2015/04/26

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | MADRID LE DEDICARÁ UNA CALLE A MANOLO TRILLO, FUNDADOR DE COGAM

Madrid le dedicará una calle a Manolo Trillo, fundador de COGAM.
Somos Chueca, El Diario, 2015-04-26

https://www.eldiario.es/madrid/somos/chueca/madrid-le-dedicara-una-calle-a-manolo-trillo-fundador-de-cogam_1_6425906.html

Falleció en 1998 muy lejos de Madrid, pero el recuerdo de Manolo Trillo, cofundador del COGAM y el Comité Ciudadano Antisida de Madrid, sigue muy vivo. Diecisiete años después de su desaparición, el gran trabajo de este activista LGTB se verá reconocido con una calle, en un lugar aún por determinar de la ciudad de Madrid, que homenajeará su importante labor.

La Junta Municipal de Distrito Centro del Ayuntamiento de Madrid ha aprobado por unanimidad de todos los grupos (PP, PSOE, IU, UPyD) una propuesta presentada por Jorge Escobar García-Antón, del Grupo Municipal Socialista, interesado en asignar una calle de la ciudad de Madrid el nombre de Manuel Trillo, activista LGTB y fundador del Colectivo Gay de Madrid (COGAM).

La propuesta pedía que la calle estuviera ubicada en el barrio de Justicia, demarcación administrativa de Chueca, pero dada la dificultad de encontrar una vía disponible en esa zona se acordó, mediante enmienda transaccional, realizar gestiones superiores y especializadas en las que se tratará de buscar en otro barrio, espacio o lugar del callejero madrileño, la calle a la que asignar el nombre de Manuel Trillo.

Un merecido homenaje a un infatigable luchador
Manuel José Trillo Losa, conocido por todos como Manolo Trillo, nació en 1960 y falleció el 13 de febrero de 1998 en Bahía de Caráquez (Ecuador) víctima del VIH-SIDA. Una batalla que no consiguió ganar pero que sí se materializó, gracias a su espíritu de lucha, en un valiosísimo legado vital que ha pervivido a lo largo de los años. Los que le conocieron coinciden, de manera unánime, en señalar que fue una persona divertida, espontánea y de fuerte carácter, pero sobre todo luchadora.

Todas las causas, eran su causa: yonkis, chaperos y prostitutas, gitanos, inmigrantes, gays y lesbianas, portadores de VIH y enfermos de SIDA... y por ello trabajó intensamente por la información, la educación sanitaria, la prevención y la superación de los prejuicios que alimentaban los miedos y recelos hacia las personas con VIH-SIDA y otros colectivos marginales.

No tuvo la oportunidad –por poco– de beneficiarse de la vacuna contra la poliomielitis al nacer, lo que le dejó una pequeña minusvalía que le daba derecho a vender cupones de la Asociación de Promoción de Empleo al Minusválido y de la ONCE con los que se ganaba el sustento. A veces la utilizaba como herramienta para boicotear a algún conferenciante: le bastaba con colocar la “pata mala” sobre la mesa para que se hiciera el silencio. Una anécdota que evidencia su carácter transgresor y su continuo afán de superación.

De carácter rebelde, su vocación activista nació siendo aún muy joven, cuando comenzó a militar en grupos gais como AGAMA, se sumó a la coordinadora de Barrios y, ya en el año 1985, inició desde el Comité Ciudadano Anti-SIDA de Madrid y su grupo de auto-apoyo “El ciempiés” su férrea lucha por los derechos de las personas con VIH.

No le frenaron las dificultades para formalizar un contrato de alquiler ni las trabas administrativas, que obligaron a atender a la gente desde su propia casa al no tener un local. Durante esos dos años se ofreció a que su teléfono particular apareciera en los folletos de información y no dudó en descolgar el teléfono personalmente para tranquilizar a muchas personas angustiadas, romper silencios y acallar miedos sobre el Sida.

Un año más tarde, en 1986, se unió a Emilio Gómez Ceto y Rafael Luz Sánchez para crear la primera asociación homosexual madrileña. Un grupo al que llamaron Colectivo Gay de Madrid y que hoy conocemos como Colectivo LGTB de Madrid (COGAM). También estuvo en los movimientos de la teología de la liberación, fue cristiano de base y trabajó con Enrique de Castro.

Él mismo se definía así en una entrevista que le concedió al diario El País el 18 de marzo de 1987, donde quedan perfectamente claros sus valores y su filosofía de vida, bastante alejada de los estándares sociales y del entorno conservador en el que creció. En su día a día daba apoyo al colectivo LGTB, trabajaba como educador de calle de drogodependientes y profesionales del sexo y participaba activamente en el Comité Ciudadano Anti-SIDA:

«Soy cristiano y creyente, tenía vocación de cura, pero no de célibe, y resulta que te obligan a ambas cosas en el mismo lote. El hecho de salirme del seminario no me ha hecho cambiar de opinión. [...] Lo único que pasa es que me siento profundamente alejado de la Iglesia tal y como existe hoy, y supongo que ellos de mí. A ello hay que añadir que asumir mi homosexualidad me impedía seguir allí dentro y que a los que yo considero oprimidos y marginados ellos los consideran pecadores y degenerados. [...] Soy cristiano porque creo en la teología de la liberación; si no existiera ésta o San Francisco de Asís, no creería en la Iglesia. [...] Necesito realizar trabajos sociales y preocuparme por mis semejantes. No lo hago como una proyección del sacerdocio, sino como una labor normal y concreta de un cristiano de a pie. [...] Es muy difícil hablar de reinsertar a alguien en una sociedad que no tiene la cara muy limpia. La libertad política puede que haya llegado, pero la libertad sexual no».

Vivió intensamente el Madrid de ‘La Movida’, tratando de mejorar la sociedad de los 80, que apenas comenzaba a despertar del letargo de la Dictadura y a saborear su libertad. Libertades que se convirtieron en un arma de doble filo: la experimentación llevó a muchos a la adicción a las drogas y al contagio del VIH por intercambiar jeringuillas infectadas con el virus y mantener relaciones sexuales de alto riesgo sin protección.

Abiertamente homosexual y enfermo de VIH/SIDA, fue uno de los primeros en plantarle cara a la estigmatización social y aparecer en los medios de comunicación para hablar claramente de la enfermedad y la importancia de informar sobre la prevención y reivindicar una atención sanitaria y social pública, digna y de calidad.

No era solo un gay visible (lo que a mediados de los ochenta era ser valiente) sino que hablaba de que tenía SIDA, para lo que había que ser realmente valiente. Un papel que le hizo vivir en primera persona la discriminación, pero que supo aprovechar para que le recibieran personas del gobierno del entonces alcalde, Joaquín Leguina, y hasta el Ministro de Sanidad y Consumo de la época, Julián García Vargas, consiguiendo que se lanzaran campañas de información y prevención y se dotara de más recursos asistenciales a los enfermos.

Tras años de intenso trabajo, en 1993 emprendió un largo viaje que le llevó por diferentes países: México, Guatemala, Marruecos y Ecuador. En 1998, gravemente afectado por la enfermedad, su cuerpo no fue capaz de aguantar más y perdió la vida a sus 38 años de edad en Bahía de Caráquez (Ecuador) junto a su fiel compañero, gran amor y entregado amante: Gerardo Gutiérrez.

Con motivo del 25 aniversario de la creación del COGAM y coincidiendo con el 30 aniversario de la publicación de los primeros casos de SIDA, en junio de 2011 se le rindió un sentido homenaje como miembro fundador. Entre los actos conmemorativos, se organizó una exposición de las pinturas de su pareja (que fue pintor, dibujante y fotógrafo), en la que quedó al descubierto el lado más íntimo y personal de Manolo con sus pinturas y las semblanzas que le dedicaron amigos y compañeros.

 Y TAMBIÉN…
Manolo Trillo, el chico de la pícara sonrisa.
"El Corazón lleno de nombres", 2015-02-16

http://elcoraznllenodenombres.blogspot.com/2015/02/manolo-trillo-el-chico-de-la-picara.html

2015/03/19

PELÍCULAS | Warchus, Matthew | Pride

Warchus, Matthew (Director) (2014). Pride. Calamity Films.


Pride. 2014. Gran Bretaña. Festival de Cine de Cannes, Queer Palm, 2014-05-23. Estreno en España: 2015-03-19. 120 min. Dirección: Matthew Warchus. Guion: Stephen Beresford. Reparto: Ben Schnetzer, Monica Dolan, George MacKay, Bill Nighy, Andrew Scott, Imelda Staunton, Dominic West, Paddy Considine, Joseph Gilgun, Russell Tovey, Sophie Evans, Jessie Cave, Freddie Fox, Faye Marsay. Calamity Films.

En el verano de 1984, siendo primera ministra Margaret Thatcher, el Sindicato Nacional de Mineros (NUM) convoca una huelga. Durante la manifestación del Orgullo Gay en Londres, un grupo de lesbianas y gays se dedica a recaudar fondos para ayudar a las familias de los trabajadores, pero el sindicato no acepta el dinero. El grupo decide entonces ponerse en contacto directo con los mineros y van a un pueblecito de Gales. Empieza así la curiosa historia de dos comunidades totalmente diferentes que se unen por una causa común.

Ser, querer ser, no ser
De ambiciosa temática y desarrollo algo esquemático, 'Pride' encuentra la emoción cuando busca la verdad de sus personajes
Javier Ocaña | El País, 2015-03-20
https://elpais.com/cultura/2015/03/19/actualidad/1426783709_095423.html

Como la gracia o el sentido del humor, el buen rollo no se puede forzar. O se tiene o no se tiene, pero nunca se debe intentar tenerlo, porque los empecinamientos en agarrar el estado suelen ser inversamente proporcionales a los esfuerzos y el ridículo está al acecho. Esto para la vida.

Su traducción para el cine es que las grandes películas de espíritu contagioso, las que aúnan divertimento, sentido del humor, buenos sentimientos y un cierto toque social, eso que los anglosajones llaman ‘feel good movie’, son las que alcanzan la gloria a través de sus personajes, de sus intenciones y sus sensaciones, sus acciones y sus interioridades. Los personajes determinan la historia. Sin embargo, en cuanto el guionista fuerza la situación y los pone a hacer cosas que den buen rollo, las alarmas estarán a punto de activarse. La intencionalidad mata el espíritu. En ‘Pride’, estimable película británica alrededor de un hecho real casi asentado en el estrambote, no llegan a sonar aunque deambule en variados momentos por esa fina línea que separa el buen rollo del curso intensivo de risoterapia. Fijando el objetivo en las grandes comedias sociales británicas del cambio de siglo, ‘Billy Elliot’ y ‘Full Monty’, pero con el atisbo de su sucedáneo (‘Tocando el viento’, por ejemplo), ‘Pride’ hace del orgullo y la dignidad las bases de su historia, ambientada a principios de los 80 y protagonizada por un grupo de gais y lesbianas que se solidarizan con unos mineros galeses en huelga. El contraste, el reparto coral, y la poca plausibilidad de la situación (¡a pesar de ser real!), hace pensar en las maravillosas comedias de la Ealing, y la época thatcheriana, en la transgresión del Stephen Frears de ‘Mi hermosa lavandería’ y ‘Sammy y Rosie se lo montan’.

De ambiciosa temática y desarrollo algo esquemático, ‘Pride’ encuentra la emoción cuando busca la mirada cómplice y la verdad de sus personajes, y el resquemor cuando huye de los problemas por medio de bromas que buscan la risa más fácil. Como en la vida.

2015/03/12

DOCUMENTACIÓN | CUESTIÓN | DANIEL GUÉRIN, EN LA ENCRUCIJADA DE LAS LUCHAS

Daniel Guérin, à la croisée des luttes.
Max Leroy | Revue Ballast, 2015-03-12

https://www.revue-ballast.fr/daniel-guerin-a-la-croisee-des-luttes/ 

Poète, essayiste, théo­ri­cien révo­lu­tion­naire et his­to­rien, cap­tif en Allemagne en 1940, anti­co­lo­nia­liste de la pre­mière heure et par­ti­san du droit des femmes et des homo­sexuels, Guérin fut de toutes les luttes du XXe siècle. Le noyau dur de son œuvre ? Fusionner deux frères enne­mis : l’anarchisme et le mar­xisme. Portrait d’un pen­seur mécon­nu hors des cercles militants.

Le jeune Guérin s’affirma d’abord contre. Sa classe, son milieu, ses ori­gines, sa famille. Qui vécut dans les flancs de la bour­geoi­sie n’ignore rien des igno­mi­nies qu’elle char­rie. L’adolescent, cœur vif-argent et lec­teur de Lamartine – à qui il consa­cra sa thèse –, savait qu’il n’y aurait jamais rien à attendre des pos­sé­dants et des pri­vi­lé­giés. Il en vint, vit et n’en dou­ta plus : il lui fau­dra vaincre jusqu’à ses propres racines. Traître à ses gènes ; par­jure à sa lignée : l’héritier se pré­fé­ra citoyen. « Mes rap­ports avec ma mère sont pro­ba­ble­ment le point le plus déran­gé de mon psy­chisme. » Matrice amère. Ventre sec. Il eut donc les yeux plus gros que ce der­nier : embras­ser le monde entier, celui qui tourne si mal. On quitte tou­jours une famille pour en fon­der une autre, ailleurs, la sienne, où le sens sup­plante le sang, où les frères sont ceux que l’on élit du doux nom de « cama­rades ». Son clan ? Celui que son rang mépri­sait : les sans-grades, les oubliés, les réprou­vés, les colo­ni­sés et les maudits.

Pour un communisme libertaire


Guérin eut une intense vie de mili­tant : il fut tour à tour membre de la Gauche Révolutionnaire, du Parti socia­liste ouvrier et pay­san, de l’Organisation révo­lu­tion­naire anar­chiste et de l’Union des tra­vailleurs com­mu­nistes liber­taires. Il fut éga­le­ment syn­di­qué, son exis­tence durant, auprès de la CGT. Sa vie poli­tique, donc sa pen­sée, peut se résu­mer en trois temps forts : anti-sta­li­nien féroce, Guérin appar­tint d’abord à la gauche mar­xiste, proche du mou­ve­ment trots­kyste (il connut en per­sonne le fon­da­teur de l’Armée rouge, qui le char­gea de la rédac­tion d’une étude), avant d’opter pour l’anarchisme à la fin des années cin­quante, moins auto­ri­taire et plus à même à ses yeux de lut­ter contre la domi­na­tion éta­tique. Il s’orienta ensuite vers une syn­thèse entre les deux mou­ve­ments de pen­sée – posi­tion qu’il conser­va de la fin des années 1960 à sa mort, en 1988.

Il n’apprit pas la lutte dans les livres. Du moins, pas dans l’immédiat. La rue lui ensei­gna les rudi­ments de la révolte : les salles de boxe, les bou­tiques de vélos, les pavés de Ménilmontant, les bouis-bouis pro­los, les auberges et les routes, sacs de cam­ping sur le dos… Il par­ta­geait la vie de ceux qui n’avaient que leurs bras pour vivre et rame­ner le pain dont lui n’avait jamais man­qué. Il décou­vrait avec émer­veille­ment « leur ins­tinct de classe, leur robuste bon sens, leur mer­veilleuse facul­té d’adaptation au monde, leur ingé­nio­si­té com­bi­narde, leur gaie­té invin­cible en dépit d’une chienne de vie ». Tout ne fut pas tou­jours si rose : on l’accueillit par­fois la gueule aux aguets, avec ses mains lisses, trop lisses, ses mains oisives qui souffrent pour un rien… Il ne serait pas le pre­mier fils de bourge à cher­cher à s’encanailler, on les a vus, les gamins des Messieurs et des Madames, on les a vus se frot­ter au popu­lo puis s’en aller un beau jour, comme ils étaient venus, la bave aux lèvres et pas qu’un peu. Guérin crai­gnait tant que ses cama­rades eussent pu décou­vrir, au hasard d’un étal, l’existence de ses pre­miers romans… Certaines pages ne souf­fraient d’aucune ambi­guï­té quant à son atti­rance pour la gent mas­cu­line : il est des péchés, même de jeu­nesse, que l’on ne par­donne point.

Guérin lut Proudhon, Marx, Sorel, Pelloutier, Lénine et Trotsky sur les mers, dans les navires qui reliaient l’Indochine à la France des années 1930. L’auteur du Capital retint tout par­ti­cu­liè­re­ment son atten­tion. Il décou­vrit plus tard son grand rival, l’ogre russe, bar­bu aris­to­crate et défro­qué qui cou­rait l’Europe de bar­ri­cade en bar­ri­cade : Mikhaïl Bakounine. Un nom comme un coup de fouet. On peut sans peine par­ler d’une révé­la­tion. Guérin réa­li­sa au fil des six volumes com­po­sés par l’anarchiste que le socia­lisme n’avait fon­da­men­ta­le­ment pas voca­tion à emprun­ter les voies de l’autoritarisme. Le jaco­bi­nisme cen­tra­li­sa­teur, le Parti, le chef, la dic­ta­ture du pro­lé­ta­riat ? Impasses. Sacrilèges et culs-de-sac. Le bol­che­visme, qu’il admi­rait, devint pour lui l’un des sym­boles de ce que l’affranchissement ne devait être : tota­li­taire, répres­sif, des­po­tique et absolutiste.

Le tout-venant a trop long­temps, par igno­rance ou mau­vaise foi, assi­mi­lé l’anarchisme à la seule contes­ta­tion, à l’ivresse chao­tique, à la pure néga­ti­vi­té infan­tile et des­truc­trice. L’anarchisme n’est pas, écri­vit-il, « l’émiettement, mais la recherche de la véri­table orga­ni­sa­tion, de la véri­table uni­té, de l’ordre véri­table ». Guérin esti­mait que l’anarchisme avait pour lui son génie pro­phé­tique : il décri­vit bien avant la nais­sance de l’URSS, sur la base des ana­lyses mar­xistes, ce que serait un régime com­mu­niste : le pro­lé­ta­riat subi­rait la dic­ta­ture faute de pou­voir l’exercer (lire ou relire Étatisme et anar­chie de Bakounine). L’anarchisme dénon­ça les pré­ten­tions éli­tistes du léni­nisme – l’idée d’une avant-garde éclai­rée – tout comme il mit en garde contre la dan­ge­ro­si­té d’un État tout-puis­sant (Marx et Engels aspi­raient à son dépé­ris­se­ment, les anar­chistes à son anéan­tis­se­ment immé­diat). L’anarchisme, via Proudhon, a pro­mu l’association ouvrière et l’autogestion – autre­ment dit, la démo­cra­tie dans les lieux de tra­vail. L’anarchisme est fédé­ra­liste, il s’oppose à un pou­voir aus­si fort que cen­tral et fait l’éloge du syn­di­ca­lisme révo­lu­tion­naire. Enfin, l’anarchisme ren­voie dos à dos l’individualisme libé­ral et cer­taines formes, gré­gaires et mou­ton­nières, du com­mu­nisme – il fait l’éloge d’un indi­vi­du auto­nome mais socia­li­sé, affran­chi mais vivant au sein d’une com­mu­nau­té. Guérin pen­sa trou­ver dans cette tra­di­tion, plu­rielle et pro­téi­forme, tout ce qu’il fal­lait pour remettre la Révolution sur les rails. Son ouvrage L’anarchisme, paru en 1965, plai­da ain­si en faveur d’un anar­chisme construc­tif : les pépites noires allaient briller dans le ciel de sang des démo­cra­ties pré­ten­du­ment populaires…

Le temps se flatte d’emporter les pas­sions. Les années passent les cer­ti­tudes à la trappe. Guérin en vint à révi­ser sa posi­tion : le terme anar­chiste lui sem­bla trop réduc­teur. Honteuse pali­no­die ? Le mili­tant réa­li­sa seule­ment qu’il fal­lait net­toyer l’anarchisme de son lot « d’infantilisme, d’utopies, de roman­tismes, aus­si peu uti­li­sables que désuets ». Trop de liber­taires prennent leurs rêves pour une réa­li­té qu’ils ne connaissent que mal. Lyrisme et logor­rhée, chi­mères et caté­chisme, le dra­peau noir a des élans que la rai­son réprouve… Guérin prô­na dès lors, de texte en texte et durant deux décen­nies, une syn­thèse et un dépas­se­ment de l’anarchisme et du mar­xisme (un posi­tion­ne­ment théo­rique que l’his­to­rien anar­chiste Michel Ragon jugea comme une « idée per­ni­cieuse », dans son Dictionnaire de l’Anarchie). C’est ain­si, seule­ment, que l’on pour­rait bâtir une troi­sième voie : ni le réfor­misme social-démo­crate et ses pitre­ries par­le­men­taires, ni le com­mu­nisme de caserne et ses matraques pour tous. Son ouvrage À la recherche d’un com­mu­nisme liber­taire, paru en 1984, rap­pe­la qu’il ne s’agissait ni d’un dogme ni d’un abso­lu mais d’une réflexion sus­cep­tible de nour­rir les pro­chains sou­lè­ve­ments révo­lu­tion­naires. « En pre­nant un bain d’anarchisme, le mar­xisme d’aujourd’hui peut sor­tir net­toyé de ses pus­tules et régé­né­ré », notait celui qui refu­sait d’entériner l’ancestrale que­relle : l’anarchisme et le mar­xisme sont des frères, enne­mis, certes, mais des frères tout de même. Ils par­tagent le même sang, non­obs­tant celui qu’ils firent cou­ler en s’entredéchirant ici ou là — Révolution russe, guerre civile espa­gnole, etc.

En quoi consiste, à grands traits, cette syn­thèse ? Le com­mu­nisme liber­taire (appe­lé par­fois anar­cho-com­mu­nisme) refuse « la pagaille de l’inorganisation tout autant que le bou­let bureau­cra­tique ». Il pré­lève dans le cor­pus mar­xiste (consti­tué par les recherches de Karl Marx et d’Engels) tout ce qui s’avère com­pa­tible avec l’idéal liber­taire et rejette « le vieil anar­chisme démo­dé et fos­si­li­sé ». Il ne croit ni à la toute-puis­sance d’un par­ti ni à l’horizon indé­pas­sable des scru­tins à date fixe. Il n’entend pas s’asseoir à la table de la real­po­li­tik et assis­ter, béat, aux bal­lets diplo­ma­tiques des grandes puis­sances. Il accorde bien plus de cré­dit aux masses qu’aux élites pour régler les crises poli­tiques et s’édifie de bas en haut, par un sys­tème de coor­di­na­tion fédé­ra­liste. Il donne aux tra­vailleurs, via l’autogestion, la pos­si­bi­li­té d’administrer leur propre tra­vail, sans subir l’exploitation patro­nale (et n’abolit pas sur-le-champ la petite pro­prié­té agri­cole, pay­sanne et com­mer­ciale). Il prône, lorsqu’il s’agit d’élire des délé­gués, les man­dats courts, révo­cables et contrô­lables. Il limoge l’oligarchie qui régente les médias de masse, engage un autre rap­port à la nature et réduit la durée du tra­vail. Il entend par pro­lé­ta­riat qui­conque crée de la plus-value ou œuvre aux côtés des tra­vailleurs (intel­lec­tuels ou étu­diants). Il est inter­na­tio­na­liste mais ne compte pas mode­ler les pays dans le même moule uni­fi­ca­teur : chaque peuple dis­pose de ses spé­ci­fi­ci­tés cultu­relles – Guérin avait suf­fi­sam­ment voya­gé pour le savoir.

De l’Indochine aux Black Panthers


1927. Daniel Guérin décou­vrit la Syrie, alors sous man­dat fran­çais depuis sept ans. Le jeune homme avait 23 ans. « Je vis à l’œuvre les colo­nia­listes, mili­taires, civils, ecclé­sias­tiques, leur racisme, leur bru­ta­li­té, leur cynisme, leur fatui­té, leur sot­tise », écri­vit-il plus tard dans Ci-gît le colo­nia­lisme (1973). Il fit la connais­sance de natio­na­listes arabes puis se ren­dit en Indochine. Les auto­ri­tés hexa­go­nales occu­paient la région depuis la moi­tié du XIXe siècle et la métro­pole ran­çon­nait à sa guise les indi­gènes : l’exploitation n’en est plus une dès lors qu’on la farde à la Démocratie. Deux années plus tôt parais­sait Le Procès de la colo­ni­sa­tion fran­çaise, rédi­gé par celui que l’on ne nom­mait pas encore Hô Chi Minh mais Nguyên Ai Quôc – le patriote viet­na­mien y rap­pe­lait des véri­tés fâcheuses : « On voit que, sous le masque de la démo­cra­tie, l’impérialisme fran­çais a trans­plan­té dans le pays d’Annam, le régime mau­dit du Moyen Âge, et que le pay­san anna­mite est cru­ci­fié, par la baïon­nette de la Civilisation capi­ta­liste et par la croix de la Chrétienté pros­ti­tuée. »

Heureux hasard : Guérin arri­va le jour où le Parti natio­na­liste viet­na­mien (socia­liste et révo­lu­tion­naire) orga­ni­sa un sou­lè­ve­ment contre les troupes d’occupation impé­ria­listes : à Yên Bái, des rebelles his­sèrent l’étendard indé­pen­dan­tiste en haut d’une caserne d’infanterie, des sol­dats fran­çais furent tués, d’autres bles­sés ; à Hưng Hoá, un groupe de com­bat­tants ten­ta de s’emparer d’une caserne ; à Lâm Thao, les troupes colo­niales furent désar­mées et le dra­peau bat­tit au vent de la ville libé­rée. Un temps seule­ment. La résis­tance ne man­qua pas d’être écra­sée par l’armée fran­çaise, épau­lée de ses sup­plé­tifs viet­na­miens. L’aviation frap­pa et incen­dia près de soixante-dix habi­ta­tions civiles en guise de repré­sailles. On ne tran­sige pas avec les Droits de l’Homme. Louis Aragon ren­dit hom­mage aux insur­gés dans l’un de ses poèmes : « Yen-Bay / Quel est ce vocable qui rap­pelle qu’on ne bâillonne / pas un peuple qu’on ne le / mate pas avec le sabre courbe du bour­reau ». Quant à Guérin, il ne put sup­por­ter de voir les colons dans les rues, « sang­sues agrip­pées aux flancs de ce pays » qui ne leur appar­te­nait pas mais dont ils se croyaient pour­tant les maîtres. Il ren­con­tra le lea­der natio­na­liste Huyng Thuc Khang et n’oublia jamais cette entre­vue : tout Blanc qu’il fut, l’indépendantiste le trai­ta « comme un frère ».

Son Autobiographie de jeu­nesse témoigne de l’admiration qu’il por­ta à ces jeunes révo­lu­tion­naires asia­tiques « pro­di­gieu­se­ment intel­li­gents et raf­fi­nés ». Le choc fut tel qu’il déci­da, une fois ren­tré en terre natale, de se consa­crer entiè­re­ment à la lutte sociale. Plus de poé­sie, plus de romans, plus d’Art : seule­ment la poli­tique. Écrire, oui, mais à condi­tion que chaque mot ait voca­tion à chan­ger le monde. Planter sa plume dans les plaies. Dégoupiller les syl­labes pour les lan­cer sous les tables des assis et des gens­de­lettres. Creuser dans les nom­brils jusqu’à la terre rouge des dam­nés. Jeter l’encre, par­tout, dans les eaux pro­fondes de la Révolution. Pourquoi faire des livres s’ils ne servent qu’à briller, de salons en prix lit­té­raires ? Chaque page doit prendre le réel à la gorge. Il brû­la ses textes inédits, rom­pit avec son milieu et s’installa dans un quar­tier ouvrier de Paris. « Je reje­tai en bloc tout ce super­flu. » La jeu­nesse n’a pas le goût des com­pro­mis. Guérin entra dans le socia­lisme comme d’autres en reli­gion : foi vorace et zèle au ventre. « La véri­té et la jus­tice » étaient main­te­nant à ses côtés. Il trou­va un emploi dans le bâti­ment puis comme cor­rec­teur et col­la­bo­ra aux jour­naux La Révolution pro­lé­ta­rienne et Le Cri du peuple.

Il se lia au Mouvement natio­nal algé­rien, fon­dé par Messali Hadj, puis ren­con­tra Hô Chi Minh en 1946 afin de l’informer des manœuvres sour­noises de l’esta­blish­ment fran­çais, au len­de­main de la vic­toire contre le nazisme. Deux mois plus tard, le pré­sident viet­na­mien qu’il n’était pas encore écri­vait, dans son texte « Réponse à une mère fran­çaise » : « Les Français ont souf­fert de l’occupation pen­dant quatre années. Pendant quatre années, vous avez fait « la résis­tance et le maquis ». Les Vietnamiens ont souf­fert de l’occupation pen­dant plus de quatre-vingt années ; eux aus­si ont fait la résis­tance et le maquis. Pourquoi les résis­tants fran­çais sont-ils consi­dé­rés comme des héros ? Pourquoi les maqui­sards viet­na­miens sont-ils trai­tés en ban­dits et en assas­sins ? On pré­tend que les Français sont venus en Indochine comme civi­li­sa­teurs. Je veux bien ! Mais on ne civi­lise pas les gens avec des canons et des tanks ! […] Partisans de la fra­ter­ni­té uni­ver­selle, j’aime autant les jeunes fran­çais que les jeunes viet­na­miens. Pour moi, la vie d’un Français ou la vie d’un Vietnamien est éga­le­ment pré­cieuse. » (Hô Chi Minh, Textes 1914–1969, L’Harmattan, 1990).

Diên Biên Phu se révé­la être une vic­toire pour la France : son échec mili­taire fut un triomphe moral — celui de la liber­té, de l’égalité et de la fra­ter­ni­té. Les maqui­sards viet­na­miens redon­nèrent tout son sens à cette Marseillaise qu’ils avaient com­bat­tu : « Quoi ces cohortes étran­gères ! Feraient la loi dans nos foyers ! » Leur suc­cès encou­ra­gea et confor­ta les natio­na­listes algé­riens dans leur désir d’autonomie. Guérin fut l’un des signa­taires du Manifeste des 121, qui sou­te­nait le droit à l’insoumission des mili­taires fran­çais, puis il tra­vailla, un an après l’indépendance de l’Algérie, pour le pré­sident socia­liste Ahmed Ben Bella. Il publia en 1964 L’Algérie qui se cherche, dans lequel il fit part de son expé­rience sur le ter­rain et du « sou­tien cri­tique » qu’il appor­tait au régime. Il livra éga­le­ment l’analyse qu’il effec­tuait de l’autogestion mise en place dans le pays, étu­dia la réforme agraire, le poids de la bour­geoi­sie locale, la situa­tion des femmes ain­si que le rôle de l’armée. Il déce­la dans le nou­veau régime une ten­sion entre deux pôles : l’un auto­ri­taire et conser­va­teur, l’autre socia­liste et liber­taire. Un an plus tard, le pou­voir fut ren­ver­sé par un coup d’État mili­taire fomen­té par le colo­nel Houari Boumédiène. Le pré­sident déchu fut pla­cé en rési­dence sur­veillée jusqu’en 1980 et Daniel Guérin s’impliqua auprès du Comité de défense de Ben Bella.

Guérin vécut éga­le­ment deux ans aux États-Unis et, après l’ouvrage Où va le peuple amé­ri­cain ?, publia en 1973 De l’Oncle Tom aux Panthères, sous-titré Le drame des Noirs amé­ri­cains. Son étude, entre ana­lyse socio­lo­gique, docu­ment his­to­rique et texte mili­tant, appor­tait au lec­teur fran­çais les infor­ma­tions qui lui per­met­traient de sai­sir la nature des luttes afro-amé­ri­caines. Qui était réel­le­ment Malcolm X ? Pourquoi Martin Luther King fut-il assas­si­né ? Quels cou­rants s’affrontaient au sein de l’activisme noir ? Quelle était la place de l’islam ? Que signi­fiait Black Power ? Pourquoi tant de Noirs cre­vaient-ils au Vietnam ? Guérin conclut l’ouvrage en ana­ly­sant les forces et les fai­blesses du Black Panther Party, fon­dé en 1966. Louer leur com­bat tout en dépas­sant le mythe, tel était son objec­tif. Il tint ain­si à mettre en évi­dence « leur ful­gu­rante contri­bu­tion au mou­ve­ment de libé­ra­tion noire » et leur par­ti­ci­pa­tion, aux côtés des acti­vistes blancs, « aus­si cou­ra­geuse qu’active à la dénon­cia­tion de l’impérialisme amé­ri­cain ». Leurs failles ? Le carac­tère uto­pique de leur pro­gramme en dix points, l’existence du culte de la per­son­na­li­té (notam­ment de Huey P. Newton), la rigi­di­té et l’autoritarisme du Parti, sa concep­tion mes­sia­nique de l’avant-garde, son ambi­guï­té quant à l’usage des armes (lorsqu’elles étaient uti­li­sées, par une jeu­nesse mar­gi­na­li­sée, à des fins per­son­nelles) et la sur­re­pré­sen­ta­tion du lum­pen­pro­lé­ta­riat dans ses rangs (dont on sait le peu d’estime que Marx et Engels lui por­taient). Et Guérin de conclure : seule une défaite cui­sante au Vietnam ou une féroce crise éco­no­mique pour­raient être en mesure d’abattre le grand Moloch nord-amé­ri­cain… Une révo­lu­tion natio­nale (à la fois démo­cra­tique, liber­taire et enra­ci­née dans la culture amé­ri­caine) devra sus­ci­ter l’adhésion de toutes les com­mu­nau­tés afin d’écarter les forces libé­rales-capi­ta­listes et cryp­to-fas­cistes du pays – seul un tel mou­ve­ment pour­ra « mettre fin à l’exploitation de l’homme par l’homme » tout en anéan­tis­sant le « racisme qui per­sé­cute les Afro-Américains ».

Homosexualité & socialisme

Longtemps, Guérin se sen­tit « comme cou­pé en deux » : le mili­tant révo­lu­tion­naire, d’une part, et l’homme qui, dans son inti­mi­té, entre­te­nait des rela­tions homo­sexuelles (tout en étant marié et père de famille). Dichotomie cruelle et dou­lou­reuse séces­sion. Garder sa langue et son secret dans sa poche. Faire comme si. Rire, sans doute, des calem­bours et des quo­li­bets des copains. Surjouer, pro­ba­ble­ment, la cama­ra­de­rie virile – bour­rades et coups d’épaule. Guérin confia par écrit les humi­lia­tions qu’il eut à endu­rer : « La mufle­rie des homo­phobes ne connaît pas de bornes. Elle est géné­ra­trice, oui, de révolte. » Il fal­lut Mai 68 pour qu’il osa enfin, soixante ans pas­sés, avouer aux autres qu’il n’était pas tout à fait comme eux – du moins, que son amour et ses dési­rs ne cor­res­pon­daient pas aux canons majo­ri­taires. L’avouer puis l’écrire. Quitte à faire le jeu de l’ennemi ; quitte à fra­gi­li­ser son camp.

Plus sin­gu­lier fut le lien qu’il éta­blit entre ses atti­rances pour le sexe mas­cu­lin et son enga­ge­ment poli­tique. Un lien par­fois mal com­pris, mal per­çu, y com­pris par ses frères d’armes. Il racon­ta à plu­sieurs reprises que sa sexua­li­té le condui­sit au socia­lisme puisqu’elle avait fait de lui « un affran­chi, un aso­cial, un révol­té ». Il décou­vrit l’oppression de l’ordre social, capi­ta­liste et bour­geois, par le rejet qu’il subis­sait au quo­ti­dien. Son désir pour les tra­vailleurs manuels lui per­mit éga­le­ment d’entrer en contact avec la classe labo­rieuse et de par­ta­ger leur vécu, leurs souf­frances, leurs espoirs et leur colère. Sa révolte n’avait pas l’odeur du papier ; elle était « sub­jec­tive, phy­sique, issue des sens et du cœur ». Guérin alla même jusqu’à se jus­ti­fier, dans ‘Homosexualité & révo­lu­tion’, de n’avoir jamais man­qué à ses devoirs révo­lu­tion­naires : ses fièvres et ses fureurs, d’une soi­rée ou d’un été, ne nui­sirent jamais à son militantisme.

Guérin esti­mait que l’homophobie ne pou­vait être com­bat­tue par des lois ou des réformes : seule une révo­lu­tion socia­liste et anti-auto­ri­taire (liber­taire, donc) serait en mesure d’y par­ve­nir. Il se leva contre ce qu’il nom­mait « la com­mer­cia­li­sa­tion de l’homosexualité » : une cer­taine fri­vo­li­té et la jouis­sance pour la jouis­sance, tota­le­ment décon­nec­tées, selon lui, de la lutte des classes. Il s’opposa à cette récu­pé­ra­tion mar­chande de la cause homo­sexuelle et dénon­ça, sans cil­ler, l’apolitisme d’un cou­rant qui n’avait d’émancipation que le nom : à quoi bon s’affranchir de cer­taines chaînes s’il faut ensuite glis­ser dans d’autres ? Guérin vili­pen­da les homo­sexuels issus des classes domi­nantes qui s’attiraient « la pro­tec­tion du pou­voir », s’opposa à la consti­tu­tion de « ghet­tos » com­mu­nau­taires et pour­fen­dit l’homosexualité à ses yeux mon­daine et contre-révo­lu­tion­naire. Son mot d’ordre ? Articuler. Ne pas hié­rar­chi­ser les causes mais les lier ensemble, de concert, en sachant qu’elles servent toutes le même objec­tif final : fou­droyer la classe domi­nante. Ni le radi­ca­lisme chic des beaux quar­tiers qui aban­donne la majo­ri­té à son triste sort ; ni l’orthodoxie du socia­lisme scien­ti­fique qui n’a d’yeux que pour l’économie et foule aux pieds les com­bats qu’elle juge périphériques.

Point n’est besoin d’attendre la Révolution, c’est-à-dire la démo­cra­tie admi­nis­trée par le peuple, pour com­men­cer à œuvrer : le com­bat contre l’oppression est affaire de chaque ins­tant. Il mili­ta un temps aux côtés du Front homo­sexuel d’action révo­lu­tion­naire, fon­dé en 1971, mais ne tar­da pas à le quit­ter : il esti­mait que leur acti­visme, volon­tiers pro­vo­ca­teur, spon­ta­néiste et fes­tif (rap­pe­lons le slo­gan des Gazolines : « Prolétaires de tous les pays, cares­sez-vous »), échouait à s’organiser et souf­frait d’un cruel manque de contacts avec les tra­vailleurs. « Le révo­lu­tion­naire pro­lé­ta­rien devrait donc se convaincre, ou être convain­cu, que l’émancipation de l’homosexuel, même s’il ne s’y voit pas direc­te­ment impli­qué, le concerne au même degré, entre autres, que celle de la femme et celle de l’homme de cou­leur. De son côté, l’homosexuel devrait sai­sir que sa libé­ra­tion ne sau­rait être totale et irré­ver­sible que si elle s’effectue dans le cadre de la révo­lu­tion sociale, en un mot que si l’espèce humaine par­vient, non seule­ment à libé­ra­li­ser les mœurs, mais, bien davan­tage, à chan­ger la vie. »

Guérin était lucide : il savait que le monde du tra­vail n’était pas, tant s’en faut, exempt de pré­ju­gés à l’endroit des homo­sexuels. Il admet­tait même que les milieux culti­vés, pro­gres­sistes bons teints ou libé­raux accom­mo­dants, tolé­raient mieux cette sexua­li­té (après tout, n’a‑t-elle pas enfan­té Rimbaud et Gide, Proust et Cocteau, Wilde et Satie ?) que les couches les plus modestes. Guérin a pu consta­ter, de ses yeux, le mépris que les ins­tances com­mu­nistes et trots­kystes affi­chaient à leur endroit. Il a éga­le­ment condam­né la répres­sion exer­cée par cer­tains pou­voirs sup­po­sé­ment socia­listes : à Cuba, sous Fidel Castro, les homo­sexuels furent durant quelques années enfer­més dans des ‘Unidades Militares de Ayuda a la Producción’ (cela signi­fiait-il que la lutte sociale s’avérait incom­pa­tible avec les droits des mino­ri­tés sexuelles ? En rien, répon­dait Guérin : ces régimes n’étaient pas socia­listes mais capi­ta­listes éta­tiques). Il tint tou­te­fois à pré­ci­ser que le tra­vailleur, pris iso­lé­ment, se com­por­tait fort dif­fé­rem­ment : il ne subis­sait plus le consen­sus ni la pres­sion du groupe. Les ouvriers, par­fois, se don­naient sans y pen­ser, pour le plai­sir et pour l’instant, sans honte ni nom­mer le désir qu’ils avaient res­sen­ti. « Seule une socié­té col­lec­ti­viste de carac­tère liber­taire peut, dans la fra­ter­ni­té retrou­vée, faire sa place aux homo­sexuels. »

Le mar­quis de Sade le répu­gnait. Il aimait mieux Charles Fourier, le phi­lo­sophe fran­çais, le socia­liste uto­pique en quête d’harmonie uni­ver­selle. Guérin aspi­rait à rompre avec le rigo­risme mor­ti­fère des révo­lu­tion­naires. Pourquoi rendre la lutte aus­tère et sèche comme du bois mort ? Pourquoi conce­voir l’activisme comme un sacri­fice ? Pourquoi com­battre le cœur empli d’aigreur ? Guérin oppo­sait la volup­té à la Vertu des grands chefs, qu’ils se nom­massent Lénine, Robespierre ou Proudhon… « Baiser, bai­ser beau­coup, serait-ce nuire à l’action révo­lu­tion­naire ou au contraire l’exalter ? » L’élan vital contre le fiel ; la grande san­té contre le res­sen­ti­ment ; Dionysos contre l’idéal ascé­tique : on ne peut chan­ger le monde qu’à condi­tion de l’aimer. Il écri­vit, en 1969, que la nature était fon­ciè­re­ment poly­sexuelle. Les domi­nants recourent à la bio­lo­gie pour jus­ti­fier leurs pri­vi­lèges : si la Femme est par essence ce que l’on attend d’elle, pour­quoi vou­loir la libé­rer ? Guérin refu­sait que l’on pût, en deux cases étanches, enfer­mer les sexes et les réduire à des défi­ni­tions de dic­tion­naire. L’homme serait éter­nel­le­ment voué à jouer les gros bras, va-t-en-guerre et sans pitié ? La femme devrait se satis­faire de son sta­tut de nymphe, sexy ou mutine, femme au foyer ou objet publi­ci­taire ? Guérin aspi­rait au « dépé­ris­se­ment de la détes­table divi­sion des sexes » telle que la socié­té bour­geoise l’institua en por­tant à « l’excès la dif­fé­ren­cia­tion entre le mas­cu­lin et le fémi­nin » et nour­ris­sait l’espoir d’une socié­té où « l’amour des deux sexes serait admis et recon­nu comme la forme la plus natu­relle, la plus cou­rante et la plus com­plète de l’amour ». Même si le terme genre (for­gé dans les années 1950 et uti­li­sé en France qua­rante ans plus tard) ne se trouve pas sous sa plume, on pour­rait sans doute ins­crire Guérin dans ce champ d’études que les anglo­phones appellent ‘gen­der stu­dies’.

Le citoyen sut rede­ve­nir un fils. « Je vou­drais t’exprimer ma pro­fonde recon­nais­sance pour tout ce que je te dois. […] Je t’ai fait souf­frir au cours de ma vie. Mais sans l’avoir jamais vou­lu. J’ai été vic­time de mon tem­pé­ra­ment trop violent, trop contra­dic­toire, de mon besoin extrême d’indépendance. Et là où je t’ai le plus vio­lem­ment heur­té, c’est par fidé­li­té à des convic­tions qui sont ma rai­son de vivre », écri­vit Daniel Guérin à son père, qu’il pres­sen­tait à l’article de la mort. « Tu as tou­ché mon cœur dans ses fibres les plus pro­fondes en me par­lant comme tu as fait. C’est une conso­la­tion pour moi. […] Mon cher fils que, comme ta grand-mère, j’ai ché­ri plus que mes autres enfants, mon pre­mier-né, la plus grande joie de ma vie, je te serre sur mon pauvre cœur qui t’a tant aimé », répon­dit son aîné. Quant à sa mère, rien n’y fit… Il cor­ri­gea l’un de ses manus­crits tan­dis qu’elle ago­ni­sait d’une embo­lie, à quelques mètres de lui.

Daniel Guérin dis­pa­rut quelques semaines avant la réélec­tion de François Mitterrand – pour qui, tout liber­taire qu’il fut, il avait voté sept ans aupa­ra­vant (sur la base des 110 pro­po­si­tions du Programme com­mun). La France entra dans la « rigueur » en 1983 et l’homme d’affaires Bernard Tapie au gou­ver­ne­ment en 1992. Chacun connaît la suite. Un écri­vain meurt sans jamais empor­ter ses pen­sées ; vingt-sept ans ont pas­sé et tant reste à faire. 


Daniel Guérin, en la encrucijada de las luchas.
Max Leroy / Traducido por Jorge Joya | Libértame, 2022-03-12

https://libertamen.wordpress.com/2022/03/12/daniel-guerin-en-la-encrucijada-de-las-luchas-2015-max-leroy/

Poeta, ensayista, teórico revolucionario e historiador, cautivo en Alemania en 1940, anticolonialista precoz y partidario de los derechos de las mujeres y los homosexuales, Guérin participó en todas las luchas del siglo XX. ¿El núcleo de su trabajo? La fusión de dos hermanos enemigos: el anarquismo y el marxismo. Retrato de un pensador desconocido fuera de los círculos militantes.

El joven Guérin se impuso primero en contra. Su clase, su entorno, sus orígenes, su familia. El que vivió en los flancos de la burguesía no sabe nada de la ignominia que conlleva. El adolescente, lector sagaz de Lamartine -a quien dedicó su tesis-, sabía que nunca habría que esperar nada de los poseedores y privilegiados. Llegó, vio y ya no dudó: tendría que superar incluso sus propias raíces. Traidor a sus genes; perjuró a su linaje: el heredero prefirió ser ciudadano. «La relación con mi madre es probablemente la parte más perturbada de mi psique». Matriz amarga. Vientre seco. Así que tenía ojos más grandes que estos últimos: abarcando todo el mundo, el que va tan mal. Siempre se abandona una familia para fundar otra, en otro lugar, la propia, donde el sentido prevalece sobre la sangre, donde los hermanos son los que uno elige con el dulce nombre de «camaradas». ¿Su clan? El que su rango despreciaba: el humilde, el olvidado, el réprobo, el colonizado y el maldito.

Por un comunismo libertario

Guérin tuvo una intensa vida de militante: fue a su vez miembro de la Gauche Révolutionnaire, del Parti socialiste ouvrier et paysan, de la Organisation révolutionnaire anarchiste y de la Union des travailleurs communistes libertaires. También fue sindicalista de la CGT durante toda su vida. Su vida política, y por tanto su pensamiento, puede resumirse en tres grandes etapas: feroz antiestalinista, Guérin perteneció primero a la izquierda marxista, cercana al movimiento trotskista (conoció personalmente al fundador del Ejército Rojo, que le encargó un estudio), antes de optar por el anarquismo a finales de los años 50, menos autoritario y, según él, más capaz de luchar contra la dominación del Estado. A continuación, se orientó hacia una síntesis entre ambos movimientos, posición que mantuvo desde finales de los años sesenta hasta su muerte en 1988.

No aprendió la lucha en los libros. Al menos no inmediatamente. La calle le enseñó los rudimentos de la revuelta: las salas de boxeo, las tiendas de bicicletas, los adoquines de Ménilmontant, las barriadas proletarias, los albergues y las carreteras, las bolsas de acampada a la espalda... Compartió la vida de los que sólo tenían sus brazos para vivir y traer el pan que nunca le había faltado. Descubrió con asombro «su instinto de clase, su robusto sentido común, su maravillosa capacidad de adaptación al mundo, su ingenio para combinar, su invencible alegría a pesar de la dureza de la vida». No siempre fue todo tan de color de rosa: a veces se le recibía con la boca abierta, con sus manos lisas, demasiado lisas, sus manos ociosas que no sufren por nada... No sería el primer hijo de un burgués que busca convertirse en un baboso, los hemos visto, a los hijos de los Caballeros y de las Damas, los hemos visto codearse con el populacho y luego irse un buen día, como habían venido, con la baba en los labios y no sólo un poco. Guérin tenía tanto miedo de que sus camaradas descubrieran, a golpe de talonario, la existencia de sus primeras novelas... Algunas páginas eran inequívocas en cuanto a su atracción por el sexo masculino: hay pecados, incluso de juventud, que no se pueden perdonar.

Guérin leyó a Proudhon, Marx, Sorel, Pelloutier, Lenin y Trotsky en los mares, en los barcos que unían Indochina con Francia en los años 30. El autor de El Capital le llamó especialmente la atención. Más tarde descubrió a su gran rival, el ogro ruso, el aristócrata barbudo y defenestrado que corría de barricada en barricada por Europa: Mijaíl Bakunin. Un nombre como un látigo. Se puede hablar fácilmente de una revelación. A lo largo de los seis volúmenes compuestos por el anarquista, Guérin se dio cuenta de que el socialismo no estaba destinado fundamentalmente a tomar el camino del autoritarismo. ¿Jacobinismo centralista, el Partido, el líder, la dictadura del proletariado? Callejones sin salida. Sacrilegios y callejones sin salida. El bolchevismo, al que admiraba, se convirtió para él en uno de los símbolos de lo que no debía ser la emancipación: totalitario, represivo, despótico y absolutista.

Durante demasiado tiempo, por ignorancia o mala fe, el público en general ha equiparado el anarquismo con la mera protesta, con la borrachera caótica, con la pura negatividad infantil y destructiva. El anarquismo no es, escribió, «el desmoronamiento, sino la búsqueda de la verdadera organización, la verdadera unidad, el verdadero orden». Guérin consideraba que el anarquismo tenía su genio profético: describió mucho antes del nacimiento de la URSS, basándose en los análisis marxistas, lo que sería un régimen comunista: el proletariado sufriría la dictadura por no poder ejercerla (leer o releer 'Etatisme et anarchie' de Bakunin). El anarquismo denunció las pretensiones elitistas del leninismo -la idea de una vanguardia ilustrada- al igual que advirtió del peligro de un Estado todopoderoso (Marx y Engels aspiraban a su desaparición, los anarquistas a su aniquilación inmediata). El anarquismo, a través de Proudhon, promovió la asociación de los trabajadores y la autogestión, es decir, la democracia en el trabajo. El anarquismo es federalista, se opone al poder fuerte y central y alaba el sindicalismo revolucionario. Por último, el anarquismo rechaza el individualismo liberal y ciertas formas gregarias y borreguiles de comunismo: alaba a un individuo autónomo pero socializado, liberado pero que vive dentro de una comunidad. Guérin creyó encontrar en esta tradición, plural y proteica, todo lo necesario para encarrilar la Revolución. Su libro 'L’anarchisme', publicado en 1965, abogaba por un anarquismo constructivo: las pepitas negras brillarían en el cielo sangriento de las llamadas democracias populares...

El tiempo se adorna a sí mismo para llevarse las pasiones. Los años pasan y las certezas se desvanecen. Guérin llegó a revisar su posición: el término anarquista le parecía demasiado reductor. ¿Una palinodia vergonzosa? El militante sólo se dio cuenta de que era necesario limpiar el anarquismo de su lote de «infantilismos, utopías, romanticismos, tan inútiles como obsoletos». Demasiados libertarios toman sus sueños por una realidad que conocen poco. Lirismo y logorrea, quimeras y catecismo, la bandera negra tiene impulsos que la razón reprueba... Guérin abogó desde entonces, de texto en texto y durante dos décadas, por una síntesis y una superación del anarquismo y del marxismo (posicionamiento teórico que el historiador anarquista Michel Ragon juzgó como «idea perniciosa», en su 'Dictionnaire de l’Anarchie'). Sólo así se podría construir una tercera vía: ni el reformismo socialdemócrata y sus payasadas parlamentarias, ni el comunismo de cuartel y sus porras para todos. Su libro 'À la recherche d’un communisme libertaire', publicado en 1984, recordaba que no era ni un dogma ni un absoluto, sino una reflexión susceptible de alimentar los próximos levantamientos revolucionarios. «Bañándose en el anarquismo, el marxismo de hoy puede salir limpio de sus pústulas y regenerado», señaló el hombre que se negó a ratificar la ancestral querella: anarquismo y marxismo son hermanos, enemigos, ciertamente, pero hermanos al fin y al cabo. Comparten la misma sangre, a pesar de la sangre que han derramado luchando entre sí aquí y allá: Revolución Rusa, Guerra Civil Española, etc.

¿En qué consiste esta síntesis, a grandes rasgos? El comunismo libertario (a veces llamado anarcocomunismo) rechaza «el desorden de la inorganización tanto como el ovillo burocrático». Toma del corpus marxista (constituido por las investigaciones de Karl Marx y Engels) todo lo que resulta compatible con el ideal libertario y rechaza «el viejo anarquismo caduco y fosilizado». No cree ni en la omnipotencia de un partido ni en el horizonte inexpugnable de las elecciones con fecha fija. No pretende sentarse a la mesa de la realpolitik y asistir, dichoso, a los ballets diplomáticos de las grandes potencias. Da mucho más crédito a las masas que a las élites para resolver las crisis políticas y se construye de abajo a arriba, mediante un sistema de coordinación federalista. Da a los trabajadores la posibilidad de administrar su propio trabajo mediante la autogestión, sin estar sometidos a la explotación patronal (y no suprime inmediatamente la pequeña propiedad agrícola, campesina y comercial). Aboga por mandatos cortos, revocables y controlables para la elección de los delegados. Desestima la oligarquía que gobierna los medios de comunicación, entabla una relación diferente con la naturaleza y reduce la jornada laboral. Entiende el proletariado como todo aquel que crea plusvalía o trabaja junto a los trabajadores (intelectuales o estudiantes). Era internacionalista, pero no pretendía moldear a los países en un mismo molde unificador: cada pueblo tenía sus propias especificidades culturales; Guérin había viajado lo suficiente para saberlo.

De Indochina a los Panteras Negras

1927. Daniel Guérin descubrió Siria, entonces bajo mandato francés durante siete años. El joven tenía 23 años. «Vi trabajar a los colonialistas, militares, civiles, eclesiásticos, su racismo, su brutalidad, su cinismo, su fatuidad, su estupidez», escribió más tarde en 'Ci-gît le colonialisme' (1973). Se reunió con los nacionalistas árabes y luego fue a Indochina. Las autoridades hexagonales habían ocupado la región desde mediados del siglo XIX y la metrópoli rescataba a los nativos a su antojo: la explotación deja de serlo cuando se enmarca en la Democracia. Dos años antes, se publicó 'Le Procès de la colonisation française' ('El juicio de la colonización francesa'), escrito por el hombre que aún no se llamaba Hô Chi Minh, sino Nguyên Ai Quôc, el patriota vietnamita recordó algunas verdades desafortunadas: «Vemos que, bajo la máscara de la democracia, el imperialismo francés ha trasplantado en el país de Annam, el régimen maldito de la Edad Media, y que el campesino annamita está crucificado, por la bayoneta de la Civilización capitalista y por la cruz del cristianismo prostituido.»

Una feliz coincidencia: Guérin llegó el día en que el Partido Nacionalista Vietnamita (socialista y revolucionario) organizó un levantamiento contra las tropas de ocupación imperialistas: En Yên Bái, los rebeldes izaron la bandera de la independencia en lo alto de un cuartel de infantería, murieron soldados franceses y otros resultaron heridos; en Hưng Hoá, un grupo de combatientes intentó tomar un cuartel; en Lâm Thao, las tropas coloniales fueron desarmadas y la bandera ondeó al viento de la ciudad liberada. Sólo por un tiempo. La resistencia fue aplastada por el ejército francés, apoyado por sus auxiliares vietnamitas. Las fuerzas aéreas atacaron e incendiaron casi setenta casas de civiles en represalia. Los derechos humanos no deben comprometerse. Louis Aragon rindió homenaje a los insurgentes en uno de sus poemas: «Yen-Bay / ¿Qué es esta palabra que nos recuerda que no amordazamos / a un pueblo que no se aparea / con el sable curvo del verdugo?». En cuanto a Guérin, no soportaba ver a los colonos en las calles, «sanguijuelas aferradas a los lados de este país» que no les pertenecía pero del que se creían dueños. Conoció al líder nacionalista Huyng Thuc Khang y nunca olvidó este encuentro: por muy blanco que fuera, el independentista le trató «como un hermano».

La Autobiografía de su juventud atestigua su admiración por estos jóvenes revolucionarios asiáticos, que eran «prodigiosamente inteligentes y refinados». El impacto fue tan grande que decidió dedicarse por completo a la lucha social una vez que regresó a su tierra natal. No más poesía, no más novelas, no más arte: sólo política. Escribir, sí, pero con la condición de que cada palabra tuviera que cambiar el mundo. Plantar la pluma en las heridas. Sacar sílabas para arrojarlas debajo de las mesas de los sentados y los alfabetizados. Para cavar en los ombligos hasta la tierra roja de los condenados. Arrojando tinta, por doquier, a las aguas profundas de la Revolución. ¿Para qué hacer libros si sólo sirven para brillar, desde los salones hasta los premios literarios? Cada página debe tomar la realidad por el cuello. Quema sus textos inéditos, rompe con su entorno y se instala en un barrio obrero de París. «Rechacé toda esta superfluidad. La juventud no tiene gusto por el compromiso. Guérin entró en el socialismo como otros en la religión: fe voraz y celo en el vientre. «La verdad y la justicia» estaban ahora a su lado. Encontró un trabajo en la construcción y luego como corrector de pruebas y colaboró con los periódicos 'La Révolution prolétarienne' y 'Le Cri du peuple'.

Se unió al Movimiento Nacional Argelino, fundado por Messali Hadj, y se reunió con Ho Chi Minh en 1946 para informarle de las maniobras turbias del establishment francés tras la victoria contra el nazismo. Dos meses después, el presidente vietnamita que aún no era escribió, en su texto «Respuesta a una madre francesa»: «Los franceses han sufrido la ocupación durante cuatro años. Durante cuatro años, hicisteis «resistencia y maquis». Los vietnamitas sufrieron la ocupación durante más de ochenta años; también hicieron resistencia y maquis. ¿Por qué se considera héroes a los combatientes de la resistencia francesa? ¿Por qué los maquisards vietnamitas son tratados como bandidos y asesinos? Se dice que los franceses llegaron a Indochina como civilizadores. No me importa. ¡Pero no se civiliza a la gente con armas y tanques! [...] Como partidario de la fraternidad universal, quiero a los jóvenes franceses tanto como a los jóvenes vietnamitas. Para mí, la vida de un francés o la de un vietnamita son igualmente preciosas.» (Hô Chi Minh, Textos 1914-1969, L’Harmattan, 1990).

Diên Biên Phu resultó ser una victoria para Francia: su fracaso militar fue un triunfo moral, el de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Los maquisards vietnamitas dieron un nuevo significado a la Marsellesa que habían combatido: «¡Y qué pasa con estos cohones extranjeros! ¡Haría la ley en nuestros hogares! Su éxito animó y reforzó a los nacionalistas argelinos en su deseo de autonomía. Guérin fue uno de los firmantes del Manifiesto del 121, que apoyaba el derecho a la insubordinación de los militares franceses, y luego, un año después de la independencia de Argelia, trabajó para el presidente socialista Ahmed Ben Bella. En 1964, publicó 'L’Algérie qui se cherche', en el que compartía su experiencia en el terreno y su «apoyo crítico» al régimen. También analizó el sistema de autogestión del país, la reforma agraria, la influencia de la burguesía local, la situación de las mujeres y el papel del ejército. Encontró una tensión entre dos polos en el nuevo régimen: uno autoritario y conservador, el otro socialista y libertario. Un año después, el gobierno fue derrocado por un golpe militar instigado por el coronel Houari Boumédiène. El presidente depuesto fue puesto bajo arresto domiciliario hasta 1980 y Daniel Guérin se implicó en el Comité de Defensa de Ben Bella.

Guérin también vivió en Estados Unidos durante dos años y, tras el libro 'Où va le peuple américain?' publicado en 1973 'De l’Oncle Tom aux Panthères', subtitulado 'Le drame des Noirs américains'. Su estudio, que era en parte análisis sociológico, en parte documento histórico y en parte texto militante, proporcionaba al lector francés información que le permitiría comprender la naturaleza de las luchas afroamericanas. ¿Quién era realmente Malcolm X? ¿Por qué fue asesinado Martin Luther King? ¿Qué corrientes estaban en marcha dentro del activismo negro? ¿Cuál era el lugar del Islam? ¿Qué significó el Poder Negro? ¿Por qué murieron tantos negros en Vietnam? Guérin concluye el libro analizando los puntos fuertes y débiles del Partido de las Panteras Negras, fundado en 1966. Su objetivo era elogiar su lucha yendo más allá del mito. Se empeñó en destacar «su deslumbrante contribución al movimiento de liberación negro» y su participación, junto a activistas blancos, «tan valiente como activa en la denuncia del imperialismo estadounidense». ¿Sus defectos? El carácter utópico de su programa de diez puntos, la existencia del culto a la personalidad (sobre todo de Huey P. Newton), la rigidez y el autoritarismo del Partido, su concepción mesiánica de la vanguardia, su ambigüedad sobre el uso de las armas (cuando eran utilizadas por una juventud marginada con fines personales) y la sobrerrepresentación del lumpenproletariado en sus filas (por el que sabemos la poca estima que les tenían Marx y Engels). Y Guérin concluye: Sólo una aplastante derrota en Vietnam o una feroz crisis económica podrían derribar al gran Moloch norteamericano...qxr Una revolución nacional (a la vez democrática, libertaria y arraigada en la cultura americana) tendrá que ganar el apoyo de todas las comunidades para desalojar a las fuerzas liberal-capitalistas y cripto-fascistas del país – sólo un movimiento así podrá «poner fin a la explotación del hombre por el hombre» al tiempo que aniquila el «racismo que persigue a los afroamericanos».

Homosexualidad y socialismo

Durante mucho tiempo, Guérin se sintió «dividido en dos»: el militante revolucionario, por un lado, y el hombre que, en su vida privada, mantenía relaciones homosexuales (estando casado y siendo padre). Una cruel dicotomía y una dolorosa secesión. Guarda tu lengua y tu secreto en el bolsillo. Actuar como si. Riéndose, sin duda, de los juegos de palabras y las ocurrencias de los amigos. Probablemente exagerando la camaradería varonil – bofetadas y golpes de hombro. Guérin escribió sobre las humillaciones que tuvo que soportar: «La grosería de los homófobos no tiene límites. Es una fuente de revuelta.» Hubo que esperar a mayo del 68 para que, sesenta años después, se atreviera por fin a admitir ante los demás que no era del todo como ellos; al menos, que su amor y sus deseos no se correspondían con los cánones de la mayoría. Admitirlo y luego escribirlo. Incluso si eso significaba hacerle el juego al enemigo; incluso si significaba debilitar su campamento.

Más singular fue el vínculo que estableció entre su atracción por el sexo masculino y su compromiso político. Un vínculo que a veces era incomprendido y mal percibido, incluso por sus hermanos de armas. En varias ocasiones dijo que su sexualidad le llevó al socialismo porque le hacía ser «un liberto, un asocial, un rebelde». Descubrió la opresión del orden social, capitalista y burgués a través del rechazo que experimentaba a diario. Su afán por los trabajadores manuales también le puso en contacto con la clase obrera y le permitió compartir sus experiencias, sus sufrimientos, sus esperanzas y su ira. Su revuelta no tenía olor a papel; era «subjetiva, física, desde los sentidos y el corazón». Guérin llegó a justificar, en 'Homosexualité & révolution', que nunca había faltado a sus deberes revolucionarios: sus fiebres y furias, de una tarde o de un verano, nunca perjudicaron su militancia.

Guérin creía que la homofobia no podía combatirse con leyes o reformas: sólo una revolución socialista y antiautoritaria (libertaria, por tanto) podría conseguirlo. Se levantó contra lo que llamó «la comercialización de la homosexualidad»: una cierta frivolidad y el disfrute por el disfrute, totalmente desconectados, según él, de la lucha de clases. Se opuso a esta mercantilización de la causa homosexual y denunció, sin pestañear, el carácter apolítico de un movimiento que sólo era emancipación de nombre: ¿de qué sirve liberarse de ciertas cadenas si luego hay que introducirse en otras? Guérin vilipendió a los homosexuales de las clases dominantes que atraían «la protección del poder», se opuso a la constitución de «guetos» comunitarios y condenó la homosexualidad como mundana y contrarrevolucionaria. ¿Su consigna? Articulado. No para clasificar las causas, sino para vincularlas entre sí, sabiendo que todas sirven al mismo objetivo final: derribar a la clase dominante. No el radicalismo chic de la clase alta, que abandona a la mayoría a su triste destino; ni la ortodoxia del socialismo científico, que sólo tiene ojos para la economía y pisotea las luchas que considera periféricas.

No hay que esperar a que la Revolución, es decir, la democracia administrada por el pueblo, empiece a funcionar: la lucha contra la opresión es una cuestión de cada momento. Durante un tiempo fue miembro del Front homosexuel d’action révolutionnaire, fundado en 1971, pero pronto lo abandonó: consideraba que su activismo, voluntariamente provocador, espontáneo y festivo (recordemos el eslogan de los Gazolines: «Proletarios de todos los países, acariciaos»), no se organizaba y adolecía de una cruel falta de contacto con los trabajadores. «El revolucionario proletario debe, pues, convencerse, o estar convencido, de que la emancipación del homosexual, aunque no se vea directamente implicado en ella, le concierne en el mismo grado, entre otros, que la de la mujer y la del hombre de color. Por su parte, el homosexual debe comprender que su liberación sólo puede ser total e irreversible si se realiza en el marco de la revolución social, en una palabra, si el género humano logra no sólo liberalizar la moral, sino, mucho más, cambiar la vida.

Guérin fue lúcido: sabía que el mundo del trabajo no estaba libre de prejuicios contra los homosexuales. Incluso admitió que los círculos cultivados, progresistas de buen talante o liberales acomodaticios, eran más tolerantes con esta sexualidad (al fin y al cabo, ¿no dieron a luz a Rimbaud y Gide, a Proust y Cocteau, a Wilde y a Satie?) que los estratos más modestos. Guérin pudo comprobar el desprecio que las autoridades comunistas y trotskistas sentían por ellos. También condenó la represión ejercida por algunas potencias supuestamente socialistas: en Cuba, bajo el mandato de Fidel Castro, los homosexuales fueron encerrados durante algunos años en Unidades Militares de Ayuda a la Producción (¿significa esto que la lucha social es incompatible con los derechos de las minorías sexuales? En absoluto, respondió Guérin: estos regímenes no eran socialistas sino capitalistas de Estado). Sin embargo, insiste en señalar que el trabajador, tomado aisladamente, se comporta de forma muy diferente: ya no está sometido al consenso o a la presión del grupo. Los trabajadores a veces se entregaban sin pensarlo, por placer y por el momento, sin vergüenza ni nombrar el deseo que habían sentido. «Sólo una sociedad colectivista de carácter libertario puede, en la fraternidad redescubierta, dar cabida a los homosexuales.»

El Marqués de Sade le repugnaba. Prefería a Charles Fourier, el filósofo francés, el socialista utópico en busca de la armonía universal. Guérin aspiraba a romper con el rigorismo mortificante de los revolucionarios. ¿Por qué hacer la lucha austera y seca como la madera muerta? ¿Por qué concebir el activismo como un sacrificio? ¿Por qué luchar con un corazón lleno de amargura? Guérin opuso la voluptuosidad a la virtud de los grandes líderes, ya se llamaran Lenin, Robespierre o Proudhon... «Follar, follar mucho, ¿perjudicaría la acción revolucionaria o por el contrario la exaltaría?» El impulso vital frente a la hiel; la gran salud frente al resentimiento; Dionisio frente al ideal ascético: sólo se puede cambiar el mundo si se lo ama. Escribió en 1969 que la naturaleza es fundamentalmente polisexual. Los dominantes recurren a la biología para justificar sus privilegios: si la mujer es por esencia lo que se espera de ella, ¿por qué habría que liberarla? Guérin se niega a aceptar que los sexos puedan encerrarse en dos cajas estancas y reducirse a definiciones de diccionario. ¿Estarían los hombres eternamente condenados a jugar a la mano dura, belicosa y despiadada? ¿Deben las mujeres conformarse con su condición de ninfas, sexys o amotinadas, amas de casa u objetos publicitarios? Guérin aspiraba al «marchitamiento de la detestable división de los sexos» instituida por la sociedad burguesa al «diferenciar excesivamente lo masculino y lo femenino» y esperaba una sociedad en la que «el amor de ambos sexos fuera admitido y reconocido como la forma más natural, más común y más completa de amor». Aunque el término género (acuñado en la década de 1950 y utilizado en Francia cuarenta años después) no se encuentra en sus escritos, sin duda podríamos incluir a Guérin en el campo de estudios que los angloparlantes llaman 'gender studies'.

El ciudadano sabía cómo volver a ser hijo. «Me gustaría expresar mi profunda gratitud por todo lo que le debo. [Te hice sufrir durante mi vida. Pero nunca quise hacerlo. Fui víctima de mi temperamento demasiado violento y contradictorio, de mi extrema necesidad de independencia. Y donde te he herido más violentamente es en mi fidelidad a las convicciones que son mi razón de vivir», escribió Daniel Guérin a su padre, al que intuía a punto de morir. «Has tocado mi corazón en sus fibras más profundas al hablarme como lo hiciste. Es un consuelo para mí. [...] Mi querido hijo al que, como a tu abuela, he querido más que a mis otros hijos, mi primogénito, la mayor alegría de mi vida, te llevo cerca de mi pobre corazón que tanto te ha querido», respondió su hijo mayor. En cuanto a su madre, no se pudo hacer nada... Corrigió uno de sus manuscritos mientras ella se moría de una embolia, a pocos metros de él.

Daniel Guérin desapareció unas semanas antes de la reelección de François Mitterrand, a quien, libertario como era, había votado siete años antes (sobre la base de las 110 propuestas del Programa Común). Francia entró en la «austeridad» en 1983 y el empresario Bernard Tapie entró en el gobierno en 1992. Todo el mundo sabe lo que pasó después. Un escritor muere sin llevarse su pensamiento; han pasado veintisiete años y queda mucho por hacer.

2015/01/13

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | CRÓNICA DE LEMEBEL: NOCHE PÚRPURA EN LA DIVINE

Crónica de Lemebel: Noche púrpura en la Divine

Pedro Lemebel | The Clinic, 2015-01-23

https://www.theclinic.cl/2015/01/23/cronica-de-lemebel-noche-purpura-en-la-divine/ 

A diez años del incendio en la discoteque gay de Valparaíso [ocurrió el 4 de septiembre de 1993], cuándo aún la justicia no se ha hecho cargo de esa brutal agresión, para quién quiera leerlo, reitero este chamuscado homenaje.

Como cualquier sábado que pica la calle por darse un reviente, un pequeño placer de baile, música y alcohol. Por si aparece un garzón fugitivo reflejado en los espejos de la disco gay. Cuando todavía es temprano para una noche porteña, pero el loquerío está que arde en la Divine, batiendo las caderas al son fatal de la Grace Jones. Esa africana de lengua ardiente que nos lleva por “la vida en rosa” de la costa francesa, en un auto sport tapizado de armiño. En la fantasía coliza de soñarse jet set en Marbella o Cannes, bailando la misma música, salpicadas por las mismas luces, juntando las monedas para otra piscola y no deprimirse viendo el sucio puerto y sus latas mohosas.

Otra piscola para el cola recién bañado en su nube Old Piece. Otra vez la Grace por favor, para lucir en la pista el jeans Calvin Klein de la ropa americana, que bien planchado parece nuevo. Sobre todo en la oscuridad estrellada por los focos. Que la música y las luces nunca se apaguen, que no lleguen los pacos pidiendo documentos, que nada ocurra esta noche mágica que parece año nuevo. Que siga el dancing y las piscolas locas corriéndose mano en el rincón. Por eso nadie se da cuenta del olor a humo que sube la escalera, que hace toser a una loca con asma, que dicen que tiene asma de loca. “Que se quema el arroz”, grita alguna. Y las ensaladas también niña, pero la música y las luces nadie las apague; ni siquiera la bomba incendiaria que un fascista arrojó recién en la entrada. Ese resplandor amarillo que trepa los peldaños como un reguero de pólvora, que alcanza las plumas lacias de los travestis inflamando la silicona en chispazos púrpura y todos aplauden como si fuera parte del show.

Total la música y las luces no se apagan y sigue cantando la Grace Jones por eso nadie lo toma en serio. Cómo darse cuenta que la escalera de entradas se derrumba en un estruendo de cenizas, si el sonido es tan fuerte y todos sudan en el baile. Qué más da un poco de calor si las locas están calientes y atracando y al grito de: 'fuego, fuego', no falta la que: '¿Dónde? Aquí en mi corazón.' Pero en un momento el chiste se transforma en infierno. Como si la música y las luces acompañaran la escena dantesca que arde a puerta cerrada. Con demasiado calor para seguir bailando, demasiado terror para rescatar la chaqueta Levis en el guardarropía. Atrapados en el choclón de locas gritando, empujando, pisando a la asfixiada que prefiere morir de espanto.

Buscando la puerta de escape que está cerrada y la llave nadie sabe. Entonces a los baños dice alguien que lo vio en una película. Atravesando la pista encendida entre las brasas de locas que danzan con la Grace y la música que sigue girando. Pisar las vigas y espejos al rojo vivo que multiplican la Roma disco de Nerón Jones, atizando la fogata desde los parlantes.

Sin mirar atrás las parejas gays calcinadas en los carbones de Pompeya. Encontrar los baños para refugiarse en el frío falso de los azulejos plásticos. Como si en último momento se eligiera el lugar del placer, recordando chupeteos y escenas de fragor, reviviendo en la emergencia la humedad sexual de los baños del Cinelandia. Más bien abrir todas las llaves de los lavamanos, pero la gota mezquina que sale está hirviendo y el humo ahorca la garganta en un asma de loca que no quiere morir. Un asma de loca rasguñando las baldosas que estallan en lenguas ardientes. Y esa asma de loca quiebra los espejos para apagar al menos el reflejo del fuego. Encontrar una salida a una boca de oxígeno para su asma de loca sofocada que ama tanto la vida, que sabe que irá al infierno y quiere vivir como sea, quemándose las manos, encaramándose en los andamios del humo hasta encontrar una ventana en el tercer piso, tan alta, tan arriba, con tanto público abajo esperando morboso que la loca se tire al vacío.

Sobre esa multitud de curiosos que miran indiferentes los incendios. Decidirse a dar el salto, porque es posible que su asma de loca flote en el aire dorado que la quema. Atreverse ahora que la cola está ardiendo y el mar tan lejos es un vértigo de olas que la aplaude. Apenas un paso, sólo un paso en la pasarela de vidrio y el espectáculo de locas en llamas, volando sobre el muelle de Valparaíso, será recordado como un brillo fatídico en el escote aputado del puerto. Porque aún así; aunque la policía asegura que todo fue por un cortocircuito eléctrico, la música y las luces nunca se apagaron.

2014/12/30

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | DE VILLENA SE METE EN CASA DE LOS PANERO

De Villena se mete en casa de los Panero
Publica un intenso libro sobre la familia de escritores, los «asesinos de los ruiseñores» en palabras de Neruda
Diego Medrano | El Comercio, 2014-12-30
https://www.elcomercio.es/culturas/libros/201412/30/villena-mete-casa-panero-20141230001849-v.html 

Luis Antonio de Villena (Madrid, 1951) publica intenso libro sobre la familia Panero, bajo singular título y hoguera no menos ácida y siniestra: 'Lúcidos bordes de abismo. Memoria personal de los Panero' (Fundación José Manuel Lara). La fama de bebedor, putero y maltratador del patriarca, Leopoldo Panero, poeta del franquismo a quien Neruda dedicó aquello de: «La caterva infiel de los Panero,/ los asesinos de los ruiseñores». La presencia magmática del tío, Juan Panero, también poeta, figura mucho más importante de lo que se piensa. La indolencia, y un poco fantasía intermitente de Felicidad Blanc, a su modo «niña bien», «señora bien», y «madre mártir», torturada y escasamente torturadora, de toda la plaga de hijos-monstruo y saqueadores. Por fin, el caldo gordo del libro, la descendencia enloquecida e incendiada. Las borracheras de Juan Luis Panero, a su manera, influencia decisiva en lo que serían los 'Postnovísimos' (antología, sí, del propio Villena donde se sitúa como cabeza visible de esa generación y máxima influencia, aún en la sombra) y gran amigo del autor (Premio Loewe de Poesía de por medio, donde todo el jurado sabe que es él quien se presenta y se cuenta, por extenso, deliberaciones, fallo y galardón). La noche gay madrileña vivida junto a Leopoldo María (drugstore de la calle Velázquez de por medio) y las innumerables orgías del piso familiar de la calle Ibiza; los sucesivos ingresos psiquiátricos de Leopoldo María, sí, desde Ciempozuelos a Mondragón, viajes a Tánger entre medias, el tercer o cuarto regreso de París, de donde viene ya muy tocado, mojando los cruasanes en los charcos negros de la calle y con un discurso cada vez más difícil de seguir; las también novias de Leopoldo (mujeres raras, apasionantes, Mechita y Marava) por esos años. Michi, José Moisés Panero, cada vez más decrépito, víctima de enfermedades varias, quien vende y hace menguar la biblioteca familiar, quien quiere escribir y no lo hace, cuya novia regenta un bar llamado el Universal y, a su modo, es leyenda de la llamada Movida madrileña. La sombra familiar de Luis Rosales, cada vez más enigma, cada vez más lejos de todos ellos. Villena da en la diana del abismo que bien conoció: «Se saltaron esa moral de sacristía que abunda en este país y proclamaron la destrucción absoluta. Su historia global bien podría definirse como una consumada de teoría de la destrucción. Nada debió haber y, al final, nada quedó».

El periplo no puede ser más explosivo: desde el estreno de la conocida película de Chávarri ('El desencanto') hasta la muerte o fin de Leopoldo María Panero. Lo mágico del libro es la disección de la obra poética de Juan Luis y Leopoldo María en planos diferentes, contraponiendo una a la otra, mezclando santoral y heráldica. Juan Luis, siempre dentro de la estética del señorito canalla venido a menos; Leopoldo, en la tragedia personal de drogas y locura. Muy gracioso, telúrico, cuando Villena me nombra, la correspondencia entre Panero y Medrano ('Los héroes inútiles') que tanto disgustos nos trajo y nos sirvió para reunir en Madrid a los últimos amigos de Leopoldo, más majaras que él. Cuenta Villena cómo quise yo quitar del texto algo que él no me dejó, toda esa parte donde Leopoldo dice que «Luis Antonio vive de la pensión de su tía, que es lesbiana», y menciona también cuando Leopoldo en el vídeo de Bunbury, sí, carga contra él, asegurando que «Es más cursi que las ratas». Villena, como los grandes tímidos, se crece en la dificultad y todo lo afronta sin miedo ninguno a guillotinas íntimas, ajenas o de plurales orígenes. El dandi, a la manera de Wilde, puede con todo y no hay más pose que la de la caída.

Libro imprescindible, libro literario y metaliterario, carnaval de máscaras a la manera de Lorrain («Nuestros vicios volverán máscaras nuestros rostros») y de autopsia no menos necrológica (es la máscara, siguiendo al clásico, quien no deja de mentir mientras dice o susurra toda la verdad). Anecdotario distendido, divertido, distinguido a su modo, que resulta inevitable que acabe como lo hace, en la más rotunda tristeza o sinrazón: Juan Luis con sus tres cánceres y Leopoldo ido, ya sin vuelta, en poemas cada vez más cutres por culpa de la enfermedad, películas que progresivamente son pesadillas ('Después de tantos años' de Ricardo Franco) y una poética del propio autor donde la vida suspira volver («Estar loco o no es tener o no tener amigos»). El trío entre Juan Luis, Villena y Gil-Albert, el odio que Gil de Biedma tenía a los Panero, la presencia ineluctable y parpadeante de Gimferrer (obsesión de Leopoldo hasta la médula) y la vida literaria (copetines, noches, madrugadas, publicaciones) como ornato de una miseria abisal (por debajo de todo lo bueno) y cada vez más abismal (pozo que crece, haciéndose hondo, comiéndose la mejor luz de las posibles). Derrumbe integral, entre juergas macabras, donde la muerte o el desastre llevaban siempre las mejores bazas. La entrada salvaje de Leopoldo María, en el sepelio de la madre muerta, queriendo resucitarla por medio de un beso largo en la boca. Todos valientes, todos cínicos, todos viciosos, todos sabios, todos cultos, cuando vivir era llevar careta y llorar, en secreto, su justo precio. 
 
Y TAMBIÉN...
>
Los relatos de Felicidad Blanc: el primer adiós, el último y todos los demás

‘La ventana sobre el jardín’ reúne los cuentos de la gran madre de la literatura española y desvela una personalidad hiperromántica y siempre anhelante
Luis Antonio De Villena | El Mundo, 2019-01-14

2014/12/10

DOCUMENTACIÓN | MEMORIA | REPASO DE LAS DISCOTECAS DONOSTIARRAS QUE CERRARON Y CUANDO 'LA ZONA' ENTRÓ EN COMA

Repaso de las discotecas donostiarras que cerraron.
Nombres que van desde Ku en Igueldo hasta Young Play en Galarreta, pasando por Keops, La Perla, Zorongo 66 o el Txikitenis.
Mikel Huarte | Cadena SER, 2014-12-10
https://cadenaser.com/emisora/2014/12/10/radio_san_sebastian/1418229321_434797.html

San Sebastián vivió un tiempo pasado con discotecas fueron referencia, marcaron época y dejaron innumerables recuerdos que perviven en la memoria de muchos. La lista es extensa y Eneko Matilla, que durante 27 años trabajó de relaciones públicas en Bataplan nos ayuda a completarla: Keops, Ku, Young Play, Tiffanys, Paladín [era la anterior a Bataplan, en el mismo lugar] o La Perla son algunos de los nombres de discotecas que, ya sea por decisiones empresariales o por cambio de modas, acabaron echando el cierre.

En 'Qué fue de... aquella discoteca' conversamos también con José, jefe de cabina de la discoteca Young Play durante 25 años o con Juan Carlos, que fue durante 17 años disc jockey de Ku Donosti.

Eneko Matilla vuela solo.
Acaba de estrenar el Warhol Bar en la calle Sánchez Toca, después de 26 años como relaciones públicas en la discoteca Bataplán.
Joti Díaz | El Diario Vasco, 2006-02-12
https://www.diariovasco.com/pg060212/prensa/noticias/San_Sebastian/200602/12/DVA-SSB-184.html

Acaba de estrenar el Warhol Bar en la calle Sánchez Toca, después de 26 años como relaciones públicas de la discoteca Bataplán. Es uno de los famosos de la ciudad. No ha cumplido los 45 años pero su trayectoria laboral es muy larga, siempre vinculada a la música. Ya en su etapa escolar organizaba guateques y cuando dejó el colegio Marianistas comenzó a trabajar de disc jockey y organizar fiestas en las discotecas La Perla y Bataplán, con la familia Sabadell-Montenegro. Eran los inicios de los bailes universitarios con la ESTE y el club Juven de baloncesto. Unos años más tarde se convirtió en relaciones públicas, puesto que dejó el mes de junio del año pasado. A este joven veterano, nacido en la Parte Vieja le rondaba la idea de montar su propio negocio y por fin ha llegado la hora. Se fijó en un local de la calle Sánchez Toca, antes llamado Palumbo, y no lo dudó. El nombre de Warhol Bar lo eligió pensando en un estilo de bar de copas con estilo popero y que se pueda relacionar con la modernidad.

Eneko Matilla pretende ofrecer buena música, calidad en el servicio, buenas copas y una carta especial de cafés y coktails. Él mismo ha decorado el local con la gran ayuda de su esposa, Nora Gómara, no pasan por ella los años, con un diseño moderno y nada recargado. Manda en la barra Gendry Heredia, un joven profesional con una buena trayectoria, ya que ha sido campeón de España de coctelería y ha trabajado en locales como Dionis, Stik ó Splash.

La fiesta de inauguración estuvo muy animada y contó con la asistencia de numerosas personas vinculadas al mundo de la hostelería, la música, la moda y el estilismo. Por allí esaban Toby Aymerich preparando nuevos proyectos profesionales; Javier Elena, de la Gula del Norte, que hizo una degustación entre los invitados; Nerea Matilla y Cristina Gallego de Domecq; Javier Tizón de Osborne, Ibon Cusset y Luis Collado de Bataplán, Javier Urbistondo, concejal de Ayuntamiento y Patricia Parcero de Zubizarreta Moda. También del mundo de la hostelería, Iñigo Jiménez de La Venta de Curro, Agustín Ciriza del Sheraton, Chicho Alvarez del Kontra, Démelsa Pantigoso de Hollywood, Jon Zabaleta del bar Zabaleta, Alberto Mos de G Star, los amigos y vecinos del bar Pokhara, también del Txirula e Imanol del Nido. No faltó el presentador de ETB Klaudio Landa, ni el gran estilista Iñaki Sagarzazu, que fuera hace años campeón del mundo, acompañado de su esposa Marian Álvaro. En otro grupo Javier Solórzano, Carolina Villar, Cristina Espín, María Cabezudo, Unai Astigarraga, Javier Urizberrueta, Tito Moro y su esposa Sol de Hawai Surf y Ramón de La Fuente de la boutique Boom London.

Saludé a Ane Vadillo de Get In, muy ocupada con la dura temporada de conciertos musicales que llega. El televisivo entrenador Gorka Etxeberria sigue buscando equipo y me hacía algunos comentarios optimistas sobre el futuro deportivo de la Real Sociedad. No se pierde una Pablo Villaverde y Kote Cabezudo sigue inmerso en la fotografía del mundo de la moda y su consulta de estomatología. También estaban Roberto del restaurante Altuna, Ion Berregui de Visa Seguridad, Rosa Gómara, Rocío de la Fuente, Ainara y Begoña y Marian y Félix Desojo de Betiko Kafea.

Cuando 'La Zona' entró en coma.
¿Por qué mueren algunas calles de San Sebastián? San Bartolomé, la vía que irradiaba ruido y juventud hace más de una década, es el mejor de los ejemplos.
Gontzal Largo | El Diario Vasco, 2009-09-14
https://www.diariovasco.com/20090913/san-sebastian/cuando-zona-entro-coma-20090913.html

La calle está casi desierta. Apenas dos o tres almas. Alguien ha pintado estas tres palabras en el exterior de un antiguo bar de la calle San Bartolomé. El local se encuentra, hoy en día, cerrado, sin actividad aparente. No es el único: esta vía donostiarra es una suerte de cementerio hostelero, una necrópolis en la que los toldos y los neones no anuncian la existencia de un bar, sino la muerte de éste. Se llama , se llamó y fue uno de los epicentros de la, cada vez más, extinta juerga donostiarra. Hoy en día, apenas sobreviven cinco locales de los casi veinte que llegaron a funcionar a todo gas hace diez años. no es lo que era, pero ¿qué ocurrió? ¿Por qué, en ocasiones, se muere el tejido de una parte de la ciudad y éste no se regenera?

Los orígenes lúdicos de este rincón de San Sebastián se hunden en los últimos años de la dictadura. Lo que comenzó siendo una zona de marcha adulta evolucionó a un ambiente más juvenil en los años ochenta. Ese carácter se acentuó y confirmó en los años noventa, cuando alcanzó su cenit, el paroxismo al que le seguiría la inevitable caída. Tan dorada fue la última década del siglo XX que, incluso, se planteó tímidamente la posibilidad remota de peatonalizar San Bartolomé, a raíz de un experimento llevado a cabo en el verano de 1994, cuando el Ayuntamiento autorizó a varios bares a instalar terrazas en la rúa cerrada al tráfico.

En los noventa, los bares abiertos alcanzaron la veintena, algunos de corte tradicional como el Juanito; otros de corte gay como El Trígono, pasando por locales que cambiaban de nombre y gestores con agilidad (Yabba Dabba, Kopa's.); algunos que aparecían y desaparecían al poco tiempo (T.K.C.), nombres míticos que duraron años (El Moro, Rash, Zakro, Bogart, Twickenham...) o unos pocos que todavía mantienen el tipo y las puertas abiertas como el Kuttun, Pachá o Kentucky. De entre todos, hubo uno que destacó por muchas razones: por su tamaño, por su éxito social, por el perfil que se asociaba a su clientela habitual y porque llegó a actuar como catalizador y locomotora del ambiente festivo de la calle San Bartolomé. Se trataba de El Cine.

Éste fue iniciativa de Adolfo Pantigoso, histórico de la noche donostiarra y paladín de otro rincón mítico, también asociado al mundo del celuloide: el Hollywood de Blas de Lezo. Pantigoso adquirió el local de El Cine en 1981. Primero funcionó con el nombre de Rainbow y, luego, con el de Trocadero, a la vez que uno de sus rincones se habilitaba como hamburguesería, de nombre La Prima Puri. Finalmente, en 1988, lo rebautizaron como El Cine, nombre bajo el cual siguió funcionando hasta su cierre definitivo en 2004. ¿La razón de su ocaso? Tal y como nos explica el propio Pantigoso, contaban con licencia de bar y la escasa altura del local les impidió obtener la de pub, única categoría viable para un espacio de esas características. Durante el tiempo que estuvo funcionando, El Cine no sólo fue el más amplio -casi 200 metros cuadrados- de todas las tabernas modernas de La Zona, sino el más frecuentado, llegando a emplear hasta 14 personas para atender las barras en las noches más multitudinarias. Así, cuando éste cerró, muchos le siguieron irremediablemente.

Los mismo ocurrió con otros locales que poco tenían que ver con el copeteo y se alimentaban de la gente que iba y venía a la citada calle como la bolera SB -situada en una entreplanta- o la Bodega Blas de Lezo, -ubicada en la calle homónima y conocida popularmente entre la chavalería como [¿?] -, que los fines de semana daba un giro de 180 grados a su clientela habitual: de los jubilados que lo frecuentaban de lunes a viernes, pasaba a los adolescentes que allí acudían a tomar una ronda -o dos, o tres. o doce- de claretes con gas, convirtiéndose en un sitio popularísimo. El contraste estaba servido: allí convivían lolitas y adolescentes vanidosos con el flequillo a capas, con barricas de vino peleón, mesas de madera, un suelo carcomido y una decoración antediluviana.

Paralelamente al éxito de San Bartolomé, crecieron las presiones vecinales, lógicas si se tiene en cuenta el ruidoso embudo que se creaba las noches de los viernes y los sábados, además de las inconveniencias propias del cóctel alcohol-juventud. El desgaste llegó al límite a principios de esta década: la San Bartolomé ya estaba herida. Perdía plasma. Las costumbres generacionales habían mutado y, para colmo, una nueva zona de marcha había visto la luz: los bares situados en el Complejo de Ocio de Illumbe. Lo que nació como una propuesta lúdica para toda la familia, poco a poco fue mutando hasta convertirse en una suerte de barrio juerguista soñado por todo Ayuntamiento: estaba alejado del casco urbano y era gestionado por el sector privado, algo muy similar a los polígonos industriales de copeteo que triunfan, por ejemplo, en el extrarradio de Madrid. El consistorio se podía lavar las manos: no había vecinos, ni la problemática asociada a mezclar la juerga con el descanso.

Ello, sumado a los cambios de hábitos de la juventud -«ya no alternan, ya no saltan de bar en bar», nos dice un hostelero-, la proliferación de locales alquilados, los botellones multitudinarios y el cierre de El Cine en 2004 acabaron por puntillear definitivamente la vía, convirtiéndola en una especie de geografía muerta. Si a San Bartolomé -el santo- le arrancaron la piel en vida, San Bartolomé -la calle- sufrió un proceso similar y, como las serpientes, hizo la muda, se despojó de su epidermis, de su reputación de lugar estruendoso y juvenil para convertirse en un rincón imberbe, silencioso, casi siempre desértico, ensimismado y al margen de la rutina diaria de San Sebastián. La situación actual no llamaría en absoluto la atención -en la ciudad hay todo un abanico de callejas llamémoslas [¿?]- si no fuera por aquel pasado halagüeño que muchos recuerdan y se encuentra a la vuelta de la esquina del túnel del tiempo: ¿cuánta gente se enamoró, por vez primera, en ese lugar?

2014/12/09

DOCUMENTACIÓN | TESTIMONIOS | MARINA FRANCO, LA PRIMERA 'NIÑA PROBETA' HIJA DE DOS MADRES EN ANDALUCÍA, CUENTA SU HISTORIA

La primera “niña probeta” hija de dos madres en Andalucía cuenta su historia.
Oveja Rosa, 2014-12-09

https://ovejarosa.com/la-primera-nina-probeta-hija-de-dos-madres-en-andalucia-cuenta-su-historia/ 

Se llama Marina Franco, es malagueña y tiene 26 años. Su caso sentó precedente, fue pionero en Andalucía y uno de los primeros en España. Sus madres la concibieron por inseminación artificial en los ochenta, una época en la que las personas LGBT eran muy discriminadas socialmente en comparación con la actualidad. Fue la primera «niña probeta» en la Comunidad. Entonces, la madre biológica se mostró como la primera mujer que recurría a esta técnica, pero ocultó que tenía una pareja que era una también una mujer.

Ahora Marina es adulta, y por primera vez ha contado públicamente su historia: su infancia, su adolescencia y su primer amor. Lo hizo este sábado (6 de diciembre) en el Consejo LGBT del Partido Andalucista (PA). Ahora se plantea cómo ser madre con su novia. Han pasado los años y existen nuevas formas de tener descendencia.

Esta es la historia que compartió con el auditorio en primera persona.

“Mi madre me tuvo en el año 88 por inseminación artificial. El ginecólogo le dijo a mi madre que cómo iba a privar a un hijo de tener a su padre.

Nací en una familia de dos mujeres. Mis madres por miedo al rechazo, no mostraron libremente su amor ante mí. No sentí la carencia de nada, porque crecí feliz. Más tarde mis madres se separaron, y yo fui a vivir con mi madre biológica. Supongo que la separación para un hijo se vive de perspectivas parecidas tenga la situación que tenga. x

Yo crecí como mis demás amigas, forraba las paredes de mi habitación con posters de chicos, tuve novio. Pero de repente me enamoré de una compañera de clase. El enamoramiento es imposible de controlar. Yo no me sentía como una chica lesbiana, sino como una chica enamorada. Al principio no me resultó cómodo que mi novia fuera mujer como yo. Estudiábamos en un colegio religioso. Ni mi madre, ni los padres de mi novia, suponían esta nueva realidad. Intuíamos que no iban a aceptarlo y lo ocultábamos.

Yo no sentí que actuaba tal y como había visto en casa. Mucha gente cree que si eres gay o lesbiana y tienes hijos, ellos actuarán de manera condicionada. Puede parecer que al ser lesbiana, y proceder de una familia de dos madres, justifique esta creencia. Pero no me he sentido de esta manera. El enamoramiento no se puede controlar. No es fácil mantener una relación de manera oculta. No se elige.

Alguna vez en el presente, he pensado en el futuro. Me he cuestionado sobre el momento de formar una nueva familia y tener descendencia. Tanto mi pareja como yo pensábamos en quedarnos embarazadas. El método más económico que planteamos fue mediante la relación sexual con un amigo gay que quiera ayudarnos sin mediar responsabilidades económicas. Mi pregunta es: ¿ese hijo se reconoce como hijo de la pareja? Y la respuesta es que en tal caso ese hijo sería adoptado de manera legal por la otra madre. Mi madre me tuvo como hija de madre soltera, ante los ojos de la ley, puesto que en el año 88 no estaba reconocido el derecho de poder tener descendencia a una pareja lésbica.

Actualmente he conocido en internet, el caso de una pareja lésbica que tienen hijos y reconocen que la ley los discrimina. Su método de reproducción consiste en la ovodonación, es decir, una mujer dona un óvulo y lo introducen junto con el esperma de un amigo donante, en una probeta. Se produce la gestación, e introducen ese óvulo en el vientre de la otra mujer. Así una de las mamás pone el ADN y la otra el cuerpo para el embarazo. Es una idea medio romántica. Legalmente se consideraría como ‘vientre en alquiler’, y no está reconocido ante la ley”.

En España la gestación subrogada no es legal. El PA ha anunciado que va a incluir en su programa la legalización de esta técnica de reproducción en Andalucía.
 

Y TAMBIÉN…
>
Excluidas lesbianas y mujeres solas de la reproducción asistida pública.

Sanidad propone a las autonomías que el único criterio sea el de la infertilidad.
María R. Sahuquillo | El País, 2013-07-18
https://elpais.com/sociedad/2013/07/18/actualidad/1374178125_262676.html

MIKEL/A, AQUÍ ESTAMOS Y NO NOS OCULTAMOS

Mikel/a enseña cacho en la 2ª Gayakanpada de EHGAM, 27-29 agosto 1993, Muxika // STARS COFLHEE es un trabajo realizado por Julen Zabala Alon...