otra parte, respecto a dicha ley conviene recordar que, aunque algunos artículos referidos a la homosexualidad ya habían sido eliminados en 1979 (siempre con la oposición de UCD y de AP), las personas LGTB podían seguir siendo detenidas por escándalo público, tipo que siguió en vigor hasta 1989. Así, el 23 de octubre de 1986 dos lesbianas fueron detenidas por besarse frente a la antigua Dirección General de Seguridad (DGS) de la Puerta del Sol. Se las retuvo sin explicación alguna durante dos días, en los cuales se les privó del derecho de defensa. Era 1986 y el motivo de su detención fue un beso.

La oposición que, en esta primera etapa de la lucha (desde el final de la dictadura hasta los años noventa), mostró el establishment político —pero especialmente los herederos del franquismo— no es sino la misma oposición que mostraron después ante la reivindicación del matrimonio igualitario. La derecha siempre ha sido contraria a la posibilidad de que las personas homosexuales y transexuales puedan adquirir un estatus de ciudadanía plena. Su oposición está vinculada a la ideología sexual y familiar de la Iglesia católica y está dirigida contra la normalización social de la diferencia sexual, por más que dentro de su partido algunas personas puedan declararse LGTB desde su atalaya de privilegio, igual que ocurría en el franquismo.

La cuestión de los derechos familiares, de pareja, irrumpió en el escenario político debido al sida. En medio de la crisis humanitaria que provocó esta enfermedad, muchos gays murieron y sus parejas padecieron situaciones indignas ante el completo abandono por parte del Estado. Tuve la oportunidad de ver cómo fallecían personas a las que sus familias habían repudiado por gays y a las que llevaban años sin ver ni apoyar y cómo, una vez producido el deceso, dichas familias aparecían de repente para expulsar al compañero —que había sido marido, amante, enfermero, cuidador— y dejarle sin nada, en ocasiones sin poder siquiera recoger sus cosas personales de la casa común. El sida y sus efectos en la comunidad homosexual provocaron que, de pronto, nos hiciéramos todos viejos, y conllevaron también un cambio radical en los objetivos del activismo. Apareció entonces un tipo de activismo relacionado con el sida, que exigía al Estado que protegiese a las personas enfermas y combatiese la homofobia, que era la causa de un poderoso y destructivo estigma que se extendió por todo el tejido social.[6]

Además de las exigencias relativas a la necesidad del cuidado de las personas enfermas por parte de las instituciones, la epidemia del sida también impulsó a las organizaciones a buscar algún tipo de regularización de los derechos familiares, con la idea de proteger a quienes estaban quedando injustamente desprotegidos. Comenzaron entonces a tener lugar las distintas reivindicaciones de legislaciones de pareja que, poco a poco y en un goteo incesante, se fueron aprobando en diferentes instancias y niveles gracias a partidos de izquierdas y, en algún caso, a la derecha nacionalista, como fue el caso del PNV. PSOE e IU, independientes y partidos nacionalistas fueron aprobando reglamentos y ordenanzas municipales que igualaban a las parejas homosexuales con las heterosexuales, en ámbitos que eran competencia de los Ayuntamientos. Más tarde, se aprobaron algunas leyes autonómicas.

Así pues, durante los primeros años noventa la lucha se centró en conseguir una ley de parejas de ámbito estatal que, por una parte, unificara la cada vez más ingente legislación de ámbito menor (que estaba dispersa y era de naturaleza muy heterogénea) y, por otra, otorgara derechos fundamentales a las personas LGTB, algunos tan básicos como poder decidir el tratamiento médico para la pareja enferma, la custodia de hijos e hijas, el usufructo de los bienes de la pareja fallecida, la herencia o las pensiones. Sin embargo, nada de esto encontró el más mínimo eco en la derecha, que no se movió un milímetro de sus posiciones.

El sida, en todo caso, puso de manifiesto una vez más la homofobia social e institucional, que estaba muy lejos de ser residual. La homofobia que anidaba en los aparatos del Estado, en la Iglesia y en la sociedad en su conjunto se instaló de nuevo en la primera línea. A aquella enfermedad que se llevó tantas vidas por delante se le llamó «cáncer gay» o «castigo divino», y a la comunidad LGTB se la abandonó a su suerte. Solo la propia comunidad organizada pudo empezar a crear las primeras pautas de prevención, solo la propia comunidad se cuidó a sí misma y organizó la resistencia ante los prejuicios y la extrema vulnerabilidad en la que la enfermedad nos situó. Para combatir el sida había que hablar de sexualidad, de homosexualidad y de heterosexualidad, y la sociedad homófoba y pacata tardó mucho en hacerlo, aunque en el camino se perdieron miles de vidas.

La derecha y la Iglesia se han opuesto a todas las campañas de prevención destinadas a salvar vidas. Es doloroso recordar hoy que por no poder hablar de condones se permitiera que enfermara y muriera mucha gente, pero así fue y nadie ha pedido perdón por ello. Y no han cambiado tanto, siguen en el mismo lugar, solo que es la sociedad la que les ha pasado por encima. La derecha, el Partido Popular, asumió sin matices el argumentario de la Iglesia: la mejor prevención del sida es la castidad y las parejas homosexuales no pueden formar familias porque la familia es, sobre todo, una unidad destinada a la procreación. Respecto a esto último, su negativa a considerar siquiera la posibilidad de negociar la ley que necesitábamos, así como su no reconocimiento del Movimiento LGTB como sujeto político, propició un cambio de estrategia que, a la postre, nos llevaría a conseguir aquello con lo que en aquel momento ni siquiera soñábamos: la igualdad legal, el matrimonio igualitario.

Porque durante ese tiempo, a la espera de cualquier avance en el ámbito de los derechos, el Movimiento LGTB estuvo debatiendo internamente acerca de la conveniencia de exigir el matrimonio, el mismo matrimonio al que pueden optar las personas heterosexuales, o de seguir reivindicando una ley de parejas. No hay aquí espacio para profundizar en los matices de ese debate, pero el cambio en la reivindicación tuvo que ver, en primer lugar, con una cuestión estratégica: puesto que el Partido Popular no se movía un milímetro de su posición de negativa a cualquier avance en los derechos LGTB, decidimos que nos moveríamos nosotras y nosotros.[7] A la hora de negociar hay que dejar siempre un margen para ceder, así que decidimos exigir la igualdad completa y no conformarnos con lo que, en todo caso, algunos ya considerábamos una legislación apartheid, es decir, una legislación especial para la gente LGTB. Es interesante remarcar que el activismo LGTB español no se sintió nunca (o no de manera mayoritaria) preocupado por el tema de la identidad, algo que, sin embargo, sí fue un asunto recurrente en algunos países anglosajones. La lucha por el matrimonio en nuestro país se hizo en nombre de la igualdad y de los derechos civiles y, en mi opinión, esto fue uno de los aspectos que favorecieron el hecho de que pronto gozáramos de una simpatía social que no dejó de crecer. Explicamos nuestra posición y conseguimos convencer a la mayoría de que no se trataba de una reivindicación particular de gays y lesbianas, sino de una batalla por ensanchar los márgenes de la libertad de todas las personas; pues legislaciones específicas, como por ejemplo la unión civil o cualquier ley de parejas, no dejaban de ser legislaciones que rehuían la verdadera igualdad. Decidimos, por tanto, dar un salto adelante y exigir un acceso pleno al matrimonio, a la igualdad.

Ni siquiera el PSOE asumía esta posición al principio; de hecho, no lo hizo hasta la llegada a la Secretaría General de Rodríguez Zapatero. En todo caso, el Movimiento LGTB fue valiente y se lanzó con una reivindicación de máximos (en lugar de una de mínimos), porque esperábamos que al hacerlo la derecha se viera obligada a negociar la ley de parejas, la cual creíamos que íbamos a conseguir finalmente. Pero la derecha no lo hizo hasta que fue demasiado tarde y, gracias a su torpeza, perdió esa batalla que ellos consideraban fundamental, dado que durante los quince años en los que estuvimos reivindicando el matrimonio —sin que el Partido Popular se moviera un centímetro de los argumentos de la Iglesia— conseguimos que la sociedad española entendiera que la igualdad no admite parcelaciones y logramos generalizar el concepto de «matrimonio igualitario». Conseguimos, además, que la sociedad lo viviera como una cuestión de ampliación de derechos y libertades; de igualdad, en definitiva. La negativa del PP a cualquier legislación, incluso de mínimos, nos permitió saltar por encima, exigir lo máximo y ganar la batalla por incomparecencia del adversario. El PP pareció darse cuenta del error solo cuando la sociedad española y la mayoría de los partidos apoyaban ya el matrimonio igualitario, y pretendió entonces ofrecernos una ley de parejas como mal menor. Por primera vez se dignó a considerarnos como interlocutores válidos y llegamos, incluso, a mantener una reunión secreta en el Palacio de la Moncloa con un asesor de Aznar que nos propuso llevar al Parlamento una ley de parejas tal y como pedíamos veinte años atrás, pero respondimos que ya era tarde. No estamos hablando de los años ochenta, hablamos de la década del 2000.

Cuando la ley de matrimonio comenzaba su trámite parlamentario, el PP entró por fin en el debate y lo hizo con un arsenal de LGTBfobia del que muy pocos meses después renegaría. Así, afirmó de manera reiterada que «lo que no es igual no se puede llamar igual» y mantuvo públicamente argumentos propios de los años ochenta. Parecía que el tiempo no había pasado para el partido de derechas, que se había convertido, como de costumbre, en portavoz de los argumentos más conservadores, algo que demostró con creces cuando decidió enviar a dirigentes de primer nivel a la manifestación convocada por la Iglesia el 18 de junio de 2005 para mostrar su oposición radical a la modificación del Código Civil y, sobre todo, para permitirse sacar a la calle toda la homofobia y la transfobia social que aún existía (y existe) y que estaba siendo rápidamente deslegitimada. Aquella manifestación, de la que hoy la mayoría de los que asistieron quisieran borrar su foto, existió; igual que existieron los insultos, la humillación pública o la equiparación de la homosexualidad con la pederastia. Allí estaban desfilando quienes, muy pocos años después, se han puesto en la cabecera de la manifestación del Día del Orgullo Gay. Era el año 2005. La asistencia a esa manifestación no fue un error de cálculo por parte del PP, no acudieron a una manifestación que después se les fue de las manos, no. Y no fue así porque ese mismo mes de junio, apenas unas semanas antes de la aprobación en el Pleno del Congreso de la reforma del Código Civil, se convocó una sesión de expertos en el Senado para discutir sobre la idoneidad de que las parejas del mismo sexo pudieran adoptar hijos o hijas. De entre los varios expertos y expertas convocados por todos los partidos, los dos del PP no solo fueron los únicos que se mostraron radicalmente en contra de dicha posibilidad, sino que hicieron afirmaciones que parecían sacadas de los tiempos más oscuros de la ley de peligrosidad social, como cuando afirmaron que la homosexualidad era una psicopatía, que los gays eran producto de padres alcohólicos y hostiles y madres sobreprotectoras, o que las niñas lesbianas son fácilmente reconocibles porque son más propensas al ejercicio físico. Sin embargo, la sociedad española ya no estaba en eso y los dos comparecientes llamados por el Partido Popular provocaron escándalo y burla a partes iguales, lo que obligó a ese partido a pedir perdón públicamente. Apenas un mes después se aprobó la ley de reforma del Código Civil en materia de matrimonio, lo cual supuso terminar con la desigualdad ante la ley e implicó también una revolución en una institución milenaria, cuyo objetivo desde su origen era, precisamente, asegurar la primacía de la heterosexualidad sobre cualquier otra forma de organización familiar y social.

Nos habíamos convertido en un ejemplo para muchas democracias y para el activismo LGTB de gran parte del mundo. Aquella ley supuso que España se situara a la vanguardia en materia de defensa de los derechos civiles, algo inusitado para un país como el nuestro y con nuestra historia. En realidad, ganamos a la derecha y a los sectores más retrógrados de la Iglesia. Muy pocos años después, el PP buscaba ponerse en la cabecera del Día del Orgullo, pero lo hacía al mismo tiempo que paralizaba cualquier legislación que buscara combatir la LGTBfobia social. Esta es una derecha que tolera, e incluso celebra, las manifestaciones individuales de homosexualidad, siempre que no estén relacionadas con la igualdad social o que no pretendan ser críticas con el supuesto derecho de la Iglesia de continuar educando en la desigualdad sexual, la homofobia y la transfobia. La lucha por la igualdad legal no fue el final de nada, como a veces se cree, sino el principio desde el cual, una vez conseguido un marco legal indispensable, podemos dedicarnos a trabajar por la igualdad social, mucho más complicada de alcanzar.

[1] Ley 13/2005, de 1 de julio, por la que se modifica el Código Civil en materia de derecho a contraer matrimonio. (Nota de la editora).
[2] Sobre la capacidad subversiva del matrimonio igualitario, véase: Gimeno, B.: «La institución matrimonial después del matrimonio homosexual. ¿Seguimos hablando de lo mismo?», 8 de diciembre de 2009, disponible en <https://beatrizgimeno.es/2009/12/08/la-institucion-matrimonial-despues-del-matrimonio-homosexual-%C2%BFseguimos-hablando-de-lo-mismo/>. [Consulta: 25 de abril de 2018].
[3] Para seguir el orden cronológico de la historia, he consultado el libro de Calvo, K.: ¿Revolución o reforma? La transformación de la identidad política del movimiento LGTB en España, 1970-2005, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2017.
[4] Decir «personas LGTB» sería un anacronismo. Entonces no se hablaba de transexualidad y de bisexualidad como identidades separadas de la homosexualidad.
[5] Para rescatar la memoria de estas personas que fueron a la cárcel por homosexualidad surgió y sigue luchando la Asociación de Ex-Presos Sociales de España, que ya ha conseguido que la Ley de Memoria Histórica las incluyera y les ofreciera una reparación económica.
[6] En Estados Unidos y Francia dicho activismo lo encarnaron grupos como Act Up. En España, el grupo que mejor representó este activismo fue la Radical Gay.
[7] Hice un resumen de la estrategia política seguida por el Movimiento LGTB en «Estrategias de acción y organizativas del movimiento LGTB; conquistas jurídicas: el caso del matrimonio igualitario», publicado en VV. AA.: ‘Más allá de lo imposible. La dimensión política de los derechos humanos en el siglo XXI’, Tafalla, Txalparta, 2016. Este capítulo sería la continuación de este que ahora escribo.

2019/06/05

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | CHUECA, LOS ORÍGENES DEL BARRIO ARCOÍRIS DE MADRID

Chueca, los orígenes del barrio arcoíris de Madrid.
La serie documental “Nosotrxs Somos” repasa los orígenes de Chueca como barrio rosa. Todo un referente para el colectivo LGTBI a nivel internacional que algunos miran con nostalgia.
Somos Chueca | El Diario, 2019-06-05
https://www.eldiario.es/madrid/somos/chueca/chueca-los-origenes-del-barrio-arcoiris-de-madrid_1_6416971.html 

Cuando queda menos de un mes para la celebración del Orgullo LGTBI, ‘La 2’ continúa con la emisión de Nosotrxs Somos, una serie documental producida por RTVE Digital para ‘Playz’ que recorre la historia del colectivo LGTBI en España desde los años 70 a través de los colores de la bandera del arcoíris, su símbolo más universal.

La pasada noche le tocaba el turno a la segunda entrega, la de color verde, dedicada al cambio social que se produce entre los años 80 y 90 con la legalización del colectivo LGTBI y el nacimiento de asociaciones y activistas que buscan la plena igualdad.

Un capítulo en el que también se habla de los orígenes de Chueca como espacio LGTB, de la irrupción de gays, lesbianas, bisexuales y transexuales en el barrio, de la apertura de negocios de día y la construcción de un espacio seguro para el colectivo que, para algunos, es ya un recuerdo nostálgico del pasado en vías de extinción como barrio rosa.

Además de fragmentos de programas del archivo de RTVE, el documental cuenta con la participación del histórico activista LGTBI Jordi Petit y el artista multidisciplinar King Jedet, que intercambian impresiones sobre la historia del activismo LGTBI y el camino hacia la conquista de derechos para el colectivo, la ‘plumofobia’ y los cuerpos disidentes no normativos, el machismo, el feminismo y la discriminación dentro del propio colectivo LGTBI.

Visibilidad, clave para el movimiento LGTBI español

“Hoy la normalidad es diversidad”, afirma rotundamente Jordi Petit, uno de los primeros activistas (junto a Empar Pineda) en hacerse visible como homosexual en la televisión mientras luchaba por los derechos LGTBI en la retaguardia. Personas como ellos fueron fundamentales para la normalización en la sociedad de esas diversidades afectivas y de género.

Con la Ley de Peligrosidad Social aún en vigor, esos primeros activistas LGTB, agrupados en frentes revolucionarios, tenían un objetivo común: la abolición de este texto legal que criminalizaba a gays, lesbianas, bisexuales y transexuales.

Un nexo común que les lleva a establecer alianzas y formar la COFHLEE, una coordinadora que articulará un lenguaje común entre todos esos grupos regionales y que convocará los primeros orgullos, como el de Barcelona, donde en 1977 tiene lugar la primera manifestación del Orgullo de toda España.

Una vez que la homosexualidad sale de la Ley de Peligrosidad Social, el movimiento LGTB se traslada de las calles a las discotecas y los bares, por lo que surgen desde los organismos más reaccionarios intentos de frenar la noche gay.

En ciudades como Barcelona, donde el gobernador civil cerraba locales con pretextos técnicos y hacía redadas para identificar a quienes estaban dentro, llegó incluso a producirse una huelga en 1981 donde cerraron los pubs y discotecas gays que aún quedaban abiertos.

Mientras en Barcelona continúa activa la lucha reivindicativa LGTBI, en Madrid se produce un frenazo en seco en los años 80. No fue hasta el nacimiento del Colectivo de Gais de Madrid (COGAM) cuando la lucha LGTBI regresa a la ciudad.

La irrupción del VIH-Sida provocó una separación de muchos colectivos, que tenían dos visiones diferentes del activismo LGTBI. Por una parte aquellos que consideraban que era necesario cumplir un papel asistencial y, por otra, quienes defendían una vía reivindicativa.

Una de las escisiones más traumáticas fue la de Manolo Trillo, uno de los fundadores de COGAM y cara visible del Sida en unos momentos en los que reconocer que tenías esa enfermedad era poco habitual por la serofobia que aún reinaba en la sociedad.

Las ‘besadas’ como arma reivindicativa
Arantxa Serrano, activista lesbiana, vivió en 1986 sus propias carnes una brutal detención policial por besar a su pareja en la boca en la Puerta del Sol. Trasladadas a la comisaría de la calle Luna, fueron incluso sometidas a un registro vaginal. Dos años después, su caso llegó a los tribunales y la justicia les dio la razón.

Las lesbianas de toda España se movilizaron respondiendo con una besada en plena calle. Todo un símbolo de visibilidad que aún hoy se emplea para protestar contra la discriminación y la LGTBIfobia.

De la oscuridad al arcoíris

“Chueca era en principio un barrio marginal: había trabajadoras sexuales, trabajadores sexuales, drogadictos, homosexuales, lesbianas, trans... un sitio donde nos podíamos juntar las que éramos en ese momento las peligrosas sociales”, explica el activista Víctor Mora.

Un espacio urbano que va más allá del concepto administrativo de barrio, que para el sociólogo Kerman Calvo cumple un importante papel porque “ayuda a que la gente tenga un camino para la emancipación y la identificación sexual”.

“Chueca fue el embrión de lo que es un barrio gay, porque nosotros abrimos allí el primer negocio de día”, explica Mili Hernández de la Librería Berkana, todo “un pulmón de oxígeno” para el colectivo LGTBI, que llegó hasta Chueca de todas partes de España. “Me gustaría que siguiera siendo ese barrio cultural con ese motor de lucha”, confiesa con nostalgia Mili.

Para Kerman Calvo “el fenómeno Chueca es muy curioso hasta a nivel internacional. No hay tantos lugares en donde haya una demarcación urbana tan extensa, tan variada y de tan fácil acceso para la población LGTB. Barrios que nos protegen, que nos sacan el dinero también, donde podemos enamorarnos y pasarlo bien”.

Menos complaciente es la visión de Ignacio Elpidio Domínguez, que considera que antes Chueca “era un lugar más agradable. Cada vez es un sitio más de copas, más frío, pero sigue siendo un referente importante”, matiza, “es un pariente que ya no te cae bien, pero está ahí”.

Para King Jedet Chueca es un espacio discriminatorio y pensado para hombres gays. “Pubs de lesbianas hay muchos menos, los carteles por Chueca siempre suelen ser de hombres. Se ve que está todo hecho para el placer del hombre”, afirma. “La única vez que me han pegado por ser como soy ha sido en un bar en Chueca”, confiesa Jedet.

ENLACE

1989/05/30

DOCUMENTACIÓN | JUICIO EN MADRID A DOS MUJERES DETENIDAS POR BESARSE EN LA BOCA

El fiscal acusa de insultar a la policía a dos mujeres que fueron detenidas por besarse en la boca.
Bonifacio de la Cuadra | El País, 1989-05-30

https://elpais.com/diario/1989/05/31/sociedad/612568807_850215.html 

El magistrado Juan José López Ortega, titular del Juzgado de Instrucción número 24 de Madrid, dejó ayer visto para sentencia el juicio contra tres jóvenes, acusados por el fiscal de insultos, amenazas y malos tratos a policías nacionales. Los hechos enjuiciados se iniciaron cuando dos de los tres procesados, mujeres, se besaron en la boca ante un policía nacional, que detuvo a los tres jóvenes, ayudado de otros policías. Aparte de la denuncia de los policías, que se vio ayer, está pendiente de juicio la denuncia de los jóvenes contra los policías, a quienes acusan de malos tratos, detención ilegal durante dos días y otros delitos.

La vista se celebró con la sala repleta de público, en su mayor parte perteneciente a movimientos feministas. El fiscal rebajó las iniciales calificaciones por delitos de insultos y amenazas y limitó definitivamente su acusación a faltas de desacato, amenazas leves y malos tratos de palabra, por los que solicitó multas de 6.000 pesetas para cada procesado. Los abogados Fernando de Salas y José Ramón García Baladía mantuvieron sus peticiones de absolución. La versión del fiscal fue que en la noche del 24 de octubre de 1986 Julio Jerez Esteso, María Eugenia Serrano -familiarmente 'Arantxa'- y Esther Otassolo, cuando pasaban ante el antiguo edificio de la Dirección General de la Policía, sito en la madrileña Puerta del Sol, profirieron insultos contra dos policías nacionales, por lo que fueron detenidos, así como que posteriormente en la casa de socorro a la que fueron conducidos insultaron igualmente al ATS que les atendió. Los abogados negaron esta versión y vincularon la actuación policial al beso en la boca de 'Arantxa' y Esther, que originó la detención y posteriores malos tratos policiales. Recordaron el testimonio del policía José Antonio Cano Pellús, según el cual ante el beso de las dos chicas, su compañero "les llamó la atención y se insolentaron con él".

Cariño

A preguntas del fiscal y de las defensas, los tres acusados relataron que Jesús y 'Arantxa' -ambos profesionales sanitarios- habían quedado para ir de compras y posteriormente se encontraron con Esther, quien hacía mucho tiempo que no veía a 'Arantxa', por lo que ambas mujeres se alegraron de encontrarse y expresaron esta alegría con manifestaciones de cariño. Afirmaron que ellas dos delante, y Jesús un poco más atrás, bajaban por la calle de Carretas para dirigirse a una sala de fiestas donde actuaban unos conocidos de Esther cuando un policía nacional llamó la atención de las mujeres, les pidió el carné de identidad y, una vez los tres juntos, con ayuda de otro policía, les detuvo y fueron maltratados. Los tres negaron que dirigieran insulto alguno a los policías, mientras que las mujeres fueron calificadas de "putas" y "guarras" y los tres recibieron golpes. El fiscal preguntó insistentemente si habían llamado a los policías "monos", "ojalá ETA os mate a todos" y "sois unos grandísimos hijos de puta", a lo que 'Arantxa' comentó en una ocasión: "Hijo de puta no lo utilizo nunca como insulto, por mis convicciones feministas". Coincidieron en que se limitaron a preguntar a los policías por qué les detenían y en protestar por la detención injustificada.

En cuanto al paso por la Casa de Socorro de Centro, Jesús relató que el ATS Miguel Navarro Góngora -también insultado, según el fiscal- le cogió del cuello y le apretó con fuerza. Las dos mujeres coincidieron en que vieron a Jesús que salía llorando de las dependencias sanitarias. 'Arantxa' explicó que inicialmente, "después de estar secuestrada por los policías, para mí era un alivio ver gente normal, hasta que comprobé que el ATS tampoco lo era". Esther aseguró que no insultó ni escuchó que nadie llamara "fascista" al ATS.

El policía Miguel Ángel Martín situó a los acusados viniendo de la calle de San Jerónimo y su compañero José Antonio Ruiz García les vio bajar por la calle de Carretas. Martín reafirmó que los policías recibieron insultos, se limitaron a pedir la documentación y en ningún caso maltrataron a los jóvenes. Sin embargo, preguntado por el motivo de llevarles a la Casa de Socorro, contestó con ingenuidad: "Por si acaso tenían algún golpe". Afirmó que los detenidos le acompañaron voluntariamente, pero finalmente reconoció que les llevaron "obligados". Martín no supo explicar su anterior declaración según la cual los acusados le insultaron con "ojos desencajados y llenos de odio".

El policía Ruiz García declaró que no empujó con el subfusil a Jesús, aunque reconoció: "se daría él cuando le dije tira palante". El magistrado, que había mostrado su sorpresa cuando los acusados relataron que desde la madrugada en que fueron detenidos hasta después de las 15 horas del día siguiente no se les leyeron sus derechos, preguntó a Ruiz García cuándo se produjo este hecho. El policía dijo que no recordaba y que delante de él nadie informó a los detenidos.

El ATS no apreció lesiones
Especial interés revistió la declaración del ATS, que en su día dijo haber oído a Jesús: "Si no estuviera con las manos atadas, te mato". Navarro afirmó ayer que no recordaba si los procesados iban esposados, pero aseguró que los tres chillaban. Reconoció que elaboró unos partes que fueron firmados por el médico de guardia Raúl Marín Plaza, en los que no se apreciaban lesiones. El letrado Salas recordó que, en cambio, el médico forense sí apreció lesiones. En su informe final, el letrado García Baladía hizo notar lo inverosímil de que tres ciudadanos que van contentos por la calle se pongan a insultar a unos policías armados. Salas, por su parte, afirmó que el hecho de dos mujeres se besaran en la boca "no fue capaz de digerirlo un policía". Pidió una sentencia en la que, junto a la absolución, quede claro que "la policía no puede anteponer sus criterios morales personales". El juez recordó que en este juicio se juzgaba la denuncia policial, a la que la sentencia tendría que circunscribirse.

1987/02/05

DOCUMENTACIÓN | LESBIANISMO: EL TABÚ DE LOS TABÚES

Lesbianismo: el tabú de los tabúes.
Milagros Pérez Oliva | El País, 1987-02-05

https://elpais.com/diario/1987/02/06/sociedad/539564407_850215.html 

Representantes de los colectivos de lesbianas de toda España se reunirán durante este fin de semana en Barcelona para discutir en unas jornadas de reflexión los problemas vitales con que se encuentran y las estrategias a seguir en el futuro como grupos organizados en defensa de sus intereses. Lograr que el movimiento feminista en concreto y la sociedad en general acepten plenamente el lesbianismo como una opción sexual posible y normal, como cualquiera otra de las existentes, es el principal objetivo de estos colectivos.

En estos momentos existen colectivos organizados de lesbianas con una notable actividad militante en Barcelona Madrid, Bilbao, San Sebastián, Vitoria, Pamplona, Santiago de Compostela, La Coruña, El Ferrol y Zaragoza que reúnen varios cientos de activistas y simpatizantes. El movimiento de lesbianas se estructura actualmente en dos corrientes, la que acepta la doble militancia de sus integrantes, como lesbianas y como militantes de partidos políticos o de organizaciones feministas y la que se organiza en colectivos totalmente autónomos, aunque participan normalmente como tales en las campañas y acciones de las feministas y las otras organizaciones de lesbianas.

La primera de estas corrientes, que es también la más numerosa, ha organizado colectivos de lesbianas en todas aquéllas ciudades en las que existe movimiento feminista articulado con comisiones internas diferenciadas, por ejemplo la Comisión de Lesbianas integrada en la Asociación Gallega de la Mujer, el colectivo de lesbianas integrado en la Coordinadora Feminista de Navarra o los que existen en las ciudades anteriormente citadas. Entre estos colectivos, los más numerosos son los de Madrid y Barcelona.

Autoafirmación pública
El Colectivo de Feministas Lesbianas de Madrid es uno de los de militancia más activa: las 30 o 40 mujeres que constituyen el núcleo de las asiduas e inquebrantables se reúnen dos veces por semana y participan en prácticamente todas las actividades del movimiento feminista, aparte de campañas propias como la que llevaron a cabo el viernes 23 de enero pasado, para protestar por la detención de dos mujeres por haberse besado en público. Ese día, las lesbianas de Madrid se concentraron en la Puerta del Sol, a las ocho de la tarde, y reivindicaron su derecho a expresarse como cualquier otra pareja heterosexual con prolongados besos en la boca. Aunque, en general, a las lesbianas no les gusta ostentar su condición, son conscientes de que el movimiento todavía precisa de una cierta dosis de provocación y autoafirmación pública como ariete contra los prejuicios de la sociedad frente a ellas. Consideran que el lesbianismo sigue siendo "el tabú de los tábúes", hasta el punto de que la sociedad ha llegado a tolerar el derecho a la homosexualidad masculina, aunque sea con reticencias y considerada como una desviación, pero se resiste a conceder el mismo derecho la homosexualidad femenina.

Por eso, cuando en 1981 fue creado el Colectivo Feminista de Lesbianas de Madrid, a raíz del Primer Encuentro de Feministas Lesbianas de España celebrado en junio de 1980, el grupo se marcó tres objetivos prioritarios: la creación de un espacio propio que facilitara la autoafirmación personal de las lesbianas y les permitiera vivir su opción de forma desinhibida y con alegría; incidir en el movimiento feminista para lograr que éste asumiese plenamente la defensa del lesbianismo como una opción sexual tan posible y legítima como cualquier otra para todas las mujeres; y, finalmente, actuar como colectivo ante la opinión pública en defensa de sus intereses.

Con idénticos propósitos fue creado hace un año el Grupo de Feministas Lesbianas de Barcelona, en el que participan asiduamente entre 30 y 40 lesbianas, algunas de ellas también militantes de partidos políticos extraparlamentarios. De momento, se encuentra en fase de consolidación y todavía no ha abordado plenamente el trabajo de elaboración teórica, aunque ya se apunta que uno de los centros de la discusión será, con toda probabilidad, la disyuntiva de si el lesbianismo es una opción política o una opción personal y qué tipo de vinculación debe tener con los movimientos sociales, cuestión de la que los colectivos se escabullen tanto como pueden, puesto que no tiene fácil respuesta.

Las autónomas
Existen además de estos colectivos, algunas organizaciones completamente autónomas, sin ninguna vinculación orgánica con el movimiento feminista, aunque colaboran con él en algunas campañas públicas. Se trata de colectivos menos numerosos y más dispersos, entre los que destacan dos con sede en Barcelona: la Red de Amazonas y el Grup de Lluita per l'Alliberament de la Dona [Lesbiana], cuyas siglas, GLAL, son de tan dificil retención que sus integrantes ya han anunciado para las jornadas del próximo fin de semana la sorpresa de un nuevo nombre. Este es, seguramente, el colectivo lésbico más antiguo. Fue creado hace ocho años y participa en la Internacional Gay. Ha colaborado en numerosas ocasiones con el FAGC (Front d'Alliberament Gay de Catalunya) y ha desarrollado un intenso trabajo teórico, especialmente en lo relativo a las discriminaciones legales contra las lesbianas.

La Red de Amazonas es un colectivo muy diferente a los anteriores. Se trata, en realidad, de un servicio de conexión entre las lesbianas de toda España. El grupo Amazonas, con sede en Barcelona, tuvo desde el principio una constante relación con las organizaciones de lesbianas de otros países y decidió crear la red de conexión para divulgar la gran cantidad de documentación y trabajo teórico elaborado en el extranjero. La creación de la red obtuvo su impulso definitivo en el Sexto Encuentro de Feministas Independientes, celebrado en mayo del año pasado en Ciudad Real.

Del grupo Amazonas ha surgido un nuevo colectivo estable, creado en noviembre pasado, el Grupo de Estudios Lesbianos, que se reúne semanalmente en el Centre de Dones de Barcelona. Esta corriente no acepta la doble militancia y plantea la necesidad de que las lesbianas elaboren un nuevo análisis de su situación diferente del análisis feminista. Acusan a las feministas de haberse ocupado hasta ahora exclusivamente de la mujer desde la óptica heterosexual y reclaman un nuevo enfoque, en el que la opción lésbica constituya el punto de mira principal.

Mónica Witting
Uno de los puntales de esta opción es el trabajo teórico de Mónica Wittig, escritora francesa de 50 años, afincada en Los Ángeles, cuyas obras, de gran calidad literaria, tienen una gran influencia, más allá incluso de los grupos de lesbianas y del movimiento feminista. Fragmentos de algunos de sus libros -'Las guerrilleras', 'El borrador para amantes' o su primera novela 'Oponax'- fueron fotocopiados y distribuidos entre los grupos españoles bastante antes de ser traducidos al castellano por importantes editoriales.

MIKEL/A, AQUÍ ESTAMOS Y NO NOS OCULTAMOS

Mikel/a enseña cacho en la 2ª Gayakanpada de EHGAM, 27-29 agosto 1993, Muxika // STARS COFLHEE es un trabajo realizado por Julen Zabala Alon...