2007/06/21

DOCUMENTACIÓN | AMBIENTE | CHUECA Y LA FIESTA MÁS ORGULLOSA

La fiesta más orgullosa.
Manuel Cuéllar | El País, 2007-06-21

https://elpais.com/diario/2007/06/24/eps/1182665746_850215.html 

Llega el Día del Orgullo. Madrid se convierte estos días en la capital gay de Europa. Y Chueca será el centro de todas las miradas. Un barrio transformado por sus habitantes en un referente mundial de tolerancia y modernidad homosexual. Éstos son algunos de los protagonistas de su gran éxito.

"La comisaría de Centro está tras la pista de un presunto policía que el domingo efectuó dos disparos de pistola en la plaza de Chueca, después de quitar la cartera y un trozo de hachís a Juan Carlos Peña". El periodista Jesús Duva firmaba esta información el martes 16 de mayo de 1989 en El País y continuaba: "La plaza de Chueca es uno de los principales focos de distribución de hachís y heroína a pequeña escala en el centro de Madrid, según informaron fuentes policiales". A mediados de los años ochenta, este tipo de noticias se multiplicaban en las páginas de los periódicos. Chueca era un barrio muy peligroso y abandonado a su suerte, según los cronistas, por parte de la administración local. Antonio Muñoz Molina escribía en 1995 en estas mismas páginas: "El tráfico de heroína invadía esas mismas calles, y las esquinas iban siendo tomadas por los camellos, igual que las plazas por los drogadictos, que se inyectaban a la luz del día y delante de cualquiera, y ni siquiera la policía ni las autoridades municipales ni nadie con responsabilidad pública parecía enterarse o dar importancia a lo que estaba ocurriendo".

Mili Hernández, editora y propietaria de la librería Berkana, abrió su establecimiento en la plaza de Chueca en 1993. Los problemas aún seguían. "Muchas veces dejaba que la policía secreta espiara a los traficantes desde dentro de la tienda"; recuerda. "La mayoría de los locales de la plaza estaban cerrados, abandonados, nadie quería instalarse en un barrio tomado por la droga, los camellos y la delincuencia. Pero yo soñaba con que Chueca se convirtiera en el Village [mítica zona gay neoyorquina], en un barrio comprometido". No se convirtió en el Village, pero sí en una especie de Soho a la madrileña. Tanto que ahora muchos pequeños comercios han tenido que echar el cierre víctimas de unos alquileres que han subido en progresión geométrica y comprar un piso en Chueca es algo que no está al alcance de cualquier economía. Según la inmobiliaria Fotocasa, el metro cuadrado de vivienda en el barrio ha llegado a pagarse a más de 7.000 euros y la calle de Fuencarral se ha convertido en una milla de oro en la que las tiendas de ropa se multiplican y el trajín de gente es incesante.

¿Cómo se ha realizado esta transformación? Alberto Ruiz-Gallardón lo tiene muy claro: "Chueca era un barrio muy degradado, y hubo un momento en que un colectivo determinado [los homosexuales] decide instalarse, sin ningún tipo de ayuda pública, por su cuenta y riesgo. Ellos han regenerado Chueca. Lo digo yo, que vivo a muy pocos metros del barrio", palabra del alcalde de Madrid. Mili Hernández lo corrobora: "Este barrio lo hemos arreglado sin ninguna ayuda de la Administración. Era curioso escuchar a los vecinos cuando venían las televisiones a hacer reportajes sobre el fenómeno de Chueca y los residentes y dueños de los locales decían: mucho mejor los maricones que los drogadictos".

Pero ¿cuáles han sido los puntos de inflexión, los ingredientes fundamentales sin los que la transformación no habría sido posible? Antonio Poveda, presidente de la Federación Estatal de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales (FELGT), propone dos momentos: "Fue muy importante el hecho de que Chueca se abriera al día. En eso, la librería Berkana ha sido una referencia. Cuando Mili Hernández abre, empieza a haber otra visión del barrio y la gente comienza a salir a la calle. También fue definitiva la publicación de la revista Shangay, que ayudó mucho a la visibilidad y la normalización. El respeto a la diversidad es un valor importantísimo, y la revista contribuyó mucho a enseñar ese valor. Y también las manifestaciones a las que ha acudido cada vez más gente y que han sido un muro de contención contra el PP más homófobo".

La primera manifestación a favor de los derechos de gays y lesbianas se organizó en Barcelona en 1977. El 26 de junio de 1981 se publicaba la siguiente noticia: "Cerca de un millar de homosexuales, hombres y mujeres, se manifestó ayer en Madrid para conmemorar el Día Internacional del Orgullo Gay (...). Este año no se han producido incidentes y la legalización de la marcha les ha llegado sorprendentemente rápida". El próximo día 22 comienza en Madrid la celebración del Orgullo Gay Europeo, el llamado Europride, por primera vez en España, y los organizadores esperan una afluencia de público superior a los dos millones y medio de personas. "Las fiestas del Orgullo Gay son, para mí y para mucha gente más, las fiestas de Madrid. Ni San Isidro, ni la Paloma, ni nada", asegura Antonio Poveda.

Y lo cierto es que cada año va a más. Tanto que el Ayuntamiento ya está pensando en aumentar, según las necesidades, el perímetro de calles cortadas para evitar aglomeraciones como las de años anteriores. Así lo ha explicado el consejero de Economía del Ayuntamiento de Madrid, Miguel Ángel Villanueva, que también ha querido poner el acento en los 100.000 euros que el consistorio dará a los colectivos para subvencionar el evento. Sin embargo, los empresarios no están tan contentos. Alfonso Llopart, dueño y fundador de la revista Shangay, asegura: "Tenemos que agradecer al Ayuntamiento su aportación, pero nos parece insuficiente para un evento de estas características. Me parece que se desaprovecha una oportunidad muy importante para promocionar Madrid como un destino de referencia y fidelizar el turismo gay". El Orgullo Gay en Madrid ha adquirido tales dimensiones que incluso provoca tensiones entre los colectivos y los empresarios, puesto que son los primeros, como fundaciones sin ánimo de lucro, los que reciben las subvenciones de las instituciones, pero al mismo tiempo han de negociar con los empresarios para poder llevar a cabo la macrofiesta en la que se convierte el corazón de la ciudad durante más de una semana.

Las cosas no han sido siempre tan grandes. A principios de los ochenta comenzaron a abrir varios bares para homosexuales en Chueca. Pero, como recuerda Ángel Calvo, dueño de The Paso, uno de los locales de mayor éxito en la plaza de Vázquez de Mella, todo ha cambiado mucho. "En aquella época estaba todo muy escondido. En la mayoría de los locales había que tocar un timbre para entrar y se ligaba mucho más por la calle", recuerda. Eran sitios oscuros, cerrados, en los que reinaba cierto tufo de sordidez. "Pero entonces llegó la movida, y la movida se fraguó en Chueca y comenzaron a cambiar muchas cosas", recuerda Calvo. "La movida madrileña siempre ha estado ligada al rollo gay. La gente gay movía la música y se gastaba toda la pasta que tenía en la noche".

El 11 de julio de 1980, un empresario llamado José Cobo, que ahora tiene 56 años y regenta un local llamado Rick's, abrió un bar al que bautizó como Ras. "Fue un referente de la movida. La gente primero venía al Ras y luego se iba al Rockola", asegura.

En la época de la movida, la droga hacía estragos, no sólo entre gente anónima, también entre varios de los protagonistas de esos días de libertad en Madrid. Aquello fue el germen de lo que más tarde sería Chueca. La movida fue el cimiento sobre el que se levantó el barrio hasta hacerlo llegar, 20 años después, al glamour de locales como Isolée, uno de los multiespacios chics premiado en 2006 como el establecimiento más innovador de la Comunidad de Madrid; o el restaurante Bazaar o el videoclub-cafetería Diurno o la óptica Toscana, que también recibió en 2006 el galardón a la mejor rehabilitación de un establecimiento.

Miguel Ángel López, director de la revista Zero, también tiene sentimientos un tanto encontrados sobre el principio de la transformación de Chueca: "Era todo como un gran armario, oscuro, y recuerdo que la primera vez que entré en un local de ambiente me eché a llorar". López recuerda que empezó a trabajar de camarero en 1989 en el bar Dúplex. "Llegabas al ambiente y querías verlo y vivirlo todo, y así es como nos hemos conocido la mayoría. Trabajé allí porque vivía con mi familia en el barrio de Prosperidad y no tenía un duro". Así fue como los jóvenes tomaron contacto y decidieron hacer algo para cambiar las cosas. "Teníamos miles de ideas para darle vida al barrio. Prácticamente todos hemos pasado por el COGAM y hubo mucha gente que influyó. Mili fue una de ellas. Igual que Pedro Zerolo, un referente capaz de articular un discurso integrador, que daba mucha credibilidad al colectivo y demostraba que también se podía cambiar en lo político", cuenta Miguel Ángel López.

Mili Hernández también se muestra crítica. Está de acuerdo en que se ha logrado mucho, pero ve el futuro de otra forma. "Puede que ahora todo vuelva a cambiar, todo se ha convertido en intereses económicos. Ahora las rentas están por las nubes y nadie parece darse cuenta de que hemos sido nosotros los que hemos arreglado el barrio sin ninguna ayuda de la Administración". "Es que siempre ha habido mucha ilusión en Chueca y me da la impresión de que los gays siempre hemos sido muy burros y hasta que no hemos conseguido lo que queríamos no hemos parado", recalca Miguel Ángel López. Él mismo puede ser un ejemplo de lo que dice. En 1991, López vivía en Nueva Jersey, el Estado fronterizo con Nueva York. Allí se empapó de las revistas gays que en España no existían, como 'Advocate' y 'Out'. En 1998 sacó el primer número de la revista Zero. "Se llamaba Zero Quincenal y era famosa porque nunca salía a tiempo, siempre nos retrasábamos. Pero es que las ayudas reales que hemos tenido han sido muy pocas; yo iba pidiendo recursos y todo el mundo decía que estupendo, pero no daban un duro. Éramos todos muy novatos". Más tarde creó una empresa de software que se especializó en astrología y de ese éxito pudo sacar la inversión para poner en circulación y a la venta en los quioscos una revista en la que han aparecido en portada desde el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, hasta el líder de Izquierda Unida, Gaspar Llamazares, y que sirvió para que varios miembros de estamentos como la Iglesia y el Ejército salieran del armario con un revuelo mediático considerable.

"Ahora Europa, la igualdad es posible". Éste será el lema de la marcha que recorrerá desde la Puerta de Alcalá hasta la plaza de España pasando por la Gran Vía para conmemorar el Día del Orgullo Gay. Ya durante los últimos cinco o seis años la manifestación ha sido multitudinaria. Es la convocatoria estatal que une a lesbianas, gays y transexuales de todo el país. Pero este año además se espera la llegada masiva de gays de toda Europa que ya tienen una referencia de lo que significa Madrid en el mapa homosexual del mundo. Un lugar divertido, abierto y comprometido. "Para mí, las palabras de Zapatero cuando se aprobó la ley del matrimonio y la adopción gay quedarán escritas en letras de oro en la historia de España. Él dijo: 'Hoy somos un país más decente y respetuoso'. La garantía de una democracia sana es que se avance en leyes sociales. Esta legislatura ha sido histórica", asegura Antonio Poveda.

Tras la manifestación, las calles del barrio tendrán que acoger a cientos de miles de personas. El éxito de Chueca ha sido, según sus protagonistas, haberse abierto al día, haber dejado de ser un gueto para convertirse en una zona integradora y amable. La noche también se ha transformado. Eso lo saben bien personas como Manolo Greppi, que, junto a su socio Niki, posee el grupo HOT. Se trata de tres establecimientos dedicados en principio al colectivo oso (gays que cultivan la masculinidad en su aspecto exterior). "En nuestros locales tiene cabida todo el mundo. Cualquiera puede entrar, y creo que se han hecho grandes amistades en la noche de Chueca, dentro de esos bares que son ya algo más que un punto de encuentro para el colectivo", asegura Greppi.

Algo que también corrobora Javier Vergara, presidente de la asociación Madbear y codueño, con dos socios más, del Bears Bar: "Con el club queremos dar una oportunidad a la gente para unirse y realizar actividades conjuntamente, pero no sólo fiestas. Es cierto que hacemos la quedada internacional en diciembre, en la que llegamos a juntar a más de 2.000 personas, pero también nuestro club responde a esa actitud afable y participativa del colectivo osuno".

Los locales se han multiplicado y todo ha crecido en Chueca; el mercado de Fuencarral fue otro punto de inflexión para aumentar la imagen de modernidad del barrio. Pero también hay voces críticas y hechos que pueden llevar a una crisis de identidad. Un ejemplo es lo que va a ocurrir con el mercado de San Antón, en la calle de Augusto Figueroa. Era un mercado municipal al uso, con sus puestos de frutas, verduras, carnicerías, con 60 años de vida. Si se cumplen las previsiones de los constructores, el mercado reabrirá sus puertas este verano. Será más pequeño, pero más moderno. De los 45 puestos que tenía sólo quedarán 25 y estarán en la planta superior del nuevo inmueble. Los casi 1.000 metros cuadrados de la planta a nivel de calle serán ocupados por una de las marcas de supermercados de El Corte Inglés. Hay división: unos apoyan el pequeño comercio tradicional; otros vecinos se alegran de tener tan a mano un gran establecimiento con un horario amplio.

San Antón es una metáfora de lo que puede pasar con Chueca. "El barrio ha tomado ya tales dimensiones de fama y de modernidad y diversión que corremos el peligro de que se convierta en una especie de parque temático de gays al que acude el resto de la ciudad", previene Ángel Calvo. Por ejemplo, hace ya algún tiempo que proliferan en el barrio las celebraciones de despedidas de solteras que toman al asalto determinados locales gays. Dicen que esto ocurre porque los gays saben divertirse de otra forma, porque no le hacen ascos a la música más petarda para el consumo rápido y fugaz y porque no hay un lugar en la ciudad más abierto, en el que más se practique la tolerancia, la máxima de vive y deja vivir.

La celebración de Europride será un examen de selectividad para Chueca. Para revalidar ese tirón del que tanto se habla fuera de España. "Podemos terminar desbordados. Se pueden ampliar plazas y calles para que la gente quepa en el barrio, pero si no se le ofrece una alternativa, unas barras en las que poder consumir, música que escuchar, habrá zonas que puedan convertirse en un enorme botellón donde los vendedores ambulantes harán su agosto", advierte Alfonso Llopart. Habrá que esperar. Está claro que este barrio enamora, que tiene algo por lo que han luchado muchas personas, unas que ya no están y otras que siguen en la trinchera. "Yo presumo mucho de que quiero dejarlo todo e irme al campo. Pero si lo dejara me aburriría. Me moriría", asegura José Barbarroja, dueño del Black & White, uno de los decanos de Chueca. "Este bar y este barrio son mi vida".

Los editores: el poder de la letra impresa
Mili Hernández, de 47 años; Miguel Ángel López, de 38, y Alfonso Llopart, de 42, son tres de los activistas que probablemente más han hecho por Chueca y la causa gay. Mili abrió en 1993 la librería Berkana, especializada en temática homosexual, primero en la plaza de Chueca y ahora en la calle de Hortaleza. "Una cosa importantísima es que logré que el mundo gay no sólo se viviera por la noche, sino también a la luz del día", asegura. Berkana fue, probablemente, el primer establecimiento dedicado a los gays que no fuera un café o bar de copas. Miguel Ángel López dirige desde 1997 la revista Zero. Tres años antes, Alfonso Llopart se lanzó también al mundo editorial con la revista gratuita Shangay Express. "Tuvimos muy claro que nos gustaba El País de las Tentaciones y lo que quisimos fue hacer el Tentaciones gay y creo que lo hemos conseguido".

Las tribus: la visibilidad
Barbas, pelos, kilos, pantalones vaqueros, culto a la masculinidad y voluntad de ser afables: son los 'osos'. Estas señas de identidad lograron que este colectivo diera una vuelta de tuerca a la imagen estereotipada que se tenía del gay. En la foto, de izquierda a derecha, Javier Vergara, presidente de Madbear; Félix Martínez, organizador de una sesión 'osuna' llamada Bunker; Felipe León, 'mister bear' España 2006; Niki (con su hijo Mateo en brazos), socio de Manolo Greppi (segundo por la derecha), del grupo HOT, pionero en el mundo 'osuno' y que poseen los bares Hot, Enfrente y la discoteca The Angel. Junto a él, Juan Pizarro, también miembro de Madbear. Por último, Eduardo Carranza, uno de los primeros trabajadores del grupo HOT. En Chueca conviven todo tipo de opciones sin ninguna tensión. Una de las señas de identidad del barrio es la visibilidad.

Los ciudadanos: la normalización
En Chueca cohabitan, a cualquier hora del día, gays, heterosexuales, lesbianas, transexuales, bisexuales... El éxito de Chueca también es suyo. Han sido personas de mente abierta y sin prejuicios que buscaron en la diferencia su hábitat de normalidad. Es el caso de estos dos asiduos de la sesión Royal en el Cool, continuación del ambiente festivo de Chueca. Verónica, de 24 años, y de Sidney Sales, de 23: "No podría haber mejor ciudad para organizar el orgullo europeo. Va a ser muy grande, yo participaré".

Los continuadores: el ejemplo del éxito
Simbolizan a la perfección el fenómeno Chueca. Estos dos empresarios abrieron en septiembre de 2005 uno de los espacios más 'chics' de la ciudad. Bautizaron el local como Isolée y le encargaron la decoración a Teresa Sapey. En sus 400 metros cuadrados se puede tener acceso a firmas exclusivas de moda en un córner dirigido por Aitor Azúa, un supermercado de 'delicatessen', una zona de bar y restaurante, discos, revistas de tendencias internacionales, 'gadgets' escogidos... José Luis Robles, en primer plano, y su socio, Rodrigo Menéndez, tuvieron claro que para poner en marcha la tienda de sus sueños en Madrid, Chueca era el mejor barrio. "Es el más joven y dinámico y el más abierto a lo que proponemos: un escaparate moderno".

Los pioneros: los cimientos de la transformación
Cuando el barrio de Chueca todavía estaba totalmente abandonado y cercado por la droga, hubo una serie de empresarios que apostaron por la zona. Es el caso de José Barbarroja (primero por la derecha), que transformó un almacén de recambios de automóviles en un local llamado Black and White, probablemente uno de los que primero abrieron en Chueca. Ángel Calvo (segundo por la derecha) lleva 25 años trabajando en el barrio, ahora tiene el bar The Paso. José Macías (en el centro) regenta la primera tienda de artículos fetichistas que abrió en Chueca, el SR. Edgar Cabral es dueño de varios de los locales más frecuentados: Why Not, Polana y el restaurante Dirdam.

Los colectivos: la lucha por la igualdad
Su actividad siempre ha estado marcada por la reivindicación. Son hombres y mujeres que han ofrecido su tiempo y esfuerzo para que la opción minoritaria pueda acceder a todos los derechos que disfruta la mayoría. De izquierda a derecha, Antonio Poveda, presidente de la Federación Estatal de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales (FELGT); Mónica Martín, fundadora del colectivo Transexualia y miembro de la junta directiva del Colectivo de Gays y Lesbianas de Madrid (COGAM), y Pedro Zerolo, miembro de la ejecutiva del PSOE y concejal del Ayuntamiento de Madrid. Zerolo ha sido una de las cabezas más visibles en el movimiento por la igualdad de los homosexuales.

Las mujeres: empresarias y trabajadoras
Mayka Contreras fue una de las empresarias pioneras en abrir un local de copas en la plaza de Chueca. Es miembro de la asociación de comerciantes de Chueca y participa en la Asociación de Empresas y Profesionales para Gays y Lesbianas de Madrid y su Comunidad (AEGAL). Su primer negocio, que aún sigue en activo, es el bar Trucco, pero también posee Escape y Sunrise, otros dos nombres míticos del barrio. Se queja de la "persecución" policial a la que se ven sometidos muchos locales por parte del Ayuntamiento. Maite Miguel (a la derecha) trabaja para Contreras como encargada del bar Escape; también se queja de la presión policial.

2007/06/17

DOCUMENTACIÓN | TESTIMONIOS | PEPE GUTIÉRREZ: GERMÁN PEDRA, OSCAR WILDE Y EL MOVIMIENTO 'GAI'

Germán Pedra, Oscar Wilde y el movimiento “gai”.
Pepe Gutiérrez Álvarez | Kaos en la Red, 2007-06-17

https://archivo.kaosenlared.net/germ-n-pedra-oscar-wilde-y-el-movimiento-gai/ 

Conocí a Germán Pedra una mañana de domingo allá por la mitad de los años sesenta.

Hacía algunos años que éramos vecinos, y él ya me conocía. Vivía en los bajos del número 61 de la calle Simancas, y servidor en los del 58, una calle con una salida de bajada angosta y resbaladiza donde mi madre se partió la pierna, que coincidía con una ventana que iba ser la luz de un escenario muy particular. Una proximidad que no obviaba una diferencia de edad y de ámbito, él era un niño que estudiaba y yo un muchacho que trabajaba, y muchas horas, y desde luego, la vida en aquella Barcelona que no se parecía en nada a la del pueblo, donde todos se conocían. Con todo, aquella calle mantenía todavía un cierto aire de “corrala”, y los vecinos se trataban y se ayudaban en lo que podían.

Mi familia formaba parte del aluvión emigrante de la época, la suya era de las pocas catalanas (pobres por supuesto) que habitaban su propia lengua en un barrio que en unos pocos años había dejado de ser un espacio abierto con algunas viviendas aisladas y muchos huertos, para convertirse en uno con más habitantes por metro cuadrado del planeta.

Siempre bien peinado, vestido con primor, Germán era un punto y aparte entre los chavales de su edad, algo que lo distanció del ambiente mientras yo permanecí más o menos por el margen del medio o sea igual y distinto al mismo tiempo. En su mayoría eran niños de familias más o menos desestructuradas (aunque solamente fuera porque eran muchos y los padres trabajaban casi siempre), de difícil escolarización que se manifestaron pronto bastante hostiles a aquel chiquillo de trazos delicados, con sus gafitas de repelente niño Vicente de La Codorniz, un sabihondo en absoluto dado a los juegos de aquellos chicuelos que dedicaban la mayor parte de su tiempo a corretear y hacer travesuras.

Era ya mayor cuando todavía recibía algún que otro improperio con las obvias connotaciones machistas de los que no le aceptaban. Germán entonces respondía subrayando la diferencia: ¡Mira que son burros e impresentables¡…

Creo no equivocarme en señalar que este duro contraste tuvo una influencia en su extraña relación con el vecindario, sobre todo con aquel más próximo a su edad. En general, se puede afirmar que Germán no supo nunca lo que significaba ser niño en las calles y en los amplios solares, su comportamiento era más propio de aquellos chicos modelos que aparecían en las tarjetas de felicitación que regalaban los papas en los cumpleaños. Era un niño con risitos, que destacaba con sus rasgos finos, un aspecto exterior de buena familia, y para colmo, una silueta y una voz aflautada que para los más “burros” eran más propios de las niñas. Este distanciamiento ya se había forjado en sus primeros años cuando su padre, que había vuelto furtivamente del exilio, consideró que no era conveniente que Germán frecuentara los demás niños de la actual Plaça Guernica (y que antaño “gozaba” del nombre de Plaza del Caudillo), dado que parte del vecindario estaban formados por guardias civiles o municipales, y no era cuestión de tener problemas que podían comenzar por una ridícula pelea de chiquillos. De hecho, en el cambio de domicilio familiar también tuvo que ver la necesidad de un mayor anonimato si cabía, y Pedra era muy discreto en sus entradas y salidas.

Esta suma entre la distancia obligada y el estilo personal influyó en acentuar en Germán un cierta pose aristocrática que revistió un simbología presuntamente viscontiniana (Visconti siguió siendo un aristócrata cuando se hizo marxista) que con el tiempo no hizo más que desarrollar. Recuerdo que cuando yo me preparaba para abordar el bachillerato, él accedió a darnos clases a mi y algunos chicos más, y lo despectivo que llegaba a ser con las torpezas de estos, a los que trataba de zopencos a la primera. Actuaba como si no los perdonara, como si les devolviera bofetada por bofetada. Mostraba esta actitud de superioridad cultural y elegancia siempre que podía. Valga una muestra: Germán optaba siempre por pagar la “preferencia” en los cines, cuando, para mi estupor no podía ser porque facilitaba mejor la visión, tal como me aseguraba, ya que dichas preferencias cambiaba de lugar según que cine. De hecho existían para que un sector del público pudiera separarse del más llano, a veces compuesto por las familias de la zona barraquista que podía ocupar literalmente los cines mientras hablaban y gritaban al tiempo que devoraban las pipas o lo que les deparaba las fiambreras entre película y película.

Más tarde siguió mostrando esta pose cultista cuando tomaba parte en algún que otro debate público y creía identificar entre los animadores o entre los que intervenían, personas que de alguna manera reproducían las maneras torpes de los chiquillos del barrio. Recuerdo nítidamente cómo se tomó una exposición de pintura que se organizó en el Centro Social de la Florida y en la que el “pintor” era un muchacho hijo de antiguos militantes comunistas, con los que por entonces teníamos conflictos de ideas, yo en primer grado, él en segundo o quizás tercero. El muchacho quería ser pintor, pero estaba todavía muy lejos de saber siquiera aproximarse a un dominio de las formas más elementales, aquellas que habíamos admirado en alguna que otra exposición, como una extraordinaria de Zurbarán. Evidentemente, la exposición resultaba tan petulante que aquellos cuadros parecían una burla de los modelos clásicos que el pintor amateur trataba de copiar. Ni que decir tiene que sentimos la irresistible tentación de “tomarle el pelo” al “camarada”. Sin embargo, mientras que a mí me resultaba imposible no mantener una parcela de reconocimiento e incluso otorgarle un cierto dominio de los colores, Germán siguió siendo inclemente, y no pudo abandonar un enfoque sardónico que, por supuesto, no pasó inadvertido entre gente modesta y bienintencionada que mascullaba: “Pero este niño, ¿qué se ha creído?.

Entre otros muchos ejemplos me viene a la memoria una torpe presentación de la película Cromwell para hablar de la revolución democrática, efectuada por un joven comunista del barrio de La Florida que se había aprendido cuatro cosas sobre la revolución inglesa, pero que no sabía absolutamente nada sobre los conflictos entre los Tudor y los Estuardo, y no digamos de la guerra de las Rosas… El joven –un muchacho comunista madrileño que estaba como “refugiado” en el barrio, que luego fue un buen amigo y se aproximó a nuestra posiciones más abiertas-, contestó de la mejor manera que supo. A él no se le podían pedir más conocimientos, y reconoció que había tenido que realizar un gran esfuerzo para hacer una presentación que no le correspondía. En estos caso, a Germán no le dolían prensa para pedir disculpa, o incluso de ofrecer una documentación mayor para que estas cosas se hicieran lo mejor posible. Lo que no quitaba que su intervención (la propia de un “profe” que le pregunta al alumno como podía ser tan burro), provocara la reacción de los que sabían todavía menos que el ponente.

Ni que decir tiene que a mi también me tocó en más de una ocasión recibir su estocada, en particular en temas como la sexualidad en la que tanto tenía que aprender, sobre todo en la práctica. En el caso recuerdo una discusión en el tiempo que siguió la muerte del gran dictador. Entre mis primeras lecturas sobre la cuestión me llamó la atención unas líneas en la que se podía entender que los hombres sufrían una crisis periódica que, de alguna manera, podía ser comparable con la menstruación femenina, un tema sobre el que lo ignoraba prácticamente todo al igual que mis hermanas, que se enteraron cuando les llegó, o sea antes que yo. Lo dije sin mucha convicción en medio de una charla sobre feminismo ante un público de mujeres con voluntad de radicalización. Germán aprovechó el momento para dejarme en ridículo. No solamente trató de poner en evidencia que no sabía de lo que estaba hablando, sino también dejó caer que menda –al contrario que él que ya tenía muy clara su identidad sexual-, era un puritano reprimido de cuidado. Está claro que no le faltaba razón.

Entonces, su vida sentimental ya era bastante agitada, y la mía no había sobrepasado el estadio de los prolegómenos.

No deja de ser curioso que fuesen sus padres los que “me descubrieran”.

En aquel entonces yo me estaba apartando de mis amigotes de los primeros tiempos. Esto no pensaban en otra cosa que en “pasárselo bien”, y eso significaba fútbol, baile y chicas, esto último de una forma bastante irrisoria. Yo ya había dejado la pasión estéril por el fútbol para centrarme en el cine. Lo de las salas de baile era un tormento dada mi timidez casi enfermiza y la convicción de que nunca aprendería a moverme con una chica al lado. En cuanto a estas, aparte de que no confiaba en absoluto en poder acceder a la dama de mis sueños, me parecía ridículo el juego de los piropos tontuelos aprendidos de mis amigotes, y humillante las respuestas de algunas de ellas, sobre todo cuando pasaban en grupos. Una de las manifestaciones de este distanciamiento pasó afortunadamente por no querer fumar, algo que si harían todos los demás ya que necesitaban dar la imagen de “hombre” tal como se expresaba entonces, sobre todo en el cine. Mis amigos eran chicos emigrantes como yo, obreros en su mayoría de la construcción, algunos de mi propio pueblo y otros de pueblos semejantes.

Después de ser uno más durante unos años, me fui creando una nueva silueta, la de un chico serio y aplicado, vestido con cierta elegancia por mamá, y desde 1963 con unas gafas que eran muy propios de alguien que ocupaba su tiempo leyendo libros por todos los rincones posibles. Esto no lo hacía por ninguna pose particular de lector, sino porque en nuestro piso vivíamos hasta tres familias (exactamente tres hermanos, con sus respectivas esposas más los niños y la abuelita) con algún que otro añadido circunstancial, y obviamente carecía de un espacio donde poder concentrarme. No deja de resultar curioso que esta actitud mía de apartarme del grupo, de no buscar chica y de leer tanto, fuese tildada por algunos de mis amigotes, como propia de un seminarista o lo que era peor, de un “sarasa”.

Como esto de la lectura pues resultaba tan poco habitual, Lola y Francecs no dejaron de percatarse de que yo siempre llevaba un libro conmigo fuese a donde fuese, y pensaron que podía convertirme en un posible amigo del Germán, quizás el único posible en aquel páramo en el que los jóvenes ya tenían el camino marcado: trabajar, aprender en lo posible un oficio, reunir dinero para encontrar pareja, casarse, tener hijo, y no complicarse la vida.

Está claro pues que nuestro primer encuentro no fue fruto de la casualidad, ni mucho menos. Ocurrió en la bodega en la que Germán compraba el vino para su padre, y en el curso de un programa de cine que daban en la TVE que comenzaba con la música de Jacques Tati, y en el que hablaba con un tono muy profesoral un crítico gafudo llamado si no recuerdo mal Joan Munsó Cabús. En casa todavía tardaríamos años en tener TV, y esta era la única que yo tenía a la mano y la aprovechaba para ver algunas series de difusión cultural como una biografía de Francisco Quevedo al que interpretaba Carlos Lemos, y cuyo guionista era Carlos Muñiz, al que yo ya conocía gracias a la revista ‘Primer Acto’, llevada por el mismo equipo de la revista ‘Nuestro Cine’, y ambas vehículos de una izquierda intelectual en el área próxima del PCE. Me ponía de pie delante del aparato haciendo caso omiso del fragor de los tertulianos, y nadie me decía nada, supongo porque también era cliente, sobre todo del futbolín que se ponía al rojo vivo los domingos por la mañana.

Aquella noche el programa versaba sobre Ingmar Bergman que había sido estrenado entre nosotros como un cristiano ferviente quizás un poco complejo, un empaquetamiento que se efectuó mediante una deformación de los diálogos de algunas de sus películas que como ‘El manantial de la doncella’ o ‘El séptimo sello’, se habían estrenado aquí e incluso habían llegado a los cines de barrio en los que, por cierto, no se pasaban únicamente películas como las del tristemente célebre programa actual de TVE, también nos llegaba buena parte del mejor cine norteamericano y europeo. Por entonces yo había leído algún que otro artículo sobre Bergman en ‘Nuestro Cine’, y por lo tanto estaba sobre aviso de las deformaciones de la censura, y por ahí transcurrió una primera conversación después de que con sus o­nce años, Germán me preguntara si me interesaban las películas de Bergman.

Si no fue al día lo sería el siguiente, el caso es que comenzamos a coincidir en el trayecto del Bus que nos dejaba en el metro de Santa Eulalia, y durante el trayecto empezamos a hablar de cine y de otras cosas, siempre desde un sentido crítico básico, o sea desde el reconocimiento de que el régimen estaba interesado en mantener al pueblo en el miedo y la ignorancia. Al llegar el primer domingo, Germán me vino a buscar con una revista llamada ‘El Correo de la UNESCO’ en las manos. Hasta aquel momento yo me había limitado a ver cine, a aproximarme al cine más crítico, y a leer como dios me dio a entender mis primeros libros, normalmente obras editadas en la colección Pulga, y de autores conocidos como Walter Scott, Julio Verne, etc. El Correo era otra cosa, hablaba de la arqueología y la presa de Asuán, de Antón Makarenko y de su ‘Poema Pedagógico’, un trabajo que pasaría de mano en mano por mucho tiempo, de la historia del superviviente de una tribu india que se daba por exterminada, y que había sido adoptado por una universidad norteamericana donde se había convertido en un estudiante verdaderamente privilegiado, un detalle que, ni que decir tiene, me causó un impacto considerable. Era lo que a mi me hubiera gustado ser.

Tampoco había tenido ocasión a lo largo de mi vida de conocer a alguien con la capacidad que mostraba Germán que muchas veces no parecía un niño, aunque otras sí, otras parecía un niño malcriado, un hijo único que además había llegado al mundo después de que sus padres hubieran perdido otro que tuvo desde el primer momento problemas serios de salud, y que según contaba Lola en las pocas ocasiones que recuerdo haberle escuchado hablar de él, era patizambo, y después de un regreso tan dramático. No había duda de que Germán estaba destinado a gozar de toda la cultura que sus padres habrían querido tener, y que tanto deseaban para todo el mundo. No pasaron muchos días para que me hablaran de la escuela Montesori, y para que me contaran lo que este nombre significaba. Germán me contó que recibía clases de la señorita Llibert, que en catalán quería decir Libertad. El que le había puesto su padre, un antiguo compañero…

La casa de la familia Pedra era algo parecido a un cuchitril. Para acceder a ella desde la propia Calle Simancas había que bajar unos escalones de tierra que cuando llovía eran un peligro como pudo comprobar mi buena madre que un día resbaló y se rompió una pierna, con lo que ella era para la casa que no dejaba hacer nada a nadie. Desde abajo aparecía como al final de un callejón, en suma, era un lugar de paso, y desde fuera se podía averiguar si sus dueños estaban o no en casa. Su carácter de pasaje obligatorio se mostró una dificultad considerando que en aquel cuchitril no solamente se hablaba de “política”, o sea de temas subversivos., sino que además sus moradores tenían la voz y el genio fuerte de manera que lo que decían se podía escuchar sin dificultades al pasar. Y no digamos cuando al Cisco le daba por cantar ‘A las barricadas’ después de haber cumplido con uno de sus mayores placeres: comer bien y abundantemente, charlar por los codos, beber sin reparos vino del porrón, y recordar los años jóvenes, cuando estas canciones se cantaban a pleno pulmón en las empresas y en las calles.

Tiempos en los que la lucha por la felicidad pasaba por la camaradería y por soñar.

Al llegar a su casa se podía llamar por el timbre o bien por un golpe por la ventana, también se podían hacer señales si ellos te veían. El calor del recibimiento contrastaba con la exigüidad de los espacios. Al abrirse la puerta se pasaba directamente a un comedor donde apenas si cabían cuatro personas sentadas. Al comedor daban otras dos puertas, una que nos llevaba a la habitación del matrimonio, otra daba paso a una pequeña cocina desde la cual se entraba a la pequeña habitación del Germán en la que cabían una pequeña cama, una silla con una mesita y aquellas estanterías de buena madera en la que recuerdo las ediciones recientes de Aguilar de las Obras Completas de Oscar Wilde, García Lorca, y creo también que de William Shakespeare, amén de otros autores, no demasiados porque no había lugar para mucho más. De la cocina se pasaba a un rincón donde estaba el WC, la máquina de cocer, y que daba a través de una ventana a otro rincón del vecino con el que mantenían mejor relación. En la misma casa vivía el Pedro, un niño procedente de Extremadura que pasaba por ser el tonto buenazo de la calle, y al que sus padres cuidarían con esmero. Lola y Francecs valoraban intensamente el esfuerzo de estar personas y su buen talante trabajador y afable.

(Paseando por Can Serra me encontré con el Pedro más de treinta años después. Hacía tiempo que habían muerto sus padres, y ahora lo cuidaba su hermana, y decía esto con un sentimiento que resultó sobrecogedor para mi compañera que es muy perceptible en estas cosas. Se acordaba perfectamente de mí, y me ofreció numerosos detalles de entonces, en particular sobre la familia Pedra que, en medio de una tendencia general hacia la burla, lo trataron siempre con un exquisito respeto).

Quizás esto era lo primero que te llegaba cuando te convertías en un asiduo, y yo lo llegué a ser durante mucho tiempo de día sí y día también. Nada más entrar me llegó una declaración afectuosa. Hacía mucho tiempo que hablaban de mí, de aquel muchacho serio que iba y volvía del trabajo con un libro debajo del brazo junto con el hatillo con la fiambrera, y se empeñaba por tener cultura en unos tiempos como aquellos en los que los trabajadores carecían de los derechos más elementales, y que no querían ver más allá de sus narices. Pedra era catalán de toda la vida como lo eran sus padres, y Lola como formaba parte de una familia murciana que ya había tenido que emigrar en los años veinte porque el trabajo en la mina del padre no daba para todos. Él se sentía catalán, y que nadie dijera nada de Cataluña, sin embargo no admitía la menor señal de menosprecio de la gente que habíamos tenido que emigrar. Después de esta primera presentación venía otra que hablaba de la importancia del trabajo, temas sobre los que Germán guardaba un prudente silencio siempre que no se extendieran.

Creo que la amistad conmigo le sirvió a Germán para dar unos cuantos pasos apartados de sus padres. Cierto era que estos le permitían una cierta libertad, y que confiaban en él, pero con las limitaciones propias de su edad, también que tenía “amistades”, pero ninguna era de aquellas serias, de tal manera que, por ejemplo, pasaba los domingos por la tarde en casa. Desde que nos conocimos fuimos a la par a toda clase de lugares, por supuesto a los cines de barrio, ahora optando por tal o cual programa después de una larga conversación sobre su interés. También nos hicimos adeptos a los cine-clubs sobre los que Germán poseía una información de la que yo carecía. A veces se trataba de sesiones del sábado o domingo tarde, lo que no representaba ningún problema. Se trataba de coger el Bus y luego el metro, y volver en hora normales. Pero otras veces los pases se ofrecían a las diez de la noche o un poco más tarde, y entonces el problema estaba, primero porque al día siguiente había que trabajar, y luego en volver, sobre todo considerando que mi economía no daba para coger un taxi, es más, ni tan siquiera me lo planteaba. A Germán lo del taxi le parecía elemental, todo un símbolo, y fue con él con quien volví por primera y muchas veces más en un medio de locomoción que costaba cinco veces más que la entrada del cine.

Durante un tiempo nos hicimos adictos a un cine-club universitario que tenía la sala en la Ronda San Antoni, no muy lejos del Mercat donde los domingos por la mañana se establecían los Encantes de los libros donde el Pedra era sumamente conocido entre los libreros que le tenían al tanto de lo que guardaban por los recovecos. Por aquella época Pedra me llevó a la librería de los Porter. En la Puerta del Ángel, a la presentación de un libro llamados ‘Els altres catalans’, de un tal Paco Candel, y cuando el autor iba a hablar, llegaron unos señores que dijeron que aquello se había acabado. Nos fuimos antes de que nos preguntaran que hacíamos allí.

Colocados en algún lugar entre el PSUC y nosotros, los maoístas —en particular el entonces importante PTE, pero también su ala argelina del PCE (internacional), que no dudó en expulsar a uno de sus militantes por liarse con una chica libertaria—, solían convertirse en los partidarios de la mano dura de la Junta. Fueron los más coléricos adversarios de un mural que compuse mediante un extenso collâge de recortes de prensa. Leído a primera vista, era una denuncia del orden existente sobre la base a informaciones, chistes, etcétera. Pero no era necesario ser un águila para vislumbrar que, en su parte final, mezclaba a Stalin como parte del Mal, poniéndolo al lado de Hitler, Pinochet, Nixon y otros. Aquello era ensuciar al jefe del frente antifascista, al continuador de Lenin, etcétera. También asumieron el papel de fiscal en un ejercicio que acabó con la expulsión de uno de los jóvenes más activos de la Liga Comunista, Xavi. Su culpa fue haberse dejado, negligentemente, un paquete de propaganda en secretaría. Entonces no pude intervenir, pero guardé mi cólera por un tiempo, hasta que en una Junta extraordinaria le dio la vuelta a la historia. De acuerdo; mi amigo había sido bastante irresponsable, pero lo eran más los que publicitaron su descuido y no tuvieron empacho en jugar con su nombre. Además, por cosas de éstas se podría expulsar a mucha gente. El momento de mayor crispación vino envuelto en una acusación de homosexualidad. Al volver de uno de aquellos congresos interminables, me enteré que la Junta acababa de aprobar, a instancias de los del partido y de los maos, la expulsión de Germán, que ya había adoptado abiertamente una opción sexual heterodoxa, y de René, una loca que mariposeaba alrededor de uno de los jóvenes. Los dos eran respetados con las mismas armas de la ironía que les eran congénitas.

Tampoco causaban ningún pavor en los padres. A mí me llamaba la atención la distensión con que trataban la marcha de sus hijos, claro que los tiempos eran otros, pero algunos tenían también sus muertos en la familia. Sí preocupó a la mayoría de la Junta, que optó, lisa y llanamente, por una expulsión a la manera soviética. De paso, suponían que se debilitaría la base de apoyo disidente. No fue así. La medida radicalizó al grupo, que no se mostró dispuesto a transigir. Entonces, se barajaron diversas respuestas hasta que se pensó en aprovechar algo en lo que ya se estaba trabajando: el teatro. Germán tenía ya experiencia en diversos montajes. Por su parte, René volaba, literalmente, recitando. Durante una reunión agitadísima en la que René se tronchaba diciendo con su tono de una Virtudes desmadrada -«¡Dios mío! ¡Dicen que yo soy trotskistaaa! ¿Qué es esooo?»-, se me ocurrió la idea de hacer un montaje escénico entorno al poema de Oscar Wilde ‘La balada de la cárcel de Reading’. En pocos días, lo teníamos a punto en el pequeño escenario de la Asociación de Amigos de la Música (AAM), que gerentaba Joan Francesc Marcos.

La representación no se hizo esperar en una sala en la que no cabía un alfiler. Teníamos hasta a la prensa —TeleExpress y Mundo Diario— presentes. Como parte de la obra, me correspondió declamar un prólogo muy trabajado. Su base argumental provenía del libro ‘La revolución sexual después de Reich y Kingsley’, una obra densa de Daniel Guérin, un erudito marxista francés que, a finales de los años treinta, había sido el lugarteniente de Marceau Pivert en el Partido Socialista Obrero y Campesino francés, aliado del POUM. En el presente, era una de las plumas más reputada de la izquierda radical francesa y autor, entre otras cosas, de una célebre antología sobre el anarquismo, así como de un análisis sobre el fascismo y el gran capital. Homosexual y librepensador, Guerin sintetizaba buena parte de los criterios de las ideas de revolución sexual que comenzaban a extenderse entre las nuevas generaciones. También cité ampliamente un texto de Wilde sobre ‘El alma del individuo bajo el socialismo’, el mismo que Tusquets acababa de poner en la calle en una edición muy asequible y que Germán tenía desde los años sesenta en las ‘Obras Completas’ editadas por Aguilar. Luego, René recitó el hermoso descargo de Oscar Wilde como si no hubiera hecho otra cosa en su vida. Además de hermoso, el texto denunciaba la intolerancia victoriana.

El epílogo llegó con el debate calentado por los aplausos. Con la ayuda de Guerin traté de imitar lo que G. B. Shaw atribuía al Trotsky polemista, decapitar para demostrar que en la cabeza no había nada. Aquello de cortar la cabeza de los adversarios, no para quitarles la vida, sino para demostrar que estaban vacías. Me lo permitieron algunos jóvenes maoístas presentes, que aseguraron que en China ya tenían solucionada esta «desviación» con los campos de trabajo y de reeducación. El joven maoísta más conocido aludió a «una unidad de destino —trotskistas y homosexuales— en lo universal» para tener que callar sepultados por una información sobre la que lo ignoraban todo. Como la mayoría de los presentes. Como servidor, poco tiempo atrás. La guinda la puso la prensa. Los diarios se deshicieron en elogios.

Meses después, los jóvenes comunistas del PSUC liderados por la infatigable y eficaz Isabel que los protegía de nuestra influencia como si fuesen polluelos, organizaron, con cierto tono de desagravio, un seminario sobre sexualidad que causó bastante expectación. No encontraron mejor recurso que los médicos y sexólogos (una palabra que la mayoría ignorábamos su existencia) componentes del Instituto Lambda, animado por homosexuales militantes afines al PSUC en su mayoría, pero obviamente radicalizados en este punto. Por aquel entonces, el PSUC ya tenía una posición muy diferente a la de, por ejemplo, el partido comunista argentino que había expulsado de sus filas al gran Héctor Anabitarte, amigo en los años ochenta por partida doble, como compañero del Diario e Barcelona, y afín al Germán, y motivo feliz de diversas cenas que se prologaban en mi piso de pareja gozosa en la cale Olçinellas de Sants, con controversias y anécdotas de todos los gustos hasta la extenuación, ya de buena mañana.

Aquellas conferencias fueron ciertamente legendarias. Los bajos del amplio local asociativo se ponía hasta la bandera con gente de todas las edades que jamás hasta entonces habían escuchado nada parecido, dicho con tanto conocimiento y con tanta elegancia. Para todos los que teníamos claro que había que huir de la pobre y oscura sexualidad de nuestros mayores, cada charla era el prólogo para desairar después interminables conversaciones sobre lo que era correcto o no era correcto. Por lo demás, en nuestro caso, en el de la LC, el asunto conectaba con historias de orgías fabulosas que se habían creído ver detrás de la edición de ‘El combate sexual de la juventud’, de Wilhem Reich, punto que he tratado en un artículo sobre éste último en Kaos. No obstante, Germán no se creía estas historias, y no cesaba de tratarnos como unos reprimidos, especialmente a mí, quizás porque tenía más confianza, y también porque tenía menos riesgo de error.

Además, todos eran amigos de Germán que no hay que decirlo, gozaba de un buen dominio sobre la cuestión, algo que se encargó de demostrar en sus sucesivas intervenciones. Las muy didácticas y rigurosas conferencias del colectivo Lambda fueron demoledoras con las creencias de la vieja guardia comunista educada en aquella moral estaliniana que no permitía ni un triste beso en las películas. Sánchez Laos, que aparecía como el más autorizado, y que reconocía valientemente su deuda cultural con un homosexual de su pueblo, llegó a argumentar que la sexualidad era una perversión fuera de las exigencias «naturales» de la procreación. Los jóvenes maoístas tampoco andaban mucho más allá. Lo primero era la revolución, popular claro, porque la proletaria quedaba para otra etapa.

En esto, la autoridad de los conferenciantes actuó como una proclamación ante una juventud radicalizada contra estas barbaridades. Cuando intervine diciendo que de existir alguna perversión, ésta no podía ser otra que la castidad, los charlistas también la rechazaron. No estaba descartado que ésta pudiera ser una expresión más de las infinitas respuestas humanas al sexo. Al final, el cursillo vino a ser el colofón de nuestras exigencias. Fue una victoria de Oscar Wilde sobre Stalin o al menos así lo entendimos los que creíamos haberla ganado. El estalinismo no era solamente conservador y uniformista, también era castrador.

(No puedo por menos que agradecer la idea de componer este artículo a una nota aparecida en otro anterior, ‘La estrella rosa bajo el franquismo’, que ironiza sobre el asunto cerrando los ojos lo que les sucedió a muchísimos homosexuales rusos ingresados en los campos de concentración estalinianos gracias al vulgar método de atribuir a los “enemigos” semejante acto de barbarie).

Recuerdo que la misma noche de ‘La balada de la cárcel de Reading’, nos congregamos una veintena de jóvenes en casa de los Pedra que estaban ausentes. Había una guitarra, y varias botellas de licores aunque no sabría decir de cuales porque a mí estas cosas ya no me iban. Se habló largo y tendido del acto, de lo que dijo tal o cual o de éste u otro momento, de lo impresionante que estuvo René, del montaje escueto eficaz de Germán, y por supuesto de cómo yo les había tomado el pelo a los “maos”, algunos de los cuales siguió la “juerga” con nosotros.

También en eso nos distinguíamos. Aquello se prolongó hasta que comenzaron a cantar los gallos del corral de un vecino mal encarado, y al final se habían dicho más cosas de la prevista. No sé a quien se le ocurrió hacer una “mesa redonda” en base a las cosas que Guerin atribuía al informe de Master y Johnson, a saber, quién entre los presentes podría precisar con claridad su orientación sexual. No sabría precisar porcentaje, pero creo que entre el ambiente y el alcohol surgió el reno de la sinceridad, y se dijeron muchas cosas que no se suelen decir en la vida. Si algo quedó claro es que ni a René ni a Germán le gustaban las mujeres, “dicho sea con todo respeto” precisó el primero. La única mujer de su vida era su santa madre que lo protegía de todo mal. Así quedaba también claro que lo que argumentaba la pobre Lola Peñalver, que Germán, su hijo, se “había torcido” por un desengaño amoroso, era pura fantasía materna.

La amistad entre Germán Pedra y un servidor se enfrió considerablemente con la política institucional. Después de haber participado como “simpatizante” más bien pasivo de mis aventuras trotskianas, emergió como uno de los notables que daban su apoyo a la creación del PSC-PSOE dentro del cual apareció como uno de los “hombre fuertes” en L’Hospitalet, sobre todo en la batalla por disputarle influencia al PSUC ya liderado por Joan Saura. Los encuentros se fueron haciendo cada vez más espaciados, y mientras él trataba de ponerme algún anzuelo, yo le trataba muy duramente. Le citaba ‘El Gatopardo’ para distinguir tres momentos en la historia socialista. La de los leones (Pablo Iglesias), la de los gatopardos (Largo Caballero), y el de las hienas (Felipe González), y decía esto último pidiéndole disculpas a las hienas.

En uno de nuestros últimos encuentros yo me sentía muy mal por sus relaciones con jóvenes árabes (algo que él adobaba citando el ‘Corydon’, de Gide), y sus entradas y salidas con ellos desde el coche oficial en la calle donde se había criado, y donde le votaban. Estábamos en medio de una cena, y aquella noche Ángel Colom presentaba un Informe Semanal a la mayor gloria de Juan Carlos I, como el Gary Cooper de la democracia… Mientras yo soltaba sapos y culebras, Germán presumía de la foto que había obtenido con su Majestad. Luego tardamos años en vernos, y por más que había una voluntad de mantener la amistad por encima de las diferencias, llegó la primera guerra del Golfo que nos situó en trincheras opuestas. No sin graves contradicciones íntimas, él se había apuntado nuevamente al carro de los vencedores y se había convertido –como Felipe, su maestro- en un liberal que se sigue llamando socialista por conveniencia, para mí el neoliberalismo era algo así como una variante ilustrada y poniente del fascismo, y en algunos casos, todavía más destructor.

El distanciamiento fue tal que casi le perdí la pista hasta que, casualmente, con ocasión de un encuentro de escritores en L´Hospitalet, Joan-Francecs Marcos, me contó que le quedaban pocos días. Estaba ingresado en la Cruz Roja de la ciudad, y su aspecto era más el propio de un superviviente de un campo de exterminio. Aquello me conmovió hasta las entretelas, y durante un par de horas hablamos de todo, todavía tenía ilusiones, estaba preparando un libro de poesía, me quiso convencer que Zapatero era un reformista de verdad, y quedamos para unos días después, pero ya no hubo ocasión.

(*) Lo fundamental de este trabajo está extraído de mi libro, ‘Memorias de un bolchevique andaluz’ (Ed. El Viejo Topo), seguramente el último libro que le regalaron a Germán Pedra en su vida, una vida en la que estos fueron siempre fundamentales.

(1) [¿?] Concretamente en el trabajo de Laurentino Vélez-Pellegrini, ‘Del radicalismo a la gran claudicación. El movimiento gai y lesbiano desde los 80 a nuestros días’, aparecido en la revista ‘El Viejo Topo’ en dos entregas y en la obra de Armand de Fluviá, ‘El moviment gai a la clandestinitat, 1970-1975' (Laertes, Barcelona, 2003).

2007/04/19

TESIS | Trujillo Barbadillo, Gracia | Identidades y acción colectiva: un estudio del movimiento lesbiano en España, 1977-1998

Trujillo Barbadillo, Gracia (2007). Identidades y acción colectiva: un estudio del movimiento lesbiano en España, 1977-1998. Instituto Juan March. Tesis Universidad Autónoma de Madrid, Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales, Departamento de Sociología. Fecha defensa: 2007-04-19. Bajo la dirección de Andrew Richards. 

Ed. digital: Open Access | Instituto Juan March 
https://www2.march.es/bibliotecas/publicaciones/ficha/fjm-pub/1064

La tesis fue defendida en la Universidad Autónoma de Madrid y dirigida por Andrew Richards. La pregunta fundamental es qué causas explican los cambios dentro de los movimientos sociales, cuestionando dos interpretaciones centrales en la sociología de los nuevos movimientos. Por una parte, la basada en la movilización de recursos; es decir, en la disponibilidad y la importancia de los recursos organizativos del movimiento. Y por otra parte, la que atiende al proceso político; es decir, la modificación en la estructura de las oportunidades políticas. La tesis considera sobre todo las identidades colectivas del movimiento; por qué y cómo varían los discursos identitarios a lo largo del tiempo —un periodo de 20 años en España— de forma que las identidades no tienen un carácter inmutable. Analiza qué consecuencias tiene el discurso identitario sobre las alianzas del movimiento; en este caso, según que se enfatice el género optando por el feminismo o que se enfatice más la adscripción al conjunto de minorías sexuales; opciones que provocan conflictos y debates internos y que influyen en la orientación del movimiento. Analiza también qué consecuencias tiene tal definición de identidades sobre las posiciones ante distintos temas; es decir, sobre las reivindicaciones del movimiento –ya sean demandas legales o bien sean reivindicaciones (por ejemplo, ante la incidencia del sida). Y qué consecuencias tienen finalmente las definiciones de identidad sobre la propia evolución del movimiento, de forma que éste es visto como un agente de su propia evolución. Su discurso identitario proporciona cohesión, razones, frente a la estigmatización y la discriminación. Así un movimiento puede sobrevivir e incluso expansionarse cuando los recursos que puede movilizar son escasos (frente a las predicciones de la teoría de la movilización de recursos) o cuando las oportunidades políticas son menos (favorables frente a la tesis de la estructura de oportunidades políticas). Carece así también de sentido la distinción convencional entre movimientos identitarios y movimientos instrumentales.

2007/01/20

DOCUMENTACIÓN | DERECHOS | LA COMUNIDAD DE MADRID ASUME EL TRATAMIENTO HORMONAL Y EL CAMBIO DE SEXO

2.500 personas aguardan en la región una operación de cambio de sexo.
La Comunidad pagará entre 10.000 y 30.000 euros por intervención.
Jaime G. Treceño | El País, 2007-01-20
https://elpais.com/diario/2007/01/21/madrid/1169382256_850215.html 

A lo largo del próximo mes de marzo, el Servicio Madrileño de Salud, que depende de la Comunidad de Madrid, sufragará el tratamiento hormonal y las intervenciones quirúrgicas de quienes quieran cambiar de sexo. En la región hay aproximadamente unas 2.500 personas en esta situación, según precisó ayer la presidenta de Transexualia, Rebeca Rullán. El coste de las intervenciones varía entre 10.000 y 30.000 euros.

La Comunidad de Madrid será la primera región gobernada por el PP y la segunda de España, después de Andalucía, en sufragar y realizar el tratamiento hormonal y las operaciones a aquellas personas que quieran cambiar de sexo. La Unidad Multidisciplinar para la Atención a los Trastornos de Identidad echará a andar a lo largo de marzo, según informó el viernes pasado la directora general del Servicio Madrileño de Salud (SerMas), Almudena Pérez, a las principales asociaciones del sector.

En la Federación Española de Transexuales-Transexualia calculan que en la Comunidad de Madrid hay un máximo de 2.500 personas que están en esta situación. "Es difícil hacer una estimación en toda España, pero la mayoría se concentra en las grandes ciudades como Madrid, Barcelona y Valencia", asegura su presidenta, Rebeca Rullán, quien agrega que últimamente se ha sumado mucha población inmigrante.

El coste de la operación es oneroso. "Una vaginoplastia [creación de los genitales femeninos] cuesta entre 10.000 y 14.000 euros en la sanidad privada; la metaidoioplastia [la de los genitales masculinos], unos 18.000, y la faloplastia cerca de 30.000, aunque es la menos demandada", asegura, para luego aclarar que desconoce si esta última técnica se halla incluida en la cobertura pública.

Asturias y Aragón han creado recientemente una pequeña unidad de género que cubre asistencia psicoterapéutica y los tratamientos hormonales. Las cirugías las derivan a la Unidad de Género del hospital Carlos Haya de Málaga. Cataluña también tiene una pequeña unidad de género pero no incluye la cirugía. En Andalucía, la Unidad de Trastornos de Identidad de Género da servicio desde 1999. Desde esa fecha, el hospital Carlos Haya ha practicado 172 cambios completos de sexo, lo que supone unas 300 intervenciones quirúrgicas, según precisó la coordinadora de la unidad, Isabel Esteva.

En 2002, Extremadura decidió derivar a los demandantes de este servicio a Andalucía. En el País Vasco se ha creado una comisión de estudio en el Parlamento regional.

La Comunidad de Madrid pondrá en marcha la Unidad Multidisciplinar a la Atención de los Trastornos de Identidad por un mandato de la Asamblea de Madrid. Los tres grupos parlamentarios, PP, PSOE e IU, dijeron sí de forma unánime a su creación, incluyendo las operaciones quirúrgicas.

En el hospital Ramón y Cajal se dará atención psicoterapéutica y los tratamientos hormonales con controles endocrinológicos. En La Paz se realizarán todas las intervenciones quirúrgicas. Las personas que necesiten este servicio tendrán que acudir a su centro de salud de referencia. Un grupo coordinado y cerrado de especialistas médicos se encargará de dar la asistencia.

2007/01/04

DOCUMENTACIÓN | RcH DENUNCIA EL AUMENTO DE LAS AGRESIONES

Grupos LGTBQ denuncian el aumento de las agresiones.
Diversos colectivos coordinados en la Red contra la Homofobia (RcH), fundada hace un año en Barcelona [ver Diagonal n° 16], se reunieron en Madrid el 16 de diciembre “para concretar estrategias ante un inquietante recrudecimiento de la violencia contra la diversidad sexual en el Estado español”.
Pedro Carmona | Diagonal, 2007-01-04
https://www.diagonalperiodico.net/libertades/grupos-lgtbq-denuncian-aumento-agresiones.html 

Diversos colectivos coordinados en la Red contra la Homofobia (RcH), fundada hace un año en Barcelona [ver Diagonal n° 16], se reunieron en Madrid el 16 de diciembre “para concretar estrategias ante un inquietante recrudecimiento de la violencia contra la diversidad sexual en el Estado español”.

A las jornadas acudieron representantes de Maribolheras Precarias (Galiza), Queer Ekintza (Euskadi), Tragasables (Andalucía), Col.lectiu Gai de Barcelona, Front d’Alliberament Gai de Catalunya, y los madrileños RQTR y LiberAcción. Este último, con ocasión de su segundo aniversario, fue el grupo organizador de este nuevo encuentro de la RcH. En las asambleas y grupos de trabajo estos colectivos pusieron en común datos sobre discriminaciones sufridas por lesbianas, gays, transexuales, bisexuales y queers (LGTBQ) en diversas ciudades: expulsiones de locales públicos, vejaciones y agresiones por parte de grupos fascistas y de la policía, o la negación a una pareja de presos gays del derecho a un vis-a-vis en las cárceles de Tarragona y Lleida. Según los grupos participantes, “se constata un aumento de la homofobia: sólo en Cataluña ha habido 283 denuncias en 2005, lo que significa un incremento de un 5% respecto al año anterior. Estas cifras en cualquier caso suponen sólo la punta del iceberg, ya que otras muchas agresiones permanecen en la invisibilidad”.

La RcH alerta también sobre agresiones homofóbicas en los centros educativos, donde tienen lugar numerosos casos de bullying que públicamente se enmascaran como mera violencia escolar: “Se prefiere guardar silencio sobre la homosexualidad de los menores de edad, lo que condena a las víctimas de estas agresiones a sufrirlas sin respaldo social”, denunciaba uno de los participantes catalanes. La RcH solicitó una ley integral contra la homofobia que haga frente a un problema para el cual “leyes como la del matrimonio homosexual son insuficientes”. Las jornadas se completaron con actos abiertos en el CSO La Alarma, donde se celebró una fiesta y una charla-debate.

La Red contra la Homofobia
En las jornadas, los siete grupos asistentes recibieron la adhesión de otras cinco asociaciones LGTBQ de Euskal Herria, Madrid y Portugal. “En un año la cifra de grupos adscritos a la RcH se ha triplicado”, comentaba uno de los asistentes andaluces, “porque la trayectoria de otras coordinadoras LGTB moderadas no es representativa del activismo más crítico y reivindicativo”. Según Curro Corrales, de LiberAcción, “si hace un año en Barcelona pudimos conocernos y establecer vínculos entre colectivos alternativos de diversas ciudades, ahora hemos llenado de contenido el trabajo de la RcH, constatando la pluralidad del movimiento”.

2006/12/26

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | HOMOSEXUALES 'PELIGROSOS'

Homosexuales 'peligrosos'.
La ley franquista de vagos y maleantes les envió a prisión. Hoy recuerdan su pesadilla y esperan indemnizaciones del Gobierno.
Natalia Junquera | El País, 2006-12-26
https://elpais.com/diario/2006/12/27/espana/1167174016_850215.html 

La primera vez que Rampova fue a la cárcel, en 1970, tenía 14 años. Ingresó en prisión "por maricón", según le oyó decir a los policías que le detuvieron en Valencia al sorprenderle en las rocas de la playa con un hombre casado. La segunda vez tenía 15 años y estaba en Barcelona. Le detuvo un policía "de la secreta" que le había esperado a la salida del cine, después de haberle pedido dentro relaciones sexuales. La tercera y última fue con 17 años. Nunca tuvo un juicio.

Es uno de los cerca de 100 homosexuales represaliados por el franquismo que podrían acogerse a la indemnización que reclaman al Gobierno. Rampova forma parte de la Asociación Ex Presos Sociales, que lleva diez años luchando por el reconocimiento social y económico de los gays que fueron torturados durante la dictadura. Antonio Ruiz, su presidente, asegura que cuenta con el apoyo de todos los grupos políticos, excepto del PP, que no ha respondido a sus llamamientos, y confía en que las indemnizaciones lleguen pronto. "Estamos muy satisfechos por el apoyo de los partidos, pero, al mismo tiempo, nos pesa que haya muchos compañeros que también sufrieron mucho y ya han muerto y no van a poder disfrutarlo".

Rampova representa a la segunda generación de presos homosexuales de la dictadura franquista, la que había que "rehabilitar". En 1970, la Ley de Vagos y Maleantes, que declaraba "en estado peligroso" al homosexual, cambió su nombre por el de Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social. Seguían siendo "peligrosos", pero el régimen planteó la cárcel como una rehabilitación. Había que "curar" a los gays en la cárcel.

"En la prisión de Barcelona me enviaron a un pabellón de invertidos para menores. Los presos pagaban a los vigilantes para colarse y violarnos. Luego nos pegaban palizas para demostrar que ellos no eran gays. Venían cinco, seis veces al día. A veces hasta ocho". Rampova hace recuento, a punto de cumplir 50 años: "He tenido más violaciones que relaciones consentidas", afirma. "Cuando le confesé al cura de la cárcel lo que nos hacían allí, se chivó al jefe de prisiones y me castigaron toda la noche contando los adoquines del patio. Me tuvieron así hasta que se hizo de día", recuerda.

Según los cálculos de la Asociación de Ex Presos Sociales, cerca de 4.000 personas fueron a la cárcel por ser homosexuales durante el franquismo. La cifra es sólo una aproximación, porque los historiales están repartidos por instituciones penitenciarias y policiales y, en muchos casos, la condena alegaba delitos de prostitución en lugar de homosexualidad.

A Antonio Ruiz le denunció una vecina monja en 1976. Franco ya había muerto y él tenía 17 años. A las seis de la mañana fueron a buscarle a su casa cuatro secretas. Pasó tres meses en el penal de Badajoz, una de las cárceles que el régimen había preparado para "curar" a los gays. A Badajoz iban los llamados "pasivos" y al penal de Huelva, los "activos". Las lesbianas eran enviadas al manicomio. "Era la época del electrochoque y las terapias aversivas, que consistían en secuenciar imágenes con hombres y mujeres, propinando descargas eléctricas al homosexual cuando aparecían hombres", relata Ruiz.

"Cuando salí de la cárcel la última vez", relata Rampova, "me resultaba imposible relacionarme con hombres porque me recordaban las violaciones. Tuve varias novias y una hija, que ahora cumplirá 30 años".

Después de la cárcel, llegaba el destierro. De uno a dos años. Los presos no podían volver a sus antiguos domicilios y nadie quería darles trabajo. Rampova comenzó en los años 80 a trabajar en el mundo del espectáculo, haciendo cabaré-teatro y en grupos como Ploma-2, hasta que tuvo un infarto y lo tuvo que dejar. "El pánico escénico y el infarto no eran compatibles", afirma. Hoy vive de una pensión de incapacidad.

"No me interesa mucho la indemnización. Se habla de 12.000 euros, ¿a cuánto toca eso por violación? Si al final nos lo dan, creo que lo donaré a alguna organización de defensa de los derechos de los homosexuales. No cometimos ningún delito. Lo que me gustaría de verdad es que los que nos hicieron esto pidieran perdón", asegura Rampova.

"Estoy muy contento porque España va a ser el primer país que indemnice a los homosexuales de la dictadura. Va a ser un momento histórico. En las conversaciones con los grupos políticos barajamos unas indemnizaciones de 12.000 euros y pensiones vitalicias de unos 750 euros. Después, seguiremos trabajando para defender los derechos humanos de los homosexuales en otras partes del mundo", afirma Ruiz.

2006/10/16

DOCUMENTACIÓN | ASOCIACIONISMO | 20 AÑOS DE LA COORDINADORA GAI-LESBIANA

20 años de la Coordinadora Gai-Lesbiana.
El Periódico, 2006-10-16

https://www.elperiodico.com/es/opinion/20061016/20-anos-coordinadora-gai-lesbiana-5397998 

Es necesario recordar el pasado para valorar dónde estamos. Hace 20 años estábamos bajo una verdadera histeria social motivada por una nueva enfermedad llamada ‘cáncer rosa’. En 1984, Marta Ferrusola decía en TV-3 sobre la homosexualidad: "Es un vicio, una tara, un defecto o la suma de todo ello". El primero en reclamar derechos de sucesión de su difunto compañero fue Juan Reina, en 1989. Perdimos esa batalla, pero hoy tenemos igualdad legal y matrimonio homosexual, y el nuevo Estatut quiere erradicar la homofobia.

La lucha del movimiento homosexual aporta los valores de la diferencia y la diversidad, pugna por una concepción liberada de la sexualidad y apuesta por un modelo de sociedad plural, laica y respetuosa con las minorías. La federación de asociaciones Coordinadora Gai-Lesbiana inicia esta noche en las Cotxeres de Sants la celebración de su 20° aniversario pensando en futuro. Alguien va a pensar que ya no hace falta nada más. Cada dos días hay un asesinato por homofobia en América Latina y, más cerca, escandaliza la entrada en la UE de países gobernados por homófobos como Polonia. El lenguaje cotidiano va lleno de expresiones injuriosas y la homofobia forma parte inseparable del ‘bullying’ en los institutos. La mofa contra los chicos que no son ‘suficientemente’ machos recae en cualquier estudiante, sea o no homosexual; basta con que no le guste el fútbol.

Las discapacidades, como mañana analizaremos, se convierten en catalizador de la marginación para gays y lesbianas. ¿Qué futuro tienen los ancianos gays y lesbianas en una residencia?, ¿volver al armario?, ¿cómo seguir afrontando el sida?, ¿y el integrismo? Estos y otros temas como la doble discriminación de los inmigrantes si son gays o lesbianas, o triple si son seropositivos, indican que queda mucho para alcanzar la plena igualdad social para homosexuales y transexuales. Existe un búnker de fuerzas ultraconservadoras dispuesto a dar marcha atrás. El trabajo del voluntariado y los servicios de la coordinadora han sido lo mejor de nuestra contribución. Queda mucho por hacer.

2006/10/13

DOCUMENTACIÓN | OFENSIVAS | NO ME LO PUEDO CREER. MICHEL FOUCAULT, LA VERDAD Y EL CHISMORREO

No me lo puedo creer.
Félix de Azúa | El País, 2006-10-13

https://elpais.com/diario/2006/10/14/opinion/1160776806_850215.html

De esto hace ya cinco años, pero la semana pasada lo recordé y he podido reconstruirlo con un poco de paciencia. En diciembre de 2001, Raymond Tallis lanzaba una sorprendente acusación contra Michel Foucault, con la excusa de comentar un libro que exponía una posible historia de la falsedad. El artículo venía anunciado en la portada del ‘Times Literary Supplement’, lo que le daba un carácter marcadamente solemne.

El argumento de Tallis era un clásico: a su entender, Foucault nunca creyó seriamente en su propia formulación teórica de que las "verdades objetivas" no eran sino manifestaciones del poder dominante y por lo tanto tan relativas y efímeras como el poder mismo. Sin embargo, luego añadía un contraargumento. Basándose en la biografía de Foucault escrita por David Macey, afirmaba que cuando en 1980 el filósofo fue advertido por sus colegas americanos sobre una peligrosa enfermedad que afectaba sobre todo a los homosexuales, éste reaccionó como si de verdad creyera en sus propias teorías: no hizo el menor caso, lo consideró una intoxicación homofóbica, la típica "verdad" creada por los media al servicio de un poder represivo, un cuento de terror para impedir la libre circulación sexual, etcétera. Era entonces profesor invitado en Berkeley y pasaba una de sus etapas más eufóricas y de mayor promiscuidad sexual.

Todo lo cual sería materia de confesionario o basura para la prensa del chisme, de no ser porque una vez infectado por el virus siguió sin admitir la existencia del sida y consecuentemente no avisó a ninguno de sus colegas sadomasoquistas, ni siquiera en el año de su muerte, en 1983. Convertido en mártir de sus propias convicciones relativistas, el problema era que había creado, de paso, un buen número de mártires involuntarios que quizás se hubieran salvado de haber sido diagnosticados a tiempo. El relativismo de Foucault le había costado bastante caro a un montón de gente a la que supuestamente apreciaba.

Como era de esperar, uno de sus amigos, Richard Sennett, replicó que todo era un montón de mentiras y que Foucault estaba demasiado ocupado trabajando como para convertirse en una fiera predadora. Muy al contrario, decía Sennett, el filósofo se encontraba tan delicado de salud en sus últimos tres años que no podría haber mantenido relaciones sexuales ni aun queriendo. Aunque, eso sí, le encantaba alardear como si las tuviera. De un modo impecable, la respuesta al puritano Sennett vino del departamento de sociología de la universidad de Brighton. Confirmaban que Foucault jamás se había apeado de sus convicciones relativistas, no había admitido la existencia del sida, pero que era imposible conocer su comportamiento sexual de los últimos años como no fuera mediante testigos directos, así que si Sennett sabía algo (algún ‘fact’) tenía la obligación de comunicarlo.

La verdad es que el problema no es fácil de formular y tiende a deslizarse por la vía del chismorreo, pero es un buen ejemplo de la responsabilidad del intelectual, esa criatura habitualmente irresponsable. ¿Deben los teóricos respetar sus propias teorías? ¿Las invalida un comportamiento contrario a las mismas? ¿Por qué es muy grave que un congresista americano defensor del menor resulte un pederasta, pero no lo es que Brecht, paladín de los explotados, explotara a sus amantes, las hiciera trabajar como mulas, y no les pagara un duro?

El caso es retorcido porque un relativista moral como Foucault mantiene que la doblez moral no sólo no invalida la teoría sino que la confirma, de modo que la inmoralidad de algún moralista como Brecht no es sino la prueba del nueve del relativismo moral. Por eso daba tanta risa la intervención de otro defensor del fallecido, Hill Luckin (18 enero), el cual afirmaba que Foucault no había sido "un relativista absoluto" y que no había que exagerar. En efecto, a todos nos gustaría saber qué es un "relativista relativo".

La cuestión quedó más ordenada y elegante gracias a John Hargreaves, el cual escribió que si alguien cree seriamente "que el conocimiento científico, como todo conocimiento, es un constructor lingüístico y por tanto sólo es una justificación del poder", entonces la destrucción de vidas humanas que podrían salvarse es algo inevitable. No se está hablando, en consecuencia, de un episodio privado con algunas personas muertas "por una infección sociolingüística", sino de las muchas que morirían si se aceptara el relativismo seriamente, políticamente. Si el relativismo penetrara en la estructura administrativa de la sociedad, la destrucción sería inevitable. Y quizás es lo que está sucediendo. El islamismo ha llegado en el momento adecuado.

Una semana más tarde Ian James trataba aún de salvar a Foucault tirando por elevación. Según decía, el relativismo arrancaba de la fenomenología de Husserl y llegaba hasta su desenlace en Heidegger. La mención de los padres desviaba la culpa del hijo y ponía al relativismo en un área prohibida para los empiristas, idealistas, positivistas y en fin para todos aquellos que no fueran relativistas. La consecuencia era que la verdad de Foucault sólo es verdadera para los foucaultianos lo cual, sin duda, confirma el relativismo de Foucault.

El círculo me parecía ya excesivamente vicioso. Cuando dos números más tarde regresó Raymond Tallis para pulverizar a Sennett y a Wright, abandoné la querella. Quizás ha tenido alguna continuación interesante. En todo caso, y a la vista del intercambio, parece evidente que, en resumidas cuentas, los partidarios de la verdad objetiva pueden ser informados de sus errores mediante razonamientos verdaderos (en los cuales creen), en tanto que un relativista no puede ser convencido de absolutamente nada porque cualquier razonamiento que debilite su posición entrará a formar parte de los "discursos de confirmación del poder". Incluido el suyo.

He recordado esta bella batalla, digna de una novela, pensando en aquellas otras batallas entre comunistas y demócratas en tiempos de Foucault, cuando ambas palabras designaban a individuos reales. Cualquier argumento o dato (‘fact’) que debilitara la utopía comunista, por ejemplo la barbarie estalinista o el totalitarismo de Castro tan similar al franquista, era inmediatamente considerado un argumento pro yanqui y descartado con una risita de superioridad. Lo mismo sucede, en la actualidad, con los ideólogos del nacionalismo: es inútil razonar con ellos si no es para coincidir de inmediato y en todo lo que exponen. Cualquier dato, hecho, argumento o razonamiento que debilite su creencia es inmediatamente interpretado como infección sociolingüística del nacionalismo enemigo.

Por una pelmaza deriva de los astros, veinte años después de muerto Foucault la totalidad de la vida política española se ha hecho de un relativista que deja a Foucault como un teócrata. Tiene mucha gracia que se enfrenten dos posiciones de las que no hay una que defienda la razón o la verdad o algo similar y otra que la relativice, sino que ambas defienden la inexistencia de verdad, razón o algo similar en el terreno moral. Ambas saben que sus discursos sobre la justicia, el derecho, la patria o la libertad son una mera defensa del poder que administran y que la "verdad" se construye relativamente al discurso enemigo. Si el enemigo habla a favor del filete de buey, nosotros nos haremos furibundos vegetarianos. Y si, aunque sea contradictorio, aboga por los derechos de los animales, nosotros seremos humanistas a rajatabla.

Y no es cinismo, como en tiempos de Maura, sino auténtico y fundado relativismo. Por decirlo de un modo educado, es un cinismo con estudios de secundaria. Confiemos en que no provoque muchas víctimas. Sobre todo entre sus propios partidarios.

Félix de Azúa es escritor. 

Michel Foucault, la verdad y el chismorreo.
Fernando Álvarez Uria | El País, 2006-10-18

https://elpais.com/diario/2006/10/19/opinion/1161208809_850215.html

Cuando el mundo se encuentra sin rumbo, acosado por los fundamentalismos nacionalistas y religiosos, lamento que Félix de Azúa, casi siempre inteligente y brillante, haya cedido a la tentación fácil de designar un falso culpable: Michel Foucault. (Véase ‘No me lo puedo creer’, El País, 14 de octubre de 2006). El pensador francés, que falleció hace ya más de veinte años, y que no saldrá de la tumba para defenderse, ni tampoco para soltar una carcajada contagiosa, no sólo era, a juicio de Azúa, un irresponsable relativista que no creía en la verdad, sino que además era un homosexual con sida que, con sus prácticas sexuales promiscuas, fue contaminando a quienes encontraba a su alcance.

Para avalar tan grave descalificación moral e intelectual, Azúa apela a un testigo de cargo: Raymond Tallis. Tallis es un profesor de geriatría de la Universidad de Manchester con afán de notoriedad. A la sombra del ‘affaire Sokal’, arremetió no sólo contra Foucault, sino también contra Marx, Durkheim, Freud, Lacan, Derrida, Wittgenstein y otros oscuros relativistas. Además de defender con uñas y dientes a la medicina tradicional, Tallis es también filósofo, poeta, novelista y un optimista impenitente que se siente asediado por los pensadores que se mueven en la órbita de la ‘hermenéutica de la sospecha’. Cuando sus investigaciones lleguen a superar las que realizó Foucault sobre la locura, la lógica de funcionamiento de las cárceles, o la historia de la sexualidad, habrá avanzado la verdad. Mientras tanto, más vale que la sátira, la ironía y la maledicencia las reserven, tanto Félix de Azúa como Raymond Tallis, para la prensa amarilla o las ‘crónicas marcianas’.

2006/09/10

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | EL ÚLTIMO SECRETO DE BACON

El último secreto de Bacon.
Casi 15 años después de su muerte, Francis Bacon, considerado en su momento como el más grande artista vivo, se resiste a desaparecer. Un libro-obra de arte, editado por Elena Foster en una vieja maleta del pintor, y una exposición en Dusseldorf resucitan una leyenda de arte, dinero, alcohol y amores tormentosos
Jesús Rodríguez | El País, 2006-09-10
https://elpais.com/diario/2006/09/10/eps/1157869613_850215.html 

Desde la otra orilla del Támesis, allí, tras los muros de cristal del buque insignia de lord Foster, se adivinan en el inmenso salón del ático las 25 maletas de Francis Bacon protegidas por delicadas fundas de lino sobre las que rebota la luz del verano londinense. Un abultado equipaje que representa para Elena Foster el final del camino. Seis años de trabajo e investigación. Y un embarazo. 'Detritus' es el quinto libro-obra de arte de su editorial, Ivory Press. Y el primero dedicado a un artista fallecido, después de haber trabajado junto a Eduardo Chillida, Richard Long, Anthony Caro y Anish Kapoor. Un viaje a la vida y obra; las pasiones y obsesiones; al proceso creativo y los recovecos de Francis Bacon, considerado hasta su muerte, en abril de 1992, "el más grande artista vivo".

También el más caro. Ya en 1989, su terrible 'Tríptico mayo-junio 1973' se adjudicó en Christie's por seis millones de euros. Pura paradoja. Era un triple retrato de las últimas horas de George Dyer, aquel ratero con el que vivió una tormentosa historia de amor y que se suicidó en octubre de 1971, la noche previa a la inauguración de la retrospectiva de Bacon en el Grand Palais de París. Pinceladas de su leyenda negra. También su anterior pareja, Peter Lacy, murió deshecho por el alcohol en las mismas fechas que Francis Bacon era consagrado como gran artista contemporáneo en la Tate Gallery londinense, en 1962. Al otro lado del teléfono, desde París, a Michael Peppiatt, amigo y biógrafo del artista, aún se le quiebra la voz al describir la peculiar relación que Bacon mantuvo con el amor. "Me quedo con lo que me confesó miss Beston, su secretaria y mujer para todo: 'No se me ocurre nada más terrible que ser amado por Francis".

Bacon ya era un mito antes de morir. Él fue su mejor obra de arte. Una instalación viviente. Hombre de extremos. Genio maldito. Un caballero educado, elegante, borracho, jugador, promiscuo y pendenciero. Un ateo que pintaba papas. Con obra en todos los grandes museos de arte contemporáneo del mundo. Dulce y agrio. Perfecta combinación hombre-mujer. Traje a medida de Savile Row y labios pintados. Un vídeo de los ochenta le perpetúa sin rumbo fijo por Londres con su caminar elástico y ambiguo. "Cambiaba de rol de forma impredecible. Unas veces podía ser el carnicero, el macho; otras, alguien muy afeminado, muy girly", cuenta Brian Clarke, artista, ejecutor del legado de Bacon y alma del proyecto 'Detritus' junto a Elena Foster.

-¿Es cierta su leyenda negra? ¿Era un monstruo sadomasoquista?

-Nunca encontré su conducta grosera ni perversa. Era como era y no intentaba epatar a nadie. Su leyenda se debe a la visión que tenía de él una sociedad puritana. Era incómodo para el establishment del Reino Unido. Donde la homosexualidad fue delito hasta los sesenta. Lady Thatcher le odiaba. Le definió como "ese hombre horrible que pinta cuadros espantosos".

-¿Estaba preocupado por esa mala fama que arrastraba?

-Nunca tuvo problemas de autoestima. Se sabía un grande de la historia del arte.

Adicto al lado oscuro. A la penumbra de los puertos, el humo de los tugurios y los vapores del matadero. El pintor chileno Claudio Bravo le recordaba perdido en los antros más peligrosos de la noche tangerina en los cincuenta. "Lugares de navajazo". Y regresar a la mañana siguiente destrozado. Siempre al límite. Hasta el final. Un hombre sin fecha de caducidad, "del que no pensabas '¡qué bien se conserva a los 80!', porque no tenías ante ti a un anciano, sino a una persona sin edad", explica Maricruz Bilbao, directora en los años noventa de la galería Marlborough de Madrid. La última noche que Michael Peppiatt estuvo a su lado, en Londres, seis meses antes de su muerte, "tras cenar juntos, y beber abundantemente, pasadas las doce, me fui a casa; él siguió. Le vi alejarse. Tenía 82 años. Francis no paraba nunca".

Seductor, provocador, asmático, altivo, brillante. Tan agresivo, desgarrado y subversivo como su pintura. Disciplinado y perfeccionista en el trabajo. Coctelera humana en la que se mezclaban el champaña Krug, carísimos Premier Grand Cru de Burdeos y el whisky de garrafón. Cliente de los mejores hoteles y restaurantes del mundo y, sin embargo, inquilino de un sórdido apartamento sin baño ni calefacción. "Era como la celda de un preso o de un soldado", rememora Brian Clarke. Sólo allí podía pintar. Muy de mañana. Con resaca. Bajo una suave luz cenital que recuerda a la del Prado: un museo que adoraba. Rechazó convertirse en caballero del Imperio Británico. Al contrario que su compañero de correrías, el pintor Lucien Freud. Jamás le interesó el dinero. Aunque ingresó más de 20 millones de euros a lo largo de su carrera. "Daba las mayores propinas que he visto en mi vida", recuerda la galerista Elvira Bignone, que expuso su obra en Madrid junto a la de Picasso en 1977. Era legendaria su generosidad. Imágenes de 1985 le muestran repartiendo champaña francés a los parroquianos del Colony Room, su bar favorito, mientras entona entre carcajadas temas de My fair lady. Un personaje. Un artista.

Del que se conoce casi todo y casi nada. Es público dónde vivía, en el número 7 de Reece Mews, una vieja cuadra en South Kensington. Sus gustos y aficiones. Su pasado. Amigos. Bares y restaurantes. Mesas de juego. Fue inmortalizado por los más grandes fotógrafos. Entrevistado y filmado. Biografiado. Se han realizado documentales sobre su vida. Incluso una película ('El amor es el demonio'). Se conoce el nombre de sus amantes, a los que retrató invariablemente. Incluso al que cerró la lista, José [Capelo], un español que le inspiró el 'Tríptico 1991', la última obra que concluyó, y que fue adquirida por el MOMA de Nueva York. Bacon era un hombre transparente. Al menos, eso pensaban las bandas y facciones que se disputaban el monopolio del artista.

Se equivocaban. "Todo era una pantalla", explica uno de sus viejos amigos, el anticuario Giulio Canterini, en cuya casa de la discretísima isla de Panarea pasó su penúltimo verano con su amigo español. "Me dijo que era su secretario. Francis era un hombre muy, muy privado. Tenía una vida secreta. Y ahí nadie entraba. Un día le pregunté por qué le gustaba tanto España".

-¿Y qué contestó?

-Que había buenos toros.

Es cierto, ante lo que consideraba una intromisión en su intimidad, Bacon echaba las cortinillas. Nunca permitió que nadie le viera pintar (excepto su amigo John Edwards, al que retrató en 30 ocasiones y que heredaría su patrimonio). Muy rara vez dejaba entrar a alguien en su estudio. Y cuando era fotografiado en su interior, daba la vuelta a los cuadros en que estaba trabajando. Nunca explicó sus procesos creativos. Más bien jugó al despiste con los historiadores del arte. Nunca se relacionó con galeristas ni coleccionistas. Maricruz Bilbao, que dirigió la galería Marlborough en Madrid (la firma que comercializó su obra durante 40 años), tiene una imagen grabada: "Verle medio escondido detrás de una puerta durante una inauguración de su obra en Nueva York, y allí iban en fila a saludarle los coleccionistas". No tuvo discípulos. No contestaba el correo. Nadie sabe cuántos cuadros hizo. Y cuántos destruyó. Cuántos regaló a amigos y amantes. Vivía en un mundo hermético. Cuando cumplió 80 años, sus admiradores le enviaron decenas de ramos de flores. Él las rechazó: "No soy el tipo de persona que tiene jarrones".

De ahí el interés de 'Detritus'. Una experiencia artístico-literaria que supone compartir la intimidad de Francis Bacon. Para Elena Foster, "no es sólo un viaje al interior del artista; es también una inmersión en su arte y su forma de trabajar; de mover y distorsionar las imágenes; sus fuentes de inspiración, amores y referencias". Son 75 objetos de Bacon. Seleccionados durante meses entre las más de 7.500 piezas que se encontraban esparcidas en su estudio y que hoy descansan en el Museo Hugh Lane de Dublín. Setenta y cinco facsímiles perfectos. Realizados por impresores, grabadores, guarnicioneros y perfumistas de Reino Unido, Austria, Italia, Irlanda y España. Con las huellas de los dedos de Bacon manchados de pintura impresos en muchos de ellos. Fotos. Cartas. Ideas. Bosquejos. Un calendario de pared sembrado de anotaciones. Y una completa inmersión en sus fuentes y proceso creativo. Desde los libros que le inspiraron y fotografías dobladas, arrugadas, manipuladas, en busca de una tercera dimensión que plasmar en sus cuadros, hasta un trozo de pantalón de pana con el que ideaba nuevas texturas.

El alma de Bacon encerrada en su vieja maleta de cuero, que ha sido clonada por Ivory Press. Meses hasta conseguir ese aspecto usado, sudado, polvoriento; el tacto, el aroma, la memoria. Los tornillos, herrajes y puntadas originales. Hoy es imposible diferenciar el original de la copia. Hoy existen 25 maletas de Bacon.

En realidad, el libro sobre Bacon de Ivory Press iba a ser un libro. Más tarde, una caja. "Buscamos por medio mundo esa piel roja de cerdo que tanto le gustaba a Francis; al final, la encontré en Mallorca. Nos hicieron una caja magnífica, diseñada por Brian Clarke. Pero había algo que no encajaba. No era Francis", explica lady Foster. Continúa Clarke: "Me pasé semanas en el estudio de Bacon revisando sus papeles. Un día encontré su vieja maleta en el piso de abajo. Tenía una etiqueta con su nombre y dirección. La llené de material y me la llevé a casa para estudiarlo. Teníamos en mente un libro convencional. Pero empecé a pensar que un libro así nunca tendría el aroma del estudio, la sensación táctil. Se habría perdido la magia. Y evaporado el mensaje. Me decidí por la maleta por puro instinto. 'Detritus' es un absoluto y fidedigno facsímil. Un proceso largo y doloroso en el que se han replicado gotas de pintura, pliegues y rasgones. La mejor manera de ser fieles al artista era diseñar algo que no fuera ajeno a él". Concluye lady Foster: "Cuando hice los libros de Long, Kapoor, Caro, estaban a mi lado. Pero Bacon no. Y la cuestión era hacer un libro sin modificar su alma".

-¿Cuánto cuesta 'Detritus'?

-Setenta y cinco mil euros. Es baratísimo. Dentro de nada valdrá el doble.

Puede parecer una 'boutade' de lady Foster, pero en términos mercantiles no exagera. Bacon es más caro que nunca. Para el galerista neoyorquino Tony Shafrazi, que tiene la exclusiva en EE UU de su obra, "Bacon tiene una cotización que no deja de aumentar. Sólo hizo unos 600 cuadros, frente a los 20.000 de Picasso. Y su precio está hoy entre los 2 y los 35 millones de euros". Una afirmación que corrobora otro galerista: "Por sus hábitos de vida y su particular forma de pintar, Bacon tuvo una producción escasa. Además, destruyó mucha obra. Sólo en su estudio se encontraron un centenar de cuadros destrozados. ¿Cuántos rompió? Más de los que se han conservado. Y al estar menos presente en el mercado, al haber menos obra disponible, su cotización es más alta".

Capítulo aparte es cuánta obra desconocida (incluyendo los cuadros inacabados que se encontraron en su estudio) existe de Bacon y el total de cuadros que formaban parte de su legado, hoy agrupados en la John Edwards Charitable Foundation. Shafrazi afirma que no está autorizado a dar esa información, "por motivos mercantiles". Brian Clarke, ejecutor del legado, afirma que posee "más de 30 y menos de 100 que no han sido nunca expuestos y son desconocidos. Además, el legado cuenta con la mayor colección privada de Bacon. Pero no le digo cuántos cuadros".

¿Cuándo y cómo empezó 'Detritus'?
Elena Foster sabe la fecha exacta. Nunca olvidará aquella tarde de 1998 que John Edwards y Brian Clarke les invitaron a ella y su marido, el arquitecto Norman Foster (viejo amigo del círculo Bacon y Freud), a visitar el apartamento del artista. Había fallecido seis años antes, pero sus pertenencias estaban como las dejó aquella mañana de abril de 1992 en que abandonó por última vez Reece Mews. Incluso con un retrato inacabado en el caballete. "Aún guardo la impresión que sentí al subir aquellas escaleras estrechas, empinadas, en las que tenías que agarrarte de una cuerda para no perder el equilibrio", describe lady Foster. "El silencio, la densidad del aire, el caos en el estudio -repleto de basura-, las bombillas desnudas y, por el contrario, el orden meticuloso de sus objetos personales. Tenía la sensación de que Francis estaba allí. Olía a él. No abrimos la boca. Se hizo de noche y Norman sugirió irnos a cenar. Esa noche surgió la idea de editar un libro con el que Francis se habría sentido a gusto".

En su testamento de tres páginas redactado un año antes de su muerte (y que, al parecer, modificaba uno inmediatamente anterior), Francis Bacon había dejado como único heredero de su obra y fortuna a John Edwards. Un camarero analfabeto y homosexual al que conoció en 1974 en el Colony Room. Francis tenía 63 años; Edwards, 25. Se iniciaba una relación que Edwards siempre negó fuera de índole sexual. Prefería definirla como paterno-filial. Michael Peppiatt aclara: "Edwards siempre tuvo pareja oficial, hasta su muerte en 2003; Philip Mordue, un delincuente al que apodaban Phil the Till (Caja registradora Phil), junto al que vivía en una casa que pagaba Bacon". Brian Clarke, el ejecutor del legado, prefiere definir la relación entre Bacon y Edwards como "sexualmente paterno-filial".

No es sencillo encontrar el Colony Room, el bar londinense que fue centro de operaciones de Bacon desde 1948. Donde compartió copas con Bowie, la princesa Margarita y una clientela de artistas, delincuentes y aristócratas con predominio gay. Él era la reina. En el 41 de Dean Street sólo hay una cafetería de mala muerte. Hay que descubrir y adentrarse por una pringosa escalera hasta dar con una puerta destartalada que introduce en un minúsculo tugurio pintado de verde. Hay fotos y reproducciones de Bacon, Freud y Auerbach. Clientes distinguidos. Al otro lado de la barra, el propietario, Michael Wojas, recibe con malos modos. "¿No han visto que es para socios? Ya se están marchando". Wojas está borracho. Hay que aclararle que se trata de un artículo sobre Bacon. Se relaja. Y recuerda los buenos tiempos. "Francis era grande". Su discurso es ininteligible. Prefiere poner blues en un antediluviano lector de compactos. "¿Que quién toca? No se lo voy a decir. Lo que importa es el sonido, no quién lo produce".

Aquí se conocieron. Y se convirtieron en inseparables. Edwards, un disléxico crónico que apenas aprendió a escribir su nombre, nacido en las calles más duras del East End londinense, se sumergió en los elitistas círculos que rodeaban al pintor. Era respetado porque era su hijo. La única persona a la que Bacon trataba como a su igual. La que le hacía el desayuno. Sólo a él le estaba permitido permanecer en el estudio mientras el maestro trabajaba. Una experiencia a la que Edwards se refirió en 1998: "Cuando Francis pintaba era un drama. Me parecía como si estuviera luchando con el lienzo. Cuando no estaba contento con un cuadro, él o yo lo destruíamos acuchillándolo de arriba abajo y luego de un lado a otro hasta dejarlo hecho trizas. Otras veces los pisoteábamos".

¿Qué le conquistó a Bacon de Edwards? ¿Cómo se convirtió en su musa y confidente? ¿Y más tarde en único heredero? Para empezar, Edwards era moreno, guapo y varonil. Como le gustaban los hombres a Bacon. Como fueron Peter Lacy, George Dyer o José. "Nunca aguantó a los afeminados". Además, se escapaba del perfil de psicópata autodestructivo que había caracterizado a sus anteriores parejas. Y no tenía pretensiones sociales ni artísticas. Su presencia le relajaba. Y había algo más. Que el pintor resumió en estas palabras: "John tiene algo especial… es inocente". Un vídeo de 1985 muestra a un hombre alto, inquieto, de pelo rizado y atuendo anticuado; con una expresión que recuerda a Harpo Marx. Justo lo contrario que el corrosivo y engolado Francis Bacon, con sus trajes a la última y su mirada inquisitorial.

Los que conocieron a Edwards le definen como "un buen tipo". "Alguien honesto". "Nunca presumía". "Siempre sonriente y de buen humor. Incluso cuando estaba ya muy enfermo de cáncer", recuerda Elena Foster. Tony Shafrazi, el galerista del legado de Bacon en Nueva York, le describe como "un ser humano único. Era analfabeto, pero tenía un discurso brillante y poético. Ya sabe, hablaba en cockney, esa jerga de los bajos fondos de Londres. Un lenguaje en el que las frases riman. Hipnotizaba".

"Francis y John se querían mucho. Habrían dado su vida el uno por el otro", explica Brian Clarke. A su vez, Clarke y Edwards, en cuyas manos quedaría todo el patrimonio artístico de Bacon tras la muerte de éste, se conocieron en Londres en 1978. Ambos frecuentaban a Robert Fraser, elegante 'enfant terrible' del arte de la época; creador de tendencias; guapo y sofisticado; místico y yonki. Gay. En su galería exponían Warhol, Gilbert and George, David Bailey, Richard Hamilton. Y en sus fiestas se mezclaban Paul McCartney con Mike Jagger, Marlon Brando y el dramaturgo y hoy Nobel de Literatura Harold Pinter. Todo rodeado de una corte de jovencísimos artistas. Como Clarke, que ya trabajaba sus vidrieras y tenía 26 años.

"John Edwards y yo teníamos tres cosas en común: éramos jóvenes, homosexuales y bebedores profesionales. Nos hicimos muy amigos en casa de Fraser. Y a través de John conocí a Francis. Me aceptó porque iba con John. Pasó el tiempo. Cinco años después de que Francis Bacon muriese y John heredase todo, me llamó para que le ayudase. Estaba sobrepasado. Los ejecutores del legado, la galería Marlborough, le pasaban dinero regularmente. Pero no le daban ninguna información sobre la composición de la herencia de Francis. Del número de cuadros que había. De las transacciones que se habían realizado en los últimos años. Nada. Le busqué un contable y un abogado. En diciembre de 1998 fui nombrado por un juez ejecutor del legado de Bacon. Iniciamos un pleito contra la Marlborough. Fueron cinco años horribles. En que tuve que abandonar el arte. Nuestro abogado era mi amigo John Eastman, hermano de Linda McCartney, que ya había defendido los legados de Rothko o Tennessee Williams. Íbamos por el buen camino. Pero John enfermó de cáncer. El pleito le estaba matando. En febrero de 2002 llegamos a un acuerdo con la Marlborough".

Durante la instrucción del caso, el legado de Bacon (Brian Clarke y John Edwards) había acusado a la galería Marlborough de haber influido indebidamente en el pintor; de haberse aprovechado de él; haberle estafado y chantajeado durante 40 años. Acusaciones muy graves. Había 150 millones de euros en juego. Por eso, en medios artísticos se interpretó el acuerdo con la Marlborough como una derrota del heredero de Bacon. "Ganamos", dice la Marlborough. Clarke rechaza ese triunfalismo: "El deseo de John era llegar hasta el final, aunque le costara toda su fortuna. Tuvimos que vender algún cuadro para seguir adelante [sólo las costas legales se elevaban a ocho millones de euros por cada parte]. Pero decidí firmar la paz para acabar con una situación que estaba envenenando su vida. A cambio, recibimos toda la documentación sobre Bacon que tenía la Marlborough y 19 pinturas que no estaban documentadas. La galería decía que estaban perdidas. Y probamos que no era cierto".

Un año más tarde fallecía John Edwards en Tailandia. Tenía 53 años. Dejó dispuesto en sus últimas voluntades que, tras el servicio fúnebre en Saint Augustine of Canterbury, se destinaran 75.000 euros a una fiesta para sus amigos en el Harrington Club, propiedad del Rolling Stone Ron Wood. Como única bebida, champaña Krug Vintage, el favorito de Francis. El resto de su testamento no se ha hecho público. Esquemáticamente, una parte, incluido el estudio de Reece Mews (que había sido lujosamente rehabilitado por el famoso arquitecto David Chipperfield), fue para su amante, Philip Mordue. Otra parte, para su familia, a la que Bacon ya había regalado propiedades rurales en vida. La parte principal de la herencia engrosó el patrimonio de la John Edwards Charitable Foundation, creada un año antes para promover el legado y la figura de Bacon y cuyo administrador único es Brian Clarke. "¿Para qué sirve la fundación? Hemos donado el estudio de Reece Mews y todo su contenido al Museo Hugh Lane de Dublín. Hemos producido dos documentales, dos libros, y ahora nos encontramos trabajando en el catálogo razonado de Bacon: cinco volúmenes en los que se hará la luz sobre lo que pintó durante su carrera".

Edwards había sobrevivido una década a Francis Bacon. Su padre. Como él, hacía tiempo que sabía que se moría. No se arrugó. Como Bacon.

A mediados de abril de 1992, Francis Bacon abandonó Londres por última vez con destino a Madrid en contra de la oposición de su médico, Paul Brass. Tenía asma y le habían extirpado un riñón canceroso. Había cumplido 82 años. Pero estaba dispuesto a terminar bajo sus propias reglas. Meses antes, el fotógrafo Francis Giacobetti le preguntó cómo le gustaría morir. "¡Rápidamente!", fue su respuesta.

A finales de los ochenta, Bacon había conocido en Londres a José, un ingeniero español treintañero, guapo, moreno y varonil. Su tipo de hombre. Por si fuera poco, según su biógrafo, Michael Peppiatt, "era mundano, de buena familia, sabía idiomas y se movía en círculos artísticos y financieros". Juntos viajarían a París, Sicilia, Centroeuropa, Cataluña, Andalucía. Y se dejarían ver en el Cock, el bar más elegante de Madrid. Su propietaria, Patricia Ferrer, recuerda a Bacon "en la barra o en la mesa nueve, tomándose tres martinis antes de cenar. Un auténtico caballero con un cutis sonrosado de niño, de haber sido un buen bebedor de ginebra. Solían estar solos". "Francis, que siempre fue un vanidoso, estaba encantado de tener alguien así a su lado. El único problema es que José quería mantener su homosexualidad en secreto. Y eso irritaba profundamente a Francis. Y ahí llegaron los problemas".

Se llevaban casi 50 años. Pero una persona que compartió intimidad con ellos confirma que fue "una historia de amor. Había pasión. José no tenía ningún interés económico. Era un rico heredero. Estaba siempre pendiente de él. Era muy protector. Yo diría que controlaba la situación. Era muy educado. Pero tenía un lado reservado, contenido. Incluso misterioso".

Peppiatt describe los últimos días de Bacon en Madrid, entre el 18 y el 28 de abril, como "un enigma dentro de una vida enigmática". "Yo creo que la relación estaba rota y Francis vino a España a buscar a José para reconciliarse y se murió". No es fácil ir más allá. El círculo londinense del artista no sabía nada del viaje. Y Edwards detestaba a José. En realidad, toda la guardia pretoriana de Bacon le detestaba. Según Brian Clarke, "Francis amaba Madrid a través de una persona que estaba en Madrid. Y eso no lo compartía con nadie".

Y en Madrid, nadie parece acordarse de Bacon. Ni en el hotel Ritz, donde se alojaba; ni en el Museo del Prado, que solía visitar; ni siquiera su galería en la capital, la Marlborough, tuvo constancia de aquella última visita. Lo explica Maricruz Bilbao: "Bacon venía a España por su amigo. Y no nos llamaba nunca. Iba por su cuenta. En aquella ocasión nos enteramos de que estaba en Madrid cuando nos llamaron desde Londres para que recogiéramos sus maletas. Ya había muerto".

Luis Rodríguez Fuentes, el médico que le atendió durante los seis días que permaneció internado en la clínica Ruber de Madrid, en la que ingresó con insuficiencia renal y respiratoria el miércoles 22 de abril, tampoco aporta ningún dato nuevo: "El señor Bacon me pidió que no hiciera ningún comentario sobre su enfermedad y su vida durante esos días". La monja que se ocupó de él, la hermana Mercedes, sólo añade: "Llegó muy malito; en ambulancia. Pasó inadvertido en el hospital. No iba nadie a verle. No hablaba con nadie porque sabía poco castellano. Sólo con el capellán. No, no tenía visitas. Estaba muy solo. Y se ahogaba. Tuvo una parada cardiorrespiratoria en la mañana del 28 y no salió de ella". Nadie asistió a su velatorio ni a su cremación, el 30 de abril. Para Michael Peppiatt, "en aquella última semana perdió el control de su vida. ¿Qué es eso de morir entre curas y monjas? Francis una vez me dijo que no se imaginaba una muerte peor que rodeado de hermanas. Su final es un misterio".

La única persona que podría hacer un relato exacto de aquellas horas prefiere callar. Con una educación exquisita y en tres conversaciones, José ha rechazado aclarar el último viaje de Bacon: "Lo hablé con Francis muchas veces; no quería que relatara sus últimos días ni esas cosas íntimas. No era de ese tipo de persona. No le habrían gustado nada los reportajes que se han hecho sobre él, están llenos de tópicos".

Casi 15 años después de su desaparición, Francis Bacon se resiste a desaparecer. El próximo día 15, Elena Foster y Brian Clarke presentarán 'Detritus, la maleta de Bacon', en el Kunstsammlung de Dusseldorf. Al día siguiente se inaugurará una exposición de 60 obras del pintor bajo el título 'La violencia de la realidad'. Entre los invitados, amigos como sir Paul McCartney o Sofía Loren, que tiene una de las mayores colecciones del artista.

Su vida fue un misterio. Pocos llegaron a conocerle. Quizá la mejor descripción del artista la hizo John Edwards. Hijo, amante y amigo. Analfabeto y su heredero. "En el East End de Londres, donde yo nací, decimos que alguien muy especial es un Diamante. Francis era un auténtico diamante. Y un jodido gran pintor".

2006/07/08

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | LUCHA POR SER, AMAR Y (DE)CONSTRUIR

Lucha por ser, amar y (de)construir.
En sus tres décadas de historia en el Estado, los colectivos LGTB han roto la norma sexual y han planteado otro modelo de sociedad desde los movimientos sociales.
Diagonal, 2006-07-08
https://www.diagonalperiodico.net/cuerpo/lucha-por-ser-amar-y-deconstruir.html 

El movimiento LGTB ha generado discurso y acción política sobre las discriminaciones y agresiones homófobas; la inclusión de la opción sexual lesbiana en la lucha feminista; la apostasía a la Iglesia; la insumisión al Ejército; el capital rosa; la autoinseminación de lesbianas fuera del cauce estatal; la imbricación con el resto de movimientos sociales o la crítica a la adopción del modelo heterosexual en cuanto a la asunción de derechos.

Desde que la Internacional de Gais y Lesbianas (entonces IGA) se reunió en el Estado en 1980, en Catalunya, el FAGC impulsaba la tercera edición de la Mostra de Cinema Gai Lèsbic y el segundo año de andadura de la revista 'Infogai'. Después llegó 'Homosexualitats', hoy denominada 'Debat Gai', un buen ejemplo de la producción cultural LGTB al margen del mercado rosa. En Madrid, lesbianas del movimiento feminista y procedentes del Frente de Liberación Homosexual de Castilla (FLHOC) confluían en el Colectivo de Feministas Lesbianas de Madrid (CFLM) y creaban la revista. 'Nosotras -que nos queremos tanto-' para promover la defensa del lesbianismo como opción sexual dentro del ideario feminista.

Los años siguientes estuvieron marcados por hechos como el asesinato de Sonia transexual por un grupo nazi en Barcelona y la reacción contra la discriminación y las agresiones a través de iniciativas legales como la Ley Antidiscriminatoria promovida en 1984 por el FAGC o el proyecto de ley antidiscriminatoria y la Carta de Derechos de Gais y Lesbianas que la Coordinadora de Organizaciones y Frentes de Liberación Homosexual del Estado Español (COFLHEE) presentó en 1989. Se inició la difusión de herramientas para la autodefensa, recogida en textos la Guía y la Memoria Antidiscriminatoria Anual del FAGC.

En 1989 nacía en Madrid Transexualia, primer grupo estable de mujeres y hombres transexuales, dedicado a la denuncia de las agresiones y del hostigamiento policial a este colectivo. En 2002 crearon el primer centro de atención socio-sanitaria para transexuales sin recursos; desde entonces, se han creado otras asociaciones como la andaluza Identidad de Género, que lograron que en Málaga se asumieran las operaciones de cambio de sexo desde finales de 1999.

También proliferó la movilización contra las instituciones homófobas. En 1993, 20.000 personas apostataron de la Iglesia Católica en el marco de la campaña organizada por la COFLHEE, entonces integrada por grupos como Euskal Herriko Gay Askapen Mugimendua (EHGAM), Radical Gai de Madrid o FAGC. La reacción contra el Ejército y la mili obligatoria aunó las demandas LGTB con el antimilitarismo en campañas como Insubmissió Marika (somos insumisos porque somos marikas), lanzada por el FAGC en 1997. El Grup de Lesbianes Feministes de Barcelona (GLFB), ha lanzado campañas como 'Un carrer per a les lesbianes' ('Una calle para las lesbianas') o la crítica al matrimonio civil. Para ellas, la negación del matrimonio homosexual es como “prohibir a las infantas reinar y a las militares combatir. Enterremos la monarquía, los ejércitos y el matrimonio”.

El mestizaje LGTB con las luchas sociales emergentes como la okupación o el movimiento autónomo se refleja en experiencias como la Radical Gai o el grupo de lesbianas LSD, surgido en 1991 en Madrid; los grupos catalanes como l’Eix Violeta (Eje Violeta) y la Coordinadora Feminista (1998-2003), que reunía a lesbianas feministas con mujeres anarquistas, independentistas y autónomas en los centros sociales okupados (CSO). En Madrid, el CSO de mujeres Eskalera Karakola (1996) ha aunado experiencias como el grupo de debate Retóricas de Género, creado para las Jornadas de Género en Sevilla (2003) y llamado después Grupo de Trabajo Queer (GTQ). El GTQ ha realizado acciones contra el capital rosa y la campaña DNI alterados, que reivindicaba la gratuidad del cambio de sexo y las resistencias a la “marca de género y sexo”, y a la filiación al padre y a la madre como pareja universal.

MIKEL/A, AQUÍ ESTAMOS Y NO NOS OCULTAMOS

Mikel/a enseña cacho en la 2ª Gayakanpada de EHGAM, 27-29 agosto 1993, Muxika // STARS COFLHEE es un trabajo realizado por Julen Zabala Alon...